Tathâral subía de dos en dos los escalones de la entrada principal de la Casa de Curación de Dahald. El artadâko había hecho trasladar allí a los heridos tras la batalla para que estos fueran atendidos de la mejor manera posible. Aún sostenía en su mano el mensaje que el ainakelvari Aiwëndil le había hecho llegar, comunicándole que se había perdido la ciudad de Tuyrord. Malas noticias, sin duda, y en un pésimo momento. Tathâral se veía obligado a partir hacia la Compañía del Aldakûne, dejando a su hermana en aquel extraño estado. La idea no le gustaba.
Los sanadores habían hecho dormir a la elfa durante dos días mediante extraños brebajes para que sus heridas curasen mas rápido, Pero al tercer día, para sorpresa de todos, Althira no despertó. Ni al siguiente tampoco.
Tathâral irrumpió en la habitación. Dos ainas y un ayudante, que se encontraban tras una mesa plagada de hierbas, raíces, semillas tarros con líquidos y una infinidad de objetos extraños, se afanaban por realizar mezclas que sacasen a la elfa de aquel extraño sueño, pero al ver al artadâko detuvieron sus trabajos. Tathâral se acercó hasta la cama en la que descansaba Althira, la besó en la frente y tomó una de sus manos: estaba fría.
— Me dijisteis que era cuestión de dos días, y ya van cinco —dijo con la mirad fija en el rostro de su hermana—. Cada vez está más fría y pálida. —añadió, más para sí que para los sacerdotes, mientras acariciaba la mano de la elfa.
— Assana, en circunstancias normales hubieran sido dos días. —se aventuró a decir uno de los dos ainas.
— ¿Qué quieres decir con “circunstancias normales”?
— El brebaje que se le dio produce un profundo sueño durante dos días, no más —aclaró—. Pero creemos que el arma que hirió a la assana estaba untada con algún ungüento uonu y es lo que le está impidiendo despertar de…
— ¿Y cómo es que no hacéis nada? —Tathâral se levantó algo alterado.
— Assana Tathâral —comenzó el otro aina—, hacemos lo que podemos, pero tienes que tener en cuenta que la magia de los elfos oscuros nos es prácticamente desconocida. Con un poco de tiempo podremos dar con la solución…
— ¿Tiempo? —Tathâral perdió definitivamente los nervios —. A mi hermana no le queda tiempo, por Nensir ¿no veis que se está muriendo?
[***]
Althira se despertó sobresaltada. Estaba en medio de un bosque, uno en el que nunca había estado pero que sin embarco reconocía: El Eterno Bosque. “Eso significa que…” pensó con tristeza pues le hubiera gustado despedirse al menos de Tathâral, y rápidamente comenzó con la oración mientras se incorporaba:
— ¡Oh Divino Nensir!;¡ Oh Marphaj, Guardián de la Otra Vida!;¡ Oh Espíritus de la Naturaleza!; ¡ Oh Yenna, Madre Primera, Dadora de Frutos...
— Detén tus ruegos, sacerdotisa —anunció un coro de profundas de voces—. Marphaj aun no te reclama.
— Oh, Aldar, decidme entonces qué es lo que tengo que hacer. —preguntó Althira que reconoció aquellas voces cono los Espíritus de los Veinticinco Árboles.
— Debes seguir nuestras indicaciones, sacerdotisa —respondieron nuevamente al unísono—. Nosotros te guiaremos a través de Eterno Bosque hasta tu Árbol, para que logres regresar a tu mundo.
[***]
Tathâral se encontraba en el improvisado despacho que habían organizado en una de las habitaciones del palacio de Dahald. Los Ainas se lo habían dejado claro, ellos no podían hacer nada más, la única oportunidad que podía tener Althira era que viajase hasta Neitillot, donde tal vez, algún assana conocería los misterios de la magia uonu. El elfo, aprovechando la tranquilidad que le proporcionaba el lugar, comenzó a barajar aquella posibilidad. Alrededor de 300 millas separaban la ciudad de Dahald de la capital de Galador. Eran cuatro días de viaje a buen ritmo, pero con su hermana en ese estado podrían llegar a convertirse en una semana con facilidad, y aun llegando antes, nadie le podía asegurar que los assanas lograsen curara a Althira.
