La Guerra de los Clanes

Rey Y Rebelión

Escribiéndose...
Escrito el 10-08-2007 03:56 #1

“Mil y más años han pasado desde que Thangorodrim fuera derribada por su propio peso y la luz de los Valar se filtrara por los oscuros calabozos de Angband. Sin embargo su luz ya no fue suficiente para estos ojos, vino tardía cuando la esperanza se había tornado molesta; por eso nos alejamos de ella en búsqueda de otra nueva y más intensa.

Romenor se convirtió en nuestro nuevo hogar y nosotros nos convertimos en los antagonistas de la oscuridad y de todos los seres que tuvieran algo que ver con ella. Desde el principio no se admitió ni la más mínima mancha, nada quebrantará la luz que creamos. Pues es aquella la que nos hace iguales a todos, no hay pobreza ni riqueza, es el reino de la justicia y nadie nos lo arrebatará.”

Las calles estaban abarrotadas de gente, más que el día anterior a la feria, lo cual confirmaba su éxito. Se celebraban todo tipo de actividades: bailes, juegos, competencias, espectáculos, y muchos más. Los trozos de canciones chocaban en todos lados, algunas veces hasta se completaban entre sí; iban acompañadas de cuerdas y tambores, risas y voces multicolores. En todo rincón había una razón para alegrarse, incluso la comida era más abundante de lo habitual. Sin embargo, los niños eran los más contentos porque en ninguna otra ocasión del año había tanto en que entretenerse.

La mañana, la tarde y la noche eran puramente para celebrar, aunque siempre parecían tan cortas...

Las casas impecablemente blancas se tiñeron de colores cuando la noche se convierte en día en estallidos rojos, naranjas, verdes y violetas. Afuera la gente miraba el cielo chispiante mientras silbaban los fuegos artificiales en el aire. Todavía habían muchos que esperaban afuera de sus hogares el momento del brindis, un evento muy especial que daba cierre a los festejos.

Escrito el 10-08-2007 18:20 #2

De una de las casas salió una muchacha con una canasta en las manos. No tendría más de 17 años aunque su cabello era de color plateado, una rareza entre los habitantes del reino que cada vez se hacía más común. A penas hubo puesto un pie afuera comenzó a correr abriéndose paso entre la multitud. Y de igual manera lo hacía una figura vestida de negro, que la seguía como si fuera su sombra.

Corrió sin detenerse. Poco a poco las personas iban desapareciendo al igual que las casas, sólo el sendero que conducía fuera de la ciudad continuaba inmutable. El silencio apenas se rompía por los murmullos que venían de atrás, ya estaba cerca. De pronto la vio: La Puerta Norte, y con ella también crecía la gran muralla blanca que rodeaba a toda la ciudad. Sonrió para sí.

No habría avanzado más de veinte metros cuando un grupo de soldados salió a su encuentro. Se detuvo, también lo hizo su sombra.

- No podéis salir señorita –dijo uno con voz ronca-. Lo sabéis bien.

- Y no he venido para dejar la ciudad –repuso ella-. Sólo busco a Turcendir para darle esto –añadió alzando la canasta para que el hombre la viera. Él la miró con ojos sospechosos, pero no tuvo tiempo para decir nada.

- ¿Nimloth? –dijo otro soldado que bajaba desde lo alto de los muros. No aparentaba ser mucho mayor que la muchacha.

Los otros hicieron una reverencia al recién llegado.

- Señor, ¿la conocéis? –preguntó el de la voz ronca.

- Sí, es una amiga –dijo-. Regresen a sus puestos. Yo me encargo de ella.

Tan pronto como los soldados se alejaron Nimloth le dio un golpe en la nuca a su amigo.

- ¡¿Cómo que “yo me encargo de ella”?! –le reprochó.

- ¡Au! ¡En primer lugar, tú eres la que no debería estar aquí! –repuso él.

- Pues ten –le entregó la canasta-. Una vez al año que la comida es realmente buena y te la ibas a perder. Y ya me voy.

- Gracias... La próxima no te molestes, podrías meterte en problemas.

