Fin Guerra: Nensir Airatâri deja de Atacar
Armadas perdidas por "Nensir Airatâri" = 7
Armadas perdidas por "Maianor" = 9
Victoria para Nensir

Fin Guerra: Nensir Airatâri deja de Atacar
Armadas perdidas por "Nensir Airatâri" = 7
Armadas perdidas por "Maianor" = 9
Victoria para Nensir
7 Ether Fearn 1602 S.E.
<< Una noche fría y refrescante >> musitó aquel ser de duras facciones mientras se perdía en la misteriosa atracción de los cielos.
Sus ojos soñadores recordaban las largas jornadas en la escalada de Glyir, del valle de Bulru, nombre dado por su gente al pequeño valle ubicado en el lado noreste, a los pies del Mórea Alcasse, donde, según contaban las historias, había perecido uno de los últimos sobrevivientes de una mítica ciudad enana llena de misterios y de tesoros escondidos bajo la fría roca.
Dorn era un avezado enano, de cabellos castaños y ojos almendrados, nacido y criado en Eothin. Por mucho tiempo había recorrido aquellos parajes en búsqueda de alguna pista, una seña de los señores de antaño, mas nada había encontrado.
Con un gesto resignado se dispuso a bajar de la saliente, mientras Faern y Maegar, en el campamento improvisado, se disponían a preparar el desayuno.
Pronto las primeras luces de la mañana despertarían al gran Mórea Alcasse y tendría lugar la última fracción de una larga búsqueda de un sueño perdido en la roca tras la pista de alguna señal que había dejado uno de los últimos sobrevivientes de un reino ya olvidado.
Tras revisar una vez más un viejo pergamino encontrado por aquél en uno de sus viajes hacia las tierras del sur, paseó con los dedos las difusas líneas, estudiando nuevamente lo que escondía en ellas.
- Yo insisto en que aquel documento está maldito - comentó Maegar, con la boca a medio llenar por un trozo de carne.
- ¡Patrañas! Sólo quiero recuperar lo que es mío. Pronto encontraré la pista para descifrar la última parte y ¡la magnifica Ciudad abrirá sus puertas a su Nuevo Rey! Dorn hijo de Vorn, quién a su vez fue hijo del grandioso Dornidrin, hijo de Ghaern el intrépido, quién a su vez desciende del Rey Olagondir!
Faern y Maegar se miraron al instante como si hubiesen escuchado ese discurso un centenar de veces y, conociendo lo que les esperaba, se apresuraron a tomar pala y picota para continuar excavando escudriñando el lugar antes de que Dorn hijo de Vorn continuase con su prédica.
No les agradaba mucho el extraño brillo en los ojos de Dorn cuando hablaba de todo lo que le pertenecía de aquel reino del que casi nada se sabía, salvo una pequeña fábula que hacía referencia al mal adyacente en aquellas tierras. Fuera cierto o no, desde que había profanado aquel túmulo en las cercanías de las Ered Mithdraug, a orillas de Silnén, donde había encontrado aquel pergamino, el enano no hacía más que mencionar a su antepasados encontrándose entre éstos héroes de una casa enana que tan sólo Dorn conocía como tales.
Mientras tanto, el enano se encontraba ensimismado en sus pensamientos, a gusto en aquel lugar, bajo incontables estrellas que iluminaban la noche, trabajando la tierra, solamente iluminado por un par de candentes teas. A pesar de la suave brisa helada que había estado soplando desde el crepúsculo, poco a poco la oscuridad de la noche desaparecía para dar paso al alba.
Un golpe y se desprendía una roca, dando paso a otra. Aquella labor estaba cansando a sus compañeros, acostumbrados a cavar para encontrar tesoros, grandes vetas de ricos minerales, piedras preciosas. Para ellos el cavar sólo para encontrar rastros de un supuesto difunto no les hacía mucha gracia, a pesar de que aquello los podría guiar hacia uno de los tesoros más añorados por su pueblo.
