La Guerra de los Clanes

El Ave De Fuego, De Los Hechos Acontecidos En Narwä Hilyatâri

Escribiéndose...
Escrito el 06-11-2009 23:34 #1

La Espada de Narwä había sido sacada del ánfora donde descansaba. De mayor tamaño que una espada corriente, tenía el filo rojizo, y su puño y empuñadura estaban tallados en hueso. Clavada sobre las piedras, antes blancas y ahora teñidas de rojo, no dejaba de emanar sangre de ella a través de la acanaladura. Y llevaba así dos días. La cantidad de sangre había alarmado a los Sacerdotes, quienes habían considerado aquello como una señal de que la guerra sería más cruenta de lo esperado.

El Balî se mostró cauto ante esta información. Primero había sido la pequeña escolta que traía de regreso al hogar a la sacerdotisa Syela. Venían desde el sur procedentes de Nilme Istyalvao, y portaban un mensaje oral del arken Angárato. El káne encargado de transmitir el aviso, hablaba de los acontecimientos ocurridos en el Concilio, de las misteriosas grutas que inundaban Rómenor, y alertaba de serios peligros. Y luego estaba la nota.

Engrel abrió uno de los cajones de la mesa y volvió a leer el mensaje que le llegara cuatro días atrás.

Para el Bali de Narwä Hilyatâri

Las señales indican que se prepara un ataque a gran escala, parece que de nuevo serán orcos. No podré llegar a tiempo para defender la Capital o la fronteras.

Quizá podamos frenarlos en Cotumo Aicasse. Tengo media Compañía en el Sur, la otra mitad debe emprender inmediatamente el viaje hacia Cotumo (ahí nos encontraremos. Que no inicien ninguna acción hasta mi llegada).

Angárato, arken.

Esto era lo que más le preocupaba, pues el peligro había pasado a convertirse en una realidad.

Le había mostrado la pequeña misiva al artakano, ya que como líder del Otomasse, era él quien tendría la última palabra. La Compañía liderada por el propio Serkendil y Elesinyê, había llegado semanas atrás como medida preventiva de protección de la capital, además de para ayudar también en las tareas de reconstrucción tras la última batalla. Algo más de mil quinientos soldados, entre infantería y caballería vigilaban las inmediaciones de la ciudad. Así mismo, estaba gran parte de la Segunda Compañía, la cual permanecía aun en las cercanías.

En aquellos días, se veían muchos más soldados por las calles de la capital, y se respiraba un ambiente marcial desde hacía semanas. Sin embargo, tras la trágica experiencia vivida con el ataque orco, la Asamblea y el Consejo habían aprobado la medida tiempo atrás, y la población se sentía más segura.

El mismo día que llegó la nota, el Consejo nurulante se había reunido de urgencia para escuchar las palabras de Serkendil.

Las otras dos Compañías del Clan permanecerían cercanas a las ciudades conquistadas ya que, si el ataque era a escala como anunciaba Angárato, se debía proteger a las colonias. Pero una de ellas, la Tercera, quedaría a medio camino entre Hyosto y la capital, alerta ante cualquier posible movimiento por el norte.

Aparte, y fuera del Khotsê, el artakano había decidido que la Compañía del Águila no sólo emprendería el viaje hacia el sur, tal y como Angárato solicitaba, si no que estaría formada enteramente por caballería. Entendía la urgencia del arken y, teniendo jinetes suficientes para afrontar un nuevo ataque en la ciudad, la infantería fue sustituida por caballería hasta llegar a la cifra de mil doscientos jinetes. Al mando se había puesto al arken Wildor, un viejo conocido de Angárato, quien tras varios años de retiro, se había ofrecido a viajar hasta Cutumo Aicasse para ayudar a su Señor.

Regularmente, al alba y al atardecer, llegaban informes detallados de los acontecimientos que se sucedían en los alrededores de Dakôndor. Especialmente importantes eran los referidos a la cara norte y este de las Ondoninkwê, las cuales se investigaban buscando las posibles grutas de los orcos.

En este grupo de inspección y rastreo estaba Vanyala, quien después de dejar a su hermana en casa, se había unido nuevamente a las tareas castrenses.

Syela y Vanyala habían tramado en el viaje de regreso un plan para evitar un posible castigo o encierro. La sacerdotisa era consciente que si bien sus padres no podrían reprocharle la marcha, pues ésta había contado con el visto bueno del Sumo Sacerdote, el encuentro con Neithan no podría ser ocultado por mucho tiempo. Y esto les volvería locos, en especial a Thêrel.

