La Guerra de los Clanes

Te Esperaba, Elemmírë

Escribiéndose...
Escrito el 31-03-2009 22:08 #1

-¿Estás seguro de que lo han encontrado?- Preguntó, entre ilusionado e incrédulo, Angárato.

-Sí, no hay posible error, mi señor, los marineros han identificado el barco y dicen que no se ve muy deteriorado, piden órdenes-

Angárato, junto a Pilda, un veterano capitán de la flota de guerra de Narwa, estaba en una lengua de arena del delta de Nanya. El noldo había organizado una pequeña expedición para intentar recuperar su armadura, hundida en el Kelkanari desde hacía ya demasiado tiempo. La expedición se reducía a 8 marineros y el capitán del barco: un pequeño buque de 2 palos de velas cangrejas (ahora anclado a poca distancia de la playa) que arrastraba un pequeño esquife auxiliar. Era desde ese bote desde donde uno de los marineros había visto, a través de las limpias aguas del mar interior, el naufragado barco.

-¿Ordenes?, que acerquen el bote a la playa, yo mismo iré a buscar mi armadura- Respondió enérgico el arken Angárato.

-Pero mi señor- respondió el capitán un tanto asustado -Parece ser que está a bastante profundidad, encajado en una sima peligrosa, sin contar que aquí la corriente es terrible, el encuentro del río con el mar suele provocar peligrosos remolinos-

Angárato, que ya iba sin coraza (estaba guardada en la pequeña tienda que habían montado en la playa) empezaba a desatarse las grebas. -Que se den prisa con el bote, se está levantando una extraña bruma-.

El capitán Pilda, recio hombre de mar, dio un respingo ante las palabras secas del arken y corrió a la orilla; a voz en grito, ordenó que el bote regresara.

El capitán quedó en la orilla con dos de sus marineros mientras el esquife rompía las olas a golpe de remo en busca del buque hundido, Angárato, descalzo, sin armas, sólo vestido con los pantalones y la camisa escarlata del uniforme, estaba de pié, en la proa del bote.

Cuando hubieron llegado a la vertical deseada se detuvieron. Sí, a unos 15 metros, bajo ellos, podían verse los restos de un barco, apoyados sobre un fondo rocoso en el filo de una sima más profunda.

Angárato se desnudó completamente y, tras tomar todo el aire que pudo, saltó al agua: desapareció en un “splash” sedoso y espumoso.

Sobre el mar se estaba extendiendo una espesa niebla que inquietaba a todos.

Escrito el 01-04-2009 10:32 #2

El frío y la oscuridad le iban envolviendo mientras descendía hacia el barco gracias a sus poderosas brazadas, arriba, muy lejos, tras verdes y azules tornasolados, podía verse el casco del bote.

El barco hundido estaba encallado al borde de un abismo negro, la popa volando sobre la nada y la proa agarrándose a las rocas con una boca de maderas rotas.

Alcanzó la cubierta del barco hundido con relativa facilidad. No era sólo un barco, era la tumba de algunos de sus hombres. Agarrándose a los restos de un mástil desarbolado e impulsándose gracias a ellos, entró, como un pez, en el interior de la nave. La oscuridad era prácticamente total y se le estaba acabando el aire. Por fortuna no era un barco demasiado grande y, en un último esfuerzo, localizó en el camarote principal el baúl que guardaba su armadura roja, se había desplazado y había volcado, presumiblemente con gran violencia, y había roto las patas de una mesa sobre cuyos restos ahora descansaba apaciblemente.

Los marineros del bote lo vieron ascender, parecía que nunca llegaría. Con un gran resoplido, como si su vida dependiera de ello, como así era, sacó medio cuerpo del agua y se agarró a la borda del bote. Lentamente recuperó el aliento.

-Necesitaré una cuerda de, al menos, 30 yardas-

Los marineros trastearon hasta que encontraron lo que buscaban: una cuerda fuerte y ligera que acabaron de enrollar con cuidado. Un cabo lo ataron al bote y el otro se lo ató Angárato a su cintura.

