La Guerra de los Clanes

De Los Nurulântar

Escribiéndose...
Escrito el 29-07-2007 02:25 #1

De los Nurualda

El tiempo ha borrado el recuerdo de cómo llegamos a éstas tierras arboladas. Un largo camino fue, sin duda, desde Cuivienén. Empujados siempre por la sombra que se extendía, incluso antes de que el Sol y los Primeros Nacidos iluminaran Arda, nos dirigimos siempre hacia el Este. Buscando una tierra, y un hogar.

Sabemos sin embargo que no éramos muchos. Y no todos los que iniciamos el viaje, terminamos de recorrerlo. Pero el camino seguía, y sembramos Arda de pequeños pueblos. Qué habrá sido de ellos, nosotros no lo sabemos. Pero allá en el Este están nuestros hermanos, aquellos que sólo hemos de volver a ver en las Estancias de Mandos.

Nosotros fuimos los Abâri. Los Renuentes. Nos alejamos de la Luz de Aman buscando un hogar que nos fuera propio, no sin temor, tampoco sin vergüenza. Sólo Yavanna se apiadó de nosotros. Eso aún lo recordamos. El viaje llegó a su fin en estos bosques que hoy guardan los Anales de los Nurualdar, y que recogen un principio que fue hermoso, pero que hoy se ha perdido.

Al principio hubo dudas. Desconfianza. Y desconcierto. Muchos de nosotros deseaban seguir el camino. Porque más allá del mar debíamos encontrar Valinor, y quizás, nuestro viaje así se completara. Pero lejanos rumores de una maldición llegaron a nosotros, y comprendimos que la sombra, aquella de la que habíamos huido, todavía permanecía allí.

Entonces Yavanna apareció ante nosotros, y su Luz iluminó los bosques oscuros, desvelando toda su belleza. Y nos habló entonces del Equilibrio. Y del ciclo de la vida que se haya en la naturaleza. Y nosotros la escuchamos, maravillados, intentando absorber toda la sabiduría que había en sus palabras. Y finalmente Yavanna dijo:

- De los Olvar y Kelvar recibiréis por mí de un Don especial. Pues seréis ahora mi pueblo. Un Espíritu habitará en vosotros, y de éste haréis un solo ser.

Y les habló entonces del Onnar, el símbolo del Espíritu que cada uno de ellos llevaría dentro, desde entonces y hasta el final de los tiempos.

Y Yavanna designó a un Maia para que a partir de aquél momento sembrara, en cada niño nacido en su seno, el Espíritu adecuado. Nosotros le llamamos Earalatava, El Sembrador.

Comprendimos entonces que a la sombra de los árboles habíamos encontrado por fin el hogar que siempre buscamos. Bajo la sombra de las montañas de La Piedra Blanca, Ondoninkwe, fundamos una ciudad, pequeña al principio, pero que con el tiempo se fue haciendo más grande. Y la llamamos Leolôsse, La Sombra Blanca.

Y encontramos las enormes canteras de piedra blanca, de especial dureza y brillo, pues nunca perdían su color de nieve. El nink, con las que construimos nuestros hogares. Pero fue entonces cuando descubrimos que Ondoninkwe escondía en su interior un pueblo que se había establecido allí mucho tiempo antes. Los hijos de Aule, los Naugrim.

Pronto descubrimos su carácter agresivo. Y entonces recordamos de nuevo la sombra. Pero algo había cambiado en nuestro interior. Muchos de nosotros decidieron que sobre todo, debíamos permanecer. Muchos otros, decidieron luchar.

Ese fue el inicio de la división que más tarde sería nuestro fin. Fue la primera vez que nuestros Onnar se manifestaron. Y aquellos que decidieron permanecer, aferraron sus raíces, pues llevaban en su interior espíritus de los enormes árboles de Aldalaure. Pero aquellos que decidieron luchar, afilaron sus garras, pues llevaban en su interior espíritus de los animales salvajes de Rómenor.

Las murallas blancas se alzaron entonces cercando nuestra ciudad. Y fue también entonces cuando comenzaron a funcionar las primeras armerías, una labor que pronto dominamos, pues muchos de nosotros descendíamos de los Noldor.