De repente, el silencio total. Dorn, que estaba ensimismado leyendo nuevamente el viejo pergamino, se levantó presuroso sopesando lo que acababa de ocurrir.
Un casco roído por los años apareció, hundido por la roca y guardado por siglos bajo ésta, junto a los restos de un cuerpo ya descompuesto, al que aún le quedaban rastros de sus ropas y de su enmarañada cabellera rojiza.
Dorn, en un estado de total excitación, removió los restos de aquel infortunado sin clemencia buscando vehemente, hasta encontrar un pequeño objeto circular que yacía en las entrañas de aquel enano, objeto que, a pesar de la tierra y el moho, se notaba la riqueza de su elaboración.
15 Ether Fearn 1602 S.E.
Umbar Némo. En aquel lugar se encontraba sus sueños, un antiguo y desconocido hogar cuna de sus antepasados, donde ríos de plata y jade fluían entre martillos replicantes, lugar donde su gente había horadado las profundidades de la tierra para luego ser expulsados por un mal receloso del poder del reino.
Ahora él, el gran Dorn, era el único capaz de desentrañar los tesoros de aquella mítica ciudad, así que, con determinación, avanzó por una escarpada pendiente, debía llegar al punto más alto de aquella pendiente rocosa.
Aquella mañana podía ser un perfecto día primaveral, si no fuese por las pocas nubes que aún colmaban parte de la inmensa bóveda celeste. Mas eso no le importó mayormente a Dorn. Lloviera o tronara, nadie, ni la mismísima naturaleza, le impediría tomar lo que era suyo.
El olor de la tierra humedecida por el rocío matutino deleitaba los sentidos del enano, avivándolos enormemente. << Se acerca buen tiempo >> musitó y respiró hondo.
Un paso y luego otro paso. Observó hacia abajo del declive y vio a Faern y Maegar discutiendo – Dorn supuso que discutían por quién prepararía los alimentos ese día- en el campamento improvisado, entre doce frenéticos enanos que se encontraban en los preparativos para la encrucijada que estaba por producirse en aquellas tierras.
Giró nuevamente y vio que le quedaba ya poco para la cúspide. Dio un paso y luego otro más. Al llegar a la cima observó la inmensidad del paisaje y grande fue su sorpresa al ver un pequeño valle en el interior de las Umbar Némo y, dentro de éste, un extraño árbol.
Un haz de luz tímidamente se asomó entre las nubes que poco a poco partían hacia tierras más lejanas, llevadas por las frías brisas del oeste. Tímidamente bajó acariciando la húmeda tierra, moviéndose poco a poco hasta alcanzar una rama, una pequeña rama de aquel singular árbol otorgándole su calor.
La reacción fue casi inmediata, cada hoja, cada minúscula hoja emitió lentamente un cálido destello indicando hacia un sector en particular.
Con el pecho colmado de alegría corrió cuesta a bajo para encontrarse con la entrada de su sueño más preciado. Había hallado la entrada a las legendarias Minas de sus antepasados.
8 Ether Saille 1602 S.E.
En las inmediaciones de Lathûr, en el interior de las selvas, tres forasteros fueron apresados por los elfos Faradrim-Yrch (*cazadores de orcos) y llevados ante el rey que habitaba en una no muy grande morada excavada en las milenarias y duras cortezas de un árbol. Los forasteros fueron desatados y desprovistos de la capucha que tapaba sus rostros.
- ¿Cómo es posible? Son elfos, no extraviados nómadas de los desiertos del norte- dijo el rey, contrariado, mientras contemplaba con sus ojos grises a los presos. Definitivamente, éstos eran elfos pero por alguna extraña razón vestían ropas del desierto.
- ¿Ésta es la hospitalidad que le dispensáis a vuestros hermanos del norte? – preguntó uno de los tres forasteros, de mirada desafiante y cabellos castaños.
- En el desierto, que yo sepa, no hay elfos.- respondió el rey.
- Pero más arriba sí, en los grandes bosques del Aldalaurë. – replicó el otro.- Venimos de la lejana Galador y buscábamos un lugar para descansar después de un gran viaje. Pensamos que una ciudad gobernada por elfos sería más hospitalaria que una caverna enana o unas mugrientas cuevas orcas.
