Vistasinye (Atardecer del Aire), el Taltaril de los Etzenselon ha sido descubierto por una de las compañías del clan Nensir Airatâri en los riscos del Macizo de Ahaggar (79ºE 147ºN)

Descubrimiento De Un Taltaril De Aire
Escribiéndose...LA PIEDRA DE LA CORONA DEL REY-ÁGUILA
— ¿Dónde dijiste que los encontrasteis? —preguntó Voron sin levantar la vista del arrugado pergamino.
— Cuando veníamos hacia aquí uno de nuestros exploradores observó como dos elfos oscuros discutían por ese trozo de papel —aclaró Nenle—. Decidimos intervenir pensando que se trataba de alguna información importante. Tenía que haber dejado con vida a una de esas criaturas para sacarle más información, pero mis hombres se cegaron con ellos cuando uno de los Uonu hirió mortalmente a otro de los nuestros.
Voron chasqueó la lengua mientras negaba con la cabeza.
— Esos malditos elfos oscuros son mas útiles muertos que vivos, créeme —el elfo ya había volteado el pergamino y continuaba leyendo por el reverso de éste—. Lo que me preocupa es qué hacen los Uonu-nyrr con un documento como éste. Están tramando algo, pero se me escapa el qué.
— ¿Y qué dice? ¿Es importante? —se apresuró a preguntar la arquera.
El elfo terminó de leer y enrolló de nuevo el pergamino.
— Creo que sí. Aunque no lo entiendo a la perfección me parece que este documento es la clave que demuestra que una historia considerada durante todo este tiempo como una antigua leyenda es real —anunció—. De todas formas, la escritura de estos elfos, por extraño que parezca, es tan simple que a nuestros ojos resulta complicada por la cantidad de interpretaciones que tiene, por eso necesito confirmar que mi lectura es correcta. Ven, sígueme.
— ¿A dónde vamos?
La elfa no obtuvo respuesta, Voron se había lanzado a la carrera hacia las puertas de la ciudad de Dahald, y a Nenle no le quedó otra opción que seguirle si quería saber de primera mano de qué trataba aquel dichoso documento que le había costado la vida de uno de sus arqueros.
[***]
La agilidad de la elfa le permitió seguir a Voron con facilidad pero agradeció, tras una continuada marcha por las intrincadas calles de la ciudad, que el elfo se detuviera al llegar a uno de los jardines de la parte alta.
— Debería estar por aquí —anunció el elfo que miraba de un lado a otro, buscando tras los árboles del gran jardín—. ¡Ah!, sí, allí está —señaló.
Nenle miró hacia donde Voron había indicado. Allí se encontraba una elfa que se afanaba en alcanzar las primeras flores de un manzano. Su aspecto estaba algo descuidado, la larga melena caía enmarañada hasta la cintura, y los bajos del vestido, originalmente blanco, se encontraban algo sucios.
— ¿Quién es? —preguntó la arquera mientras avanzaban.
Voron se volvió hacia Nenle.
—Althira.
— ¿La hermana del artadako? — preguntó sorprendida— Es cierto que la he visto en pocas ocasiones, y siempre de lejos, pero puedo asegurar que ese no era su aspecto.
El elfo le indicó mediante un gesto con la mano que bajara la voz.
—Ha pasado, y está pasando, por un mal momento. Si esto es lo que creo que es—Voron agitó el pergamino—, no lo podías haber encontrado en mejor ocasión.
Los dos elfos se acercaron hasta donde se encontraba la sacerdotisa, que seguía entretenida seleccionado las mejores florecillas para confeccionar, lo que a Nenle le pareció, una corona de flores que descansaba junto al pie del árbol.
—Althira, mira lo que nos ha traído la ainakelvari Nenle —Voron le tendió el pergamino enrollado.
La elfa se volvió hacia ellos.
—Assanâ — Nenle la saludo con una ligera inclinación de cabeza.
—Nenle Taurel, mi hermano me ha hablado mucho de la mejor arquera de Galador. Es un placer encontrarnos al fin —Althira le dio el pequeño ramillete de flores de kelne—. Sé que tu onnar es el Haya pero acepta estas flores de manzano como pequeño presente.
