La Guerra de los Clanes

Descubrimiento De Un Taltaril De Fuego

Terminada
Escrito el 15-03-2009 22:18 #1

Narárie (Día del Fuego), el Taltaril de los Uonu Nyrr ha sido descubierto por una de las compañías del clan Nensir Airatâri bajo los árboles del Aldalaure (48ºE 188ºN)

Escrito el 23-03-2009 21:02 #2

EL OJO DEL CUERVO Y LA LEYENDA DEL CALDERO

La primavera se aproximaba lentamente sobre las frescas florestas del norte de Rómenor y los rayos del sol empezaban a derretir la nieve acumulada en las cumbres de las montañas. Había sido un invierno terriblemente frío y oscuro y los caminos se habían vuelto silenciosos y peligrosos. Pero, durante las primeras semanas del nuevo año, el sol volvió a colorear los campos y las sendas olvidadas volvieron a ser transitadas. Los almendros estaban en flor y los pájaros canturreaban en las copas de los árboles.

Ahora bien, los Grandes Bosques del Aldalaurë no habían encontrado la paz pues la guerra también había venido con el nuevo año. En el oeste, los uonu-nyrr y los aldalântar habían vuelto a enfrentarse por la fortaleza oscura del bosque sombrío (en la cual ni siquiera el caliente sol podía disolver las sombras que vestían sus tétricos árboles). También se habían enfrentado en las ciudades vecinas de Hildan y Dahald con desenlaces distintos. Mientras los elfos oscuros habían recuperado Tuyrozd, los elfos claros controlaban las otras dos ciudades.

Las caravanas de los aldalântar que habían habitado la fortaleza oscura durante seis meses regresaron a Galador llevando consigo todo aquello que habían podido coger antes de la huida. No era mucho, pero ellos habían recopilado varios objetos que pertenecieron a los elfos oscuros y también algunos documentos.

Tras regresar de Dahald, Tathâral, el artadâko de los ejércitos de los aldalântar, se había dedicado a estudiar cada uno de esos documentos con el fin de encontrar más información sobre sus enemigos que les pudiese ser útil en las próximas guerras contra ellos. Sin embargo, se había encontrado con un importante problema y es que aquellos manuscritos estaban todos escritos en la lengua de los hechiceros. Un idioma que, a pesar de ser de origen élfico, era muy oscuro y gutural. No obstante, durante los meses que Târîs y Brêt habían sido gobernadores de la oscura fortaleza, habían hecho un esfuerzo para aprender el idioma de los habitantes del Bosque Sombrío, ayudados además por varios libros existentes en las bibliotecas de Neitillot y por el ainadâka Vorondhîsie que, al haber estado encerrado en las mazmorras de los uonu-nyrr por casi doscientos años, conocía muchas frases y palabras de esa lengua.

Aquel día, uno de mediados del primer mes de 1602, Brêt y Tathâral se hallaban mirando manuscritos en el despacho de éste en Dâkosto. Tath apenas prestaba atención a lo que Brêt iba consiguiendo traducir, sumergido como estaba en las numerosas preocupaciones que tenía aquellos días. En especial, temía por su hermana, que se recuperaba lentamente de las heridas sufridas en Dahald y por los rumores que circulaban sobre ella y Caleth. Además, había sabido por la sacerdotisa Dharaith, que era su más fiel aliada en las salas de las Aratamari, que los assanar cercanos a Branda murmuraban entre ellos sobre la incompetencia que estaba demostrando el artadâko al permitir que las habladurías acerca de una sacerdotisa y un guerrero fueran el pan de cada día de elfos que, en cambio, sólo deberían estar pensando en el campo de batalla y la guerra contra los hechiceros. Y, mientras disminuía el prestigio de Tath entre aquellos assanar, crecía la fama de la ainadâka Sura. Se hablaba de la habilidad mostrada en la búsqueda de Neithan, el hijo de Pathâkal, un mes antes, y ya pocos recordaban los motivos por lo que antes ella había sido la oveja negra del clan. Según le había contado Dharaith, ahora, para el círculo de aliados de Branda, Sura podría ser una buena artadâka. Aquello tenía preocupado y enfurecido a Tathâral, tenía que mover ficha para que ninguno de ellos le ganara la partida.

- Éste habla de algún tipo de reliquia…algo religioso creo.– explicaba Brêt, sin saber que Tathâral no estaba prestando atención.- Con forma de vasija…quizás como uno de nuestros kûni. Sí, eso creo pues, por las palabras usadas, tiene forma de caldero. Parece que es muy importante dentro de su religión…

Brêt se dio cuenta entonces de que su amigo apenas prestaba atención y exclamó de pronto:

- ¡Y van a atacar Neitillot dentro de dos lunas llenas!

Tathâral salió entonces de su ensimismamiento y miró al elfo.

- ¿Qué?

Brêt se rio.

- Al fin me haces caso. No voy a estar haciendo el esfuerzo de traducir estos documentos para que tú estés pensando en las musarañas o en a saber qué. ¿Alguna bella elfa tiene atrapada tu mente? – le preguntó esto último con sorna pero, cuando vio la mirada ceñuda de Tath sobre él, añadió apresuradamente.- Perdón, sólo quiero que me hagas caso. Eso o me voy y continuamos después.