Tathâral puso los codos sobre la mesa, apoyando la cabeza entre sus manos. El elfo alzo la vista hacia el techo de la habitación “Sagrado Nensir, ¿qué puedo hacer?”. Al descender la vista hacia su escritorio su mirada se detuvo en una arrugada hoja de pergamino que sobresalía de un pequeño grupo. El artadako extendió el brazo y al tomarla, reconoció enseguida aquel documento: el mensaje de victoria en Hildan a manos de los ainatûrer Nênlê Laurel y…
— ¡Vorondhîsie! — exclamó tan alto que el propio Tathâral se sorprendió.
El elfo se levantó, y salió rápidamente de la habitación sin siquiera detenerse para responder a las preguntas que sus oficiales iban haciendo a medida que éste avanzaba por los corredores. Si los ainas estaban en lo cierto, y lo de su hermana se debía a una magia oscura de los uonu, Voron era el único elfo de todo Galador que podía saber cómo curarla. Así Tathâral abandonó el edificio encaminando sus pasos hacia el pabellón de los ainakelvari mientras en su cabeza realizaba los cálculos. Hildan se encontraba a menos de 200 millas de Dahald, si mandaba un mensaje ahora, en tres días podría tener a Vorond en la ciudad.
El artadako llegó enseguida al recinto y sin dar opción a que el ainakelvari que estaba atendiendo a los animales le hiciera el saludo protocolario, dijo:
— Necesito el ave más rápida que tengas.
— ¿Para qué, señor?
— Un mensaje.
— Allí tenéis lo necesario para escribirlo —indicó el aina señalando un rudimentario escritorio— ¿A dónde queréis enviarlo?
— A la Compañía del Yondenên . — respondió sin apartar la vista del pergamino en el que comenzaba a escribir el mensaje para Vorondhîsie.
[***]
Althira no sabía cuanto tiempo llevaba vagando por aquel inmenso bosque, pues la luz había sido siempre las misma “Como la de un eterno amanecer” había pensado, pero comenzaba a sentirse cansada y cada vez caminaba más despacio, y por si esto fuera poco, se estaba formando una extraña niebla entre los árboles que dificultaba a la elfa seguir las indicaciones de los Aldar.
— El tiempo se… agota, sacerdotisa… — las voces de los Espíritus sonaban mucho más lejanas—. Debes dar… —Althira no pudo entender lo que decían.
— ¿Qué os ocurre, Aldar? No logro oíros bien.
—…es…mal…niebla.
— ¿Cómo?— la elfa se giró en derredor inconcientemente, tratando de buscar, absurdamente, las voces que cada vez se hacían más débiles— ¿he de ir a la niebla? —preguntó señalándola.
— No…aléjate…continúa…sigue…camino…continúa…
— ¡No os entiendo!—les gritó desesperada.
— Continúa…continúa…—apenas era un murmullo— continúa…tiempo…
[***]
El artadâko acababa de encontrase con Voron y le conducía, por petición de éste que había rehusado la invitación de un refrigerio, hasta la habitación de su hermana. El elfo no mostraba signos de fatiga en su rostro a pesar de que había logrado hacer el camino en tan sólo dos días y medio.
— A costa de un pájaro y un caballo — respondió Voron—. Espero que los ainakelvali te perdonen algún día.
Al llegar, Tathâral pidió a los aninas que les dejasen a solas. Sobre la cama, cubierta de pesadas mantas yacía Althira. Inerte, pálida y fría la sacerdotisa cada vez más se asemejaba a una estatua de mármol.
— ¿Dónde recibió la herida?
