La Guerra de los Clanes

Tiempos Aciagos. Capítulo 1: ¡ORCOS! (De Los Hechos Ohtalôsse)

Terminada
Escrito el 01-05-2009 15:35 #1

La música había cambiado en el Este, su sinfonía de tonos suaves y gélidos había cambiado ahora el rumbo de las aguas, y la brisa que se posaba sobre las olas. El cambio de ritmo llego a la cúspide del Soronnórië, llamando la atención de las Águilas que alzaron el vuelo rumbo al Este, lejos de Romenor.

Escrito el 01-05-2009 17:55 #2

Eran altas horas de la noche en la taberna de "El Guerrero Rojo" y comenzaban a entrar por la puerta los guardias del turno que acababa de terminar. La bebida refrescaba sus gargantas, descansando de su fatiga mientras comentaban todo lo que había pasado a lo largo del día. Erkâno presto atención a lo que pudiera oír, pero parecía ser que no había mayor novedad en lo que ya conocía. Hacía varias horas una de las compañías había regresado a la capital, era según parecía la que había llevado la campaña contra Nirent, quien se había visto obligada a regresar con las manos vacías. Lo raro de aquel regreso es que por lo que comentaban, todos, incluso los caballos, habían regresado al borde de la extenuación. Razón por la que a todos los soldados de la compañía se les había ordenado descansar en los cuarteles sin poder ser molestados, e incluso a los heridos se le había atendido y dejado descansar en salas separadas del resto. Aquello y que los dirigentes de la compañía, Angárato y Dâira, no hubiera dejado de estar reunidos con los altos cargos de la ciudad no hacía vaticinar nada bueno.

Erkâno tomo un paño húmedo y la refregó contra la barra, haciendo un esfuerzo en limpiar aquellas eternas manchas. Dando por hecho que de poco más se enteraría en lo que quedaba del día. Nada más lejos de la realidad, pues mientras refregaba aquel mustio trapo sobre la barra, el clamor de los cuernos que llamaban a los hombres a la batalla resonó en el silencio de la noche. La mirada de los soldados que bebían en El Guerrero Rojo se elevó al cielo separándose de sus jarras, como se separó también la de Erkâno de la mancha. Y en silencio todos comenzaron a salir a la calle, comenzando a estar Târâtië abarrotada por la gente que salía de las tabernas, los cuarteles y sus casas.

Bajo la luz de la ciudad, los soldados se precipitaron a tomar puestos en las murallas, mientras un inicial caos reinaba en lo alto de esta. Lluvias de flechas se disparaban desde lo alto mientras que la incertidumbre de contra quien se luchaba crecía a nivel de suelo. Inmensas piedras brotaron entonces desde el otro lado de la muralla, de las cuales en algunas parecían estar atados cuerpos. La multitud se agazapo esperando el golpe, y con el romper de las tejas una palabra se elevo impulsado por la fuerza de varias voces: - ¡ORCOS! -

Orcos, cientos de orcos abarcaban en aquellos momentos la planicie frente a Ohtalôsse. Habían salido de la noche de entre los árboles colindantes, y aún algunos de ellos se encontraban bajo la seguridad de éstos. Gimbgûl, contempló la capital nurulantar mientras junto a él silbaban flechas y volvían a disparar los onagros. Acarició el anillo de ónice y tomo nuevamente con firmeza su cayado. Era mayor quizás, pero ¿cuando hubo diferencias de edad en la guerra? Levanto y bajo con energía su cayado, su cetro de mando, y una nueva oleada de flechas y piedras broto de las filas orcas. La guerra estaba servida.

Escrito el 02-05-2009 17:45 #3

El camino había sido largo y cansado. La mayoría de la tropa había bordeado la costa norte del Kelkaranî, desde los insalubres marjales de Dasarohe, en dirección a Osto Ohtalôsse.

El fallido asalto a Nirent había dejado muchos heridos, entre ellos el propio arken, pero sólo los más graves habían sido embarcados en dirección a la capital, el resto se desplazaba lentamente hacia el Oeste, siempre cerca del mar.

No todos estaban heridos, ni mucho menos; aun seguía siendo una Compañía de Narwä Hilyatâri, marcial y en perfecta formación de marcha, pero una sombra gris planeaba sobre muchas frentes y los hombros parecían más abatidos de lo normal. Habían sufrido una derrota, no era la primera ni sería la última, pero el ánimo de los soldados se resentía de ello y el arken lo sabía –estos muchachos necesitan una buena batalla… y yo también- pensaba mientras cabalgaba silencioso; una venda se apretaba sobre su herida del muslo, invisible bajo los pantalones. Sí, parecía que estuviera en perfectas condiciones, pero no era así, la flecha que le había herido había hecho bien su trabajo, se había hundido, hambrienta, en la carne élfica y le había dejado una herida que tardaría semanas en curar.

El viaje, de unas cuatrocientas millas, acabó unas dos semanas después de la partida. Las heridas leves habían tenido tiempo de sanar, las no tan leves se habían llevado a algún soldado a las casas de Mandos. El barco, que transportaba a los soldados heridos más gravemente, ya hacía días que debía de haber llegado a Airalondê.

Cumpliendo las ancestrales leyes del Clan, que evitaban en lo posible la entrada descontrolada de grandes ejércitos en la Capital y que exigían a tal efecto el permiso explícito del Bali, había sido enviado un soldado a todo galope a Pathmâ Thyr.

Mientras, la compañía descansaba a orillas del mar, bajo las murallas de Airalondê.

La vista de la Ciudad de las Cien Torres provocaba un sentimiento agridulce en casi todos, era un alivio y un placer llegar a casa pero, a la vez, un desagradable desasosiego los invadía al pensar en que tendrían que explicar que la arrogante Compañía del Águila había sido derrotada.

