La Guerra de los Clanes

Del Cisma De Los Nurualda Y La Dagor Turonor

Escribiéndose...
Escrito el 10-08-2007 00:28 #1

Los días y las noches se sucedieron en el camino trazado en el destino de los nurualda. Pero el engaño y la venganza se dieron la mano en las tierras sagradas de los que recibieron el don del equilibrio de Yavanna, tanto tiempo atrás, contribuyendo al estallido de la Dagor Turonor que habría de separar el camino de los nurulântar y los aldalântar.

[Editado por aratir el 23-03-2008 21:37]

Escrito el 23-08-2007 15:47 #2

Había amanecido un nuevo día.

“A mal tiempo buena cara”, se repetía el elfo constantemente esa mañana que se presentaba lluviosa al tiempo que, mientras terminaban los preparativos, tarareaba una canción.

La casa era de piedra pero humilde, con dos pequeñas ventanas trapezoidales y una chimenea diminuta pero muy acogedora. Se estaba poniendo las ropas que Garlas le había proporcionado, unos pantalones verdosos con varias enmiendas y una camisa blanca pero amarillenta con el paso del tiempo.

- Me sientan bien. Gracias Garlas, le había dicho al elfo risueño de mofletes coloreados de forma perenne.

El sol se había despertado con una fina capa de nubes que, al cabo de dos horas, había empezado a cubrirse de negro tupé, que se amenazaba con descargar esa agua que le sobraba. Pero Garlas parecía no importarle y preparaba el carro con todos aquellos productos para la venta en el mercado público del “barrio arbóreo”, en el cual sólo vivían nôrî aldalântar. Los barrios de la ciudad estaban muy diferenciados en aquella época, y pocos eran en los que se mezclaban familias de ambos pueblos. Según los más viejos, antiguamente era normal tener por vecinos a una familia nurulânta y vivir sin ninguna desavenencia o conflicto. Ahora si dos familias rivales vivían contiguas podían surgir problemas de cualquier ámbito y por cualquier tipo: un árbol cuyas raíces llegaran a la casa del vecino o un animal que saltara la verja contigua era motivo de una bronca, que acaba en una acalorada discusión sobre el sentido de la vida y la muerte, sobre qué aspecto era más importante para el Equilibrio de la naturaleza. El odio era, la mayoría de las veces, mutuo. En ese ambiente era en el que él, Tathâral Âryon, se había criado, en una atmósfera de rencillas y conspiraciones enmarcada en la eterna lucha de poder de los nuru y los alda.

El camino hacia el mercado ascendía por las calles más altas del barrio, desde las cuales pudieron ver la enorme extensión cubierta por las tiendas de cuero de la zona del mercado. Comerciantes de hierbas, alfareros, tejedores, distintos grupos de gente se congregaban en uno de los mercados más concurridos de la ciudad. Las tiendas, lonjas, puestos y bazares bullían con la frenética actividad propia de las primeras horas de la mañana, ya que la gente solía madrugar para aquellos menesteres; y todo a pesar de que ese día había amenazado lluvioso.

“Al mal tiempo buena cara”.

[Editado por aratir el 23-08-2007 18:29]

Escrito el 24-08-2007 19:13 #3

Tardaron una hora en preparar el puesto, pero no tanto por la dificultad de la tienda compuesta por una lona en forma triangular sobre un buen tablero de dura consistencia y cuatro patas que le sostenían sobre el suelo, sino por los preparativos posteriores. Las nubes tapaban el cielo pero aún no había empezado a llover, aunque quizás no lo hiciera o eso esperaba Garlas. Aquel elfo era un importante comerciante, adoraba los productos curativos y aromáticos, y sus plantaciones de hierbas de todos tipos eran de las más reconocidas. Conocía además los poderes curativos y reconfortantes de la mayoría de los árboles y plantas que crecían en los bosques y tenía buen renombre gracias a la fabricación de productos exóticos muy estimados en el mercado. Tathâral lo había conocido en los primeros años de la enseñanza aldalântar, pero el joven Garlas no había podido completar la Ayangôlê debido a su escasez de recursos monetarios, por eso no había pasado de la fase de “meinâ”. A pesar de la diferencia social entre ambos, no habían perdido del todo la amistad con el paso de los años.

Nada más haber levantado el puesto, Garlas sacó una tiza de color gris y se dispuso a marcar una circunferencia en el lugar donde había sido instalado el puesto. El elfo que le acompañaba, entre tanto, tomó una bolsita de cuero y la abrió; un aroma embriagador a canela y morera le llegó a la nariz. Con cuidado, Tath fue arrojando el contenido de la bolsa sobre la línea que estaba trazando Garlas; el cual, una vez terminado de trazar el círculo, tomó una especie de cayado de una bolsa contigua y espero a que su acompañante terminara de arrojar la mezcla de hierbas sobre el circulo.

