Bastardos asesinos, ladrones, ¡ herejes a las tradiciones de Nensir! todos delincuentes de la peor calaña. ¡ volved a vuestras madrigeras, traidores a la sangre! ¡ ¡ sacad de nuestras tierras vuestra envenenada religión de nigromantes! ¡ solo soys una secta que acabara siendo ceniza esparcida al viento! ¡ volved al escondrijo de donde salísteis, al mar de donde salisteis, con el fin de que se cumplan las enseñanzas de Ulmo y os sepulten bajo el mar infinito!
Extracto del discurso que el anciano Escinel pronunció en el consejo de Nensir Airatari antes de ser asesinado.
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Hisnera se levantó de su lecho de hojas secas tras una noche de mal dormir, aún tenía muchas pegadas a su pelaje húmedo. Había sido una noche calurosa, más de lo que muchos de su prole recuerdan. Ni siquiera los árboles contenían el calor de los rayos, ni siquiera la tierra reservaba ya un mínimo rastro de frescor a esas horas. Aún no era mediodía y ya era imposible continuar durmiendo.
El olfato no recibía indicios de un desayuno y aprovechó para rascarse contra uno de aquellos troncos. El pelaje se desmembraba al contacto cuando, de pronto, percibió un sonido, un olor, un lamento cercano. No muy lejos, desdichada existencia, un elfo, tal vez un hombre, insensato en cualquier caso, se aferraba a las ramas de un olmo, esperando la oportunidad para escapar de aquel bosque que llamaban la jungla desolladora. un ingenuo que albergaba la posibilidad de escapar de las minas de Ramjakhîn internándose en aquel laberinto de árboles y peligros. ¿quien marca la linea entre la valentía y la estupidez?
Hisnera no tuvo que pensar más de dos veces en la interpretación de sus sentidos. Con la pesadez de los años a cuestas, se arrastró hasta que encontró un hueco entre las raíces del árbol. allí se acomodó con la cabeza directamente enfocada en su presa, clavando sus ojos de miel y sus pupilas sin fondo en el cuerpo de aquel esclavo que había escapado de las minas de Gwaren. A esta vieja loba solo le quedaba sentarse tranquilamente allí hasta que su presa terminase suicidandose en sus garras como había pasado otras veces, solo esperaba que la desesperación no tardase en volver loco a aquel desdichado, pues cada hora que pasase, perdía peso y ella sustento. Sólo quedaba esperar lo inevitable. Sus dientes se encargarían de reducir las esperanzas que ataban a aquel esclavo a su árbol, dando buena cuenta de los despojos que hubiese dejado la cabezonería de su presa.
