Narlome (Anochecer del Fuego), el Taltaril de los Hohunamae ha sido descubierto por una de las compañías del clan Marllajtay en las proximidades de Tugore (82ºE 44ºN)

Descubrimiento De Un Taltaril De Fuego
Escribiéndose...La música sonaba alegre e ininterrumpidamente en el amplio salón del Palacio de Plata de Nimost. La luz dorada de las numerosas antorchas cuyas llamas parecían danzar al ritmo de la música inundaba la estancia en un ambiente cálido y acogedor. Los platos de la cena habían sido ya retirados y ahora los barriletes de cerveza y las docenas de botellas de cerveza abarrotaban las mesas dispuestas a lo largo del salón. Todo el pueblo de Nimost había sido invitado a la gran fiesta, aunque por supuesto, por motivos de espacio, no todos se encontraban allí, sino que se congregaban en la gran plaza del palacio. Allí los ciudadanos, libres como podría decirse, de las refinadas formas y del protocolo que exhibían los nobles en el palacio, festejaban con ruidoso entusiasmo cantando, riendo, bebiendo. Uno podría encontrarse con casi cualquier tipo de actividad festiva dándose un paseo por la plaza y los alrededores: había grupos de personas realizando extrañas y curiosas exhibiciones de malabarismo y acrobacias, otros representando fragmentos de conocidas leyendas de la historia de los Rillië, algunos formaban grandes corros alrededor de espacios circulares que se habían habilitado espontáneamente para celebrar peleas de gallos. No faltaban aquellos que cantaban y tocaban sus instrumentos a lo largo y ancho de las calles, ni los que se apelotonaban alrededor de los más ancianos para escuchar sus increíbles historias. Incluso había quien había aprovechado la ocasión para exponer allí sus productos gastronómicos y de artesanía intentando llevarse un sobresueldo a casa.
Aquél había sido un gran día de festividad en Nimost, pues se celebraba que por fin habían concluido las obras de reparación y ampliación de los puertos, que habían sido inutilizados por las tropas de Volga. Los Rillië veían en este hecho el punto de inflexión que volvería a restablecer el comercio río abajo, y hacia el norte con los pueblos de Hyarmenyalaire, y así iniciar la remontada de su maltrecha economía, tras el duro invierno y más duro aún el sitio al que habían sido sometidos por el enemigo. Allpa’huátl contemplaba la escena solemne y satisfecho desde su sitial en el fondo del gran salón. Junto a él, a su derecha, se encontraba Rawa con una mirada de satisfacción en su rostro. Y a su izquierda descansaba el rey Turmor, con una expresión mucho más seria y distante. Desde que habían empezado a servir las copas y las reservas de cerveza del salón habían sido repuestas tras la cena, el jolgorio había ido en aumento y ya los presentes, miembros de la nobleza de Nimost y altos cargos de los ejércitos Marllajtay y Rillië, habían empezado a perder sus recatadas formas. Aunque la mayoría se encontraban aún sentados alrededor de las largas mesas, un notable grupo se disponía alrededor de los músicos, bailando y cantando con ellos. Muchos se habrían paso de un lado a otro dirigiéndose a intercambiar unas palabras con otros de los presentes, o tal vez buscando algún barril de cerveza que aún albergara en su interior algunos onzas de su dorado brebaje. Allpa’huátl reparó en un pequeño grupo de jóvenes – y otros no tan jóvenes – que hacían corro sentados alrededor de un anciano.
- Parece que allí alguien tiene historias interesantes que contar – comentó Allpa’huátl a su esposa inclinándose hacia ella y señalando al anciano con la mirada. Rawa sonrió en un gesto aprobador y con un atisbo de suspicacia en sus ojos, pero no respondió -. Ahora vuelvo, voy a ver qué cuenta.
- Está bien querido. Ten cuidado, no sea una oscura historia que luego te impida conciliar el sueño – dijo Rawa con una sonrisa maliciosa mientras Allpa’huátl se levantaba del sitial. No pareció escucharla, o ignoró su comentario mientras se encaminaba hacia el pequeño corro. Turmor le observó fijamente sin decir nada, hasta que volvió a centrarse en sus pensamientos. Al cabo de un rato se levantó cogiendo su jarra y se dirigió hacia unos cuantos nobles que se encontraban cerca.