— En el costado. La que tiene en la cabeza se la hizo al caer. — indicó Tathâral levantando las mantas lo justo para mostrar la herida. Sobre la blanca piel de la elfa se veía una serpenteante línea rojiza surcada por finos hilos blancos.
— Los uonu tiene por costumbre recubrir sus dagas con una ponzoña hecha a base de diversos venenos, los cuales impiden la coagulación de la sangre, además, claro está, de aletargar al herido. Nada grave si se sabe actuar— Voron apartó la vista de la cicatriz y miró a Tathâral—. Los sanadores no debieron haberla inducido al sueño con ese veneno en su cuerpo, lo único que han hecho ha sido acelerar el proceso —el elfo se incorporó—. No te voy a mentir, Tathâral, la situación está peor de lo que me imaginaba.
— Pero has dicho que no es grave.
— Si se actúa correctamente en el momento. Pero ahora el problema ha superado la barrera de lo físico y se ha internado en el reino espiritual. Sólo tienes que ver la herida, completamente curada. —señaló—. Tu hermana esta en el In-lesh’rok, algo así como el “Sueño Eterno”, un lugar donde las almas están condenadas a vagar por la eternidad entre densas nieblas buscando una salida. Ahí es a donde mandan a sus enemigos los elfos oscuros — y añadió a modo de explicación—. Para que te hagas una idea, la frustración de estas almas es la que alimenta la magia oscura de los malditos uonu.
Un escalofrío recorrió el cuerpo del artadâko al imaginar la posibilidad de que su hermana estuviera perdida de por vida en aquel horrendo lugar, esclava de los uonu-nyrr.
— ¿Puedes sacarla de ahí?
— Al menos tengo que intentarlo, ¿no? —volvió la vista hacia la sacerdotisa—. Tu hermana un resiste, aunque no por mucho tiempo…
— ¿Cuánto tardarás?
Voron se encogió de hombros.
— Unas horas o unos días…— el elfo adivinó el motivo de la pregunta— Pero creo que a ella no le gustaría que no cumplieras con tu trabajo —y añadió—. Además, si esto sale mal, por mí bien, prefiero que no estés aquí.
Tathâral esbozó una leve sonrisa ante las palabras del elfo.
— Ahora con tu permiso, voy a buscar un lugar más apropiado que este —Voron se dirigió con paso decidido hacia la puerta, pero se detuvo antes de salir—. ¿Sabes si alguno de los jardines de esta ciudad tiene hierba en el suelo?
[***]
Hacía bastante que Althira no escuchaba ya los leves murmullos de los Alda a pesar de que ella se esforzaba en llamarlos “ Me han abandonado”. La bruma se había echado sobre la sacerdotisa y ésta apenas alcanzaba a ver seis palmos por delante de ella. Además estaba el cansancio, que aumentaba con cada paso que daba y la elfa, sin saber a donde dirigirse, se encontraba definitivamente perdida. “¿ Para qué seguir?”
Y en el instante que la sacerdotisa se dejaba caer al suelo, la niebla ganó los seis palmos que aun le quedaba por conquistar. Envuelta en esa fría bruma, la elfa se recostó sobre la hierba y comenzó a pensar en todos aquellos que habían formado parte de su vida: su hermano Tathâral, sus padres “Con los que pronto me encontraré”…
— No tengas tanta prisa por echarte a dormir, niña— sonó de pronto una voz risueña muy débil, pero nítida—. Yo te guiaré.
La sacerdotisa no se movió, hacía tanto que los Alda no hablaban, que estaba segura de que aquella voz procedía de su propia mente.
— Bonito. Muy bonito sitio has elegido para quedarte a vivir. Hay que reconocer que las vistas son espectrales— añadió la voz en tono irónico—. ¡Uy! perdona, quise decir es-pec-ta-cu-la-res —dijo enfatizando las sílabas— ¡Vamos, niña! ¡Arriba! O me oirás cantar la canción de…”¡Los cien enanos”
— ¡Por Yenna, no!— exclamó la elfa, que no aguantaba aquella estúpida canción de lenguaje vulgar, y plagada de soeces, tan típica de las tabernas de puerto.
