La Guerra de los Clanes

Batalla 99. Ataque A Narâharaz Por La C4 De Al'Varant

Terminada
Escrito el 24-03-2009 23:17 #1

Fin Guerra: Maianor se retira del Combate

Armadas perdidas por "Al´Varant" = 20

Armadas perdidas por "Maianor" = 30

Victoria para Al'Varant

Se produce el saqueo de la capital

Escrito el 28-03-2009 23:45 #2

No imaginaban hasta qué punto la miseria había llegado al ataño segundo corazón del gran Imperio de los Varantes; y tardaron en creerlo, aún después de haberlo visto con sus propios ojos. No era algo que esperaran. A pesar de todo.

Los fértiles campos que rodearan a la orgullosa capital de Narävhor habían sido pasto de los fuegos de la guerra; las palmeras, los cactus y los jardines de datileras, arrasados ante la necesidad de madera de unos y otros; los siervos del Cuervo habían excavado zanjas para resguardarse de los guerrilleros varantes que acosaban como podían a los invasores de Al’Varant.

Sí, en efecto, la guerra había llegado a Narävhor. Los baños de sangre ya no eran suficientes; la escasez, el hambre y las enfermedades no saciaban el ansia de destrucción. Las granjas que rodeaban Naraharaz quedaron deshabitadas; los leñadores corrieron a protegerse en las incipientes ciudades vecinas, que decayeron por la cantidad de miserable y vagabundos que llegaron. El diezmado ejército de los varantes apenas pudo mantener el orden; la sangre fluyó entre los dos pueblos de hombres que habitaban la provincia. Los unos, clamaban contra los varantes, cuya presencia allí era sin duda el responsable de todos sus males a lo largo de los siglos. Lo hacían, paradójicamente, vestidos con ropas varantes, en las altisonantes palabras varantes, mientras comían los manjares que los varantes preparaban.

Los otros, exigían un esfuerzo y una cantidad de hombres que los habitantes de Narävhor, llamada Etzenselon por algunos, ni podían ni estaban dispuestos a conceder. La guerra avanzaba; una horrible marea negra se extendía en todas direcciones desde la capital.

Cuando todo iba mal en el resto de Rómenor; los extraños y terribles fenómenos meteorológicos, el extremo frío y el viento horrible sacudieron la tierra, surgió un inesperado y paradójico aliado para los varantes. El frío que también llegó al desierto permitió a los guerreros cubrir más cantidad de terreno; las terribles nubes que ocultaron el sol muchos días enfriaron el desierto. El Cuervo tuvo que detenerse, entonces, y la Dûrmana pudo reagruparse.

Poco a poco, con timidez, la balanza empezó a inclinarse en sentido contrario.

La desolación que cundió en sus corazones cuando llegaron para incorporarse a la Dûrmana Narävhoriant tardó en irse; la actividad los distrajo, no obstante, y Athran y Thara eran ambos personas cuyo carácter les impedía entristecerse durante mucho tiempo.

Los grandes refuerzos con que llegaron repartieron optimismo y euforia entre todos. Athran estaba nervioso; Thara, excitada. Iban a conocer a los cinco héroes de Naraharaz, que habían defendido a la ciudad de innumerables enemigos y salvado al pueblo y que habían sobrevivido, pese a todas las dificultades.

Neyras ish Kalormen, general –Daresda- de la Dûrmana, era un hombre de mediana edad, pero daba el aspecto de alguien envejecido. Tenía arrugas bajo los párpados, los ojos hundidos, cicatrices y cansancio en la mirada. En su pelo corto y la barba matemáticamente afeitada habían surgido incipientes canas que amenazaban con convertir su pelo negro y lacio en puramente gris.

A su lado siempre estaban los cuatro restantes que constituían los Cinco; Elhena ei’Vinar, la que los soldados conocían simplemente como Elhena la Bella; Shamer Hamza, El León; Arosh vai’Nah, El Halcón; Ceria in’Vhih, la Alegre. Frente a ellos, venerado y adorado por los soldados, Neyras, el Grande.