- No era nuestra intención tratar mal a algunos de los vuestros, pero no es usual que elfos del lejano norte visiten Lathûr. Desde que los elfos verdes de Laiquaimiril cayeran tantos yén atrás y que los elfos yarai sean tan raros hoy en día por aquí, no habíamos visto a otros elfos en las selvas del Mistetaure que no fuéramos nosotros mismos. Pero me congratularía conocer vuestros nombres y saber qué os hace tan lejos de vuestro hogar.
- Mi nombre es Tathâral Âryon, sacerdote aldalânta y general de los ejércitos de mi pueblo. – respondió el elfo de cabellos castaños que se dispuso a presentar a sus dos compañeros, una bella elfa de cabellos castaños y un elfo de cabellos grises.- Ella es Althira, sacerdotisa. Los dos somos miembros del consejo que gobierna Galador, nuestra tierra. Él es Vorondhîsie, un importante guerrero aldalânta.
Tathâral comprobó que aquellos elfos, a pesar de resultar tan desconfiados, no eran peligrosos y su rey parecía ser complaciente y benévolo. Rápidamente pudo ofrecerle un motivo satisfactorio del hecho de que estuvieran tan lejos de su tierra sin tener que hablarle de los taltarili.
- ¿Enanos? ¿De Éothin?- preguntó sorprendido e interesado el rey de Lathûr cuando Tathâral le habló del encuentro que habían tenido con unos enanos de la oriental Éothin en las cercanías de Laiquamiril unos días atrás.- Poco sabemos de ellos desde que les ayudamos a salvar su ciudad de un ataque de los orcos cuando el invierno llegó a su fin. Pero nunca nos lo agradecieron y aún esperamos una muestra de cortesía por su parte. No hace muchos días ha llegado a mis oídos que han encontrado la ubicación de la legendaria ciudad enana que alguna vez fue esplendorosa en las montañas de las Umbar Némo y que cayó en desgracia por la avaricia de sus habitantes.- Aquel elfo era sin duda alguien muy generoso pues, a cambio de narrarles su aventura, les habló de la legendaria ciudad enana que en los albores del mundo hubo en aquellas montañas y les contó cómo los ents habían expulsado a los enanos cuando éstos empezaron a destruir incontroladamente los árboles, fruto de su avaricia – Se dice que los antiguos tesoros de los Altos Señores Enanos de aquella ciudad se quedaron ocultos en las viejas moradas.
Tathâral le dio un codazo entonces a Voron, que estaba a su lado, y éste, cuando lo miró, supo qué se le había ocurrido.
- ¿Y no creéis, rey, que una parte del tesoro de los supuestos antepasados de esos enanos os corresponde como pago del auxilio que les ofrecisteis? – le preguntó el elfo aldalânta con una sonrisa maliciosa que el rey no vislumbró.
El rey miró a Tathâral interesado, no había caído en la cuenta, pero aquel forastero tenía razón. El artadâko de Galador intuyó por su mirada que lo tenía en sus manos. Althira murmuró algo apenas audible pero Tath sabía que era una plegaría a Yenna y no tenía que preguntarle para saber que su hermana no aprobaba los planes que se le habían ocurrido en ese momento.
9 Ether Saille 1602 S.E.
El día siguiente Tathâral, Voron y Althira estuvieron ocupados con los preparativos para viajar hacia las Umbar Némo. El rey de Lathûr le había confiado la misión al artadâko y el aldalânta rápidamente se había hecho con el liderazgo de los soldados de la ciudad relegando a Giliel, el capitán de la guarda élfica de Lathûr, al puesto de subordinado. A última hora de la tarde todo estaba listo. Una compañía partiría al siguiente día en busca de la mítica ciudad enana.