- ¡Ah! –suspiró Nimloth cansinamente- Si no la quieres dámela.

- No, es eso -se apresuró a responder-. Es que mis órdenes son eliminar a cualquiera que intente cruzar las puertas sin llevar el Medallón... ya sea que venga de afuera o de adentro –dijo sombriamente.

Turcendir se quedó callado de pronto.

- Ya va llegando la hora de que las puertas estén abiertas siempre y el ejército vigile las fronteras del reino –respondió la muchacha-. Es verdad lo que dice ese grupo de rebeldes: las leyes del pasado ya no sirven para el presente.

- ¿Qué es lo que estás pensando hacer? –repuso él. Lo que decían los rebeldes le recordaba mucho a lo que le había dicho una vez su hermano: “Esas puertas no están abiertas porque de lo contrario el viento suspiraría al vernos”. Si bien no había entendido muy bien lo que había querido decir era lo que se le venía a la mente. Además su hermano nunca se había opuesto al rey ni a las antiguas leyes...

- Nada... -respondió ella un tanto distante- Debo irme. Adiós.

Nimloth se puso a correr en dirección contraria a la puerta.

- Siempre corriendo... – murmuró Turcendil volviendo a su puesto. No vio como la sombra seguía a su amiga y tampoco hubiera adivinado lo importante que había sido su conversación.

***

Lejos de las murallas, en el centro de la ciudad se alzaba el Palacio de Plata. A pesar de que también era blanco, resaltaba sobre las demás casa por su tamaño y por sus enormes balcones de plata. La torre más alta tenía uno muy llamativo con la forma de un águila con las alas abiertas. En aquel momento todas las miradas se dirigían hacia él como esperando algo.

Turmor se miró una vez más en el espejo. Un hombre de cabello negro, ojos grises con gruesas cejas encima de ellos y un rostro bastante cuadrado le devolvió la mirada. Su expresión era tan indescifrable como siempre, ni sus fríos ojos daban un indicio de lo que pudiera pasar por su cabeza.

- Su Majestad –dijo una voz a su derecha-, ya es hora.

El rey retiró la mirada del espejo para ver el rostro lleno de cicatrices del viejo elfo. No dijo nada. Solamente se colocó la corona dorada sobre la cabeza y salió de la habitación. Un grupo de guardias lo siguieron inmediatamente.

Sin embargo el elfo se quedó mirando la puerta un momento. Recordaba el día en que se habían dictado las leyes proclamándolo a él como protector de las mismas en calidad de consejero; “Un consejero inmortal para un rey mortal”. Turmor y sus antecesores habían recordado mantenerse firmes gracias al elfo pues él era la prueba viviente de lo sufrido en Angband.

El viento sacudió las cortinas de la habitación.

- Deberías estar vigilando a la muchacha –dijo el elfo aparentemente solo.

- Está en su casa, sana y salva –respondió una voz femenina-. Daedraug está ahí.

De las sombras apareció una elfa vestida de negro. Ocultos bajo una capa negra llevaba un arco, un carjac y una espada. En contraste, su cabellera pelirroja centelleaba en la luz tenue, al igual que sus ojos de un inusual rojo.

Orostalion se volvió apoyándose en su bastón blanco.

- ¿Y bien?

- ¿Quién lo hubiera creído? La prima del rey involucrada en la rebelión...

- No hables tan alto –interrumpió el elfo.

De pronto se oyó un aullido. Áreglîniel susurró “¡Daedraug!” y desapareció.

Escrito el 10-08-2007 19:55 #3

Desde el balcón en forma de águila, Turmor observó atentamente a la multitud que sólo lo distinguía por la corona dorada. Los fuegos artificiales se detuvieron al igual que las canciones y los bailes. Lo esperaban a él, así sucedía todos los años. En sus discursos les recordaba que eran un pueblo iluminado. Aunque siempre empezaba con un “Queridos conciudadanos, un año más ha pasado...” y terminaba con un “¡Salud! ¡Por la eterna Justicia!” Y entonces la gente regresaba satisfecha a sus casas.

Esta vez creía sumamente necesario mencionar la cobardía de la rebelión, era necesario que su gente supiera reconocer cual era el camino correcto. No podía permitir que aquel paraíso se perdiera.

