La música había cambiado en el Este, su sinfonía de tonos suaves y gélidos había cambiado ahora el rumbo de las aguas y la brisa que se posaba sobre las olas. El cambio de ritmo llego a la cúspide del Soronnórië, llamando la atención de las Águilas que alzaron el vuelo rumbo al Este, lejos de Romenor.

Tiempos Aciagos. Capítulo 1: ¡ORCOS! (De Los Hechos Apákt'chüta)
TerminadaOlas negras como el cielo rompían en las orillas de los estuarios y las rocas sobre las cual se levantaba el Andië. Era una noche tranquila en la cual una tenue brisa corría tierra adentro cabalgando sobre las olas y llevando consigo el olor a mar. La brisa fresca se posaba en los cuerpos cubiertos de perlas de sudor y entregados al descanso, refrescando los cuerpos dejando tan solo el suave calor del contacto entre la piel. Los ojos de Thavron se abrieron un momento y contemplaron desde lecho el manto estrellado mientras las manos ya acariciaban los cabellos algo mojados y sedosos de Anna, quien dormía aún sobre su pecho. No había conciliado gran rato el sueño, pero su vida era ahora quizás demasiado tranquila para tenerlo. Extendió con los dedos uno de los mechones dorados de su compañera, dibujando a continuación una media luna en la fina piel alrededor de una de las pecas de su espalda. El recorrer de una mano sobre su propio pecho hizo que ambos se miraran en la oscuridad de la noche antes de un nuevo amago de dormir, ninguno de los dos dormirían más aquella noche.
Una fisura en la piedra hizo que reluciera por un instante la plata de su anillo de ónice antes de que llegaran nuevamente a salir a la superficie. Ronkbúrz contempló entonces Iyra Willka, lejos de los pasos y estrechas gargantas del Andië. Lejos del tortuoso camino marino del estuario. Tras él sus hombres ansiosos y listos para la batalla contemplaban con la misma mirada de entusiasmo el corazón del reino de Marllajtay. Una mirada que recordaba la de un perro hambriento ante un banquete de jugosa carne, premio de un largo y extenuante camino.
Apákt'chüta elevado en lo alto de una tortuosa cuesta parecía no tener efecto desmoralizador entre los orcos a pesar de hallarse en lo más hondo fatigados por el viaje, su ánimo volvía a estar completamente hinchado y como una jauría sedienta avanzaba sin demora hasta lo más alto. La furtividad de su entrada en Híssuë y el silencio posible de su rápido avance, hizo que las huestes orcas no fueran divisadas rápidamente en la tranquilidad de la noche. Tuvieron los orcos que pasar por los primeros cuarteles depositados a lo largo del serpenteante camino para que la guardia de la ciudad reaccionara y tomara las armas tras tiempos tranquilos. Los cuernos sonaron y murieron en un gorgojeo y débil enfrentamiento antes que sonará finalmente con fuerza en cada unos de las piedras de aquella cuenca.
Padres tomaban las armas y se unían a las fuerzas de la ciudad mientras sus primogénitos tomaban el mando de sus casos y velaban por sus familias escondidas. Restableciendo el caos las fuerzas de Apákt'chüta comenzaban a agruparse y tomando terreno sendero abajo, mientras cuernos y voces seguían sobrevolando la noche. ¡ORCOS!
Una pequeña multitud se hallaba todavía en la plaza de Itzullasqan'ajtlán ya menos agitados que al inicio del Consejo del Zîr-ñapák, que hacía horas se encontraba reunido en el palacio del Apákt’chüta. Tras la hora en que habitualmente toman la cena los ciudadanos Marllajtay, la asamblea proseguía en ese momento, bien entrada la noche. Algunos de los congregados aún entonaban consignas a favor o en contra de tal sector del consejo o reclamaban actuaciones de los dirigentes Marllajtay en una u otra dirección. Otros seguían tocando sus instrumentos y cantaban canciones de la tradición Marllajtay que en aquella ocasión hablaban casi siempre de tiempos difíciles, y de unión coraje ante las adversidades.
