La música había cambiado en el Este, su sinfonía de tonos suaves y gélidos había cambiado ahora el rumbo de las aguas y la brisa que se posaba sobre las olas. El cambio de ritmo llego a la cúspide del Soronnórië, llamando la atención de las Águilas que alzaron el vuelo rumbo al Este, lejos de Romenor.

Tiempos Aciagos. Capítulo 1: ¡ORCOS! (De Los Hechos Neitillot)
TerminadaUna oscura noche cubría las Tierras del Sol y bajo el manto de hojas del Aldalaurë, escondida así de casi todas las miradas, una hueste de orcos avanzaba decidida en dirección a Neitillot. Eran cientos, bien armados y provistos con armamento de asedio suficiente para cumplir su designio. Krimpûk, su líder, les había hecho salir de la madriguera conduciéndoles hasta aprovechar la sombra de la tarde de aquellos árboles y alcanzar casi las murallas de la ciudad cuando la noche al fin se había cerrado. No sería un ataque inadvertido, pues aunque se habían molestado en eliminar gracias a sus rastreadores todo vigilante aldalantar que habían encontrado, Krimpûk sabía que los planes nunca se llevan a la perfección. Sin embargo, si estaba seguro que aquella posible información que había llegado a sus enemigos lo había hecho con la suficiente tardanza, para tomarlos por sorpresa y menos preparados de lo que pudieran haber estado en otras circunstancias. Siendo seguramente su número aún una duda, lo cual era una ventaja añadida, ya que aunque las defensas de Neitillot se encargarían de equilibrar un tanto las fuerzas, el número del contingente orco sería un claro factor desmoralizador para los defensores de la ciudad.
El capitán observó el anillo de ónice que le había otorgado Durbhosh. Era un honor que pocos habían tenido, y Krimpûk no tenía ninguna intención de despreciarlo. Aquella noche cumpliría la voluntad de su señor, para la cual estaba de sobras facultado.
La noche mecía la capital aldalanta en sus tranquilas aguas tan solo iluminadas por la luz proveniente de las casas y las que coronaban las torres y muralla. En un lugar apartado de la capital una figura sentada junto a un árbol contemplaba la tranquilidad de la noche mientras sobre sus manos se deslizaba un trozo de madera que se iba perfilando contra una navaja bien fijada. El aire frío acariciaba su piel y se agarraba a su garganta y pulmones, pero lejos de ser una sensación molesta era casi tranquilizadora. Era como formar parte del viento, de la tierra, el agua, una parte del cosmos. Una inmensidad en la cual su pensamiento se había consumido borrando de su mente actividad alguna. El filo de la navaja acaricio sus yemas sin causar mella, pero devolviendo cierta consciencia a su rostro. Ornêkal bajo la mirada del infinito y contemplo la figura que había estado tallando las últimas horas. Era un árbol, presumiblemente una secuoya a imagen de su onnar y el árbol del cual había sacado la madera a través de una rama caída. Su tronco era largo y su silueta se había ido haciendo redondeada con vacíos en la misma que recreaba la imagen de las ramas que se cruzaban. El aldalanta sopló suavemente la figura desprendiendo así el serrín acumulado sobre su superficie.
El leve susurró del soplo se confundió entonces con otro proveniente de las alturas. Ornêkal elevó su mirada sin saber a ciencia cierta que debía de ver y exactamente donde. La duda se resolvió sin embargo pronto. Un estallido de piedra resonó a gran distancia de donde se encontraba, pero sin lugar a dudas en el interior de la ciudad.
Junto a la Puerta del Oeste las aguas habían dejado de estar tranquilas, agitándose ahora en un mar de ondas, las flechas silbaban desde dentro a fuera de la muralla entre un ir y venir de órdenes de los soldados, mientras que los civiles huían hacia la seguridad del interior de la ciudad temerosos y cabizbajos. Desde lo alto de los muros los cuernos llamaban a la batalla, mientras el enemigo era anunciado a voces desde las torres de vigilancia: ¡ORCOS!
- ¡Orcos, orcos!
El griterío era como una canción que todos se habían aprendido y que repetían en la oscuridad de la noche a diestro y siniestro para asegurarse de que todos se habían enterado. La voz corrió rápido y, antes de que el caballo del mensajero enviado a Dâkosto desapareciera en el horizonte, no quedaba nadie en la ciudad que no supiera que los orcos se disponían a atacarla.
Sin embargo, aquello fue contraproducente y Northiêl se enteró pronto. El aviso le había llegado mientras dormía. Alguien había tenido la "delicadeza", por llamarlo de algún modo, de dar porrazos a su puerta hasta que se dio por enterada. Esa mañana tenía pensado partir hacia Dâkosto pero rechazó la idea al tener noticia del ataque de los orcos; era mejor quedarse en Neitillot y ayudar en todo lo que fuera necesario. Las fuerzas militares de la ciudad eran mínimas, pues la mayoría se encontraban en el cuartel, así que los pocos soldados que quedaban se repartieron el trabajo. Unos se prepararon para aguantar la embestida y otros se ocuparon de poner a salvo a los civiles. Northiêl pertenecía al segundo grupo. Por eso, cuando vio que el terror se apoderaba de la gente, supo que gritar a los cuatro vientos el inminente ataque había sido un gran error.
- No sé de quién ha sido la gran idea de hacer cundir el pánico, pero al paso que vamos cuando lleguen los orcos no quedará nada que destrozar –comentó Northiêl.
- No seas exagerada, Nor. No es para tanto. La gente tiene derecho a saber qué está pasando… -contestó el assana Aranarth, que se había acercado con la sacerdotisa Dharaith para informarse de la situación.
Northiêl estuvo a punto de contestar pero, antes de que pudiera hacerlo, una mujer que dijo llamarse Issilmesse, se dirigió a ellos para preguntar por la autoridad de la ciudad. Le atendió Aranarth, que desapareció con ella hacia el interior de las Aratamari, donde habían decidido resguardar a aquellos que no podían luchar. Nor agradeció que su mentor se fuera para no tener que contestarle pues, desde el asunto con el Aldakûne, no había conseguido volver a hablar con él con normalidad.
