La Guerra de los Clanes

Tiempos Aciagos. Capítulo 1: ¡ORCOS! (De Los Hechos Varendia)

Terminada
Escrito el 01-05-2009 15:38 #1

La música había cambiado en el Este, su sinfonía de tonos suaves y gélidos había cambiado ahora el rumbo de las aguas y la brisa que se posaba sobre las olas. El cambio de ritmo llego a la cúspide del Soronnórië, llamando la atención de las Águilas que alzaron el vuelo rumbo al Este, lejos de Romenor.

Escrito el 01-05-2009 17:58 #2

Bajo el techo de arena y piedra ardía un único gran fuego rodeado por cientos de figuras que se encontraban de pie y en silencio. El líder del grupo, situado en una posición privilegiada respecto al fuego, alzo su cuenco a la luz de las llamas, desencadenando el mismo gesto en el resto de los presentes. Volvió de nuevo el cuenco hacía así y con ambas manos se llevo el contenido a su boca, y de su boca al interior de su cuerpo. Era una sustancia de tacto grumoso y sabor intenso, provocando de inmediato un gran ardor que iba deslizándose del gaznate a las tripas y de allí al resto del cuerpo. Ghâshishi con los ojos aún cerrados, bajo las manos y lanzó el cuenco al suelo con la mano en la que llevaba el anillo de ónice negro. Varios centenares de orcos respiraban ahora al unísono como un único individuo, una misma bestia que a la vez abrió sus centenares de ojos, inundando la oscuridad de una inmensidad de puntos rojos de la que provino un enorme rugido que sonó como uno.

Fría era la noche, fría como lo es siempre en el desierto, un mar de arena que se desliza por los dedos robando todo el calor posible de los cuerpos cálidos hasta el comienzo de un nuevo amanecer. Pero calor era lo que más le sobraba a los cientos de orcos que recorrían, casi a la carrera, el poco espacio que le separaban ya de Varendia. Sus pechos estaban hinchados, cada músculo preparado y la menta fija y clara en el objetivo que poco a poco alzaba más grande e imponente en frente.

Una orquesta de cuernos anunció su llegada y les dio la bienvenida a los campos y edificios abandonados ante la muralla. Tras el cual cientos de saetas silbaron bajo el cielo negro posando sus plumas a escasos pasos de la línea de orcos. ¿Qué mejor ofrenda puede tener un guerrero, que un contrincante digno y preparado, dispuesto a luchar por cada gota de sangre, dispuesto a no morir en balde hasta su último aliento? ¿Qué mejor momento para la muerte que éste? ¿Qué mejor momento para la victoria?

Las catapultas respondieron al clamor de la guerra, replicando con sus piedras los muros varantes, replicando sobre los tejados de gente honesta con los corazones encogidos, ansiosos de un tiempo sin guerra. Esperanza que ahora custodiaban los guardias de la ciudadela.

Los cuernos sonaban, mientras cientos de familias se refugiaban. Las voces de los capitanes llamaban a filas, mientras que a voces sobre la ciudad resonaba un nombre, que brotaba y se propagaba anunció de una plaga. ¡ORCOS!

Escrito el 03-05-2009 23:11 #3

Amanecía sobre la ciudad de los varantes. Como todas las mañanas, el sol ascendió desde las colinas, lejos en el este. Los primeros rayos de luz, entremezclados quizá con la arena del desierto, como afirmaba la tradición, emitieron destellos anaranjados y rojizos sobre la piedra de los edificios, las murallas, el río y la hierba que lo rodeaba. Uno de los campesinos que vivían extramuros, mascando el rabillo de una hoja de trébol, afirmó en silencio, con la cabeza, como confirmando alguna suposición. Aquél sería un día como cualquier otro.

No sabía el buen granjero hasta qué punto se equivocaba.

Alberion suspiró, hastiado. La política le hacía perder la paciencia. Le parecía una completa pérdida de tiempo y energía humana. Y allí estaba, sin poder hacer otra cosa que esperar a que terminara la sesión del Senado.

— ¡La Ciencia, la Ciencia! ¡Si los varantes se dedicaran a la Ciencia…! —exclamaba una y otra vez, vehemente, cuando tenía la menor oportunidad. La mayoría que lo escuchaba sonreía ligeramente, sin que se notara, divertidos por los desvaríos de un excéntrico. Unos pocos, sin embargo, asentían en silencio, conscientes de la verdad que subyacía en sus palabras.

Corría el año 712 después del nacimiento de Al’Darme. Vendrían otros tiempos en Rómenor, para mejor y para peor. Pero cuando, un siglo después, la República de los Varantes se hubiera enriquecido con los ingeniosos inventos del siempre dispuesto Alberion, todos los recordarían de un modo muy diferente. Los nómadas, que le dieron su nombre, perciben las cosas de un modo distinto, y ya supieron cuando vieron a Nieran Valishta que él sería Alberion, El que Ve y Comprende. Un siglo después, no sólo los nómadas opinarían así.

Sonrió condescendientemente cuando la vio.

— ¿Cómo te ha ido? —preguntó, saludando con la mano. La joven, cuyo nombre era Tanýa, se encogió de hombros.

— Bien, como de costumbre —aseguró. Le entregó un paquete voluminoso y bien cerrado. Él asintió con la cabeza; le entregó algunas monedas de oro.

— Me gustaría que nos viéramos más a menudo, escurridiza —dijo él. Ella sonrió levemente.

— Tú estás ocupado con tus asuntos, y yo con los míos.