Pero no hacía falta que explicaran nada, hacía días que el buque que transportó a los heridos había llegado a la Ciudad y la noticia de la derrota se había extendido rápida hasta el rincón más escondido. El Bali y varios miembros del Khotsê habían acudido en persona a las casas de curación para interesarse por los soldados y, sobre todo, para informarse de la situación de la Compañía.

(…)

Pero no regresó el soldado enviado en busca del permiso de entrada, el mismísimo Bali, Engrel en persona, flanqueado por su guardia personal salió al encuentro de la Compañía. Sin duda era una gran oportunidad para mostrarse magnánimo y para dar su apoyo al arken Angárato, un arken al que temía, odiaba... y necesitaba. Sabía que Angárato era fiel al artakano Serkendil pero también sabía que era un soldado de honor, que odiaba las revueltas y los golpes de estado, que no cuestionaba el poder y lo servía inflexible y despiadadamente, así, se convertía en alguien ante el que no podía demostrar debilidad y al que tenía que “ganarse” acto tras acto, aun saber que quizá todo ello no sirviera de nada. Y eso le desesperaba, porque estaba acostumbrado a perros falderos que le lamieran la mano o a enemigos declarados contra los que conspirar, pero no a alguien que no se decantaba claramente hacia ningún bando pero que a la vez ostentara tanto poder.

La brisa era fresca y agradable, el olor a sal lo envolvía todo. El Bali descendió ceremonioso de su caballo, iba vestido con traje de batalla, su físico poderoso no dejaba olvidar que era algo más que un simple político. Se quitó el yelmo empenachado y se lo dio a uno de sus hombres.

Angárato, arropado por sus túrer esperaba bajo el toldo de su tienda, Dâira aguardaba en segunda linea, bastante recuperada de la peligrosa herida del costado, iba completamente armada y con el casco calado.

El Bali se sorprendió, las noticias le habían hecho suponer que se encontraría una compañía descompuesta, pero lo que veía era una compañía reluciente y en perfecta formación que parecía preparada para entrar en batalla. Por supuesto mucho de ello era pura apariencia, porque habían sido diezmados y algunas tiendas estaban llenas de heridos, pero lo que se veía bajo ese fresco sol no tenía nada que ver con debilidad o con derrotas.

Angárato se adelantó con una cojera apenas perceptible y dio un vigoroso apretón de manos al Bali.

-Nos habían dicho que la compañía había sido vencida… no es lo que veo aquí.

-Nos vencieron, señor, nos vencieron… y nos levantamos, nos sacudimos el polvo y empuñando la lanza sangrienta hemos venido en busca de refuerzos.

-Tendreis refuerzos arken, pero antes descansareis en Osto Ohtalôsse.

-¿Entonces tenemos permiso para entrar en la ciudad?- Preguntó formulariamente Angárato.

-Por supuesto, yo mismo os abriré las puertas de la Capital, el Clan no olvida a sus héroes-

Durante unos minutos estuvieron hablando de lo ocurrido en Nirent y de la marcha de la guerra.

Angárato ya se estaba cansando de tanta monserga, tenía soldados heridos que necesitaban auxilio y reposo y él mismo estaba agotado del largo viaje, pero tenía que estar hablando de obviedades con el Bali.

Al final, con el Bali y sus guardias al frente, la Compañía del Águila se puso lentamente en marcha: abandonaron las murallas del puerto y entraron, tras bordear uno de los baluartes, por la más oriental de las puertas de la muralla Sur.

Texto escrito por Elfo_Negro

Escrito el 03-05-2009 22:54 #4

El día había pasado rápidamente.

Hasta el mediodía, la tarea de instalar la Compañía en uno de los grandes cuarteles de la Capital y a los heridos en las salas de curación había ocupado a todos; luego, una vez que cada uno estuvo en su lugar, se ordenó una licencia de dos días para todos; sin embargo muy pocos salieron a corretear por las calles brillantes de la ciudad, la mayoría prefirió quedarse a descansar en los bien iluminados y ventilados barracones. Angárato también declinó la oferta de uno de sus sirvientes en la ciudad: abandonar el cuartel e ir a su mansión del Barrio Noble. Prefirió quedarse con sus soldados. Eso sí, se le ofreció una espaciosa y parca habitación y un baño caliente que aceptó con mucho gusto.

La noche se les echó rápidamente encima. Angárato había descansado toda la tarde sobre el duro jergón militar y ahora, ya recuperadas las fuerzas, se estaba vistiendo su armadura. Había pensado visitar y animar a sus soldados.

Dâira por el contrario, sí aceptó el permiso y a última hora de la mañana había regresado a Attanenkar, el ansiado hogar, donde le esperaba su amme.

Durante toda la tarde, madre e hija habían estado hablando de algunos acontecimientos extraños ocurridos en el pasado, en especial de la visión que la medio elfa había tenido semanas atrás en Nirent. Cayó la noche y Dâira apenas había descansado, oponiéndose a los deseos de Karaniel, quien veía que la herida que su hija tenía en el costado aún no había cicatrizado del todo.

(…)

Bajaba por el largo camino que unía el Korinsúlê, el Templo al pie de las montañas, con la capital. Su melena dorada brillaba con los tímidos reflejos que emitía la lamparita de cristal que llevaba en la mano.

Aquel día no había sido tan malo. Había dejado a un lado los pensamientos tristes y por primera vez no se sentía culpable por nada de lo que hiciera en el pasado. Simplemente ese día había conseguido olvidar y disfrutar.

Terminada la reunión con la máxima autoridad de los Faironnar, a quien ella debía obediencia, había emprendido el regreso a casa.