Comenzó a hablar.

Muy cerca del palacio lo escuchaban atentamente dos figuras encapuchadas. Hace pocos minutos habían aparecido de la nada, casi como si hubiesen salido del suelo. Pero muy pocos habían reparado en su presencia pues se ocultaban en las sombras.

“...afirman ser valientes por pensar diferente, no obstante son tan cobardes que no se atreven a mostrar sus rostros porque saben que todo lo que dicen es falso” decía la voz de bronce de Turmor.

- ¿Por qué nos menciona ahora? –susurró uno de los encapuchados- Después de veinte años que se fundó la rebelión y diez que ya estamos operando...

- Silencio –repuso el otro-. No debemos llamar la atención.

El primero se calló y continuaron escuchando.

“...son simplemente traidores que tratan de disturbar nuestra paz. ¿Qué les prometió el enemigo para que abandonen a su gente?”

- ¡¿Traidores?! –exclamó de nuevo el encapuchado.

- ¡Calla! No vinimos a ser capturados –dijo el otro tratando de calmar a su compañero.

Ambos se quedaron en silencio.

“¿Por qué no muestran la cara ahora que han sido acusados? Porque es verdad solamente.”

- ¡Maldito bastar...! –dijo el primer encapuchado dando un paso hacía adelante.

El otro lo asió del brazo y le colocó una daga en el cuello, - Si somos cobardes al menos no podemos ser insensatos –le dijo y lo soltó.

- Bah, como quieras.

- ¿Por qué me habrán mandado un fosforito para esta misión?

“¡Salud! ¡Por la eterna Justicia!” terminó el rey y la multitud lo repitió a coro.

Escrito el 10-08-2007 20:45 #4

Nurtaur observó con pena como el rey Turmor volvía a entrar en el palacio, mientras el eco de sus palabras era repetido incesantemente por la multitud.

-Vamonos -dijo Nurtaur-. Tenemos que completar la misión.

Su compañero, que también iba encapuchado, asintió, aunque estaba claro que sentía ganas de asesinar a Turmor allí mismo.

Se deslizaron entre la multitud mientras todos los demás ciudadanos se dedicaban a sus festejos. Pronto llegaron a una casa que no tenía nada de particular, escepto una diminuta runa en la parte de inferior de la manivela, imposible de encontrar a menos que la buscases a proposito. Entraron.

La casa estaba desierta. El dueño, con toda seguridad, estaba divirtiendose en la calle. Nurtaur siguió al otro hombre, que bajó al sotano. Una vez allí, abrió la puerta a las catacumbas.

Paradojicamente, aquella noche aquel lugar tan abarrotado de antros de la diversión y casas de contrabando estaba practicamente desierto. En los tuneles solian verse grupos de gente que hablaba alegremente de sus compras y ventas, o simplemente comentaba sus asuntos, como si se tratase de la calle del mercado. Pero nadie haría aquello esa noche.

Aquello les convenía, no tenían noticias de varios miembros desde hacía horas y tendrían que salir a buscarlos aquella noche. Nurtaur abrió un porton de madera y penetraron en una habitación llena de encapuchados. Todos enmudecieron al verles llegar. Sin esperar más, Nurtaur comenzó a repetir el discurso de Turmor, palabra por palabra.

Escrito el 15-08-2007 00:28 #5

Áregliîniel se apresuró de regreso a la casa de Nimloth, en donde un perro blanco la esperaba. El animal estaba sentado, muy quieto, desde lejos hubiera parecido una estatua; no era muy grande y tenía una mancha café en la cara y una negra en el lomo. La elfa se acercó, todavía había mucha gente festejando en las calles, pero nadie reparó en ninguno de los dos.

- ¿La chica sigue adentro? –preguntó Áreglîniel en el idioma de los caninos.

- Sí –gruñó el perro-, pero alguien vino. Olía a miedo. Tocó la puerta y dejó un sobre.

- ¿Un sobre? –repitió sorprendida- Están perdiendo prudencia... Era para ella ¿no es así, Daedraug?

