Un mes después
El atardecer del año 1602 había llegado. Las hojas de los árboles caían lentamente de las copas y un viento, temeroso, soplaba entre los troncos. Era el renacer de la vida después de la oscuridad y, desde hacía semanas, el tímido sol había podido iluminar sobre las ramas del Aldalaurë. Aunque aún había que esperar unos cuantos meses para que el año llegara a su fin y para que, con el inicio de otro, el sol pudiera detenerse con todo su esplendor en cada rincón de la tierra.
Aún así, los ecos Guerra de la Noche Eterna, nombre que había recibido las acciones bélicas con las que el dios de los cuervos había intentado sumergir en oscuridad las tierras del sol, ya empezaban a resultar lejanos, aunque las heridas provocadas seguían muy presentes. Entretanto, los victoriosos ejércitos que habían luchado con valentía y heroicidad en las Cotumo Aicassë habían regresado ya todas a sus respectivas ciudades, aldeas y tierras habiendo sido recibidas con júbilo y alegría. Ahora quedaba el descanso.
Sin embargo, para Tathâral no había descanso. Hacía dos días que, junto a Northiêl, Sura, Ornêkal, Kalimê y los soldados supervivientes, había regresado de Ithain, tras una desesperante travesía por mar. Nunca antes había anhelado tanto contemplar los verdes campos de Galador, la cristalina agua del río kelornî, los bellos contornos de los árboles y la pureza de las caratatas de Nensir. Nunca como antes había necesitado escuchar el sonido de los pájaros cantores de Galador ni saborear los exquisitos manjares de su tierra. Y, sobre todo, fumar un karuskwê. Sin embargo, a pesar de estar ya en casa, una extraña sensación ocupaba su mente.
No se había esfumado aquella extraña sensación tras conocer la noticia de la muerte de Branda. Ni siquiera se alegró al saberlo, a pesar de que él mismo había conspirado con Sura y Ulwolo para que se produjera aquel hecho. Tenía el estómago encogido en un puño y un desasosiego le inundaba su cuerpo.
Al tercer día de su regreso del sur, supo los motivos de aquella extraña sensación que le perseguía desde el momento en que las heridas de la batalla habían curado. Se hallaba en su despacho de Dâkosto revisando los informes de Târîs y Ezirer sobre la defensa de Neitillot cuando abrieron la puerta. Un dâka aldalânta venía acompañado de una persona encapuchada.
-Artadâko, ha insistido en querer hablar con vos con urgencia.
El elfo miró con curiosidad al encapuchado al tiempo que asentía, aceptando la visita. El soldado abandonó tras una reverencia la estancia dejando a Tath con el recién llegado. Entonces, una vez estuvieron a solas, el visitante se descubrió su rostro. A Tathâral le dio un vuelco el corazón. Hacía muchísimo tiempo que no contemplaba aquellos ojos que poseían el reflejo del crepúsculo.
-Hisiê – pronunció, convulsionado por dentro pero con una mirada fría e impertubada.
La elfa se quitó la capa que cubría su cuerpo dejando al descubierto una estilizada figura. La nurulânta estaba más hermosa de lo que Tath la recordaba y, debido al tiempo pasado, no había sentido odio al verla. Quizás estaba desconcertado o quizás obnubilado, o pudiera ser por las tantas cosas que habían pasado tanto en los últimos años.
-¿No me invitas a sentarme, Tathâral? – preguntó ella, señalando con la mirada una silla cercana.
- Sí, por favor. Habrás hecho un largo viaje desde Osto Ohtalossê.- Hisiê se sentó y el aldalânta hizo lo mismo frente a ella. La mesa del despacho les separaba.- Eso sí, has sido osada en entrar en las tierras de los aldalântar sin miedo a fallar en el intento.