Desde lo alto se gozaba de una hermosa vista nocturna de la ciudad. Pero algo hizo que la elfa frunciera el ceño. En distintos puntos de la ciudad había humaredas. Al contemplar cómo pequeños puntos ardientes volaban sobre la ciudad, Syela sintió que el pulso se le paraba. La lámpara cayó de su mano estrellándose contra el adoquinado. Echó a correr camino abajo, y a medida que se acercaba a la ciudad, sus peores temores se fueron confirmando. Gritos, estruendos, llanto y caos gobernaban la capital. Cuando llegó al final de la travesía, la gente corría empujándola de un lado a otro. Muchas familias del barrio noble huían con escasas pertenencias hacia el sur, en dirección a Airalondê. Syela se cruzó con dos batallones que avanzaban en sentido contrario a la marea nuru. Los soldados marchaban a la carrera con sus relucientes cascos y armaduras. Al frente del primer batallón y a caballo iba Angárato con el porte regio y la mandíbula apretada. Le había sido encomendada la tarea de contener el ataque, “para que la honorable Compañía del Águila pueda resarcirse del fracaso de Nirent” habían sido las palabras de Engrel. Vanas por otro lado, pues bien sabía que Angárato ya estaría acudiendo en auxilio cuando recibiera el mensaje.

El segundo batallón estaba formado por los rimbâr* al mando de un comandante.

En medio de la histeria y el desorden, la elfa escuchó una voz familiar proveniente de las filas de soldados. Una elfa de cabello castaño claro se separó del grupo.

-¡Syela!

-¡Oh hermana! – dijo abrazando a Vanyala mientras rompía a llorar. – ¿Qué es esto, es acaso obra de Nensir?.

-No, ellos no tienen nada que ver. Son orcos.

El recuerdo del cautiverio con aquellas repugnantes criaturas paralizó a la elfa. Como si Vanyala pudiera leerle el pensamiento le habló.

-No temas, no vamos a dejar que entren – dijo mientras limpiaba las lágrimas que corrían por las mejillas de su hermana. – Me gustaría acompañarte y ponerte a salvo, pero tengo que irme. Me acabo de unir a la Compañía del Águila – dijo señalando el grupo de soldados que se alejaba. -Ahora escucha Syela, tienes que ir a casa, busca a nuestros padres y bajad al puerto. Es la zona más segura. ¿Me oyes?

Vanyala le dio un último abrazo y se alejó corriendo para alcanzar el batallón.

Syela quedó sola nuevamente, pensando de qué manera podría ser útil. Al fin tomó una decisión.

La gran plaza en la cual desembocaba la calle Tarâtië se estaba llevando la peor parte. Algunos sargentos habían acudido a dirigir la momentánea defensa a la espera de los generales, pero el desconcierto y las órdenes contradictorias hacían estragos. Los arqueros se estaban posicionando a lo largo de la muralla y en las torres. Sin embargo, la fortificación no había podido resistir todos los impactos de las catapultas orcas, y las grandes piedras ya habían causado algunos boquetes. Por esas aberturas comenzaban a colarse los orcos más temerarios.

Hasta la plaza habían llegado también Karaniel y Dâira, ambas a caballo. La tensión del encuentro entre padre e hija fue superado por la presión de la batalla, así que por unos instantes, aparcaron diferencias. No obstante, la perelda sabía que en esos momentos, la mente de ambos bullía con mil recuerdos, buenos y amargos. Al tenerlos por primera vez juntos, la medio elfa comprobó lo mucho que se parecían. Los mismos ojos y la misma mirada orgullosa y desafiante.

-¡Señor! – anunció con gesto preocupado un téra – Mi señor, el baluarte norte ha caído.

-¿La puerta resistirá? – preguntó el arken

-Por el momento sí, pero no por mucho, señor.

Angárato reflexionó unos segundos. Los ojos le brillaban reflejando un fuego interior. Sabía que debían resistir hasta el amanecer, momento en que el sol volvería débiles a esas criaturas.

-¿Solicitamos ayuda a Thyrost? – preguntó el capitán.

-Sí.

Angárato no quiso desalentar a los oficiales pero la ayuda tardaría en llegar dos días y para entonces ya deberían haber podido hacerse con el control de la situación. En caso contrario, lo único que encontrarían los soldados de Thyrost sería una capital convertida en cenizas. El arken empezó a coordinar la defensa. Como instructora de los arqueros en Thyrost, a Karaniel le fue encomendado el liderazgo de los philinar. Mientras, Dâira permanecería con la infantería recibiendo a los primeros orcos y aguardando la caída definitiva de la puerta norte.

-Tú – le dijo a un oficial – que los rimbâr sofoquen esas llamas, y traigan aceite hirviendo.

Todo el mundo ya sabía cuál sería su papel en aquella función y se disponía a cumplir lo mejor posible.

Las catapultas nuru comenzaban a disparar los primeros proyectiles. Algunas habían sido ya inutilizadas por los impactos enemigos, pero otras aguantaban creando destrozos en las filas orcas.

(…)

La noche avanzaba, una noche sin estrellas, solo iluminada por la luna, el refulgir del acero élfico y por el cruce de saetas de penachos candentes. Las fuerzas se mantenían equilibradas, infringiendo daño en ambos bandos.

Mientras, en varios puntos estratégicos de la ciudad, los Sacerdotes Guerreros se afanaban en llevar a cabo uno de los rituales más importantes, el Humo de los Espíritus. Teniendo en cuenta la dirección del viento, habían apilado ramas de fresno y roble, así como pétalos de amapola, hojas de muérdago y otras plantas. Encendieron las hogueras mientras recitaban unos cantos alrededor del fuego. Entre ellos se encontraba Syela, quien sin ser del grupo de los Sacerdotes Guerreros, había sido aceptada en esos momentos de urgencia. El humo pronto llegaría hasta el lugar de la batalla.

La puerta norte estaba a punto de caer. La bisagra superior había cedido creando una brecha.

Angárato todavía montaba a caballo, pero su espada ya había probado la sangre infame.

-¡Lanceros a mí! ¡Caballería pesada detrás! - gritó con voz potente. -¡Arqueros! – dijo señalando a Karaniel.