Syela se aplicaba en sus tareas en el Templo, y fingía indiferencia en todo lo relacionado con Neithan. Y si como se rumoreaba aquellos días, se les echaba de nuevo una guerra encima, iría a buscar a Neithan si salía viva. Aunque tuviera que renunciar a su patria. Total, era posible que pronto la patria no fuera más que ruinas.

La sacerdotisa se echó una capa por encima y salió al patio interno de la casa. Las noches ya eran frescas en el norte de Rómenor. Miró al cielo y una sensación de tristeza le embargó.

¿Dónde estaban las estrellas esa noche?

[Editado por Neume el 06-11-2009 23:47]

Escrito el 13-11-2009 12:41 #2

Llegaron con la noche. Su número era difícil de calcular pero debían ser muchos miles, sus pasos rítmicos batían el suelo, las ruedas de sus pesadas máquinas de asedio gemían a lo lejos. Intentaban asaltar Osto Ohtalôsse, la Ciudad de las Cien Torres.

Todo estaba preparado: se habían acumulado víveres para resistir un largo asedio y la ciudad estaba fuertemente defendida, sus murallas, sus baluartes, sus calles y sus plazas… todo bullía de acero afilado.

En la zona residencial de la ciudad, al pie de las afiladas rocas de la montaña, se levantaba el palacio del Bali.

Hermosas y elevadas columnas le daban ligereza a la vez que sólidos muros le daban consistencia. Parte de la guardia personal del Bali esperaba fuera, en los amplios jardines del palacio, en perfecta formación, con las corazas brillantes, con largas lanzas, dispuestos a morir sin rechistar por su señor.

Dentro, a la luz de cientos de gruesas velas, en una alta habitación de paredes cubiertas de tapices que recordaban antiguas escenas de batalla y suelos de mármol blanco, se armaba Engrel, el Bali.

Un asistente le ajustaba las grebas. Ya vestía su armadura de acero bruñido, decorada con primor con un elaboradísimo grabado que representaba un poderoso león de oro.

Otro asistente le estaba colgado el tahalí del que colgaba su gran espada envainada.

Engrel tenía la mirada perdida, abstraído de todo, recordando siglos pasados, orgulloso señor de un clan orgulloso.

Su acenso al poder supremo había requerido mucha sangre, pero había valido la pena. A muchos había aplastado para ostentar el título de Bali de Narwä Hilyatâri y aplastaría a los que hiciera falta para mantenerse en la cima.

Era un elfo corpulento, fuerte y rápido con la espada, un gran guerrero Narwä, eso no podía negarlo nadie, fiero, astuto y cruel, Engrel, el dragón negro.

Los cuernos Orcos sonaron terribles, sus abominables notas sobrepasaron las altas murallas e inundaron las calles de la capital, entraron en el palacio del Bali que, ansioso por entrar en batalla, apretó los dientes de su poderosa y cuadrada mandíbula.

-Ya está, mi señor- dijo el asistente al acabar de abrocharle la última hebilla de la greba izquierda.

-Pues entonces, vamos- sentenció Engrel, y los 10 soldados que estaban en la sala se cuadraron formando un pasillo por el que el Bali saldría de su palacio.

[Editado por elfo_negro el 13-11-2009 13:00]

Escrito el 20-11-2009 12:12 #3

Hacen estrépito las lanzas

el polvo se alza cual si fuera humo

recibe deleite Thyr el matador.

El sol en los escudos,

se extiende la gloria

se alza en la tierra.

¡Hay muerte aquí entre flores,

En medio de la llanura!

Junto a las murallas,

Al dar principio la guerra,

en medio de la llanura,

el polvo se alza como si fuera humo,

se enreda y da vueltas,

con sartales floridos de muerte.

¡Guerreros Nurulanta!

¡No temas, corazón mio!

En medio de la llanura,

mi corazón quiere

la muerte a filo de acero.

Sólo eso quiere mi corazón:

la muerte en la batalla.
*

Las máquinas de guerra orcas habían comenzado a disparar: pesados proyectiles chocaban contra la firme muralla de la ciudad.

Elesinye, vestida de rojo sangre, se movía felina junto al artakano Serkendil, ambos de pelo oscuro, ambos de mirada clara y perturbadora.

El artakno había preparado una buena defensa, de momento aguardarían tras las poderosas murallas de la ciudad, haciendo inútiles los ataques orcos; sólo algún proyectil, guiado por la fortuna, lograba sobrepasar las altas murallas de Osto Ohtalôsse, la mayoría se estrellaban, impotentes contra gruesos e insalvables muros. Los orcos deberían acercarse más… y entonces, entonces, un ataque como el que jamás imaginaron ni en sus peores pesadillas orcas, caería sobre ellos.