- No, no hace falta. Continúa. ¿De qué trata ese documento? – preguntó mirando con repulsa el pergamino que tenía Brêt en sus manos.

- Una especie de caldero litúrgico que parece que era muy importante. El documento describe cómo es y las funciones que tiene. Pone que tiene el… ¿ojo del cuervo?

- ¿Ojo del cuervo?- preguntó Tath sin entender, esta vez interesado en lo que estaba traduciendo Brêt.

- Si, eso pone. Contiene el Kwak’aom, palabra que se traduce como ojo del cuervo u ojo de cuervo.– Brêt continuaba leyendo y traduciendo lo más rápido que podía.- Ah, parece ser que tenía engarzada una especie de piedra o gema. A eso se refiere con lo de ojo del cuervo.

A Tathâral aquello le resultó extrañamente familiar. Alguna vez había oído hablar antes de un caldero con una gema engarzada. Sí, claro que le era familiar. Así era el legendario Aldakûne de su pueblo. Pero en vez de una gema negra, la gema era de tonos verdes, según recordaba. Pero, tras la guerra civil contra los nurulântar, nadie había vuelto a saber nada de él.

- ¡Oh, esto es realmente interesante! Mira, Tath. Relatan como apareció el caldero. No lo fabricaron ellos. ¡Lo robaron!

- ¿Lo robaron?

- Sí, según puedo traducir, el caldero lo portaba un elfo hace aproximadamente doscientos años que venía desde el otro lado de las montañas blancas. Entre los hombres de las ciudades del bosque corría el rumor de que el caldero era prodigioso. La leyenda se extendió y los uonu-nyrr supieron del elfo viajero y su caldero milagroso. Pero Osrûn Sar, el Dios-Cuervo, les reveló que ese caldero tenía su divina esencia y que les pertenecía a ellos y, por eso, fueron tras el elfo viajero. – Brêt dejó de traducir y levantó la vista.- Éste elfo viajero…venía de nuestra antigua tierra, ¿no es así?

Tathâral asintió con un gesto, ambos habían llegado a la misma conclusión.

- Sí, y es posible que se trate del caldero que custodiaban los baltas de nuestro pueblo hasta mi padre. Nada se ha sabido del legendario caldero después de la dagor turonor. El nuestro tenía una piedra verde engarzada, el kûneondo.

- Pues esos asquerosos hijos del barro lo robaron del sitio donde lo escondió el elfo viajero. Pero no había gema alguna pues ellos engarzaron la suya, que era negra y no verde. Esto es importante, ¿qué hacemos?

- ¿No hay indicios de que ese caldero estuviese en Tuyrozd cuando la ocupamos? – preguntó Tath.

- No, para nada. Si hubiera estado allí lo habríamos sabido. No es algo que pase desapercibido. Se lo llevarían antes de nuestra invasión.

- Pues mantén esto en secreto. Que no lo sepa nadie. Hoy mismo partiré al Templo de la Orontarê a hablar con Emmârdin. – concluyó Tathâral.

Escrito el 23-03-2009 23:46 #3

-Esa dejadez... esa manera de eludir vuestra responsabilidad... manteneros de brazos cruzados durante los meses que en Dâkosto os han dado vacaciones... -Emmârdin hablaba con voz cansada y con una mano sobre su frente, ocultando sus ojos a los que le escuchaban. Fue interrumpido por una voz más pontente y agresiva. Mucho más enfadada.

-¡Incompetencia! Ése es el nombre de vuestra actitud. Os hemos dado la libertad de poder buscar por donde creyerais más oportuno, os hemos ofrecido toda la información que podíamos daros, y también la ayuda de la assana Althira. ¡Y hoy es el día en que no habéis traído más información que la que ya conocíamos! A eso, mis queridos ainakelvari, se le llama incompetencia. Si no sois capaces de... -decía Aranarth, prácticamente fuera de si.

Al otro lado de la mesa, escuchando atentamente, o simulando hacerlo, se encontraban Northiêl y Aiwëndil. La primera susurrando el discurso que recitaba Aranarth, pues en términos generales lo había oído desde que tenía uso de razón.

-Por eso prefería las broncas de Sura -susurró en el momento en que Aranarth más gritaba. -Nunca repetía dos veces el mismo discurso, y sólo se enfadaba cuando había verdaderas razones...

Y entonces se dio cuenta de que Aranarth se había quedado callado y escuchaba con atención lo que ella estaba contando a Aiwëndil, quien en ese instante habría preferido estar en cualquier otra parte.

-Así que... preferías que te regañara Sura antes que yo, tu mentor... -dijo con voz dolida, olvidando el tema que les ocupaba momentáneamente.

-Sí -dijo ella pensando “de perdidos al río” y mostrando su cara más desafiante. -Por lo menos ella sabía escuchar.