Esta comprendió al instante, y redirigió el ataque de las últimas flechas. Tenían que abrir un hueco y cubrir la salida de los rokkerni.

Los cascos de más de doscientos caballos retumbaban en la plaza. Al frente Angárato con el grupo de lanceros, y muy cerca de él, un valiente e impetuoso téra de pelo corto que respondía al nombre de Kanyanése.

Un último golpe de ariete y la puerta estalló en mil pedazos. Los orcos comenzaban a penetrar cuando Angárato dio la orden. La caballería envistió a algunas de aquellas criaturas patizambas al salir. La infantería ligera se disponía a recibir a los orcos que escaparan de los cascos y lanzas.

La herida aún no cicatrizada de su costado se había reabierto con la lucha. Un fino hilo de sangre corría por su cintura y Dâira veía su flexibilidad reducida a causa del dolor. Mantenía la posición en primera fila cuando sintió que el aire les traía un aroma dulce aunque fuerte. No todos al principio fueron conscientes, pero en seguida unas voces gritaron en alto “El Humo, es el Humo de los Espíritus”. Debían controlar las alucinaciones para no dejarse llevar. Los orcos que desconocían lo que estaba pasando, no se preocuparon por la fragancia, pero después de unos instantes, unas terribles visiones visitaron sus mentes. Solo los orcos más fuertes podrían dominarlas.

Más allá de la muralla, en la planicie, tenía lugar el ataque más violento. Hasta ellos llegó también la fragancia de efectos alucinógenos. El arken trataba de desnivelar la balanza definitivamente hacia el lado de Narwä cuando algo le ocurrió. Angárato se sumió en un leve trance tan solo unos segundos, pero suficientes para que cayera de su montura aunque sin graves consecuencias. Kanyanése rápidamente desmontó, protegiendo al general con una defensa feroz, de cualquier criatura que intentaba acercarse.

El arken volvió a montar. Se sentía algo aturdido pero todavía capaz de seguir en el combate. Sin embargo, uno de sus poderes se había desarrollado con el humo. Los Espíritus llamaban a los Espíritus.

Angárato animaba a sus hombres y les infundía un valor renovado en aquella defensa desesperada de la Ciudad de las Cien Torres.

*Rimbâr: grupo formado por artesanos, comerciantes y sirvientes entre otros. Su participación en la guerra no era frecuente.

[Editado por Neume el 05-05-2009 00:40]

Escrito el 04-05-2009 20:07 #5

Situado en la retaguardia de su ejército, Gimbgûl veía desde la tranquilidad como el asedio a Ohtalôsse estaba teniendo lugar. No deseaba protagonismo, ni necesitaba imponer sus dotes de mandos, ya sus segundos al mando se encargaban de ello en las primeras filas rectificando si así la ocasión lo requería sus actuaciones por medio de mensajeros, le bastaba pues la posición de simple espectador, y a decir verdad, de momento, disfrutaba del espectáculo.

Una y otra vez, los onagros eran disparados entre las filas de orcos en respuesta a la lluvia de flechas emitida desde la muralla. Una y otra vez, los grades peñascos volaban y golpeaban la muralla en un replicar constante, similar al de pequeñas chinas contra un fino ventanal. La piedra vibraba, y rompía en las ocasiones que los proyectiles sobrepasaban el muro de piedra. El rugir fiero y en ocasiones ahogado de los orcos tomó un matiz de dolor más profundo cuando piedras provenientes del otro lado del muro comenzaron a caer y arrollar a los orcos. Una brecha se mando abrir entonces entre las filas de los orcos sobra la que comenzaron a rodar los arietes en dirección a la puerta. Tras alcanzar los nurulantâr sus catapultas aun no inutilizadas era momento de arriesgarse un poco más sobre la lluvia de flecha y fuego.

Las puertas cayeron, y el tropel orco se vertió por las calles de Ohtalôsse. La sangre roja y negra se derramo más abundantemente sobre el suelo de piedra, confundiéndose así con el color de algunas losetas. En mitad del fragor de la batalla una fragancia parecía desconcertar a las primeras filas de orcos llevando a muchos de ellos a la huida, a los cuales los líderes más fuertes de mente reconducían nuevamente a la batalla a golpe de látigo. Haciendo lo inútil servible, lo perdido, ganado.

- Ghâshnazg ishi dugbúrz

gimbhai thrakûk durbul

agh krimplug búbhoshgûl.
-

Los versos del jefe orco robaron una pizca de la luz de las estrellas, haciendo la oscuridad más profunda sobre la que se amedrentaban incluso el ímpetu de los fuegos. Gimbgûl exhaló el humo que había tomado de su pipa. Un humo negro y espeso que se disolvió sobre el campo de batalla, generando un olor ceniza fuerte y a la vez neutro, como si matase toda fragancia y cada matiz de vida que se mecía en el aire.

El desconcierto cesó, y la batalla prosiguió su camino, aunque ahora con un balón de oxigeno para su enemigo, quien parecía a ver crecido en confianza y se defendía ahora con mayor fuerza y fiereza. Dispuesto a ganar la batalla, ahora que la tortilla parecía estar cambiando de cara.

La caballería reagrupada de los nurulantâr avanzó con decisión sobre las primeras filas de los orcos quienes cedieron terreno bajo los cascos de los caballos. La infantería corrió apoyando el ataque de los jinetes que comenzaban a luchar por primera vez tras el umbral de su patria. Expulsando el invasor, que aún intentaba volver a estar moralmente dentro de la batalla. Los cuernos elfos sonaron y bajo el esfuerzo de muchos elfos, las rotas puertas de Ohtalôsse nuevamente se cerraban.