Allpa’huátl llegó hacia donde el anciano se encontraba. Aunque de avanzada edad, no era tan anciano como le había parecido en un principio. Se podía considerar corpulento, vestía ricos ropajes aunque desgastados y raídos por el tiempo y el uso. Tenía todo el aspecto de un veterano de guerra. Su voz reflejaba la sabiduría de aquél que había realizado numerosos viajes a lo largo de su vida y había conocido muchos pueblos y culturas distintas. El hombre alzó la mirada cuando vio sentarse al Khútic de Híssuë junto a los demás espectadores. Le sonrió breve y casi imperceptiblemente y a continuación prosiguió su relato, volviendo la mirada a un lado y otro observando a su audiencia.
- … en realidad son un pueblo bondadoso y afable a pesar de su aspecto: pues tienen la piel extremadamente oscura, casi negra podría decirse y el blanco de sus ojos resalta enormemente en su rostro, pareciéndonos a nosotros de una extraña agresividad, injusta a mi parecer… pues como ya os he dicho son bondadosos y también muy sabios.
“La primera vez que conocí a uno de los Hohunamae fue en Ninkwitil, cuando me encontraba en una misión de apoyo a las defensas de la ciudad, que en aquella época estaba teniendo graves problemas con los corsarios del Golfo de las Tempestades.”
El hombre se recreó en el relato de sus luchas en Ninkwitil contra los atacantes de la ciudad y de cuando patrullaba las costas reteniendo la entrada de piratas en el río que pudieran llegar hasta la ciudad a través del río. El interés de Allpa’huátl en su relato volvió cuando el anciano volvió hablar de los Hohunamae.
- Sí, su hogar está lejos, más aún de lo que Ninkwitil se encuentra de Nimost. Viven en una isla en el sur más remoto de Rómenor. Tol-Peredrûg la llaman. Protegida por las fuertes corrientes entre los mares del este, el oeste y el Golfo de las Tempestades, es realmente arriesgado intentar alcanzarla: muchos barcos han naufragado en esa zona, a pesar de la mísera anchura de los estrechos que separan la isla del continente. Algunos dicen que sólo los Hohunamae conocen una ruta segura para llegar a ella sin arriesgarse a sucumbir a las aguas. Eso es lo que les ha permitido mantener un comercio fluido con los pueblos cercanos del continente…
Un murmullo de desaprobación se escuchó entre los presentes, que se habían mantenido atentos durante todo el relato, ajenos a los cánticos, voces, risas, entrechocar de jarras y cualquier otro sonido que se produjera en aquél mismo salón. Allpa’huátl sin embargo, se mantuvo en silencio aguardando a que el anciano prosiguiera su relato.
- Eso son cuentos de niños – se oyó la voz de un chico desde detrás del corro.
- No, no son cuentos, hijos míos – replicó el anciano -. Pero no os sorprendáis todavía. Pues algo más increíble aún se cuenta de los Hohunamae. Y podéis hacer bien en contrastarlo con vuestros propios conocimientos de la historia de Rómenor para creerlo. Pues Tol-Peredrûg ha vivido siempre bajo la continua amenaza del mal que habita en el este, en lo profundo del océano. Los Hohunamae se han enfrentado a lo largo de los siglos a extrañas y diabólicas criaturas marinas que han logrado llegar hasta la isla atravesando las traicioneras corrientes. Sin duda los Marllajtay podrán imaginarse cuáles son los peores enemigos surgidos de las profundidades a los que se han tenido que enfrentar los Hohunamae.
El anciano lanzó una extraña mirada a Allpa’huátl, al cual se le había ensombrecido la expresión al pensar en esas abominables criaturas.
- Y a pesar de todo esto, los Hohunamae han logrado contener todo este mal y sobrevivir en su isla todo este tiempo -. El aciano hizo una larga pausa, como si revolviera en sus pensamientos -. … es como si un poder divino protegiera esa isla de los peligros del exterior… como si hubiera un escudo protector a su alrededor. ¿Alguien recuerda la historia del rey élfico Thingol y el Cinturón de Melian?
Allpa’huátl había oído hablar de aquella extraña leyenda de la antigüedad, del reino protegido de Thingol y del poder que lo aislaba del mal, aunque no mucho más que eso conocía de la historia.
- ¡Allpa! ¡Deja estar los cuentos para otro día y ven a bailar! ¡Ahora es momento de celebrar! – se escuchó la voz de Rawa desde el barullo general.
