Fin Guerra: Maianor se retira del Combate
Armadas perdidas por "Nensir Airatâri" = 22
Armadas perdidas por "Maianor" = 28
Nensir consigue el saqueo de la ciudad

Fin Guerra: Maianor se retira del Combate
Armadas perdidas por "Nensir Airatâri" = 22
Armadas perdidas por "Maianor" = 28
Nensir consigue el saqueo de la ciudad
Sala del Artadâko. Dâkosto. 1 Ether Nion 1602 S.E.
La hora había llegado.
Tathâral sonrío. Al fin, dijo para sí mismo. Los sacerdotes, durante los últimos meses de aquel año, habían desestimado cualquier acción militar más allá de las fronteras originales del clan. Y, durante mucho, poco se había podido saber de las ciudades ocupadas, salvo que los caminos se hallaban inquietos. Pero el Ainakune, el caldero de las visiones, había revelado que una sombra amenazaba el oeste del Aldalaurë desde Dahald. Por lo que se había dado el visto bueno para la puesta en marcha de una ofensiva.
Tathâral lo tenía todo planeado. En esos momentos, dos ejércitos se dirigían a defender las murallas de Hildan y Tuyrozd mientras que otra se preparaba para acudir a Dahald. Confiaba en que los uonu-nyrr habrían sacado la mayor parte de su ejército de las murallas de la ciudad. Era, por tanto, el golpe perfecto.
La guerra empezaba y él confiaba salir victorioso. Necesitaba la victoria. La ansiaba.
Envuelto en sus pensamientos no se percató de la llegada de una elfa. Cuando alzó la vista, se encontró con una mirada dolorosamente conocida. Era Althira, su hermana.
Tathâral se levantó, en otras circunstancias se hubiera acercado a su hermana y besado en la frente, como hacía siempre que la veía, pero el enfado que sentía en aquel momento se lo impidió. En lugar de eso se acercó hasta uno de los armarios que había en una de las paredes sacando una delgada vara, tras eso, se volvió hacia su hermana.
Althira seguía en la misma posición, orgullosa, se le antojó a Tathâtal, aunque la sacerdotisa mantenía la mirada baja. Parecía que estuviera evitando encontrase con la mirada del elfo. Tathâral se acercó y le tendió la vara a su hermana. Ella, sin decir nada, la tomó agarrándola fuertemente entre sus manos.
— ¿Qué le va a ocurrir? — se atrevió a decir.
— ¿Cómo? Vienes hasta aquí a buscar tu vara y lo primero que preguntas es “¿Qué le va a ocurrir?”. Deberías empezar por una explicación, ¿no crees?
— ¿Cuál de ellas? La que quieres oír o la real. Tathâral, estás llevando esto demasiado lejos.
— No, Althira- el tono de su hermano cada vez sonaba más fuerte-, no lo llevo a ninguna parte, ese elfo te está influenciando y para mal— Tathâral estalló al fin—. ¡Mira lo que te ha hecho hacer!
— Veo que sigues pensando qué fue él el quien me “convenció” para ir en busca de Neithan. — la voz de la sacerdotisa resultaba extrañamente serena— Lo único que puedes reprocharle es que desobedeció tus órdenes y abandonó Dakôsto. Lo único, Tathâral — Althira se giró y encaminó sus pasos hacia la puerta, dando por zanjada la conversación.
El elfo pensó un segundo lo que su hermana acababa de decirle. Ella jamás diría algo que no fuera verdad. Tathâral decidió en aquel preciso momento lo que haría con Caleth.
— Va a venir conmigo a la batalla de Dahald.— respondió al fin, logrando que Althira se detuviera y se volviera hacia él—No como capitán, como podrás suponer, sino como soldado raso. — anunció algo más tranquilo— Y tú vendrás conmigo.
— ¿Por qué?
— Para terminar de una vez por todas con el estúpido rumor de la maldición, Thira. Sí, sé que es mentira —añadió —, pero los soldados no son gentes de fe, necesitan ver con sus propios ojos para poder creer — aclaró—. Por eso quiero que vengas conmigo, para demostrarles que el que tú estés presente en una batalla, no implica que ésta se pierda. Y además, para acabar con esa estupidez del romance entre Caleth y tú... Porque no es cierto, ¿verdad?
