Fin Guerra: Maianor se retira del Combate
Armadas perdidas por "Marllajtay" = 23
Armadas perdidas por "Maianor" = 29
Victoria para Marllajtay
Se produce el saqueo de la capital

Fin Guerra: Maianor se retira del Combate
Armadas perdidas por "Marllajtay" = 23
Armadas perdidas por "Maianor" = 29
Victoria para Marllajtay
Se produce el saqueo de la capital
El año 1889 de Híssuë había iniciado de la peor forma posible. Después de que los Marllajtay celebraran con júbilo y esperanza la llegada de la nueva ch’yawá – periodo de cuatro años que los Marllajtay incluyen en su calendario – el corazón se les ensombreció al pensar que tal vez Malkñý, el monstruo del mar, estuviera finalmente preparando su regreso y que había querido demostrar su nuevo poder en la culminación del último año Malkñý, justo aprovechando la entrada en el año del Khôndor.
Pues una nube negra había cubierto el cielo en todos los dominios del pueblo Marllajtay, desde el archipiélago más lejano de Híssuë hasta el más apartado claro del Nendataure. Había corrido el rumor en el lejano norte de que las montañas habían explotado tras los intensos terremotos que había sufrido todo el continente, y escupido fuego y lava durante muchos días. Luego un frío extremo había torturado el continente, haciendo descender las nieves por las laderas de las Andië hasta cotas mínimas. Finalmente un fuerte viento vino del sur expulsando la negra nube, pero provocando a su paso grandes desastres. Centenares de avalanchas en las montañas, múltiples naufragios en el mar, la destrucción de bosques, campos y viviendas a lo largo del territorio.
Y a pesar de todo, los Marllajtay retomaron sus tareas tan pronto como las circunstancias lo permitieron; continuaron también sus rituales y realizaron sus ofrendas a Zôr Khôndor para que les protegiera y les ayudara en la lucha con Malkñý. Y el recuerdo de los muchos caídos durante las heladas, las epidemias y el hambre de aquellos trágicos días empezó a arraigarse en sus corazones como un agradable recuerdo más que como un dolor reciente.
Ahora bien, una nueva sombra empezaba a ensombrecer los bosques de la región del Nendataure. Los orcos empezaban a multiplicarse en los bosques y a descender de las Orenáro y las Ered Mithdraug. Y en varias ocasiones esos crueles seres habían atacado a los habitantes de la región, incluso llegaron a asaltar un barco mercante tûgoreano en el río, del que sólo un superviviente regresó. Allpa’huátl y su esposa Rawa, habían contemplado todos aquellos acontecimientos desde la misma capital del Nendataure, pues allí se encontraban cuando empezaron los terremotos y se habían cerrado los pasos de las Andië y cubierto de nieve y rocas. Debían volver a Híssuë a encargarse de su gobierno pero aún debería pasar tiempo hasta que el deshielo permitiera abrir los pasos más elevados de las montañas.
Y en ese clima de resurgida pesadumbre llegó un mensajero desde el este con malos augurios, y que solicitaba entrevistarse urgentemente con la misma princesa de Híssuë. No cabe decir que su petición fue rechazada de inmediato y fue presentado ante un oficial para que le entregara a él el mensaje. Pero aquél mensajero era algo más de lo que aparentaba ser y se las arregló para escapar de la guardia tûgoreana y alcanzar las estancias del Nuevo Sûtagûn, en donde fue detenido finalmente. Pero todo el revuelo llegó a oídos de Rawa y acompañada de Allpa’huátl accedió a recibir el mensaje directamente de aquél atrevido personaje.
Éste, apareció ante los gobernantes del Nendataure envuelto en una pesada túnica cuya capucha ocultaba su rostro a los ojos de todo el que lo había visto desde su llegada. Pero cuando éste se descubrió, Rawa no pudo reprimir un leve grito de sorpresa y de inmediato se avanzó hacia el visitante, ante la sorpresa de los presentes, gritando su nombre y estrechándolo entre sus brazos. Pues se trataba de la bella Evendim, la dama de los Rillië, con quien había compartido ciertas aventuras meses atrás.
