- ¡Maldita sea Tenneru! ¡Te digo que no puede ser! - Elesinyê golpeó con fuerza la mesa. Su amiga se encontraba sentada frente a ella con una sonrisa en el rostro.
- No me imaginaba que te lo tomarías tan a la tremenda... - Tenneru arqueó una ceja, con gesto divertido.
- ¡Que no...! ¡Maldición! ¡Mi padre no puede haber hecho eso! Por Thyr, Tenneru, ¿tú sabes lo que eso significa? - continuó protestando Elesinyê.
- Ambos habéis obtenido las más altas calificaciones en el Narwanolmê ¿qué esperabas? Tu padre sólo busca encauzarlo en el mejor camino hacia el Narwa...
- Si, si, si... lo que tu digas - la interrumpió Elesinyê - Pero eso también me condena a seguir soportando su presencia en la Compañía del León.
- Pero tú formarás parte de los Rokkerni, Ele. Y la Compañía es lo suficientemente grande como para que no tengáis que coincidir demasiado. Serkendil en cambio formará parte de los Artamahtar en un principio.
- Eso no me consuela. Confiaba en perderlo de vista después del Narwanolme.
- Algún día tendrás que contarme de donde viene esa competitividad y esa aversión... Al principio hasta parecía que te caía bien.
- Eso fue al principio, tú misma lo has dicho. Antes de que se empeñara en menospreciarme y hacerme la vida imposible...
- Tú tampoco te has quedado atrás en eso - rió Tenneru.
Elesinyê sonrió. Se levantó y se acercó hasta un enorme espejo enmarcado de plata. Acomodó unos pliegues del vestido verde de gasa, y después se volvió hacia su amiga.
- Cierto, pero no fuí yo quien empezó. ¿Nos vamos?
Tenneru asintió, y se incorporó.
- ¿No esperamos a tu hermana? - preguntó mientras abandonaban la habitación de Elesinyê.
- No se donde se mete últimamente, y estando Narqueliê en casa, dudo mucho que vuelva antes de la noche.
Bajaron las escaleras rápidamente, y pasaron apresuradamente ante el salón. Elesinyê sobre todo, que no quería toparse con su madre. Cuando abrió la puerta, se sobresaltó al ver a un elfo de cabellos negros y brillantes ojos negros.
- ¡Menuda sorpresa! - exclamó el elfo, mientras la miraba de arriba a abajo sin disimulo.
- Engrel... - Elesinyê frunció el ceño, pero alzó la barbilla mirándolo desafiante con sus ojos dorados.
- Me habían dicho que las preciosas hijas de Minalcar ya había terminado sus estudios del Narwanolmê. Pero cuando hablaron de su belleza, sin duda se quedaron cortos. Dignas herederas de la belleza incomparable de vuestra madre...
- Si mi padre estuviera aquí sin duda se te atragantarían todas esas hermosas palabras, Engrel. ¿Qué haces aquí? - le interrumpió ella con voz cansada.
Él le lanzó una mirada airada, y su gesto cambió por completo.
- Ya veo que en cuanto al carácter, predomina el de vuestro padre. - respondió, con lo que él consideraba un insulto - He venido a ver a Narqueliê, por supuesto. Me está esperando.
Elesinyê alzó una ceja, sorprendida, pero no dijo nada. Simplemente se apartó y dejó pasar al elfo.
- Te diría que estás en tu casa, pero mentiría - señaló finalmente - Eso sí, por tu bien espero que tu visita sea breve. Mi padre no tardará en volver.
Engrel no miró atrás, ni contestó. Entró en el salón directamente, y ellas salieron sin mirar atrás.
- No deberías ser tan impulsiva, Ele - la sermoneó Tenneru - Engrel acumula poder a cada momento. Quizás algún día te arrepientas de tus palabras.
- Puede acumular todo el poder que quiera - respondió ella encogiéndose de hombros - Mi padre estará ahí para frenarlo. No se como el Khotsê le toma en serio, en verdad.
- Engrel es muy elocuente, y es un constante freno para todas las iniciativas de tu padre. Si te pasaras más a menudo por la asamblea, lo sabrías.
- Lo mío no es la política, Neru. Tú lo sabes.
Su amiga rió.
- Lo se, lo se. Un pequeño ratón de biblioteca convertido en un guerrero. No sé todavía cuál de las dos partes me resulta más chocante. Pero a veces la vida nos lleva por caminos muy distintos a lo que realmente queremos. Sabes que tu padre intentará alejaros del campo de batalla a toda costa.
Elesinyê la miró extrañada. Tenneru sabía algo que ella todavía ignoraba, eso seguro.