Oronmiril (Joya de las Montañas), el Taltaril de los Rillië (clan de Nórë rá Rilmalotsë) ha sido descubierto por una de las compañías del clan Marllajtay en las estribaciones surorientales de las Órenáro (103ºE 68ºN)

Descubrimiento De Un Taltaril De Tierra
Escribiéndose...El extenso Nendataure aparecía de nuevo ante los ojos de Morlyg. Des las alturas de las Andië, la mirada se perdía en el mar verde hasta iluminado por los primeros rayos de sol hasta ocultarse en las alargadas sombras de las Órenáro. Más de un semana se prologaba ya la travesía de las Andië y al fin había superado los pasos más elevados, recientemente abiertos acompañado de un resistente gwën-akhô.
Morlyg daba vueltas al recuerdo de aquella noche que había recibido en su casa la visita de Mar’ek Ýthuel, llevando consigo un mensaje de Allpa’huátl. El primero que se recibía en meses y que había llegado transportado por un khôndor desde Tûgore. El mensaje comunicaba que Morlyg era relevado por tiempo indefinido de su cargo de Zôr-chä de la flota Marllajtay y que se requerían sus servicios en el Nendataure con urgencia, tan pronto como los pasos de las Andië volvieran a ser de nuevo transitables. Además, el mensaje recalcaba que debía hacer el viaje solo.
El comunicado no sentó demasiado bien a Morlyg, que veía como un innecesario mandato que ni siquiera daba motivo alguno para tomar esa decisión. Pero no tuvo más remedio que acceder, pues no sólo Mar’ek había sido el primer receptor del mensaje sino que además había sido propuesto para tomar el mando de la flota. Eso eliminaba cualquier opción de escabullirse. Sin embargo, Morlyg comprendía que una decisión así habría sido valorada detenidamente por Allpa’huátl, antes de tomar la determinación de ejecutarla.
Pero el asunto se volvió más enigmático aún cuando Morlyg llegó a Tûgore y presentó sus servicios a Yámacha. Éste le informó de que había nuevas órdenes del Khútic para él. Allpa’huátl se encontraba ahora con su compañía en Nimost, que había sido anexada a los dominios de los Marlajtay recientemente. Pero a pesar de la urgencia con que se le requería, Morlyg insistió en descansar un tiempo en Tûgore después de la larga travesía que había realizado. Así Morlyg se demoró cuatro días antes de partir de nuevo, ahora en dirección a Nimost. Los tûgorianos le proporcionaron una buena montura y cargaron el gwën-akhô con provisiones suficientes para realizar ese viaje y después volver sin reponer los fardos. Además, las patrullas Isgûr que recorrían el Nendataure norte habían sido debidamente sincronizadas para que en todo momento, al menos hasta llegar a la encrucijada de Geighâsa, una de ellas pudiera escoltar a Morlyg en su travesía.
Mientras tanto, en Nimost, Rawa revolvía libros en la biblioteca central de Nimost, que se hallaba en una de las alas del Palacio de Plata. Durante los últimos días, mientras Allpa’huátl administraba el gobierno de Nimost junto con Orostalion y el rey, Rawa había ocupado su tiempo en recorrer los lugares de culto e historia de la ciudad, incluso saliendo a los templos cercanos a la capital de los Rillië. Aún no había dado explicación a aquella voracidad por los conocimientos de la cultura Rillië. La justificaba como una “simple curiosidad por las tradiciones de un pueblo amigo”. Sin embargo Allpa’huátl sí que había llegado a intuir vagamente el objetivo de aquél comportamiento, aunque prudentemente había accedido a no hacer demasiadas preguntas al respecto.
En aquellos días, Allpa’huátl había empezado a impacientarse por la llegada de alguien a quien había mandado llamar hacía ya semanas. Necesitaba un experto marinero y capitán que proporcionara además una notable destreza en batallas navales. Porque Allpa’huátl seguía viendo de lejos a los enemigos que acechaban a su pueblo y sabía que aunque el Nedataure norte y sus pasos hacia el Sûlestelion estuvieron controlados, aún los enemigos podían llegar – y de hecho lo hacían – a sus dominios desde el sur. Los sucesos de semanas atrás en que un barco mercante había sido asaltado por corsarios Hjôlâgarda en el río aún aparecían en la memoria del Khútic como uno de sus asuntos por resolver. Y había tomado la decisión de cortarlos desde su raíz, atacando la misma ciudad de los corsarios y obligándoles a su rendición y a jurar fidelidad a los pueblos del Nendataure.