- ¿Quién era, lo sabes? –preguntó Dharaith a Northiêl.
- No lo sé, pero no era elfa sino humana… ¿tal vez de Eglamar? –contestó Northiêl.
- Tal vez. Tenía aspecto de excéntrica, ¿no te parece? –dijo Dharaith con un amago de risa.
- Sí… -coincidió Northiêl. – Bueno, ya se apañará Aranarth con ella. Él se basta y se sobra con la diplomacia, por lo que parece.
- Cualquiera diría que te empeñas en discutir con él –dijo Dharaith.
- Si tengo razón no sé por qué se empeña en no dármela –contestó Northiêl haciendo referencia a la conversación anterior. –Tú sabes que tengo razón… -le dijo.
- A mí no me metas –contestó Dharaith. –El trato era pasar poco tiempo juntas y ser tolerantes. Nadie dijo nada de que tuviera que darte la razón –dijo refiriéndose al compromiso que habían adquirido al poco tiempo de conocerse.
- No sé para qué te digo nada. Tú no me darías la razón ni aunque te fuera la vida en ello. Pero aún así te diré una cosa Dhara. Aranarth esconde algo… -al oír eso Dharaith levantó una ceja, escéptica. –No, te lo digo enserio –reafirmó Northiêl. –Está muy raro, y… sé que si siempre discutimos es también por mi culpa… pero siento… como si tuviera una carga que se le está yendo de las manos.
- Yo que tú me dejaría de tanto sentir y me preocuparía por no acabar convertida en pincho de orco –dijo Dharaith. Esa fue su manera de decirle que la conversación había acabado. La sacerdotisa dio media vuelta y se internó en las Aratamari, siguiendo el mismo camino que había seguido Aranarth unos minutos antes.
Northiêl dirigió su mirada al horizonte, la oscuridad era completa e impedía que pudiera ver nada, pero podía imaginarse a las hordas de orcos avanzando a buen ritmo. Probablemente a uno más rápido del que mantenían los preparativos para la defensa. Después dirigió la mirada en dirección a Dâkosto. Tampoco se veía nada, pero era de esperar… no hacía ni una hora desde que había partido el mensajero.
- Aiwëndil no estaba en casa, ¿crees que estará en Dâkosto? –dijo Northiêl a Nothal, que se mantenía en su espalda como era habitual. El koala no contestó y Northiêl siguió divagando mientras se internaba en las calles de Neitillot, por si podía ayudar en algo. –Yo creo que sí que está en Dâkosto… ¿en qué otro sitio podría estar? Porque dudo que se haya ido a Attayânarû… Seguro que partió ayer antes del anochecer, siempre es mucho más puntual que nosotros... pero esta vez nos ha salido mejor que a él la jugada: en cuanto llegue el mensajero a Dâkosto lo enviarán con la compañía a defender la ciudad pues la nuestra es la que lleva acumulados más días de descanso… y, cuando llegue y nos vea aquí, nos va a echar una bonita bronca por no habernos dado tiempo a llegar a Dâkosto antes de que los orcos aparecieran para estropearnos el día… Pero ¿sabes? Si pasa eso me alegraré… me alegraré de que esté bien y de que las cosas hayan vuelto a la normalidad. Desde que nos enviaron a Tuyrozd que parece que todas las cosas se hayan puesto en mi contra… ¿será verdad que esa ciudad está maldita?
- ¿Acaso estoy oyendo bien? ¿Northiêl Dusuik creyendo en las supersticiones? Sin duda es evidente ahora el porqué del ataque de los orcos… ¡es el fin del mundo! –dijo una voz a espaldas de Northiel. Aunque la voz se le antojaba familiar, Nor tuvo que girarse y contemplar al elfo que había hablado durante varios segundos, antes de reconocerlo.
- ¡Vaya, Taw! ¡Cuánto tiempo! ¡No te veía desde que nos paseamos por medio continente buscando el colgante! ¿Cómo has estado? –la pregunta le salió natural pero, tras pronunciarla, fue consciente de que había metido la pata. Recordó los rumores que le habían llegado sobre Tawarornê y su desaparición, y deseó que la tierra la tragara.
[…]
Mientras tanto, un caballo llegó en la noche a las puertas de los templos Attayânarû. El jinete, un elfo de cabellos ondulados y color castaño, se apeó, demostrando que era uno de los elfos más altos de Rómenor.
- ¿Quién anda ahí? - preguntó la voz de uno de los sacerdotes que estaba de guardia en las puertas de los templos.
- Estoy buscando a Neithan Nirilde.- informó Ornêkal.- Es urgente.
El sacerdote aceptó a regañadientes permitirle el paso al recién llegado al templo, ante la insistencia de él. Cuando Ornêkal se apeó del caballo, el sacerdote le acompañó hacia el templo Nenayanar, un edificio formado por varias columnas de tonos azul que imitaban unas cascadas y fue a despertar a Neithan. Éste no tardó en llegar al patio central Encontraron a Neithan en una pequeña sala.
-¡Ornêkal! ¡Hermano! ¿Qué ocurre? – exclamó al recién llegado al tiempo que le abrazaba.
Neithan era un elfo alto, aunque ni mucho menos tan alto como su hermano menor. Tenía ojos oscuros muy penetrantes y su cabello era oscuro también. Aunque en las facciones no se diferenciaba tanto de su hermano.
- Un grupo numeroso de orcos se acerca a la ciudad.
- ¿Orcos acercándose a Neitillot? ¿Cómo puede ser eso? - preguntó una voz detrás de ellos. Cuando se giraron, un elfo de cabello blanco y camisón cubierto por una capa se encontraba tras ellos. Era Ulwolo, uno de los más importantes sacerdotes de los aldalântar.
- Sí, mi señor. Ha ocurrido repentinamente.– le respondió Ornêkal.- En Neitillot me han pedido que os avisara para que os mantengáis al tanto. Ya se han solicitado refuerzos a Dâkosto.