Escrito el 06-05-2009 19:06 #6

Las primeras filas de los orcos intentaron evitar perder la brecha que habían abierto en las defensas del enemigo tomando nuevamente los pesados arietes y golpeando insistentemente las puertas de la ciudad nurulantâr nuevamente cerradas. El fuego que se vertía desde lo alto de los muros mediante grandes calderos hizo medrar la fuerza con la que se impulsaba la cabeza del ariete contra la puerta, obligando a sus portadores a arrastrarse de dolor sobre el suelo y a otros orcos a ser empujados a desempeñar la labor de sus compañeros ya caídos. Al daño infligido por aquel baño de fuego, se le sumaba la lluvia de flechas y piedras que parecía golpear con más fuerza gracias quizás a la mayor motivación y organización del enemigo, ya completamente mentalizado y dispuesto para la guerra.

Gimbgûl tomó entonces el cuerno de su cinto haciéndolo sonar tres veces. Bajo este reclamo el ejército orco se separó de las murallas de forma organizada, y se fue desplazando a posiciones lejanas al fuego enemigo, al cual mientras tanto seguían respondiendo para proteger más su marcha.

Los lugartenientes se acercaron entonces a Gimbgûl, libres ya de la necesidad de necesitar mensajeros. En sus miradas aún se percibía el anhelo de derramar más sangre, y el firme deseo de seguir hasta la muerte aquella batalla. Estaban motivados y dispuestos a cumplir cualquier orden.

-Esos malditos elfos han vuelto a encerrarse, y parece imposible volver a luchar cara a cara. ¿Qué haremos ahora?-

-Nada. Tan solo dejarlos estar.-

La respuesta de Gimbgûl fue quizás la menos esperada para todos ellos. Era una ocasión única, tenían acorralado a su enemigo y contaban con fuerzas más que de sobra. La lógica de aquel pensamiento hizo que uno de los lugartenientes, adelantándose al resto, no pudiera frenarse en objetar.

-Pero somos muy superiores en números. Tal como están en cuanto a fuerzas que cedan tan solo es cuestión de tiempo.-

-Tiempo justamente no nos sobra. Ya amanece.- La mirada y voz de Gimbgûl era contundente, e imposible de rebatir, además por primera vez los lugartenientes repararon en la nueva luz que comenzaba a emerger del Este. -Además, ya no contamos con nuestro factor sorpresa, y volver a abrir un camino entre sus defensas conlleva un número de bajas que no estoy dispuesto a admitir, y ni hablemos si aún no encontramos en ello cuando el sol aparezca.-

Los lugartenientes asintieron acatando la orden aunque sin evitar sentir rabia. Gimbgûl sin embargo tal cual los había desanimado les devolvió lo quitado.

-Sin desánimo, servisteis bien. Pero no hace falta persistir ciegamente, el daño que vinimos a hacer lo hemos hecho, solo ver como los nurulantâr orgullosos de su tradición guerrera se retiran rápidamente de una batalla, es ya es un suficiente indicador de nuestro éxito. El temor de un depredador que marcha para asegurar su vida, es un miedo que recorrerá desde ahora su cuerpo. Ahora saben lo que es sentirse vulnerable, y descubrirán lo que es vivir con miedo.-

Los cuernos orcos resonaron nuevamente en la planicie frente a Ohtalôsse, y tal como vinieron lo orcos desaparecieron entre los árboles, abandonando aquellas tierras sin ser vistos antes de la llegada del sol.

Escrito el 07-05-2009 22:26 #7

Las Casas de Curación situadas en la explanada de Ninkwê, cerca de los templos, eran en esos momentos y contrariamente a lo que solía ser, uno de los lugares con más bullicio de la ciudad. También se había visto afectado por la contienda, incluso uno de los edificios del conjunto había quedado derruido, pero la mayor parte se conservaba bien. Muchos de los enfermos y heridos traídos de Nirent, habían sido dados de alta apresuradamente para poder recibir a los nuevos.

Allí se encontraba Dâira postrada en una cama. Y así pasaría dos días hasta que verificaran si podían concederle permiso para abandonar Las Casas. En la misma sala había más elfas heridas, pero la perelda sólo creyó conocer a una de ellas en el otro extremo de la habitación.

De pronto se generó un murmullo proveniente del pasillo.

-¡Es el arken! – dijo una voz

Dâira se incorporó apoyándose en los codos. No eran habituales las visitas de los altos mandos, de ahí la sorpresa. Algunos en el Otomasse sospechaban del parentesco no confirmado entre ambos, pero a ella hacía tiempo que le habían dejado de importar las habladurías.

Angárato se acercó hasta su lecho y le dedicó una mirada tierna que solo ella pudo ver.

-¿Cómo te sientes? – preguntó mientras miraba la venda del pie.

-He recibido heridas peores. Esta –dijo señalando bajo las costillas – ya no sangra, pero me han prohibido moverme hasta que cierre del todo –añadió sin ocultar el fastidio que le producía la espera.

-¿Y el pie?

-Me torcí el tobillo y optaron por vendarlo. Nada grave – respondió Dâira. – Pero ¿y tú?, pareces cansado. –El gesto de la medio elfa mostraba preocupación. Aunque no veía a su abuelo herido, notaba en su rostro la huella del cansancio y tal vez de algo más, pues había oído que su abuelo sufrió un leve mareo.

-Ha sido una defensa intensa y desesperada, y no soy imbatible al cansancio. También ha hecho mella en mí, pero no dispongo de tiempo para el reposo. Hay algunos asuntos que deben ser tratados lo antes posible.

Dâira intuía que el percance que sufrió Angárato en las aguas del Kelkaranî semanas atrás, y este mareo estaban relacionados de algún modo, pero optó por indagar en otro momento y cambió de tema. -¿Cómo es posible que nos sorprendieran, edelon? – preguntó.

-No lo sé. Esa es una de las cosas que debemos investigar ahora. Hemos podido salvaguardar la ciudad y expulsar a esas criaturas pagando un alto precio. Es algo que no debería haber ocurrido jamás. Pero ya habrá tiempo para que hablemos de esto. Descansa y sigue los consejos de los sanadores.