-¿Insinúas que yo no escucho? -dijo el elfo casi rugiendo. Emmârdin, a su lado, se frotaba la cara con las manos y tiraba de su túnica para que Aranarth, que se había puesto de pie, volviera a sentarse. En ese momento se arrepentía de haber elegido a Northiêl para buscar el caldero. Había demasiadas implicaciones emocionales allí. Aranarth había sentido demasiado cariño por Helkaher, el padre de la elfa, y demasiado poco por Sura como para soportar aquello.

-Me remito a los hechos -dijo ella, serena. -Desde que hemos entrado no habéis dejado de decirnos lo mal que lo hemos hecho. Si nos habéis hecho llamar para esto creo que ya podemos marcharnos, no creo que podáis encontrar más sinónimos de incompetencia, cuando habéis tenido que volver a recurrir a la palabra después de estar aquí toda la tarde sin dejarnos decir nada. Aunque no lo parezca, tenemos cosas que hacer...

-¡Esto es el colmo! Northiêl, te estás pasando de lista. No reconozco en ti a la elfa que eduqué. ¿Quién te ha enseñado a faltar al respeto de esta manera? ¡Nensir bendito! ¡Pensar que he dedicado mucho tiempo a educarla y sigue sin mostrar que haya aprendido nada! ¿Pero qué es lo que he hecho mal? -se lamentó Aranarth, olvidando por completo por qué estaba allí.

-Hay cosas que una tiene que aprender sola... -empezó a contestar Northiêl.

Emmârdin, al ver que la situación se les iba de las manos, tomó las riendas.

-Está bien. Dejemos los temas personales para más tarde. Supongo que deberíamos haber dejado que hablarais antes de decir nada. En ese caso es vuestro turno, ¿alguna averiguación más que debamos saber? -dijo el elfo con la voz más conciliadora posible.

- Alguna, pero poca cosa. - se apresuró a contestar Aiwëndil antes de que Northiêl dijera algo que pudiera ofender otra vez a su mentor. - Hay centenares de leyendas sobre calderos milagrosos por estas tierras. Aunque tenemos la corazonada de que todos se refieren al mismo, pero las versiones se contradicen. Es difícil esclarecer cuál es la verdadera. Necesitaríamos más tiempo.

- Sin embargo -intervino Northiêl antes de que los dos decanos pudieran decir nada. - Hay leyendas y leyendas. Y la de Breald tiene más de cierto que de leyenda. Los habitantes de Breald no son elfos pero tienen buena memoria. Tengo un amigo en Breald, Ituk, que ha tenido la amabilidad de recoger las distintas versiones de la leyenda. Y todas coinciden: el elfo que llevó el caldero llegó allí desde el sureste, muy probablemente desde la antigua Leolossë... y partió hacia el norte.

- ¿Tal vez hacia Eglamar? -preguntó Emmârdin, pues Aranarth todavía no se había recuperado de la conversación con Northiêl.

- Ahí es donde viene el problema. Sabemos que fue hacia el norte, probablemente hacia Eglamar. Pero antes de llegar a la ciudad de los piratas, más o menos a la altura de Galador, la pista se pierde. O más bien, se vuelve borrosa -contestó Aiwëndil.

- Quien ocultó el caldero se preocupó de hacerlo bien... porque se encargó de contradecir las leyendas. En cualquier posada que esté junto a un camino es imposible discernir cuál es la pista correcta. En cuanto te narran la leyenda del caldero, interviene alguien de la mesa de al lado que sabe de un viajero que no vio partir el caldero hacia el este, sino hacia el oeste... y sin embargo, todos concuerdan en que el caldero estuvo en Breald, partió hacia el norte... pero no llegó hasta Eglamar... -acabó Northiêl.

- Pero Northiêl, eso reduce la zona donde puede estar el caldero a... -dijo Aranarth no sin cierto resquemor hacia su ahijada.

- A aproximadamente lo que hoy conocemos como Galador, sí -contestó ella a su vez. - ¿Por qué crees que no nos hemos movido de aquí durante las vacaciones? -dijo como si fuera evidente, aunque Aiwëndil tuvo que hacer acopio de toda su buena voluntad para no reír, pues lo cierto es que los dos assanar tenían razón al estar enfadados, pero Northiêl parecía estar convenciéndoles de lo contrario.

- Northiêl, ¿cómo es posible que, con el tiempo que llevamos aquí instalados, nadie lo haya encontrado? -preguntó Emmârdin.

Northiêl se encogió de hombros.

- Tal vez sea la voluntad de Nensir... o de Yenna... o de Kelve... o de... ¿tan importantes os creéis como para conocer cada rincón de Galador? El Kûneondo lo encontró Tawarornê de pura casualidad. O puede que fuera el dios de las cataratas quien que provocó que lo hallara... ¿no fue él mismo el que te reveló que nuestro verdadero hogar estaba aquí, junto a las cataratas? Quizás todavía no ha llegado el momento de que encontremos el caldero, ¿qué se yo? -dijo irónicamente, aunque consciente de que sus interlocutores la tomaban en serio.

- Entonces lo que tenemos que hacer es...

En ese momento llamaron a la puerta, y un sirviente entró anunciando a Tathâral.

-Estamos reunidos -dijo Emmârdin. -Cualquier asunto que requiera el artadâko tendrá que esperar. Estamos tratando un asunto de mayor importancia.

