Fin Guerra: Narwä Hilyatâri se retira del Combate
Armadas perdidas por "Maianor" = 8
Armadas perdidas por "Narwä Hilyatâri" = 4
Narwa conserva el control de la ciudad

Fin Guerra: Narwä Hilyatâri se retira del Combate
Armadas perdidas por "Maianor" = 8
Armadas perdidas por "Narwä Hilyatâri" = 4
Narwa conserva el control de la ciudad
El Consejo le había pedido que, provisionalmente, se encargara del gobierno de Hyosto. Angárato obedeció sin rechistar. Conocía bien la ciudad y le vendría bien un cambio de aires. Sabía que al cabo de poco tiempo añoraría los espacios abiertos y el rugir de la batalla pero de momento no le desagradaba marchar hacia la ciudad del bosque.
Hacía ya varios meses que residía ahí. Había elegido para él y unos pocos un gran caserón de techos altos y exquisitos artesonados que, por su tamaño y gran número de habitaciones podría, perfectamente, cumplir las funciones de "palacio" del Gobernador. Desde esa casa dirigía los destinos de los cientos de soldados escarlata de la compañía del águila y de los miles de ciudadanos puestos bajo su ala amenazante.
Al principio la ciudad le recibió con mucho miedo, pues no habían olvidado su última revuelta y el papel que había tenido el arken en la sangrienta sofocación de la misma, pero con el paso de las semanas su presencia se hizo tolerable y se admitió y agradeció la mano firme del Clan porque, sin duda, esa gente había comprendido los grandes beneficios que supone una disciplina justa.
Los soldados paseaban orgullosos, con sus brillantes armaduras y sus capas rojas, por las calles blancas de la ciudad, sin miedo a nuevas revueltas pero siempre vigilantes; se pagaban los impuestos y se obedecían las nuevas leyes; los antiguos gobernantes al fin habían decidido colaborar; y todo parecía alcanzar un ritmo y unas formas adecuadas. Incluso la música volvía a escapar de algunos hogares y de algunas de las famosas salas de conciertos que, antes de la conquista, se adornaban de vistosas cintas y congregaban a la alta sociedad de Hyosto en un bullicio feliz. Ahora no había cintas de colores y las cosas se hacían con más medida… pero había música.
Había alguna cosa mejorable, por supuesto, pero Angárato y sus asesores, entre los que había incluido a la joven Dâira, estaban relativamente satisfechos de los logros conseguidos.
El primer temblor sorprendió al arken dictando la sentencia de un ladrón que había sido, además de ladrón, rematadamente estúpido. Los propietarios de la casa, unos ancianitos aborrecibles, lo habían sorprendido con la cabeza metida entre dos barrotes de madera cuando intentaba alcanzar un joyero escondido tras una baranda medio carcomida; del susto que se llevó al saberse descubierto precipitó sus movimientos y estuvo a punto de desnucarse. Sólo quedó inconsciente unos minutos, los suficientes para que los berridos de los ancianitos alertaran a todo Hyosto e incluso despertaran, de su beatífico sueño, al mismísimo Bali, ahí en Ohtalôsse. Estaba Angárato reflexionando qué era más punible, si el intento de robo o si la estupidez del ladrón, cuando el temblor lo detuvo todo: juicio, soldados, ciudadanos, pájaros,… primero fue el silencio, y luego el fragor de la piedra rota.
Pero eso sólo era el principio, porque en los días que siguieron la tierra demostró su poder, y su ira contagió al cielo, que adquirió el color de la muerte.
El terror se extendió al tiempo que la oscuridad. Todo Rómenor estaba siendo sacudido. Con los días el miedo se hizo amigo fiel y no dejaba apenas respirar. Bajo la lluvia negra viajaron algunos mensajeros, soldados valientes, contando que muy al sur, más allá de Al Varantar, había estallado entre llamas toda una cordillera.
El agua se convirtió en veneno al tiempo que una débil luz, gris y fría, intentaba sustituir a las tinieblas. Algunos rogaron a los valar y otros los maldijeron.
Hyosto había sucumbido, a la conquista había sucedido la fuerza del clan, pero ahora, de nuevo, todo era muerte y desolación: muchas casas se habían venido abajo matando a sus habitantes, el agua de casi todos los pozos era ponzoñosa, las calles se habían resquebrajado y el carácter alegre de la ciudad había muerto bajo un palmo de ceniza.
Los soldados, educados para soportar los mayores desafíos, estaban perdiendo el ánimo, así que Angárato, que tampoco era indiferente al ambiente siniestro que se había instalado tras los temblores, ordenó una rápida restauración de la ciudad. –el trabajo les hará bien, pensó- y nadie le contradijo. Se organizaron cuadrillas ciudadanas, todo el mundo arrimó el hombro.