Alberion suspiró, resignado. Entonces observó el paquete que sostenía con ambas manos y volvió a sonreír. En su mente ya brillaban los planes de futuros experimentos.

Todo científico que se precie ha de estar por delante de la sociedad. Su función es, al fin y al cabo, hacer avanzar a esa misma sociedad. De tal guisa eran los argumentos de Alberion cuando algún amigo miraba de reojo, con evidente desaprobación, los paquetes que ocasionalmente recibía.

Si bien las autoridades varantes son relativamente benevolentes con respecto a las mercancías con que se comercia en la capital, hay ciertas sustancias que tan sólo pueden circular de modo clandestino. La mayoría eran drogas o venenos, sustancias altamente perjudiciales que sumían a sus consumidores en la adicción o que directamente los mataban sin contemplaciones. La mayoría de la buena gente de Varendia compartía la opinión de que aquellas sustancias habían de estar prohibidas.

Pero él, Alberion, no podía permitirse el lujo de cerrarse caminos, por muy oscuros que éstos fueran. Sabía con toda certeza que existían venenos que, suministrados en pequeñísimas cantidades, podían llegarse a convertir en antídotos. De modo que, entre su abultado y extenso círculo de amistades, tuvo que incluir a todo tipo de gente.

Asumía el riesgo.

Los Senadores hablaban a grandes voces. La sesión de aquella mañana estaba siendo ardua y difícil, con intensos debates y extensos discursos. Los revisionistas, la facción más liberal de la Cámara, echaban de menos a Athran, perdido en guerras y misiones. Los conservadores aprovechaban su ventaja, pero lo cierto era que su principal valedor, Dorian vae’Niher, tampoco estaba. Faltaba en la sala la chispa y el ingenio característicos de aquellos dos jóvenes extraordinarios.

Discutieron durante cuatro horas, haciendo breves pausas en las que ni siquiera se permitían tomar un respiro o un apresurado almuerzo. Se congregaban en pequeños grupos, murmurando y discutiendo la forma de abordar el debate una vez dentro de la sala. La anciana Ishbel, guardiana de las llaves del salón, no recordaba una discusión tan acalorada en meses.

Se habían juntado dos temas que despertaban ampollas y recelos por igual. En primer lugar, el comercio de la especia. Algunos senadores argumentaban que la propiedad de las especias, en particular canela y pimienta, que se vendían casi sin quererlo, se estaba concentrando en demasiadas pocas manos. Unos clamaban por el establecimiento de un impuesto para una determinada cuota de especia, que haría el negocio mucho menos productivo para los grandes Razzâg y estimularía a los pequeños mercaderes. Los otros, en especial todos los representantes de la propia Cofradía de Comerciantes, defendían a ultranza el librecambismo.

El segundo tema caldeó aún más la sala, porque era un asunto político de primera importancia. Tras recuperar las plazas de Lambar y Naraharaz, y asegurada Dhairat con firmes tratados de amistad, muchos políticos ponían los ojos en otras ciudades. La mayoría coincidía en reforzar el recién recuperado corazón del antiguo Imperio; muchos afirmaban necesario iniciar la búsqueda de aquellas extrañas piedras que todos ansiaban. Unos pocos clamaban contra los elfos que se habían atrevido a ocupar porciones del desierto con sus ejércitos. Si bien esta última postura no tenía muchos adeptos, sus exclamaciones sumían a la sala en el caos.

— ¡Muerte a los elfos! —gritaba uno de pronto, interrumpiendo a un compañero. Estaba hecho. La Cámara se sumía en un absoluto descontrol. Llegaron a recriminarse cosas de índole personal.

— ¿Es que no estás satisfecho con la sangre que ya se ha derramado, Ahmed? —gritaba uno.

— ¿Y tú me hablas de sangre, Nahald? ¡Lo que ocurre es que te domina esa avaricia tuya! —contestaba su rival.

— ¡Enriquecerse por el comercio es lícito, Ahmed, y no el hacerlo con la muerte! —replicó Nahald.

— ¡Tú no te enriqueces, tú marchitas a todos los mercaderes honorables! ¡Si tu esposa no es capaz de controlar ese instinto suyo, ya es hora de que cambie de hábitos!

— ¿Tú me hablas de esposa, cuando el pueblo llama el harén a la alcoba de tu mujer?

Así estaban, a punto de recurrir a las manos, cuando un fuerte golpe seco se elevó por encima del tumulto. Poco a poco, los Senadores se fueron callando, dominados por el estupor. Ishbel, la silenciosa y servicial ama de llaves, golpeaba una de las columnas de mármol con su escoba. Los golpes eran tan fuertes que reverberaban por toda la sala como si fueran truenos. Una y otra vez golpeó la columna, enrojecido su rostro por el esfuerzo, hasta que la escoba se partió. Entonces, la anciana les dirigió a todos, uno por uno, una mirada fulminante.

— ¡Vergüenza! —exclamó con su voz seca y grave, endurecida por la edad—. ¡Vergüenza debería daros! ¡Que hayamos caído en esto! ¡Que tales sean los que nos gobiernan! ¡Vergüenza! —taconeó el suelo con fuerza—. ¡Si el buen Al’Darme levantara la cabeza! ¿Qué diría? ¿Qué diría, si os viera gritando como niños? ¡Os lo pregunto! ¿Qué diría?

Nadie respondió. Un sentimiento general de vergüenza y arrepentimiento se extendió por entre los Senadores. Los que aún no habían enrojecido, lo hicieron. Era Ishbel, la silenciosa Ishbel que nunca se quejaba ni daba su opinión, la que los estaba gritando.