-Lo siento, señor. Pero el artadâko discrepa. Precisa ser atendido de inmediato con o sin vuestro consentimiento, assana.

-¿Pe... pero...?

Pero antes de que Emmârdin pudiera decir nada Tathâral entró con algunos documentos en la mano, y no pareció importarle que estuvieran presentes Northiêl y Aiwëndil cuando empezó a hablar.

Escrito el 26-03-2009 12:43 #4

El sol se alzaba en el horizonte, cuando las puertas de Dâkosto se abrieron, dejando marchar a Tathâral, Northiêl y Aiwëndil, a lomos de tres caballos de viaje. Habían decidido partir cuanto antes, al conocer lo que Tathâral había descubierto de los documentos incautados a los uonu-nyrr: que el legendario “Aldak*une”, perdido durante siglos, podía estar en manos de aquellos malditos uonu-nyrr. Así pues, con el beneplácito y las bendiciones de éxito en la misión de Aranarth y Emmârdin, el artadâko y los dos ainakelvari partieron al día siguiente. Era un viaje largo desde Dâkosto, seis jornadas a caballo, así que decidieron tomárselo con algo de calma, parando por las noches a descansar.

- Voy a buscar leña, a ver si podemos encender un fuego .- dijo Aiwëndil, cuando se detuvieron para pasar la primera noche al raso.

- De acuerdo- dijo Tath. Cuando el elfo ya se había alejado lo suficiente, el Artadâko se dirigió a Northiêl, que estaba desempaquetando algunos víveres para reponer fuerzas.- Nor, creo que tú y yo tenemos que hablar.

- ¿De qué?- dijo la elfa, distraída, rebuscando en una pequeña mochila de cuero.

- De tu comportamiento respecto a Aranarth- dijo Tath.

-Ah, así que el viejo ya te lo ha contado.- dijo la elfa, con sarcasmo.

- Jajajaja- rio Tath. - Algo me ha dicho, sí.

- ¡Es que me saca de mis casillas! - dijo Northiêl, molesta.- No le gusta nada de lo que hago, todo lo que digo le parece mal, es un gruñón insoportable. Además, no es culpa nuestra si el “aldakûne” ahora resulta que está en Tuyrozd...cómo odio esta ciudad.

- Basta, basta.- dijo Tath, con un tono tranquilizador.- Aranarth tiene razón en muchas cosas, por ejemplo, en vuestra incompetencia en la búsqueda del “aldakûne”, antes de la última batalla en Tuyrozd dispusisteis de mucho tiempo para llevar a cabo la misión, o al menos para intentarlo, ¿y qué habéis hecho? Nada. Pero bueno, por suerte ahora sabemos que está en Tuyrozd.

- Pues qué quieres que te diga.- replicó Northiêl.- No me gusta para nada esa ciudad, o esas ruinas más bien, son tétricas, oscuras, llenas...

- ¡Ya está bien de quejas!- le espetó Tath, un poco irritado- Estoy harto de tus continuas quejas sobre ese lugar. Deja de comportarte como una niña malcriada, no eres la única a la que le disgusta tener que ir a esa ciudad, pero hay que hacerlo.

Northiêl se quedó helada ante las palabras de Tathâral, no había esperado para nada tanta “sinceridad”, pero lo que más le dolía era que esas palabras provenían de Tath, su amigo, su “capi”... La elfa, incapaz de articular palabra, se sentó en el suelo y empezó a sollozar, susurrando entrecortadamente: “lo siento, lo siento...”. Tathâral, al ver que quizás se había excedido un poco en la forma de su regañina, se sentó junto a ella, rodeándola con un brazo.

- Vamos, vamos.- dijo el elfo.- Lo siento mucho, de verdad, no quería decir eso... bueno, sí, pero no de esa manera. Odio ponerme así, de verdad, pero es que últimamente me exasperan tus continuas quejas. Entiéndeme, sé que eres como eres, además, eres una muy buena ainakelvari, y eso está muy bien, pero deberías reflexionar un poco acerca de tu comportamiento en los últimos tiempos, sobre todo respecto al bien de nuestro pueblo, recuerda que...

En ese preciso instante apareció Aiwëndil de entre las sombras y se sorprendió ante la escena que tenía ante él.

- ¿Me he perdido algo? - preguntó el elfo, con extrañeza, mientras depositaba la leña en el suelo.

- Nada, no te preocupes.- le respondió Tath, guiñándole un ojo- Todo está bien ahora.

[...]

A la mañana siguiente reanudaron la marcha. Y, durante los días que siguieron, Northiêl y Tathâral volvieron a hablar. La elfa se disculpó por su comportamiento infantil y egoísta, y prometió vehementemente que intentaría cambiar... al menos un poco. Tath aceptó sus disculpas y la felicitó por su decisión, aunque no estaba muy convencido de si realmente iba a llevarla a cabo. “En cualquier caso”, pensó Tath, “tiene la intención de cambiar, y eso ya es algo”.

La última noche del viaje acamparon en un bosquecillo, cerca de Tuyrozd, pero lo suficientemente lejos como para no llamar la atención, y ultimaron los detalles finales de la misión.