Pero la llegada de Morlyg estaba ya próxima y Allpa’huátl observaba los últimos rayos del sol que se ocultaba tras los pasos de las Órenáro. Al tiempo que el Haradrim se preparaba para pasar su última noche acampado en la intemperie, justo al otro lado de esas mismas montañas. Sin imaginarse el Khútic que la llegada de Morlyg no haría más que desmembrar los planes que había realizado y por los que lo había hecho llamar.
Rawa inspeccionaba unos viejos manuscritos a la luz de las velas en un pequeño templo a las afueras de Nimost. Los rayos oblicuos del sol poniente iluminaban el interior de la nave como cintas de ardiente luz dorada. Seguía la pista de un antiguo tesoro de los Rillië que había sido por muchas centurias custodiado por la Orden de Mórr. Sus limitados conocimientos de la escritura Rillië añadiendo la dificultad de la lectura de esos antiguos manuscritos, hacían de ello una labor pesada y a menudo descorazonadora. Ese don de las montañas, como se le solía nombrar bien podría tener alguna relación con aquella información que buscaba, aunque aún las pistas eran muy dispersas. Pero tal vez aquél rastro fuera el correcto. Así, sumida en los renglones cuidadosamente escritos sobre el viejo pergamino, no se percató de la llegada del escudero que con su voz la sacó de sus cavilaciones.
- Mi Señora, han llegado dos soldados de palacio. El Khútic requiere su presencia.
Rawa se sintió un poco fastidiada por aquella interrupción. Pero había sido un día productivo y bien podía dejarlo ya para más tarde.
- Gracias, Aodyn. Puedes retirarte y di a esos soldados que en seguida salgo – respondió Rawa.
Cuando el escudero se hubo retirado, Rawa echó una última mirada a los pergaminos para luego recogerlos todos y devolverlos a sus respectivos lugares de reposo. Salió al exterior y tras saludar cortésmente a los dos enviados de Allpa’huátl, montó el espléndido corcel que le habían traído para el camino de vuelta a la ciudad. Durante el trayecto interrogó a los soldados por el motivo de aquél llamamiento. Los soldados no sabían demasiado al respecto, pero dijeron que esa misma tarde había llegado un extranjero a la ciudad llevado por un ejemplar de las caballerizas tûgorianas y acompañado de un curioso animal de carga parecido al buey. Rawa pudo hacerse con ello una idea de lo que podía estar ocurriendo. Sonrió entonces con expresión maliciosa en su rostro.
Vio confirmada su sospecha al entrar al salón del trono, donde aguardaba Morlyg frente a Allpa’huátl, el rey y Orostalion. Dirigió una amplia sonrisa a Morlyg, al que no veía desde hacía tanto, igual que a muchos otros.
- Vaya, ¿qué tenemos aquí? ¡Me alegro de verte! – exclamó, acelerando el paso dirigiéndose hacia él.
- Yo también me alegro de veros, dama Rawa – respondió Morlyg respetuosamente.
- ¿Y qué nuevas traes de Híssuë? ¡Hecho tanto de menos el Estuario!
Fue Allpa’huátl quien respondió a esa pregunta.
- No son nuevas muy alentadoras, por cierto. Pero tendremos tiempo de hablar largo durante la cena. Sin duda Morlyg querrá ahora descansar y asearse tras el viaje.
Y fue durante la cena cuando Morlyg les expuso los detalles de la situación en Híssuë, al menos desde el punto de vista de sus propias observaciones. Al parecer, los ciudadanos empezaban a preocuparse por la prolongada ausencia del Khútic durante el invierno, amén de que por primera vez un Khútic no había presidido los actos y celebraciones del año nuevo Marllajtay. Morlyg temía que el descontento general estuviera aumentando y que determinados sectores del poder Marllajtay lo usaran en su favor. Tampoco ocultó su descontento a haber sido relevado de su cargo y sustituido nada menos que por Mar’ek Ýthuel, quien en más de una ocasión había alimentado la desconfianza de Morlyg.
