Vistárie (Día del Aire), el Taltaril de los I Yárai ha sido descubierto por una de las compañías del clan Narwä Hilyatâri en las ciénagas del Yáraúlea (166ºE 127ºN)

Descubrimiento De Un Taltaril De Aire
Escribiéndose...Un elfo de pelo gris plata, una elfa de ojos grises, y un tercer elfo de piel pálida como la luna y postura encorvada, prestaban atención al balî.
Engrel les leía en voz alta unos documentos. Se notaba claramente que sabía el contenido de los mismos casi de memoria, pues en varias ocasiones hablaba mientras les clavaba la mirada uno a uno.
Los tres permanecían a la escucha y guardando las formas, aunque la elfa era quien tenía que hacer mayores esfuerzos. Se sentía realmente incómoda ante la presencia del balî.
Varias gotas cayeron en nuestro continente. Según Norno, estas gotas se convirtieron en doce joyas que toman el nombre de Taltarili. Se pueden reconocer por la fuerte luz que emiten.
En palabras del anciano “hay cuatro clases de Taltaril. Tres Taltarili de fuego y tres de aire; estos parece que son los menos poderosos y están en posesión de pueblos menores del continente; luego tenemos los cinco Taltarili de Tierra que son los que poseemos nosotros, y los que nos han ayudado a alzarnos sobre el resto de Rómenor”
- Bueno, esto sería discutible – añadió con gesto escéptico y casi para sí mismo. Engrel continuó leyendo.
Pero hay otro, el de agua, que es el más grande y poderoso de todos…
- Lo que viene a continuación no os interesa. Esto es lo que recogieron Angárato y Elesinyê en el informe que me presentaron. Largo tiempo hemos descuidado esta información. Vosotros comprobaréis qué hay de cierto en estas palabras. Si ese anciano no miente, los I Yárai deben tener una de esas joyas. Buscadla. Eso es todo señores – añadió dándoles la espalda.
Los elfos esperaron a estar lo suficientemente lejos para intercambiar impresiones.
- ¿Una piedra?. ¿Cómo vamos a encontrar algo que no sabemos la forma, o tamaño que tiene ni dónde se encuentra? – preguntó el elfo más alto de los tres.
- Quizá sea más fácil reconocerla de lo que parece. Pero ahora no tenemos tiempo para preguntas que nosotros no podemos responder. Tenemos que partir mañana mismo.
- Daré aviso al escuadrón que nos acompañará – dijo Herkeblam.
Los otros asintieron y se separaron. Les esperaba un largo viaje cargado de incertidumbre.
La brisa del nuevo año romenoreano jugaba entre los finos cabellos de los dirigentes de la tercera compañía nuru, mientras navegaban hacia el sur por tierras conquistadas anteriormente, con el plan de llevar a cabo una nueva expedición.
-Llevamos demasiado tiempo navegando hacia el sur, sin ver tierra desde hace ya meses - Se oía decir a uno de los tripulantes de la nave, reunidos en corro.
-Llevo tanto tiempo sin ver a mi familia que ya he olvidado los rasgos de sus rostros- Se quejaba otro al unísono.
-Tendríamos que hacer algo al respecto- inquirió otro.
-Cierto, podríamos utilizar nuestras armas para cortarnos las venas -intervino Myodul, desde la puerta.
-¡Señor! -exclamaron los navegantes, empalideciendo y fijando su mirada en el resquicio de luz que se filtraba desde la entrada. Pero era demasiado tarde, el joven elfo ya se había ido de allí.
-Creo que tenemos problemas -dijo Myodul a Herkeblam, reuniéndose con él-. La tripulación no está contenta.
-Yo mismo no estoy muy contento, que digamos -murmuró Herkeblam-. En todo caso, ¿qué podemos hacer? La expedición es lo primero.
-Supongo que sí... -Myodul no estaba muy convencido.
-¡Mi señor! -un leal soldado llamado Ludyom se reunió con ellos-. ¡Mi señor, es urgente!
-¿Qué sucede? -Preguntó Herkeblam.
-Verá, algunos soldados han decidido sabotear la expedición. Están desgarrando las velas y arrancando trozos de madera del casco de la nave.