- Quizás. Pero quería felicitarte en persona después de las proezas realizadas en el sur. El arken Angárato ha hablado muy bien en Osto Ohtalossê sobre tu eficaz gestión del ejército aliado que venció a Osrûn Sar. En cuánto supe que habíais regresado, no quise esperar. – Tathâral la miró intrigado, interrogándole con la mirada.- Oh, no te voy a negar que en Narwa no fue bien visto que el arken aceptara cederte parte de la responsabilidad de la guerra. Pero el artakano ha comprendido que el resultado ha justificado los medios, ¿no lo crees?
Tathâral no habló inmediatamente. En ese momento, lejanas imágenes del pasado se agolpaban en su mente. Imágenes de casi doscientos años atrás, en el mercado de la vieja Leolossë.
-En aquellos momentos, tuvimos que dejar aparte viejos recelos. Yo mismo, a pesar de que nunca he sentido simpatía por tu pueblo, me olvidé de que Angárato era un nurulânta. Era lo que menos importaba en el campo de batalla. Aunque, has dicho que el artakano lo ha comprendido. Pero, ¿el balî ha sido tan condescendiente con Angárato?
Hisiê soltó una risotada espontánea.
-Veo que aún no te has puesto al día. No sólo vosotros habéis perdido a vuestro líder. Nosotros también perdimos al balî en la defensa de Osto Ohtalosse.
Tathâral se rio. Osrûn Sar al menos había traído algo bueno a Narwa y a Nensir. Ambos clanes habían perdido un importante cáncer.
-Es irónico. Los nurulântar y los aldalântar estamos condenados a compartir destino. Y Branda y Engrel han tenido el mismo desenlace. Ahora serán juzgados en la tierra de los dioses.
-Sí, eso espero.- La elfa sacó algo de algún bolsillo. Tathâral vio que se trataba de unos papeles. – Aquí están. Las cartas que Branda le envió a Engrel durante todos estos años. A cambio pido la otra parte del acuerdo, las cartas que vuestra balta recibió de nuestro balî.
Hisiê depositó las cartas encima de la mesa mientras el elfo las tomaba. Desató un pequeño lazo que las sujetaba y las estudió por encima.
-Vienen un año tarde. Llegué a pensar que Engrel había conseguido haceros cambiar de opinión a ti y a tu hermana.
-Nunca podría habernos hecho cambiar de opinión. Tanto mi hermana como yo hemos odiado al balî con más intensidad que a ti mismo, si cabe. Sin embargo, vuestro mensaje llegó tarde a su destino. Un soldado de Thyrost nos confesó hace algunas semanas que Engrel lo descubrió. No sabemos si también averiguó quién le robó las cartas pero supongo que siempre ha sospechado de mi hermana y de mí. Estaría esperando el momento oportuno de vengarse de nosotras. Y, mientras, mi hermana y yo pensamos que tú habías decidido no llegar al acuerdo.
Tathâral se levantó y se dirigió hacia una estantería cercana. De uno de los estantes inferiores, retiró unos libros de gran volumen quedando al descubierto una pequeña caja de madera. Saco una llave y abrió el candado que cerraba la caja. Una vez ésta abierta, extrajo de la misma unas cartas. Eran las cartas que Engrel habían enviado a Branda durante todos aquellos años y que Sura le había borrado a la balta un año atrás. Llevó las cartas hasta donde se hallaba Hisiê. De pie al lado de ella, el elfo depositó las mismas en las manos de la nurulânta.
-Mi parte del trato – murmuró Tathâral mientras sus ojos se detenían durante unos instantes sobre los de ella. Contempló su rostro y tuvo un deseo casi irrefrenable de besarla.
Hisiê se sintió turbada, afectada por la mirada de él, y luchó por controlar la situación. Tomó las cartas y las guardó, aprovechando para desviar la mirada de Tathâral.
-He venido también para hablarte de otro asunto.
El artadâko se giró, fue hasta su silla y se sentó.
-¿Sobre qué?
-He sabido de la historia de Syela y el sacerdote de tu clan, Neithan. Sabía lo que pasó a finales del año pasado y luego supe lo que ocurrió en Nilme Istyalvao. La misma Syela me ha contado toda la historia. En estos meses he hablado varias veces con ella y, la verdad, me ha enternecido su historia. Syela y Neithan se aman de verdad, más allá de trifulcas entre clanes. Creo que, además, después de que todos conozcan el contenido de las cartas de Engrel y Branda, ambos se merecen ser perdonados.