- Muchas gracias. Alertaré a los sacerdotes por si acaso. Aunque las Attayânarû están más resguardadas que la ciudad.- dijo Ulwolo y, tras realizar una reverencia, se alejó desapareciendo por una de las esquinas del templo.
- ¿Tienes tu caballo cerca?- preguntó Neithan.- Me gustaría ir a la ciudad a ver qué está pasando.
El hermano asintió con un gesto y señaló al exterior. Salieron corriendo hacia donde estaba atado el caballo de Ornêkal. Los dos elfos se montaron en él y cabalgaron a través del ainatûre hacia la ciudad tan rápido como pudieron.
Ornêkal, con su hermano Neithan detrás de él, cruzaron toda la ciudad mientras se abrían paso entre la multitud y llegaron hasta la Puerta Oeste donde los arqueros se prepararon para el inminente ataque. Los orcos no tardaron en llegar y Ornêkal y Neithan vieron cómo eran recibidos con una lluvia de flechas. Afortunadamente, una compañía capitaneada por el ainadâka Aiwëndil alcanzó a las filas de orcos y la batalla empezó en la Puerta Oeste.
Mientras tanto, la batalla también empezaba en la Puerta Sur. Los orcos se habían dividido en dos grupos y presentaban un especial interés por entrar por esa Puerta, a pesar de que el grueso estaba en la Puerta Principal. Y en ese lugar estaba Northiêl.
La elfa se había situado al frente de las tropas que había allí. Los arqueros estaban atacando casi sin pausa desde que los orcos se pusieron a tiro. Sin embargo, los orcos venían con los escudos en alto, formando un techo que los protegía de la lluvia de flechas, aunque éstas encontraban resquicios por donde acertar. Todos estaban preparados cuando se escuchó el crujir de la puerta pero no esperaban que los golpes en la puerta fueran tan continuos y al poco la Puerta Sur había caído.
Los orcos entraron en la ciudad como una riada y se encontraron de frente con los alda, dispuestos a contenerlos. Los primeros momentos fueron de enorme confusión pues los orcos parecían que se lanzaban prácticamente sobre los defensores, obligándoles a retroceder. Muy pronto los orcos llegaron a las primeras casas sin apenas poder ser contenidos. Sin embargo, los arqueros dispararon contra los orcos que habían entrado, obligándoles a concentrarse. Esto dio una oportunidad a los elfos que empezaron a luchar con fiereza y a hacerles retroceder paso a paso hasta la puerta.
Mientras los ruidos de la batalla se extendían por toda la ciudad, Taw se encontraba en la Puerta del Mercado Nuevo, a la cabeza de un pequeño destacamento de soldados. Éstos no se encontraban a gusto con el barada, aunque mantenían su resentimiento oculto. El elfo lo sabía y suspiró silenciosamente; la noche ya había empezado bien cuando se dirigió hacia la Puerta del Oeste y el general le despachó con una puñalada:
- Aquí no hay ninguna elfa de la que puedas aprovecharte. Largo de aquí.
Nunca jamás le perdonarían el fatal error de haber salido e intimado con Tavir, quién era su hermanastra por parte de padre. Ninguno de los dos lo sabía hasta que un día salió a la luz, destrozando psicológicamente a ambos y casi mermando la salud mental de ambos. Sin embargo, Taw se había recuperado gracias a la visión de una mujer, o eso creía, y, tras tener una conversación con Tavir, enclaustrada en los Templos, la elfa se había recuperado de una forma excelente y ahora vivía en la capital. Pero, para su desgracia, la noticia se había difundido, cayendo todas las culpas sobre el barada, que era muy mal visto por todos.
Taw había decidido no contestar al general y retirarse a la segunda muralla, a la Puerta del Mercado Nuevo, sintiendo a su espalda cuando se marchaba la mirada de frialdad y desprecio de muchos soldados. Allí Northiêl había impuesto su voluntad a los soldados para que se quedaran a su mando, aunque nada más irse los soldados ya empezaron a mostrar su disconformidad disimuladamente.
El sonido de la batalla iba arreciando y se veía humo y destrucción a lo lejos, pero las órdenes eran claras, vigilar esa puerta. El tiempo pasaba y Taw se movía nerviosamente, sin tener noticias, hasta que…
- ¡Ayudadnos!
Un soldado maltrecho se dirigía corriendo hacia ellos. El alda se acercó a él para sostenerlo.
- Señor, hay muchos orcos, han entrado ya en la ciudad. Necesitamos ayuda para contenerlos.
Antes de que pudiera decir nada todos los soldados salieron casi corriendo, con la excusa perfecta y así alejarse del maldito Taw.
- ¡Alto! ¡Volved aquí!
Pero ya era imposible, todos se perdían en las calles, incluido el recién llegado. Al poco estaba totalmente sólo.
En la Puerta Sur la lucha se encontraba exactamente en la misma puerta, en un lugar angosto para la lucha, beneficiando y perjudicando por partes iguales a los dos bandos. Sin embargo, los alda, para no perder tiempo, utilizaban sus arcos para atacar a los orcos que había detrás de las primeras líneas, siguiendo las órdenes de Northiêl, que no estaba dispuesta a permitir que los orcos entraran de nuevo en la ciudad.
Lentamente los defensores fueron empujando a los invasores hacia atrás, hasta que la primera línea élfica los repelió fuera de la Puerta, pudiendo abrirse el frente con más soldados, entre los que estaba la elfa, que no aceptaba quedarse atrás en absoluto. La lucha se volvió más encarnizada.
El tiempo pasaba y Taw sólo podía escuchar el sonido de la batalla a lo lejos. Hubo, sin embargo, un cambio, un olor nauseabundo que se iba acercando a él, cada vez más penetrante.
“Ya están aquí.”
Taw desenvainó su espada y se puso en posición de combate delante de la puerta, que, por fortuna, sólo permitía el paso de una persona cada vez. No sabía si podría sobrevivir, dependía de cuántos hubieran, y no tardaría en saberlo.
