La Guerra de los Clanes

El Ave De Fuego, De Los Hechos Acontecidos En Nensir Airatâri

Escribiéndose...
Escrito el 03-11-2009 15:50 #1

Los largos cabellos de la elfa se mecían suavemente al son del viento del sur mientras que los ojos grises se posaban sobre la larga extensión bajo de ella, donde las cataratas caían sobre el gran lago donde Neitillot había nacido. La mente de Târîs, en cambio, se había estancado meses atrás, recordando cuando la destrucción había llegado de manos de los orcos. Algunas de las heridas de la aquella batalla se habían curado y las aguas de las cataratas y del lago fluían ahora limpias y claras, sobre todo gracias al don que los Ents habían otorgado a la sacerdotisa Althira, que le había permitido limpiar el agua después de su regreso desde el sur. Las heridas físicas de Târîs también habían cicatrizado pero las heridas de su interior seguían sangrando. Y su mente no podía olvidarse de Brêt, que había perdido la vida defendiendo a la capital de la invasión de los orcos.

En todo ese tiempo, Târîs había intentado sobreponerse, dedicándose por completo a las labores de planificación de defensa de Galador para otra posible invasión de los orcos. Y lo conseguía durante el día. Sin embargo, todas y cada una de las noches, soñaba con los besos de Brêt y se despertaba rogándole a Yenna que velara por él en el Bosque Eterno del Mundo de los Dioses, al otro lado del lejano Oeste. El empeño en devolverle a los orcos todo el daño producido y recibirles con una buena defensa se había convertido en la razón de ser de la aldalânta y, con ese propósito, había trabajado durante el tiempo que había transcurrido desde la muerte de Brêt.

Durante todo aquel tiempo, con la información enviada por Tathâral sobre lo hablado en el Concilio de Nilme Istyalvao, los aldalântar habían investigado la forma de actuar de los orcos y la posibilidad de que el paso por donde aquellas infames criaturas habían atacado a Neitillot se hallara no muy lejos de las cataratas de Nensir, que escondía muchas cuevas. Sin embargo, no se habían descubierto los túneles que habían usado los orcos para llegar a Neitillot desde en el centro del continente, a través del subsuelo. También se había investigados otros enclaves de los alrededores de Galador, llevando la investigación a las Montañas Blancas, con la colaboración de los tulkatumbianos. Al mismo tiempo, los ainadâkar y el resto de dâkar se habían entrenado para la llegada de nueva oleada de orcos. Además se había fortificado la defensa de las ciudades ocupadas por los aldalântar en el bosque Aldalaure, Hildan, Breald y Dahald, y se había ayudado a los habitantes de Formenyaelen a prepararse para una posible nueva invasión.

Esperaron un aviso desde el momento en que el clima cambió, desapareciendo bruscamente el verano y apareciendo, repentina e inusitadamente, el frío y la oscuridad. Al mismo tiempo, a los bosques del norte de Rómenor llegaron rumores de que en el corazón del continente se había despertado un nuevo poder oscuro. El aviso que esperaban llegó cuando un ave enviada por Tathâral alcanzó los muros de Dâkosto desde el sur. Según decía la nota traída por el ave, el Dios de los Cuervos, Osrûn Sar, se había erigido como señor de los orcos en las Montañas Negras del centro de Rómenor y se disponía a sembrar de sangre y destrucción todos los rincones de Rómenor. Los volcanes de aquellas montañas habían escupido fuego, el día y el sol habían desaparecido y ahora sólo había oscuridad. Pero en Târîs sólo había un pensamiento, vengar la muerte de Brêt. Hubiera deseado haber estado ella misma junto Tathâral, Northiêl, Sura y Ornêkal en el gran ejército que iba a sacudir los mismos cimientos de las fortalezas orcas en el centro del continente según había relatado el artadâko en la nota enviada con el ave, pero confiaba en los suyos y en todos aquellos pueblos que se hallaban en aquel momento dispuestos a hacer caer al nuevo señor de los orcos. Ella tendría otro cometido, defender Neitillot.

El viento empezó a soplar muy fuerte al tiempo que un ligero temblor empezó a sacudir el suelo. Era la señal, la guerra se aproximaba de nuevo a Neitillot. Târîs salió de su ensimismamiento y se giró buscando el camino de regreso a las tierras bajas de Galador.

[Editado por aratir el 23-11-2009 15:41]

Escrito el 09-11-2009 16:08 #2

El temblor de la tierra se propagaba por todos los rincones de los bosques del Aldalaurë mientras Târîs, que había bajado en poco tiempo por los estrechos desfiladeros de las Khrassênensirô, cabalgaba raudamente hacia Dâkosto. Al tiempo, las raíces y las hojas de los árboles susurraban con terror la aparición de una hueste de orcos que avanzaba, como meses antes, en dirección de la capital de los elfos aldalântar. No eran más que en aquella ocasión pues a causa de ciertos problemas en las montañas negras, Gâshum no había dispuesto más tropas que las necesarias para cubrir las murallas de la ciudad en dos partes.