Allpa’huátl la miró divertido. Aunque era habitual que los príncipes Marllajtay bailaran en las fiestas junto con los demás, para los Rillië era algo insólito que los reyes desataran su alegría de aquél modo en las celebraciones. La gente miraba sorprendida a Rawa, que llevaba rato bailando entre los congregados alrededor de los músicos. Allpa’huátl se levantó y se dirigió al anciano.
- Un placer escuchar tu relato. Espero que en otra ocasión podamos encontrarnos para que me relates más historias. Empezando por la de Thingol y Melian. Nitza!
- En cuanto desees, Zôr-Khútic.
Una pequeña comitiva, pero suficiente para llevar a cabo la misión encomendada, cruzaba las tierras boscosas al oeste del Sílnén, siempre avanzando hacia el sur. La encabezaban Allpa’huátl, Morlyg y Rawa por parte de los Marllajtay y Orostalion les acompañaba en representación de los Rillië, aunque no de su rey, que desaprobaba todas las decisiones que se tomaban desde la llegada de los Marllajtay a Nimost, a pesar del escaso apoyo que tenía. Pero aún más razón tendría para su enojo si hubiera conocido el verdadero objetivo de la comitiva: si hubiera conocido la noticia del hallazgo de la legendaria gema de los Rillië. Probada su existencia y su ocultamiento a su conocimiento durante tantos años y ahora huyendo hacia el sur en manos de aquél conquistador extranjero de rostro afable.
La comitiva había sido organizada bajo la petición del Khútic de Híssuë. Los más nobles y fieles de los soldados Marllajtay y Rillië, y también varios estudiosos, científicos y sabios, habían sido cuidadosamente seleccionados días atrás, pues no se deseaba por el momento comunicar la noticia del hallazgo de Oronmiril. Pues su objetivo inmediato era Ninkwitil, donde Allpa’huátl esperaba encontrar información acerca de los Hohunamaë. Aquella noche en la fiesta del Palacio de Plata empezó a gestarse en él la idea de que la historia narrada por el veterano soldado fuera cierta. Y que quizás el secreto de los Hohunamaë no fuera otro que la posesión de una de aquellas gemas. Había oído decir que tenían el poder de proteger a los pueblos que las poseían, así como de estimular el desarrollo de sus culturas.
Y además Allpa’huátl contaba con la presencia de Morlyg en sus filas. Tampoco era aquella la misión para la que lo había hecho venir desde Híssuë – para el desencanto de Morlyg, a causa de las circunstancias. Esta vez la experiencia en la navegación del Haradrim sería de una gran utilidad si la comitiva debía embarcarse hacia Tôl-Peredrug, lo que se presumía muy probable, si resultaba que los Hohunamae realmente poseían un taltaril.
Tras más de una semana de marcha, la comitiva llegó a Ninkwitil cansada y escasa ya en provisiones. Pero esa etapa había concluido y no se marcharían de allí al menos en los próximos días. Tendrían tiempo de descansar aunque era ahora realmente cuando empezaba la tarea más agotadora: indagar, no sin discreción, en aquella ciudad. Deberían frecuentar las tabernas y los lugares más frecuentados en busca de información sobre el pueblo de los Hohuhnamae y de los taltarillli. Rebuscar entre miles de documentos en las bibliotecas e inspeccionar los lugares de culto y otros edificios históricos. Pasaron cuatro días de escrupulosa investigación y las historias y escritos sobre los Hohuname se sucedían uno tras otro, aunque no muy variados. Pero parecían corroborar lo que había sabido Allpa’huátl en Nimost y otros hechos aún más insólitos. Pero ninguna mención al origen de la resistencia de los Hohunamae a los peligros que les habían acechado durante toda su existencia. Ninguna mención a ningún taltaril. Durante la noche de ese cuarto día de búsqueda, Allpa’huátl, Rawa, Orostalion y Morlyg discutían los próximos movimientos a realizar en aquella misión que parecía abocada al fracaso. Sólo Allpa’huátl parecía esperanzado aún por continuar la búsqueda. Ahora bien, no contaba con el apoyo de los otros tres.
- Puedes montar una comisión que se encargue de esto. Al menos de buscar información – aconsejaba Morlyg -. No entiendo por qué te empeñas en seguir con esto, cuando deberías regresar a Híssuë y restablecer el orden. La situación se esta convirtiendo en…
- Suficiente, no sigas -. Le cortó el Khútic -. ¿Crees que no me hago una idea de lo que sucede en mi tierra? ¿Crees que no lo había previsto? Era inevitable; una situación que se ha estado gestando durante años. Sí, tal vez mi ausencia esté acelerando los acontecimientos, pero eso iba a ocurrir tarde o temprano. La forma de proteger a los Marllajtay y lograr la unión y concordia entre ellos es demostrándoles que existe una alianza entre los pueblos del sur, en especial entre los Borhala, y que contamos con el poder protector de los taltarilli y el liderazgo eterno de Zôr-Khôndor.