Bordeando la muralla apareció un pequeño tropel de orcos, un grupo lo bastante numeroso como para dudar de su superviviencia. Los orcos se pararon ante él esbozando sonrisas macabras y, tras hablar entre ellos en su negra lengua, se adelantó uno con su espada. Detrás vino otro y, a continuación, otro. Taw cerró los ojos, ya sabía que moriría. Sus ojos se llenaron de lágrimas, alzó su espada y se enfrentó al primer orco.
Uno tras otro se iban acercando, sin prisa, sabiendo que era cuestión de tiempo que el elfo se rindiera y cayera. Los minutos se sucedían y el elfo estaba cubierto son sangre negra… y sangre roja. Dos veces cayó al suelo y dos veces se levantó. Sin embargo, no podía continuar así mucho más, los brazos le pesaban, las piernas apenas le respondían, la cabeza le daba vueltas, los ojos se le cerraban por el cansancio y el desgaste y las heridas no dejaban de drenarle vida y fuerza.
En la Puerta Oeste la situación era desesperante, parte del ejército se dedicaba a eliminar a los orcos que ya habían entrado en la ciudad y estaban quemando viviendas y, la otra parte, se dedicaba a contener los que intentaban entrar. Por fortuna, en el exterior, la compañía de Aiwëndil se dedicaba a hostigar a las tropas, sin poder hacer grandes cambios pero no dando tregua. El ainadâka sabía que desde Dâkosto venía otra tropa, más numerosa, para ayudarlos, aunque no sabía cuando vendría, por lo que había que resistir todo lo que se pudiera.
Una tercera vez cayó Taw y los orcos se acercaban a él, rodeándole. El barada alzó los ojos, eso era el fin. Un grito surgió de su garganta:
- Ontarê Inanna
Los orcos se quedaron ligeramente asombrados y, para su sorpresa, vieron como el elfo al que creían ya perdido se levantaba. Cogió con firmeza su espada y volvió a gritar:
- Ontarê Inanna
Y con elegancia se acercó al orco más cercano y, sin que éste pudiera hacer nada, lo traspasó. El elfo volvió a gritar, pero ésta vez era distinto lo que decía, estaba cantando:
- En esta oscura noche
en que las sombras
se alzan victoriosas…
El alda se dirigió al siguiente orco. Éste ya se encontraba dispuesto a luchar y, tras intercambiar una serie de golpes, también cayó bajo la espada élfica. Los orcos, enfurecidos, se lanzaron contra él. El barada seguía cantando:
- Tu luz brilla sobre nosotros
Ontarê Inanna.
Altas se alzaron las tinieblas
pero tu mano las expulsó.
Como si de un baile se tratara, el elfo empezó a asestar y a parar golpes, enfrentándose a tres orcos que en ese momento se abalanzaban sobre él. De nuevo siguió cantando:
- Ontarê Inanna,
que guardas a quien amas,
que velas por quien te ama,
en esta oscura noche,
en tu luz protégeme.
Un orco consiguió burlar la espada del alda pero, para su sorpresa, vio cómo era detenido por un viento que, al parecer, lo envolvía, protegiéndolo. No pudo pensar mucho más pues pronto el elfo segó su vida. Los orcos se sucedían y el barada cantaba:
- Ontarê Inanna,
aunque altas son las tinieblas
más alta eres tú;
pues ante ti nada pueden,
ante ti huyen y se desvanecen.
Los orcos estaban desmoralizados, un sólo elfo estaba acabando con ellos y se encontraba protegido por esa Inanna a quién no cesaba de cantar y la cual le había dado lo que parecía ser una armadura de viento que repelía sus ataques. Y el alda continuaba incansable:
- Ontarê Inanna,
has iluminado al mundo
con tu presencia,
has llenado el mundo
con tu luz perfecta.
Ya sólo quedaban tres orcos y el invicto elfo seguía su danza. Un movimiento y acabó con el primero, mientras el tercero se veía repelido un ataque por el viento. Otro movimiento y el segundo cayó. Y, sin detenerse, el tercero perdió la vida bajo la espada del elfo. Su canción continuó:
- Ontarê Inanna,
bajo las ramas de los árboles.
Ontarê Inanna,
en las orillas del agua.
Ontarê Inanna,
Ontarêgure.
Taw pestañeó y abrió los ojos, como si despertara de un sueño profundo. Ante él vio los cuerpos de muchos orcos, todos ellos muertos, y él, a pesar de estar malherido, seguía vivo. Se retiró hacia la puerta y se sentó, apoyándose en ella y poniendo la espada en sus piernas cruzadas. Cerró los ojos y sólo pudo pensar en una cosa antes de caer en la inconsciencia…
“Ontarê Inanna”
Mientras, en los alrededores de la Puerta Sur, la batalla seguía siendo durísima. Los arcos habían callado, los elfos no querían arriesgarse a herir a uno de los suyos, y sólo se oía la música de las espadas orcas y élficas.
Northiêl luchaba sin descanso, aunque el cansancio ya hacía mella sobre ella y los defensores. Los orcos se acercaban a ellos como olas que se estrellaban a los pies de la muralla para luego volver. Nor levantó un momento la vista al cielo antes de seguir, descubriendo para su sorpresa que el cielo estaba aclarándose cada vez más. Estaba amaneciendo.
- Vamos, está ama…
Le interrumpió un sonido que venía del bosque. Northiêl pensó: “Ya está, vienen más orcos” Pero recapacitó. De nuevo se escuchó un sonido, esta vez lo identificó, era un cuerno élfico y lo que parecían caballos. Miró al norte, y estuvo a punto de derramar lágrimas de alivio, era la caballería alda. Los gritos de los defensores fue clamoroso y, como si actuaran al unísono, los recién llegados y los que ya estaban combatiendo se lanzaron contra las tropas orcas.
- ¿Me echabas de menos, Nor?
La elfa levantó la vista ante un jinete que había llegado a su altura. Estaba sucio, con algunas heridas, como ella, sin apenas importancia.
- Ya era hora de que vinieras, Aiwëndil.