- Bien- dijo Tath, echando un poco más de leña al fuego.- Es muy importante no llamar la atención, así que antes de entrar en la ciudad nos pondremos las ropas que hemos traído, capas negras con capucha y pantalones y camisas largas, pues debemos ocultar todo rasgo que nos identifique como elfos nensiri: armas, ropas, tatuajes... Entraremos en la ciudad a la puesta de sol de mañana, y lo haremos por una de las mútliples brechas que hay en el muro exterior, puesto que no creo que les haya dado tiempo a reconstruirlo del todo, y tampoco creo que tengan soldados suficientes para defenderlo todo.

- ¿Y una vez dentro qué?- preguntó Aiwëndil.

- Una vez dentro, intentaremos mezclarnos con la gente, aunque evitaremos las zonas muy concurridas, no podemos correr riesgos. Además, no podemos preguntar a la gente, pues nuestra lengua y acento nos delataría enseguida, lo único que podemos hacer es observar y estar muy atentos a cualquier cosa extraña que veamos.- dijo Tath.

- De acuerdo- dijeron al unísono Northièl y Aiwëndil.

[...]

Al atardecer del día siguiente, tres figuras encapuchadas y vestidas de negro entraron en la ciudad en ruinas de Tuyrozd a través de una pequeña brecha en el muro exterior. Se movían muy despacio y en absoluto silencio, observando desde las sombras el poco trasiego de gente en la fortaleza, procurando evitar los lugares más concurridas e iluminadas. Así pasaron las horas, yendo y viniendo como sombras por la ciudad, pero sin descubrir nada de interés. Poco a poco, las calles se iban vaciando de gente, quedando sólo las patrullas de vigilantes uonu-nyrr. Los tres elfos se estaban rindiendo al desánimo, sentados al borde de una pequeña plazuela en el extemo norte de la ciudad, exhaustos después de tantas horas de trasiego infructuoso; cuando, de repente, Aiwëndil se sobresaltó.

-¿Pero qué es eso...?- dijo el elfo señalando al centro de la plazuela.

Escrito el 26-03-2009 20:58 #5

Northiêl y Tathâral miraron hacia el lugar que señalaba Aiwëndil y vieron como, del suelo, aparecía un uonu-nyry con algo escondido entre los brazos al tiempo que miraba hacia todos los lados para comprobar que no había nadie en la plaza. Luego vieron que se iba de allí rápidamente. A los pocos minutos le siguieron dos uonu-nyrr más, éstos últimos con menos cuidado por lo que los tres aldalântar pudieron reconocer los objetos que llevaban en brazos como utensilios religiosos. Sin necesidad de hablarlo entre ellos, los tres elfos se dirigieron al lugar del que habían salido los elfos malditos para encontrarse allí con una trampilla medio abierta, tapada en parte por una losa que, de haber estado bien colocada, habría encajado a la perfección.

- Por eso Tarîs y Bret no dieron con esto mientras teníamos ocupada la ciudad. -comentó Tathâral. - Será mejor que miremos hasta dónde llega esto.

- Si hay que saltar ahí dentro deberíamos darnos prisa .- dijo Aiwëndil. -Y también ir con mucho cuidado, si no han tapado la entrada es que piensan volver...

- O que todavía no han salido todos. - acabó Northiêl mientras, de un salto, se internaba en el agujero. Sus compañeros no tardaron en seguirla.

El agujero resultó ser la entrada a una galería de túneles subterráneos. Lo primero que hicieron fue encender una antorcha que les mostrara en qué lugar estaban exactamente. A la luz del fuego pudieron ver que, ante ellos, tenían media docena de entradas de túneles. Al parecer elegir el camino correcto no iba a ser fácil.

- ¿No debería un aldalânta sentir el caldero o algo por el estilo? Así sería mucho más fácil encontrarlo. -dijo Northiêl cuando Tathâral le pasó una segunda antorcha. - O quizá Nensir debería guiarnos... - continuó. A su espalda, Aiwëndil y Tathâral negaron con la cabeza a la vez, como si se hubieran puesto de acuerdo. Northiêl podía asegurar un cambio total en su personalidad e intentar llevarlo a cabo, pero pretender que el cambio se hiciera efectivo de verdad habría sido como pedir peras al olmo. Mientras tanto, Northiêl se acercó a uno de los túneles y adentró la antorcha un poco para ver hasta dónde llegaba la luz.

- Éste no llevará muy lejos. Un par de pasos más y se podría ver el final... ¿Tú cuál crees que es el correcto, Nothal? -dijo Northiêl a su siempre fiel koala, colgado de su espalda.

Para sorpresa de todos, Nothal se deslizó por la espalda de la elfa hasta llegar al suelo, olisqueó el ambiente y señaló un camino. Los tres elfos se quedaron mirándose.

- ¿Los koalas hacen eso? -preguntó Aiwëndil a Tathâral.

- A mí no me mires, los expertos en animales sois vosotros. ¿Nor? - dijo a su vez el artadâko. Pero Northiêl se encogió de hombros y susurrando “bueno, de todas formas no tenemos ninguna otra idea mejor” entró en el túnel.