El arken se despidió de ella y salió en dirección a Ortur Narwä*.

Al otro lado de la sala, dos elfas hablaban mientras un sanador desinfectaba una pequeña herida en el muslo de una de ellas.

-¿Por qué no me hiciste caso?

-No podía irme, Vanyala, sentía que debía quedarme y ayudar en lo que fuera, por eso regresé al templo. No me regañes.

-No, no lo haré. Lo cierto es que tendríamos que agradecerle a los Ayamân su ayuda, pues ese ritual creo que llegó en un momento muy oportuno.

-He terminado señorita, ya puede marcharse – dijo el sanador – procure no andar mucho los primeros días.

Syela ayudó a su hermana a levantarse. Atravesaron la sala despacio y pararon en la terraza ajardinada. Desde allí podía contemplarse la triste estampa de la ciudad. Las huellas de la batalla estaban reflejadas en buena parte de Osto.

Las blancas murallas habían quedado teñidas de sangre élfica y orca, igual que los caminos enlosados. Las tareas de limpieza ya habían comenzado. Desde el Khotsê se había ordenado que todo nurulante debía ayudar en la reconstrucción. Como solía ser, todo era por el bien común, así que se habían organizado grupos de ayuda. Los muertos eran recogidos y llevados hasta los recintos sagrados para el ritual funerario. Los orcos sacados fuera de la ciudad y apilados formando un gran montículo para ser quemados. A partir de entonces, aquel lugar sería conocido como Las Cenizas de la Infamia.

El baluarte norte debería ser levantado de nuevo pues apenas quedaba en él algo servible. Igual ocurría con las cuadras y caballerizas del noroeste de la ciudad. De todos los barrios, el noble había sido uno de los más afectados. Sin embargo, gracias a la defensa acérrima que había hecho el ejército, los orcos no habían conseguido atravesar la segunda muralla, y la Plaza Thyr había quedado prácticamente intacta. Las herrerías, fraguas y talleres se afanaban para responder a todos los pedidos.

Más al sur, en el puerto de Airalondë, un barco acercaba a los últimos ciudadanos que faltaban por regresar a tierra. Algunas embarcaciones habían permanecido durante la contienda en el mar a escasas millas de la costa, y habían vuelto al puerto una vez que la situación fue segura. Pero no todos pudieron huir de la ciudad, y muchos habitantes tuvieron que permanecer en el puerto, cargados con las pertenencias más valiosas y encomendándose a Thyr y Yavanna.

(…)

Era la hora del crepúsculo cuando Angárato se presentó en el Khotsê. Habían convocado una reunión extraordinaria de urgencia. No solo asistirían los miembros habituales del Consejo, sino que también acudirían otros mandos del Otomasse. Al no encontrarse Serkendil, artakano del ejército, Angárato, General de renombre y antiguo poseedor del título, tendría un papel importante.

Antes de comenzar a tratar los asuntos principales, y en una sala adyacente, se celebró una improvisada ceremonia de reconocimiento por las acciones heroicas. Un acto que se esperaba elevara la moral de las tropas después de la dura batalla. De todos los homenajeados, Angárato se sintió realmente complacido de poder ascender de rango al joven Kanyanése. Un elfo delgado del que algunos decían que era capaz de las mejores acciones, y otros que era un loco temerario. Su valor en aquella batalla había sido digno de elogio y por ello, le fue concedido el rango de Tëra. Además, se le regaló una magnífica espada, de empuñadura recubierta de cuerno con un rubí engarzado en el pomo.

Cuando terminó la ceremonia y los laureados se hubieron ido, los miembros convocados pasaron a la sala principal, cuyas puertas se cerraron a cal y canto.

*Ortur Narwä: la zona más importante de la capital, donde se hallan los principales edificios políticos y militares.

[Editado por Neume el 11-05-2009 11:29]

Escrito el 13-05-2009 23:56 #8

Capítulo 2: Un hombre venido del oeste.

Poco a poco la normalidad había regresado a Ohtalôsse. Muchas habían sido las cicatrices abiertas durante la guerra contra los orcos, pero parecían que con el día a día estas se cerraban un poco más. Y eso era algo que se veía más claramente en las casas de curación donde había cada vez menor trabajo y una atención cada vez más dedicada a cada paciente. Eran nuevamente días buenos o así al menos lo veían ahora que habían regresado de la pesadilla.

Aquel día al menos, el décimo octavo día del Ether Saille, una inquietante noticia volvió a recorrer la ciudad. Cerca de la ciudad de Nyarôsto se había divisado un gran grupo armado que recorría el bosque de Aldalaurë hacia el suroeste, sin estar claro si se dirigían hacia Ohtalôsse o se encaminaban hacia los Marjales de Dasarohe, para tomar el paso del Tàvirindo.

El velo de la noche caía nuevamente sobre el cielo, y hogueras ardían al este de la ciudad, demasiado cerca del reino para el gusto de muchos.

Escrito el 15-05-2009 20:08 #9

La noticia no había tardado en llegar hasta el mismo balî. De él y en cascada fueron enterándose los generales, comandantes y el resto del Otomasse. Era una noticia que a esas horas de la noche, ya todos los habitantes conocían. También sabían que había sido la Primera Compañía, donde se encontraba el artakano, quien había dado la alarma de dicho avistamiento. La Compañía del León venía de un largo viaje desde el sur, y estaban escasos de recursos, tanto de provisiones como de soldados. Por este motivo, esperaban respuesta de la capital antes de actuar.

Desde la Asamblea y el Consejo se lanzaban mensajes tranquilizadores, pues de nuevo la angustia y desesperación se extendían por la ciudad. Que hubiera una compañía de Narwä en la zona era algo que ayudaba, y aunque eso no evitó que el temor, que poco a poco había ido desapareciendo, reavivase en los corazones nuru, sí tranquilizó a muchos pensando que aquella compañía podría frenar cualquier ataque.

