La Guerra de los Clanes

Vástagos De Eglamar

Escribiéndose...
Escrito el 08-08-2007 15:31 #1

Bastardos asesinos, ladrones, ¡ herejes a las tradiciones de Nensir! todos delincuentes de la peor calaña. ¡ volved a vuestras madrigeras, traidores a la sangre! ¡ ¡ sacad de nuestras tierras vuestra envenenada religión de nigromantes! ¡ solo soys una secta que acabara siendo ceniza esparcida al viento! ¡ volved al escondrijo de donde salísteis, al mar de donde salisteis, con el fin de que se cumplan las enseñanzas de Ulmo y os sepulten bajo el mar infinito!

Extracto del discurso que el anciano Escinel pronunció en el consejo de Nensir Airatari antes de ser asesinado.

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Hisnera se levantó de su lecho de hojas secas tras una noche de mal dormir, aún tenía muchas pegadas a su pelaje húmedo. Había sido una noche calurosa, más de lo que muchos de su prole recuerdan. Ni siquiera los árboles contenían el calor de los rayos, ni siquiera la tierra reservaba ya un mínimo rastro de frescor a esas horas. Aún no era mediodía y ya era imposible continuar durmiendo.

El olfato no recibía indicios de un desayuno y aprovechó para rascarse contra uno de aquellos troncos. El pelaje se desmembraba al contacto cuando, de pronto, percibió un sonido, un olor, un lamento cercano. No muy lejos, desdichada existencia, un elfo, tal vez un hombre, insensato en cualquier caso, se aferraba a las ramas de un olmo, esperando la oportunidad para escapar de aquel bosque que llamaban la jungla desolladora. un ingenuo que albergaba la posibilidad de escapar de las minas de Ramjakhîn internándose en aquel laberinto de árboles y peligros. ¿quien marca la linea entre la valentía y la estupidez?

Hisnera no tuvo que pensar más de dos veces en la interpretación de sus sentidos. Con la pesadez de los años a cuestas, se arrastró hasta que encontró un hueco entre las raíces del árbol. allí se acomodó con la cabeza directamente enfocada en su presa, clavando sus ojos de miel y sus pupilas sin fondo en el cuerpo de aquel esclavo que había escapado de las minas de Gwaren. A esta vieja loba solo le quedaba sentarse tranquilamente allí hasta que su presa terminase suicidandose en sus garras como había pasado otras veces, solo esperaba que la desesperación no tardase en volver loco a aquel desdichado, pues cada hora que pasase, perdía peso y ella sustento. Sólo quedaba esperar lo inevitable. Sus dientes se encargarían de reducir las esperanzas que ataban a aquel esclavo a su árbol, dando buena cuenta de los despojos que hubiese dejado la cabezonería de su presa.

Escrito el 08-08-2007 15:54 #2

Insensato, ¡ ven aquí o te rescindiré el compromiso de mayordomía con esta casa! dijo una voz aguda retumbando en mitad de aquellas carcasas de mármol negro ¡acércate anciano, si no quieres que tus miembros atrofiados vuelvan a picar metal en la mina!

Acicálate con el agua sagrada de tus ancestros,_dijo señalando una pila de piedra_¡ no es sagrado aquello en lo que no crees! Reconforta las heridas de tu psique y cuando hayas terminado de consolarte en las creencias de Nensir, acércate y toma esta tela. ¡ la llevaras contigo a través de la ciudad, como si fuese tu más preciado tesoro, como si fueran tus creencias ¡ tu vida se liga a esta empresa villano!. Te llevarán por mar y por el río con cautela, de incógnito. Los herejes te colaran en la capital, te proporcionaran identidad, ropas y un rango falso. ¡ finge o muere anciano!

Entrégalo en manos de la misma Branda de forma que tu servicio sea impecable, tus atenciones y gestos zalameros. ¡deshazte en elogios a su persona!, transmítele mensajes de paz, de riqueza y estabilidad. ¡ riega sus oídos con lo que quiere oír! Y como sello de amistad, regálale el contenido que envuelve esta rica tela. Un broche de oro y brillantes que lucirá en su próximo consejo.