Pues realmente eran tiempos difíciles aquellos que se vivían en Híssuë en aquél principio del año 1888 de Híssuë. Un año dominado por el símbolo totémico del ave Khôndor, en el que los Marllajtay habían puesto grandes esperanzas en la lucha contra el mal que todos sentían crecer y acercarse. Pues si bien la crueldad de aquél duro invierno empezaba a remitir, la actividad en Híssuë se resistía a arrancar y los alimentos escaseaban y la economía flojeaba. Y la ya prolongadísima ausencia del Khútic no hacía más que acentuar la pesadumbre del pueblo Marllajtay, que empezaba a dudar de aquél dirigente que en otro momento les había parecido tan cercano. No alcanzaban a comprender el interés del Khútic por aquellas tierras extrañas de al otro lado de las Andië, donde se decía que un gran bosque cubría una inmensa extensión habitada por pueblos incivilizados, bandoleros, orcos y bestias que jamás habían sido conocidas en Híssuë. ¿Qué interés tenían aquellas tierras que no parecían aportar ningún beneficio al pueblo Marllajtay?
En el interior del palacio, en el salón del Consejo, el pensamiento del pueblo de Híssuë tomaba voz en los sabios del Zîr’ñapák. Los Zîr de las ýnni - familias - más importantes e influyentes de Híssuë discutían la delicada situación del clan: desde los Añatúlla de las montañas hasta los Ñaál descendientes de los pobladores más antiguos de Híssuë. Y en esos días la Orden Secreta de Híssuë había abandonado su secretismo y sus representantes en el Consejo se habían manifestado abiertamente, si bien la cúpula dirigente de la Orden permanecía oculta al conocimiento popular y persiguiendo su ascenso en la escala de poder Marllajtay, si bien ya de por sí se encontraban en una posición elevada.
Uno de estos miembros de la Orden era Mar’ek Ýthuel, el temido general que había comandado las defensas del estuario durante la ausencia del Khútic y que además lideraba la flota Marllajtay de Atlan’tenawq tras relevar al Zôr’chä Morlyg. Mar’ek también había hecho pública su pertenencia a la Orden en los últimos meses y ahora pronunciaba un agresivo discurso en contra del Khútic Allpa’huátl y reclamaba un cambio de rumbo en el gobierno de Híssuë a favor de la organización a la que pertenecía.
- … y ya va siendo hora que un dirigente solvente tome las riendas de este pueblo en la lucha contra el mal que se avecina. No necesitamos un Khútic que se entretenga de campamentos en tierras inhóspitas mientras su pueblo pasa hambre y dificultades.
- ¿Cómo osáis proclamar tales sandeces, Mar’ek? Bien sabido es el estado en que se encontraban los pasos hacia el Nendataure durante todo el invierno. ¡Apenas hace unas semanas que han sido abiertos de nuevo! Allpa’huátl no habría podido volver de ningún modo y tampoco hemos podido recibir el tributo de Tûgore y Tumbu. Hasta ahora -. Jish’tátl había tratado de defender la causa de su sobrino durante aquellos meses pero cada vez era más escaso el apoyo que recibía en el Consejo. Incluso aquéllos del clan Taruka que siempre habían confiado en la dirección y el criterio de Allpa’huátl empezaban a dudar de su regreso, al menos a tiempo para evitar lo que se avecinaba.
- Las leyes de Híssuë otorgan una de serie de derechos y también deberes al Khútic – continuó Mar’ek – y apuntan a la renuncia de éste a su cargo en caso de no cumplir con ellos.
La puerta del gran salón se abrió de par en par sin previo aviso. Todos los presentes se volvieron entre sorprendidos e indignados ante la falta de educación de aquella acción.
- ¿Qué significa esto? – se alzó la voz de un anciano.
- ¡Nos atacan!
En la plaza, la gente había empezado a inquietarse cuando una multitud de luces apareció en lo alto del valle, tras el palacio. Avanzaban con decisión y no tardaron en prenderse numerosos fuegos a lo largo del valle y unos cuernos malignos resonaban en las altas paredes de las Andië. El pánico rápidamente se extendió por la Colina del Alba y la gente empezó a huir en dirección al estuario. La guardia Marllajtay, que hasta el momento se había dedicado únicamente a controlar las apariciones de pequeños altercados en la zona, se puso rápidamente en movimiento y los pelotones empezaron a agruparse. Los mensajeros se pusieron rápidamente en camino para movilizar a las tropas en los cuarteles cercanos.