— No diría nada —agregó Ishbel, furiosa—. No diría nada, porque estaría cegado por las lágrimas.

El silencio duró varios minutos, se hizo tan espeso que nadie se atrevió a perturbarlo. Se dirigieron tímidas miradas, pidiendo con los ojos el perdón que su vergüenza les impedía pedir con palabras.

Fue entonces cuando escucharon los gritos de alarma, y los horribles cuernos de los orcos.

Un hombre altivo y enérgico reunía a los pocos que en aquel momento vigilaban los muros, los organizaba con afirmaciones secas y rápida y los alentaba. Habían llegado de pronto, como una marea, sin que nadie se percatara. ¿Cómo diablos pudieron evitar a los vigías de las torres de la provincia?, se preguntaba una y otra vez Ahmar ish Fadlan, Daresda del ejército que se acantonaba en la capital.

Escupió al suelo empedrado del adarve. ¡Orcos! ¡En sus mismas narices! No era un militar especialmente sanguinario, pero tenía curiosidad por entrar en batalla con aquellos seres diabólicos. Los veteranos de Lambar, Dhairat y Naraharaz ya lo habían hecho.

Su sentido común, sin embargo, ordenó sus prioridades en la mente. La marea de orcos y otros seres que inundaba los campos más áridos de la muralla del sur parecía no tener fin. Hizo rápidos cálculos. Suspiró. Pensó en los cientos de miles de almas que habitaban aquella joya de Rómenor. Varendia, la centenaria ciudad de Al’Darme, no había caído jamás frente a un invasor. Frunció el ceño. Y no lo haría.

Cuando recibió y leyó el mensaje proveniente del Senado, arqueó las cejas y miró al enviado, que jadeaba. Había recorrido corriendo todo el trayecto hasta la muralla.

— ¿Lo firma el Senado en pleno? ¿Cómo es posible que se hayan podido poner todos de acuerdo? ¿Se les apareció el mismísimo Al’Darme?

El mensajero se encogió de hombros, con una media sonrisa.

— Una pobre anciana, analfabeta y medio loca, les hizo vislumbrar un poco de luz.

Fue un momento que Ahmar recordaría. Se sintió orgulloso como nunca de pertenecer a su país.

Escrito el 05-05-2009 23:37 #4

La piel de Tanýa seguía helada, era algo más que el frío de una noche... No eran sus pies descalzos, no era la falta de un abrigo, no era nada físico... su corazón latía más fuerte con cada sonido, desde el primer ruido extraño seguía en aquél estado difícil de describir. No eran sólo lágrimas lo que sus ojos derramaban, era miedo de aquello, terror a lo que sus ojos veían.

Sus manos se aferraban a sus brazos con fuerza, sentía su piel demasiado fría. Su mirada de ojos claros volvió a mirar a su alrededor... era una historia al revés, su destino era el final de aquella batalla... Allí, entre refugiados sin querer estarlo, era una más de la manada de familias escondidas, sin nadie a quien cuidar más que a su propia gente.

Una suave brizna había comenzado a sentir su pequeño cuerpo cuando aquél grito la despertó... ¿Orcos?... ¿Qué eran los orcos?... Sólo había oído gritos extraños al principio... nada que pudiera ver…

Alberion fruncía el ceño, concentrado, mientras leía la escritura apretada y estilizada del pergamino. Bostezó sonoramente, sintiendo la pesadez de los párpados y el embotamiento de su cabeza. Decidido a descansar un buen rato, limpió la pluma de tinta y la guardó en su cajita de madera.

Justo cuando se incorporó fue cuando escuchó el primer sonido. El rugido ronco y grave de los cuernos de batalla, muy lejos, pero inconfundibles. Se estremeció sin poder evitarlo: era un sonido realmente horrible. Acuciado por un terrible presentimiento, descendió a la planta baja de la casa y recogió de un pedestal la cimitarra de su familia, junto con la funda ornamentada. El acero era de tan buena calidad que aún se mantenía afilado. Ajustó la correa de la vaina al cinturón y envainó la espada.

Cuando salió al exterior, el movimiento había alcanzado ya una intensidad casi febril. Los asustados habitantes de la capital corrían por las calles, murmuraban y gritaban entre ellos; los soldados que patrullaban algunas de las calles, estupefactos, se debatían sin saber muy bien qué hacer. No habían recibido órdenes.

Alberion preguntó a uno de los transeúntes.

— ¿No has oído al vigía? No ha podido gritar más fuerte… ¡Hay orcos frente a las murallas! ¡Orcos! ¡Aquí, en nuestro mismísimo corazón! Los soldados están respondiendo como pueden a sus ataques. ¡Incendiarán nuestra Varendia!

Alberion se mordió el labio. El caos se esparcía en la capital como una marea. Tenía que hacer algo. Tenía que conseguir transmitir calma, hacer que la gente corriera en silencio y en orden a los refugios donde guarecerse.

Se mordió el labio. Sabía a dónde tenía que acudir.

El Daresda Ahmar ish Fadlan rugía órdenes con su voz de león y su resistencia inexpugnable. Era de mediana edad, buen parecido y una mirada de fuego que intimidaba a cualquiera que osara desafiarla. Los soldados lo admiraban por su valentía y su honradez, así como su patriotismo incuestionable.

Cuando apareció el excéntrico e imprevisible Alberion en su campo de visión, no lo creyó. Pestañeó varias veces, hasta estuvo seguro de que no se equivocaba.

— ¡Por todos los demonios, Nieran! —Ahmar era uno de los pocos que seguía llamando a Alberion por su verdadero nombre—. ¿Qué haces tú aquí?