Se estaban limpiando las calles y apuntalando las casas que amenazaban ruina. Lo más difícil era encontrar agua bebible y comida para todos, así que tuvo que ordenar un severo racionamiento al tiempo que numerosas partidas de caza iban y venían (unas con más fortuna que las otras) más allá del río en busca de animales que aun no hubieran muerto.
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Angárato está de pié, mirando a través de un alto ventanal del primer piso de la “mansión”. Afuera hormiguea la gente, aun hace frío pero el miedo a la oscuridad que les ha mantenido con los corazones inquietos (por no decir aterrorizados) ya está convirtiéndose en recuerdo, y ahora es el sudor del trabajo y las ampollas en las manos, fruto del manejo poco hábil de los picos y las palas, lo que les preocupa.
-No está mal, están trabajando bien- dice tranquilamente Angárato.
-Sí, no puede decirse otra cosa, mi arken- contesta uno de los asesores, un hermoso y musculoso túre de mirada profunda y vieja.
Angárato lo mira torcidamente, odia a los aduladores. El túre, que comprende la mirada, traga saliva ruidosamente, pero no sabe qué decir porque, de hecho, está convencido de su opinión y no la ha dado para agradar a su superior.
-Señor…- comienza una voz suave- la gente está cansada…-
-Todos estamos cansados, Dâira- la interrumpe Angárato -Pero se está trabajando bien… y además eso ayuda a tener la mente lejos de ideas peligrosas-
-Sí, puede que sí… pero ellos- señala a la gente que se ve pequeñita tras los cristales- ellos no están acostumbrados a trabajar tanto-
-Eso seguro- sonríe Angárato -Sí, quizá deberíamos darles un descanso, pero sin excederse, estamos aun en peligro, mucha gente está sin un techo bajo el que cobijarse y el agua del río aun mata. Encárgate tú-
-Sí-
-¡Ah!, que los soldados no se detengan, servirá para que los lugareños vean que queremos ayudar… y quizá les sirva de ejemplo-.
Dos horas después el eco de unos gritos atraviesa la gran sala y llega a la mesa de trabajo del Arken. Está de pié, solo, vestido con un reluciente uniforme de arken, hojeando un grueso libro. El ruido viene de la calle.
[Editado por Elfo_Negro el 11-03-2009 10:08]
Primeros días de Ether Nion
Solo tiene nueve años, muy pequeño todavía en la cuenta de los elfos. Su piel es clara igual que los ojos, pero el pelo es oscuro, casi negro. Sus graciosas orejillas aún no son demasiado puntiagudas pero en unos años crecerán. Este niño, se ha quedado fijo mirando a dos soldados nuru que están de patrulla mientras mordisquea una galleta. Sabe que no tiene la fuerza ni altura para luchar como los mayores, pero no se achanta. Emprende una rápida carrera y al llegar a la altura del soldado le propina una fuerte patada debajo de la rodilla. Instintivamente suelta el trozo de galleta que le quedaba y continúa su carrera, ahora si cabe más a prisa.
El soldado se lleva la mano a la pierna y suelta unos cuantos improperios. Hace amago de salir tras el niño elfo pero su compañero, que todavía no ha parado de reír, le disuade. “Son cosas de críos”, le dice.
Nehtë no ha dejado de correr y ya casi está fuera de la ciudad. Ha atravesado la puerta norte, al otro lado del río Kelsell, y se dirige hacia el bosque. Sabe que recibirá una buena reprimenda, pero tiene que entregar el mensaje.
En las lindes del Aldalaurë se encuentra un grupo de hyostelanos, que como cada mañana, van al bosque a recoger madera. Aunque ya no padecen los vientos gélidos de meses atrás seguirán haciendo lo mismo unas semanas más, hasta que el maldito gobernador de Narwä decida que ya tienen suficiente.
Una parte será destinada a calentar los hogares en los últimos retazos del invierno, pero no solo las casas de los nativos, sino también las de ellos, los despreciables nurulântar. El resto de los maderos cortados, irá con toda probabilidad a parar a la reparación de algunos edificios resquebrajados con los temblores.
Al principio creyeron en las palabras de los invasores. El miedo ante el despliegue de furia mostrada por la tierra, y el crudo invierno, como no se había visto otro igual en Hyôsto, les hizo confiar y entregar sus escasas esperanzas de salir con vida a los conquistadores. Pero la situación se había prolongado demasiado, para dar paso según ellos, a la privación de la mínima libertad que les quedaba. Los nuru daban órdenes y ellos acataban, y así un día tras otro. Sintiendo que cada vez les quedaba menos del orgulloso y refinado pueblo élfico que habían sido, para convertirse en algo muy parecido a los esclavos.