Pero lo cierto es que el túnel no fue la mejor alternativa porque, cuando apenas llevaban un rato caminando por él, se encontraron con el final y les tocó volver atrás. Ya había empezado Aiwëndil a meterse con Northiêl porque su koala había elegido el camino incorrecto cuando Nothal se agarró con más fuerza a la espalda de la elfa. Ella lo notó y, a sabiendas de lo que podía significar, hizo guardar silencio al grupo y aminoraron el paso, y fue entonces cuando escucharon las desagradables voces de un grupo de uonu-nyrr que se acercaba por un túnel contiguo. Siguieron las voces hasta la misma entrada de la galería y allí, escondidos, vieron aparecer al grupo de elfos oscuros por el túnel de al lado y salir por la losa medio abierta. Y, cuando vieron que la luz del exterior desaparecía del todo al encajar la losa en el hueco, supieron que ya no quedaban más elfos oscuros en el interior de aquellos túneles.

El grupo se puso en marcha, esta vez por el camino que habían usado los uonu-nyrr que, cuando se acostumbraron, resultó ser muy fácil de seguir pero mucho más largo de lo que esperaban, ya que las galerías se sucedían unas a otras y nunca llegaban a ningún sitio. Agotados tras muchas horas caminando por aquellos túneles, los tres aldalântar decidieron hacer un alto para descansar y reponer fuerzas. Aprovecharon una de las veces en que el túnel que seguían se cruzaba con otro mucho más corto y se apartaron del camino por si a los uonu-nyrr se les ocurría volver. Decidieron también hacer guardia durante el tiempo que estuvieran descansando.

Reanudaron la marcha, ya descansados completamente, unas cuantas horas después, pero aún tuvieron que caminar mucho y hacer más de una parada antes de llegar a su destino. Durante una de las paradas, Northiêl, que había estado intranquila desde que discutiera con Tath a pesar de haberse disculpado ya, volvió a hablar con él. Esta vez la conversación fue mucho más larga y tranquila y dejó a la elfa mucho más relajada al darse cuenta de que realmente las cosas habían vuelto a la normalidad. Concluyó que lo primero que haría al volver a Neitillot sería hablar con Aranarth y disculparse pues quería a su mentor mucho más de lo que se apreciaba a simple vista y se sentía mal por haberle hecho daño. En la conversación con Tathâral también notó, aunque no hablaran del tema, que el artadâko parecía preocupado. Y no supo discernir si era por la misión que tenían entre manos o si por alguna cosa más grave. Por un instante Nor recordó los últimos rumores que había oído entre los soldados sobre la assana Althira y su fiel escolta Caleth, pero lo último que quería era volver a discutir con Tathâral y estaba claro que si era eso lo que le preocupaba no querría hablar del tema, así que la elfa no dijo nada y acabó derivando la conversación al Aldakûne y la razón por la que los uonu-nyrr lo tendrían oculto en un lugar tan tétrico y alejado de la superficie. Sin embargo, aquello tenía tan poco sentido para ellos que no consiguieron llegar a ninguna conclusión.

La respuesta la encontraron cuando llegaron a su destino, al final del túnel.

Escrito el 27-03-2009 20:56 #6

Conforme se acercaban al final del túnel pudieron vislumbrar una luz tenue de un tono entre rojo y azulado, pues definitivamente ninguno de ellos se ponía de acuerdo si era azul o roja. Quizás pareciera que la luz cambiaba a cada instante.

- Espero que se hayan ido todos los uonu-nyrr.- susurró Aiwëndil mientras avanzaban lentamente hacia el final del túnel.

Cuando quedaba poca distancia para llegar, a una señal de Tathâral, los tres se detuvieron, guardando silencio. Querían cerciorarse de que no hubiera ninguna sorpresa desagradable al otro lado del final del túnel. El artadâko decidió acercarse un poco más. Así que, lentamente, se fue arrastrando completamente apoyado en la pared hacia la abertura y, cuando llegó, se asomó tan despacio como pudo. Se encontró con una especie de caverna, en el centro de la cual había una pequeña hoguera que moría lentamente y cuyas exiguas llamas arrojaban los tonos distintos de color que ellos habían visto conforme se aproximaban al túnel. Tathâral inspeccionó desde aquella posición la sala y comprobó que no había nadie.

El elfo siseó, llamando la atención de sus compañeros, y penetró en la caverna. Era una especie de sala con paredes rectilíneas. Como ya había visto el aldalânta antes de entrar, había una reducida hoguera en medio con un pequeño fuego sobre una especie de vasija de barro de gran circunferencia.

- ¡Qué lugar más feo y sombrío!- dijo Northiêl cuando ella y Aiwëndil entraban en la sala. Para un elfo de Galador acostumbrado a espacios abiertos, rodeado de árboles y amante de la luz del sol, de la luna y de las estrellas, un lugar como aquél le resultaba horrible. Además, los túneles habían ido descendiendo conforme se acercaban al final, por lo que aquella caverna debía de encontrarse a mucha distancia bajo el suelo.