Otros, los más suspicaces opinaban que era una estratagema de Nensir, hacerles creer que el peligro venía del este cuando en realidad el golpe se recibiría desde el norte. Aquella noche, todos elaboraban sus propias teorías sobre lo que estaba pasando. Pareciera que nadie quisiera dormir, y la ciudad, a pesar de haber caído la noche sobre ellos, era un hervidero.

En la taberna del Guerrero Rojo no cabía un alma más. Apartadas en una pequeña mesa estaban Vanyala y su hermana Syela, quien aunque no solía frecuentar ese lugar, (prefería el Hada Verde), se había animado a acompañar a su hermana pequeña para escuchar los rumores que surgían tras la inquietante noticia.

Un capitán que debía haber bebido unas copas de linsk de más, comentó en voz alta que se esperaba que organizaran una expedición, pues las noticias que daba la Primera Compañía, aunque eran inquietantes no aportaban información suficiente.

Syela vio como una elfa de pelo caoba y ojos verdes se levantaba con algo de dificultad, para a continuación dirigirse a la salida. La reconocía por Las Casas de Curación.

Dâira no iba vestida de uniforme. Llevaba un vestido azul pálido sujeto al hombro izquierdo con un broche de plata y las sandalias de cuero. Las noches eran agradables ya en esa época del año.

Se puso en camino hacia el cuartel donde solía estar su abuelo.

-Quiero ver al arken Angárato – dijo

-Está en su habitación. Hace poco que ha regresado, está muy ocupado y ha pedido que no se le moleste. Lo siento – respondió el soldado.

-Bueno, - dijo Dâira encogiendo los hombros -cuando el arken se entere mañana que no me permitiste verle, con lo que tenía que decirle, sí que lo vas a sentir –añadió fingiendo que se marchaba.

El soldado vaciló unos instantes pero al fin la llamó. La medio elfa ocultó una sonrisa. Era divertido jugar con la ventaja del respeto y temor que infundía su abuelo. “Una pequeña travesura” pensó.

La perelda atravesó un pequeño patio donde algunos soldados debatían el mismo tema que la ciudad entera comentaba por doquier. Llegó hasta la habitación y tocó la puerta antes de entrar.

Su abuelo iba a comenzar a quejarse por el incumplimiento de la orden dada cuando la vio.

-¿Ocurre algo? – preguntó Angárato extrañado.

-¿Es cierto que vais a mandar un grupo?

Angárato se acomodó más relajadamente en su asiento.

-Tan impetuosa como siempre –dijo el elfo. Esa es la orden de Engrel –añadió. – Y me adelanto a tu próxima pregunta. La respuesta es no.

-¿Por qué? – Preguntó decepcionada – Ya estoy mejor.

-No es cierto, no estás totalmente recuperada, y no voy a debatir esto. Mañana por la mañana se formará el grupo. Yo tampoco participaré.

Dâira casi había dado por hecho que Angárato iría. -¿Hay más problemas?

-No sabemos bien qué está pasando y el balî quiere que la Segunda Compañía permanezca un tiempo más en la ciudad, simplemente por precaución.

Le pareció a Dâira que el rechazo a su petición no era solo por la herida, sino también por evitar un más que probable enfrentamiento con Karaniel si la dejaba ir en la expedición. ¿Valía la pena su insistencia? Ahora que después de tanto tiempo se habían vuelto a ver, seguramente no.

-Está bien, pero ¿me tendrás en cuenta en un futuro? – Reclamó la perelda.

El elfo asintió con la cabeza. Antes de dejar solo nuevamente a su abuelo le volvió a hablar.

-No seas duro con el soldado – dijo señalando hacia fuera. –Le hice creer que te traía un mensaje importante –añadió con una sonrisa pícara.

[Editado por Neume el 16-05-2009 01:13]

Escrito el 20-05-2009 00:24 #10

El grupo de soldados lanzaban gritos al aire mientras rodeaban a un joven, poco más de un muchacho, se les veía sonrientes, felices, como si no hubieran pasado por una batalla hacía menos de un día.

- ¿quién lo habría dicho? el pequeño Kanyanése ascendido a terar. ¡ Esto te va a salir caro canijo, esta noche pagas tú todas las bebidas!- Grito el más viejo de los soldados.

- ¡Menos mal Gurtak! ¡pensé que ibas a decir la cena y con lo que comes me saldrá más barato!- respondió el mozuelo que lucía como un pavo real su espada nueva, siempre con la mano en el pomo y girándose ostensiblemente para que el brillo del metal se reflejara en su pulida superficie.

- Ahora tendrás que portarte bien con nosotros, terar, así que ya sabes que el servicio de letrinas que lo haga la compañía de Sulle, que para eso se quedaron en la retaguardia- dijo otro de los soldados

- Eso, eso, y ración doble de vino en las marchas. Ya sabes que me cansó mucho caminando, Kanyanése, necesito más vino para poder seguiros el rastro a los jovenzuelos- habló el llamado Gurtak – Pero siempre os alcanzo ¡para poder daros unos buenos azotes!.

Y mientras decía esto trató de agarrar al joven Terar para ponerlo en sus rodillas y semejar los azotes que se dan a los niños, o esa era su intención, pero el ágil y joven Kanyanése se escurrió de entre sus manos como la mantequilla caliente y se puso justo detrás de él y se le montó a la espalda.

- Te daré doble de vino Gurtak ¡Pero entonces me tendrás que llevar a tus hombros todo el camino!- gritó riéndose.

-¡ Para que está el Terar sino es para llevarlo a hombros! ¡Nunca hacéis nada, orcos malolientes!- mientras el pobre Gurtak trataba de soltar los brazos de Kanyanése que se habían hecho fuertes en torno a su cuello.