Rodeado de sencillez y con el aspecto de un hombre sencillo y cansado, doblado por las preocupaciones; fue aquello lo que impresionó a Athran más que cualquier historia que los soldados contaran entre ellos en las hogueras.

Se asustó, en un principio, por las inmensas dimensiones del campamento que el ejército había instalado entre dos peñascos rocosos; un lugar bien escogido, por su poca accesibilidad y su frescura frente al poder del sol.

— Creía que eran pocos… —manifestó sus pensamientos en alto frente a Thara.

— Y lo son, en realidad. Muy pocos —afirmó la joven varante—. Fíjate en la mayoría de las tiendas. Ni siquiera son militares. Aquí hay más refugiados que soldados.

Athran arqueó las cejas, asintió en silencio.

Los exploradores ya les habían permitido el paso, pero la mayoría de los que allí residían no tenían noticia de los enormes refuerzos que Athran y Thara traían al combate en el nombre del Senado. Tras el desconcierto inicial, los hombres y mujeres comenzaron a hablar a grandes voces entre ellos, en un principio; los gritos sucedieron a las palabras, y la euforia a todo lo demás. Todos vitorearon a los recién llegados. Las exclamaciones de Al’Varant, Varendia y Esgareth se sucedieron y entremezclaron en una recepción que iba camino de convertirse en un festival.

Porque los refuerzos eran mucho más que numerosos.

[Editado por Thirian el 28-03-2009 23:46]

Escrito el 29-03-2009 00:31 #3

— Así pues, tus órdenes son encontrarte con los restos de la Dûrmana, asumir el mando y proceder al ataque unilateral de Naraharaz —afirmó Neyras, con el pergamino ornamentado en sus manos.

Athran asintió con un gesto.

— Esas son mis órdenes —dijo—. Pero nadie más del Senado está aquí para comprobar que se cumplen, así que me gustaría pediros un favor de forma extraoficial.

Los Cinco alzaron la vista, con las cejas arqueadas. Las palabras de Athran habían sorprendido a todos.

— No he estado nunca en una academia militar. No tengo la menor idea de dirigir a un ejército, ni conozco las circunstancias del terreno ni sé dirigir. Atacaremos Naraharaz. Pero serás tú, o a quien tú relegues el mando, el que dirija ese ataque.

Neyras permaneció unos segundos en silencio, evaluando con la mirada al joven Dherasda. Si bien todos sus rasgos eran los de un hombre agotado, había algo en su semblante —algo latente, que era fácil de percibir pero imposible de definir— de lo que emanaba una increíble fortaleza.

— Sabes que por estas palabras podrías meterte en problemas muy serios, ¿verdad? —precisó Neyras.

— Soy plenamente consciente —afirmó Athran, manteniendo la mirada por lo que pareció ser una eternidad. Finalmente, el Daresda —el general— se echó a reír.

— Me gustas, muchacho. Tienes las mismas narices que un nómada.

Athran rió, aunque por otras razones. Si Shamal hubiera escuchado eso…

Los Cinco sonreían mientras veían desfilar a los nurenae. La incipiente República varante no tenía, ni mucho menos, ni los hombres ni la capacidad de movilización con que contara, un siglo antes, el Imperio varante. Pero aquellos cientos, incluso miles de hombres eran un símbolo. Hondeaban las banderas de Varendia, de Nivarant, de Narävhor e incluso de Dhairut. Los emblemas de la infantería, los Catafractos, la Guardia Real y los adrhantes, más serenos que de costumbre, quizá por la influencia de Thara y Athran. Y los jinetes nómadas, cabalgando en camello y caballo, altivos y despreocupados, cantando canciones en su lengua y tocando música.

Sí, en efecto, eran un símbolo. Un símbolo por la diversidad y la prosperidad que hubiera resultado enternecedor, de no ser por el centelleo de las armas y la sangre que ya todos intuían.

— Pues bien —comenzó Neyras, de frente a un enorme mapa que representaba Naraharaz y sus inmediaciones—. Nuestro objetivo primordial es superar el muro. Una vez dentro, la caballería podrá aniquilar a los que se resistan. Arosh, dirigirás a los nómadas y a los nivarantes. Eres el hombre con mejor puntería…

El varante se muerde el labio, frustrado. Es un varante: prefiere un combate a campo abierto. Pero no queda más remedio.