Comenzó entonces una guerra que se alargó en el tiempo, pues las canteras de piedra blanca eran un preciado valor tanto para los Stinthâr como para nosotros. Y al mismo tiempo, desarrollamos nuestros rituales. Los Ritualistas. Esos somos nosotros. Los Nurualda. Pero la semilla de la división también se había sembrado en nosotros.

El Equilibrio guió al principio estos rituales. Ofrecidos a la Vida, pero también a la Muerte. Pues ambas eran parte del mismo ciclo de la vida, que reconocíamos por encima de todas las cosas. Pero también incluimos a los Olvar y a los Kelvar, quienes habitaban en nosotros por medio de nuestros Onnar. Y recordamos a nuestros caídos también con rituales, anhelando que sus almas siguieran vivas aún en la muerte, e invocando a los espíritus que partían dejando su cuerpo atrás.

Pero con los años el Equilibrio se perdió. Ni siquiera fue una cuestión de elección personal. Nuestros Onnar establecieron la diferencia. Y aquellos que celebraban la vida no entendieron la celebración de la muerte, y aquellos que celebramos la muerte perdimos interés en la celebración de la vida.

Pronto esta diferencia se convirtió en una selección natural que originó dos grupos divididos. Y los que alababan la vida se llamaron así mismos Aldalântar. Y los que alabábamos la muerte nos dimos el nombre de Nurulântar. Y entre ambos nos dimos muchos otros nombres, muchas veces despectivos. Pues deseábamos diferenciarnos, pero sobre todo, deseábamos imponer la hegemonía de nuestros rituales.

Y los años se sucedieron en el camino trazado en su destino. Los Aldalântar y los Nurulântar, elfos ritualistas viviendo en frágil equilibrio. Sabiduría y deseo de poder cohabitando en frágil armonía.

Con el tiempo, cada grupo se especializó. Los Aldalântar se centraron poco a poco en la vida sacerdotal, y sobre todo, ostentaban mayor poder en la Asamblea. Eligieron un líder, el Balta. Y con el tiempo sus decisiones se tornaron cada vez más restrictivas y radicales hacia nosotros.

Por el contrario los Nurulântar y nuestros rituales de muerte ocupamos el ejército, y nuestro modo de vida se centró en la guerra y el honor exclusivamente. Pero a pesar de que nosotros mismos lo habíamos elegido, sentimos que habíamos sido relegados por los Aldalântar. Y en parte teníamos razón. Pues sólo en la muerte veían sentido los Aldalântar a esos rituales que consideraban cada vez más una abominación, renegando de su sentido original.

Se creó un nuevo estatus para ambos grupos, pero no podía permanecer por mucho tiempo. Cuando los conflictos se acrecentaron, y la situación fue para nosotros insostenible, los Nurulântar tomamos por la fuerza el poder de la Asamblea. Y fue entonces cuando los Aldalântar quedaron marginados de la sociedad.

Surgió una alternancia de poder, de grupo a grupo, que duró varios años. Y junto a ella surgió también un rencor que nos fue distanciando aún más si cabe.

Finalmente la barbarie consumió nuestras vidas, y nos dominó, provocando una feroz guerra civil. Muchos perecieron, la sangre se vertió, y tuvimos que empezar de nuevo, olvidando o recordando, odiando o perdonando, esperando la venganza o deseando la reconstrucción. Sentimientos contrapuestos que configuraron los días y las noches que se habrían de suceder en nuestros nuevos caminos…

Escrito el 29-07-2007 02:26 #2

Del origen de la guerra y de la Dagor Tûronor

Todo contribuyó a ello. El odio. El deseo de poder. Y por encima de todo, la falta de comprensión.

Hubo dos familias enfrentadas por sobre todas las demás. Por un lado, entre los Aldalântar, el Balta fue Tuineral, pues junto a su esposa Tawarë ostentaban el poder sacerdotal. Y tenían dos hijos, Tatharal y Ailin.