El animal gruñó afirmativamente.

Escrito el 16-08-2007 18:13 #6

La muchacha sostenía el sobre mirándolo ansiosamente. Ni su madre ni su padre lo aprobarían, no lo entendían y tampoco lo harían en el futuro. Era por eso mismo que nunca se los había dicho, nunca había dejado que su rostro mostrara las inquietudes que no la dejaban dormir.

Las paredes de su habitación estaban cubiertas de cuadros. Algunos representaban el calor de la batalla, o amplios espacios de praderas sin horizonte, o cubres nunca antes pisadas. Las imágenes enmarcadas sugerían muchas cosas, pero todos coincidían en una idea, una deslumbrante idea: Libertad.

Abrió el sobre y leyó la carta que había en su interior:

Amada mía,

Desde que nos vimos no he parado de pensar en ti, me has cautivado como las flores blancas que crecen en frente a los altos muros de nuestra querida ciudad. Parece como si lo hubieran dictado los hados.

Quisiera volverte a ver para que ya no estés sola nunca más. Sé que tus padres no quisieran esto, pero nuestro amor puede vencerlo todo y el riesgo lo valdrá. Al final seremos muy felices.

Espero que ningún otro pretendiente trate de arrebatarte de mí, porque debes tener varios con esa belleza tan propia de ti. Te espero hoy a la misma hora, en el mismo lugar.

Todo tuyo,

Nurándil

Nimloth se emocionó notablemente y también se preocupó... ¿Sería esa la carta que estaba esperando desde hace días? ¿Sería verdad? Sólo tenía una forma de averiguarlo.

- ¡Nimloth! ¡Baja un momento! –gritó la voz de su madre desde el piso de abajo.

No había tiempo para pensarlo. La muchacha introdujo rápidamente la carta en el sobre y se lo metió en el bolsillo. Ya tenía la mano sobre la perilla de la puerta cuando dio media vuelta: el sobre estaría más seguro en su habitación.

- ¡Nimloth!

- Ya bajo –dijo ella.

Escondió el mensaje en el cajón de su velador y salió de la habitación apresuradamente. No llegó a ver que la ventana se abría por si sola, ni que un perro blanco entraba por ella.

Daedraug olisqueó el suelo, el rastro estaba fresco aún.

- ¿Dónde está? –susurró una voz proveniente de la ventana.

El perro se acercó a la puerta, después volvió hacia el velador y se detuvo. Áreglîniel saltó del marco de la ventana, abrió el cajón cuidadosamente y vio el sobre. Tanto tiempo buscando una pista sobre La Rebelión, tantos callejones sin salida, tantas pistas frías, hasta que por fin, allí estaba: una prueba sólida.

La Rebelión había demostrado ser su enemigo más tenaz, tanto como la Orden de Templarios. Para Áreglîniel no había un lado correcto, ninguno de los dos tenía razón porque sin el uno no hubiera existido el otro, y sin su contraria atracción no habría reto para la elfa.

Daedraug gruñó para apurar a su dueña, quien se había quedado saboreando el momento. Áreglîniel volvió a la realidad de golpe, no tenía mucho tiempo para soñar despierta. Tomó el sobre, lo abrió con cuidado y comenzó a leer.

Para cuando Nimloth volvió a su habitación no encontró el menor rastro de que alguien hubiera entrado. Sus parientes y su afán de hacerla bailar en la calle le habían hecho perder tiempo precioso, pero al final se había librado de ellos diciendo que estaba cansada y quería dormir.

Áreglîniel vio a la muchacha recorrer su habitación desde la ventana. No podía creer que la había estado persiguiendo con tanta dedicación por nada. “¿Una carta de amor?” pensaba en silencio “¿Eso es todo lo que esconde?” Y había cometido la imprudencia de comentárselo a Orostalion...

Nimloth se preparaba para salir a escondidas. “Saldrá por la puerta de atrás” pensó la elfa, llevaba más de dos meses vigilándola, ya conocía sus mañas. Al principio su intención había sido protegerla, ese era su trabajo después de todo. Pero, la chica había dejado claro en su forma de actuar que haría lo que sea por apoyar a La Rebelión. Y aparentemente había logrado hacer contacto; Áreglîniel no la había visto, esa noche había dejado a Daedraug de centinela. La ventaja era que el animal reconocería al hombre antes que ella pudiera verlo.