A pesar de que la sacerdotisa baradar mostraba una amable sonrisa, la ainadakar pudo percibir que tras aquel rostro se ocultaba una profunda tristeza. Nenle las tomó con cuidado y devolvió el gesto con una amplia sonrisa en señal de agradecimiento. Mientras, Voron, había desenrollado el pergamino y se lo tendía, nuevamente, a Althira. Ésta lo cogió y le echó una vista rápida.
—La lengua de los uonu-nyrr—murmuró en voz alta sin darse cuenta—. Hacía mucho tiempo que no la leía. ¿Qué es?
— Eso es lo que quiero que me digas. Me gustaría ver si nuestras versiones coinciden.
Althira lo leyó lo más rápido que pudo. Y con cada frase que terminaba su sorpresa aumentaba. La sacerdotisa subió lentamente la cabeza hasta quedar mirando a los dos elfos
— ¿Sabéis lo que esto significa?
El elfo asintió, pero Nenle dudó. Voron le había contado por el camino de qué trataba el pergamino.
— Pero eso es sólo una leyenda—replicó Nenle.
—Si los Uonu-nyrr están buscando la corona del Rey-Águila, ten por seguro que hay algo de verdad—anuncio Voron—, esos elfos no pierden el tiempo en excursiones por el campo.
— Entonces, que explicación le das a que tuvieran eso— señaló ligeramente con la cabeza hacia las manos de la sacerdotisa.
— Eso es lo que se me está escapando. Perdieron el suyo y no han hecho nada por recuperarlo. No sé qué utilidad le pueden dar a un taltaril.
— Ellos ninguna, pero su Señor, sí— resolvió Althira.
—Osrûn, ¿y por qué? – preguntó Nenle.
— Para tener más poder — la voz de Voron sonó algo tensa. Acababa de comprender por qué los Uonu-nyrr tenían aquellos documentos en su poder—. Balcnin ya posee uno y, si el señor de los cuervos consigue otro, el poder destructivo de los dos maiar será imparable.
Los tres elfos aldalantar quedaron en silencio.
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— Partimos mañana.
A pesar de que los días se habían vuelto más cálidos, por las noches refrescaba y, aunque en la ciudad se había puesto un principio de economía para no malgastar la leña, Voron ordenó que en las estancias de la sacerdotisa no faltase el calor del fuego.
— Sí, eso me ha dicho Balaran— respondió Althira. La elfa se encontraba envuelta en una pesada manta, disfrutando del calor de la chimenea.
Voron, que aun seguía en el dintel de la puerta, se acercó más a ella.
— Ven con nosotros.
La elfa miró por un instante a Voron, pero enseguida volvió su vista al fuego y respondió moviendo negativamente la cabeza.
— Cada vez que viajo creo problemas a mí alrededor.
— Y para evitar eso pretendes quedarte aquí. Siempre —dijo el elfo algo indignado—. Vamos, Althira, esa excusa no me vale. Y a ti, tampoco. Si cada vez que actuásemos, pensásemos en las diferentes repercusiones que nuestras acciones pudieran tener, seguramente nadie se levantaría por las mañanas.
La elfa se volvió hacia él y, entre el juego de luces y sombras que dibujaba el fuego, Voron vio como la sacerdotisa esbozaba una ligera sonrisa. El elfo aprovechó el cambio de actitud para sentarse junto a ella.
— Tu hermano está soportando mucha presión. — dijo con cautela. No había querido sacar el tema durante todo este tiempo pero sabía que ese era el motivo por el que la elfa se negaba a salir de la ciudad. —. Sí, Tathâral actuó injustamente con Caleth y, aunque desconozco el motivo concreto, podría asegurar que tu hermano se dejó llevar por el momento.
— ¿Y qué es lo que le pasa? — los hermosos ojos verdes de la elfa, algo vidriosos, se clavaron en los suyos
— Eso no lo sé— respondió con sinceridad el elfo.
Althira volvió su mirada nuevamente al fuego.
— A veces pienso que odia a Caleth, que le culpa de todo lo que pasa. Hasta piensa que es él el que me ha enseñado de nuevo el manejo de la espada.