Tathâral hizo una mueca, sorprendido por las palabras de ella.
-Me sorprendes. Nunca pensé que te escucharía hablar de sentimentalismos. ¿Qué ha ocurrido con la fría Hisiê?
-No me hables de frialdad, Tathâral. Saldrías perdiendo. Si no fuera porque Syela me ha pedido que interceda por ella, no estaría hablando de esto contigo. – Hisiê se sintió importunada con el elfo.
-Discúlpame. No fue mi intención…- El aldalânta fue consciente de que su comentario le había molestado. – En cuanto a Neithan y Syela, yo mismo fue muy estricto con ambos, sobre todo con él, que estuvo encerrado en un calabozo desde que fue descubierto con la nurulânta en Nilme Istyalvao. Creí que todo había sido producto de una niñería por parte de ambos. Me olvidé de que no es imposible que un aldalânta y un nurulânta se enamoren.
Hisiê se rio.
-Ahora eres tú el que se pone sentimental. ¿También ha desaparecido el frío Tathâral? - le preguntó con una sonrisa.
- Es posible que se quedara en las tierras orcas. Haré lo posible para que Neithan y Syela puedan ser libres.
- Gracias. Y, ahora sí, me tengo de ir, no quiero que me sorprenda la noche en mi camino hacia Osto Ohtalosse. – Hisiê se levantó e hizo una reverencia que Tathâral respondió. Se giró y empezó a andar hasta la puerta. Pero se detuvo. Aún le quedaba una cosa que decir, quizás la más importante para ella misma- Tath…
No se dio la vuelta sino que espero a que el elfo hablara.
-¿Qué ocurre?
-Hay…hay algo que es hora de que sepas. – Entonces la nurulânta se giró y se encontró con la mirada expectante del aldalânta. – Lo he ocultado durante casi doscientos años, sólo lo ha sabido mi hermana Elesinyê y juré que nunca lo sabrías, pero…creo que ha pasado tanto tiempo que ya aquel juramente no importa. Hace casi doscientos años, cuando estuvimos juntos…yo me quedé embarazada de ti. – Guardó silencio, esperando la reacción de Tathâral. Pero éste no se inmutó y no dijo nada. – Cuando me abandonaste, enfermé y perdí el niño. Yo…yo te odié desde el mismo momento en que aborté. Te culpé por la muerte de nuestro hijo y, por eso, quise vengarme de ti y hacerte pagar por ello.
-Hisiê - fue lo que consiguió decir Tathâral, mientras intentaba asumir aquella información.
No hubo palabras durante unos minutos que parecieron una eternidad. El artadâko sintió que el mundo se le caía a sus pies aunque estaba comprendiendo muchas cosas. Sobre todo, que ambos tenían gran culpa del dolor que habían pasado los suyos. No obstante, Tathâral no terminaba de asimilar aquel hecho. ¿Un hijo? ¿Pudo haber tenido un hijo con Hisiê? ¿Por qué los dioses habían permitido que ese hijo no viera la luz del mundo?
-Creo que los dos tendremos que pedir perdón a ambos clanes – fue lo que atinó a decir Tathâral, mientras bajaba la mirada para evitar encontrarse con la de ella.- Quizás tenga que ir en persona a Osto Ohtalossê.
-Quizás – añadió ella en un susurro casi inaudible, mientras se ponía la capa y ocultaba su rostro para marcharse. Le había contado aquel secreto que alguna vez juró no revelar a nadie salvo a su hermana. Pero no se atrevía a enfrentarse a la mirada de Tath.
Cuando Hisiê abandanaba el despacho, una lágrima brotó por el rostro de Tathâral. Nunca había sentido tanto dolor como en aquel momento.
[Editado por aratir el 03-01-2010 19:53]