El descontento crecía y hacía semanas que se habían levantado las primeras voces, dejando a un lado el miedo inicial.
Como si tuvieran poco con las penurias vividas hace escasos meses por culpa del tiempo, para estar ahora sometidos más férreamente bajo el yugo nurulântar. Ya podían aquellos terribles vientos haberse llevado a todos los invasores. Pero no fue así. Ahí siguen, con sus sonrisas de hielo, sus miradas pétreas, tan altivos como siempre, sintiéndose más dueños y señores que antes, ordenando cómo deben reparar la ciudad, ¡su ciudad!
Les disgustan sus rituales, su guerra y su soberbia. Se diría que les disgusta tener incluso un pasado común. No soportan el olor a muerte que traen con ellos, y se lamentan de vivir tan cerca, pues saben que su posición geográfica les hará estar siempre entre sus objetivos. Algunos desearían vivir en la otra punta de Rómenor; dicen que en el sur, allá en el mar, todo es calma y paz, pero nadie ha llegado hasta allí para verlo.
-¡Akâra! – grita un elfo corpulento de cabello negro – Ayúdame a cargar esto en la carreta.
El elfo de pelo castaño y ojos oscuros se da la vuelta y asiente con la cabeza. Es más delgado aunque puro músculo. Los dos comienzan a cargar la leña.
-¿Cómo está tu madre, Akâra? – pregunta Diltaer.
-Igual que ayer, igual que el día anterior, e igual que como estará mañana. Creo que si sigue así morirá de pena. Mi padre dedicó sus últimos días a estos mal nacidos. Muere en un accidente trabajando para ellos, y ¿qué hacen? Nada. Ni siquiera nos han dejado retrasarnos en el pago de los impuestos. – sus ojos refulgen en un destello de rencor contenido.
-¡Diltaer, ahí viene tu muchacho! – exclama otro elfo.
-¡Padre, padre! – grita el niño desde lejos sofocado.
-¿Qué ocurre? – pregunta frunciendo el ceño.
- Dice Berôn que será esta noche.
- Ummmm bien, bien. – Diltaer mira a Akâra en un gesto de complicidad. -¿Qué has hecho esta mañana? - le pregunta a su hijo.
-Le he dado una patada a uno de esos, pero he sido más rápido… - responde orgulloso.
El padre suelta una carcajada. Alza al niño y lo sienta sobre sus hombros. – Está bien, pero no le diremos nada de esto a tu madre. Quedará entre tú y yo, ¿de acuerdo?.
Nehtë asiente feliz. No ha tenido que suplicarle.
[Editado por Neume el 11-03-2009 13:57]
Unos pocos, los de espíritu elevado y alma indomable, eran conscientes de que estaban precipitándose en el abismo del deshonor… y no lo permitirían, empujarían, si era necesario, a toda la ciudad a una nueva rebelión, a un nuevo intento de alcanzar la libertad, aunque ello les llevara a la muerte.
Eran elfos y elfas, hombres y mujeres que antaño tuvieran muy distintos oficios: panaderos, costureras, herreros, carpinteros, músicos, poetas… sólo dos cosas los unían: que no se habían rendido ni se rendirían jamás y que, a pesar de todo, seguían confiando en sus conciudadanos.
Se habían formado comités secretos, uno por cada barrio de la ciudad, habían escondido armas en lugares apropiados para una rápida distribución y se habían repartido las funciones para "incitar" a la ciudad en el momento adecuado y hacer que lo planeado pudiera llegar a buen término. Era arriesgado, porque pocos conocían los planes y todo se basaba en la confianza que los revoltosos tenían de que, al iniciarse el ataque, los Hyostelanos se unirían como un solo hombre contra los invasores.
El plan era osado, atacar directamente a la cabeza de serpiente, atacar la mansión del Gobernador y matarlo antes de que se tuviera tiempo de ninguna reacción defensiva.
En el barrio sur, muy cercano a la plaza donde se ubicaba el palacio, los encargados de todo eran Diltaer, Bolgur, Derba, Akâra, Thyran y Berôn, el enlace con los demás comités de la ciudad. Luego, claro, otras personas estaban enteradas y se habían comprometido a combatir hasta la muerte, pero eran pocos comparados con toda la población de la ciudad.
El golpe se daría a la puesta de sol, cuando los trabajadores volvieran a sus casas y antes de que los soldados regresaran al cuartel, los cogerían a contrapié, sin tiempo para nada.