Entre tanto, el bullicio era incesante en los muros de los templos al norte de la capital. Elfos iban y venían a través de los patios generales de las Attâyanarû mientras preparaban un ritual especial para aquellos tiempos inciertos. Sabían que el ataque era inminente y mientras los guerreros y todos aquellos aldalântar que habían cambiado su oficio habitual para alzar un arma se preparaban para defender a la amada ciudad de Nensir, los assânar contribuirían con una plegaría especial a los dioses. Pathâkal supervisaba atentamente la preparación para el rito especial. Se encontraba en el patio central del edificio de Nenayanar cuando una elfa pasó a pocos metros suyo. Era su esposa que transportaba varios cuencos de agua hacia la zona central. Sin embargo, ella ni siquiera le miró, pasando a su lado como si no se conocieran. Una sombra de tristeza enturbió el rostro de Pathâkal, pero hacía varias semanas que ambos no se dirigían la palabra y se comportaban como dos extraños. Así había sido desde que el hijo mayor de ambos, Neithan, había llegado desde el sur. La esposa del assana jamás le perdonaría a Pathâkal que él mismo hubiera castigado a Neithan con la pérdida del sacerdocio sagrado de los aldalântar y con su posterior encarcelamiento, acusado de desobediencia a sus tareas en las Attayânarû y de traición a los aldalântar. Ciertamente Neithan había vuelto a huir con aquella joven nurulânta y Pathâkal había renegado de hijo cuando, por su posición en el consejo, podría haber pedido la indulgencia del primogénito en la asamblea aldalânta.

Aún afectado después de cruzarse con su esposa, el assâna no se dio cuenta de que alguien se hallaba delante de él. Se trataba de una elfa de cabellos rubios.

- Balta…- atinó a decir, después de no haberse dado cuenta de la llegada de Branda.- El ritual está casi preparado.

- ¿Y Ulwolo?

- Debe de andar por ahí, estaba ayudando a los barâdar.

Los sacerdotes empezaban a llegar al patio central del edificio de Nenayanar. Las columnas azuladas eran el reflejo de la veneración de los aldalântar a las aguas de las cataratas. Branda, tras hablar con Pathâkal, se dirigió hacia el centro del patio para presidir la ceremonia.

Pasaron algunas horas hasta que los últimos elfos llegaron al patio con los últimos utensilios necesarios para el ritual. Una vez todo listo, Branda empezó a recitar los salmos iniciales. Y no muy lejos de allí, las aguas del lago de las cataratas empezaban a agitarse.

En la lejanía, cuando el ritual llegaba a su fin, los sacerdotes de los templos escucharon los cuernos de la ciudad retumbar con insistencia. Era la llamada a la batalla y el aviso de que el enemigo se aproximaba a Neitillot. ¡ORCOS!

Escrito el 18-11-2009 09:44 #3

La noche sin fin que había comenzado en Rómenor fue testigo aquel día del inicio de la guerra. Como un torrente de agua sin control, los orcos entraron en las tierras de los elfos aldalântar dispuestos a hacer caer su gran joya, Neitillot. Sin embargo, en aquella segunda ocasión, los elfos de Galador se habían preparado para lo peor y sus ejércitos habían pertrechado los caminos por los que previsiblemente los orcos se iban a acercar a la ciudad élfica, teniendo de base las acciones de los mismos en su primera excursión de meses atrás. El ainadâka Aiwendil y sus elfos interceptaría a los orcos desde el sur, y los ainadâkar Nênlê Tauriel y Vorondhîsie habían fortalecido los flancos de las Khrassênensirô.

Y, desde el norte, Târîs caería sobre los orcos con gran parte de las fuerzas aldalântar antes que las hordas enemigas alcanzasen la ciudad, donde, no obstante, esperaba Ezirer con una de las compañías aldalântar para defender las murallas y las torres, las calles y las casas.

Târîs escuchó en la lejanía el resonar de los cuernos y las trompetas y dio la orden a los que estaban bajo de su mando de que era el momento de lanzarse al ataque. Entre las filas se hallaban un elfo que, en el momento en que la ainadâka daba la señal, espoleaba su caballo y, junto a los elfos de aquella compañía, avanzaba a través de los árboles hacia el encuentro con las hordas orcas. Era un cambio para él, porque un día antes de aquello, se hallaba en un calabozo de Dâkosto habiendo esperado la esperanza de todo. Neithan, después de varios meses, volvía a sentir en su cara el aire fresco de los árboles, el aroma frutal de los árboles que la inusual oscuridad y humedad intentaba opacar y el soplo espiritual en su fea. Târîs, siguiendo la autorización de Ezirer, el prócer de Dâkosto, había liberado a Neithan de su encierro para que ingresara en las filas de defensa. Aquella era una situación especial y no se podía escatimar en posibles soldados, se iba a dar una inusual guerra en la que el pueblo aldalânta se jugaba su propia existencia y cualquier elfo, aunque no fuera un soldado, podría ser bastante útil en batalla. Los aldalântar ya no cometerían errores del pasado. Luego, si todo salía bien, Ezirer y Târîs tendrían que rendir cuentas en la asamblea pero en aquellos momentos eso era lo menos importante.