La muchacha se cubrió el rostro bajo una capucha café oscura y salió de la habitación. Poco después se la vio salir de la casa por la puerta trasera. Áreglîniel suspiró, resignada, aún debía protegerla... pero ese nombre “Nurándil” seguía sonándole raro...

Escrito el 17-08-2007 00:08 #7

La tarde comenzaba a caer, la capucha de la capa le tapaba el rostro y le cubría el cuerpo entero, pero sólo dejaba ver en el pecho de la camisa un extraño símbolo, un símbolo que pocos reconocerían, un símbolo que se asemejaba fácilmente a una figura de león…

Dio otros pasos entre la multitud que a esas horas circundada por los alrededores de la taberna movidos por los jolgorios de la fiesta, estaba atento a los movimientos de ellos y buscaba con ojos a aquella joven… Le tomó mucha simpatía al oír de ella, le recordó cuando él mismo buscaba información y recorría las tabernas en su búsqueda. Al fin estaba entre sus filas, era lo que había esperado y ahora su misión era hacer contacto con ella…

La hora se acercaba, y la espera tendría por fin recompensa, se acerco a la entrada del callejón que da frente a una taberna, la gente comenzaba a repletar la barra, pero sería mejor así, si estuvieran solos mas sospechas despertarían, sólo tenían que hablar con precaución y disimulo…

De pronto de entre la gente una muchacha se acercó a él desde la calle, ocultaba la cara sobe una capucha, e iba decidida, había observado mucho y había claramente reconocido las señas… La chica primeramente se coloco frente a el y observó una vez mas la extraña figura que se veía en el pecho del hombre, como para asegurase una ves mas.

-Nurándil?- Preguntó con vos baja y calmada levantando la cabeza y viendo a los ojos al hombre

-El mismo- dijo el hombre, haciéndole una seña para que se pusiera junto a él apoyada frente al muro- Y se alegró de verla. Al fin el contacto estaba ya hecho… su primera misión estaba en parte ya cumplida…

Escrito el 18-08-2007 13:44 #8

Evendim avanzó por la calle mirando a su alrededor, había gente de aqui para allá, las calles estaban revolucionadas y la fiesta era evidente en los rostros de todos.

-¡que noche!- dijo susurrandoselo a si misma.

¿que haría ahora? ... no conocía a nadie... era hora de empezar a presentarse.

Escrito el 22-08-2007 07:44 #9

Unos pasos lentos y silenciosos que se pierden en los pesados y ruidosos pasos de los hombres que se mezclan en la calle ... el ruido de las personas, los carros ... aun asi Targalad sigue consentrado en sus propios pensamientos lo que tenia que hacer habia regresado a la cuidad luego de largos años y le parecia que las cosas no iban muy bien ... comenzando con el ruido de los hombres ...

Escrito el 24-08-2007 04:04 #10

Áreglîniel había seguido a Nimloth hasta el callejón donde se había encontrado con Nurándil, se había sentado en el tejado de la casa de en frente. Los miró pensando que aquel hombre era solamente romántico para el papel o que quizá la carta estaría escrita en código... Aunque según Daedraug no era el mismo con el que se había encontrado antes... “Quizá sólo es tímido en persona” se dijo.

Mucha gente “inusual” paseaba por las calles aprovechando el ajetreo para pasar desapercibidos, podría ser que La Rebelión tampoco podía dejar pasar tal oportunidad. Sin embargo, si era un escrito en clave, no le habían dicho mucho... Hora, lugar y el nombre de un informante. Llamaría demasiado la atención preguntar a cada persona que pasaba su nombre, y había sido ella quien se había acercado a él. “No, deben ser imaginaciones mías” pensó la elfa.

De pronto escuchó un ladrido en la calle, la pareja había entrado a una posada mientras Áreglîniel había estado distraída. Para cuando la elfa bajó y entró al local, ya no estaban.