Señaló con la punta de la espada a sus alrededores. Lo cierto es que se encontraban sobre el adarve de la gran muralla que defendía la ciudad. Alberion se negó a contemplar las huestes que avanzaban hacia la ciudad. Sabía que no podía permitirse dejarse llevar por el pánico.

— Tenemos que controlar la situación en la ciudad. La gente está asustada, y están empezando a descontrolarse.

Ahmar frunció el ceño.

— Por todos los demonios, lo había olvidado por completo. Esos seres del infierno nos han pillado a todos desprevenidos. ¡Las reservas aún saliendo de los cuarteles, y mientras tanto mis hombres mueren de decena en decena!

» Encárgate tú de eso —recogió una capa de capitán del suelo—. Ponte esto. Con ello te reconocerán y te escucharán. Se devuelve, ¿eh? No quiero que se te suba mucho a la cabeza esto del ejército y la autoridad. Que te acompañen dos de mis capitanes. Tomad cada uno diez hombres, y controlad la situación.

Alberion no vaciló un instante. Se ciñó la capa a la espalda y salió corriendo por las escaleras, hacia las calles empedradas.

Sintió una conmoción cuando observó el rostro juvenil y de apariencia inocente que tan bien conocía.

— ¡Tanýa! —exclamó— ¿Qué haces tú aquí?

La joven estaba pálida, pero no había perdido la compostura. No se esperaba menos de ella.

— Algunos están histéricos. Parece que han perdido el juicio —afirmó ella con aplomo. Alberion se permitió una media sonrisa.

— Me gustaría ayudar en la defensa —sugirió Tanýa, frunciendo el ceño. Alberion arqueó las cejas.

— ¡No! Tienes que ir con los demás a los refugios.

— ¡Pero…!

— ¡Tanýa, no! No eres guerrera, así como tampoco lo soy yo. Nuestro lugar no está con el ejército. Tienes entereza. Intenta calmar a los demás; es algo que servirá tanto como blandir una espada. Más importante que matar a nuestros enemigos es que nuestros enemigos no nos maten.

Ella seguía frunciendo el ceño, indecisa. A su alrededor, el capitán de Ahmar y los diez soldados gritaban a viva voz ordenando a los civiles que se dirigieran a los refugios.

— Tanýa, por favor… Hazlo por mí. No estaré tranquilo de otro modo. Esto no se parece en nada a mis encargos. Es la guerra más horrible de las que puedan existir.

No fueron las palabras de Alberion las que calmaron y convencieron a la joven, sino su mirada. Una mirada que reflejaba un profundo cariño. Suspiró y murmuró entre dientes.

— Está bien, está bien…

La población recuperó el dominio de sí misma, como correspondía a una ciudad varante. Los Senadores, en un alarde de valentía y patriotismo, salieron a la calle para pedir orden y alentar en la defensa. Mientras tanto, el asedio a la capital arreciaba.

--Por Eleanor Ronaele y Thirian--

[Editado por Thirian el 05-05-2009 23:38]

[Editado por Thirian el 10-05-2009 01:16]

Escrito el 07-05-2009 20:17 #5

Euforia.

La lluvia de flechas y piedras habían servido bien y los defensores de la ciudad tenían enormes dificultades de responder ante tal ataque. Les superaba, y eso era bueno. La euforia invadía sus cuerpos ensimismándolos en un estado de trance y deseo de sangre. Los ojos de todos ellos estaban enrojecidos y el impulso era cada vez mayor. La batalla estaba siendo demasiado, demasiado lenta. Ghâshishi junto a los suyos corrió hacia la muralla y mientras que la retaguardia les cubría las espaldas comenzaron a escalar con las manos desnudas los muros de la ciudad. Eran rápidos y poco a poco llenaron con sus cuerpos de los muros de la ciudad mientras que la retaguardia paraba el ataque y se les sumaba en el asedio. Se habían convertido en una marabunta.

Cuando las reservas de los cuarteles de Varendia comenzaban a llegar a las murallas descubrieron que la muralla era ya un río de orcos contenido como se podía por las fuerzas instaladas en lo alto de los muros. Sin embargo, aunque varios soldados estaban siendo arrojados desde lo alto del muro o ensartado y degollados, los orcos no parecían hacerles excesivo caso, pues tan pronto como aparecían por el otro lado del muro abandonaban el muro con casi la misma rapidez formando casi una cascada de filas de orcos.

Con los cuerpos inflamados por una fuerza incontrolable el ejército orco bajaba por los muros aun cabeza abajo con una velocidad demencial. Algunos inclusos encontraban esta carrera lenta y se precitaban al vacío intentando tomar los tejados de los edificios cercanos y así proseguir con su avance. Algunos de estos perdían sin embargo la vida en dicha locura rompiéndose los cuerpos sobre el suelo y derramando su negra sangre como sacos rotos.

Era una imagen dantesca, pues parecía ciertamente el fin de los tiempos, el fin de Varendia. Una pesadilla que aunque hubieran querido jamás hubieran podido imaginar, y allí estaba, en carne y hueso y eran completamente conscientes de ello.