- Pero podríamos apaciguar los ánimos mientras alguien se encarga de las investigaciones… - intervino Rawa.
- Y yo temo por Nimost – dijo Orostalion -. No es de mi agrado estar aquí sin el consentimiento de mi señor. Y aún menos después de estar ocultándole tantas cosas. Creo que todo el pueblo de los Rillië debería conocer la noticia del hallazgo de su taltaril y saber que será guardado y protegido de manos inadecuadas.
La conversación proseguía y la taberna iba quedándose vacía. Rawa advirtió un hombre encapuchado y atabillado con una larga y oscura túnica sentado en un rincón. Éste alzó la mirada y Rawa advirtió unos brillantes ojos destacándose en una tez oscura bajo la sombra que proyectaba su capucha. Éste hizo señas como indicándole que se acercara a él, a lo que Rawa respondió con un gesto interrogativo en su rostro. Esto fue advertido por Allpa’huátl y seguidamente buscó el objetivo de su mirada. El encapuchado movió la cabeza negativamente mirando a Rawa y acto seguido se dirigió a Allpa’huátl, indicando esta vez más claramente su deseo de que se acercara. Allpa’huátl murmuró algo a sus acompañantes, y éstos asintieron con la cabeza. El Marllajtay se levantó de su asiento y se encaminó hacia el rincón donde se hallaba el encapuchado sentado frente a una pequeña mesa.
- Saludos, gran Khútic de Híssuë – dijo pausadamente el encapuchado -. Ven, siéntate conmigo un rato. Verás que traigo noticias que posiblemente te interesen.
Allpa’huátl titubeó un instante, sorprendido de que aquél extraño le conociera. Aún incluso que aquél hombre lo conociera de algo o alguien se lo hubiera descrito, le habría tenido que resultar difícil reconocerlo con el atuendo que llevaban él y sus compañeros en aquella ocasión. Sin responder al saludo del desconocido, se acercó más a la mesa y se sentó frente a él.
- Nitze. Sin duda tendré el placer de conocer el nombre de aquél que parece saber algo de mí, al menos de mi procedencia y rango.
- Por supuesto. Mi nombre es Phoros y procedo de Tol-Peredrûg. Algunos otros de los míos están en la ciudad. Tenemos la misión de interceptar la comitiva de los Marllajtay y Rillië y guiarles en su misión.
Allpa’huátl estaba desconcertado ante aquél hombre y lo que pudiera saber de lo que trataba de recuperar. Y había sido también muy directo. Si de verdad sabía cuál era el objeto de su comitiva, ¿debería ayudarles así sin más? Trató de conservar la calma y averiguar cuanto pudiera de Phoros antes de que éste pudiera obtener más información del propio Allpa’huátl.
Ambos conversaron durante una media hora bajo la atenta mirada, a veces intranquila, de Morlyg, Rawa y Orostalion. Esa conversación trascendió más de lo que cabía suponer y en ella se hablaron de importantes hechos de la historia de Rómenor y de los acontecimientos, no menos importantes, que se estaban sucediendo desde el inicio de ese mismo año; acontecimientos que ya habían estado gestándose en los últimos años y que no eran desconocidos para todos los habitantes del continente. En numerosas ocasiones a lo largo de la conversación aparecieron los nombres de Balcnîn y Norno, y también los taltarilli tuvieron un papel destacado en la charla. Al día siguiente, una embarcación de los Hohunamae debidamente preparada con antelación, zarpaba de los puertos de Ninkwitil río abajo hacia el Golfo de las Tempestades. Su destino no era Tol-Peredrûg, como habrían podido esperar Allpa’huátl y sus compañeros, sino el Nendataure, la misma región que había estado desde hacía meses bajo el poder Marllajtay.