- Sentimos el retraso, pero la situación en la Puerta del Oeste era más peligrosa que la que había aquí y…
- Bueno, ya hablaremos de eso. Ahora hay unos orcos que eliminar.
Y los dos volvieron a concentrarse en la batalla, cuyo fin ya se veía cercano.
[Editado por Vardarion el 03-05-2009 23:13]
El fuego se propagaba con intensidad sobre la ciudad, mientras que sobre las tranquilas aguas de Neitillot flotaban ya un gran número de cuerpos inertes, enturbiando su pureza con la sangre derramada y el resto de fluidos segregados por los cuerpos. Gran sería el trabajo que las cataratas habrían de hacer sobre aquellas aguas, para restaurar lo que en aquella noche se mancillaba.
En escaso tiempo Durbhosh y los suyos se habían hecho el control de las puertas de los aldalantâr, acorralándolos y obligándoles a luchar. La pelea había sido encarnizada pero con buenos frutos, y poco a poco el enemigo había cedido terreno, amasándose, desgastándose, bajo el desanimo que producía ver que todo cuanto luchaban era en manos, y por diestros que fueran, ellos contaban con un mayor número con brazos y piernas siempre frescos para la guerra. Durbhosh los guiaba y animaba ante la bestia herida que era su enemigo, en aquel momento donde el combate era aún que no lo pareciera más critico. El momento, en que la supervivencia lo puede todo, y la bestia más duro lucha en su total apuesta por salvar la vida.
El sonido de cuernos elficos sonó por un instante por encima de los suyos, proveniente del otro lado de los muros de la ciudad, e inquieto ante la posibilidad del resurgir de la esperanza, Durbhosh dirigió nuevamente a varios de los suyos hacia los bosques mientras que el resto proseguía propagando el fuego por la ciudad. Un lecho de ceniza es lo que debería quedar de Neitillot tras la noche. Un lecho marchito sobre el que no volvería a levantarse nada.
Las sospechas del jefe orco tomaron forma cerca de la Puerta Oeste de la ciudad, donde nuevos refuerzos del enemigo se hacían paso a través de los suyos.
Bajo sus órdenes, las filas de orcos se reagruparon, formando una fuerte línea de lanceros que obligaron a retroceder a la caballería aldalantâr, mientras que los arqueros volvían a tomar buenas posiciones sobre el terreno e incrementaba las bajas enemigas. Ante la respuesta ofensiva de Durbhosh, la hueste de los elfos reaccionó. Convirtiéndose la batalla frente a la Puerta Oeste una dura contienda para ambas fuerzas, en la que la ventaja de uno se sucedía con la del otro, en una lucha sin fin, como dos serpientes que se devoran mutuamente.
Consciente que aquella lucha ya en nada contribuía a sus propósitos y lo alejaba cada vez más de alzarse con la victoria antes del resurgir del sol. Durbhosh tomó la decisión de reagrupar nuevamente sus fuerzas y aplicarlas sobre un único punto, incrementando de esa forma el avance y seguridad de su ejército, menos expuesto y vulnerable de lo que se encontraba en aquellos momentos inmerso en un asedio demasiado ambicioso que había terminado pecando de soberbio.
Tomada la decisión, el ejército orco se replegó y dirigió todo su ataque hacia la Puerta Sur. Y aunque siendo esta medida la más sabía, Durbhosh no pudo evitar que una espinita se le clavara en su orgullo, teniendo que cederle terreno a su enemigo aún en pos de conseguir un logro mayor.
El sacrificio de su orgullo pronto se vio recompensado y los orcos pronto comenzaron a avanzar sobre la ciudad con fuerzas renovadas, en su contra el vendaval aldalanta que se avecinaba desde el otro extremo de la ciudad a través de la Puerta Oeste. Sus fuerzas se habían igualado, pero su mayor número les haría alzarse sin lugar a dudas con la victoria. Tan solo un elemento jugaba claramente en su contra, aquella batalla era una carrera a contrarreloj y no podía apartar la mirada del horizonte sobre el cual el sol comenzaba ya a asomar.
El ánimo creado por la caballería alda duró poco. Los orcos reagrupados nuevamente en filas muchos más organizadas penetraron en la ciudad a través de la Puerta Sur como un torrente imparable. La ilusión de una pronta victoria por parte de los aldalantâr parecía romperse defendiéndose a duras penas de la nueva oleada, aún si cabe, más agresiva. Cayendo así nuevamente el ánimo de las tropas que protegían la ciudad ante su falta ya de fuerzas, y la visión de su esperanza rota. Ya que la llegada de la caballería que tanto les había animado, ahora era simplemente desconsuelo. Obligada ahora a luchar entre las laberínticas calles de la ciudad y los estrechos pasos entre islotes, la caballería que tanto daño había causado en el enemigo en espacio abierto ahora era abatida más fácilmente, siendo sus jinetes asaltados en sus monturas por los orcos que se arrojaban desde los edificios, y varios corceles arrojados con o sin jinetes a las aguas, siendo más fácilmente abatidos si no estaban muertos.
Pero el provecho que habían sacado inicialmente los orcos de aquel emplazamiento, los alda lo usaron también en su favor, como descubriendo entonces una ventaja que siempre habían tenido y que no habían aprovechado al tenerla tan asumida y dentro de sus vidas. No había necesidad de aprovechar tan solo las defensas que disponían la ciudad y ambos bandos comenzaron a asaltar viviendas y edificios de todo tipo sin importar a quien o a que pertenecía. Tan solo el valor estratégico de estos importaba como el bien que podía tener para tomar cada punto de aquel gigantesco laberinto que era la ciudad.