Las fuerzas de la ciudad aun no demasiadas organizadas, dado que los capitanes estaban aun perdidos en una situación que les sobrepasaba, hacían frente al invasor como podía. Con valor, amor, miedo y aprecio por sus vidas. Los orcos más motivados corrían y los embestían y saltaban sobre ellos como animales hambrientos reduciendo así el enemigo con no demasiadas bajas. Los cuernos sonaban ya por toda la ciudad y ante el caos reinante poco a poco volvía la entereza y la organización entre las filas de Varendia. Los escudos se alzaban entonces más firmes, el paso era cada vez más seguro y el movimiento de las formaciones se compenetraba como un solo hombre. No eran recién iniciados en el arte de la guerra y eso era algo que iban a demostrar. Sabían luchar y así lo harían, y aunque habían perdido quizás el primer asalto aún era demasiado temprano para dejar tirar la toalla y dejar de pelear. Si perdían sería porque no quedaba ya luchador que luchar. Era su patria, su propio hogar. La batalla para los hombres de Varendia no había hecho más que empezar. Y eso era una actitud para Ghâshishi digna de contemplar. Sonrío y aulló antes de volver a atacar.

Escrito el 08-05-2009 14:20 #6

La batalla iba alcanzando cada calle de la capital, avanzando y retrocediendo a consecuencia de las hazañas y vigor de uno y otro bando. En los puntos de mayor conflicto los orcos aún eufóricos sobrepasaban las filas enemigas escalando los edificios próximos y saltando hacia los del otro extremo sin tener reparo en convertirse en un objetivo fácil para sus enemigos. Aquellos al que el trance se les pasaba luchaban, al igual que los soldados de Varendia, de maneras más sensata. Apoyando a los suyos disparando flechas en la retaguardia o escalando edificios y acosando al enemigo desde una posición mejor.

El ejército orco seguía avanzando, pero su empuje era cada vez menor, y en ocasiones este no era siempre afortunado. La batalla seguía perjudicando por general a la parte residencial, en la que tras la alarma todas las casas habían sido deshabitadas, siendo esta una ventaja militar para el ejército de Varendia sobrepasado en número. Pues gracias a algunas de las plazas y mercados levantados entre las viviendas y los modestos talleres y tiendas, los defensores podían prepararles trampas a los orcos a medida que avanzaban, produciendo en ocasiones una gran escabechina.

El efecto del trance también comenzaba a remitir en Ghâshishi, a quien aunque no eliminada su ferocidad, si le permitía llegar a pensar con algo más de razón. Lo que tanto para él como para los suyos iba a ser un punto a favor, ya que el estado euforia que se habían inducido mediante el ronkghâsh* había sido de gran utilidad a la hora de tomar la ciudad, pero en aquel momento aquella total locura, excesiva incluso para un orco, comenzaba a ser perjudicial para sus propósitos. Y aunque Ghâshishi no disponía de mucha información de aquella ciudad, si sabía que con toda seguridad habían sido alejados del núcleo de la capital durante aquel trance.

El clamor del cuerno del jefe de los orcos retumbo en las paredes de los edificios despertando un poco más a los suyos del sueño de sangre y destrucción en el que estaban inmersos. La marabunta de orcos se reorganizo a golpe de aullido vivo formando un cordón que se iba cerrando estrangulando cada vez más el corazón de la ciudad.

La espada de Ghâshishi atravesó un nuevo cuerpo derramando su roja sangre por el suelo. Mientras que los suyos proseguían sin percatarse, el jefe orco se fijo en aquel particular suceso, ya que hasta aquel momento no había notado matiz alguno salvo el negro. Volviéndose hacia el Este con su mano empapada de sangre ajena, descubrió que el horizonte entonces era menos claro de lo que había sido horas antes. Sabiendo el trecho que habrían de recorrer sobre las arenas de Al Varantar, y viendo aún el trecho que quedaba aún hasta el centro de la ciudad tomó el cuerno de su cinto haciéndolo sonar en tres ocasiones. Pues a pesar de su sed de sangre, de la victoria que a sus pies se le abría era consciente de que había de velar por un éxito seguro.

Tras una nueva poderosa arremetida, los orcos abandonaron el campo de batalla mientras los soldados de Varendia se reponían de tal sorpresa. A prisa recorrieron las afueras de la ciudad y alcanzaron el mar de aún fría arena, desapareciendo de la oscuridad de la que horas antes habían surgido.

Ronkghâsh*: sopa espesa creada a través de un gran número de plantas y especias que le aportan un sabor altamente picante teniendo a su vez efectos analgésicos, alucinógenos y estimulantes. Introduciendo al consumidor en un estado de euforia e ira.

Escrito el 10-05-2009 01:41 #7

“Sí, era aquél frío que el desierto no prodiga...”, sentenció para sí la niña. Sus ojos habían visto la miseria humana desde pequeña, pero nunca hubiera imaginado con la guerra. Era algo ajeno a su mente la matanza por proteger el hogar, lo más cercano a ello habían sido disputas con pequeñas dagas. En las cuales ponían a su vida en riesgo, a conciencia, mas sin poner a otras más en riesgo.

Su pensamiento había querido ponerle orden a ello sin éxito alguno, seguía sin entenderlo o comprender el porqué de aquél ataque.

Se irguió y comenzó a caminar, creyendo que aquél movimiento diera algo más de calor a sus huesos. Sus brazos seguían entrelazados, sus pasos eran cortos, evitando a los grupos de personas. Algunos entraban en cierta desesperación y otros aún seguían sin entenderlo. Ahora era más que eso... Personas luchando entre sí, destruyendo lo que fuera el hogar de más de cientos de personas... Incluida Tanýa...

Ella camina entre personas que han perdido a seres queridos ya, entre familias que se dan cariño, entre personas que no tienen ya nada más que perder, mientras busca algo más certero que su propia vida. El problema de estar sola en momentos así.

- Niña... ¿Te has perdido?- dijo una voz detrás suyo.