19 Ether Saille 1602 S.E.
Voron y Tathâral acababan de llegar a la cima. El sol se hallaba en ese momento en lo más alto del cenit y arrojaba sus rayos hacia las ramas de los árboles de aquellas altitudes. Entonces vieron, en un pequeño valle situado a la izquierda de donde se encontraban, un árbol esbelto que estaba más iluminado que los demás y en el cual los rayos del sol creaban un juego de luces peculiar. Un pequeño haz de luz se reflejaba en las hojas del árbol iluminado y se proyectaba hacia un pequeño hueco que dejaba una gran piedra con forma de pilar. Ambos se miraron y asintieron con la cabeza.
Voron se agachó para poner la cara en el suelo y le susurró a la hierba unas palabras.
- Ella le avisará a Althira que suban - anunció cuando ya se había incorporado.
Tath sonrió. Siempre le resultaba curiosa la extraña comunicación que su compañero tenía con la hierba.
Bajaron hacia el pequeño valle donde habían visto el árbol luminoso. Aquel lugar era un pequeño recodo que dejaba las altas montañas de Umbar Némo donde el sol no iluminaba normalmente y la maleza ocultaba los troncos de los árboles. Pero el peculiar juego de luces que en ese momento formaban los rayos del sol en las ramas del árbol luminoso mostraba a los ojos de los elfos la entrada que habían estado buscando en los últimos días. No tardaron en llegar a la altura del hueco de la piedra.
- Aquí está. La derruida entrada a las legendarias Minas de los enanos.- anunció Tathâral, mirando fijamente el hueco que se hallaba en la gran piedra y que antaño tuvo que ser una bella puerta de piedra a tenor por la forma y los grabados que había en ella.
- Tath, ¿qué ha pasado? - preguntó, de repente, una voz femenina tras ellos. Era Althira que estaba acompañada por Giliel y el resto de los elfos Faradrim-Yrch que formaban parte de la compañía.
Tathâral se giró y mostró una sonrisa.
- La hemos encontrado, Thira. Seguidme.
El elfo se adelantó hacia la apertura y penetró en ella. Tras él, lo hicieron los demás y, una vez dentro, avanzaron por una especie de caverna oscura de paredes lisas y suelo casi pavimentado.
Alcanzaron unos grandes escalones que subieron con cuidado pues estaban semiderruidos y corrían el riesgo de tropezar de mala manera y caer al precipio que había debajo de sus pies. Habían encendido sólo un par de antorchas, las suficientes para ver y, al mismo tiempo, evitar que los enanos se percataran de su presencia. Tathâral quería pillarlos por sorpresa si eso era posible.
Cuando terminaron las grandes escaleras se encontraron con la primera sala de las Antiguas Minas de los Enanos, una bella caverna de techo abovedado y columnas esbeltas. Las paredes lisas estaban salpicadas por extrañas cortezas de árboles llenas de líquenes y hongos.
- ¿Quiénes sois que osáis entrar en las Minas de Naragundu sin ser invitados? - preguntó una voz grave desde una esquina de la sala. La figura de un enano de cabellos castaños apareció en la sala y, tras él, otros tantos enanos.
Tathâral se adelantó.
- Confiaba en que te alegraras de nuestro reencuentro, Dorn.- dijo con una sonrisa mientras el enano, bastante malhumorado, levantaba su hacha hacia el elfo.
- No me alegro, elfo. Y puesto que tú y los tuyos no sois bien recibidos en mis moradas, os invitamos a que volváis por donde habéis venido. A no sea que hayas venido a devolvernos la joya que nos quitasteis hace algunas semanas.
Al aldalânta le divertía la actitud de aquel enano pero Tath no tenía intención de regresar sobre sus pasos, ni menos aún de darle el taltaril por el que ambos habían rivalizado algunas semanas atrás.
- Aquella piedra no era vuestra así que, como nosotros la encontramos antes, nos corresponde por derecho. Y no venimos a devolver nada, todo lo contrario. En nombre del Rey de Lathûr os reclamamos una pequeña parte del tesoro de estas Minas a cambio de la ayuda que os ofreció para salvar a Eothin de los orcos.