Aquel nuevo rumbo de la guerra hacía que esta se volviera más lenta y difícil. Por cada calle se libraba una batalla completa y el conocimiento de los alda hacía que el poder numérico de los orcos fuera reducido equiparándose las fuerzas. Y aquella lentitud era algo que disgustaba enormemente a Durbhosh. A través de ventana del fuerte que había tomado como suyo podía ver como el horizonte era ya mucho más claro, clara señal que las primeras luces de la mañana alcanzaban ya aquellas tierras. Había deseado enormemente la rotunda victoria frente a su enemigo, algo que había dado casi por seguro, pero como bien sabia no todo en la guerra estaba atado, y los refuerzos así como aquella maraña de calles habían dado al traste sus expectativas. No había perdido pero tampoco podía decir que ganado, y debía aceptar que la noche no era eterna y debía velar por el bien de los suyos, débiles como él ante la claridad del día. Mal que le pesara era el momento de la retirada, aunque era fuera la retirada de una batalla en la que sin la luz del sol habría logrado ganar.
El cuerno del jefe orco sonó tres veces sobre Neitillot, la lucha habían terminado, y aunque el ánimo del ejército era aún el de luchar se apresuraron en alcanzar nuevamente la seguridad de los bosques colindantes a la ciudad. Quizás en otra ocasión, cuando fueran tomados nuevamente por sorpresa, la caída de su enemigo sería total.
En Minetollê, en el centro de la capital, lugar al que los orcos no habían conseguido llegar y que se mantenía intacto, Branda, la balta de los aldalânta elevaba su bastón hacia el cielo y salmodiaba una plegaria que se extendía por toda la ciudad. Al lado de la elfa de cabellos rubios, formando un círculo alrededor de la Torre del Árbol, se hallaban Aranarth, Emmârdin (el anterior balta a Branda), Pathâkal (el padre de Neithan y Ornêkal) y otros tantos sacerdotes. Llevaban congregados allí toda la noche, envueltos en el suave aroma del incienso y la madreselva y horrorizados por la carnicería que estaba sucediendo en otros lugares de la ciudad. Sus cantos estallaban en lamentos de congoja y pena, de dolor y padecimiento. Imploraban la ayuda de Yenna y de Nensir, de los aldar y los nendar, y de todas las divinidades de la Tierra de los Dioses mientras las lágrimas de lamentación caían de sus rostros.
Entonces se escucharon los cuernos de retirada de los orcos en todos los rincones de Neitillot y, en ese preciso momento, una suave lluvia empezó a caer desde el cielo.
Los orcos se van y mis lágrimas curarán las heridas de vuestras almas
Neithan abrió los ojos cuando notó la lluvia caer sobre él. Por un momento no supo dónde se encontraba pero entonces recordó. Estaba en el Mercado Nuevo de la ciudad.
- ¡Los orcos se van! ¡Los orcos se van! ¡Alabados sean los dioses! - gritaban los supervivientes a su alrededor.
Neithan intentó levantarse pero tenía el cuerpo dolorido. Sin quererlo, se había visto envuelto en la batalla y, auque él era un sacerdote, había tenido que combatir a los orcos en una batalla que durante mucho tiempo estuvo equilibrada. Pero el ímpetu y la fuerza élfica de los aldalântar había hecho frente con valentía al empuje orco consiguiendo salvar la ciudad de un desastre.
La vista cansada del elfo vio como una mano delgada se acercaba y le ofrecía ayuda. Alzó la mirada y se topó con el rostro de su hermano que estaba surcado por varias heridas.
- Los orcos se van. Todo ya ha terminado y Neitillot está a salvo.- dijo Ornêkal mientras ayudaba a su hermano a levantarse.
- Pero hemos pagado un alto precio por ello. – se lamentó Neithan al tiempo que se incorporaba.- Habrá de pasar algún tiempo para que las heridas de esta aciaga noche se cierren. ¿Estás herido?
- Sólo tengo un pequeño corte en la pierna derecha pero no es de importancia.- respondió Ornêkal.
Ambos hermanos miraron a su alrededor. El mercado nuevo poco tenía de lo que había sido, ahora era una desolada explanada llena de cadáveres y sangre, de armas rotas y almas segadas. Con horror vieron como los cuerpos sin vida de los elfos se hallaban mezclados con los cuerpos de los orcos.
Northiêl y Aiwëndil estaban al límite de sus fuerzas. La lluvia caía sobre ellos, purificándolos de la batalla que tanto les había costado. La elfa llevaba parte de la cabeza cubierta con un trapo ensangrentado mientras que la mano izquierda la tenía entumecida, mientras el elfo cojeaba de la piernas derecha, llevando un trozo de ropa anudado en el muslo . Habían pensado que la batalla iba a acabar pronto pero casi se les escapó de las manos, paseando ahora entre las orcos y aldas muertos, aunque muchos habían salido heridos y una afortunada minoría, ilesos. Mirar a izquierda y derecha era ver caos y desolación, ahora paliado por la lluvia, que todo lo lava. Los dos alda no habían terminado de inspeccionar cuando vino un soldado, no le hubieran prestado atención si no hubiera llevado en sus brazos una persona a la que reconocieron en seguida.
- ¡Taw! – grito Nor.
Los dos se acercaron rápidamente, sorteando a los cuerpos que yacían en el suelo.
- Lo encontré inconsciente en la Puerta del Mercado Nuevo. Está herido pero no parece demasiado grave.
- ¿Cómo ha llegado a este estado? – inquirió Aiwe al ver a Taw recubierto de sangre negra y roja.
- No lo sé exactamente. Cuando llegué había delante de él una treintena de orcos muertos… y ningún alda.
- ¿Cómo? –preguntó exclamando Northiêl, Aiwëndil estaba totalmente asombrado, como los soldados que estaban fuera.
- Pues no sé, pero creo que sería necesario que alguien lo viera.
- Sí claro, yo me encargo. – dijo Aiwë.
El soldado entregó a Taw con cuidado pues Aiwë no estaba en su mejor momento, mientras Nor miraba inquisitivamente al soldado. Lo había visto al principio de la batalla pero luego había desaparecido sin dejar rastro hasta ahora. Era extraño, pero tampoco raro, había visto tantos soldados que podía haberse olvidado de él.
- Soldado, ¿cómo te llamas? – preguntó Northiêl.
- Me llamo Minnerenenyondê, pero me suelen llamar Minnere.
