La música había cambiado en el Este, su sinfonía de tonos suaves y gélidos había cambiado ahora el rumbo de las aguas y la brisa que se posaba sobre las olas. El cambio de ritmo llego a la cúspide del Soronnórië, llamando la atención de las Águilas que alzaron el vuelo rumbo al Este, lejos de Romenor.

Tiempos Aciagos. Capítulo 1: ¡ORCOS! (De Los Hechos Nimost)
TerminadaLas hojas de los árboles resplandecían bajo la suave luz de la noche, meciéndose por el suave viento como un mar vegetal tranquilo, dejando tras de si el crujir suave como el de una mecedora. Tranquila eran desde aquella vista la basta extensión arbórea del Sûlestelion y de plata eran ante la oscuridad de la noche, los edificios y defensas del Nimost. Tan plateada quizás como desafiante a los pies de aquella llanura y a espaldas del Orenáro, especialmente el águila de plata que labrado en el balcón castillo le aguantaba la mirada ahora con sus alas desplegadas. Sharkûm contempló unos instantes su anillo de plata y ónice, y arrojó con gesto despreocupado de un suave puntapié una piedra que salió rodando colina abajo. Tras de sí sus hombres, algunos portadores de estandartes purpúreos con un sol negro dibujado, lo observaban impacientes.
-¿Es ya la hora?- Se atrevió a decir un lugarteniente a su lado.
La cabeza de Sharkûm asintió -Sí, lo es.- Tomó su cetro de mando de crudo hierro y lo levantó dando así la señal de avance de su ejército. Un centenar de almas que si así lo desease lo seguirían al mismo infierno. Era una lealtad que siempre había disfrutado, y la cual siempre había promulgado aunque a través de las vías del dolor y castigo. Era la lealtad con la cual a su vez seguía a Durbhosh, mucho más joven que él, pero no por ello de menor valor. Su vida se había cocido suficientemente a fuego, y el camino hacía el supremo liderato había terminado dejándolo de lado. Era un camino peligroso y de vida corta que por otra parte ya no ansiaba. La ira, y la sed se sangre se diluye con la edad incluso para un orco, aunque el placer de ver sangrar y morir al enemigo era siempre exquisito. El resumen de aquello, la razón, es que con los años la insensatez daba paso a un mayor instinto de supervivencia.
El silencio de la noche que sumía en un sueño a Nimost, fue pronto un silencio roto. El muro sur de la ciudad era víctima entonces de las catapultas de los orcos, que estrellaban sin cesar un sin número de grandes piedras. Los cuernos de la guardia de la ciudad llamaban una vez a la guerra mientras los más veloces ya tomaban posición en la muralla y hacían silbar las saetas hacia el otro lado del muro. En la noche los guardias gritaban llamando a la batalla: ¡ORCOS!
Nimost ardía y emanaba un humo espeso y abundante. La ciudad victima de las guerras y una depresión económica no disfrutaba de suficientes recursos para hacer frente al numeroso ejército invasor y poco a poco las murallas que defendía la patria fueron abandonadas al ser imposible de defenderlas. Las puertas habían cedido ante el empuje orco y el ejército enemigo se había extendido rápidamente por las calles sembrando el caos y destrucción en cada rincón de Nimost. Las casas y edificios crepitaban a causa del fuego mientras los gritos de desconsuelo de los habitantes se mezclaba con el de dolor de los soldados y resonar de los cuernos que animaban una y otra vez a luchar en una batalla en la que cada vez había menor lugar para la esperanza.
Animados por la poca resistencia opuesta algunos orcos aprovechaban aun en la batalla para comenzar el saqueo de la ciudad, tomando todo aquello que encontraban de valor en la ciudad y quemando a continuación en lugar donde habían encontrado tales riquezas, dejando así tras de si una estela de ceniza, ruina y fuego.
El tesoro de Nimost era expoliado y aquello que podía llevar consigo o no alcanzaban a ver los ojos destruidos. La ciudad entera se sumió en un mar de llamas, rojas, anaranjadas, amarillas y completamente vivas. Un lecho incandescente donde los guardas luchaban fieramente por sus vidas y donde se les daba un honorable funeral en donde los inquebrantables defensores ardían conjuntamente con la ciudad por la que habían dado sus vidas. Una enorme pira funeraria, despedida para muchos de este infame mundo y promesa de un glorioso descanso.
Alrededor de esta enorme hoguera y tumba el ejército orco contemplaba su obra en silencio con las antorchas aún levantadas al cielo. Habían recorrido una larga distancia desde Endeloica para poder un espectáculo como aquel, y ahora que lo habían logrado lo admiraban orgullosos y complacidos. El cuerno de Sharkûm resonó tres veces en la llanura frente al Orenáro y donde se hallaba la ciudad en llamas de Nimost. El cometido de los orcos había concluido en aquellas tierras y ahora tocaba el momento de regresar.
Solo la noche fue testigo de la marcha de orcos que se dirigían por la llanura de Hyarmenyalaire hacia el norte, hacia las ciénagas de los orcos donde toda luz desaparece en un enorme pozo negro. ¿Solo la noche? No. En el bosque bajo el manto de los árboles y la noche, cientos de personas contemplaban con espanto la imagen de lo que había sido hasta tan solo unas horas su ciudad. Habían abandonado rápidamente la ciudad ante la imposibilidad de hacer frente al ejercito orco que había asediado su ciudad, dejando tras de si tan solo a algunos guardias que se habían ofrecido voluntarios para proteger su marcha. Habían dado sus vidas por el bien común, y sus nombres serían recordados a partir de entonces por todos y por sus hijos hasta el final de los días. Y para ello habrían de salvaguardar el futuro de su nación, que habría de resurgir de nuevos de las cenizas para alzarse nuevamente fuerte. Más fuerte, para brillar como nunca ante un nuevo día.
De esta forma y con tal objetivo en la mente los habitantes de Nimost regresaron a la mañana siguiente a Nimost, su patria negra y humeante.
Capítulo 2: Un hombre venido del oeste.
19 del Ether Saille
Nimost poco a poco se iba recuperando de la pesadilla pasada. Los daños finalmente no habían sido tan graves como se había esperado para la magnitud del incendio, y aunque era cierto que todas las casas de maderas. Muchos edificios de piedras aún perduraban en pie en bastante buen estado. Habían perdido casi todas las pertenencias, al menos aquellas que no se habían llevado consigo, pero la el resurgir de aquella ciudad era seguro. Pasarían momentos de escasez, pero los bienes naturales que los rodeaban les ayudarían a aliviar el hambre y el resto de penurias.
En aquellos días llenos de ceremonias a los que dieron la vida por el bien de muchos, llenos de obras que envolvían a la ciudad en una nube de serrín y polvo. Eran días para honrar a los muertos, pero también para honrar a la vida.
Aquel día una noticia poco alentadora recorrió la ciudad, un grupo armado que parecía provenir de Minitunda o Hiskhagda, se encontraba cerca ahora del reino, tomando rumbo noroeste en dirección a Nimost o Truskan. Las intenciones de aquel grupo aún no les eran claras, y el temor a otra batalla hacia que un nuevo pesar creciera en sus corazones.
Historia finalizada.