Después de los pertinentes saludos, presentaciones y demás, Evendim contó a los Marllajtay cómo su pueblo había sufrido también los desastres de aquél invierno, de cómo había decaído la Fortaleza Blanca y menguado sus defensas. Habían sufrido numerosos ataques de orcos, trolls y otras horribles criaturas que descendían de las Orenáro. Y en su largo camino, Evendim había comprobado con sus propios ojos que los enemigos no se preparaban para una oleada de asaltos dispersos, preparaban un asalto a la ciudad. Para colmo, la orden de los Templarios de Morr carecía en esos días de un líder que dirigiera las defensas en sus fronteras.
Evendim había acudido a Tûgore a solicitar ayuda ante aquella terrible situación, aunque la decisión fue difícil de tomar para Allpa’huátl. El asunto fue discutido en consejo ante la presencia de las autoridades del Nendataure, entre las cuales se encontraba Yámacha, el cabecilla de los Ýskur del bosque. Y finalmente coincidieron en la necesidad de prestar ayuda a Nimost, pues en el pasado había servido de escudo a los habitantes del bosque, controlando los pasos entre las Orenáro y las Ered Mithdraug y ahora las noticias de Evendim constituían una sólida explicación al aumento de enemigos avistados en esas regiones. Si Nimost caía, posiblemente empujaría sin remedio a los habitantes del bosque hacia las Andië, arrasando todo a su paso. Así fue que Allpa’huátl entregó el cetro de Zôr a Yámacha para partir con una gran compañía de sus soldados en auxilio de los Rillië.
El día ya tocaba a su fin y el sol dibujaba alargadas sombras sobre el valle de Nimost. Un hermoso valle otrora, ahora sumido en la sombra de un ejército invasor que acampaba en las cercanías de la ciudad. Los orcos campaban a sus anchas al otro lado del río y vigilaban de cerca el muelle de Nimost, impidiendo el tráfico fluvial. El rey había decretado la evacuación de todos aquellos núcleos de población fuera de las murallas de la ciudad. Una espléndida ciudad que ahora observaba con pasividad como el valle iba siendo tomado poco a poco. La Orden de Morr aún patrullaba en secreto los alrededores e impedía tímidamente el avance de las tropas enemigas, mientras que la guardia de la ciudad empleaba sus escasos recursos en la mera observación y preparación para un ataque seguro.
Mientras, en la otra orilla del río, en el campamento enemigo, Volga, líder de aquél inmundo ejército, esperaba la señal para el ataque. Volga, un hombre de tez oscura y duras facciones, era un importante cabecilla de una tribu de hombres que habitaba el norte del Nendataure. Tanto el pueblo Marllajtay como los Isgur del bosque conocían tal tribu y sabían que no suponía una amenaza para ellos, y comerciaban con diversos productos textiles y alimentarios. Pero Volga había recibido la visita de un poderoso señor, según decían sus más allegados – la mayoría de ellos lo acompañaron en su travesía hacia Nimost -, un poderoso señor que le había ofrecido gran poder a cambio de llevar a cabo una terrible misión: debía aislar a los pueblos del Nendataure de sus posibles aliados en el este, como ya se había hecho en el sur, boicoteando el comercio a través del curso bajo del Ertasíre. Y para ello, el objetivo de Volga fue el pueblo de los Rillië, el más poderoso de aquellos que se extendían más allá del Nendataure hacia el este.
Y en la ciudad, la figura de un hombre corría desde la puerta sur atravesando la ciudad hacia el palacio de plata. Allí dio informe de cuanto había advertido: una serie de antorchas habían aparecido de repente por encima de las crestas de las montañas, justo sobre Nimost, que se emplazaba al pie de éstas. Todos se alarmaron entonces al temer que por fin había llegado el momento del ataque y las tropas se pusieron rápidamente en movimiento. Y la misma escena se repitió en el bando enemigo, pero en este caso celebraron con furia la llegada de las últimas tropas y la señal que indicaba que había llegado la hora.
Pero quienes observaban el escenario desde lo alto no eran otros que los soldados Marllajtay, encabezados por Allpa’huátl, Rawa y Evendim, que habían llegado hasta el lugar por pasos seguros a través de las montañas. Los cuernos sonaban en la ciudad y los ecos llegaban hasta ellos con gran claridad.
- Son señales de alerta en la ciudad. Parece que seremos bien recibidos por aquellos que más deberían temer – comentó Evendim, observando primero la ciudad y luego el movimiento de antorchas al otro lado del río.