- Mar’ek es el general más capaz de nuestro ejército. Mientras él esté al frente de la flota el estuario estará bien protegido – decía Allpa’huátl, quien extrañamente se hacía cargo de la situación que Morlyg relataba pero se comportaba con cierta indiferencia, algo que Morlyg no pudo llegar a comprender de si se debía a una falta de interés – cosa que nunca se le hubiera pasado por la cabeza hasta ese momento – o porque en cierto modo el Khútic conocía o intuía aquellos hechos, e incluso como si ya lo tuviera todo previsto.
Y a razón de Mar’ek llegó a la conversación aquello por lo cual Morlyg se había preguntado tantas veces. Pues lo cierto es que Allpa’huátl preparaba una campaña que él mismo comandaría, y precisaba de los servicios de un experto capitán como Morlyg. Aunque ello no aclaró demasiado las dudas del haradrim, pues el Khútic no dio más detalles, sólo dijo que los iría conociendo según fuera necesario. Tan solo debería estar listo para la partida en pocos días, cuando el Khútic lo requiriese.
Pasaron tres días desde la llegada de Morlyg cuando éste se reunió con Rawa, a petición de ésta, en una discreta taberna en el círculo externo de Nimost.
- ¿Estás convencida de lo que me cuentas? – exclamó intrigado Morlyg.
- Segura. Y pienso que debemos investigarlo cuanto antes. No creo que hoy por hoy sea muy seguro mantenerlo sin vigilancia. Por muy bien oculto que esté.
- ¿Lo sabe Allpa’huátl?
- Aún no – respondió Rawa -. Pero hoy lo sabrá. No se más que tú de lo que planea, pero esto seguro es más importante. Tú me ayudarás a convencerlo de emprender esta misión – finalizó Rawa guiñándole el ojo.
- Muchos secretos veo aquí… ¿seguro que anda bien todo entre vosotros? – dijo Morlyg con ligera sorna en su tono. Rawa hizo una mueca antes de responder.
- Hasta hoy no era más que una idea entremezclada entre viejas leyendas y mitos. No había motivo para distraerle de sus quehaceres aquí. Y la misión que prepara bien tendrá su razón para mantenerse tan en secreto.
- En fin, vaya dos. ¿Y ahora a quién tengo que seguir? ¿A ti en busca una idea envuelta en los misterios de leyendas antiguas o Allpa en su inquietante campaña secreta? – se indignó ligeramente Morlyg.
- Harás lo que decidas hacer – respondió Rawa guiñándole el ojo -. ¿No sueles hacerlo normalmente?
El cielo estaba despejado y la luna creciente facilitaba la marcha nocturna a través de las montañas iluminando la senda. Rawa, Allpa’huátl y Morlyg avanzaban lentamente a través de los angostos y empinados senderos, en ocasiones teniendo que tirar del asno que cargaba con los fardos y las provisiones para aquella extraña misión. Se encontraban en la región del curso superior del Ónonisíre, a apenas dos jornadas de marcha desde Nimost, aunque la expedición se prolongaba ya por cuatro días y los Marllajtay parecían dar tumbos sin rumbo definido.
- ¿Y no creéis que va siendo hora ya de dejar esto y hablar con los Templarios…? ¿o desistir definitivamente? – intentaba Morlyg por enésima vez hacer recapacitar a sus acompañantes -. Al fin y al cabo – continuó Morlyg, ahora dirigiéndose a Rawa – la documentación que has conseguido les pertenece, al igual que el taltaril, y no olvidéis que fueron ellos quienes se pusieron de nuestra parte ante el rey cuando llegasteis a Nimost…
Allpa’huátl, paciente, replicaba cada vez a Morlyg con las mismas palabras.
- Y por lo que hemos deducido, ni el rey ni los Rillië en general parecen estar muy al tanto respecto al taltaril. Y los Templarios no han soltado prenda. Pero será necesario conocer su paradero y el modo en que podemos usarlo en esta guerra que se avecina.