— ¡Por nuestra tierra! —grita Arosh vai’Nah, dejando que la macabra euforia de la batalla inunde su cuerpo, si bien no su mente. Ha de mantener la mente fría. Unos y otros se arengan clamando por Al’Darme, Varendia, Naraharaz, Adaner de los Nómadas… Todos son diferentes, y sin embargo todos comparten.

Hablan los viajeros del desierto de un pueblo fiero al norte de Varendia, cuya puntería es legendaria. De Nivarant son; los jinetes arrasan el muro con sus arcos compuestos. Corren con sus caballos orgullosos y esbeltos, y son imposibles de alcanzar para los arcaicos métodos de los siervos del Cuervo. Arosh recibe un corte en la mejilla de una flecha mal rechazada, y maldice con palabras tales que resuenan risotadas entre sus hombres…

—… Mientras tanto, quiero a cinco batallones de infantes avanzando hacia los portones. Lentamente, intentando perder a la menor cantidad de hombres posibles. Arosh contendrá a los arqueros de los muros con su tropa. Sí, ya he pensado en el resto de la infantería. Athran y Thara marcharéis con ellos por el norte, desde las ruinas; las dunas y las pocas datileras que quedan os resguardarán. He preparado a un grupo de zapadores para el asedio. Abriréis brecha tan pronto como podáis…

Se sienten inseguros; no en vano, son apenas cincuenta hombres corriendo en el más absoluto silencio, resguardados por la noche. Saben que, de ser avistados, correrán un peligro de muerte. Athran y Thara corren juntos, al frente, con la espada desenvainada. Se comprenden mutuamente, y asumen las diferencias del otro. Es un cariño fuerte y arraigado que los hace peligrosos.

Cada vez que tintinean las armaduras o la luna arranca destellos de las armas, hacen muecas de desagrado. Pero el colmo llega cuando han de transportar la maquinaria de los zapadores. Cada cual se encomienda al dios que más cercano siente.

La batalla arrecia frente a la puerta, sin embargo. El Cuervo redobla sus esfuerzos, y pese a su astucia y su larga mirada no logra ver lo que se escurre bajo sus zarpas. Los centinelas se descuidan y corren a socorrer a sus arqueros, diezmados y masacrados.

La trampa está servida…

— …Los Catafractos y la Guardia Real irrumpirán en las calles en cuanto el ariete derribe el portón. Aquí es esencial la sincronización, lo sabéis. Designad heraldos y capitanes a los batallones que carguen con los arietes; han de transmitir la buena nueva en cuanto la puerta caiga. Los soldados se apartarán todo lo que puedan y abrirán un pasillo para los jinetes…

Suena un cuerno inusualmente agudo. Es la señal que todos esperan. Apresuradamente, a veces incluso atropellándose entre ellos, los infantes se apartan lo máximo que pueden; escuchan el chirriar de los goznes arrancados, y sonríen.

El suelo retumba y tiembla bajo los cascos de los caballos. Elhena la Bella, Ceria la Alegre y Shamer el León irrumpen rugiendo por Al’Varant con los catafractos blindados, que arrasan. Sangre y muerte; gritos, aullidos, desesperación. Unos caen, otros acuden para reponer la pérdida. Los soldados del Cuervo tiemblan; ni sus oscuros sacerdotes son capaces de mantener su furia.

Escuchan un rumor sordo en el norte; suenan las campanas de alarma. Pero ya es tarde para los siniestros defensores del Cuervo Negro. Su aniquilación avanza por las calles de Naraharaz en forma de decenas de soldados dirigidos por dos jóvenes cuyos ojos refulgen de tal modo que dan miedo. Retumban los adoquines al son de la marcha matemática de la infantería, desde el derruido muro del norte.

Se asemejan a tambores. La frecuencia del terrible redoble aumenta, así como las aceras y los huecos entre las piedras planas que cubren el suelo de la capital se rellenan con minúsculos, tétricos arroyuelos de sangre.