Pues en su camino desde Tûgore, ya en las montañas próximas a Nimost, el ejército Marllajtay había dado buena cuenta de un campamento enemigo. Habían atacado por sorpresa al más puro estilo Marllajtay, debilitando al enemigo en silenciosas emboscadas para realizar luego el ataque final al campamento. Muchos orcos, trolls de las Órenáro y también algunos hombres fueron exterminados allí por la furia de los Marllajtay. Y así los refuerzos que Volga esperaba nunca llegaron, aunque éste se lanzó a la batalla pensando lo contrario. Y de pronto los tambores Marllajtay rugieron en las montañas, inquietando cada vez más a los habitantes de Nimost, temerosos que un gran ejército terminara aplastándoles entre dos líneas de ataque. Por el contrario, las tropas enemigas se envalentonaban y se ponían en movimiento hacia el río.
Y así el ataque empezó. El enemigo dispuso catapultas en la otra orilla del río, cuyos proyectiles empezaban a agrietar y desmenuzar las murallas de la Fortaleza Blanca. Desde la ciudad se respondió con la misma moneda y las catapultas lanzaron rocas a la otra orilla. Pero aquellos disparos que impactaban en catapultas enemigas eran muy escasos y al pie de la ciudad se libraba otra batalla en la que las flechas silbaban de banda a banda de las murallas. Las víctimas caían en ambos bandos, pero las fuerzas de Volga eran numerosas y atacaban la ciudad con sus armas de asedio.
Los Marllajtay, todos soldados a pie excepto Rawa, Evendim y Allpa’huátl – a pesar de la opinión de éste respecto a los caballos -, empezaron el descenso hacia la ciudad entonando sus cánticos de guerra. Cantos que cuando fueron escuchados causaron el desconcierto en ambos bandos, pero que dejaron claro que ese ejército estaba formado por hombres, no por los orcos y trolls que esperaba Volga. Pero el descenso era dificultoso y la batalla era sangrienta abajo.
Al fin, cuando los Marllajtay alcanzaron el valle se desplegaron rodeando la ciudad alrededor de sus muros y arrasando al ejército invasor. Los horribles aullidos de los orcos retumbaban en el valle cuando el acero Marllajtay les arrebataba sus despreciables vidas. La oleada Marllajtay había cogido a todos desprevenidos y Volga maldecía observando la carnicería desde su posición segura en la retaguardia. Y los Rillië se unieron por fin a la batalla al reconocer los estandartes Marllajtay y la puerta sur de la ciudad se abrió, por la cual salió la totalidad de la guardia Rillië a hacer frente al enemigo junto a los Marllajtay. Esa batalla se cobró muchas vidas pero el ejército aliado era más numeroso y se impuso a los invasores. Pero también muchos huyeron antes de que los Marllajtay alcanzaran el otro lado del río y nunca se llegó a capturar a su líder.
Con la batalla en sus manos, Evendim, Rawa y Allpa’huátl entraron en la ciudad escoltados por numerosos soldados Marllajtay y avanzaban al paso entre una multitud que por un lado, lloraba por los caídos y se ocupaba en las labores de colaboración con los sanadores, pero por otro lado, aclamaban y vitoreaban a los valerosos Marllajtay, que los habían librado de un yugo aún peor. De entre ellos, no fueron pocos los que reconocieron a la dama Evendim entre los grandes señores Marllajtay y la aclamaban a ella más que al resto. Pero Evendim se encontraba ausente a todo aquello cuanto le rodeaba, excepto al Palacio de Plata frente a ella y a la reunión que se celebraría allí en pocos minutos. Ella era la única que conocía el motivo por el que los Marllajtay habían aceptado prestar ayuda a Nórë rá Rilmalotsë y temía que una nueva batalla, muy distinta a la anterior, tuviera lugar dentro de los muros de Nimost.
Llegaron entonces al palacio y Allpa’huátl y Rawa, junto con Evendim y otros tres soldados Marllajtay, fueron invitados a entrevistarse con el viejo rey Turmor. Con él se encontraban grandes señores de Nimost y de los alrededores, algunos de ellos miembros de la Orden de Morr. Para sorpresa de los extranjeros, el rey se habían encargado de preparar un gran banquete en el que recibir a los Marllajtay. “Demasiadas molestias se ha tomado este abuelo en preparar nuestro recibimiento y bien poco en dirigir las defensas de su ciudad…” pensó Rawa, mientras eran acompañados al comedor. La cena transcurrió apaciblemente mientras se comentaban las desgracias que sucedían en Rómenor esos días, de las dificultades que habían sufrido concretamente los Rillië, y sobretodo de la batalla que felizmente acababa de terminar. Pero llegada la sobremesa la conversación se tornó en torno a los asuntos políticos y la tensión empezó a crecer poco a poco.