—¡Por supuesto que no! Hice mis votos a Yenna y no puedo romperlos...—contestó algo alterada.
—Pues entonces no nos queda otra que hacer esto.
Escrito por Eldin_de_Lorien
[Editado por aratir el 07-03-2009 02:45]
Días después, en la ciudad de Dahald...
Caleth aceleró la marcha, se encontraba en la segunda fila de combate. No era su puesto habitual pero el artadako lo habia ordenado así. La infantería de vanguardia siempre caía, a no ser que se fuese muy afortunado o muy cobarde, tanto como para salir huyendo. Era la prueba que debía pasar a ojos de Tathâral.
Desde su posición podía ver, si giraba un poco el cuello, al valeroso artadako. Los soldados lo adoraban como un dios, y la mayoría lo seguiría ciegamente hasta el mismísimo hasta el mismísimo hogar de Linnan, el monstruo del mar si él les pidiera que lo hiciesen. No, aquél elfo no tenía ni una gota de miedo en su sangre, ni temblaba, ni temía a la muerte, por sus venas corría el fuego del valor de un varón de la guerra.
— ¡Adelante, soldados de Galador!—les gritó el capitán Dornias, un veterano curtido por años de guerras y combates, que les guiaba desde el borde derecho de la primera fila del batallón.—Ahora se acerca nuestra oportunidad de hacer historia. ¡Presenten lanzas!
Caleth obedeció, al igual que sus compañeros, adelantando el pie derecho y atrasando el izquierdo, con las rodillas ligeramente flexionadas. Luego apoyó su lanza en una de las dos hendiduras de su escudo, hechas a tal fin, en la situada mas arriba, justo en la esquina superior, dando a la larga lanza un ángulo que hacía que se elevase. Así, la primera fila se erizó de lanzas. Pudo oír como los capitanes de media fila y retaguardia ordenaban cerrar posiciones, y sintió como el escudo del soldado que tenía detrás se apretaba contra su espalda, empujándolo suavemente hacia delante. Caleth hizo lo propio con el compañero que tenia delante suya, cerrándose así la perfecta formación del batallón.
—¡Aseguren escudos!— ordenó el capitán—¡Preparados para la embestida!
Caleth sintió una punzada en el estómago: iba a morir de inmediato. ¡Por Tamaiot, que no aguantaría la brutal embestida de los Uonu-Nyrr! Pero a pesar de ello, y no sabiendo muy bien por qué, su mente se concentró en intentar oír las lejanas notas de los trompetas, que sonaban muy por detrás de él, y pudo distinguir que ordenaban a los arqueros a disparar sus arcos.
De inmediato, oyó miles de susurros lejanos, a su espalda, y en seguida miró hacia el cielo negro. Miles de saetas incendiadas lo cruzaban como estrellas fugaces, e iban a impactar directamente sobre las filas enemigas.
Algunos Jinetes Uono-nyrr cayeron de sus monturas, pero estas, aún sin tener gobierno, continuaron el ataque.
El elfo aldalantar, con un feroz grito, empuñó aún con más fuerza su lanza, y apretó el asta de madera contra sus costillas, bajo el brazo, hasta que casi se las astilla por la presión ejercida.
Durante unos segundos, giró la cabeza para evaluar la situación. La primera fila de su batallón había sido disuelta, y los sobrevivientes habían retrocedido, a través de las filas, a la retaguardia. También la segunda fila había sufrido bajas, pero fueron rápidamente reemplazadas por los soldados de atrás, que pronto cubrieron todos los huecos abiertos en la primera línea, que ahora era la de Caleth. Por fortuna, los caballos no habían conseguido romper la formación de su batallón, pero habían aplastado la formación situada en su flanco izquierdo, dejando gravemente desprotegidas las defensas de ese lado, y abriendo una enorme brecha en la línea de la legión que si no era rápidamente cubierta, podría suponer la total dispersión de la formación, y por lo tanto, una derrota asegurada.
—¡Preparados para la segunda embestida!—Gritó el capitán Dornias. Que ordenó desplazamiento lateral izquierdo.
Caleth apretó con más fuerza el mango de su escudo y lo entrechocó a ambos lados con sus compañeros. A sus pies, los cadáveres de los soldados que habían caído en la primera embestida tenían en el rostro, manchado de barro y sangre, una mueca terrorífica, la máscara que la muerte les había fijado a la cara y que ya no volvería a desaparecer.