Mientras Neithan avanzaba hacia el encuentro de los orcos no pensó en el rencor que le había alimentado aquel tiempo en su calabozo hacía su padre ni siquiera pensó en la desesperación que había sido su día a día desde el momento que llegó a Galador de su viaje al centro del continente. Su único pensamiento iba con Syela mientras rezaba para que ella sobreviviera a aquellas horas aciagas y que algún día pudiera verla.

[Editado por aratir el 18-11-2009 09:45]

Escrito el 23-11-2009 15:38 #4

En el Tuartiê, el camino que venía desde el oeste hacia Neitillot, a no muchos metros de la ciudad, comenzaría la batalla.

En esta ocasión, los elfos aldalântar habían sido más previsores y, con el fin de dificultar la entrada del enemigo en la ciudad, contando el ejército con la colaboración de toda la población, se habían bloqueado las puertas de acceso a la ciudad colocando grandes piedras tras éstas y se habían montado algunas máquinas de guerra.

La vanguardia enemiga no tardó en alcanzar los exteriores de la Puerta Oeste de Neitillot y, a una distancia prudencial, dispusieron sus propias máquinas para intentar echar abajo la puerta. Éstas empezaron a lanzar piedras pero la mayoría de los proyectiles se estrellaban en los muros de la ciudad y pocos eran los que conseguían traspasar al otro lado. Detrás de esta, Ezirer, que en aquella defensa ejercía el papel de artadâko en ausencia de Tathâral, esperaba pacientemente hasta que, una trompeta en la lejanía le dio la señal que esperaba. Ordenó que nuevas trompetas sonaran en la ciudad.

Entonces, cuando la embestida orca terminaba de llegar a la capital por el tuartiê, una lluvia de flechas proveniente de las copas de los árboles cercanos les sorprendió. A pesar del desconcierto inicial y la caída de unos cuantos orcos, éstos, a la orden de su superior, continuaron directos hacia los muros oeste de la ciudad. Debido a que eran un gran número, las flechas no se saldaron con grandes bajas aunque sirvió para ganar tiempo. No eran aquellas las únicas sorpresas con las que se toparían los orcos en aquel día funesto. Nuevas lluvias de flechas cayeron sobre ellos furtivamente de la masa de árboles de alrededor de la ciudad generando nuevo desconcierto e impidiendo la eficaz organización del sitio de Neitillot.

Cuando los onagros orcos se acercaron aún más a las murallas élficas, desde lo más alto de los muros de la ciudad empezaron a caer todo tipo de proyectiles. Ezirer vio como las piedras de uno y otro bando sobrevolaban a uno y otro lado de los muros. Los que iban desde afuera adentro, acertaron en sus objetivos a aquellos edificios más cercanos de la ciudad. Los orcos decidieron difuminarse entre los muros de la ciudad, intentando buscar un punto débil de la misma para hacer caer sus primeras defensas. Entonces fue cuando se encontraron con las compañías aldalântar situadas en el exterior tanto hacia el sur como hacia el norte.

Las tropas de Târîs aparecieron a través de los árboles sorprendiendo a los orcos que avanzaban alrededor de los muros hacia el noreste. Estas tropas estaban formadas básicamente por caballería que se acercaron hacia los orcos rodeándolos mientras les lanzaban flechas para hacer causar el mayor número posible de bajas. La batalla comenzó de esta manera en las afueras de la ciudad y la estrategia aldalânta intentaría contener la embestida y la superioridad numérica del enemigo.

En la lejanía del tuartiê, la retaguardia orca se arremolinó mientras se reforzaba con la llegada de jinetes más rápidos cabalgando en wuargos terribles y fieros que azotaron los árboles a su paso. Aligeraron el paso hacia el encuentro de los elfos y la batalla fue fiera y reñida a las puertas de la ciudad al tiempo que las máquinas orcas seguían intentando caer sin éxito la Puerta del Oeste y los duros muros de la ciudad.

Pero no todos los jinetes enemigos habían llegado al frente de la batalla, unos pocos habían cruzado lo más en silencio que habían podido la masa arbórea. Parecían conocerse la región, a pesar de ser orcos y venir de muy lejos. Pero el primero de ellos no parecía ser orco pues la figura era más alta. Mientras la batalla se desarrollaba delante de las puertas del oeste, estos jinetes enemigos habían avanzado hacia el norte con el objetivo de alcanzar el camino conocido como Ainatiê. Pero su presencia finalmente había sido descubierta desde los muros de la ciudad y la noticia de que una avanzadilla orca se dirigía hacia el norte se extendió rápidamente por la ciudad.