— No sabe que…
— ¿Para que te odie a ti también? — la elfa suspiró— No .Caleth fue su amigo durante años y mira como lo está tratando…no sé que podría hacerte a ti.
— ¿Eso es lo que te preocupa?
La elfa asintió.
— Entonces, no hay problema— dijo Voron incorporándose— recuerda el motivo por el que vamos allí abajo. Tu hermano se ha encaprichado de los taltarili desde que encontró el de los Uonu-Nyrr. Por mucho que se enfade conmigo su obsesión por esas piedras hará que se le olvide rápido —resolvió—. Mañana, a primera hora, estaremos en la plaza del mercado.
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Voron había preferido que les acompañase alguien más, al fin y al cabo, iban a internarse en territorios hostiles a Galador, pero Nenle, como buena guerrera, insistió en que con eso solo llamarían más la atención, especialmente cuando llegasen al desierto.
Tardaron cuatro jornadas en atravesar el Aldalaure y, durante todo ese trayecto, el tiempo había sido primaveral: mañanas y noches frías, tardes cálidas. Pero al llegar a la linde del bosque, donde comenzaba el desierto, el clima cambió por completo; el cielo se cubrió de oscuras nubes y comenzó a llover suave pero continuadamente.
— Estupendo, el sol en el desierto es un mal compañero.
— ¿Y la lluvia? —la voz de Nenle sonaba algo asqueada— ¡Y con estas monturas! No me gusta el desierto.
— Que el amor por los bosques no te impida disfrutar de los demás dones de la naturaleza— repuso Althira.
— Vosotros sois...raros. — la elfa azuzó las riendas de su caballo y se alejó en la llanura.
Dos días tardaron en llegar a las faldas del monte Ahaggar. Afortunadamente para el humor de Nenle sólo les llovió el primer día a pesar de que el cielo se mantenía completamente encapotado.
Resolvieron dejar sus monturas en la base pues el terreno era demasiado escarpado para conducir a un caballo siquiera por las riendas.
— Este lugar está lleno de cuevas, podríamos pasar semanas revisándolas todas— dijo Nenle.
— El documento dice que es “una de las cámaras superiores” — la sacerdotisa tenía abierto el pergamino— ¿No, Voron?
El elfo miró un momento la hoja y asintió
— Eso elimina unas cuantas, pero aun así son muchas y supongo que separarnos no es una opción.
— Por supuesto que no— respondió el elfo que parecía algo abstraído.
— ¿Entonces?
— Yo sé cual es.
— ¿Lo sabes? —preguntó sorprendida la sacerdotisa— ¿Y por qué no lo has dicho antes?
— Porque me lo acaba de decir— respondió con una gran sonrisa tras lo cual se lanzó montaña arriba.
— No hay quien entienda a este elfo, assana. Será mejor que le sigamos antes de que le perdamos la pista.
Althira asintió y, antes de seguir los pasos de Nenle, miró a su alrededor. Habría jurado que en aquel pedregoso lugar no crecía nada…pero se equivocaba. La sacerdotisa vio, entre unas grandes rocas, unas pequeñas briznas de hierba y sonrió. Ella guiaría a su hijo.
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Al encender las antorchas aparecieron ante ellos infinidad de dibujos que se extendían por toda la pared de la cueva.
— Antes de que se anexionaran al pueblo varante, los etzenselon, utilizaban el sistema pictórico como medio de transmisión— anunció Voron que recorría con su antorcha la pared.
— La cueva no es muy grande— la voz de Nenle resonó con una gran fuerza, lo que le llevo a bajarla un poco— y por lo que parece tiene un techo muy alto.
La sacerdotisa alzó su antorcha intentando iluminar el techo en vano. Nenle estaba en lo cierto.
— ¿Estás seguro de que está aquí? — preguntó algo escéptica la arquera.
El elfo respondió afirmativamente. Althira se acercó hasta él.
—No te puede decir dónde está concretamente.
—No, ella sólo sabe que los uonu han inspeccionado todas las demás sin éxito, así que sólo puede ser ésta. ¿Qué tal se te dan los pictogramas?
La sacerdotisa resopló.