La moral era alta y las antiguas canciones de guerra nuru se elevaban en el aire, rivalizando con el estrépito de los cuernos orcos.

Las tropas, miles de elfos nacidos para la guerra, se repartían, según un plan ordenado, por la ciudad, encargados, unos, de labores de defensa; y otros, preparando una salida fulgurante de tropas de caballería protegidos desde la ciudad.

Serkendil y Elesinye subieron a la muralla Norte. A lo lejos, más allá del baluarte, se veía el frente orco, miles de alimañas inmundas intentando herir el corazón escarlata del clan. Los dos elfos los miraron con desden. Los orcos, temerosos de un ataque directo contra las defensas de la ciudad se estaban desplazando hacia el Este y redirigiendo sus mayores esfuerzos contra la zona de la muralla que no estaba protegida por los baluartes avanzados, que ya habían demostrado ser de utilidad mortífera.

Una gran roca voló sobre la curva de la muralla oriental y cayó sobre el tejado de una cuadra, destrozándola por completo.

Con voz poderosa, desde lo alto de la muralla, el Artakano ordenó que las catapultas comenzaran su bombardeo. Serkendil dejó al mando de la defensa a un arken de afamado valor y experiencia y, bajando de la muralla, se dirigió a los cuarteles del regimiento. Había decidido participar personalmente en el asalto de la caballería. Elesinye lo contempló, con una sonrisa en los labios.

En ese preciso momento un ruido de fanfarria, un tanto alieno a los sones de guerra, se levantó proveniente del Sur de la ciudad: Por la gran avenida arbolada Târâtië, y en dirección a la plaza de armas, cabalgaba, orgulloso y brillante, el Bali Engrel, flanqueado por cientos de guerreros de su guardia personal con las espadas desenvainadas, precedidos por dos abanderados que portaban sendas banderas: el escudo del clan sobre paño rojo.

Los clarines de plata anunciaron su presencia, los estandartes del Clan flameaban.

La comitiva del Bali cruzó la puerta de triple arco y desembocó en la plaza, en ese momento parecía el rey de todo Rómenor, más poderoso que nadie, más temible que nadie, más brillante que nadie.

Elesinye lo miró con rabia y desprecio, sabía quien era, odiaba su sangre sinuosa y espesa, sabía lo que había hecho, el daño que había provocado a su familia, y a todo el clan, deseaba su muerte.

Una sombra acarició el suelo, algo voló sobre la cabeza de Elesinye. ¿Cómo? Por ahí ya no atacaban los orcos, habían sido frenados y habían preferido intentarlo contra las murallas de Este. Un trebuchet solitario, cargado sobre espaldas orcas, transportado con esfuerzos imposibles, apostado y escondido en los riscos de Ondoninkwê, había disparado una gran roca.

Sería destruido, no tendrían tiempo de un segundo disparo. Pero una roca basta había salido lanzada a velocidad vertiginosa y había sobrevolado la muralla norte.

Elesinye la buscó en el cielo, ya caía, caería en la plaza de armas.

El golpe fue brutal. La roca había alcanzado a jinete y caballo. El caballo, destrozado, gemía, el jinete, destrozado, también gemía. Un grito de alarma se levantó en la plaza de armas. El Bali había sido alcanzado por un proyectil de trebuchet que, ahora, inmóvil y ensangrentado, parecía ufanarse de su hazaña.

Elesinye y Serkendil se abrían paso entre el gentío que rodeaba, conmocionado, al Bali herido.

Cuando llegaron junto a él y lo vieron, supieron con toda seguridad que no sobreviviría, su cuerpo estaba destrozado, aplastado y desgarrado. Sólo un fino hilo de vida lo mantenía balbuceante.

Serkendil, con mirada despiadada y voz clara, elevó un breve discurso, todos lo escucharon:

-El Bali ha muerto, ha muerto en batalla, armado, cabalgando… ha tenido una buena muerte. Habrá tiempo para honrarle, ahora es tiempo de matar, es tiempo de batallar- Se detuvo y miró a los ojos de Elesinye- ¡Por Narwä Hilyatâri, hermanos, por Narwä Hilyatâri!- y un terrible grito de guerra se levantó en la ciudad.

Mientras todos se movían, ordenados, con la sangre ardiendo de furor bélico, preparados para el ataque final, Elesinyê Sereniel se acercó a los despojos del que había sido Bali del Clan, del asesino de su padre; se acuclilló y, haciendo caso omiso a los estertores indescifrables del aun vivo Bali, le susurró al oido –Por Narwä Hilyatâri.-

* Me he permitido abusar de este antiguo canto bélico azteca... espero me lo disculparán.

[Editado por elfo_negro el 20-11-2009 12:56]