Tanýa se volteó y miró, una anciana de avanzada edad la miraba a través de sus profundos ojos celestes. La niña quedó en silencio mirándola.

- Estás sola... ¿Verdad?

La muchachita se acercó un tanto y le contestó:

- Busco a alguien...

- Eso no responde mi pregunta... Pero no importa... ¿Cierto? ¿Quieres una manta? ¿No tienes frío?

Tanýa la miró fijamente y se sonrió.

-¿Por qué...?

- No todos vamos tras algo más allá de lo que decimos, querida... a veces decimos exactamente lo que queremos decir- dijo sonriendo la mujer. La niña se sonrió y se acercó a la mujer, sentándose a su lado.

Alberion jadeaba ostensiblemente; apenas si podía sostener la anticuada cimitarra de sus antepasados. Jamás se le había antojado tan pesada aquella herramienta de muerte. Observó el filo manchado de sangre en silencio, con una mueca distante, ambigua y difícil, en efecto, de comprender. Su fina mirada, de la que ningún nimio detalle podía escapar, recorrió con minuciosidad clínica el acero, apenas resplandeciente ya por toda la sangre seca que se acumulaba sobre él.

Negó con la cabeza. Negó la guerra, la muerte, todo lo que había tenido que vivir aquel día siniestro. Negó la realidad de la situación. En el transcurso de sus estrambóticos experimentos se sentía seguro de sí mismo, de lo que tocaba y ponderaba. Era tangible, era real. Sus instrumentos lo constataban.

Se negó a sí mismo; mejor dicho, se miró a sí mismo, jadeante, sucio de sangre, polvo, mugre y cenizas. Se percató del reguero de sangre, del dolor lacerante sobre los ojos. Las rodillas temblaban y cedían de puro cansancio; observó, de nuevo, la sangre en la espada, en sus botas y en sus ropajes. Hizo una mueca.

Se vio a sí mismo como un extraño.

La niña sonrió nuevamente.

- ¿Puedo preguntarle algo...? ¿Qué son los orcos?

- Criaturas que te roban el alma, han atacado desde hace mucho...

Tanýa se quedó pensando en silencio.

- ¿Y cómo te defiendes de alguien que roba almas?

La anciana sonrió.

- Quitándole el corazón, allí guardan todas las almas que han consumido.

- ¿Crees que los soldados sabrán eso?

- ¿Por qué preguntas?

- Quien busco se quedó con ellos...- dijo bajando la mirada.

- Es muy temprano para saberlo, aún no han llegado todos los heridos... Pero podemos rezar a Maradrant por él.

- ¿Funcionará?

- Sólo sí crees...- dijo sonriendo la anciana, antes de comenzar a meditar junto a Tanýa.

La oleada de orcos arrasó y causó estragos por la periferia de la ciudad, pero el ejército varante respondió y logró lo más importante: poner a salvo a la población. Los asustados ciudadanos varantes corrieron a los refugios, confusos e incrédulos. No eran capaces de asimilar la calamidad que se había cernido sobre sus cabezas; estaban pálidos y desorientados.

A la mente de todos vinieron imágenes vívidas y horribles, si bien nadie quedaba ya que las recordara de primera mano salvo la inmemorable Neyla, cuyos recuerdos tan sólo le pertenecían a ella. Veían en el horror pestilente de los orcos la encarnación de la Muerte Verde que los perseguía en ciclos, hambrienta después de haber quedado saciada medio siglo atrás.

Más aún, recordaron los difíciles días de la Guerra, y la batalla que los últimos defensores de la República libraron en las mismísimas puertas de la gran Varendia, perla del desierto; aquella batalla, desde la que habían transcurrido ya ciento tres años, que significó el punto clave de la guerra civil.

Los varendianos habían tenido el privilegio de vivir un siglo entero sin guerra a sus puertas. Y así, tan acostumbrados a su tranquila y próspera vida entre los canales, las avenidas, la hospitalidad y los ríos de oro, apenas llegaron a comprender lo que se cernía sobre ellos. Llegaban noticias del exterior, por supuesto, de las guerras y de las hazañas y matanzas del Ejército varante. Pero seguían siendo meras historias, que asumían y criticaban, por supuesto, murmurando contra los errores del Senado y aplaudiendo sus aciertos. Aquel ataque puso a la gran ciudad de los varantes de nuevo sobre la tierra, y su primera reacción fue el pánico y el terror. Su primera reacción, pero no la única.

Los varantes tenían, pese a su carácter complejo y ambiguo, un punto de heroísmo, una sombra de orgullo y nobleza que apenas se dejaba entrever, pero que estaba ahí, latente, tan latente que en la mayoría de ellos podía no llegar siquiera a surgir.

Aquella vez fue diferente.

Cuando Alberion escuchó los cuernos de retirada de los orcos, suspiró de alivio, pero no permitió relajarse. Aún era peligroso andar por aquellas calles. Miró a su alrededor, analizando los destrozos que el repentino y doloroso ataque había provocado. Algunas casas habían ardido; otras tantas se habían despedazado por los impactos de las catapultas. Descubrió mesas tiradas, sillas rotas, alfombras y telas desperdiciadas.

Pero la mordedura, amarga y horrible, por otra parte, apenas alcanzó a la periferia. La ciudad estaba salvada.

Con una mueca de dolor, se quitó la capa de capitán y caminó, cojeando, hacia las murallas, en busca del Daresda. Deseó con toda su alma que aún viviera. Mientras avanzaba por las avenidas vio algunas escaramuzas aisladas que ya declinaban. Los orcos que quedaron rezagados, perdidos en la locura del pillaje y el baño de sangre, fueron exterminados.