— Vale, yo iré diciendo lo que veo y tú vas interpretando.
Voron dio una vuelta a toda la cueva, revisando rápidamente todos los dibujos. Hasta que al fin dio con lo que buscaba.
— La narración comienza aquí, ¿veis? — señaló un ovalo negro— es el Vacío, el principio de todas las cosas.
— ¿Y hacia donde continúa?
El elfo dio un paso a tras y observó el conjunto.
— Hacia la izquierda. Si os fijais todas las figuras, tanto humanas como animales, miran hacia ese lado.
El elfo comenzó a descifrar aquellos símbolos. “Cielo”, “lanzar”, “piedra” fueron algunas de las palabras que desfilaron por los labios de Voron, mientras Althira, instruida en la historia de Rómenor daba forma a aquellos hechos.
— La clave tiene que estar en este trozo— señaló la sacerdotisa— es el único que no es contado en la historia que conocemos. Repítelo, por favor.
— Aquí se ve el símbolo de “piedra” que es como se refieren al talatril, y aquí, corona y águila.
— La corona del famoso rey— dijo Nenle.
— Sí, luego aparece una montaña, tiene que ser en la que nos encontramos, después la corona con la piedra, y una figura que señala a la vez al cielo y al punto de inicio, el gran circulo negro.
— Tal vez este indicando que la corona del rey del cielo se perdió para siempre— dijo la sacerdotisa— No, es absurdo, sino no estaríamos aquí.
— ¿Puede tener ese símbolo— Nenle señaló al ovalo negro — otro significado además de “vacío”?
— Sí— respondió Voron.
La sacerdotisa se quedó mirando los dibujos, casi hipnotizada por el movimiento que estos hacían con las sombras de las llamas.
— Señala al cielo, tal vez la corona, con el taltaril, volviera al cielo, al vacío…
— ¡A la oscuridad! — exclamó Nenle.
La elfa fue hasta el centro exacto de la cueva y lanzó su antorcha hacia arriba descubriendo el techo de la cueva varios metros sobre sus cabezas.
— ¿Lo habéis visto? — preguntó emocionada recogiendo la antorcha del suelo.
— ¿Que tiene un gran techo? — respondió el elfo.
La elfa hizo caso omiso del comentario del elfo, le tendió su antorcha, sacó una flecha de su carcaj y la colocó en el arco.
— A la de tres, lanzadlas a lo alto— les ordenó como si se tratase de sus soldados. Voron y Althira se miraron, la determinación de la elfa les sorprendió— Una, dos y…¡ tres!
Las antorchas subieron hasta dar con el techo, y cuando comenzaban a bajar, la flecha de Nenle silbó en el aire. Las tres antorchas cayeron al suelo acompañadas de la flecha y algo más. La arquera se agachó y agarró lo que parecía una piedra blanca a la luz de las antorchas.
— Espero que sea esto lo que buscamos— dijo tendiendo la piedra a los dos elfos. Voron miró a Althira y está le indicó mediante un rápido movimiento de la mano que lo cogiera él. Al hacerlo Nenle añadió— ¡ha destrozado la punta de la flecha!
— ¿Esto es? —preguntó la sacerdotisa al verlo.
— No lo sé, nunca he visto uno…Saquemos lo fuera, si es un taltaril debería cambiar de color, creo recordar.
Los tres elfos salieron del interior de la cueva. Voron abrió la mano y dejó a la vista la pequeña piedra. Tenía una forma semejante a una lágrima y su color era un blanco uniforme. Los aldalantar miraban expectantes a la espera del mínimo cambio. Pasó un minuto, dos, tres y este no se producía. Nenle rompió el silencio.
— Es una piedra normal.
Pero entonces un rayo de sol escapó de entre las pesadas nubes, y la piedra, por arte de magia, se volvió por unos instantes transparente.
— Me parece que no, Nenle— dijo Voron con una sonrisa. Tomó la mano de la sacerdotisa y le entregó el taltaril. — Creo que como miembro del consejo que eres, te corresponde guardarlo. Y ahora, hay que informar a Tatharal— el elfo rió y añadió más para sí que para las dos elfas— A ver como se las ingenia Ella.