Una flecha alcanzó a Târîs desde la ciudad y, por un instante, se quedó sorprendida porque a punto había estado de impactar sobre ella, pero lo hizo sobre el caballo. Pero entonces vio que la misma no tenía punta y que llevaba consigo una nota. Entre el fragor de la batalla buscó a algún dâka de su compañía y encontró a Neithan no muy lejos de ella.

- ¡Una pequeña avanzada orca se ha desviado del grueso del enemigo! – le gritó - ¡Se dirigen a los templos! ¡Ve con tres docenas de los nuestros hacia allí! ¡Rápido!

Mientras, en los templos, continuaban los salmos después del ritual inicial. El rumor de la batalla les parecía lejano a los sacerdotes mientras imploraban a los espíritus de los aldar por la defensa del corazón de los aldalântar. Pero no sabían que la guerra les tocaría de llenos a ellos y que el enemigo había previsto mancillar el lugar sagrado de Nensir.

Finalmente, los jinetes enemigos llegaron por el ainatiê hacia las puertas de las Attayânarû y decenas de flechas incendiarias volaron hacia los muros de los templos mientras en el interior cesaban los salmos y aparecía el desconcierto.

Los assanar empezaron a actuar lo más rápidamente posible mientras corrían de un edificio a otro procurando que todos los accesos estuvieran vedados para los recién llegados y haciendo acopio de tablas para trabar puertas y objetos que pudieran hacer daño a los invasores. Los assanar se refugiarían tras las puertas de los dos edificios para defenderse y, al mismo tiempo, evitar que la destrucción que traían los orcos llegaran al interior de los templos. Althira, la hermana de Tathâral, miraban con horror como los invasores se abrían paso por la colina donde descansaban los templos. No tardó el fuego en llegar al corazón de los templos. Entonces comprendió que estaban haciendo lo incorrecto pues si se refugiaban en los edificios, acabarían atrapados entre el fuego y el humo.

Salió corriendo hacia el edificio del Nenayanar, en busca de los khalnar. Mientras se levantaba sus vestimentas para no tropezar al correr, gritaba avisando de las flechas incendiarias y del fuego que produciría. A lo lejos vio a Branda, cerca de la fuente del gran patio del templo del agua. Cambió la dirección hacia ella pero entonces una tabla incendiada la detuvo, aunque pudo evitar como pudo ser golpeada por ella pero no pudo evitar perder el equilibrio y caer al suelo.

Entretanto, la bella mirada de Branda se tiñó en horror mientras contemplaba como el fuego invadía los templos. Absorta como estaba viendo la desgracia en el seno de las Attayânarû, no se dio cuenta de que un arma orca aparecía furtivamente entre las sombras hasta que se hundió en el pecho de la elfa que, con los ojos abiertos de par en par por el pánico y la sorpresa, cayó al suelo, sin vida. A lo lejos, se escucharon las trompetas élficas.

Escrito el 26-12-2009 20:06 #5

Neithan llegó con sus elfos a las puertas de los templos y contempló con horror que los edificios sagrados estaban incendiados. Las flechas de los arqueros que iban con él fueron acabando con los enemigos mientras él descabalgó en busca de sus padres. No tenía otro pensamiento, salvo el de poder encontrar tanto a su madre como a su padre, aunque algunas veces hubiera deseado que éste no existiese. Tenía un mal presentimiento mientras, con la espada en alto, buscaba entre las salas de los templos sin éxito.

Finalmente, entre las piedras caídas y el fuego intermitente, Neithan halló a su madre, en cuclillas y sollozando. A su lado había el cuerpo de un elfo.

-¿ Atama? – Neithan reconoció las facciones del elfo que se hallaba tendido en el suelo, con algunas heridas producto del fuego. - ¡Atama!

Se acercó hacia él, mientras intentaba tragar saliva sin éxito pues tenía un nudo en la garganta. Pathâkal aún vivía, pero las heridas de su cuerpo le tenían pendiente de un hilo.

-¡Oh, yondalie! Atama se muere – sollozó la madre de Neithan mientras éste seguía sin pronunciar palabra alguna.

Los ojos desfallecientes de Pathâkal se encontraron con los de su hijo. Intento llevar su mano hacia la cara de Neithan, en la cual discurrían dos lágrimas. Pathâkal quería decirle algo a su hijo pero no le salió voz alguna y finalmente la vida se le escapó antes de que le pudiera pedir perdón a Neithan en su lecho de muerte.

Neithan se abrazó a su madre, desconsolado.

