De los Nurualda
El tiempo ha borrado el recuerdo de cómo llegamos a éstas tierras arboladas. Un largo camino fue, sin duda, desde Cuivienén. Empujados siempre por la sombra que se extendía, incluso antes de que el Sol y los Primeros Nacidos iluminaran Arda, nos dirigimos siempre hacia el Este. Buscando una tierra, y un hogar.
Sabemos sin embargo que no éramos muchos. Y no todos los que iniciamos el viaje, terminamos de recorrerlo. Pero el camino seguía, y sembramos Arda de pequeños pueblos. Qué habrá sido de ellos, nosotros no lo sabemos. Pero allá en el Este están nuestros hermanos, aquellos que sólo hemos de volver a ver en las Estancias de Mandos.
Nosotros fuimos los Abâri. Los Renuentes. Nos alejamos de la Luz de Aman buscando un hogar que nos fuera propio, no sin temor, tampoco sin vergüenza. Sólo Yavanna se apiadó de nosotros. Eso aún lo recordamos. El viaje llegó a su fin en estos bosques que hoy guardan los Anales de los Nurualdar, y que recogen un principio que fue hermoso, pero que hoy se ha perdido.
Al principio hubo dudas. Desconfianza. Y desconcierto. Muchos de nosotros deseaban seguir el camino. Porque más allá del mar debíamos encontrar Valinor, y quizás, nuestro viaje así se completara. Pero lejanos rumores de una maldición llegaron a nosotros, y comprendimos que la sombra, aquella de la que habíamos huido, todavía permanecía allí.
Entonces Yavanna apareció ante nosotros, y su Luz iluminó los bosques oscuros, desvelando toda su belleza. Y nos habló entonces del Equilibrio. Y del ciclo de la vida que se haya en la naturaleza. Y nosotros la escuchamos, maravillados, intentando absorber toda la sabiduría que había en sus palabras. Y finalmente Yavanna dijo:
- De los Olvar y Kelvar recibiréis por mí de un Don especial. Pues seréis ahora mi pueblo. Un Espíritu habitará en vosotros, y de éste haréis un solo ser.
Y les habló entonces del Onnar, el símbolo del Espíritu que cada uno de ellos llevaría dentro, desde entonces y hasta el final de los tiempos.
Y Yavanna designó a un Maia para que a partir de aquél momento sembrara, en cada niño nacido en su seno, el Espíritu adecuado. Nosotros le llamamos Earalatava, El Sembrador.
Comprendimos entonces que a la sombra de los árboles habíamos encontrado por fin el hogar que siempre buscamos. Bajo la sombra de las montañas de La Piedra Blanca, Ondoninkwe, fundamos una ciudad, pequeña al principio, pero que con el tiempo se fue haciendo más grande. Y la llamamos Leolôsse, La Sombra Blanca.
Y encontramos las enormes canteras de piedra blanca, de especial dureza y brillo, pues nunca perdían su color de nieve. El nink, con las que construimos nuestros hogares. Pero fue entonces cuando descubrimos que Ondoninkwe escondía en su interior un pueblo que se había establecido allí mucho tiempo antes. Los hijos de Aule, los Naugrim.
Pronto descubrimos su carácter agresivo. Y entonces recordamos de nuevo la sombra. Pero algo había cambiado en nuestro interior. Muchos de nosotros decidieron que sobre todo, debíamos permanecer. Muchos otros, decidieron luchar.
Ese fue el inicio de la división que más tarde sería nuestro fin. Fue la primera vez que nuestros Onnar se manifestaron. Y aquellos que decidieron permanecer, aferraron sus raíces, pues llevaban en su interior espíritus de los enormes árboles de Aldalaure. Pero aquellos que decidieron luchar, afilaron sus garras, pues llevaban en su interior espíritus de los animales salvajes de Rómenor.
Las murallas blancas se alzaron entonces cercando nuestra ciudad. Y fue también entonces cuando comenzaron a funcionar las primeras armerías, una labor que pronto dominamos, pues muchos de nosotros descendíamos de los Noldor.
Comenzó entonces una guerra que se alargó en el tiempo, pues las canteras de piedra blanca eran un preciado valor tanto para los Stinthâr como para nosotros. Y al mismo tiempo, desarrollamos nuestros rituales. Los Ritualistas. Esos somos nosotros. Los Nurualda. Pero la semilla de la división también se había sembrado en nosotros.
El Equilibrio guió al principio estos rituales. Ofrecidos a la Vida, pero también a la Muerte. Pues ambas eran parte del mismo ciclo de la vida, que reconocíamos por encima de todas las cosas. Pero también incluimos a los Olvar y a los Kelvar, quienes habitaban en nosotros por medio de nuestros Onnar. Y recordamos a nuestros caídos también con rituales, anhelando que sus almas siguieran vivas aún en la muerte, e invocando a los espíritus que partían dejando su cuerpo atrás.
Pero con los años el Equilibrio se perdió. Ni siquiera fue una cuestión de elección personal. Nuestros Onnar establecieron la diferencia. Y aquellos que celebraban la vida no entendieron la celebración de la muerte, y aquellos que celebramos la muerte perdimos interés en la celebración de la vida.
Pronto esta diferencia se convirtió en una selección natural que originó dos grupos divididos. Y los que alababan la vida se llamaron así mismos Aldalântar. Y los que alabábamos la muerte nos dimos el nombre de Nurulântar. Y entre ambos nos dimos muchos otros nombres, muchas veces despectivos. Pues deseábamos diferenciarnos, pero sobre todo, deseábamos imponer la hegemonía de nuestros rituales.
Y los años se sucedieron en el camino trazado en su destino. Los Aldalântar y los Nurulântar, elfos ritualistas viviendo en frágil equilibrio. Sabiduría y deseo de poder cohabitando en frágil armonía.
Con el tiempo, cada grupo se especializó. Los Aldalântar se centraron poco a poco en la vida sacerdotal, y sobre todo, ostentaban mayor poder en la Asamblea. Eligieron un líder, el Balta. Y con el tiempo sus decisiones se tornaron cada vez más restrictivas y radicales hacia nosotros.
Por el contrario los Nurulântar y nuestros rituales de muerte ocupamos el ejército, y nuestro modo de vida se centró en la guerra y el honor exclusivamente. Pero a pesar de que nosotros mismos lo habíamos elegido, sentimos que habíamos sido relegados por los Aldalântar. Y en parte teníamos razón. Pues sólo en la muerte veían sentido los Aldalântar a esos rituales que consideraban cada vez más una abominación, renegando de su sentido original.
Se creó un nuevo estatus para ambos grupos, pero no podía permanecer por mucho tiempo. Cuando los conflictos se acrecentaron, y la situación fue para nosotros insostenible, los Nurulântar tomamos por la fuerza el poder de la Asamblea. Y fue entonces cuando los Aldalântar quedaron marginados de la sociedad.
Surgió una alternancia de poder, de grupo a grupo, que duró varios años. Y junto a ella surgió también un rencor que nos fue distanciando aún más si cabe.
Finalmente la barbarie consumió nuestras vidas, y nos dominó, provocando una feroz guerra civil. Muchos perecieron, la sangre se vertió, y tuvimos que empezar de nuevo, olvidando o recordando, odiando o perdonando, esperando la venganza o deseando la reconstrucción. Sentimientos contrapuestos que configuraron los días y las noches que se habrían de suceder en nuestros nuevos caminos…