Escrito el 29-03-2009 01:28 #4

La noche siguiente hubo luna llena. Pero aquella luna no dejó indiferente a nadie, porque no era blanca, sino de un color rojizo. Para muchos, resultó una auténtica novedad, una maravilla, algo incluso mágico. Otros, los más supersticiosos, se estremecieron. Veían algo de mal agüero en aquella luna.

Para Athran, era una visión que lo dejó ensimismado, e incluso durante una buena cantidad de tiempo se olvidó del dolor de su pierna y del desaliento. Incluso tras la gran victoria del ejército, las pérdidas lo sumían en el más profundo desaliento. Suspiró. A su lado, Thara le mostró su apoyo apretándole el brazo.

Los nómadas cantaban alrededor de sus hogueras. Eran canciones agridulces: alegres, por la victoria y la expulsión del Cuervo de sus ancestrales hogares; tristes, por los compañeros que habían perdido. Las distintas tribus se distinguían por algunos pequeños detalles en los mantos o en los ornamentos, pero eran detalles difíciles de percibir, precisamente porque eran un pueblo increíblemente austero y sencillo.

Thara cerró los ojos, y pronto se durmió, cansada como estaba después del enfrentamiento. Tenía un brazo vendado, pero los expertos sanadores que habían venido desde la capital dijeron con confianza que las heridas se curarían sin dejar prácticamente ninguna cicatriz.

Athran también cerró los párpados, pero no logró conciliar el sueño. Sin darse cuenta, comenzó a tararear la canción que los nómadas entonaban con sus basilets y el resto de sus instrumentos. Eran un pueblo admirable y admirado por la mayoría. El Dherasda sonrió, recordando el optimismo inquebrantable de su amigo Shamal. En aquellos mismos instantes, él estaría también combatiendo en Lambar. Deseó de todo corazón que las cosas fueran bien allí.

Los seguidores del Cuervo retrocedieron a pasos agigantados, hostigados por dos frentes, uno de los cuales era completamente inesperado. La caballería, una vez perdido el ímpetu de su carga, retrocedió para dar paso a la infantería pesada; batallones de guerreros se distribuyeron por las principales calles e impidieron que los defensores se repartieran por la ciudad, lo que alargaría la batalla y produciría un horrible baño de sangre.

Athran recordó, aún con los ojos cerrados, la última escaramuza en la mismísima Gran Plaza de Vardah, el corazón de la capital. Los siervos del Cuervo resistieron con una increíble fiereza la acometida de los varantes, y causaron notables bajas entre los guerreros. Pero cayeron. Finalmente, cayeron.

Abrió los ojos muy ligeramente, dejando que una escasa rendija de luz procedente de la hoguera le permitiera distinguir los colores de las casas de piedra. Había poca actividad aquella noche en aquel lugar, donde descansaban los heridos leves.

El recuerdo de los refugiados volviendo a sus hogares, las escenas de alegría, los llantos y las risas de euforia, permitieron que sus labios se deformaran en una sonrisa y su ánimo se levantara levemente. Con un orden y una buena voluntad que sorprendió a los propios habitantes de la ciudad, cada cual volvió a su hogar y ocupó el lugar que le correspondía. No hubo apenas incidentes.

Morhan Sayah tenía más aspecto de anciano bonachón y venerable que de curtido Guardián de los Muertos. Lo cierto es que era ambas cosas, pero más la primera que la segunda. En aquella ocasión, sin embargo, su semblante no reflejaba ningún rasgo de condescendencia o laxitud. Tenía el ceño ligeramente fruncido, y el cuerpo tenso. Vestía la túnica ceremonial, así como todos los Guardianes de los Muertos que estaban a su alrededor, entre los que se incluía el propio Athran.

Encontraron aquel lugar por pura casualidad, y pronto supieron sin duda alguna que era el lugar apropiado para el funeral. Una pequeña depresión rodeaba de paredes rosadas que emanaban un extraño frescor. Los sirvientes del Cuervo no debían de haber encontrado aquel sorprendente santuario, porque las flores y plantas que creían en su interior estaban intactas.