La multicultural compañía atravesaba una vieja senda a través de una de las zonas más boscosas y densas del Nendataure: al este del Ertasíre y de la unión de los Siete Ríos extendiéndose hacia las faldas de las Ered Mithdraug. Morlyg ya había viajado por esas tierras cuando buscaba el Gran Martillo de los Enanos. Pero aquella región inhóspita y oscura le resultaba tan poco familiar como a cualquiera de sus compañeros, que nunca la habían atravesado. Los Hohunamae les guiaban por senderos tortuosos y colmados de maleza que evidenciaban un desuso desde hacía incontables años. Pues los Marllajtay no se habían adentrado aun demasiado en esos bosques, no mucho más allá de los márgenes del río; tampoco los Isgur tenían presencia allí, pues estos siempre habían habitado los bosques del norte, y no solían a ir mucho más al sur de Tûgore.
Ahora, todo cuanto Morlyg habría podido decir su situación, era que marchaban hacia el norte y que en algún momento alcanzarían la senda que conducía a Casararanie, la cual había recorrido meses atrás. “Hasta ahora has sabido elegir correctamente el camino a tomar. Pero deberás cuidar tus pasos ahora más que nunca porque la senda se volverá cada vez más tortuosa y te será fácil confundirte. Y aún falta camino por recorrer hasta que hayas alcanzado tu destino en estas tierras tan lejanas a tu hogar.” Morlyg no se sentía nada aliviado tras las palabras de Phoros. Había habitado durante tantos años en Rómenor, sin recibir indicios que confirmaran lo que había estado discurriendo desde aquella tormenta en el mar. Ahora, estos empezaban a sucederse, pero de forma tan enigmática, que no hacían más que confundirlo.
Marcharon durante tres días y alcanzaron al fin una hondonada extrañamente oculta pocas millas al este de la unión del Otsosíre y el Ertasíre. Desde las colinas cercanas habían contemplado poco antes la masa boscosa que descendía uniformemente hacia el valle. Pero al poco de comenzar el descenso, el sendero empezó a penetrar una zona rocosa y a descender más abruptamente. El terreno se alzó a banda y banda del sendero y rápidamente se encontraron caminando entre dos altas paredes de roca en medio de una oscuridad casi tétrica y un silencio sofocante. Muy por encima de sus cabezas, las copas de los enormes árboles se cerraban sobre ellos impidiendo la llegada de la luz.
Phoros y Allpa’huátl encabezaban la marcha a cierta distancia del resto, de modo que nadie alcanzaba a escuchar su conversación.
- Eres sabio a pesar de tu juventud y comprendes los hechos de este-nuestro-mundo de forma notable – decía Phoros -. Pero el bosque es inmenso y no puedes llegar a entender toda su complejidad si lo contemplas frente a uno sólo de sus árboles.
- ¿Quieres decir que mis conocimientos son erróneos porque sólo responden de un modo directo a los acontecimientos de Híssuë?
- No erróneos diría… más bien incompletos. Veneras al Gran Ave, Zôr-Khôndor como lo llama tu pueblo. A él le otorgáis el título de protector de vuestro pueblo, desde que os condujo a Rómenor para alejaros del mal que crecía en las Grandes Tierras. Le veneráis y le agradecéis la protección que ejerce sobre vuestro pueblo. Pero en realidad deberíais agradecéroslo a vosotros mismos, a vuestro valor y a vuestra voluntad. Pues eso es lo que os ha permitido alzaros y progresar. Aunque también ha influido en ello el poder que ejerce sobre vosotros vuestro taltaril de tierra, igual que Narlome ha volcado hacia los Hohunamae su poder.
Allpa’huátl, como los demás, seguía tremendamente confundido respecto al supuesto taltaril de los Marlajtay. No alcanzaba a imaginar dónde debía encontrarse, si realmente existía, y se preguntaba cómo era posible que la gema hubiera estado en poder de su pueblo durante el paso de los siglos sin que pudiera haber encontrado referencias a ella en las historias de Híssuë.
- Averiguarás su paradero, los acontecimientos te llevarán a ello – dijo Phoros como lo leyendo sus pensamientos -. Pero como te decía, el Gran Ave, Thorondor el Rey de las Águilas, no es más que el Guía que os llevó a estas tierras por entonces seguras, para que pudierais desarrollar vuestro papel en la historia del mundo. Una pieza más de toda esta complejidad del bosque de la que te hablaba. Pues muchos dioses habitan en el mundo. Unos dominan las aguas, otros los vientos, rocas y fuegos, así como los seres vivos, plantas y bestias, criaturas de los mares. De uno de ellos has oído hablar recientemente, pues Morlyg y Rawa lo conocieron en el Oráculo de los Maiar. No es otro que Norno, protector de Rómenor enviado a este continente para ayudar a sus pueblos en la lucha contra Balcnîn, el discípulo oscuro de Ulmo, que habita en su morada de hielo, quien en un principio debía de guardar las Puertas de la Mañana para evitar que nunca le mal volviera a resurgir.