El poderoso sonido de una tuba resonó en todo el valle extendiéndose desde la torre del Apákt’chüta y ahogando cualquier otro sonido. A continuación apareció un jinete por la puerta principal del palacio y corrió hacia el centro de la plaza, donde ya empezaba a formar el grueso del ejército Marllajtay. El corcel negro como el carbón se detuvo frente a los soldados. Su jinete, la joven Miyotl, se detuvo ante ellos. La capitana de la primera compañía de Híssuë escrutó a sus tropas. La habitual firmeza y decisión en su mirada reflejaba esta vez un atisbo de preocupación que no pasó desapercibida a sus soldados.
- ¡Marllajtay! ¡El enemigo finalmente ha regresado al estuario tras miles de años! – vociferó Miyotl -. ¡Pues el ejército que veis descender de las montañas no está formado por otra cosa que las hordas de yrki de Malkñý!
Unos murmullos inquietos surgieron de entre los presentes. Murmullos que se detuvieron en el acto cuando Miyotl prosiguió su discurso.
- ¡Soldados! ¡Hoy Zôr-Khôndor nos guiará hasta la victoria! ¡Descended la colina y devolved a esas criaturas a los infiernos de Malkñý de donde nunca deberían haber salido! ¡Ýh! ¡Ña Marllajtay!
Los soldados jalearon a su capitana expulsando cualquier preocupación y temor de sus mentes y empezaron el descenso de la colina tras ella. Las hordas de orcos se encontraban ya a pocos cientos de metros y avanzaban dejando a su paso un rastro de cuerpos inertes y ardientes hogueras. Erelas y Mar’ek Ýthuel contemplaban la escena desde el palacio con rostros solemnes.
Las estrellas brillaron una vez mas sobre las negras olas que bañan Hissue y se apagaron cegadas por el resplandor de las antorchas de los orcos que se fundía en una sola. Corriendo como si la tierra se deshiciera detrás de ellos avanzaban hacia la colina donde reposara el Apákt’chüta. A su paso caían los cuerpos de los soldados Marjatallay tratando en vano de frenar a los orcos y ardían en las hogueras mientras sus compañeros formaban filas a escasos metros para contener a sus enemigos.
´´Malditos humanos, con sus edificios ostentos y lujosos donde se refugian presumiendo ser seres inteligentes, para luego destruirse entre ellos, destruir... si, destruir. Destruiremos todo a nuestro paso y van a temer cuando escuchen nuestros nombres, mas de lo que ya nos temen..``.Pero los pensamientos del orco quedaron silenciados cuando una espada le cortara la cabeza entre los hombros.
La cuenta regresiva había terminado, miles de orcos se cernían sobre el ejercito Marjtallay, Zergon lideraba un reducido grupo de guerreros impidiendo que los orcos tomaran los caminos que llevaban a los pequeños grupos de casas, cuyo destino en ausencia de sus propietarios dependía de ellos. Uno tras otro caían los orcos, pero por cada uno que moría en batalla surgían tres mas y no había espada que calmara la sed de sangre de esos malditos seres. Cuando ya solo eran media docena luchando, a respuesta del rugir de un cuerno los orcos se dispersaron, haciendo lugar a un reducido grupo que portando antorchas se dirigió camino arriba derribando Zergon y sus hombres. El camino había quedado desprotegido y los orcos estaban incendiando todo a su paso, casas enteras ardían bajo el odio de estos seres. El desasosiego estaba invadiendo a Zergon, quien tropezando cayo al piso permaneciendo largo rato allí mientras las lagrimas recorrían su rostro, esto no podía ser verdad. No podía permitirlo, debía hacer algo. Se levanto y corrió tras los orcos alcanzándolos al poco tiempos y derivándolos, sus antorchas ardieron agonizantemente en el suelo y se apagaron, mas eso no disminuyo la severidad del daño que habían infligido. El capitán Marjtallay dio media vuelta y diviso a lo alto de la colina que cientos de orcos forzaban la entrada al Apákt’chüta, corriendo reunió a unos pocos hombres que se encontraban dispersos y ataco la retaguardia menguando el grupo a unos pocos que se dispersaron. La torre que vigilaba las tierras de Hissue se mantenía erguida, pero todo lo que a su alrededor se encontraba ardía en llamas. No quedaba nada por hacer, la derrota era inevitable. Unió a sus hombres y entraron. No había rastros de Miyotl, ni de Erelas, seguramente estarían a salvo. Se tumbo sobre una pared y sus ojos se cerraron, vencidos por el cansancio.
Las llamas sobre Hissue brillaban en la oscura noche, mientras su humo se elevaba sobre la suave brisa ensombreciendo un poco más la luz de las estrellas. La imagen sorda de la guerra llegaba a Tar'Añayák con el único hilo musical que el romper de las olas.