En las paredes de la caverna, que más bien parecía ser una especie de cubículo, habían excavadas una serie de aberturas semicirculares que parecían fosas. La tenue luz que irradiaban las ascuas de la pequeña hoguera producía un reflejo curioso en toda la estancia aunque iluminaba especialmente el lado izquierdo. Allí vieron lo que parecía ser un altar litúrgico. Se acercaron hacia él y comprobaron que estaba construido por piedra de mármol y tenía forma de sarcófago adosado al muro de aquel lado. En la pared donde estaba apoyado el altar, había pintado un mural que expresaba la adoración al dios de los cuervos. Por lo demás, no parecía haber más artículos de decoración.

- Los uonu-nyrr se han llevado la mayoría de los objetos de este lugar. A lo mejor el caldero ya no está aquí…- susurró Tathâral, en un tono de desilusión. Con toda probabilidad el caldero había estado en aquel lugar desde siempre pero era posible que hubieran llegado tarde.

Entre tanto, Aiwëndil inspeccionaba el sarcófago adosado y comprobó que podía levantar sin problemas la losa de mármol que lo protegía. Así lo hizo y…

- Lamento desilusionarte, nedil. Creo que el caldero sigue aquí- y tal pronto Aiwë dijo aquello, Nor y Tath se acercaron rápidamente hacia donde estaba su amigo.

En el hueco que dejaba la losa de mármol había un objeto de plata con forma inconfundible de caldero ritual. Tathâral extrajo con cuidado el objeto sin dejar de mirarlo. Estaba formado por un ensamblaje de varias placas de plata, una de las cuales era circular y servía de pie y fondo del mismo.

- ¿Es ése nuestro caldero, capi? – preguntó Nor, ansiosa mientras esperaba que el elfo dijera algo.

- Sí.- respondió él, sin dejar de mirar el objeto que tenía en sus manos y que sujetaba por sus dos asas.

Los elementos decorativos no podían arrojar ningún atisbo de duda, pues no era posible que los uonu-nyrr hubieran decorado un objeto con motivos arbóreos, estrellas y símbolos propiamente aldalântar. Además, según recordaba el alda, en su niñez y su época de formación, él mismo había visto aquel kûne, cuando su padre, Tuineral, balta anterior a Emmârdin y Branda, lo custodiaba.

Además, y lo más importante, el caldero tenía engarzada una piedra negra con forma de lágrima.

- Genial. Lo hemos encontrado, al fin. – Aiwëndil no había tenido mucha fe en localizar el caldero. Y más cuando él y Nor habían recibido el encargo de buscarlo casi un año atrás. Pero, finalmente ahí estaba... – ¡Misión cumplida!.

- Pues vayámonos de aquí cuanto antes. – rogó la ahijada de Aranarth.- No me gusta nada este lugar…y, además, los uonu-nyrr pueden regresar en cualquier momento.

Los tres miraron entonces alrededor de la caverna. Sólo había dos aberturas en la misma, una por la cual habían venido y otra que se encontraban enfrente de ellos. Tathâral miró especialmente interesado la segunda abertura, aunque no parecía ser más grande que por la cual habían venido.

- No vamos a ir por ahí, ¿no? No sabemos a donde conduce. – dijo Northiêl, preocupada.- Tath, estás loco si crees que voy a volver a ir a través de un túnel del cual no sabemos a dónde lleva. Al menos el otro túnel sabemos a dónde conduce.

- Allí están los uonu-nyrr y no creo que nos reciban con mucha alegría. Demasiada suerte tuvimos al colarnos por la trampilla sin ser vistos. – replicó el elfo.

- ¿Qué sabes de este lugar? Desconocemos dónde estamos exactamente, sólo que nos encontramos a saber cuántos metros bajo el suelo.- insistió ella.

Mientras, Aiwëndil, se había dirigido hacia la otra abertura de la cual sabían muy poco. Se asomó y vio que, a través de ella, se abría unos nuevos túneles, con paredes más rectilíneas y más trabajadas. Cuando regresó, Tathâral y Northiêl seguían discutiendo. Sin embargo, pronto no les iba a quedar más remedio que elegir una de las dos alternativas.

- Silencio.- pidió Aiwë. Los otros dos se callaron y escucharon un ruido que venía del túnel por el que habían venido. Eran pasos.

Los tres supieron que estaban en peligro. Los uonu-nyrr regresaban. Así que, rápidamente, se escurrieron hacia la otra abertura. Mientras los pasos se escuchaban cada vez más cerca, ellos avanzaron por el nuevo túnel.

Se hallaron entonces en una especie de entramado de galerías de trazado laberíntico, de techos abovedados y paredes totalmente lisas. No había duda, se encontraban en unas catacumbas. A pesar de no saber a dónde les llevaría aquellas catacumbas, no se detuvieron, no querían ser descubiertos por sus enemigos. Tomaron una de las galerías que parecía ascender y, además, en ella, Tathâral había detectado unas huellas que decidió que eran de uonu-nyrr por lo que dedujeron que aquella les llevaría de nuevo al exterior.