Había algo también extraño en todo aquello. Rawa había invertido incontables horas en investigar el paradero del taltaril de los Rillië y llevaba consigo numerosos documentos y mapas que había consultado durante la travesía – aunque la información, a la vista estaba, no había sido muy concisa hasta el momento. Pero el caso de Allpa’huátl era distinto. Aunque hubiera investigado el asunto, sus responsabilidades en el Palacio de Plata no debían haberle dado mucho respiro y tampoco le había visto consultar la información que había recopilado Rawa, ni tampoco hacer demasiadas preguntas al respecto. Y si lo creía conveniente no tenía reparo en indicar él la dirección a seguir en cuanto surgían las dudas. Parecía moverse por instinto o guiado por alguna presencia invisible.
- Estamos muy cerca… el nacimiento doble se encuentra en esta región… y la fuente de poniente… - empezó a decir Rawa.
- Es por allí – dijo Allpa’huátl con rotundidad, señalando hacia el este. Morlyg y Rawa miraron en la dirección que señalaba Allpa. Tres imponentes cimas se alzaban allí donde el valle se cerraba, recortándose contra el cielo estrellado. A la derecha de los tres picos, justo en el lugar donde señalaba el dedo del Khútic, se abría un estrecho paso rocoso, parcialmente oculto tras una loma. Morlyg exhaló un discreto suspiro, sin ánimo de protestar. El asno pareció estremecerse, como previendo lo que le esperaba.
- ¿Estás seguro? – preguntó Rawa.
- Sí. En marcha.
- Pero... ¿cómo…? – empezó a decir Morlyg al tiempo que Rawa y Allpa’huátl empezaban a avanzar de nuevo.
Los viajeros iniciaron el duro ascenso a través del estrecho y oscuro valle cubierto aún de nieve. Tras cruzar el denso bosque de hayas que ascendía por la ladera oriental de la montaña hasta media altura accedieron a una morrena parcialmente cubierta por la nieve que ascendía aún con más desnivel si cabe, hasta la cima de la loma tras la cual se debía encontrar el paso que indicó Allpa’huátl desde abajo. El ascenso fue lento y pesado, difícil para los Marllajtay, prácticamente una odisea para el asno de carga.
Al fin, cuando las primeras luces del alba empezaban a hacer desaparecer las estrellas llegaron a lo alto, descubriendo ante ellos el más meridional de los tres picos al otro lado de una pequeña garganta surcada por un arroyo que se precipitaba alegremente hacia el valle de la otra vertiente. Los Marllajtay recorrieron con la mirada el curso del riachuelo hasta perderse abajo entre la bruma matutina. Pero en sentido contrario, se percataron de que el agua surgía de una abertura en el hielo aunque su curso parecía discurrir desde una altura más elevada, abriéndose paso bajo la blanca cubierta de la garganta.
- ¡Tenías razón! ¡Es allí! – exclamó Rawa señalando el punto donde debía encontrarse la fuente que alimentaba el riachuelo, oculta tras el hielo y la nieve, que formaban curiosas formas como una cascada detenida en el tiempo -. Seguro que éste es el otro afluente de la formación doble del Ónonisíre meridional. Y aunque su curso transcurre hacia el este… ¡ésta fuente se encuentra en la vertiente occidental de la montaña!
No fue fácil la tarea de investigar los alrededores a causa de la capa de nieve y hielo que aun cubría esas altas tierras, pero al fin dejaron al descubierto una amplia abertura en la roca que daba acceso a una gruta. Por la talla y el pulimento de sus paredes y techo, los Marllajtay dedujeron que el escondite era aún utilizado y mantenido, por lo que sospecharon haber hallado al fin el lugar que buscaban. Ahora bien, la prudencia que mostraron a la hora de traspasar el umbral quedó bien justificada cuando Allpa’huátl descubrió a lo largo de la galería, en el suelo, distintos resortes que muy probablemente activaban mecanismos de defensa para la protección de del lugar frente a intrusos.