Morhan Sayah era un hombre más aficionado a los recitales y a la música que a aquellos acontecimientos lúgubres, pero tenía un punto de generosidad que le hacía afrontar las dificultades cuando otros se echaban atrás. Era de ascendencia nómada, como indicaba su apellido; muchos asociaban su carácter a este hecho, si bien él mismo se tomaba aquello, como muchas otras cosas, a broma.

Aquella vez no hubo bromas. El ejército se había reunido; los Cinco —Neyras, Elhena, Ceria, Arosh y Shamer— se alzaban al frente, con los trajes más elegantes que habían podido conseguir.

Morhan se adelantó, en calidad de Dherasda de mayor edad, y comenzó a recitar las oraciones rituales.

— Hoy parten de Al’Vharea las almas de aquellos que dieron cuerpo y sangre por la Triple Madre. Sean acogidos en tu abrazo, Adrhant.

— Acogidos sean —dijeron los asistentes al unísono.

— Acogidos, y bienaventurados. Otorga paz a sus pensamientos, Maradrant. Que aquellos cuyos asuntos en la tierra no terminaron, olviden y alcancen la pureza. Otorga equilibrio a las aguas de su alma, Audrant. Que tu balanza juzgue su valía; que tu bondad perdone sus errores. Otorga eternidad a nuestros hermanos de espíritu, Nidrant. Que la destrucción de tus obras purifique sus males, y refuerce sus convicciones.

» Que el amor y la comprensión de Adrhant os traiga la prosperidad, hijos de Varant.

Las palabras se alargaron en numerosas oraciones, pero pronto Morhan, el veterano y sabio Morhan, se salió de su discurso y se permitió elaborar las suyas propias. Pronto, incluso los más ortodoxos se olvidaron de su pequeña falta, porque aquellas palabras dulces trajeron consuelos para todos aquellos que algo habían perdido.

Athran contempló las largas hileras en paralelo de cuerpos tapados con sábanas blancas, plateadas y verdosas. En alguna de ellas, sobresalía alguna de las largas pajas que habían acumulado en cada uno para la incineración. En la mayoría, sin embargo, el cuidado puesto en su cuidado había sido ejemplar.

Athran suspiró.

Los Guardianes de los Muertos, solemnes y silenciosos, tomaron las antorchas y quemaron el primer cuerpo de cada hilera. Pronto toda la cueva parcialmente abierta al exterior se convirtió en una inmensa hoguera.

Saltaron cenizas y chispas; el incienso y los humos que los Dherasda habían preparado impregnaron el ambiente de un fuerte olor que resultaba, sin embargo, dulce y agradable al olfato. Un olor que tranquilizó a los varantes y permitió que las lágrimas fluyeran más fácilmente. Las lágrimas de Neyras, de Thara, de Athran, del propio Morhan; las lágrimas del héroe anónimo de la batalla, cuyo nombre no está recogido en esta historia.

Saltaron chispas y cenizas. Un viento meció las túnicas y los corazones doloridos de los supervivientes. Una caricia que alzó las cenizas de lo que antaño fueran hombres y mujeres con familia, vida y objetivos. Una caricia que esparció aquellos rastros por la arena de las insondables dunas; una caricia que alivió las penas y sanó las mentes.

Una caricia que regó el desierto con el pueblo que lo amaba. Y los varantes que dieron su vida, mecidos por el aire suave, volvieron a su único y verdadero hogar, que siempre fue y será el árido Desierto que es a la vez dulce y amargo.

El Desierto, que no es más que un símbolo de la vida misma.

Escrito el 01-04-2009 01:29 #5

Resumen de la batalla.

Al'Varant ha perdido 20 armadas x 35= 700 puntos.

Recuperables: 560 puntos.

Valoraciones: 8.2 + 9.0 + 7.8 = 8.3

Recupera: 581 puntos.

Pierde: 119 puntos.

Por la participación en la batalla reciben 600 monedas

Por el saqueo de una ciudad externa reciben 300 monedas

Compañías actualizadas y listas.

Historia finalizada.