- Al tesoro de mi pueblo ningún elfo tiene derecho.- dijo Dorn al tiempo que golpeaba enfurecido con el hacha hacia su izquierda. Justamente el hacha golpeó en una zona donde había una corteza de un árbol.
De repente, un tremendo rumor se escuchó en las paredes de piedra de la caverna al tiempo que éstas empezaron a temblar. Tathâral y Dorn miraron encima suya. El techo abovedado se resquebrajaba mientras los temblores empezaron a ser más violentos. Entonces vieron que las columnas se rompían y caían grandes bloques de piedras. Tanto los enanos como los elfos pudieron ver que los grandes árboles subterráneos empezaban a cobrar vida. Grandes ojos aterradores aparecieron de sus troncos. Eran los ucornos que habían despertado.
Tathâral supo que aquello empezaba a ponerse peligroso y se giró hacia atrás para ordenar a su compañía que se pusiera a cubierto, pero los elfos de Lathûr ya luchaban por evitar que los grandes bloques de piedra que se estaban rompiendo impactaran sobre ellos. De repente, desde lo alto del techo, apareció una gruesa rama que iba directamente hacia el aldalânta. Se tiró al suelo y evitó el impacto de la rama del ucorno a duras penas.
Otros ucornos hacían lo mismo, movían sus gruesas ramas para intentar golpear tanto a los enanos como los elfos, mientras estos luchaban por evitar el impacto de los mismos.
En el suelo, Tathâral se acordó de su hermana. La buscó entre los elfos de su compañía, pero no la vio por ninguna parte.
-¡Giliel! – le gritó al capitán de los elfos de Lathûr.- ¿Y Althira?
-¡No lo sé!.- le respondió mientras lidiaba con las ramas de los ucornos.
-¡¿Cómo puede ser?! Te ordené que la protegieras- dijo Tathâral, enfadado y preocupado al mismo tiempo. ¿Dónde estaría su hermana?
Althira se incorporó con cuidado. El golpe había sido fuerte pero afortunadamente había logrado caer lo suficientemente bien como para no romperse nada. Sacudió la cabeza para quitarse los restos de tierra y piedras y palpó con ambas manos el suelo buscado su vara. Tuvo suerte y la encontró a un par de palmos de su cuerpo. La atrajo hacia así y la tanteo: estaba perfecta. “la madera de avellano es muy flexible” recordó.
La sacerdotisa se puso de pie con ayuda de la vara, el suelo temblaba y de arriba llegaba el sonido de fuertes golpes. Comprendió al instante que gritar pidiendo auxilio era gastar fuerzas inútilmente. Tenía que salir de ahí y reunirse con el grupo por sus propios medios.
La oscuridad la rodeaba y no sabía donde se encontraba. Respiró profundamente “No será fácil” se dijo. Comenzó por tantear las paredes que se hallaban a su alrededor, al parecer se encontraba en un túnel que había sido cegado en uno de sus lados por el derrumbe de la galería superior “Sólo me queda una dirección” pensó.
Althira colocó su mando izquierda sobre el muro y con la derecha sujetó la vara. Empezó a caminar con pasos lentos pero seguros, mientras sentía como las frías rugosidades de la piedra pasaban bajo su mano a la vez que movía de derecha a izquierda la vara.
Inmersa en la oscuridad, y acompañada por los fuertes golpes, intentó comprender lo que estaba ocurriendo allá arriba. Hizo memoria y lo último que recordaba antes de sentir el vacío bajo sus pies fue ver que las grandes columnas se resquebrajaban y de ellas surgían inmersas ramas, “¡Ay, Tath!”… la sacerdotisa se detuvo, la vara había chocado con algo emitiendo un sonido seco. “Una piedra” pensó, mientras volvía a golpear el objeto, pero rápidamente se corrigió pues aquello no podía ser una piedra ya que al golpearla con una vara de madera el sonido debería ser fuerte y claro, y aquel se amortiguaba, y eso sólo pasaba si se trataba de madera, madera viva…La elfa se apartó de la pared y retrocedió lo más que pudo manteniendo absurdamente la respiración mientras en su mente rogaba a Yenna.
