Capítulo 1: Renacer
El ruido de sus pasos resonaba contra las paredes mezclándose con el replicar lejano del agua de discurría por la caverna. A parte de aquel sonido no había más que silencio en aquel lugar, ningún sonido de animal ni el crecer de ninguna planta u hongo, en un ambiente cada vez más espeso y de aire cargado. Solo la luz que se filtraba eventualmente entre las grietas daba algo de vida a aquel lugar plagado de grises. Y junto a uno de estos haces de luz se encontraba su cita.
Korkor Ingaran era un maia sediento de poder, hambriento de seguidores, sirvientes, esclavos. Su ambición de antaño lo había convertido en lo que era, y a pesar del castigo recibido, su deseo jamás había menguado. Pues para que conformarse cuando siempre se puede conseguir más.
Los últimos años habían sido malos sin embargo. Sus fieles se habían visto reducidos a causa del comienzo de una era de esplendor por parte de los reinos de Nensir Airatâri y Marllatjay, y él había tenido que esforzarse por salvar cuanto quedaba y extender entre nuevos pueblos el culto hacia si mismo. Pérdidas y ganancias del camino hacia el éxito, camino que aquel día avanzaría un trecho más ahora que tras el ritual de los Uonu-Nyrr se encontraba ya listo para aquel encuentro.
-Bienvenido seas Osrûn Sar.- Le saludó con una sonrisa su cita.- Veo que eres puntual a nuestro encuentro.-
Korkor Ingaran devolvió el saludo. -Por motivo alguno faltaría.-
-¿Sabes la razón de este encuentro?- preguntó con interés la figura situada a escasos pasos del maia.
-No. Aunque confío que me la revelarás pronto.-
La figura asintió. -Cierto, no hay porque alargar este encuentro más que lo necesario, cada cual tiene sus quehaceres y no nos sobra a ninguno el tiempo.-
Dicho esto, su interlocutor descubrió entonces un pequeño objeto de tono oscuro que aproximó entonces al haz de luz que llegaba desde fuera. La piedra cobró entonces un brillo rojizo creciente y violento como el de unas llamas que poco a poco iba iluminando la cueva sobreponiéndose a la luz que lograba entrar del sol. La expresión de Osrûn Sar ante aquello era de perplejidad.
-Creía que todos habían caído en manos de los cinco grandes reinos.- Llegó a decir el maia ante su sorpresa.
Su interlocutor sonrió más ampliamente ante aquella observación. -Y gran verdad es esa. Pero no reparemos en los pequeños detalles, no estamos aquí para eso.-
Osrûn Sar ya iba a replicar ante aquella decisión cuando la figura frente a él comenzó a entonar una canción. Con cada verso, la piedra parecía resplandecer con mayor intensidad.
Iniðil uruš amanaišal
aþâraigas pathân,
iniðil phelûnigas,
iniðil rušurmâchanâz,
iniðil sebeþigas,
iniðil, iniðil, iniðil.
Uruš amanaišal
aþâraigas pathân,
¡iniðil! Rušurmâchanâz.
Un estallido de luz copó la estancia tras el último verso, quedando el maia cegado ante tal cantidad de luz. Cuando recupero la vista, contempló con pánico como su cuerpo ardía en llamas. Intentó instintivamente apagarse a sí mismo, para descubrir la inutilidad de ello y posteriormente que a pesar de estar ardiendo no sentía dolor alguno. Observó con mayor detenimiento su cuerpo en llamas. Éste, salvó por estar cubierto por el fuego, no tenía el más mínimo daño pareciendo en realidad la fuente de aquellas llamas. Sin dar crédito a lo que le estaba pasando miró con los ojos aún como platos a su camarada quien lo observaba con una sonrisa amplia.
-Que demonios…-
Un calambre placentero recorrió el cuerpo del maia cortando sus palabras y liberando toda su energía, todo su poder, haciéndole flotar, libre y ágil. Cuando fue consciente de nuevo, sus pies se habían separado del suelo y flotaba en el aire. Sin habérselo propuesto había tomado su forma habitual, sin embargo, esta ya no era la de un cuervo, era la de una inmensa ave de fuego. Su cuerpo crepitaba con fuerza y con un poder hasta antes desconocido.
-Cumple ahora con tu destino Wilini Ingaran.-
Las alas del maia se desplegaron atravesando y fundiendo la roca y como en respuesta a su camarada abandonó la cueva en un simple instante. Su espíritu flotaba más alto que nunca, más libre y poderoso, y ahora no deseaba otra cosa que descubrir hasta que punto lo era. Era el renacer de Wilini Ingaran, “Rey Supremo de las Aves”.
