La Espada de Narwä había sido sacada del ánfora donde descansaba. De mayor tamaño que una espada corriente, tenía el filo rojizo, y su puño y empuñadura estaban tallados en hueso. Clavada sobre las piedras, antes blancas y ahora teñidas de rojo, no dejaba de emanar sangre de ella a través de la acanaladura. Y llevaba así dos días. La cantidad de sangre había alarmado a los Sacerdotes, quienes habían considerado aquello como una señal de que la guerra sería más cruenta de lo esperado.
El Balî se mostró cauto ante esta información. Primero había sido la pequeña escolta que traía de regreso al hogar a la sacerdotisa Syela. Venían desde el sur procedentes de Nilme Istyalvao, y portaban un mensaje oral del arken Angárato. El káne encargado de transmitir el aviso, hablaba de los acontecimientos ocurridos en el Concilio, de las misteriosas grutas que inundaban Rómenor, y alertaba de serios peligros. Y luego estaba la nota.
Engrel abrió uno de los cajones de la mesa y volvió a leer el mensaje que le llegara cuatro días atrás.
Para el Bali de Narwä Hilyatâri
Las señales indican que se prepara un ataque a gran escala, parece que de nuevo serán orcos. No podré llegar a tiempo para defender la Capital o la fronteras.
Quizá podamos frenarlos en Cotumo Aicasse. Tengo media Compañía en el Sur, la otra mitad debe emprender inmediatamente el viaje hacia Cotumo (ahí nos encontraremos. Que no inicien ninguna acción hasta mi llegada).
Angárato, arken.
Esto era lo que más le preocupaba, pues el peligro había pasado a convertirse en una realidad.
Le había mostrado la pequeña misiva al artakano, ya que como líder del Otomasse, era él quien tendría la última palabra. La Compañía liderada por el propio Serkendil y Elesinyê, había llegado semanas atrás como medida preventiva de protección de la capital, además de para ayudar también en las tareas de reconstrucción tras la última batalla. Algo más de mil quinientos soldados, entre infantería y caballería vigilaban las inmediaciones de la ciudad. Así mismo, estaba gran parte de la Segunda Compañía, la cual permanecía aun en las cercanías.
En aquellos días, se veían muchos más soldados por las calles de la capital, y se respiraba un ambiente marcial desde hacía semanas. Sin embargo, tras la trágica experiencia vivida con el ataque orco, la Asamblea y el Consejo habían aprobado la medida tiempo atrás, y la población se sentía más segura.
El mismo día que llegó la nota, el Consejo nurulante se había reunido de urgencia para escuchar las palabras de Serkendil.
Las otras dos Compañías del Clan permanecerían cercanas a las ciudades conquistadas ya que, si el ataque era a escala como anunciaba Angárato, se debía proteger a las colonias. Pero una de ellas, la Tercera, quedaría a medio camino entre Hyosto y la capital, alerta ante cualquier posible movimiento por el norte.
Aparte, y fuera del Khotsê, el artakano había decidido que la Compañía del Águila no sólo emprendería el viaje hacia el sur, tal y como Angárato solicitaba, si no que estaría formada enteramente por caballería. Entendía la urgencia del arken y, teniendo jinetes suficientes para afrontar un nuevo ataque en la ciudad, la infantería fue sustituida por caballería hasta llegar a la cifra de mil doscientos jinetes. Al mando se había puesto al arken Wildor, un viejo conocido de Angárato, quien tras varios años de retiro, se había ofrecido a viajar hasta Cutumo Aicasse para ayudar a su Señor.
Regularmente, al alba y al atardecer, llegaban informes detallados de los acontecimientos que se sucedían en los alrededores de Dakôndor. Especialmente importantes eran los referidos a la cara norte y este de las Ondoninkwê, las cuales se investigaban buscando las posibles grutas de los orcos.
En este grupo de inspección y rastreo estaba Vanyala, quien después de dejar a su hermana en casa, se había unido nuevamente a las tareas castrenses.
Syela y Vanyala habían tramado en el viaje de regreso un plan para evitar un posible castigo o encierro. La sacerdotisa era consciente que si bien sus padres no podrían reprocharle la marcha, pues ésta había contado con el visto bueno del Sumo Sacerdote, el encuentro con Neithan no podría ser ocultado por mucho tiempo. Y esto les volvería locos, en especial a Thêrel.
Syela se aplicaba en sus tareas en el Templo, y fingía indiferencia en todo lo relacionado con Neithan. Y si como se rumoreaba aquellos días, se les echaba de nuevo una guerra encima, iría a buscar a Neithan si salía viva. Aunque tuviera que renunciar a su patria. Total, era posible que pronto la patria no fuera más que ruinas.
La sacerdotisa se echó una capa por encima y salió al patio interno de la casa. Las noches ya eran frescas en el norte de Rómenor. Miró al cielo y una sensación de tristeza le embargó.
¿Dónde estaban las estrellas esa noche?
[Editado por Neume el 06-11-2009 23:47]