Ahmar ish Fadlan rugía órdenes sin parar, andando de un lugar a otro. Por su iniciativa se rearmaron las catapultas de las murallas, que hostigaron y aplastaron a numerosos enemigos en retirada. Por él, se salvaron cientos de vidas a lo largo del día. Su fe inquebrantable en la victoria y su energía sin límites enardecían a los hombres y les insuflaban el ánimo que pudiera flaquear ante el horror que acosaba a la capital. El turbante con que se recubría la cabeza tapaba, también, una horrible herida que tendría que tratarse.

Sonrió cuando vio llegar a Alberion, cojeando.

— Por supuesto, las personas más inusitadas sobreviven a los desastres —exclamó el general. Alberion arqueó las cejas, y arrojó a los pies de Ahmar la capa militar, con un gesto de desdén.

— Parece ser que no te gusta demasiado el Ejército —comentó Ahmar. Alberion chasqueó la lengua.

— El ejército no es más que una herramienta transitoria —afirmó el científico con aplomo—. Mi intuición me dice que en el futuro serán las máquinas y el ingenio de los hombres los que decidan las guerras.

Ahmar ish Fadlan sonrió, divertido como podría estarlo un padre ante las ingenuas palabras de un hijo demasiado imaginativo.

Se observaron en silencio, con una sonrisa de complicidad. Alberion, la palidez en el rostro, el pelo revuelto y el sudor sobre la piel de Tanýa. Ésta, las profundas ojeras, la expresión de cansancio y las marcas de la batalla en el científico.

— ¿Has luchado contra los orcos? —preguntó ella. Alberion rió entre dientes.

— Intenté eludir la batalla en lo que pude. Algunos me llamarían cobarde, pero yo prefiero considerarme prudente… Lo cierto es que al final dio igual.

Se abrazaron en silencio, sin decir nada más.

Cuando Ahmar ish Fadlan y Alberion de los Nómadas observaron la escena, recién llegados en la Plaza del Senado, quedaron completamente sin palabras.

Los Senadores estaban allí en pleno, vestidos aún con sus ropajes ceremoniales. Pero Alberion no los vio orgullosos y lejanos, como otras veces, porque su expresión había cambiado. Ya no eran los altivos y solemnes patriarcas de la República de los varantes. Habían bajado, a golpe de escoba, de las nubes de la soberbia, y eran de nuevo simplemente hombres sabios, la mayoría adultos maduros o ancianos venerables. Y allí estaban, como los demás, arrodillados frente a los heridos y los ancianos, las túnicas manchadas de barro y sangre, ayudando como podían. Los graves representantes de las cofradías de curanderos y herbolarios murmuraban entre ellos y aconsejaban a otros senadores más jóvenes los remedios que sus manos envejecidas y temblorosas ya no eran capaces de ejecutar. Colaboraban, en la medida de sus fuerzas. Pronto se habían fundido con el resto de la población, y dejaron de distinguirse.

Tanto Ahmar como Alberion sonreían. Para Alberion, sería una de las imágenes que con mayor cariño recordaría a lo largo de su vida.

— Por una vez no existe el pueblo ni los gobernantes —murmuró Ahmar—. Parece una ilusión.

— Un sueño, más que una ilusión —precisó Alberion—. Y un objetivo, más que un sueño.

— Sigue siendo un sueño, una quimera, ¿no crees? —preguntó Ahmar. Alberion sonrió enigmáticamente mientras el sol despuntaba por el oeste y sumía a la ciudad en un halo de colorido, misterio y dulzura.

— Del sueño a la realidad —dijo—, tan sólo hay una delgada línea que los separa, y es la frontera de la imaginación. Y tan sólo la voluntad separa un objetivo de la realidad.

--Por Eleanor Ronaele y Thirian--

[Editado por Thirian el 10-05-2009 01:41]

Escrito el 14-05-2009 00:03 #8

Capítulo 2: Un hombre venido del oeste.

Varendia vivía días inauditos, llenos de esperanza y orgullo patrio. El dolor de la guerra aún persistía en los corazones de centenares de varantes, pero la fe en la llegada de un nuevo cambio, hacia que muchos fueran optimistas de cara al futuro próximo. Siendo capaces de soñar nuevamente, creyendo que no había limite que no se pudiera borrar.

El décimo octavo día del Ether Saille aquel sentimiento fue quizás un poco menos optimista. Las nuevas llegadas del norte respecto a un grupo armado que avanzaba desde el norte, cerca de Lambar, hacia el sur no era muy esperanzadora y nuevamente un sentimiento lúgubre se posaba en sus corazones. Más cuando la noche comenzó a posarse sobre Romenor, reavivando la pesadilla que habían vivido habían vivido poco tiempo atrás.

Escrito el 15-05-2009 05:01 #9

Suspiró en silencio, una inesperada calma le había llenado el cuerpo, luego de los primeros ocho días después del ataque. Varendia, estaba muy cambiada, como si aquellos días de la guerra civil relatada por lo viejos hubieran regresado repentinamente, el pueblo varante se vio inmerso en la reconstrucción de lo destruido por lo orcos, de la recuperación de una vida que estuvo a punto de esfumarse en una noche.

Lo mejor era el clima que se vivía, una insospechada tregua política y más que eso, la unión de los hombres y mujeres del senado con el pueblo, simple y llanamente como seres humanos.