El sol se ponía y los leñadores regresaban lentamente a la ciudad, unos pocos con el corazón a punto de desbordarse, acariciando a través de sus ropas las armas que llevaban escondidas, pero fingiendo la más absoluta serenidad. En todos los puntos de la ciudad se haría así: los encargados aparecerían desde todos los rincones, ya armados, e iniciarían de inmediato el ataque contra las tropas desprevenidas al tiempo que facilitaban armamento al resto de trabajadores que aun estarían en la calle, regresando al hogar.
Sólo entrar en la ciudad vieron que algo no andaba bien.
-Diltaer, ¿qué pasa aquí, donde está la gente?- preguntó preocupado y en voz baja Bolgur.
-Ahí, ¿no los ves?-
-Claro que los veo- susurró el joven Bolgur -¿pero son muy pocos, donde está el resto?-
-Deben estar aun trabajando, el sol aun no se ha puesto, estos bastardos nos han tomado por animales de labor- El fuerte Diltaer ya no pensaba en nada más que en la inminente batalla.
-No corras tanto, demonio- intervino Akâra -Bolgur tiene razón, debería haber más gente volviendo a casa a estas horas-
El grupo avanzaba rápido y silenciosamente por las calles aun cubiertas de ceniza, como animales a punto de saltar sobre una presa indefensa; en silencio se les sumaron otros elfos y humanos, eran de los ya comprometidos.
Los otros, los que nada sabían de revueltas, se quedaban parados en mitad de la calle… estaban cansados pero entendieron enseguida qué estaba ocurriendo, dudaron unos segundos pero comprendieron de inmediato la catástrofe que se avecinaba, la mayoría corrió para juntarse al grupo que, cada vez, avanzaba con más rapidez, otros salían corriendo en busca del refugio de sus casas -cobardes- pensó Diltaer -los tuvimos en cuenta, siempre hay cobardes y deben tenerse en cuenta en los cálculos- todo comenzaría en unos segundos.
Intentaban avisarles, sí, no iban para unirse a la locura, intentaban avisarles.
Avisarles… pero ya corrían y habían desenvainado las espadas y desenfundado los arcos, ya gritaban consignas de guerra, consignas que unirían a toda la ciudad en una batalla victoriosa… la mayoría de ciudadanos debía estar aun en la plaza, arreglando los edificios más importante de esa zona… Avisarles.
-¡deteneos, locos!- Gritaban algunos, otros intentaban detenerlos agarrándoles de la ropa, pero ya entraban en la plaza blandiendo sus armas; se les habían unido varios valientes y debían ser unos cincuenta.
En algunos lugares de la ciudad ocurrían escenas similares, en otras la revuelta había sido abortada, pues los conjurados habían comprendido a tiempo qué estaba ocurriendo.
Unos cincuenta… deberían ser más de trescientos, así estaba previsto. ¿Dónde estaban todos?
En la plaza solo había dos o tres Hyostelanos y más de 30 soldados que por fin habían dejado de trabajar. Los soldados, ante el asalto de los atacantes de caras desencajadas, se quedaron unos segundos aturdidos, sin comprender qué pretendían… luego lo entendieron todo y una sonrisa de satisfacción se dibujó en su rostro.
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-¡Por thyr! ¿Qué ha sido todo este jaleo?- preguntó Angárato a Dâira, que acababa de subir al primer piso para informar al arken y ahora gobernador.
-Ha sido todo una locura- ya estaba recuperando el aliento y una mano le sangraba -hacía ya un rato que había ordenado que se diera permiso a los ciudadanos para irse a descansar a sus casas y en la plaza apenas quedaba nadie, sólo soldados y unos cuantos lugareños que parecían más nerviosos de lo habitual y a los que hemos hecho quedar- Angárato se fijó en su mano herida pero la dejó continuar. -Los soldados han estado trabajado un rato más y, cuando el sol ya caía, un pequeño grupo de revoltosos se ha lanzado contra nosotros. Han sido fácilmente "eliminados",… todos-
-¿Bajas?-
-Ninguna por nuestra parte, mi señor, sólo seis heridos, dos de gravedad… eran valientes esos locos…-
-O simplemente locos- puntualizó Angárato para luego continuar -No entiendo qué pretendían hacer con esos pocos combatientes-
El túre Loméon, junto a otros dos consejeros, entró para comunicar que en varios lugares de la ciudad se había reproducido el mismo intento de rebelión y que en todos había sido sofocado con éxito.
Angárato, sombrío, sacudió la cabeza -será un noche larga… quiero saber qué ha pasado exactamente aquí-
[Editado por elfo_negro el 12-03-2009 09:09]
Resumen de la batalla.
Narwa ha perdido 4 armadas x35= 140 puntos.
Recuperables: 112 puntos.
Valoraciones: 7.9 + 8 = 7.95
Recupera: 89 puntos.
Pierde: 51 puntos.
Compañías actualizadas y listas.
Historia finalizada.
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