Por otro lado, el Balî de los Nurulântar fue Minalcar, quien ostentaba el poder militar, siendo el Artakâno por aquél entonces. Su esposa fue Narqueliê, Alta Sacerdotisa de los Anamâr. Y tuvieron dos hijas mellizas, Elesinyê e Hisiê.

El destino quiso tal vez unir a ambas familias. Tal vez incluso a ambos pueblos. Pues Tatharal e Hisiê se conocieron, y se amaron entonces en secreto. Pero hubo engaño en el amor de él, pues apenas se descubrió el secreto, fue llamado al orden por su padre. Y Tatharal abandono a Hisiê, pues sabía que aquella relación sería una mancha para él y su familia, y les condenaría al ostracismo entre los Aldalântar, arrebatándoles el poder y el honor que ostentaban.

Pero Hisiê enfermó entonces. Y sólo su hermana Elesinyê supo cuál era la enfermedad que la aquejaba. Pues esperaba un hijo de Tatharal, aunque él no lo sabía, y la desesperación finalmente la llevó a perder el hijo que esperaba, llenándola de un resentimiento aún mayor. Su corazón se llenó de odio y deseos de venganza. Hacia Tatharal, pero también hacia todos los Aldalânte. Y acudió al Consejo, y allí, acusó a Tatharal de haberla violado. Y Elesinyê apoyó a su hermana, y también su padre. Pero Tuineral defendió el honor de su hijo, y también fue apoyado por su hermana Ailin.

La paz se rompió entonces para siempre. Llevado cada uno por su propio odio, y por rencores antiguos, la sangre de ambos pueblos manchó las calles de la ciudad. Primero fueron pequeñas reyertas. Unos saqueaban los comercios de otros, o lanzaban piedras a las casas de sus enemigos. Alguien entonces, intentó defenderse, y alguien murió en un hecho desafortunado. Las noches eran inciertas, y el amanecer llegaba siempre teñido de sangre.

Después, la guerra como tal, trajo la muerte a cada familia. La llamamos desde entonces Dagor Tûronor, la Batalla del Poder de los Hermanos, que comenzó en la primavera del 1412 SE. Y la casa de Tuinêral fue atacada por un grupo de Nurulânte en los primeros días de la guerra. Y Tuinêral y Tawarê murieron allí, abrasados. Sólo sus hijos consiguieron escapar del incendio. Sus cuerpos calcinados yacieron entre las ruinas ardientes durante días.

Tampoco la familia de Hisiê y Elesinyê escapó de la maldición de esta guerra fraticida. Minalcar cayó, cuando la guerra llegaba a su fin, y los Aldalântar habían comenzado ya su migración. Su cuerpo fue atravesado por decenas de flechas mientras dirigía el ataque a una caravana que escapaba hacia el norte.

Así fue como los dos pueblos se separaron. Los Nurulântar vencieron en la guerra, pues eran soldados por naturaleza. Pero ninguno de los dos pueblos quedó indemne.

Muchos decidieron olvidar, otros sintieron vergüenza y otros optaron por…emigrar.

Escrito el 29-07-2007 02:26 #3

De la Usurpación

Creció desde siempre a la sombra de Minalcar. Y desde siempre lo odió. Desde que era un niño, y ambos competían por alcanzar el Narwä, y por ser el mejor por encima de todos. Pero Engrel, que así se llamaba, jamás consiguió superar a Minalcar.

Engrel nació en una noble familia Tawar. Quizás no tan noble como la de Minalcar, pero noble a fin de cuentas. De ojos negros y penetrantes, y negros cabellos. Su sonrisa y su mirada revelaban una gran astucia, y los Faironnar no tuvieron que meditar mucho para descubrir que su Onnar era el zorro. En concreto, el zorrolobo. Pero a pesar de ser un niño más pequeño que los demás, algo enfermizo en sus primeros años de vida, encerraba en su interior un ser agresivo, astuto y ambicioso.

Tuvo que esforzarse mucho más que el resto de sus compañeros, quienes a menudo se reían de él por su aspecto débil. Su oscuro corazón albergó pronto rencores escondidos, sobre todo hacia Minalcar, quien representaba todo lo que él no era. Pues Minalcar siempre destacó por encima de todos, y pronto fue alguien admirado en su comunidad.