Anna Kuiviel amante de la que se había convertido en su propia tierra. Miraba triste y asombrada los incendios que asolaban el camino hacia el Apákt'chüta.
-Es horrible. ¿Cómo he podido estar tan ciega? Hemos de hacer algo.-
-¿Y qué quieres que hagamos?- La respuesta salió sincera de los labios de Thavron, no tenía la menor intención de involucrarse en aquello, decisión que era palpable en sus palabras las cuales enojaron enormemente a su compañera.
La mirada tierna de días pasados parecía haberse tornado de pronto fría, al igual que la suavidad de su voz en la cual de repente brotaba escarcha.
-No hagas nada si no quieres. Pero yo me voy a quedar aquí parada.- Dicho y hecho a la vez que tomaba sus ropas y una daga y marchaba a la carrera acantilado abajo. Tras ella Thavron se quedo por un momento parado, con la palabra en la boca que vacilante quedaba entreabierta.
-¡Espera!- aulló el eldar mientras corría tras ella aún colocándose los atavíos.
Tomado por sorpresa el enemigo cedía fácilmente ante el empuje orco, que avanzaba exitoso colina arriba. Las fuerzas de Marllatjay organizadas demasiado sobre la marcha eran abatidas, derritiéndose como mantequilla bajo el fuego de las antorchas y desapareciendo en la marabunta de orcos escasa ante la inmensidad. La alegría era profunda en Ronkbúrz quien avanzaba en el centro de la formación y ahora divisaba uno de los pocos reductos defensivos que quedaba por derribar en su ascenso victorioso. La torre de vigilancia se alzaba alrededor de un mar de llamas, mientras que nuevas tropas de hombres algo más coordinadas bajaban a prisa la colina por detrás de la torre, dispuestos a aprovechar al máximo los fuertes defensivos de su ciudad.
El Ermitaño se posó con cuidado junto en los estuarios abarrotados ahora por una multitud que deseaba ponerse a salvo zarpando en los barcos que aún quedaban. Eran en su mayoría mujeres y niños que eran conducidos por lo varones mayores de su familia, mientras que a su vez estos protegían sus vidas de los orcos, quienes deseosos de sangre invadían también aquella parte del reino dispuesto a no dejar supervivientes.
Thavron saltó del barco mientras que Anna ayudaba a varios civiles a subir al barco. El eldar vio como el barco que tiempo atrás había creado se convertía en un arca para la vida aunque aquel no fuera en principio su propósito. Frente a él se alzaba por otro lado una prueba. Jamás antes Thavron había tomado parte en ninguna batalla, teniendo siempre un papel al margen, siendo simplemente un mero espectador. Ahora, armado con un martillo y cincel de carpintería le tocaba tomar por primera vez un papel activo y luchar. Albergando así cierta incertidumbre, avanzó hacia la batalla e hizo frente al primer orco. Proyectando toda su fuerza de eldar y beneficiándose de su agilidad, acabo con su oponente de un fuerte martillazo en la frente de éste no muy distinto del remate de un clavo bien asegurado ya en la madera.
Matar era una sensación extraña, buena y mala a la par, consciente de que de se encontraba en mitad de una batalla volvió de nuevo a la realidad aunque no lo suficiente rápido para esquivar el golpe de un escudo que lo arrojó al suelo. Pero antes de que el orco lo pudiera rematar uno de los defensores del puerto clavó profundamente su espada en el pecho de éste, cayendo el orco pesadamente en el suelo. Su salvador le tendió la mano y junto a Thavron volvió nuevamente a la batalla. Frente a ellos apostados a una prudente distancia una fila de orcos sonrientes los miraba. En sus brazos descansaban los arcos ya listos y tensados que silbaron al soltar las saetas al aire. Como pudo la fila de hombres creada ante el puerto se defendió de la lluvia de flechas, pero ninguna de ellas toco suelo, escudo o cuerpo. El aire había cambiado rápidamente formando un vendaval que había arrastrado a las flechas y a varios orcos por los aires descansando ambas partes inútiles e inertes en el suelo. Aquellos orcos que habían salvado la vida se habían convertido en estatuas de hielo que se rompían con el simple toque.
La mirada de la milicia se volvió hacia sus espaldas. Rodeada de las mujeres y niños la figura de Anna brillaba por si misma. Su mirada trasmitía un frío gélido e impasible. La furia de Tämyawára había despertado.
