De una de las casas salió una muchacha con una canasta en las manos. No tendría más de 17 años aunque su cabello era de color plateado, una rareza entre los habitantes del reino que cada vez se hacía más común. A penas hubo puesto un pie afuera comenzó a correr abriéndose paso entre la multitud. Y de igual manera lo hacía una figura vestida de negro, que la seguía como si fuera su sombra.
Corrió sin detenerse. Poco a poco las personas iban desapareciendo al igual que las casas, sólo el sendero que conducía fuera de la ciudad continuaba inmutable. El silencio apenas se rompía por los murmullos que venían de atrás, ya estaba cerca. De pronto la vio: La Puerta Norte, y con ella también crecía la gran muralla blanca que rodeaba a toda la ciudad. Sonrió para sí.
No habría avanzado más de veinte metros cuando un grupo de soldados salió a su encuentro. Se detuvo, también lo hizo su sombra.
- No podéis salir señorita –dijo uno con voz ronca-. Lo sabéis bien.
- Y no he venido para dejar la ciudad –repuso ella-. Sólo busco a Turcendir para darle esto –añadió alzando la canasta para que el hombre la viera. Él la miró con ojos sospechosos, pero no tuvo tiempo para decir nada.
- ¿Nimloth? –dijo otro soldado que bajaba desde lo alto de los muros. No aparentaba ser mucho mayor que la muchacha.
Los otros hicieron una reverencia al recién llegado.
- Señor, ¿la conocéis? –preguntó el de la voz ronca.
- Sí, es una amiga –dijo-. Regresen a sus puestos. Yo me encargo de ella.
Tan pronto como los soldados se alejaron Nimloth le dio un golpe en la nuca a su amigo.
- ¡¿Cómo que “yo me encargo de ella”?! –le reprochó.
- ¡Au! ¡En primer lugar, tú eres la que no debería estar aquí! –repuso él.
- Pues ten –le entregó la canasta-. Una vez al año que la comida es realmente buena y te la ibas a perder. Y ya me voy.
- Gracias... La próxima no te molestes, podrías meterte en problemas.
- ¡Ah! –suspiró Nimloth cansinamente- Si no la quieres dámela.
- No, es eso -se apresuró a responder-. Es que mis órdenes son eliminar a cualquiera que intente cruzar las puertas sin llevar el Medallón... ya sea que venga de afuera o de adentro –dijo sombriamente.
Turcendir se quedó callado de pronto.
- Ya va llegando la hora de que las puertas estén abiertas siempre y el ejército vigile las fronteras del reino –respondió la muchacha-. Es verdad lo que dice ese grupo de rebeldes: las leyes del pasado ya no sirven para el presente.
- ¿Qué es lo que estás pensando hacer? –repuso él. Lo que decían los rebeldes le recordaba mucho a lo que le había dicho una vez su hermano: “Esas puertas no están abiertas porque de lo contrario el viento suspiraría al vernos”. Si bien no había entendido muy bien lo que había querido decir era lo que se le venía a la mente. Además su hermano nunca se había opuesto al rey ni a las antiguas leyes...
- Nada... -respondió ella un tanto distante- Debo irme. Adiós.
Nimloth se puso a correr en dirección contraria a la puerta.
- Siempre corriendo... – murmuró Turcendil volviendo a su puesto. No vio como la sombra seguía a su amiga y tampoco hubiera adivinado lo importante que había sido su conversación.
***
Lejos de las murallas, en el centro de la ciudad se alzaba el Palacio de Plata. A pesar de que también era blanco, resaltaba sobre las demás casa por su tamaño y por sus enormes balcones de plata. La torre más alta tenía uno muy llamativo con la forma de un águila con las alas abiertas. En aquel momento todas las miradas se dirigían hacia él como esperando algo.
Turmor se miró una vez más en el espejo. Un hombre de cabello negro, ojos grises con gruesas cejas encima de ellos y un rostro bastante cuadrado le devolvió la mirada. Su expresión era tan indescifrable como siempre, ni sus fríos ojos daban un indicio de lo que pudiera pasar por su cabeza.
- Su Majestad –dijo una voz a su derecha-, ya es hora.
El rey retiró la mirada del espejo para ver el rostro lleno de cicatrices del viejo elfo. No dijo nada. Solamente se colocó la corona dorada sobre la cabeza y salió de la habitación. Un grupo de guardias lo siguieron inmediatamente.
Sin embargo el elfo se quedó mirando la puerta un momento. Recordaba el día en que se habían dictado las leyes proclamándolo a él como protector de las mismas en calidad de consejero; “Un consejero inmortal para un rey mortal”. Turmor y sus antecesores habían recordado mantenerse firmes gracias al elfo pues él era la prueba viviente de lo sufrido en Angband.
El viento sacudió las cortinas de la habitación.
- Deberías estar vigilando a la muchacha –dijo el elfo aparentemente solo.
- Está en su casa, sana y salva –respondió una voz femenina-. Daedraug está ahí.
De las sombras apareció una elfa vestida de negro. Ocultos bajo una capa negra llevaba un arco, un carjac y una espada. En contraste, su cabellera pelirroja centelleaba en la luz tenue, al igual que sus ojos de un inusual rojo.
Orostalion se volvió apoyándose en su bastón blanco.
- ¿Y bien?
- ¿Quién lo hubiera creído? La prima del rey involucrada en la rebelión...
- No hables tan alto –interrumpió el elfo.
De pronto se oyó un aullido. Áreglîniel susurró “¡Daedraug!” y desapareció.