Pero Engrel era capaz de embaucar muy fácilmente. Su apariencia débil y amable le fue de gran utilidad, y poco a poco fue ascendiendo en poder en el Consejo. Y si bien no destacó nunca en el arte de la guerra, su dominio de las palabras fue la gran baza que utilizó para alcanzar el poder. Pues sabía encontrar las palabras que sus oyentes querían oir, y envolverlas de forma que sus intenciones quedaran ocultas, de forma que los demás pensaran que eran propias.

Pero por encima de él, persistía la sombra de Minalcar, a quien odiaba por encima de todos. Y su odio creció cuando Minalcar conoció a Narqueliê, y ambos se amaron. Pues ella era la mujer que él deseaba por encima de todo. La que amaba desde lo más profundo de su ser. Y durante muchos años estuvieron prometidos, pero finalmente ella conoció a Minalcar, y le entregó su alma para siempre. Pero Engrel, siguió amándola a pesar de todo, con un deseo enfermizo, y culpó siempre a Minalcar de haberle robado a la mujer que amaba. Pero todo esto lo oculto bajo una apariencia de resignación, y nadie supo nunca del mal que guardaba.

Pero llegó la Dagor Tûronor. Y con ella, todos los deseos de Engrel empezaron a cumplirse. Pues fue a la guerra como uno más de los Nurulântar y destacó por sus dotes estratégicas sobre todo, acumulando el poder militar que tanto necesitaba. Y por fin, Minalcar murió, y Engrel se erigió con el poder. Y el Khotsê le dio más poder como Balî del que nunca tuvo Minalcar, pues pensaban que sólo así podían superar el caos de la guerra.

Y aunque todavía Narqueliê guardaba luto por su esposo, Engrel sabía que tarde o temprano conseguiría que volviera hacia él. Y busco acercarse a ella dándole el poder que ella tanto anhelaba. Y también a sus hijas.

Escrito el 29-07-2007 02:27 #4

De la reconstrucción de los Nurulântar

Resurgimos de nuestras cenizas. La Dagor Tûronor asoló nuestra tierra, y el enemigo huyó, dejando tras de sí sangre y fuego. Pues la victoria nos fue cara a pesar de todo.

Reconstruimos la ciudad, y el Balî le dio un nuevo nombre. Ohtalossê, La Guerra Blanca, fue desde entonces. Pues deseábamos borrar de sus calles el recuerdo de los Aldalântar. Y desde entonces nuestra región fue conocida como Dakôndor. Todas las tierras y villas de los Aldalântar fueron ocupadas por aquellos Nurulântar que habían perdido sus hogares, pero sobre todo, por aquellos que ya tenían poder, y deseaban acrecentarlo con posesiones. Fue el mismo Engrel quien se apropió de las tierras que antiguamente fueran de la familia del Balta, reconstruyendo la casa de Tuineral y adoptando un ostentoso modo de vida.

Narqueliê, como Alta Sacerdotisa de los Anamar siguió formando parte del Khotsê. Pero hacia el final de la Dagor Tûronor sus hijas Elesinyê e Hisiê entraron a formar parte del mismo, avaladas por Engrel.

Rámmar fue restaurada, pues a pesar de la distancia había sufrido los estragos de la guerra. Y a sus posesiones, la familia de Narqueliê añadió la villa que la familia de Tuineral poseía a las afueras de la ciudad.

Las murallas se reconstruyeron rápidamente, y fue en el año 1428 cuando comenzó la construcción de las torres albarradas, que acabaron por caracterizar la ciudad.

Además, la ciudad siguió creciendo. La cercanía del Kelkaranî, el enorme río navegable que atravesaba el Valle de Alyanan, ayudó a que nuestro comercio floreciera. Y se construyó un puerto anexo a la ciudad, Airalondë, donde precisamente la corriente del Kelkaranî era más extensa, formando casi un enorme lago.

Fue por entonces cuando los Nurulântar introdujeron los primeros cambios en los uniformes del ejército, adoptando su característico manto rojo, y el yelmo. Si bien la costumbre ancestral de pintar sus rostros con sangre se siguió manteniendo.