Muy lejos de allí, en el corazón de Rómenor, en Cotumo Aicasse, las Montañas Negras, tenía lugar las batallas de los tres campos, donde un gran ejército aliado formado por fuerzas de todos los pueblos libres del continente, echaban abajo la fortaleza orca. Tathâral, que había dirigido con éxito aquel gran ejército, era herido al igual que Northiêl. Mientras Sura y Kalimê les ayudaban a salir del campo de batalla, Ornêkal ayudaba a terminar con los últimos orcos. Previamente, el maia Norno, con ayuda de otros maiar, habían derrotado a Osrûn Sar. La oscuridad era vencida.

Entretanto, en Neitillot, las fuerzas defensivas consiguieron detener a los orcos y éstos, viendo su derrota, ordenaron la retirada y abandonaron la ciudad. Los Nensir Airatâri lograron salvar su ciudad una vez más.

Horas después, sonaron las trompetas élficas desde las altas torres de las Aratamari, en Neitillot. Aunque el cielo empezaba a abrirse y a iluminarse, toda la ciudad lloró por las almas de sus hermanos que ahora habían viajado al Eterno Bosque, en el mundo de los dioses. En especial, aquellas trompetas imploraron por los feas de la balta Branda y el assana Pathâkal que ahora se fundían con la naturaleza de la cual habían surgido. Los cuerpos de ambos fueron embalsamados y fueron velados en las Aratamari, a donde, durante todo el día siguiente, fueron yendo todos los aldalântar. Althira, a pesar del daño que Branda le había hecho a su hermano Tathâral y a ella misma, también lloró la muerte de la elfa. Branda había hecho malos actos en el pasado; en la antigua Leolossë se había aliado con Engrel, de los nurulântar, para planear la muerte de Minalcar y Tuineral, respectivamente balî y balta en el año 1412, durante la guerra civil de nurulântar y aldalântar. Pero, aunque Althira no lo sabía y su hermano no se lo diría jamás, Branda había tenido el mismo destino que procuró para el padre de ella y Tathâral.

Al siguiente día, al atardecer, al pie de la Torre del Árbol en la zona central de la ciudad antigua, fueron trasladados los aldalântar caídos. Todos los que pudieron verla, contemplaron a la balta más bella que de costumbre, ataviada con sus mejores vestimentas.

Era un día de pesares y muchos eran los que habían perecido en la batalla de la ciudad. A los pies de cada aldalânta se depositó una rama de su onnar. Cuando la luna alcanzó su cenit, empezaron los cantos y las oraciones para implorar al Guardian de la Otra Vida y del Eterno Bosque para que los feas de aquellos aldalântar fueran guiados al bosque de bellos e inimaginables árboles que existía en Valinor.



Oh Divino Nensir,

oh Marphaj, Guardián de la Otra Vida,

oh Espíritus de la Naturaleza,

oh Yenna, Madre Primera, Dadora de Frutos;

escuchadnos y acoged a este hermano que nos ha dejado,

protegedle y guiadle en su camino hacia el Eterno Bosque,

que no sufra mal su espíritu, así os lo rogamos;

¡Oh Divino Nensir,

oh Marphaj, Guardián de la Otra Vida,

oh Espíritus de la Naturaleza,

oh Yenna, Madre Primera, Dadora de Frutos!

A vuestro seno encomendamos el alma de este hermano,

que así sea.

Una vez que acabaron las oraciones y los rezos los cuerpos de los aldalântar caídos fueron conducidos hacia los túmulos sagrados, en una colina cercana a los templos de las Attayânarû mientras los lamentos y los pesares continuaron durante todo el cortejo. Hondo era el pesar, porque además habían perdido a su líder y muchos recordaban cuando aquello mismo ocurrió doscientos años atrás.

Finalmente, Branda fue depositada en un gran túmulo de piedra decorada con grabados en cuya parte trasera se había construido una pequeña torre circular, hueca por dentro y comunicada con el túmulo por una pequeña apertura. La lechuza de Marphaj fue soltada y empezó a sobrevolar el túmulo de la balta. Cuando la entrada del túmulo fue sellada, el pueblo aldalânta se quedó desconsolado, como a la deriva. Ahora no había un líder que los dirigiera en aquellos tiempos oscuros.

[Editado por aratir el 20-01-2010 13:59]

Escrito el 02-01-2010 23:09 #6

Un mes después

El atardecer del año 1602 había llegado. Las hojas de los árboles caían lentamente de las copas y un viento, temeroso, soplaba entre los troncos. Era el renacer de la vida después de la oscuridad y, desde hacía semanas, el tímido sol había podido iluminar sobre las ramas del Aldalaurë. Aunque aún había que esperar unos cuantos meses para que el año llegara a su fin y para que, con el inicio de otro, el sol pudiera detenerse con todo su esplendor en cada rincón de la tierra.