El último obstáculo que debieron salvar fue una pesada puerta de piedra que les impedía el paso al final del túnel. Morlyg logró hábilmente forzarla y abrirla, aun resultando herido en una mano a causa de una afilada hoja que se liberó en el momento de manipular la cerradura. El accidente pudo ser peor, pues el mecanismo estaba listo para rebanar la muñeca del intruso al accionarse. Pero finalmente los Marllajtay accedieron a una sala redonda únicamente provista de un pedestal sobre el que descansaba un extraño objeto, que identificaron rápidamente. A la luz de las antorchas, el taltaril de los Rillië emitía destellos verdosos sobre su negra y brillante superficie.
- ¡¿Lo… lo encontramos?! – exclamó Rawa, abalanzándose hacia la piedra. Un lazo voló a su lado y acertó cerrándose en torno al taltaril. Tras el tirón, éste se desplazó levemente sobre el pedestal y ocho lanzas surgieron del suelo alrededor del pedestal, justo delante de Rawa que se había detenido en seco.
- Te has precipitado. Muy mal hecho – la amonestó Morlyg quien, desde la distancia arrojó su capa doblada al pie del pedestal y mediante un último tirón del lazo el taltaril cayó sobre la capa con un sonido sordo. Nada más ocurrió y Morlyg se atrevió a recogerlo del suelo. Lo observó unos instantes, ensimismado, para al fin darse la vuelta y entregárselo a Allpa’huátl. Al verlo, éste pensó en la preciosa piedra verde que los Marllajtay extraen de las profundidades de las Andië.
- Jadl’amah… la joya de las montañas – dijo para sí mismo.
- Alto ahí. Depositad el objeto donde lo habéis encontrado y marchaos. No sois bienvenidos a este lugar.
Los Marllajtay se volvieron sorprendidos hacia la puerta de la sala, donde tres hombres oscuros blandiendo sus armas y luciendo esos inconfundibles emblemas en sus túnicas les cerraban el paso. Sin duda en templarios de Morr; como los Marllajtay habían deducido previamente, eran ellos los que guardaban el taltaril de los Rillië y lo ocultaban incluso de sus propios paisanos.
- Entonces no nos hemos equivocado – dijo Allpa’huátl cortando el avance de Morlyg con el brazo, quien ya había desenfundado su cimitarra -. Es éste ciertamente el taltaril de tierra de los Rillië… y, ¿por qué deberíamos abandonarlo aquí y marcharnos, en lugar de llevarlo a Nimost y ofrecerlo al pueblo al cual pertenece?
Sus palabras no fueron bien recibidas por los templarios y la tensión creció haciendo prever un mal desenlace. Pero los Marllajtay sabían que en igualdad numérica y con el taltaril ya en su poder, se encontraban en ligera ventaja para intentar la huída. Y al fin y al cabo, el adiestramiento que habían recibido en la lucha cuerpo a cuerpo – en especial Rawa y Allpa’huátl – no tenía nada que envidiar al que pudieran haber recibido los templarios. Éstos parecían también comprender la situación y, aunque desafiantes y ocultando su recelo al enfrentamiento, intentaron persuadir a los Marllajtay de cejar en su empeño y regresar por el medio de las palabras.
- Pero no es seguro esconderlo en estas montañas, quizás lo fue en el pasado, pero no ahora. Estará más seguro en Nimost. Es el pueblo de Nimost, no el rey ni los Templarios, quien deberá decidir sobre el lugar en el que se oculte hasta que sea necesario usarlo en la guerra – argumentaba Allpa’huátl.
La discusión se prolongó, no queriendo ni unos ni otros ceder en sus pretensiones. El hecho de que en ningún momento guardaran de nuevo las armas alimentaba la tensión y dificultaba el diálogo. Aún así, los Marllajtay hicieron valer su pequeña ventaja para acorralar a los templarios ante la realidad: tanto si regresaban a Nismot con o sin el taltaril, su existencia se conocería entre los Rillië y eso no favorecía a los intereses de la Orden de Morr; por otro lado, asesinar al Khútic de Híssuë y a su esposa allí mismo junto con su acompañante podía ser aún un mal peor. Así fue entonces que finalmente el taltaril regresó a la capital de los Rillië y fue ofrecido al pueblo por Allpa’huátl de Híssuë, quien se comprometió a velar por su seguridad y mantenerlo a buen recaudo mientras fuera necesario.