Y la furia de Tämyawára era terrible.
Con el martillo y cincel colgando ahora de su cinto y armado con una lanza y con la protección de un escudo que había encontrado abandonados, o mejor dicho dejados honorablemente por sus últimos propietarios tras una repentina muerte, Thavron seguía combatiendo en las primeras filas que avanzaban desde los puertos. Luchaba mano a mano con hombres de Marllatjay quienes le protegían y a quienes él mismo protegía. Los orcos se limitaban a morir ante su formación y el poder incuestionable de Anna, y la sensación de aquella victoria se le instalaba sin quererlo dentro de si mismo. Una sensación más viva que casi cualquier triunfo anterior, algo extraño pero en lo cual sabia que no tenía tiempo para pensar y recapacitar, a fin de cuentas ese sentimiento de victoria no era más que eso, un sentimiento, y la ventaja sacada en el puerto por parte del ejercito local no hacia más que maquillar el resultado claramente favorable para el invasor como señalaban los hechos que tenían lugar colina arriba. En cuanto a Anna… no era la primera vez que la veía así, ya el primer encuentro entre ambos fue algo accidentado, pero nunca la había visto así de cerca ni durante tanto tiempo. Pero tampoco en ello había tiempo para pensar.
La lucha junto a la torre de vigilancia era encarnizada y ningún bando tenía ninguna intención en abandonar. Ronkbúrz aplastó con su mazo el cráneo de un soldado que le hacía frente y partió las costillas de otro que se le acercaba por el franco derecho. Rugía con una sonrisa dibujada en el rostro. La victoria era suya y no tenía más que tomarla. Miro a las filas de hombres que le cortaban el paso hacia el Apákt'chüta, sabiendo que tras ellos pocas defensas quedaban hasta el final de meta. Y luchó, luchó con todas sus fuerzas. Poco importaba los rasguños que las fuerzas defensoras ocasionaran en su cuerpo, tenía una meta clara, y la pensaba alcanzar.
En la parte superior de la torre de vigilancia los guardas de la ciudad reducían en cuanto podían las fuerzas de los orcos. No habían llegado a subir muchos ante la llegada inminente de los orcos, pero eran suficientes para ocupar todas las plazas defensivas de la torre. Lo que les preocupaba a parte de los orcos que se encontraban más abajo y la resistencia de las tropas que se enfrentaban con ellos, además de cuanto aguantarían los hombres que habían dejado abajo si los orcos vencían y decidían entrar, lo que les preocupaban realmente eran las flechas que le quedaban. La torre no había sido abastecida para ser un fuerte para una batalla como aquella, al menos no como principal punto defensivo. El armamento disponible era pues limitado y acorde con el propósito que inicialmente se le había dado, y con aquel ritmo, para poco tiempo más le daría, y más les valdría entonces ir desmontando ellos mismo la torre si querían piedras o algo que tirar a los orcos y evitarles así el paso.
Pero cuando todo parece perdido, brilla la esperanza.
En el fragor de la batalla un nuevo día se abría paso a través de las montañas. El alba había roto y el sol comenzaba a ascender sobre los cielos de Romenor. Quizás demasiado alto.
Ronkbúrz reparó en ello con el primer rayo de sol que se posó sobre su piel. Era una sensación incómoda y molesta como un intenso picor. Y al darse cuenta dejo escapar un gruñido de completo malestar, sabía lo que aquello significaba, y era algo que odiaba. Tomó su cuerno del cinto y lo hizo sonar tres veces, era momento de batirse en retirada, antes de que el sol alcanzara por completo la tierra tras el Andië, y la victoria se convirtiese también en la muerte de sus soldados.
Con la misma velocidad y misterio con la que llegaron, el ejército orco abandonó las tierras de Marllatjay. Perdiéndose entre las piedras y dejando tras de si un reguero de sangre y destrucción que muchos tardarían en olvidar.
Los hombres de Marllatjay volvieron juntos su mirada hacia el Sol, y alabaron su oportuno llegar. Lágrimas corrían en sus mejillas fruto de la tristeza y la alegría. Fruto del mal sufrido y aquel que pudo llegar a ser.
Y así los hijos de la luz volvieron a tener paz en sus vidas, pero quien sabía por cuanto tiempo.
