Nunca antes habían corrido tan rápido, ni si quiera para salvar sus propias vidas. Cientos de familias corrían un riesgo enorme por culpa de seres inconcientes.
Las calles se hicieron extensas, y los segundos, interminables. Encontrar cada pozo, cada afluente de agua, revisar manantiales... pensar en la búsqueda fue angustiante.
Llegar a la ciudad, ellos no se encontraban tan lejos, pero el camino se les hizo eterno.
No lograban entender desde cuando aquellos seres se refugiaban en la oscuridad de la noche, en aquel lugar, si fueron largas las jornadas de búsqueda, revisando cada milímetro de terreno en búsqueda de pistas que les llevase a cazadores y a sus refugios donde llevaban a cabo las extracciones de las pieles de aquella especie tan codiciada. Habrían sentido, oído, visto... pero nada...
¡Cómo tan ciega!
De repente un recuerdo llegó a su mente, junto a una visión descabellada. ¿Y si fuera gente de la misma Hildan?
Nênlê Tâurel pensó en su tierra, en sus añorados dragones de agua, y como su población iba decreciendo, por culpa de inescrupulosos, ¿acaso no veían la delicadeza y la bondad de sus cristalinos ojos? Si bien era una especie que muchos la tildaban de fuerte, poderosa, con poder, no conocían realmente el espíritu de esos sagrados animales.
En más de alguna ocasión demostraron ser más sabios que los propios humanos, pensó la Ainakelvari con su rostro rojo de rabia. ¡Ellos se agrupan en pequeñas manadas, para proteger a los más pequeños, de ninguna forma pensarían en dañar a los suyos, y menos a los demás!
Al llegar la ciudad ésta se encontraba en silencio. Tras dar la voz de alarma entre los soldados tanto de Hildan, como los aldalantar, se despertó a los líderes de la ciudad explicándoles la situación de emergencia. Se realizaría una búsqueda exhaustiva por las calles. Se organizaron cuatro secciones de búsqueda, se detendrían a los sospechosos que rondasen en la oscuridad, como los que se encuentren cerca de las aguas. Había que evitar que los ciudadanos se acercasen a buscar y a beber aquel preciado líquido, ya que no tenían la certeza que a que hora podrían haber envenenado las aguas. Mientras otro grupo tenía la labor de revisar los hogares de que todo estuviese bien.
Nênlê se unió a la búsqueda, calle tras calle, revisando escondrijos, buscando a sospechosos, pero no encontraban nada. De repente le llegó el aviso que habían encontrado a dos sospechosos, por lo que se dirigió raudamente a aquel sector. Al llegar los tenían rodeados.
La ainakelvari se acercó cauta, observando cada detalle de sus ropas, cada línea de sus rostros, oliendo, sintiendo algún vestigio para descubrir quienes eran. No fue necesario nada más. El sutil aroma de las tierras del oeste, humo y... para aquella no fue difícil descubrir el aroma de la pequeña criatura muerta no lejos de la ciudad. Eran cazadores.
Una risa brotó de los labios del hombre, “ya está hecho, las aguas están contaminadas. ¡Morirán todos, cobardes que no fueron capaces de luchar en contra de ustedes, elfa. Quedaron prendidos de su magia, pero yo los liberaré para siempre, junto con esos estúpidos animales... morirán como animales!”
Su compañero lo vio con ojos como plato al ver que sacaba el frasco de veneno y lo bebió si que él, ni los demás, pudieran hacer nada al respecto. Más la elfa se encontraba tranquila, se acercó al hombre que empezaba con las convulsiones producidas por el veneno y levantó sus manos, los protectores aires del este aún danzaban sobre la ciudad.
Observó al hombre y una lágrima brotó de sus cristalinos ojos. Por un momento, la elfa, de ropas de cuero trenzado, botas que demostraban un largo camino recorrido, su cabellera enmarañada, desapareció. La luz de sus ojos cristalinos, su piel pálida se confundió con la luna, algunos pensaron que Yenna se les había hecho presente, más otros pensaron en la bella Inanna.
Un cálido rezo brotó de sus labios, un rezo embriagador, cálido, y sus lágrimas posó sobre los labios de un cazador asombrado.
...
Aquella noche las aguas fueron purificadas por los cánticos y la pureza de las lágrimas de la joven hija del bosque. Aquella estrellada noche Nênlê Taurêl, no tubo descanso. Pero sabía que, a pesar de que aquel cazador, junto con su acompañante, permanecerían vigilados en su hogar, tenía la pequeña esperanza de que de a poco, empezarían a ver las cosas desde una forma más clara y esperanzadora.