Algún día _ dijo a las penumbras en voz infantil y cándida_ llegará el día en que me siente en tu preciado consejo y pueda ver de cerca como le sientan mis regalos a Branda. Tan lejos, pero sin embargo tan cerca. y Ramjakhîn se quedó pensativo, esperando la reacción de alguien más que estaba en la sala. Ya había hablado demasiado, ahora tenía que recoger respuestas, analizar, medir, sopesar...

Escrito el 08-08-2007 17:22 #3

El viento lanzaba fuego ardiente en aquel día de calor, el verano en aquellas latitudes estaba apretando más que de costumbre, algo inusual en la húmeda tierra de Galador.

– Asqueroso viento- susurró el elfo, al tiempo que escupía en el suelo de roca de la más alta torre de Tiraikâs.

El elfo se levantó entonces, y bajó por unas escaleras de piedra hasta una habitación situada en el último nivel de la torre. Una vez allí, se dirigió a una pila situada en el otro extremo de la zona de vigía. Se retiró el tapaojo que tenía en el ojo derecho y se arrojó agua a la cara.

En ese momento, una presencia se dibujó tras de él.

– Mayordomo Dorkas, tienes visita.

El otro se dio la vuelta de tal manera que el recién llegado pudo ver la horrenda cicatriz que Dorkas tenía en el ojo derecho, éste se percató de la mueca que su lacayo había hecho al ver su herida, estaba acostumbrado a ello. Se secó con una toalla y se puso el tapaojo.

- ¿De quién se trata? – dijo un poco molesto

–Mi señor, se trata del general Tathâral.

El elfo suspiró entonces, ¿Él? ¿Qué demonios querrá?

- Hazlo pasar – añadió Dorkas con desdén.

De repente, una carcajada sonó en la húmeda habitación.

– Veo que no te agrada mi presencia, mi estimado amigo – una voz burlona provenía de cerca de la apertura de entrada.

Un joven elfo de mirada desafiante estaba apoyado en el muro cercano a la puerta con los brazos cruzados, cuando ya fue evidente su presencia en aquel lugar, se incorporó y se dirigió hacia el lacayo de Dorkas.

– Muchas gracias por anunciar mi llegada, pero ahora necesito hablar con Dorkas a solas.

Al Mayordomo o Prócer de Tiraikâs, nombrado como tal por la mismísima Branda, balta de Nensir Airatâri, le resultaba incómoda la presencia de Tathâral. Suspiró entonces y señaló al recién llegado un asiento de piedra situado en una esquina de aquella habitación, la última cámara de la segunda torre de Tiraikâs.

-¿Algo extraño en nuestras fronteras? – preguntó Tathâral mientras miraba fijamente a los ojos a su interlocutor.

- Nada en especial – a Dorkas le ofuscaba las maneras de aquel elfo, siempre andándose con rodeos como si pareciera que tanteara el terreno. Si de alguien no hay que fiarse es de ti , pensó el prócer. – Y si sólo has venido a preguntarme eso, ya me estás haciendo perder el tiempo. Tengo muchas cosas que hacer.

Dorkas hizo ademán de levantarse pero el visitante no parecía tener intención de marcharse.

- Sí, vigilar y vigilar nuestras fronteras del oeste. Nunca se sabe si la paz con Eglamar se pueda ver rota, ¿no? – Tath miró entonces hacia la ventana más cercana, desde la que se podía las aguas del río Kelornî, brillantes y azuladas ante el sol del verano. – Aunque eso no creo que suceda por el momento, se corre el rumor de que Branda parece tener buena relación con Ramjakhîn.

Tath volvió a mirar fijamente al prócer, esperaba que aquellas palabras le turbaran, de todos era conocido que Dorkas había sido amante de la balta, y seguramente lo sería aún.

Dorkas sabía lo que pretendía pero hizo un esfuerzo por no mostrar turbación ante las palabras del General. Sin duda, trataba de sacarle algún tipo de información.

- Sobre el señor de Eglamar, sabrás tú más que yo. ¿O acaso no fuiste tú el artífice de la firma de la paz con sus piratas a pesar de tener a la mitad de la asamblea en contra? Diría que eres el único que sabe la localización de esa ciudad de corsarios.

- Hace tiempo que no hablo con el Gran Pirata, quizás debiera tener una reunión con él, no es bueno olvidar a los viejos amigos, ¿no crees? – viendo que Dorkas guardaba silencio y, después de esperar un tiempo prudencial, se levantó y se dirigió hacia la puerta – Por lo pronto, aumenta la vigilancia en Tiraikâs y ordena inspeccionar todo barco que pase por el Kelornî, salga o entre de Galador.