[Editado por Iorethil el 07-05-2009 22:13]
Miyotl yacía recostada en la cama de la enorme sala de curación del Apákt’chüta, junto con otros muchos heridos en la batalla. Aún tenía el hombro profundamente dolorido pero su fría mirada no lo reflejaba y se perdía más allá de la claridad de Maïth que se filtraba por el ventanal. Contemplaba el decorado imperturbable de las Andië, que contrastaban con las grises ruinas y negras humaredas que se alzaban desde las faldas de las montañas. El ataque de aquella noche había sido devastador para el pueblo Marllajtay y las tristes figuras que se desplazaban perezosamente por la colina y el valle retirando los cuerpos de las víctimas y recogiendo escombros por igual no hacían más que ensombrecer aún más aquél trágico escenario.
Sí, aquella era su tierra, Híssuë. Y la capitana había visto como había sucumbido a uno de los mayores desastres que se recuerdan en la tierra de los estuarios desde la Gran Inundación. Y aquella mañana no había verdes prados recubiertos de flores colonizadas por los insectos. Ni las aves surcaban los cielos ni cantaban en las copas de los árboles. Las verdes selvas de las tierras bajas entre el agua y los acantilados restaban silenciosas. La gente no cantaba en las calles, ni los comerciantes habían montado sus puestos en los mercados. Ni tan siquiera la niebla que daba nombre a la región había aparecido aquella mañana. Sólo Maïth iluminaba ahora esas tierras mostrando a sus ojos las consecuencias de aquél ataque, toda la pérdida que no había sido capaz de evaluar en la oscuridad de la noche.
Miyotl echó la cabeza hacia el costado. En la cama contigua a la suya descansaba Zergon. El Elfo que había llegado siglos atrás al estuario desde las lejanas tierras del oeste presentaba múltiples vendajes que cubrían sus numerosas heridas de flecha. Un blanco fácil para los arcos enemigos si te empeñas en luchar siempre sobre tu fiel caballo. Pero eres un buen soldado, capitán Zergon, pensó Miyotl. Ya había sido informada de cómo Zergon había comandado valiente y eficazmente la última defensa del palacio, impidiendo con éxito que los orcos llegaran a profanar ese lugar.
Los hechos de la batalla volvieron a su pensamiento. Se veía luchando en el puerto junto a la guardia Marllajtay, intentando contener a las fuerzas enemigas y así facilitar la huída de los barcos. Volvió a sentirle inhumano odio de aquél inmenso capitán orco que luchaba empuñando una cimitarra mellada y un pesado martillo. Había podido esquivar el sucio acero, pero el martillo imantó de lleno sobre su brazo, protegido con un escudo que no puedo resistir y se deshizo en mil pedazos. En un último intento de dar muerte a su enemigo, empujada por un desbocado instinto de supervivencia, hundió su espada en el vientre del orco justo bajo su coraza, hundiéndose en su negra carne, antes de caer ella al suelo sobre su hombro dislocado. La bestia lanzó un alarido de muerte pero volvió a alzar el martillo dispuesto a rematarla cuando llegó el final.
Un viento helado sopló desde el mar, endiablado como el mismo demonio del mar y de una fuerza sobrecogedora. Vio cómo las flechas que surcaban el aire eran desviadas y hombres y orcos cayeron al suelo. El aire alcanzó una frialdad mortal, aunque Miyotl sentía en su cuerpo un agradable y reconfortante calor, mientras frente a ella su enemigo se mantenía en pie, con el martillo alzado y totalmente congelado. Entonces ya no recordó nada más.
Un enfermero llegó junto a ella rescatándola de sus pensamientos.
- Mi capitana, me comunican que Ithian Ñaál desea verla.
- ¿Ithian? – preguntó Miyotl incrédula. El enfermero intentó responder, pero ella ya se estaba incorporando dificultosamente, aunque rechazó la ayuda de éste.
Mientras recorría sola los corredores del palacio, se preguntaba qué querría aquél soberbio general, que desde hacía años no había cruzado una sola palabra con ella. Desde que abandonó la comandancia de las tropas de Ithian en la Milicia para unirse al ejército regular de Híssuë. Había sido una pieza clave en los planes de Ithian y ya desde pequeña había mostrado en la escuela de la Milicia sus excepcionales facultades para la guerra, que no habían pasado desapercibidas para los altos cargos de la Orden. Su deserción, como él la llamó, le había enfurecido enormemente. Todo aquello la inquietaba, aunque sabía que hacía ya tiempo había dejado de ser su subordinada y no le debía explicaciones de ningún tipo. Pero jamás hubiera esperado aquello.