Azdhan miró su casa y alcanzó sonreír, ya casi estaba lista. No había sufrido muchos daños, pero aún así, tuvo que hacer un enorme esfuerzo por levantar el techo del ala izquierda. Hizo una seña a dos hombres que se encontraban precisamente terminando el trabajo, para que bajaran y dieran por finalizada aquella sesión. Los susodichos así lo hicieron y al llegar hasta él, les ofreció un poco de comida y bebida para recuperar las fuerzas.

Así los hombres, rieron y platicaron un rato, antes de que las estrellas aparecieran en el cielo.

[...]

-¿Has oído?-susurró el muchacho pasándole un sobre, su interlocutor alzó las cejas-Mi hermano me dijo que los mensajeros de Lambar no traen buenas noticias y piensa que pueden venir hacia aquí.

-Callate Jalâl-contestó Firas-Si así fuera, ya hubieran mandado a alguien a investigar.

-¿investigar qué?-preguntó Azdhan entrando en la sala, sus alumnos se callaron de repente, volviendo a ordenar los documentos tirados por la sala-Les hice una pregunta.

-Maestro-contestó Jalâl-Vieron a un grupo armado cerca de Lambar y piensan que puede venir hacia aquí.

El hombre se quedó quieto, luego sin decir palabra salió de la sala, dejando a sus discípulos solos. Aquello simplemente no estaba bien, ¿el senado estaría enterado?

Sin embargo, antes de contestarse esa pregunta, a la mente se le vino la imagen de su esposa y un vacío desagradable se poso en la boca de su estomago.

[Editado por tari el 15-05-2009 05:02]

Escrito el 19-05-2009 11:16 #10

Oasis de Ahil Sila, varios días después de la batalla de Varendia

La noticia del ataque a la capital Varante se había propagado rápidamente por el desierto. Las noticias eran confusas y el pánico se extendía de norte a sur y de este a oeste. Circulaban toda clase de extraños rumores e historias, la mayoría exageradas y oscuras. Las rutas principales se habían interrumpido por miedo a nuevos ataques orcos, la falta de información no ayudaba demasiado a calmar la situación.

El Oasis se había convertido en los últimos días en un lugar de encuentro para todo tipo de viajeros. Se había trabajado duro para levantar improvisadas tiendas donde acoger a todos aquellos que buscaban refugio. Durante las horas de más calor los viajeros se agolpaban en las tiendas, especulando sobre lo que había sucedido y las futuras consecuencias. La mayoría se enzarzaba en acaloradas discusiones, sobre quien tenía la culpa, viejos fantasmas del pasado surgían.

A las puertas de una pequeña tienda de colores verdes, bajo el estandarte Varante se agrupaba un grupo de comerciantes, todos ellos exaltados, exigiendo ver al representante varante con carácter de urgencia. La guardia les impedía el acceso intentando calmarles, pero la multitud no parecía amedrentarse y forcejeaban por entrar.

Farîs permanecía en el interior de la tienda, acaba de recibir noticias de Varendia. Su corazón le pedía a gritos montar sobre su corcel y partir de inmediato hacia la capital, pero tenía órdenes claras y concisas. Ahora su deber estaba en la gente que estaba allí. Varendia, tan cerca y a la vez tan lejos –se lamento

Escuchaba los gritos desde el interior de la tienda. Estaba cansado de ellos, sus quejas y lloriqueos, aunque entendía sus preocupaciones, pero aquel no era el momento para pensar en el dinero. Frunció el ceño y sus ojos se iluminaron.

Salió al exterior de la tienda, el sol del mediodía ilumino su rostro y el aire jugueteo con su jubba. Escudriño a la multitud, pronto reconoció a los instigadores, los que se encontraban en primera fila, con sus caras túnicas, y voceaban con aparente autoridad.

-¿Qué os pasa hermanos? –Pregunto Farîs.

Uno de los presentes se adelanto. – Queremos! – Rectifico gritando- No!, exigimos protección para nuestras caravanas. Las rutas no son seguras.

Farîs permanecía tranquilo - Acaso no sabe que nos encontramos en unas circunstancias excepcionales. Para vuestra propia seguridad hasta que la situación se tranquilice deberéis permanecer aquí.

-Estamos perdiendo mucho dinero, teniendo las caravanas aquí. Debemos de llegar de inmediato a Varendia! – Exigian.

-Mi prioridad es la protección de todos los refugiados del Oasis, no puedo desperdiciar hombres protegiendo vuestras caravanas. – Respondió Farîs. – Por ahora todos permaneceréis aquí.

-Eso es intolerable! Respondió la multitud encendida.

-Tú – Señalo Farîs con el dedo de forma intimidatoria – Bartar Al’Rhan, transportas vasijas y telas de Tulkatumbo. Bazir Nidrar transportas perfumes y tintes de Shapûr. ¿Queréis que siga? -Grito Farîs. – Todo lo que transportáis son bienes de lujos, da igual que pase un día, dos o una semana. nada perderá su calida – Sentenció.

Algunos intentaron replicar pero Farîs les detuvo. ¿No os da vergüenza? – Varendia necesita comida, hierbas medicinales. ¿Queréis sacar beneficio del dolor ajeno? Desde cuando los mercaderes varantes se dedican a eso? Donde esta vuestro honor, vuestro compromiso con vuestros hermanos y hermanas. Ellos estan sufriendo en Varendia y a vosotros solo os preocupan unas monedas de oro –Es el momento del sacrificio, de dejar a un lado al individuo y pensar en el colectivo, recordar las enseñazas de Al’Darme. No es el momento de buscar culpables, sino de soluciones.

La multitud se calmo tras las palabras de Farîs, tocar los valores patrios siempre ayudaba.

[Editado por percebal el 19-05-2009 11:19]

Historia finalizada.