Se disponía a repetir la inmersión cuando uno de los marineros se atrevió a hablar -mi señor, arken, ¿ha visto esta espesa niebla…, y el agua que se empieza a rizar? No sé que ocurre, pero no es nada bueno-

Angárato, hundido hasta el cuello en las frías aguas del Kelkarani, pero aun agarrado al bote, miró a su alrededor y rápidamente fue consciente de que algo extraño estaba ocurriendo, el mar se estaba removiendo pero, lo más extraño era esa niebla. Esas horas no eran las propias para que se levantara niebla y, mucho menos, en un naciente viento tormentoso, eran dos fenómenos que difícilmente iban asociados.

-Sí, marinero, a mi tampoco me gusta esto, quiero salir del agua lo antes posible, secarme, vestirme y beberme un vaso de vino junto a un fuego brillante, pero antes tengo algo que hacer- mientras describía al marinero dónde le gustaría estar a sabiendas de dónde estaba, notaba un desasosiego invadiéndole las entrañas.

-¡Vamos! No perdamos más tiempo, esta vez entraré por la ventana de camarote, ataré el baúl y lo dejaré dispuesto para ser izado, no hagáis nada hasta que esté de regreso, luego tiraremos de él entre todos-

Mientras los hombres daban su aprobación a las órdenes del arken, este tomo aire y desapareció de nuevo bajo el mar.

Estaba atando el baúl. El camarote hundido tembló, primero ligeramente, luego con violencia.

Algo golpeó la cabeza del elfo… un trozo de madera… el barco entero… tanto da, el golpe le hizo soltar el poco aire que le quedaba en los pulmones y perder el sentido de la orientación.

Luego todo fue oscuridad y frío, y el saberse arrastrado hacia el abismo por el mismo barco que ya había matado a varios de los suyos.

¡No!, estaba siendo injusto, el asesino no era el barco junto el que ahora viajaba al infierno marino, el asesino era el frío y negro Mar que lo estaba engullendo.

[Editado por elfo_negro el 01-04-2009 10:41]

Escrito el 02-04-2009 12:37 #3

La oscuridad y el frío se convirtieron en nada, en la muerte inconsciente. Una muerte que duró un segundo y una eternidad, mientras en silencio el abismo devoraba definitivamente el barco hundido y todo lo que contenía.

En la superficie el mar se desató y el cielo negro y brumoso dejó escapar un rayo; la cuerda, que ataba al cofre de la armadura en un extremo y al bote en el otro, se tensó con violencia y hundió la proa de la pequeña embarcación. Tal fue el tirón y la fortuna, que el anclaje del bote fue arrancado de cuajo, llevándose con él un buen trozo de la borda. Los marineros quedaron pasmados, sentados en un bote destrozado que se estaba hundiendo, pero dando gracias, a la vez, a que no hubiera resistido el tirón y hubieran sido arrastrados al fondo del mar.

Estaba despierto, pero no lo supo hasta que una voz profunda y poderosa le llamó -Te esperaba, Elemmírë-

Angárato, tendido en el suelo, notó que, aunque seguía desnudo, ya estaba seco y que el suelo era del más blanco mármol que recordaba haber visto jamás. Se levantó lentamente, todo estaba envuelto en un calor y una luz suaves.

Vio que se hallaba en una grandiosa sala de altas columnas y altísimas cúpulas de marmol con sutiles incrustaciones de piedras preciosas que formaban bellos dibujos en paredes y colunmas: hojas de parra de esmeralda, racimos de uva de rojísimo rubí, delfines de turquesa,... todo elaborado y dispuesto con tal perfección y exquisito buen gusto que Angárato, acostumbrado a vivir en palacios, estaba aturdido.

Y he aquí que, cuando su conmocionada mirada aun vagaba perdida en ese mar de perfección, vio a lo lejos un gran trono de jade verde y, sentado en él, una figura como de hombre, pero mucho mayor. Y vio y notó que le miraba desde la distancia. La gigantesca figura se levantó con solemnidad, bajó las gradas del trono y comenzó a andar hacia Angárato.

Debía ser algún tipo de efecto óptico, porque ahora parecía que el ser no era tan grande como el elfo había calculado. En un principio le supuso una altura de más de 40 pies pero, a medida que avanzaba, en lugar de agrandarse a la vista como sería lógico, parecía mantener siempre el mismo tamaño, de modo que, cuando estuvo junto al elfo resultó que no medía más de 8 pies. Pero seguía siendo grande, muy grande, de ojos negros como la noche y cabellera blanca, vestía una túnica añil que dejaba a la vista sus piernas, armadas con grebas plateadas, y sus musculosos brazos. El ceñidor y sus sandalias eran fruto del más fino trabajo de orfebrería sobre mithril, al igual que la corona de cuatro puntas que descansaba sobre su poderosa cabeza.