—¡Aguantad, soldados de Galador!—dijo el capitán, ante la inminente envestida de los enemigos.—Recordad las palabras de nuestro general.
Por un momento, Caleth buscó con la mirada a Tathâral, olvidándose del peligro que se acercaba con rápidos pasos, y lo encontró a varios centenares de metros por delante de las líneas de su propio ejército, formando una extraña cortina de agua que retenía las flechas que los arqueros uonu-nyrr lanzaban desde las murallas.
—¡Aguantad!—Gritó de nuevo su capitán,—No os disperséis, mantened la formación.
Caleth volvió a centrar su atención en la marea de enemigos, centenares de elfos oscuros, armados con espadas de hoja curva de un solo filo y cubiertos con pesadas armaduras de hierro y cuero, que ya estaban tan cerca que casi podía sentir sus agitados alientos en el rostro.
El choque inevitable de los dos frentes se produjo en medio de la confusión, pero como si de un muro de granito se tratase, la falange de Caleth permaneció en la misma posición. A ambos lados de él pudo oír el familiar silbido del acero rasgando el aire, el acero enemigo, al que se precedieron varios gritos ahogados y gorgojeantes, propios de las gargantas degolladas y arterias y venas seccionadas, mientras mantenía en alto su lanza, intentando que la de su contrincante no pasase demasiado cerca de su cabeza. Éste era alto y de anchas espaldas, y estaba ataviado con una armadura de cota de malla con hombreras, cinturón y un alto gorjal todo de cuero negro; en la cabeza llevaba un ceñido yelmo de hierro forjado, sin adorno alguno y de factura rudimentaria.
Entonces, Caleth tomó la iniciativa, soltando una potente lanzada al el hombro derecho de su contrincante. Este, que no pudo parar a tiempo el golpe, emitió un ensordecedor alarido, y soltando su escudo redondo, se llevó la mano a la herida, justo cuando Caleth liberaba su lanza. Éste no se lo pensó dos veces, y con una fugaz lanzada, atravesó el pecho de su rival, hiriéndolo de muerte.
El elfo liberó nuevamente su arma teñida de sangre, para ver como aquél individuo que lo había amenazado de muerte caía inerte al suelo. Entonces, aprovechando algunos segundos de calma entre la tempestad del combate, miró en derredor para examinar la situación. A su lado siniestro, sus compañeros de los batallones impartían fieros golpes, en respuesta de las constantes embestidas de los Uonu-Nyrr, luchando ya sobre un manto de cadáveres enemigos, mientras avanzaban lentamente. Mas, cuando giró su vista hacia la derecha, comprobó como los Uonu-nyrr retrocedían lentamente ente el fiero impulso de los de Galador.
Caleth se mantuvo en primera fila, matando, uno tras otro a los soldados enemigos, hasta que pareció que comenzaban huir del avance de los batallones aldalantar.
—¡Huyen como ratas!— exclamó el soldado de su izquierda, clavándole a un elfo oscuro la espada en el estómago.—¡Eso es lo que sois, ratas!
No transcurrió mucho tiempo hasta que Caleth, exhausto y con varias heridas superficiales en los brazos, las piernas y la cara, escuchó el sonido de los cuernos Uonu-Nyrr, que tocaban retirada.
Los soldados aldalantar vieron con alivio y orgullo como sus contrarios abandonaban la ciudad y huían en retirada hacia la espesura del bosque.
“Lo conseguimos”, pensó Caleth, “Al fin hemos vencido”. Luego, con lágrimas en los ojos recordó todo lo que se había jugado en esa batalla. La ciudad que meses antes le quitase el prestigio se lo había vuelto a dar.
[Editado por Eldin_de_Lorien el 07-03-2009 02:55]
Tathâral oyó el sonido de los cuernos de los elfos oscuros tocando retirada, dio gracias a Nensir por su dicha. Espoleando su caballo corrió en pos de los soldados rezagados y les dio muerto por la espalda, hasta que notó que su montura desfallecía por el cansancio y las heridas. Tathâral se detuvo entonces y desmontó de un salto.
—Descansa, muchacho, has hecho un gran trabajo—le susurró al oído del caballo, mientras le acariciaba la cabeza.