-¡Idiotas! ¿Y por qué hacen eso? -preguntó Herkeblam.
-Ya te he dicho que no parecían muy contentos antes -Myodul se recostó sobre la barandilla y miró el horizonte como en una ensoñación-. Estaban en una especie de reunión secreta y se quejaban de el tiempo que llevamos navegando.
-Pero vamos a ver, sí estaban reunidos planeando un motín, ¿por qué no has disuelto la reunión? -Herkeblam no daba crédito a sus oídos.
-Pensé que se enfadarían conmigo...
Ludyom miró alternativamente a ambos, atónito ante la debilidad de espíritu de Myodul. Aprovechó el tenso silencio para hablar.
-He preparado un bote. Podríamos tomar tierra en la costa más cercana y allí reunir a los soldados aún leales; incluso podríamos conseguir una nueva nave.
-Bien, en estas circunstancias no podemos hacer otra cosa. Supongo que todos se dirigirán a la costa cuando el barco comience a hundirse. Ya ajustaremos cuentas en tierra -Herkeblam lanzó una sombría mirada a Myodul y siguió a Ludyom.
Texto escrito por Mafy y Fredo
En Kadantras se habían hecho con un nuevo navío, algo más pequeño pero suficiente para llegar hasta Vanwielie, la cual debía quedar a dos jornadas con buen viento.
Allí además, habían recogido a unas decenas de fieles soldados; otros habían muerto en el naufragio. A los saboteadores se les prohibió volver a pisar Narwä bajo pena de muerte. Y poco era el castigo para el crimen cometido, pero estando tan lejos del Clan y con la premura de cumplir la misión, decidieron que la deshonra de verse alejados de sus familias, además de la pérdida de todas sus posesiones era suficiente.
En cualquier caso, los tres elfos sabían que no iba a ser nada agradable tener que rendir cuentas del amotinamiento ante Engrel. Tendrían que compensarlo con alguna buena noticia.
Hisiê había convocado a todos los oficiales para una rápida reunión antes de tomar tierra en la capital I Yárai.
Empezarían a buscar en Vanwiele pistas de la existencia y el paradero de dicha piedra, pero siempre con precaución. La ciudad estaba en calma hacía muchos meses tal y como les había contado Herkeblam, y no deseaban provocar ningún tipo de incidente en la búsqueda del Taltaril. Por tanto, esta vez quedaban prohibidas las torturas para la obtención de información.
Al poner pie en tierra, lo primero que les sorprendió fue la mezcla de razas; parecían convivir pacíficamente elfos, humanos y enanos. Herkeblam les guió rápidamente hasta el campamento nuru. Subieron por el estrecho camino que había en la falda de la montaña, mientras contemplaban las hermosas vistas de la ciudad. Vanwielie era especial, y eso saltaba en seguida a la vista.
-¿Sabéis con qué otro nombre se conoce esta ciudad? – preguntó Herkeblam. – La Joya Verde – añadió acto seguido.
Este dato animó a sus compañeros, quienes pensaron que con un poco de fortuna, aquella piedra o lo que diablos fuera, estaría en la misma capital.
Llegaron al campamento donde se encontraba el destacamento dejado por la Compañía del Águila. El túre que les recibió se mostró sorprendido pues no tenía noticias de la llegada de refuerzos de Narwä. Pronto le explicaron que no venían a dar apoyo, ni a relevarles, y que su misión era otra pero no podían dar muchos detalles.
Después de una comida ligera, los tres dirigentes optaron por cambiarse de ropas y abandonar las armaduras.
Dejando a Herkeblam la decisión de qué lugares investigarían, éste optó por empezar el recorrido visitando las bibliotecas y templos de la ciudad.
[Editado por Neume el 19-04-2009 21:01]
Era el tercer día de rastreo y no habían dado con nada interesante todavía. La jornada anterior habían creído encontrar algo en uno de los templos, pero no emitía una luz brillante, por lo que la desecharon.
En opinión de Myodul, se habían centrado demasiado en los enanos de aquella ciudad, creyendo que por su fama de coleccionistas de joyas, y objetos particularmente bonitos, podrían tener algo que ver. Pero parecía que en esta ocasión no era así. Decidieron volver a revisar la Biblioteca principal de Vanwielie.