-Te esperaba, Elemmírë- repitió, ahora junto a él, con voz de trueno -Te esperaba desde hace unos meses y desde el inicio del Tiempo-

[Editado por elfo_negro el 02-04-2009 12:38]

Escrito el 02-04-2009 16:38 #4

¿Cuanto tiempo había pasado? ¿mil años? Sí, bien podrían ser mil años. Había hablado con el Señor del Mar en su sala de mármol y éste le había invitado a beber de una copa de oro, y la luz se había hecho más intensa y le había rodeado y le había penetrado, y entonces el fue luz, como el Señor Ulmo de Valinor, y había oído el Canto y se había visto a sí mismo desde los ojos negros de otro, cuando aun no tenía ojos negros y sólo era luz.

Hablaron de Finlemda, su madre de cabellos dorados y manos cálidas; hablaron de Térnion, su padre, al que no recordaba; hablaron del viaje por el hielo y de la muerte que descompone la belleza; hablaron de Valinor, donde el Señor del mar había visto por primera vez los ojos azules del niño Elemmírë cuando aun no se llamaba Angárato; hablaron mucho, durante siglos, pero apenas recordaba la conversación, sólo recordaba el Poder y la luz, la luz y el posterior viaje en la luz, donde aprendió el uso del fuego, donde aprendió a conocerse a sí mismo y a todo lo demás, donde el pasado era futuro y el presente era Música, pero ya no se acordaba: ni los elfos pueden recordar durante tanto tiempo. Recordaba las últimas palabras, las oyó antes del viaje... o después, mientras hablaba con el Rey de ojos negros en su palacio de mármol -se te da algo que se te puede quitar, estaba en la música antes de que naciera el mundo, no es tuyo, úsalo con sabiduría porque sólo tú eres el responsable, y recuerda que no estás solo en el Canto: lo que la música te dio, antes lo dio a otros-

Sí, dijo algo así, eso lo recordaba vagamente. Pero hacía tanto tiempo de ello...

Los dos marineros del bote recién hundido lo vieron en el borde del abismo, estaba flotando y atado grotescamente a un gran baúl destrozado del que se desparramaban las piezas de una armadura roja. Bucearon llenos de pánico hacia su arken, habían pasado sólo unos segundos desde que el navío se precipitara hacia el abismo del que pendía, bien pudiera ser que el general aun estuviera vivo. Bracearon, bracearon con todas sus fuerzas.

-Ha faltado poco, mi señor, ya lo decía yo, esa bruma no pronosticaba nada bueno- dijo el capitán Pilda.

Angárato, tembloroso y cubierto con una manta, después de vomitar junto al mar y de respirar sentado en la arena durante unos minutos, había conseguido ponerse en pié y, con el brazo sobre el hombro del capitán, se dirigía a la tienda.

Se despertó al cabo de unas horas, cansado y hambriento. Afuera los marineros habían encendido una hoguera cuya luz se filtraba a través del paño de la tienda; hablaban en voz baja intentando no despertar a su arken.

Se vistió lentamente, pantalones camisa, botas... y la armadura, que habían limpiado y colocado cuidadosamente junto a la cama mientras él dormía.

Su vieja armadura... parecía más ligera... más fuerte... parecía otra. La miró y la remiró, era la misma, pero algo había cambiado, algo en su naturaleza más íntima, imperceptible a simple vista. Se la puso y se la ajustó. Se contempló a sí mismo... volteó la palma de su mano, y se la miró: una llama, densa, de ardiente fuego rojo, brotó, se mantuvo un segundo y desapareció en un resplandor.

Salió de la tienda con cara cansada pero con aire imponente, todos callaron asustados, pero luego se impuso el buen ambiente: bajo la luz de las estrellas Angárato se calentó ante el fuego, bromeó con los soldados, que le dieron, entre burlas etílicas, la enhorabuena por haber sobrevivido y comió y bebió... como siempre.

Pero algo había cambiado en él al igual que en su armadura, algo imperceptible. Había muerto y había vuelto a nacer. Para todos seguiría siendo Angárato, el soldado acerado, aunque una luz invisible, proveniente de su interior, le llamara Elemmírë.