Aún así, los ecos Guerra de la Noche Eterna, nombre que había recibido las acciones bélicas con las que el dios de los cuervos había intentado sumergir en oscuridad las tierras del sol, ya empezaban a resultar lejanos, aunque las heridas provocadas seguían muy presentes. Entretanto, los victoriosos ejércitos que habían luchado con valentía y heroicidad en las Cotumo Aicassë habían regresado ya todas a sus respectivas ciudades, aldeas y tierras habiendo sido recibidas con júbilo y alegría. Ahora quedaba el descanso.

Sin embargo, para Tathâral no había descanso. Hacía dos días que, junto a Northiêl, Sura, Ornêkal, Kalimê y los soldados supervivientes, había regresado de Ithain, tras una desesperante travesía por mar. Nunca antes había anhelado tanto contemplar los verdes campos de Galador, la cristalina agua del río kelornî, los bellos contornos de los árboles y la pureza de las caratatas de Nensir. Nunca como antes había necesitado escuchar el sonido de los pájaros cantores de Galador ni saborear los exquisitos manjares de su tierra. Y, sobre todo, fumar un karuskwê. Sin embargo, a pesar de estar ya en casa, una extraña sensación ocupaba su mente.

No se había esfumado aquella extraña sensación tras conocer la noticia de la muerte de Branda. Ni siquiera se alegró al saberlo, a pesar de que él mismo había conspirado con Sura y Ulwolo para que se produjera aquel hecho. Tenía el estómago encogido en un puño y un desasosiego le inundaba su cuerpo.

Al tercer día de su regreso del sur, supo los motivos de aquella extraña sensación que le perseguía desde el momento en que las heridas de la batalla habían curado. Se hallaba en su despacho de Dâkosto revisando los informes de Târîs y Ezirer sobre la defensa de Neitillot cuando abrieron la puerta. Un dâka aldalânta venía acompañado de una persona encapuchada.

-Artadâko, ha insistido en querer hablar con vos con urgencia.

El elfo miró con curiosidad al encapuchado al tiempo que asentía, aceptando la visita. El soldado abandonó tras una reverencia la estancia dejando a Tath con el recién llegado. Entonces, una vez estuvieron a solas, el visitante se descubrió su rostro. A Tathâral le dio un vuelco el corazón. Hacía muchísimo tiempo que no contemplaba aquellos ojos que poseían el reflejo del crepúsculo.

-Hisiê – pronunció, convulsionado por dentro pero con una mirada fría e impertubada.

La elfa se quitó la capa que cubría su cuerpo dejando al descubierto una estilizada figura. La nurulânta estaba más hermosa de lo que Tath la recordaba y, debido al tiempo pasado, no había sentido odio al verla. Quizás estaba desconcertado o quizás obnubilado, o pudiera ser por las tantas cosas que habían pasado tanto en los últimos años.

-¿No me invitas a sentarme, Tathâral? – preguntó ella, señalando con la mirada una silla cercana.

- Sí, por favor. Habrás hecho un largo viaje desde Osto Ohtalossê.- Hisiê se sentó y el aldalânta hizo lo mismo frente a ella. La mesa del despacho les separaba.- Eso sí, has sido osada en entrar en las tierras de los aldalântar sin miedo a fallar en el intento.

- Quizás. Pero quería felicitarte en persona después de las proezas realizadas en el sur. El arken Angárato ha hablado muy bien en Osto Ohtalossê sobre tu eficaz gestión del ejército aliado que venció a Osrûn Sar. En cuánto supe que habíais regresado, no quise esperar. – Tathâral la miró intrigado, interrogándole con la mirada.- Oh, no te voy a negar que en Narwa no fue bien visto que el arken aceptara cederte parte de la responsabilidad de la guerra. Pero el artakano ha comprendido que el resultado ha justificado los medios, ¿no lo crees?

Tathâral no habló inmediatamente. En ese momento, lejanas imágenes del pasado se agolpaban en su mente. Imágenes de casi doscientos años atrás, en el mercado de la vieja Leolossë.

-En aquellos momentos, tuvimos que dejar aparte viejos recelos. Yo mismo, a pesar de que nunca he sentido simpatía por tu pueblo, me olvidé de que Angárato era un nurulânta. Era lo que menos importaba en el campo de batalla. Aunque, has dicho que el artakano lo ha comprendido. Pero, ¿el balî ha sido tan condescendiente con Angárato?

Hisiê soltó una risotada espontánea.

-Veo que aún no te has puesto al día. No sólo vosotros habéis perdido a vuestro líder. Nosotros también perdimos al balî en la defensa de Osto Ohtalosse.

Tathâral se rio. Osrûn Sar al menos había traído algo bueno a Narwa y a Nensir. Ambos clanes habían perdido un importante cáncer.