Se separaron y dividieron las secciones como la vez anterior, pero prestando especial atención a los libros que se hallaban en las estanterías de Historia Local Antigua, por si se les hubiera pasado algún dato.
Pasaban las horas y nadie avisaba de un descubrimiento relevante. Atardecía ya cuando Hisiê decidió que daban por finalizada la búsqueda en la capital. Estaba claro que en aquel edificio no encontrarían nada de interés, como tampoco en el resto de la ciudad, y no podían remover hasta la última de las piedras. A la mañana siguiente probarían fortuna explorando otras regiones.
Vestidos nuevamente con las armaduras y acompañados por una veintena de jinetes, (el resto de soldados permanecería en el campamento), partieron de la Joya Verde rumbo Sur. La idea era bordear la montaña, atravesar el bosque y alcanzar Sére Tirion.
Esta ciudad era más pequeña en comparación con Vanwielie y no les llevó tanto tiempo investigarla. Pronto vieron que tampoco sacarían nada provechoso, aunque gracias a un nativo comprobaron que su mapa no estaba actualizado, y que existía otra pequeña ciudad, más al sur y cerca de la costa, que había sido importante en el pasado.
El viaje hasta Túrenanda a través de las ciénagas fue largo y fatigoso. De vez en cuando hacían altos en el camino. Preferían avanzar más despacio, pero asegurándose que no tendría que volver a investigar esa misma zona una segunda vez.
En la ciudad legendaria el aire se sentía cargado. No había señales de vida, pero aún permanecían en pie algunas construcciones y en bastante buen estado de conservación. Recorrieron las ruinas de una punta a otra.
En la parte superior de la pared de una de las viviendas que parecía haber pertenecido a alguien destacado de Túrenanda, había una serie de dibujos grabados. Los soldados dieron aviso a sus superiores, y en seguida se presentaron los tres dirigentes. El soldado les señaló con su dedo índice donde debían mirar. Se trataba de un relieve que representaba una gran lágrima. Un poco más abajo había una inscripción de la que Herkeblam solo pudo traducir una parte: “con la protección del río” rezaba.
No es que fuera una gran pista, pues aquella zona ya habían comprobado que estaba llena de ríos y arroyos que hacía aquellas tierras muy pantanosas. Pero empezarían por los más cercanos. Y lo antes posible ya que, además habían encontrado en las cercanías unas huellas extrañas, y no deseaban descubrir a qué tipo de criatura pertenecía.
Al quinto día y cuando las esperanzas de encontrar ya algo eran mínimas, alcanzaron un gran río. Cerca de él había un montículo rocoso de poco más de cinco pies de altura. Myodul subió a él para tener una mejor visión del paisaje.
-¿Qué ves? – le preguntaron.
- Parece que sale un afluente más allá al oeste… y corre hacia el sur.
Cuando el elfo iba a bajar, una de las piedras se movió haciéndole tambalearse. Gracias a su agilidad y equilibrio consiguió dar un pequeño salto y llegar hasta otra piedra firme. De la roca que se había movido creyó ver un débil destello, así que volvió a acercarse con cuidado. Apartó el pedrusco y entonces el resplandor se hizo algo más fuerte. Un resplandor que hizo que todos volvieran sus miradas.
Herkeblam y Hisiê siguieron los pasos de su compañero y se situaron junto a Myodul, quien ya estaba tumbado boca abajo y alargando su brazo para extraer algo. Con mucho cuidado, el elfo sacó una piedra blanca del tamaño de una mano cubierta de arenilla. Cuando la hubo limpiado frotándola con el pantalón, se dieron cuenta que era totalmente transparente y que irradiaba una luz blanca.
El corazón les latía con fuerza pues aquella piedra debía ser el Taltaril. Tenía forma de gota, emitía una fuerte luz tal y como les habían anunciado, y se encontraba en las proximidades del río.
- Vosotros dos – ordenó Hisiê a un par de soldados que todavía miraban embobados la piedra. – Adelantaos. Id a Vanwielie y que envíen mensajeros a Osto confirmando el hallazgo.