- ¡No, mi señor Allpa’huátl! ¡Reconozco la deuda que mi pueblo tiene ante el suyo, pero mi ciudad no está en venta! ¡Ni ninguno de mis territorios! – exclamó el rey.
- Sólo solicitamos nuestra presencia política en Nimost para colaborar en las acciones que se tomen a cabo en esta guerra que se avecina – replicó Allpa’huátl con calma -. Éstos con quienes nos enfrentado proceden del Nendataure, y de más al sur. Y no permitiré que esta ciudad se convierta en un frente más que asedie a los pueblos del Nendataure.
- ¡No! – exclamó el rey -. ¡El gobierno de este pueblo y su defensa han pertenecido siempre a mi linaje y a mi pueblo! ¡Y así seguirá siendo!
- ¡Ya basta! – intervino Rawa, cada vez más alterada -. ¿Es que no lo entiende? ¡No ha hecho nada para evitar que esto sucediera! ¡Ha atrincherado a su propio pueblo en una ratonera a esperar a que la muerte llegara! ¿Cómo puede reclamar aún la protección de esta gente?
La discusión se fue acalorando y a punto estuvieron los hombres de desenvainar sus espadas y empezar una grave trifulca. Se habían formado dos bandos: los miembros de la Orden habían tomado parte de los Marllajtay mientras que el resto de señores de Nimost apoyaban al rey. Pero gracias a las intervenciones del sabio Orostalion la situación quedó en ese punto y la entrevista se pospuso para el día siguiente.
Pero la mecha ya había prendido en la ciudad y la noticia de los hechos se expandió por la ciudad durante la noche. Antes de llegar el alba una multitud enfurecida atiborraba las calles alrededor del Palacio de Plata. Una rebelión que yacía latente en la ciudad desde hacia años había encontrado el detonante que necesitaba para alzarse contra el rey. La guardia de Nimost cargaba contra los sublevados, mientras numerosos miembros de la Orden de Morr contemplaban la escena desde la distancia.
El bullicio alertó a los soldados Marllajtay, que acampaban al pie de los muros de la ciudad y éstos acudieron a ver lo que sucedía en la plaza del palacio. Al llegar al lugar entre codazos y empujones, la multitud les abrió un corredor directamente a las puertas del palacio, y les aclamaron y pidieron un cambio de rumbo en la gestión del clan. La guardia de Nimost intentó barrar el paso pero unido el pueblo de Nimost a los Marllajtay era imposible detener su avance. Entonces el rey apareció en el balcón de plata e invitó a los Marllajtay a reunirse de nuevo. Pero en esa ocasión las cosas habían cambiado y la presión popular obligó al rey acceder a las exigencias Marllajtay.
Aquella noche Allpa’huátl contemplaba las estrellas tendido en el suelo fuera de su tienda. Las mismas estrellas que había contemplado lo que parecía muchos años atrás desde su tierra natal. Mientras que desde hacía meses su corazón permanecía triste y volcado hacia el oeste, hacia su tierra, las circunstancias lo conducían a alejarse cada vez más, hacia el este. Y no sabía por cuánto tiempo se prolongaría aquella ausencia y no había estado nunca tan lejos ni durante tanto tiempo de Híssuë. Pero ahora debía permanecer en Nimost y encargarse junto con la Orden de Morr a restablecer el orden y la actividad en la ciudad, y a formar y reparar a conciencia las defensas de la ciudad. Eso al menos hasta que el rey estuviera en disposición y poder de constituir un gobierno sólido para los Rillië. Y Allpa’huátl no tenía la menor idea de cuándo sucedería aquello.
Resumen de la batalla.
Marllajtay ha perdido 23 armadas x35= 805 puntos.
Recuperables: 644 puntos.
Valoraciones: 7.2 + 8.2 + 7.5 = 7.6
Recupera: 489 puntos.
Pierde: 316 puntos.
Por la participación en la batalla reciben 600 monedas
Por el saqueo de una capital externa reciben 500 monedas
Compañías actualizadas y listas.
Historia finalizada.
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