- Espero… que estés de broma – titubeó Miyotl al terminar éste de hablar -. Jamás te acompañaría en semejante cometido. ¡¿Cómo puedes siquiera pensar que…?!
- No sabes a cuánto llega el desacuerdo del pueblo con su otrora amado Khútic. Ha perdido gran parte de su apoyo en el Consejo. Incluso tú dudas ya. Aunque no lo sepas te he observado estos meses. No creas que porque Mar’ek haya abandonado la compañía dejándola a tu cargo nos hemos olvidado de ti. Has actuado siempre por cuenta propia tomándote la justicia por tu parte y a menudo desobedeciendo mandatos del Consejo –acertadamente, en mi opinión -, organizando las defensas a tu manera. ¿Es así como muestras tu apoyo? ¿O es tu falta de fe en sus decisiones lo que reivindicas?
- Estás sacando las cosas de contexto. No por eso no soy fiel al Khútic y a su forma de gobernar. No os ayudaré a entregarlo.
- El proceso está más avanzado de lo que piensas. Después de los acontecimientos de hoy verás cómo el pueblo pedirá a gritos un gobernador solvente y que se preocupe por lo que realmente les importa. Su tierra, su gente, su familia. El Consejo se verá obligado a reclamar la comparecencia del Khútic ante el Zîr’an para renunciar a su cargo. Y un nuevo Khútic será elegido. Puedes estar ahí para verlo. O no. Es tu decisión. Pero piensa en la oportunidad que te ofrezco.
- No dices más que sandeces. Y mucho me imagino quién quisieras que fuera ese nuevo Khútic. ¡Lo que aún me enfurece más! – Miyotl escupió en el suelo - ¡Antes me entregaría a los malditos kraken de Malkñý a formar parte de esto!
A través del hueco de un corredor lateral que surgía de la habitación, apareció el rostro oscuro de Mar¡ek Ýthuel. Su nariz aguileña y sus oscuros ojos se clavaban amenazadoramente en la mirada de Miyotl.
- Puedes aceptar tu lugar en el comando del pueblo más poderoso del sur de Rómenor desde una privilegiada posición en la Nueva Milicia, o someterte al destierro perpetuo y a la deshonra de tu pueblo. ¿Qué dices? ¿Acompañarás a Ithian en busca del Khútic en cuanto sea decretado?
- ¡Jamás!
Miyotl agarró con rabia una valiosa lámpara de cristal que había sobre la mesa y la estampó con todas sus fuerzas contra el suelo. Acto seguido, dio media vuelta y salió de la habitación dando un portazo. Mar’ek e Ithian contemplaban el pequeño charco de aceite ardiendo en llamas en el suelo.
Capítulo 2: Un hombre venido del oeste.
Tras la tempestad había regresado la calma y los hombres y mujeres de Marllatjay se afanaban en devolver a su reino la imagen anterior a la batalla. Una imagen bella y ajena al mal del mundo. En cada rincón de Híssuë se realizaban reparaciones en las que se encontraba inmerso todo el pueblo, al igual que aquellos que podían y eran necesarios ayudaban en las tareas de las casas de curación, que se encontraban en aquellos días aún con trabajo. Esta era una tarea compartida también para Tämyawára y Thavron, los cuales ayudaban también en lo que podía. Anna ayudando en la labor de las casas de curación y siendo de apoyo en las obras, mientras que el eldar estaba colaborando en varias construcciones, aportando su experiencia, opinión y fuertes manos. Eran días de recuperación, reflexión y aprendizaje para el futuro. Las heridas abiertas se cicatrizarían y volverían a resurgir más sabios, más fuertes.
En aquel transcurrir de días de renovación, el décimo octavo día del Ether Saille, supuso un punto de inflexión las vidas de los habitantes de aquellas tierras. Desde el otro lado del Andië llegaban noticias de que un grupo armado merodeaba por los alrededores de Geigása y Nuranan. La pesadilla vivida y la escasa información que había llegado a aquellas tierras hicieron que algunos pensaran en lo peor y que muchos se dejaran llevar por la tristeza. Que habría aún por venir, era una pregunta conjunta.