Poco a poco el alegre grupo se alejaba de los barrios más aristocráticos de la capital y se acercaba a las tabernas de la soldadesca, todo con la sana intención de beber hasta caer rendidos por los humores del vino en honor al joven Kanyanése, el nuevo Terar de la compañía Águila, recién ascendido por méritos propios en la batalla esa misma tarde.

- ¡Y nada más y nada menos que por el mismísimo Akren! ¡Menos mal que no e reconoció! Sino te ibas a enterar de lo que es bueno. Todavía se debe acordar de cuando te fugaste del acuartelamiento para ir a ver a esa amiga tuya- todos los soldados rieron a carcajadas la anécdota. La guardia le encontró mientras trataba de entrar de nuevo en el campamento y al no poder alcanzarle tocó alarma. Todo el campamento se movilizó como si un enemigo hubiera penetrado en el campamento de la compañía y Kanyanése, ebrio cual perro orco, se escondió lo mejor que pudo, en la misma tienda del Akren. Cuando se despertó por la mañana y se dio cuenta de dónde estaba tuvo que hacer gala de todo su ingenio para salir de allí sin ser visto.

Llegaron a la taberna y las rondas y las risotadas continuaban durante toda la noche, hasta que a altas horas de la madrugada los humores de las fuertes bebidas empezaron a hacer mella en los curtidos veteranos.

- Te lo digo en serio Kanyanése, no lo jorobes, ahora tienes que estarte tranquilito y disfrutar del sueldo de oficial, y tratar a tus amigos como amigos.- decía Gurtak entrecortado por los efectos del alcohol. – nada de tus locuras ni tus valentías, ayer te salieron bien, pero mañana te pueden costar la vida, hazme caso hijo, que yo ya he visto muchos frentes, muchas ciudades y muchas tabernas ¡Y en ninguna tardaban tanto en servir!¡Más vino tabernero!- gritó al aire, pues no reconocía ni al tabernero, ni la taberna.

- Tu tranquilo Gurtak, que yo seguiré igual, hasta que no llegue a Akren no paro, y si las cosas se van dando como hasta ahora, no tardaré mucho.- Dijo envalentonado Kanyanése.

- Maldito niño, ¡este nos lleva a la ruina! ¡Si tu llegas a Akren, me como mis zapatos con verduras! Fíjate lo que te digo. Anda paga y vámonos que todavía nos arrestan por conducta indecorosa del ejército.- El viejo Gurtak, que en otro tiempo había pertenecido a las patrullas que vigilaban las noches de la capital y conocía todas las artimañas.

El grupo salió de la taberna, pero Gurtak debió de confundirse con las antiguasw rutas, o estas habían cambiado, pues no doblaron la segunda callejuela y se encontraron de cara con la ronda.

- Vaya, vaya ¿qué tenemos aquí?- dijo uno de los guardias- ¿todavía de jarana? Las fiestas oficiales terminaron hace tiempo.

- De eso nadaaaaaaa.- Dijo Gurtak- tenemos permiso de nuestro terar, aquí presente, para poder estar de jarana lo que nos dé la gana, así que quita de en medio, que tenemos que llegar al campamento.

- Eso me lo tienes que explicar, viejo, porque aquí sólo veo un grupo de 6 zarrapastosos soldados rasos que se han fugado para beber más de la cuenta y escandalizar a los buenos vecinos.- volvió a decir el guardia.

- ¡Óyeme, soldado! – dijo Kanyanése tratando de levantarse del suelo, dónde se había caído. - ¡Firmé ante un oficial superior!- la voz de borracho de Kanyanése imitando a su antiguo terar muerto en la batalla del día anterior hizo partirse de risa al grupo de soldados mientras los guardias los miraban con recelo.

- ¿Es que estás sordo muchacho?¡Firme he dico!, digo diche, digo dicho, sí eso es ¡Firme he dicho!-

- Mira borrachin, si pretendes hacerme creer que tu eres Terar de los ejércitos vas listo. Llevo cuatro años de ronda y ya me conozco esa historia. Venga tirad al cuartel antes de que me canse de vosotros y os lleve arrestados. Más os valdría ser tan valientes en combate como en la taberna. Si fuerais así estaríais en el gurpo expedicionario que sale mañana antes del alba.- dijo el guardia mientras les indicaba el camino a seguir con la punta de su lanza.

- ¿Con que esas tenemos eh?- Kanyanése rebuscó dentro de su camisa, dio con el pedazo de pergamino en el que se le comunicaba el ascenso y lo puso delante de los ojos del guardia.- Mira y lee si es que sabes, claro.

El guardia cogió el pedazo de papel y su rostro iba quedándose blanco conforme la información llegaba a su cerebro. En verdad era un Terar, nombrado ese mismo día según el documento, pero Terar al fin y al cabo.

- Perdonadme señor, al no llevar las insignias, no podíamos saber… - trató de justificarse mientras le devolvía el pergamino a un tambaleante Kanyanése.

- Nada de justificaciones. Yo soy Terar y estos son los más valientes, los más fuertes y los más bravos soldados del ejército y te lo vamos a demostrar, guarducho, ¿de dónde dices y a que hora dices que sale esa expedición?-

- ¡Kanyanése!- Musitó sobrio de golpe Gurtak

- ¡Porque allí vamos a estar los más bravos soldados de todos!- gritó Kanyanése a la cara del guardia.

- Muchachos, ya estamos en otro lío.- Gurtak miraba con pesar a sus cinco compañeros que se sostenían los unos en los otros para no caerse y se temió lo peor, que el guardia, que en esos momento lucía una sonrisa de lobo, los escoltara y acompañara hasta que saliera la expedición en la que su nuevo terar, valiente e inconsciente como ninguno y completamente borracho, les acaba de inscribir.

Historia finalizada.