En el año 1431 quedó concluida la construcción del Kôrin en torno a la colina sagrada de Oiomurë. Sobre ella crecía un bosque antiguo, espeso, húmedo y salvaje, que persistía bajo una eterna bruma. A sus pies los Amanyâr establecieron un gran templo, que abrazaba la colina con dos grandes semicírculos.

Uno de ellos fue construido en mármol negro con delicadas vetas rojas. Era el Korinfirë, el Templo Anamâr. Una escalinata ascendía hasta un impresionante pórtico columnado, cuyos capiteles estaban decorados con siniestras representaciones de espíritus y muerte.

Era el Korinfirë un lugar muy importante para los Nurulântar, pues su función incluía la tintura en sangre de las telas empleadas por el Ostomassë para confeccionar sus uniformes. Y también era allí donde se iniciaba el proceso de creación de puntas de flecha y lanza, todas ellas realizadas en hueso. También participaban en la creación particular de todo tipo de abalorios y adornos, que incluían dichos materiales.

Por esa razón, el Korinfirë incluía talleres textiles con pilas llenas de sangre, grandes almacenes y alacenas, y talleres.

Al otro lado de la colina se encontraba el Korinsúlë, construido en mármol blanco con vetas rojas. Su arquitectura era así mismo el reflejo del templo anterior, pero los capiteles de las columnas estaban decorados con imágenes totémicas de los Onnar, cuyos espíritus se habían fundido con los Nurulântar. Eran por lo tanto imágenes terribles de máscaras deformes.

Escrito el 29-07-2007 13:25 #5

De la Guerra Blanca, la Dagor Stinthar

Apenas hubo concluido la Dagor Tûronor cuando los Naugrim de Ondoninkwë decidieron aprovechar la ocasión para intentar recuperar el terreno perdido en la larga guerra anterior. Pues sobre todo pensaban que las fuerzas de los Nurulântar habrían menguado con la guerra, y con la marcha de los Aldalântar. Y por aquél entonces las defensas eran menores.

Nosotros los llamamos Stinthâr, “Los de baja estatura”. Pero ellos mismos se denominaban Dush-Tarâg “Barbas Oscuras”. De cómo los Stinthâr llegaron a Rómenor no tenemos constancia. Pero sabemos que fue mucho antes de nuestra llegada, sobre el 70 SE. Bajo el Ondoninkwë, que ellos llamaron Zirakinbar, “Cuerno Plateado”, construyeron una ciudad de plata de la que poco sabemos. Zirak-Felâldûm, “Los salones de los talladores de plata”, pero nosotros la llamamos Lónamar, “La morada oscura”.

Fue durante la Dago Stinthâr cuando nos dimos cuenta de cuánto habían cambiado las cosas. Engrel no fue a la guerra, contrariamente a lo que habían hecho todos los Balî antes que él. Quizás temiendo perder en la distancia parte del poder acumulado, quizás también porque deseaba más que la Gloria en la batalla, el poder sobre todas las cosas.

También fue durante la Dagor Sinthâr cuando Angárato, hermano llegado de las guerras del lejano norte, se convirtió finalmente en uno de ellos, concediéndole el estatus de Táwar, y el mando como Arken Rokkernî.

Durante 186 años se mantuvo la Dagor Stinthâr, ocasionando grandes bajas en ambos ejércitos. En el 1520 SE Elkanet, hermano de Engrel, fue muerto en la guerra. Pero también en esa misma batalla fue muerto Faern, hermano de Fyrfar, Rey de los Dush-tarâg. A partir de ese momento se recrudeció la guerra, pero finalmente el desgaste de los Stinthâr fue mucho mayor.

En 1599 SE la Dagor Stinthâr no había concluido, pero había dado paso a pequeñas batallas entre compañías aisladas, y a una negociación vacilante, pendiente de un hilo. Pero finalmente en el 1601 SE, Fyrfar y Engrel firmaron la Paz, en una ceremonia que tuvo lugar en el mismo campo de batalla donde ambos perdieron a sus hermanos.