Las tareas de reconstrucción avanzaban sin descanso a en Híssuë. Los Marllajtay reparaban los edificios dañados y nuevas construcciones se elevaban para relevar a aquellas que quedaron en ruinas a causa de los saqueos e incendios. Las defensas de la ciudad quedaron rápidamente restablecidas. Mientras, en las estancias del Apákt’chüta los sabios discutían los hechos recientes y tomaban decisiones para reconducir la situación. El proceso que Mar’ek Ýthuel había anunciado a Miyotl se desarrollaba irremediablemente y el Zîr’an había reclamado una renovación en el poder Marllajtay que empezaría por la renuncia del Khútic.
Ante esta situación, el Consejo no pudo más que ceder a la presión y designó una comitiva que cruzaría las Andië hacia Tûgore a reclamar el regreso inmediato de Allpa’huátl para someterse a la decisión del Zîr’an. Gracias a la influencia de Mar’ek Ýthuel el designado para encabezar la comitiva fue Ithian Ñaál, a pesar de la oposición de un notable sector del Consejo.
Los preparativos para la expedición se habían llevado a cabo con rapidez y pronto todo estuvo listo. El día anterior a la partida, Mar’ek hizo llamar en secreto a Ithian.
- Hoy ha llegado un mensajero desde Tûgore – empezó a explicar Mar’ek -. Lo envía Yámacha, el cabecilla Yshkur que gobierna actualmente la ciudad, designado por Allpa’huátl.
- ¿Y el Khútic? – preguntó intrigado Ithian.
- En Nimost. Ha logrado anexar los territorios de los Rillië a los nuestros y desde allí retiene la entrada de enemigos en el Nendataure. Y el mensajero dice que ya planea su regreso a Híssuë…
- Pero… eso sitúa en muy buena posición a Allpa’huátl frente al Consejo. Podría hacer cambiar la opinión del Zîr’an y aplazar mi expedición a la espera del regreso del Khútic por su propio pie…
- Y olvídate del relevo. Estos ancianos son influenciables y olvidarán las penurias del pasado invierno durante la ausencia del Khútic. Pero hay más. Yamacha solicita refuerzos en el Nendataure. La caballería de Laymi patrulla la zona y ha alertado de actividad en las cercanías de Geighâsa. Parece que se esta congregando un grupo armado curiosamente escurridizo.
- ¿No tienen suficientes efectivos allí? ¿Es que se piensan que tenemos un almacén de soldados inagotable? – dijo indignado Ithian que, como muchos, pensaba que el ataque habría podido sofocarse con los efectivos que partieron al Nendataure durante las campañas de Allpa’huátl.
- Evidentemente eso no es posible, mi querido amigo – dijo Mar’ek con una sonrisa maliciosa -. No enviaremos refuerzos. Tu expedición se encargará de investigar la presencia de ese misterioso ejército. Yo me encargaré de que no se descarte tu misión. Te daré plena libertad para actuar según tu criterio con ese asunto y tendrás a tu disposición a las tropas del Nendataure. Cuando todo se haya aclarado, volverás con el Khútic. Su pueblo lo estará esperando.
El encuentro concluyó con esta decisión y como Mar’ek había prometido, a la mañana siguiente Ithian estaba listo para la partida con diez hombres de confianza.
Tras pasar uno de los momentos más felices de sus vidas y tras haber descansado al fin de los trabajos interminables de aquellos días, Thavron y Anna Kuiviel regresaron de nuevo a los estuarios.
La felicidad que bañaba sus corazones pareció amenazar con diluirse al poco de posar los pies en tierra. El ánimo general nuevamente se encontraba algo alicaído, la noticia de que un grupo armado se encontraba en los bosques de Nendataure a poca distancia tras las montañas del Andië, las cuales ahora ya no parecían otorgar una defensa tan segura, era un tanto descorazonadora.
La rabia aún latente en Anna por el pesar de los suyos, la animó para buscar a la expedición que partiría para investigar aquel suceso, una vez enterada de que esta iniciativa existía y pronto partiría. Fuera cual fuera lo que estaba detrás de aquel suceso ella estaría allí aquella vez desde el primer momento, para así, si podía, no ver nunca más sufrir a los suyos.
Bajo aquel torbellino protector se vio arrastrado también Thavron. Aquel no era un plato de su gusto, pero su deber con ella era incuestionable. Juntos así hallaron y hablaron con el mandatario de aquella expedición, Ithian, quien aunque extrañado y algo escéptico al principio aceptó de buena gana el ofrecimiento, conocidos como eran por entonces ya las habilidades de Tämyawára.
Historia finalizada.