Tathâral tras comprobar que el profundo tajo que tenía en el brazo izquierdo no revestía de gravedad, giró en derredor, para ver el campo de batalla, y comprobó que estaba sembrado de cadáveres. Por una lado, a algunos centenares de metro, las filas de su ejército gritaban y vitoreaban, celebrando el triunfo; por el otro, los soldados uonu-nyrr huían, adentrándose en la oscuridad de la noche. El artadako miró hacia el este, y comprobó como el cielo comenzaba a teñirse de un color rosáceo.
— Hemos estado combatiendo toda la noche —se dijo mientras tiraba de las riendas de su fatigada montura.
— ¡General, señor!—Oyó una voz en la lejanía tras él, acompañada del repicar de las patas de un caballo sobre la superficie, bañada de sangre, de la llanura.
Al cabo de unos segundos, un jinete saltaba de su montura y hacía el saludo militar a su superior, de forma precipitada.
— Señor, el campamento sufrió un pequeño ataque mientras los sanadores realizaban sus labores…
— ¿Mi hermana?- interrumpió el artadako
— Ha resultado herida, señor.
Tathâral entregó las riendas de su montura para instantes después montar sobre el caballo fresco del soldado.
El artadako llegó enseguida al campamento, y comprobó con sus propios ojos como los uonu-nyrr se habían cebado con el grupo de sanadores. Saltó del caballo y preguntó, al primer aina que encontró, donde estaba su hermana, informándole de que había sido llevada a su carpa.
Fue hasta allí. Al entrar encontró a su hermana tendida sobre un camastro de pieles, atendida por Ternelë, una joven aina baradar que también había sufrido el ataque de los elfos oscuros pues llevaba vendado parte del brazo derecho.
Tathâral se agachó junto a su hermana, y al ir a acariciarla el cabello descubrió que tenía un fuerte golpe en la sien. Ternelë se acercó.
— Se golpeó con una piedra cuando cayó herida al suelo. — informó la elfa mientras revisaba la herida del artadako—Está bien, general — añadió la aina al ver el rostro preocupado de Tathâral —. Estará un par de días sedada, hasta que la herida del costado cicatrice correctamente.
— Esto no tenía que haber ocurrido…— pensó en voz alta. El artadako besó la frente de su hermana y se volvió a incorporar. — Vendré en un rato, si se produce algún cambio, manda a buscarme.
Tathâral nada más salir de su carpa se chocó con un elfo que reconoció al instante.
— ¿Cómo está? — preguntó Caleth apartándose del artadako.
— Mal, por tú culpa —respondió sin dudar el general.
— ¿Por mi culpa?
— Sí. tú, con tu conducta, la has llevado a esta situación.
Caleth le miró a los ojos, había verdadero rencor en su mirada, algo que nunca había visto Tathâral en aquel viejo amigo.
— No, Tathâral, todo esto es culpa tuya. Todo sería bien distinto si no te hubieras encaprichado de una nuru.
Tathâral sopesó las palabras del elfo. Aquello era el colmo.
— ¡Guardias! — llamó el artadako— Detengan a este elfo y llévenlo junto a los demás desertores.— y añadió dirigiéndose a Caleth— Tras esta victoria, si Nensir permitía que siguieras con vida, estaba dispuesto a restituirte como capitán…pero después de esto…No ¡Llévenselo!— ordenó.
Tathâral se quedó observando como dos soldados se llevaban a Caleth. Había conseguido recuperar Dahald, pero ¿a qué precio?
[Editado por Eldin_de_Lorien el 07-03-2009 03:01]
Resumen de la batalla.
Nensir ha perdido 22 armadas x35= 770 puntos. Tathâral hace uso de su poder especial, por lo que la pérdida se reduce en un 10% hasta los 693 puntos
Recuperables: 554 puntos.
Valoraciones: 8.6+8+8= 8,2
Recupera: 454 puntos.
Por los daños sufridos por los dirigentes recupera 140 puntos.
Total recuperación: 554 puntos.
Pierde: 139 puntos.
La compañía recibe 600 monedas en concepto de victoria de la batalla
La compañía recibe 300 monedas en concepto de saqueo de la ciudad
Compañías actualizadas y listas.
Historia finalizada.
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