-Es irónico. Los nurulântar y los aldalântar estamos condenados a compartir destino. Y Branda y Engrel han tenido el mismo desenlace. Ahora serán juzgados en la tierra de los dioses.

-Sí, eso espero.- La elfa sacó algo de algún bolsillo. Tathâral vio que se trataba de unos papeles. – Aquí están. Las cartas que Branda le envió a Engrel durante todos estos años. A cambio pido la otra parte del acuerdo, las cartas que vuestra balta recibió de nuestro balî.

Hisiê depositó las cartas encima de la mesa mientras el elfo las tomaba. Desató un pequeño lazo que las sujetaba y las estudió por encima.

-Vienen un año tarde. Llegué a pensar que Engrel había conseguido haceros cambiar de opinión a ti y a tu hermana.

-Nunca podría habernos hecho cambiar de opinión. Tanto mi hermana como yo hemos odiado al balî con más intensidad que a ti mismo, si cabe. Sin embargo, vuestro mensaje llegó tarde a su destino. Un soldado de Thyrost nos confesó hace algunas semanas que Engrel lo descubrió. No sabemos si también averiguó quién le robó las cartas pero supongo que siempre ha sospechado de mi hermana y de mí. Estaría esperando el momento oportuno de vengarse de nosotras. Y, mientras, mi hermana y yo pensamos que tú habías decidido no llegar al acuerdo.

Tathâral se levantó y se dirigió hacia una estantería cercana. De uno de los estantes inferiores, retiró unos libros de gran volumen quedando al descubierto una pequeña caja de madera. Saco una llave y abrió el candado que cerraba la caja. Una vez ésta abierta, extrajo de la misma unas cartas. Eran las cartas que Engrel habían enviado a Branda durante todos aquellos años y que Sura le había borrado a la balta un año atrás. Llevó las cartas hasta donde se hallaba Hisiê. De pie al lado de ella, el elfo depositó las mismas en las manos de la nurulânta.

-Mi parte del trato – murmuró Tathâral mientras sus ojos se detenían durante unos instantes sobre los de ella. Contempló su rostro y tuvo un deseo casi irrefrenable de besarla.

Hisiê se sintió turbada, afectada por la mirada de él, y luchó por controlar la situación. Tomó las cartas y las guardó, aprovechando para desviar la mirada de Tathâral.

-He venido también para hablarte de otro asunto.

El artadâko se giró, fue hasta su silla y se sentó.

-¿Sobre qué?

-He sabido de la historia de Syela y el sacerdote de tu clan, Neithan. Sabía lo que pasó a finales del año pasado y luego supe lo que ocurrió en Nilme Istyalvao. La misma Syela me ha contado toda la historia. En estos meses he hablado varias veces con ella y, la verdad, me ha enternecido su historia. Syela y Neithan se aman de verdad, más allá de trifulcas entre clanes. Creo que, además, después de que todos conozcan el contenido de las cartas de Engrel y Branda, ambos se merecen ser perdonados.

Tathâral hizo una mueca, sorprendido por las palabras de ella.

-Me sorprendes. Nunca pensé que te escucharía hablar de sentimentalismos. ¿Qué ha ocurrido con la fría Hisiê?

-No me hables de frialdad, Tathâral. Saldrías perdiendo. Si no fuera porque Syela me ha pedido que interceda por ella, no estaría hablando de esto contigo. – Hisiê se sintió importunada con el elfo.

-Discúlpame. No fue mi intención…- El aldalânta fue consciente de que su comentario le había molestado. – En cuanto a Neithan y Syela, yo mismo fue muy estricto con ambos, sobre todo con él, que estuvo encerrado en un calabozo desde que fue descubierto con la nurulânta en Nilme Istyalvao. Creí que todo había sido producto de una niñería por parte de ambos. Me olvidé de que no es imposible que un aldalânta y un nurulânta se enamoren.

Hisiê se rio.

-Ahora eres tú el que se pone sentimental. ¿También ha desaparecido el frío Tathâral? - le preguntó con una sonrisa.

- Es posible que se quedara en las tierras orcas. Haré lo posible para que Neithan y Syela puedan ser libres.

- Gracias. Y, ahora sí, me tengo de ir, no quiero que me sorprenda la noche en mi camino hacia Osto Ohtalosse. – Hisiê se levantó e hizo una reverencia que Tathâral respondió. Se giró y empezó a andar hasta la puerta. Pero se detuvo. Aún le quedaba una cosa que decir, quizás la más importante para ella misma- Tath…

No se dio la vuelta sino que espero a que el elfo hablara.

-¿Qué ocurre?