No obstante, escucharon unos gritos detrás de ellos y unos golpes que parecían hacer temblar las paredes de la galería.

- ¡Han descubierto que les hemos robado el caldero!

- ¿Qué hacemos?- preguntó Northiêl, mientras seguía adelante.

- Correr tanto como nos permitan nuestros pies- respondió Tathâral, que empezó a correr galería adelante.

Las huellas encontradas por Tath avanzaban a través de la galería, la cual primero ascendía y luego descendía para ascender nuevamente, al mismo tiempo que giraba a la izquierda y, a continuación, a la derecha. Y ellos no dejaron de correr y correr mientras los gritos y los retumbos no cesaban de escucharse detrás de ellos.

Cuando vieron un influjo de luz pálida delante de ellos, el rostro se les iluminó. La luz era sin duda solar e indicaba que Malkû, el sol, les esperaba al final de la galería ascendente. Alcanzaron sin detenerse el final de la misma y llegaron a una especie de pozo. Éste no era de gran altura, por lo que pudieron escalarlo y salir al exterior.

Se encontraron en un claro en medio del bosque, en una especie de explanada que en algún tiempo debió de haber sido una ciudadela pero de la cual sólo quedaba el suelo empedrado.

- ¡Tath, mira! – exclamó entonces Northiêl señalando el caldero que el elfo llevaba cogido de una de las asas.

Tanto Aiwë como Tath miraron hacia el caldero. A causa de la luz del sol que irradiaba directamente a la gema que llevaba engarzada, ésta mostraba destellos rojizos de tal intensidad que la gema misma parecía un ascua que ardía con intensidad.

Aunque sus ojos y su propio interior les reclamaba quedarse horas y horas contemplando la piedra brillando, el tiempo apremiaba y los uonu-nyrr podrían aparecer en cualquier momento. Así que Tath extrajo un pequeño saco de tela que llevaba en su bolsa de viaje y metió en él el caldero. Acto y seguido, los tres corrieron hacia el interior del bosque.

[…]

Estuvieron avanzando sin descanso a través del bosque y se detuvieron cuando Malkû hacía unas horas que había abandonado la cúpula celeste. Se hallaban en algún lugar del Aldalaurë a no muchas millas de Eglamar.

Después de tantas horas sin descanso, comieron, bebieron, rieron y cantaron tranquilamente.

- Lo que no entiendo es que, existiendo aquellas catacumbas, ¿por qué los uonu-nyrr, mientras nosotros ocupábamos Tuyrozd, no las usaron para atacarnos? Es un lugar muy fácil para una invasión. – preguntó Aiwëndil.

- Apostaría hace un año no existían los túneles que unen el hueco por debajo de la trampilla de Tuyrozd y la caverna donde estaba el caldero. Es posible que durante estos meses los uonu-nyrr hayan estado construyendo esos túneles para conectar las catacumbas con la fortaleza. – explicó Tathâral.

Guardaron silencio. Mientras la oscuridad de la noche les envolvía y Aiwë y Nor notaban como el cansancio hacia mella en ellos, Tathâral, que se encargaba de la primera guardia de la noche, empezó a cantar en voz baja.

Amigos de los sagrados árboles

Onnar sagrados de la consagrada floresta

En esta noche de bellas estrellas

Celebraremos que somos hijos de Yenna

Venerable Señor del Bosque

Dios sagrado de la consagrada floresta

En honor a los aldar que son tu esencia

Celebraremos que somos el pueblo elegido

Aldakûne, tan ancestral como tu lágrima

Tan sagrado como tus ojos

En su honor y para la gloria de los nôrî

Esta noche celebraremos la Vida

Que nos regalaste, oh, Yenna.

Nos veremos al anochecer junto al fuego,

Debajo del roble mientras el búho ulula

Bajo el cielo lleno de estrellas

Y el viento ondea los árboles

De los bosques de Galador.

Celebraremos que somos hijos de Yenna.

Celebraremos que somos el pueblo elegido.

En el honor del aldakûne, de los aldar.

Para la gloria de nuestros nôrî

Esta noche celebraremos la Vida

Que nos regalaste, oh, Yenna

Cuando terminó de cantar, Northiêl y Aiwëndil se habían dormido. Entonces, Tathâral tomó el saco de tela donde guardaba el caldero y lo sacó. Al fin el aldakûne volvía a manos del pueblo que lo fabricó. Habían pasado casi doscientos años desde que Helkaher, el padre de Northiêl, lo había escondido en el norte del Aldalaurë antes de que ocurriera la matanza entre hermanos que marcó el destino de nurulântar y aldalântar. Nunca había sabido el elfo, cuando regresó, que el caldero había sido robado por los uonu-nyrr.

Sin embargo, ahora, Tathâral sostenía el caldero entre sus manos. Y tenía una gema engarzada de color negro. El aldalânta detuvo su mirada en ella durante un buen rato mientras recordaba palabras del pasado. Para Tathâral no había duda, aquella gema tenía que ser una de aquellas piedras legendarias de las que les habló el Anciano aquella vez en Nilme Istyalvao.

Sí, aquella gema con forma de lágrima tenía que ser un taltaril.

Historia finalizada.