Y dicho esto, sin esperar respuesta de Dorkas, abandonó la estancia.

- Cretino, ¿quién eres para darme órdenes?

[Editado por aratir el 08-08-2007 19:11]

Escrito el 09-08-2007 17:02 #4

Etyulusse. El punto final.

El aroma a sal y mar empapan los sentidos al tiempo que la vista contempla la ancha tierra donde muere el Kelornî.

Salpicada por álamos que se balancean gracilmente al son de la brisa marina.

Aquello es Etyulusse

Muchas veces había reclamado Tathâral que se construyera un emplazamiento en el delta del querido río, pero la asamblea siempre había desestimado la idea.

Encerrados en las dulces aguas muchos no entienden que también hay un mundo en las saladas aguas

El barco había quedado anclado en la orilla sur del río, antes de adentrarse en el delta del curso fluvial. Tathâral había dejado a sus hombres al cuidado del barco pues él, sólo él, podía avanzar por la costa más al sur de Etyulusse.

Él, sólo él, tenía el permiso para encontrar la ciudad oculta, el escondite de los piratas. No era él único aldalântar que había visto esa ciudad, ya que un buen número de sacerdotes alda, tras la firma de la paz, habían ido a vivir a Eglamar como acto de buena voluntad y, de eso hacía ya casi veinte años, pero habían jurado igual que él que no le sería revelada a ningún nensir airatâri la ubicación exacta de la ciudad.

Protegida por montañas.

Había tenido que escalar un camino rocoso, ascendiendo por una penosa cordillera, con el calor azotando su cogote. El camino era casi invisible, pero él se había movido casi por instinto para encontrar el camino secreto. Ascendía y ascendía, siempre arriba para, luego, un par de millas después, bajar precipitadamente hacia el interior de un valle yermo, gastado, semiárido, pues las lluvias se quedaban al otro lado de las montañas y sólo una pequeña corriente se escapaba hacia el valle baldío en forma de catarata.

La torre Marengo, en Eglamar, hasta allí se había escabullido entre las sombras y protegido por ropas típicas del lugar que le hacían pasar por un simple habitante de la ciudad.

– ¡Ramjakhîn, viejo amigo!

Escrito el 10-08-2007 15:22 #5

Imposible!

Una bofetada restalló en la sala poniendo la carne de gallina en aquellos que guardaban las grandes puertas de bronce que daban acceso a la Sala Capitular de la torre Marengo.

Ramjhakin se lanzó a la terraza, dejando en el suelo a una mujer que lloraba humillada. Parecía una sacerdotisa esbelta, con un haba azul oscura cubriendo su cabeza. Tocaba su mejilla de rodillas hasta que consiguió recuperar la compostura. Entonces salió de la allí a grandes zancadas.

_Has sido un poco duro con ella _ dijo una voz débil proveniente de unas pesadas cortinas_No te queda otro remedio, debes ir a su encuentro o morirá de sed y agotamiento. Venir hasta aquí por los caminos secretos del desierto es algo que muy pocos consiguen...

_¿Y si le dejase morir allí? o si enviase a alguna de mis amazonas en busca de su muerte. No, necesito a ese guerrero arrogante de Tathâral para mis planes, puede que algún día sea de nuevo regente del lejano señorío de Nensir. Si se diese el caso, siempre puedo utilizar el vínculo de la sangre para conseguir lo que quiera.

Ramjhakin se acercó pesadamente a la terraza porticada de sus estancias. Allá abajo se veían los bosques, los fosos exhalando vapores de las minas, y la ciudad bulliciosa, con sus barcos en el borde de los muelles...y también vió las montañas a su espalda, la catarata rodeada de casas de sacerdotes Alda, esos impertinentes por lo menos mantenían su boca callada. Oteó las montañas sin encontrar señales de sus vigías, El Guerrero Tathâral aún no había sobrepasado la línea de peligro. Era mejor ir a buscarlo porque si encontraba el camino allí, tendría un recuerdo más vívido de la forma de llegar y eso le disgustaba porque sabía la fragilidad de guardar un secreto tan jugoso.