Althira obedeció, sin saber bien porqué, a las exigencias de aquella voz, levantándose con dificultad. A pesar de que llevaba poco tiempo tumbada en el suelo, las piernas se le habían entumecido por el frío húmedo de la niebla.
—Y ¿ahora? —preguntó extrañamente molesta la sacerdotisa.
— ¡Uy! ¡Parece que te hayas levantado con el pie izquierdo, niña! —dijo en tono burlón—. ”Camina, camina, no detengas tus pasos…” — susurró entonando una popular canción aldalântar — recto hasta que te diga lo contrario— susurró la voz.
— ”Si no quieres que te obliguen a buscar al gato— continuó la elfa.
— ¡Bien!¡Sí! — apremió la voz riendo alegremente.
La elfa empezó a andar tal y como le había dicho el extraño Espíritu. Y al hacerlo, comenzó a notar que con cada paso que daba se sentía menos cansa, todo lo contrario a lo que sucediera antes, y además se dio cuenta que, a medida que cambiaba de dirección, la niebla se alejaba mas de ella.
— Esa bruma —señaló— ¿ es la que me ha estado quitando la fuerza?
— Así es, niña.”A la izquierda, el ave blanca…”— canturreó.
— Esa no me la sé. — respondió la sacerdotisa girando a la izquierda, pues ya se había acostumbrado a seguir las indicaciones a través de las cancioncillas del Espíritu.
— ¿Cómo?¡Eso no puede ser! Vaya, te la enseñaría yo, pero ya hemos llegado— anunció algo apenada—. Mira a tu derecha, anda.
Althira se volvió y vio recortada sobre una pequeña loma, una silueta familiar. Su Árbol, el Kotule. La sacerdotisa corrió instintivamente hasta el avellano, pero justo cuando estaba a punto de tocar una de sus ramas, se volvió y preguntó:
— ¿Eres mi Onnar?
La voz rió divertida.
—No, niña. Soy la hierba. — y añadió— ¡Ah! y dile a mi hijo que te enseñe la canción de las alondras.
[***]
Althira despertó nuevamente, y con dificultad, pues le dolía a horrores el costado, se incorporó. Llevaba puesto un sencillo camisón blanco y contrastando con él, su pelo negro caía enmarañado hasta la cintura. Miró a su alrededor estaba en medio de uno de los jardines del palacio de Dahald, y buscó con la mira hasta que dio con él. El elfo de cabellos castaños se encontraba tumbado debajo de un árbol, disfrutando de los últimos rayos de sol que se filtraban a través de las hojas.
La sacerdotisa caminó con pasos temblorosos hasta donde se encontraba Voron. Le debía tantas cosas a aquel elfo, y se alegraba tanto de volverlo a ver, que de tener fuerzas se hubiera abalanzado sobre él para abrazarlo. Pero no, aquello lo dejaría para otro momento, ahora tenía que agradecerle lo que acababa de hacer. Althira buscó las mejores palabras para hacerlo pero lo primero que pronunció fue:
— ¿Siempre es así?
Voron que había visto como la sacerdotisa se acercaba hasta él, se incorporó un poco sobre el tronco del árbol. El estado físico de la elfa era muy precario, un repentino golpe de viento podía derribarla con facilidad, pero para su sorpresa Althira se mantenía erguida delante de él. Aquella elfa era más fuerte de lo que realmente aparentaba.
— Sí. —respondió.
Althira se sentó a su lado y Voron cerró los ojos, tranquilo, mientras cruzaba de nuevo los brazos tras su cabeza.
— Dijo que me enseñaras la canción de las alondras.
[Editado por Eldin_de_Lorien el 16-03-2009 11:30]