-Hay…hay algo que es hora de que sepas. – Entonces la nurulânta se giró y se encontró con la mirada expectante del aldalânta. – Lo he ocultado durante casi doscientos años, sólo lo ha sabido mi hermana Elesinyê y juré que nunca lo sabrías, pero…creo que ha pasado tanto tiempo que ya aquel juramente no importa. Hace casi doscientos años, cuando estuvimos juntos…yo me quedé embarazada de ti. – Guardó silencio, esperando la reacción de Tathâral. Pero éste no se inmutó y no dijo nada. – Cuando me abandonaste, enfermé y perdí el niño. Yo…yo te odié desde el mismo momento en que aborté. Te culpé por la muerte de nuestro hijo y, por eso, quise vengarme de ti y hacerte pagar por ello.

-Hisiê - fue lo que consiguió decir Tathâral, mientras intentaba asumir aquella información.

No hubo palabras durante unos minutos que parecieron una eternidad. El artadâko sintió que el mundo se le caía a sus pies aunque estaba comprendiendo muchas cosas. Sobre todo, que ambos tenían gran culpa del dolor que habían pasado los suyos. No obstante, Tathâral no terminaba de asimilar aquel hecho. ¿Un hijo? ¿Pudo haber tenido un hijo con Hisiê? ¿Por qué los dioses habían permitido que ese hijo no viera la luz del mundo?

-Creo que los dos tendremos que pedir perdón a ambos clanes – fue lo que atinó a decir Tathâral, mientras bajaba la mirada para evitar encontrarse con la de ella.- Quizás tenga que ir en persona a Osto Ohtalossê.

-Quizás – añadió ella en un susurro casi inaudible, mientras se ponía la capa y ocultaba su rostro para marcharse. Le había contado aquel secreto que alguna vez juró no revelar a nadie salvo a su hermana. Pero no se atrevía a enfrentarse a la mirada de Tath.

Cuando Hisiê abandanaba el despacho, una lágrima brotó por el rostro de Tathâral. Nunca había sentido tanto dolor como en aquel momento.

[Editado por aratir el 03-01-2010 19:53]

Escrito el 17-01-2010 19:18 #7

Los días siguientes no fueron mejores para Tathâral. Aunque el clan se restablecía después de las últimas guerras y la paz había llegado a Rómenor, ésta no lo había hecho al corazón del elfo, que estaba más intranquilo que nunca. Además de la visita de Hisiê, se había enterado de algo relacionado con su hermana que la propia Althira le había ocultado. Althira había consagrado su propia felicidad para que Yenna protegiese a su hermano después de los sucesos de la guerra civil que los enfrentó a los nurulântar. Tathâral descubrió así que había sido muy injusto con Althira y el soldado Caleth. Aquel hecho, unido a la revelación que le hiciera días antes Hisiê, habían sembrado de pesar el alma del artadâko.

Aprendía así una valiosa lección y allí, al final del camino, después de muchos años de planes de venganza y odio, se hallaba con las manos vacías mientras que descubría que sus actos habían hecho daño a muchas personas, sobre todo a las que más había amado.

Fue por eso por lo que Tathâral rechazó ser balta cuando el consejo se lo ofreció. Y, ante la sorpresa de los congregados en la asamblea en las aratamari, señaló a quién él creía que era la persona adecuada para ocupar el puesto de Branda.

Una tímida Althira se sonrojó cuando su hermano pronunció su nombre. No creía ser la elfa idónea para dirigir el clan en los siguientes años pero no pudo decir que no. Emmârdin, que sonrió cuando el propio Tath proponía a su hermana, se congratuló y casi todos los assanar dieron su conformidad a que Althira fuera la nueva balta. Hubo unos pocos que se mostraron reacios, pero la mayoría había hablado y la hija de Tuinêral dirigiría a los aldalântar en la nueva etapa que se habría para ellos.

Ahora quedaba una última cosa, y era que el clan, después de haber conocido la traición de Branda y Engrel, de los nurulântar, debía aprender a perdonar los hechos del pasado, y ello empezaba por olvidar el rencor y el odio a los nurulântar. No sería tarea fácil pero ahora había razones de peso para intentarlo.

Y mientras, en Amán, Yavanna se llenó de jubilo cuando supo que el perdón entre nurulântar y aldalântar era una posibilidad tangible. Pues, después de tanto tiempo, el equilibrio de la naturaleza que ella había mostrado a los nurualda volvería a enlazarse. Y la primera señal de ello ocurrió cuando el aldalânta Neithan y la nurulânta Syela se encontraban de nuevo y los árboles del Aldalaurë eran testigos de su amor, esta vez sin secretos, pesares ni impedimentos. Tiempo después de ese encuentro, Neithan y Syela se casaron y contaron con la bendición de los dos clanes. Fueron a vivir a Formeyaelen, a medio camino entre Nensir y Narwa. Y, años después, un fruto nacería de su amor, Mêlethal, "hijo de la unión", un auténtico nurualda. Yavanna bendijo ese nacimiento pues con él, se cerraba el círculo.

[Editado por aratir el 17-01-2010 19:26]