Minnere esbozó una sonrisa, sabía que sospechaba que la elfa no se lo había tragado, pero no podía decir que había actuado como un cobarde, que no había ayudado a Taw en su lucha. Sin embargo había recibido un regalo inesperado. Había visto como el alda, que parecía derrotado, se levantaba como si nada, derrotando a todos los orcos sin apenas esforzarse… y todo gracias a la mujer a quien había estado cantado, Inanna. Era extraño que un barada no hubiera cantado a Yenna o a Nensir en ese tránsito. Mientras cantó sin pensar para si mismo:
Ontarê Inanna,
Bajo las ramas de los árboles.
Ontarê Inanna,
En las orillas del agua,
Ontarê Inanna,
Ontarêgure.
[Editado por Vardarion el 08-05-2009 23:09]
Capítulo 2: Un hombre venido del oeste.
Las catarátas de Nén-Varyari limpiaba poco a poco la sangre derramada sobre Neitillot. Limpiaba la tristeza y el miedo de sus habitantes y les ayudaba a amar y disfrutar del nuevo día que se le había otorgado. Poco a poco la belleza de la ciudad se iba recuperando y la normalidad y rutina volvían a las vidas de todo. Las ceremonias fúnebres concluían y los heridos por la batalla eran cada vez menos. Poco a poco las heridas se limpiaban y curaban.
El décimo octavo día del Ether Saille sin embargo el temor regreso nuevamente a sus vidas. Desde el norte se anunciaba el avance de un gran grupo armado proveniente del noreste, cerca de la ciudad de Formenyaelen. La dirección tomada por este grupo según los vigías era la del suroeste, quienes no parecían poder dar aun gran información de lo que estaba pasando, o no quería aun que se propagara por todo el reino. Dicha noticia pues anunciaba que tal grupo se aproximaba a Neitillot o Breald, en unos días que aún se recuperaban de la guerra.
La noche extendió oscuridad y miedo nuevamente sobre Neitillot que dirigía una mirada de desconfianza y miedo hacia el noreste.
En el pequeño claro que dejaba la arboleda de las asambleas de las Altas Estancias, en el corazón de Neitillot, se congregaron más de una veintena de elfos, delante cada uno de ellos de un tronco, símbolo de su puesto en el consejo. Se trataba de una asamblea extraordinaria del Aratûre.
- ¿Estamos todos? – preguntó Branda.
- No.- respondió Pathâkal señalando dos troncos vacíos. – Faltan dos miembros del consejo. La barada Althira y nuestro artadâko, Tathâral. Los hijos de Tuinêral.
- Habréis de saber, Pathâkal, que la sacerdotisa está aún convaleciente en Dahald y que nuestro artadâko está inmerso en las guerras contra los uonu-nyrr. Yo vengo en su nombre. – dijo otro elfo, situado a la izquierda del padre de Neithan, visiblemente molesto por el tono con el que Pathâkal había hablado sobre los ausentes.
- Ezirer, la defensa de nuestras tierras es ahora más importante que la guerra contra los hijos del bosque sombrío. El artadâko debería estar aquí. – insistió el otro.
Otros elfos participaron también de la discusión y ésta empezó a discurrir por diversos derroteros que expresaban las inquietudes que a todos ellos les asaltaba en esos momentos. Los ánimos se caldearon en el claro de la arboleda pues todos andaban nerviosos. Muchas voces apuntaban a que los dioses estaban enfadados y que Nensir les había abandonado. Por lo que muchos, entre la algarabía, reclamaban nuevos rituales a los dioses.
Branda tuvo que intervenir y pedir sosiego.
- Ahora no es momento de discutir. – dijo con voz melodiosa mientras su rostro luminoso imploraba cordura.- Hay que estar unidos en estos tiempos aciagos. Hace unas semanas nuestra ciudad fue testigo de una cruel agresión y, ahora, una nueva amenaza se cierne sobre ella. Según detallan los informes, un grupo armado ha sido visto en las cercanías de Formenyaelen y parece dirigirse hacia el sur. Es posible que Neitillot o Breald sean víctimas de un próximo ataque.
Un suave viento empezó a soplar entre los árboles, que se agitaron dócilmente, mientras los assanar debatieron las nuevas noticias. “Esto es obra de los crueles dioses de los uonu-nyrr” “El señor de los cuervos nos envió a los orcos y ahora prepara otro ataque”, decían algunos. ”Esas extrañas piedras son las culpables”, apuntaron otros. Pero todos estaban de acuerdo en que, detrás de aquello, estaba la mano de alguien que quería su destrucción.
- Nensir nos advirtió hace un año por medio de algunos de nuestros hermanos. – dijo Emmârdin, recordando aquello que les había sido revelado casi un año atrás a algunos viajeros aldalântar en las lejanas ruinas de Nilme Istyalvao, en el corazón del continente.- Nos avisó de que Linnan-buru buscaría esas piedras y de que no dudaría en atacarnos.
Ulwolo, mientras tanto, escuchaba atento las distintas aportaciones de los sacerdotes. A pesar de no comulgar con las ideas de Emmârdin y de su esmerada religiosidad hacia los dioses tradicionales, sabía que tenía razón. Todo aquello tenía que ser obra de aquél que llamaban Balcnîn, no podía ser de otra manera. “El tiempo de la verdad se acercaba”, pensó el sacerdote para sí mismo.
- ¿Y dónde está nuestra piedra? – pregunto uno de los sacerdotes dirigiendo la mirada hacia Branda.
Pero la balta no respondió a la pregunta sino que fue Emmârdin el que habló.
- Se halla a buen recaudo, Teziral. - respondió el assana.- Pero ahora lo importante no es eso. Lo inmediato es estar preparados para un posible ataque. Nuestra ciudad aún no se ha recuperado del todo de las heridas de la Noche Sombría.
- Sí, yo lo creo. Pero pienso que el principal problema de nuestro pueblo es que no tiene un líder lo suficiente capaz para afrontar las amenazas que se ciernen sobre nosotros.- consideró Teziral, mirando fijamente a Branda.
- No tienes ningún motivo para dudar de mi autoridad. Ni tampoco es éste el momento. – respondió la balta, visiblemente molesta por el comentario del sacerdote.
