Fin Guerra: Narwä Hilyatâri se retira del Combate
Armadas perdidas por "Maianor" = 15
Armadas perdidas por "Narwä Hilyatâri" = 27
Victoria para los rebeldes
Narwa pierde el control de la ciudad

Fin Guerra: Narwä Hilyatâri se retira del Combate
Armadas perdidas por "Maianor" = 15
Armadas perdidas por "Narwä Hilyatâri" = 27
Victoria para los rebeldes
Narwa pierde el control de la ciudad
La noche había pasado y un amanecer teñido de rojo se alzaba desde el horizonte, sobre las acompasadas olas del mar.
Su último amanecer, pensó mientras sonreía torvamente y aspiraba el sabor salado del océano.
- ¡Soldados! – una voz potente interrumpió la calma, y hasta el sonido de las gaviotas que graznaban sobre ellos se desvaneció – He aquí a uno de nosotros, un soldado Nurulântar que ha roto la más sagrada de sus promesas. Aquella que pronunciamos nada más alcanzar el Narwanolmê y que compromete tanto nuestro honor como nuestra vida.
Un silencio reverente siguió a sus últimas palabras, un silencio buscado antes de proseguir.
- ¡Traición! – exclamó Serkendil, y un murmullo airado se alzó de repente entre la multitud de soldados congregados ante él.
Un murmullo que creció en intensidad por momentos, mientras la playa entera parecía agitarse y revolverse. Shera cerró los ojos al amanecer.
Su último amanecer.
El campamento improvisado que habían levantado en la playa ofrecía una imagen dantesca en comparación con la belleza del Sol rojo. Cientos de heridos permanecían tendidos sobre la arena, tiñéndola con su sangre. Sangre que se vertía hacia el mar en pequeños ríos rojos, lamida por las olas que la absorbían con avaricia. Gemidos ahogados, interrumpidos a veces por un silencio en la muerte, dejando tras de sí el dolor más punzante aún del silencio y el descanso eterno.
- ¿Y cuál es el precio que se paga por la traición soldados? – gritó nuevamente Serkendil desde el improvisado estrado.
Un grito unánime fue su respuesta.
- ¡Muerte! ¡Muerte! ¡Muerte!
No se sorprendió, pero aún así no pudo evitar que un escalofrío recorriera todo su cuerpo. Ella misma lo hubiera gritado, si hubiera estado en su lugar. Si las circunstancias hubieran sido diferentes. Si no tuviera las manos atadas en la espalda, con sangre corriendo por sus muñecas hinchadas. Si no sintiera sus piernas temblar, manchadas de sangre y barro, con las rodillas despellejadas. Si no tuviera los labios hinchados, y el rostro tan golpeado como todo su cuerpo. Si no fuera ella la que esperara a ser ajusticiada, mientras dos soldados que tiempo atrás cumplieran sus órdenes la sostenían con evidente desdén.
Volvió a abrir los ojos para enfrentarse a su destino.
- ¡Muerte! – atronó Serkendil a la multitud - ¡Y el castigo eterno! ¡Por que ni su alma ni su cuerpo llegarán a las estrellas, ni conocerán la recompensa que se encuentra más allá de ellas, en las Verdes Praderas de Thyr!
Junto a Serkendil una elfa de ojos del color del ámbar asentía levemente, recostada en una silla improvisada. Una venda cubría su frente, allí donde la espada de de Shera la había golpeado. Y bajo la túnica roja, manchada de un tono rojo más oscuro de sangre, donde su espada se había hundido casi hasta la empuñadura. Elesinyê no había querido o no había podido ausentarse del ajusticiamiento. Casi todos los capitanes de la Compañía del León se encontraban allí, excepto aquellos que habían muerto
honorablemente en la batalla, o los que se esperaba que lo hicieran en las próximas horas.
- Lo hice por amor – murmuró para sí misma, y una lágrima solitaria brotó de sus ojos, mientras recordaba todo aquello que la había llevado hasta aquél momento, donde junto al mar contemplaba su último amanecer.
[Editado por Indil el 01-04-2009 23:47]
Dos noches antes, en las afueras de Nominahald…
- No deberías regresar de nuevo – dijo él mientras sellaba sus palabras con un beso que pretendía terminar de convencerla.
Ella rió suavemente bajo sus labios, y le empujó sin mucha convicción.
- No puedo quedarme – respondió entre risas y besos – En seguida notarían mi ausencia.
- Cuando esto acabe… - susurró él, frunciendo el ceño de repente.
- Cuando esto acabe todo será diferente – le interrumpió ella, devolviéndole un último beso, y escabulléndose de entre sus brazos.
Salió de la cabaña rápidamente, al tiempo que se cubría con un manto negro de piel, y montó sobre su caballo con un ágil salto para recorrer después rápidamente las millas que le separaban de las murallas de Nominahald.
“Cuando esto acabe”, repetía su mente una y otra vez. No había nada más en su mente. Los sueños de libertad de aquél que amaba nublaban todo lo demás.
Cuando llegó finalmente hasta las puertas de la ciudad dejó caer el manto, mostrando el uniforme rojo con los galones que la identificaban como Têrar a la guardia que custodiaba la entrada, lo cual era lo único que podía franquearle el paso a cualquier habitante de la ciudad pasada la hora del toque de queda.