¡Ve! _ dijo el príncipe de los piratas hablando para las cortinas_ y avisa rápidamente para que le encuentren y le traigan a mis estancias sin que pueda ver ni oir. Utilizad el método que consideréis más fiable mientras me lo traigáis sano y salvo. En el caso de que muera en el intento, procurad que su carne sea preservada, puede servirnos para nuestros ritos a Namo.

[Editado por gorathion el 14-08-2007 13:36]

Escrito el 14-08-2007 10:43 #6

La Torre Marengo se franqueaba en el centro de la ciudad, en Eglamar, la ciudad gobernada por el excéntrico Ramjakhîn. Mucho se hablaba entre los pescadores y navegantes de Galador de la forma de comportarse de aquel señor. Pero aún los ánimos estaban más caldeados entre los sacerdotes, principalmente los Khalnar, pues rechazaban de lleno los rituales que procuraban en Eglamar, ya que desvirtuaban con ello la figura de Marphaj, el Dios de la Otra Vida. Los rumores que llegaban de los sacerdotes afincados en la ciudad secreta no eran más halagüeños, según decían pocos eran los eglamari que seguían las doctrinas de Nensir en aquella ciudad.

Pocas veces había estado Tathâral en aquella ciudad oculta, pero la vigilaba constantemente. La paz con dicha ciudad duraba ya quince años y, en ese tiempo, Galador había contando con unos años de relativa tranquilidad y eso era un hecho que no podían negar en Neitillot. Tathâral no dejaba de aprovechar la oportunidad en las asambleas de recordar que el mérito era sólo suyo, pues muchos se habían opuesto en aquel momento a que hubiera algún tipo de relación entre ambas ciudades. Pues la paz trae consigo siempre unas condiciones y el tener que hacer la vista gorda con los rituales extraños de la ciudad y el prestigio que conseguían con esa paz los guerreros entre el pueblo llano de Galador eran condiciones que algunos sacerdotes, entre ellos Branda, no habían visto del todo claro. Sólo tres votos habían desequilibrado la balanza a favor de la propuesta de tener tratos “amistosos” con Eglamar en aquella asamblea de hacía ya quince años. Sin embargo, los últimos rumores que circulaban por las calles de Neitillot le habían puesto sobre aviso al elfo.

¡Ramjakhîn, viejo amigo! ¿Qué te traes entre manos esta vez? pensó Tath mientras avanzaba entre la tierra yerma del lugar, con la vista de la torre al frente.

Tath había conseguido llegar desde el paso de las montañas y pudo ver la minúscula catarata de la ciudad oculta donde algunos sacerdotes alda hacían sus ritos a Nensir. Entre esos sacerdotes la llamaban “El hermano pequeño de Nensir”, una pequeña corriente de agua que se escapaba desde las altas cumbres. Las anteriores veces que Tath había ido a Eglamar había sido escoltado y sin poder ver ni oír pero esta vez había preferido “venir sin avisar”. A Ramjakhîn le daría una alegría sin duda la visita sorpresa. No obstante, el General sabía que en Eglamar si de algo no se carecía era de espías, así que posiblemente el Príncipe ya sabría de su llegada. Nunca te fíes de las armas que puedan tener tus enemigos . Amigos, enemigos. La relación que habían planteado desde el principio el General y el Príncipe poseía muchos matices dentro de una intricada y compleja red de necesidades y conveniencias.

– A ambos nos conviene estar del mismo bando , habían acordado en la primera visita secreta antes del anuncio público de la paz, más de quince años atrás.

Los “hombres” del Gran Pirata estarían en ese momento rastreando la zona en su búsqueda, aunque esperaba que sus ropas típicas de la zona le hicieran pasar desapercibido. Pasó el barrio de los sacerdotes alda y avanzó hacia el centro de la ciudad. Fue entonces cuando una voz lo distrajo.

- ¡Eh, tú!

Y, de pronto, Tathâral se vio rodeado por varios hombres.

