Maïth se alzaba alto en el cielo en aquél día de extraña bonanza. Frío aún, pero el azul del limpio cielo resplandecía como nunca se había visto en el Nendataure ese invierno, y contrastaba con el oscuro verde del bosque que se extendía hacia donde se perdía la vista, allí donde se mezclaba con las lejanas montañas del este. En aquella colina de cima despoblada de árboles, donde tanto tiempo atrás se había sellado la alianza entre Marllajtay e Isgur, se congregaban ahora gentes de ambos pueblos, e incluso algún curioso de entre los pueblos errantes del Nendataure se había acercado a curiosear. Pues el centro de atención era la ceremonia que se celebraba en honor de los mil quinientos soldados que partían a Híssuë, de regreso por fin al hogar después de tantos meses.
Pero no era aquella una celebración precisamente alegre, pues la noticia de que podía estar acercándose la hora de un nuevo ataque del Enemigo Común era lo que había motivado aquella apresurada partida. Ya al día anterior partió improvisadamente hacia el norte el ejército formado por Marllajtay, Rillië e Isgur que debía enfrentarse a las fuerzas del mal en el corazón mismo de las lejanas Montañas Negras, con tal de distraer la atención de los ejércitos orcos que parecían estar esparciéndose por todo Rómenor, y así intentar forzarlos a retornar y proteger su morada.
Allpa’huátl encendía de nuevo la apákt’shitá, ahora ante la presencia del nuevo templo que los Marllajtay estaban aún construyendo. El tercero en todo el Nendataure, tras los de Tûgore y Tumbu. Wájünq’iltic lo llamaron, en honor al gran bosque. El Khútic se desprendió de la cinta de cuero que llevaba atada a la frente y la depositó en ofrenda a la apákt’shitá. La resplandeciente esmeralda encastada brillaba entre las llamas, acompañada por los destellos emitidos por las demás piedras semipreciosas que la rodeaban.
Entre los presentes se hallaba Ithian Ñáal, que al fin había llegado a Tûgore a presentarse ante el Khútic, aunque no del modo que él hubiera deseado. Aquella traidora de Miyotl le había entregado, había llegado hasta Nilme Istyalvao para capturarlo y traerlo ante Allpa’huatl. Y éste, para desesperación de Ithian, había accedido a todas sus peticiones: Allpa’huátl regresaba a Híssuë acatando la petición del Consejo, sin haber ordenado la detención de Ithian ni presentado ningún cargo por la traición de la que se le había acusado extraoficialmente. Pero aún regresando de aquél modo, cumpliendo así la orden que había recibido, el testimonio de Miyotl y el de Allpa’huátl jugarían muy en su contra, así como la presencia de aquél enorme ejército – mucho mayor que el que meses atrás partió de Híssuë hacia el este – que ahora pasaría a engrosar las defensas del Estuario.