A Ulwolo no le sorprendió para nada el comentario de Teziral. No era nada nuevo la división interna dentro del Aratûre, pero en su interior disfrutó al ver que la sonrisa perenne se le borraba del rostro de Branda.
- Basta, señores. - intervino Pathâkal.- Queramos o no, Branda es nuestra balta y ha demostrado muchas veces que es una dirigente eficaz. Ahora, lo importante es que Ezirer, en ausencia del artadâko, organice una defensa eficaz de nuestras tierras.
- Desde Dâkosto ya estamos preparándonos para lo que pudiera pasar.- intervino el prócer de Dâkosto.- La tercera compañía, a cargo de los ainadâkar Northiêl y Aiwëndil, se encargará de proteger las fronteras de Galador. Mientras que los ainadâkar Brêt y Târîs viajarán a Breald a avisar al gobernador Kelnetir y organizar la defensa de la ciudad.
- ¿Y no sería conveniente que una expedición se acercase a Formenyaelen a investigar la naturaleza del ejército invasor? – preguntó Aranarth, que había estado en silencio durante todo el concilio.
- Tienes razón. Buscaré a alguien capaz.
Ulwolo sonrió para sí. Mezûare, el tiempo se aproxima , pensó cuando salía de las Altas Estancias. Antes de regresar a las Attayânarû tendría que hablar con Kalimê.
Un golpe seco... y un joven cuerpo rodó en la arena.
- ¡Eso fue un golpe bajo! ¡No fue justo!
- Pobrecito y ¿Le dolió al nene? ¡Cuando estés en un combate real jugándote la vida, tu contrincante no va a pensar lo que es justo o no, lo más importante es que pienses y actúes rápidamente para evitar que te separen la cabeza del resto de tu cuerpo!
La voz de la elfa se escuchó fuertemente en el campo de entrenamiento. Tenía el cuerpo dorado por estar largas horas bajo el sol y el sudor hacía que su blusa blanca se le pegase al cuerpo, delineándola a la perfección provocando cierta turbación entre los más jóvenes. Su cabello enmarañado caía sobre sus hombros y una sonrisa pícara brotaba de su rostro sonrojado ya por el calor de la contienda.
Tomó con fuerza la dura pero flexible espada entrenamiento de un metro y medio de largo, la hizo girar con facilidad frente a ella y la acercó a su cuerpo en una posición perfecta para el ataque y defensa, mientras recordaba cuando ella se había encontrado justo en la posición de aquel joven elfo.
- ¡Si quieren ser caballeros Ainadakar empiecen a actuar como tal! ¡Y tú! – Refiriéndose al joven que yacía aún con el rostro enterrado en la arena - ¡Toma firme la espada y levántate! ¿O acaso eres un bebé al que debo darle la manito para que levante su trasero del piso?
El joven elfo se levantó y limpió la sangre que brotaba de su labio y se topó las costillas temiendo que estas se hubiesen salido de su lugar.
- ¡Demonios!-, bufó de rabia, aunque no se notaba a ciencia cierta si era por que le estaba dando una paliza una elfa que aparentaba casi su misma edad, o por las risillas que se sintieron entre sus compañeros cuando topó tierra.
Observaba a la elfa con rabia. Justo a él tocarle luchar con esa... con esa... si tan sólo lograra darle un golpe para borrarle esa risa que le perturbaba.
- Vamos... una vez más... - susurró la elfa con mofa, aunque los ojos llenos de ira del elfo le demostraban que esta vez aquel joven iría con todo.
La batalla terminó con el joven de espaldas en el piso. Se sentía humillado, había perdido, pero la prepotente elfa le dio su aprobación.
Hizo callar con un grito los murmullos de los jóvenes. Aquél había durado más tiempo que ella la primera vez que tuvo que luchar con su superior.
- ¡Si alguien se ríe o dice algo de su compañero tendrá que vérselas conmigo!
La elfa se retiró en silencio, hacia el largo pasillo, dejando al grupo con el encargado de las armas. Ella sólo les enseñaría a pelear de la manera más eficaz, los demás deben preocuparse de las teorías y demás estupideces murmuró mientras se acercaba a su habitación para darse un baño.
Al entrar buscó entre el desorden que tenía hasta encontrar las toallas amontonadas en una esquina, y al tomar una de ellas vio que una gruesa botella de un fuerte licor, se encontraba cubierta entre ellas. Los ojos de la aina brillaron y sus manos temblaron al sentirle el aroma al brebaje.
Un poquito no le hace mal a nadie musitó mientras recogió un vaso que tenía detrás de una silla para probar el licor, era sólo un poquito, pero al final terminó empinándose la botella y bebiendo con vehemencia como si de agua se tratase, hasta ver el fondo...
...
No había pasado mucho rato en el cuartel cuando una elfa de andar un poco extraño, le dio por patear las puertas y gritar a los siete cielos, la culpa de todos por todo lo que estaba ocurriendo, mientras se dirigía por un largo pasillo. Un par de soldados al intentar calmarla recibieron una fuerte paliza, debiendo llamar a un contingente mayor para hacer calmar a la furibunda elfa, que peleaba porque no le arrebataran la botella.
- ¡Esa es la mirada que necesitan en combate! cada vez que tomen un arma en sus manos debe ser sin dudas, sin un pequeño atisbo de remordimiento! Hip! - Decía la elfa mientras tenía entre sus brazos el cuello de uno de los soldados.
Tras dos horas de conversas, retos y una batalla en la que, fueron más los soldados heridos que aquella elfa, donde por fin se tiró a dormir en el piso, a pierna suelta, a pocos metros de la sala de reuniones, desde donde después fue llebada hacia el calabozo para evitar, si se despertaba, que armara otro escándalo.
Ya hacía un buen tiempo desde que la elfa no producía tal alboroto, y la pregunta en ese momento fue, como había llegado aquella botella dentro del cuartel, y a las manos de Kalimê.
[Editado por auriga el 18-05-2009 05:50]
Historia finalizada.