[Editado por aratir el 14-08-2007 10:56]

Escrito el 14-08-2007 13:45 #7

El príncipe de los piratas temblaba como si fuese un junco, la ira reprimida le enervaba la comisura de los labios. ese elfo arrogante de Tathâral _acertaba a mascullar_se cree que tiene derecho a entrar y salir cuando se le viniese en gana ¡ maldita paz, voy a terminar con esta insidiosa gana por intentar controlar Eglamar. ¿Los sacerdotes murmurando en las cataratas y pasando información a sus vecinos?,esto se va a acabar. Parece que aun tienen tiempo para tramar complots, no es suficiente con su religión y los desorbitados impuestos con que les gravo...les saldrá aún más cara su religión.

_Ramjakhîn salió de sus estancias rodeado de algunos guardias. Dejó el mensaje de que llevasen a Tathâral al templo de Namo que estaba recién construido. No estaba dispuesto a recibirle en su casa, si no a despreciarle donde más le dolía, teniendo una corta audiencia en el templo de los herejes donde se daba culto a la reencarnación y al valor del retorno a la vida. Allí escucharía atentamente lo que tenía que decir, los motivos que habían empujado a aquel alto Elfo de Nensir hacia Eglamar. _

Escrito el 14-08-2007 17:44 #8

Señores, ¿hay algún problema? - preguntó Tathâral haciéndose el sorprendido al serle cortado el paso aunque supiera que los lazos que el Gran Pirata tenía en su tierra eran muy extensos. Siempre había imaginado al dictador de aquella ciudad delante de algún tipo de bola de visión.

- Los extranjeros no pueden andar por Eglamar libremente. Tenemos que llevaros a donde seréis recibido por las autoridades de este lugar.

Tathâral los miró y vio en sus ojos el miedo que infundía Ramjakhîn en sus hombres. Si a Tath le daba por oponer resistencia, por sólo el simple hecho de rehusar ser conducido por aquellos emisarios, éstos se tendrían que ver con la fiereza de su señor.

- Si esas son las órdenes de vuestro señor, ¿quién soy yo para oponerme? - dijo Tathâral.

Aquellos hombres se miraron aliviados de que el joven elfo no pusiera ningún inconveniente. Uno de ellos, más alto y delgado, con tez oscura y pelo enmarañado, se acercó hacia él y señaló la espada de empuñadura negra que le colgaba al cinto.

- Vuestra espada.- le dijo refiriéndose a que tenía que ir desarmado a la reunión con Ramjakhîn.

El general se encogió de hombros, resignado, y dirigió su mano hacia su derecha, lentamente. Le resultó divertida la tensión que se dibujó en los ojos de los hombres durante los segundos que Tath tardó en desenvainar su espada. No es que temieran que él les pudiera atacar, pues eran cuatro y él solo uno. Era más el temor de cómo podría responder el Gran Pirata ante cualquier imprevisto con el elfo. No dudaba Tathâral de que Ramjakhîn había hecho mucho hincapié en la visita de él. Como precaución, los cuatro hombres alzaron sus largas espadas en ademán de advertencia.

Como te pases un pelo…

Tath alzó también su espada, de empuñadura negra y con un reflejo…extraño… Kalgorô la hacía llamar, “agonía brillante”, de acero con hoja afilada con un segundo falso filo y runas okkân a lo largo de la hoja; empuñadura negra de ébano con símbolos laberínticos y trazos Okkân… El elfo, con un movimiento rápido, le acercó la espada al hombre más cercano apuntándole imitando el movimiento de ataque pero se detuvo justo a la altura del corazón cuando el hombre le paró con su espada.

Tath se rió.

- Sólo te quería pasar mi arma…pero eso sí, cuídala con especial trato…le tengo mucho cariño – dijo mientras otro hombre le quitaba rápidamente la espada al elfo. El que le había detenido el golpe envainó entonces su arma y se puso a registrar al elfo, encontrando en unos bolsillos laterales otro arma curiosa…Una especie de palo de madera…curvo.

-¿Esto? – preguntó incrédulo.

- Un kunûn . ¿Nunca habías visto uno? – el hombre negó con la cabeza. - Cuidad esta arma igualmente, le tengo el mismo apego.

El hombre miraba extrañado el objeto mientras lo arrojaba a un saco, junto a la espada.

- No es eso lo que yo llamo un buen trato - se refirió Tath a la forma despectiva que usó el hombre para depositar sus armas en el saco. Pero hizo caso omiso del comentario.

Otro de aquellos hombres le vendaron, acto y seguido, los ojos al extranjero para conducirlo hasta el lugar de encuentro a través de las numerosas calles empedradas de Eglamar.