— Uhmmm…¿cuántas veces pensabas golpearme, criatura? —anunció una profunda voz.
La sacerdotisa respiró algo aliviada, sólo los Ents tenían el don de la palabra.
[***]
Althira conducida por Troncogrueso llegó al la gran sala. El panorama no podía ser más desolador, media docena de ucornos luchaban encarnecidamente con el grupo de elfos y enanos. En el suelo yacían sin vida varios cuerpos y la sacerdotisa temió que su hermano estuviera entre ellos. Pero aquella idea despareció rápidamente de su mente al reconocer la voz de su Tathâral ordenando mantener posiciones al grupo de soldados. Los ucornos los habían acorralado contra una de las paredes de la sala. Al verlo, la sacerdotisa se volvió hacia el ent:
— ¡Detenlos por favor! —exclamó con desesperación.
Troncogrueso se adelantó y emitió una retahíla de extraños sonidos. Los uconors se detuvieron y volvieron sus insólitos rostros hacia donde estaba el ent.
— Ve, Althira, hija del Avellano, y cumple con tu palabra.
La sacerdotisa asintió y corrió hacia el grupo de elfos y enanos. Se alegró de ver que junto a su hermano se encontraba Voron. Los dos aldalantar respiraban aun agitadamente y en sus cuerpos se podían ver las señales de la larga lucha que habían mantenido.
— ¡Thira! —exclamó el artadako al verla— ¿Estás bien? ¿Dónde has estado? —dijo abrazándola con fuerza.
— Es una larga historia, Tath, que te contaré más tarde —respondió apartándose de su hermano y mirándole a los ojos—, pero ahora debemos irnos de aquí.
Tanto la mirada de su hermana como el tono de su voz denotaban una gran gravedad por lo que Tathàral, sin hacer ni una sola pregunta más, ordenó la retirada de su compañía.
Dorn y el resto de los enanos también abandonaron el lugar. Habían aprendido la lección, los Ents no dejarían que nadie volviera a ocupar las antiguas salas y cavernas de los Antiguos Señores Enanos. El lugar que los Ents conocían como A Lalla-Lormaite-Lómeanor quedaría de esta manera de nuevo protegida por estos últimos y así sería por largos años.
[***]
Ya en el exterior, mientras se agrupaban a los heridos, Althira le contó a su hermano como había encontrado a aquel ent, y lo que éste le había dado a cambio de que los elfos y enanos dejasen para siempre aquel lugar.
— También dijo que tenemos que regresar cuanto antes a Galador —añadió la sacerdotisa—. Y ahora, si me disculpáis, voy a atender a los heridos.
— Espera, una última cosa —le detuvo su hermano—. Dile a Giliel que quiero hablar con él.
La elfa asintió y desapareció entre el bullicio de soldados.
— ¿Vas a castigar a Giliel justo por la opuesta razón por la que castigas a Caleth?- murmuró Voron.
— ¿Qué dices? - preguntó sorprendido, pues aquel elfo le había leído la mente.
— No puedes pretender que sea capaz de anteponer su vida por la de una elfa extranjera. Giliel no es Caleth. Él no ama a tu hermana.
Tatharal se volvió hacia Voron con la intención de responderle, pero en ese preciso momento llegó Giliel.
— ¿Me llamaba, señor? —preguntó el elfo algo extrañado.
Voron miró con franqueza a Tathâral y le dio una palmada en la espalda antes de marcharse. El artadako se volvió hacia el capitán.
— Sí, Giliel. Debes informar a tu pueblo de que nunca entren de nuevo en la ciudad.
[Editado por Eldin_de_Lorien el 17-05-2009 14:34]
Resumen de la batalla.
Nensir ha perdido 7 armadas x35= 245 puntos.
Recuperables: 196 puntos.
Valoraciones: 8.4+8.4+9.0= 8.6
Recupera: 169 puntos.
Pierde: 76 puntos.
Compañías actualizadas y listas.
Historia finalizada.
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