La Guerra de los Clanes

De Los Loceroquen

Escribiéndose...
Escrito el 04-10-2009 00:41 #1

Hace ya muchos años decidimos creer, creer en quien para muchos no era más que un monstruo, un ser sediento de poder y con un corazón de pura maldad. Hace muchos años decidimos creer para que si lo que nos fue revelado era realmente cierto, hubiera entonces un atisbo de esperanza ante tal mar de oscuridad.

Bien y mal ha sido siempre una dualidad creída por el hombre, una simplificación de una realidad gris con la intención de marcar los límites de aquello que en realidad es correcto. Una simplificación que disminuye la complejidad de un inmenso problema, pero que a su vez simplifica su respuesta, poniendo en duda la veracidad de la solución hallada.

De esta realidad relativa es de la que nos hablo Nìnphârë en nuestro primer encuentro, o más bien de la consecuencia que tendrían en el futuro actos que aún estaban por venir.

Nosotros, los Loceroquen, la escuchamos y marchamos navegamos por el gran océano hasta el lugar al que hoy llamamos hogar. Fue allí donde Nìnphârë se despidió de nosotros, confiandonos en un futuro que habríamos que asegurar mediante la razón por mucho que esta llegara a chocar en ocasiones con la moral de todo hombre. Su figura se deshizo en el mar como una catarata frente a las costas de nuestra nueva patria. Y una sensación de soledad nos invadió por un momento ante un mundo que era para nosotros entonces desconocido.

"Amareis esta tierra, pues de ella aprenderéis más que de ninguna, el futuro de la misma de eso mismo depende." Aquellas fueron las últimas palabras de la sierpe, más no entendimos hasta que tras el silencio de las aguas en las costas en las que nos encontrábamos apareció un bella figura, hermosa doncella, surgiendo de la misma mar.

Algunos entonces la llamarón como si vieran en ella la reencarnación de la sierpe que en escasos momentos se había deshecho ante nuestros ojos. Ella negó, y desde aquel día nosotros la conocimos como la Señora de las Aguas.

Ella fue quien nos enseño lo que las sierpe nos dijo que aprenderíamos, y ciertamente aprendimos en esta tierra más que sobre ninguna otra. Aprendimos a verla con otros ojos, y aprendimos a entenderla y fundirnos con ellas. La doma de las bestias fue entonces más fácil para nosotros. Podíamos hacer que incluso la pesca y caza viniera entonces a nosotros, si así lo necesitábamos, más por la razón rechazamos y mantuvimos el ciclo normal para no caer en las facilidades de la vida. Nuestro espíritu se hizo más fuerte y nuestra voluntad ayudaba a luchar contra las olas en alta mar, contra el frío y contra el calor. Más seguíamos siendo seres de esta tierra, siendo más conscientes quizás de eso, que muchos otros conscientes que caminan sobre ella.

Nuestro pueblo prospero, y ya no temíamos al mundo a nuestros pies. Fue entonces cuando la Señora de las Aguas nos guió a las montañas cercanas del continente, sobre la cual volaban a placer las bestias de fuego. Los dragones eran entonces bestias que solo habíamos conocido de lejos. Bestias astutas y maliciosas según contaban, por eso tener tantos de ellos cerca hacía que nuestra vieja inseguridad, la que nos hace seres de la tierra, volviera a recorrer nuestro cuerpo mientras nuestra razón los acallaba.

La señora, indefensa caminaba junto a nosotros, sin ese atisbo de peligro en sus ojos. Su voz resonó en las montañas y un canto de delicia se abrió paso. El mismo efecto que tenia en nosotros ese canto, parecía tenerlo en los dragones frente a nosotros. Su voluntad pareció cambiar y se acercaban sin plantear batalla. Parecían dóciles, y recordamos lo que tiempo atrás habíamos aprendido de la señora. Recordamos el momento en que toda bestia a nuestro alcance parecía doblegarse a nuestra voluntad, y entendimos que por grande y inteligentes que los dragones fueran, aquella fuerza también podía recaer ante ellos, como sabíamos que podía recaer en nosotros.

Desde aquel día trabajamos con esfuerzo para poder domar también a aquellas bestias, hasta que al final lo logramos, y fueron una de nuestras principales disciplina, y la razón porque así nos llaman y nos llamamos. Jinetes de dragón.

Conocemos la opinión que de nosotros se tiene. Sirvientes del Enemigo, pueblo cruel y peligroso. Pueblo libre somos, y no hay visión que se pueda ver solo unos únicos ojos. A veces uno a de alejarse de la imagen, de las fuerzas que nos vigilan y nos protegen, ya que a veces los que creen proteger a veces más daño hacen a nuestro juicio, y es entonces, desde la lejanía, donde a veces es mas fácil ver la completa imagen. El Enemigo así nos abandonó y de él nunca supimos salvo a oídas y excepciones, predicaba con el ejemplo, dejando que viéramos con nuestros ojos y juzgáramos por nosotros mismo aquello que sucedía alrededor nuestro. Actuamos como creímos, mal o bien era lo de menos. Actuamos y el tiempo dirá si guardamos bien o no un futuro.