(…)

Cuando le destaparon los ojos se hallaba en una sala grande, de suelo pavimentado y techo abovedado.

[Editado por aratir el 16-08-2007 11:16]

Escrito el 16-08-2007 10:00 #9

Ramjakhîn saboreaba una copa de hidromiel mientras miraba inquisitivamente los acabados del edificio. Estaba satisfecho con las calidades que se habían aportado, concretamente le llamaba la atención el pulimento de la tabla de sacrificios; piedra roja de la mejor calidad.

Una corriente de aire tenue le sacó de sus pensamientos, se colaba por los recovecos de las ventanas por todas las estancias diáfanas que ya tenían una pequeña pátina de arena. Las columnas apenas eran un adorno, ya que prácticamente todo el peso de la cúpula recaía en los gruesos muros y contrafuertes. Aquel pequeño templo sería la cuna de la Yihad, el nido de la herejía como decían los odiosos sacerdotes aldalantar.

El príncipe tomó un gran cojín carmesí y se sentó de cuclillas con los ojos cerrados, pensando, tanteando el ambiente que predecía la llegada de Tathâral. Su presencia le incomodaba tanto que tenía que echar mano de todos sus recursos de autocontrol pues no quería cometer una locura. En silencio buscó dentro de su memoria recuerdos de aquel invitado inesperado que le ayudasen en la audiencia. Aquel cuerpo infantil se había topado muchas ocasiones con él en el pasado, si..muchas, de hecho podía percibir algo parecido al cariño, la causa de que Tathâral siguiese viviendo

Afinidades inexplicables

Y no tardó en llegar, entró con la luz de mediodía a sus espaldas de forma que no se veía su rostro. Dos soldados se adelantaron y posaron un saco tras de mi. El tintineo del acero me reveló una espada, pero, ese otro ruido ¿madera? ¿qué armas traería de ese material? Y automáticamente una parte de su conciencia rastreo en sus memorias, en busca de una explicación coherente hacia aquel dato.

Y bien Tathâral....? que te trae por aquí? _ /I] una voz dulce mientras recorría su presencia con ojos de bruma [/I] _ no eres bienvenido y lo sabes, repudio los asuntos de Nensir, me aburre la religión Aldalantar, bastante tengo con aguantar a esos repugnantes sacerdotes de la catarata que viven a remojo de la catarata, esperando que se les filtre en la piel la sabiduría de sus supuestos dioses.

Escrito el 16-08-2007 10:49 #10

El visitante sonrió con una mueca de ironía, aquel elfo gruñón nunca iba a cambiar, pero sabía que en el fondo le convenía aquel tratado entre ambas ciudades, Neitillot y Eglamar, sino como de otra manera iba a obtener todos esos beneficios económicos que había tenido en esos quince años.

- A ti te aburre nuestra religión, y a nosotros nos aburre la tuya, más bien nos desagrada. Pero es un sacrificio que tenemos que hacer por el bien de nuestra economía y nuestra estabilidad. Hemos aprendido del pasado.

El general guardó silencio mientras comprobaba la reacción de Ramjakhîn. Entonces se encontró frente a frente con unos ojos negros, aquellos que siempre le producían pena. Leyó en ellos, pero sólo halló a alguien furioso y ofuscado con su presencia, un rostro infantil con expresión adulta.

Una enfermedad

Tathâral siempre disimulaba que trataba con un extraño, olvidando los vínculos de sangre. ¿Qué otra cosa le quedaba? Aquel elfo que ahora dirigía aquella ciudad de corsarios había perdido todos los recuerdos y todo atisbo de una identidad que alguna vez tuvo. Pero, a pesar de su fría postura y el trato indiferente, en su interior no se acostumbraba a ver a Ramjakhîn como un enemigo con el que negociar. Externamente, en cambio, lo trataba como lo que era, un niño consentido y caprichoso.

- A veces dudo, general. Y bien no me vas a contar cual es el motivo de tu visita.

Tathâral suspiró mientras miraba alrededor oteando el templo, decorado con pequeñas columnas e iluminado por un refulgir rojizo, proveniente sobre todo del altar y una tabla que el elfo dedujo que era de sacrificios.

-¿Por qué nos hemos reunido en este templo? ¿Tratas de impresionarme?