Apenas unos meses antes había conocido a Imbarân, tras aquellos mismos muros. Al principio habían sido sólo miradas sutiles, cargadas de odio y rencor por parte de él, y respondidas a su vez por otras llenas de desprecio por parte de ella.
Imbarân. Sobrino orgulloso de Ziram Zirak. Señor de Nominahald, después de que su pequeño primo hubiera muerto durante la revuelta. Atendía a los Nurulântar con un odio evidente, a pesar de lo diligente y colaborador de sus actos. Y así se conocieron, en una de sus audiencias ante Elesinyê, mientras el abogaba con un orgullo que no podía reprimir por el respeto hacia una de las zonas de siembra que había pertenecido a su familia desde hacía generaciones.
Shera había observado su rostro serio y curtido. La piel de oso blanco que cubría sus hombros lo señalaba como un guerrero, pero también lo hacían sus profundos ojos negros, sombreados por espesas pestañas. No lo supo entonces, pero ahora sí. Ya entonces lo amó. Ya entonces estaba sellado su destino.
Después llegaron los encuentros furtivos, las confidencias, las noches de placer entre sus brazos, y los sueños, y el miedo, y la incertidumbre. Los planes se forjaron ante sus ojos y ella se vio inmersa en ellos de una forma incontrolable, sin que pudiera hacer nada por evitarlo. Le había entregado su corazón, y su cuerpo. Aún así, para su amor no sería suficiente. Tendría que entregarle también a su pueblo.
Un mensajero llegó al galope, vestía el uniforme de los Nurulântar aunque ensangrentado y roto por muchas partes.
— Un mensaje urgente para el Arken— dijo antes de desplomarse de la silla.
El viejo Arken cogió el pergamino que le tendían, por el aspecto del Nurulântar no esperaba buenas noticias.
Arken Setyane Mâktar:
Es mi penoso deber informarte de que Nominahald ha vuelto a rebelarse contra nosotros, esta vez con éxito. Pero debo decir, que no fue esta derrota de nuestras fuerzas causa de la desidia o de la debilidad de nuestros soldados, sino la traición de una de nuestras propias Têrar.
La traidora, cuyo nombre está prohibido pronunciar desde ahora para que no sea recordado jamás y que será borrado de todo registro, actuó al amparo de la oscuridad. Encerró a sus soldados en sus barracones y les prendió fuego con ellos dentro. A los gritos de socorro de sus compañeros los guardias abandonaron sus puestos y mientras trataban de sofocar el fuego cientos de arqueros fieles al nuevo señor de Nominahald comenzaron a asaetearnos.
En ese momento comenzó una masacre que no puedo relatar, nuestros soldados dispersos tratando de acarrear el agua para apagar el fuego fueron cayendo como insectos en una tela de araña.
Cuando pudimos reorganizarnos habíamos perdido a muchos de nuestros guerreros, y el enemigo dominaba los tejados de las diferentes calles que daban acceso al palacio. Desde allí caía aceite hirviendo, flechas, rocas, piedras, tejas, todo lo que podía herir o evitar que los escudos de nuestros soldados fueran efectivos.
Poco a poco y ante la superioridad numérica del enemigo decidí salir a campo abierto, dónde la disciplina de nuestras tropas podría darnos la victoria frente a esa horda, cuando nos dirigíamos a la puerta más cercana la ignominiosa Têrar, viendo que su traición podía no salir victoriosa nos guió por un camino más largo, por estrechas callejuelas dónde muchos bravos soldados encontraron la muerte a manos de los rebeldes.
Cuando trataba de reconducir la situación a la que esta Têrar nos estaba llevando, me atacó sin previo aviso. Antes de que pudiera darme cuenta me había clavado su espada en mi vientre. Mientras, me miraba a los ojos. Trató de rematarme golpeándome en la cabeza, pero Elenmasil fue más rápido y desvió su hoja que solo me causó un rasguño en la cabeza.
Cuando por fin logramos salir de la ciudad éramos muy pocos. Un cuarto de las tropas que estaban destacadas en Nominahald, la ciudad la hemos perdido, aunque pronto volverá a nuestras manos.
La traidora fue ajusticiada según nuestras leyes. Tras juicio sumarísimo de sus compañeros fue encontrada culpable y ajusticiada al amanecer en una playa cercana a la ciudad.
De lo cual te informo para que actúes en consecuencia y tengas en cuenta que incluso entre los nuestros el valor y la lealtad flaquean. Así mismo te pido que revises los informes de tu compañía y todos aquellos registros que obren en tu poder para borrar el nombre de la Têrar Shera para que jamás se sepa que existió y traicionó a los suyos.
Elesinyê.
—Tendré cuidado dama, tendré cuidado— dijo mientras el odio asomaba en sus ojos y su mano arrugaba el pergamino dónde se daba cuenta de la traición de una Nurulântar, la más vergonzosa de las acciones.
Resumen de la batalla.
Narwa ha perdido 27 armadas x35= 945 puntos.
Recuperables: 425 puntos.
Valoraciones: 8.2+7+9.8= 8,333
Recupera: 354 puntos.
Pierde: 591 puntos.
Al publicar la historia fuera de plazo se sanciona con 24 armadas.
Compañías actualizadas y listas.
Historia finalizada.
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