La hondonada terminó de pronto en una alta pared sin que se apreciara ninguna salida que no fuera volver sobre sus pasos. La maleza cubría la pared frente a ellos encaramándose muchos pies sobre sus cabezas, tratando de hallar la luz que nunca penetraba allí. Salvo en un punto en que un rayo de luz penetraba la masa de ramas y hojas en lo alto y que iluminaba una sección rectangular de la pared. Tras la vegetación iluminada, la oscuridad parecía acechar detrás. Phoros se detuvo y se giró hacia la comitiva.
- Hemos llegado. Allpa’huátl me acompañará. Los demás deberéis esperar fuera.
A pesar de alguna protesta, Allpa’huátl y Phoros marcharon solos y casi desaparecieron tras la vegetación que cubría la pared rocosa. Los que esperaban observaron sus siluetas ascender parcialmente ocultas tras la maleza y los arbustos hasta que al fin aparecieron en el lugar donde el haz de luz del mediodía incidía sobre la ladera. Allpa’huátl vio que la oscuridad que se intuía desde abajo provenía de una abertura en la roca, como un túnel que penetraba horizontal en la tierra. Phoros encendió una tea e invitó al Khútic a seguirle hacia el interior.
Atravesaron el túnel en poco tiempo, pues no era muy largo, y al final se habría una cavidad ligeramente más amplia que el resto del pasadizo. El agua se escurría perezosa pared abajo al fondo de la cavidad y formaba un riachuelo que atravesaba oblicuamente hasta un charco desde donde el agua se filtraba nuevamente al interior de la tierra. Entre la pared y el riachuelo se alzaba una especie de sitial de piedra decorado y flanqueado por extraños bustos de rostros cilíndricos con boca y ojos desproporcionadamente grandes. Sobre el sitial descansaba un pequeño pedestal cubierto un lecho de leña y piedras encima del cual se exhibía una gema oscura. El conjunto adquiría el aspecto de un extraño altar.
- He aquí a Narlome, el Anochecer del Fuego, que desde esta oscura caverna proyecta su poder sobre la isla de los Hohunamae – dijo Phoros, mostrándole el taltaril. La gema era negra y brillante, del tamaño de un huevo de cuervo aunque de superficie ligeramente más irregular. Cuando lo observó de cerca, Allpa’huátl vio que su color no era uniforme, sino que en su superficie aparecían pequeñas vetas de tonos ocres y marrones.
- ¿Lo habéis escondido aquí a lo largo de los siglos? – preguntó sorprendido Allpa’huátl.
- Este lugar fue bendecido en tiempos olvidados y nadie podría hallarlo si no ha sido antes autorizado. Aunque limitado, el poder de un taltaril es capaz de proyectarse en la distancia sobre el pueblo que lo posea – explicó Phoros -. Y ahora ha llegado el momento de la partida. Es el momento de que los tres taltarilli de los pueblos del sur sean reunidos y su poder ayude a los hombres en la guerra que se avecina. Toma a Narlome y llévalo.
- Pero… ¿cómo deberían ser usados? ¿Y qué pasa con vuestro pueblo? ¿Lo entregáis sin más? – replicó Allpa’huátl, aún confuso.
- Nosotros no tomaremos parte en la lucha junto a vosotros, nuestra misión es otra. Y el poder de Narlome ahora deberá ser enfocado hacia otros objetivos. Y como ya te dije, los acontecimientos te guiarán. Ahora tómalo y vuelve con tu gente. Aún debes averiguar el paradero de vuestro taltaril de tierra y forjar una alianza sólida entre los pueblos del sur de Rómenor. Y deberás empezar por las divisiones internas de tu propio reino.
Allpa’huátl asintió y cogió el taltaril de su pedestal. Lo llevó entre sus manos frente a él recorriendo el pasadizo hacia el exterior. Cuando apareció de nuevo en la abertura de la ladera, todos los que esperaban abajo vieron relucir un estallido de luz rojiza que se desprendía de aquél punto iluminado por el la luz limpia y directa del sol.
Al llegar al pie, sujetando el taltaril entre sus manos, fue Allpa’huátl el primero a dirigirse a los expedicionarios.
- Es hora de proseguir la marcha. Nos dirigimos a Tûgore.