- Todo tuyo- le dijo Tathâral una vez había vaciado todo el contenido de la bolsa en el suelo de piedra.

Garlas sonrió y se dirigió hacia el círculo adornado con la mezcla aromática. Dirigió la punta del cayado sobre la línea de la circunferencia y empezó a caminar en deosil, siguiendo siempre la dirección del Este, de esta manera le imprimía al lugar una energía personal que le confería suerte para el día de venta. Una vez el elfo había terminado de recorrer toda la línea de la circunferencia, se agachó hacia el suelo en una posición interna al círculo. Levantó un dedo y lo dirigió hacia el suelo, sin embargo, antes de tocar la línea trazada alzó la vista hacia Tathâral.

-Entra en el círculo, voy a cerrarlo.- le dijo a su acompañante, el cual se dispuso a entrar en el trazado del suelo.

Garlas puso entonces su dedo índice en la línea, justo en el punto de partida del trazado y exclamó:

- ¡El círculo ha sido creado y consagrado!

Para cualquier extranjero aquello le hubiera resultado insólito, pero para un elfo ritualista era lo más normal del mundo. El círculo sagrado se creaba para todo. Era la primera lección que se enseñaba en la Ayangôlê.

”El circulo sagrado cierra los flujos de energía distractoras creando la atmósfera necesaria para el éxito de cualquier empresa”

Garlas se levantó y sonrió a Tathâral. El sol parecía escaparse de entre las nubes y uno de los rayos irradió el moreno rostro de su acompañante.

- Ya está. Ahora podemos ir colocando las cosas en el puesto.

Al lado de ellos, otros aldalântar tenían ya dispuestos sus puestos. Mientras pasaban los primeros visitantes del mercado y ambos terminaban de colocar las cosas, Garlas le dijo de repente:

-Se acercan cambios en Leolossê…

-¿Qué cambios?-preguntó Tath mientras miraba maravillado una especie de flauta de madera que el elfo había fabricado.

-Mis grillos, esta mañana estaban muy alterados, inusualmente alterados. – respondió con resignación, al tiempo que iba hacia atrás del puesto para traer las últimas cosas.

Los grillos de Garlas , pensó Tath. Muchos eran los aficionados a la adivinación y había innumerables métodos entre los adivinos para predecir el futuro. Y los grillos de Garlas no eran de los más insólitos aunque a él le seguía resultando gracioso. Eso sí, jamás nadie del clan podía dudar del poder de un adivino, por extraño e insólito que pudiera resultar su método.

Los grillos

Se quedó Tath pensando en las palabras de su amigo. ¡Ojalá aquellos cambios fueran buenos para los aldalântar! Y que él estuviera en una posición propicia para recibirlos con los brazos abiertos.

[Editado por aratir el 24-08-2007 19:19]

Escrito el 24-08-2007 20:20 #4

Hisiê se levantó temprano aquella mañana que amenazaba lluvia. Tenía la intención de ir al mercado para comprar algunas especias y plantas que le faltaban para fabricar algunas esencias.

Se vistió con un vestido celeste en seda con bordados en plata que se ajustaba a su cuerpo dejando marcar sus femeninas curvas, un velo de gasa en blanco cubría sus hombros desnudos únicamente abrigados por su larga cabellera negra. Una cobra hecha en oro blanco rodeaba su brazo por el bíceps. Dos pequeñas aguamarinas, que hacían las veces de ojos de la serpiente producían leves destellos cada vez que se movía.

Fue a ver a su hermana antes de salir.

-Voy al mercado…¿te apetece acompañarme?-preguntó con una sonrisa.

Elesinyê le miró un instante y le devolvió la sonrisa, aunque se le veía sumida en sus propios pensamientos.

-No, me quedaré aquí, no me apetece salir con este tiempo…te veré luego hermana.-Se levantó despacio para darle un beso en la frente, luego se aproximó a la ventana para mirar a través de las grandes cristaleras.

-Está bien, luego te veo.-Dio media vuelta y salió de la estancia.

Mientras caminaba por el largo pasillo que comunicaba las habitaciones de la planta superior pensaba en Elesinyê, en la seriedad de sus ojos normalmente encendidos. Sabía que algo le preocupaba, lo notaba en su pecho igual que su hermana lo sentía.

Bajó la larga escalera de mármol veteado que conducía a la planta baja dirigiéndose a la enorme puerta de ébano. Un Hekkena le abrió la pesada hoja con una leve reverencia con la cabeza.

La joven miró hacia el cielo encapotado con disgusto, no le gustaban los días lluviosos, le parecían deprimentes y fríos, nada buenos para pasear al aire libre, algo que a la elfa le encantaba hacer.

Mientras caminaba por las estrechas calles de camino al mercado hacía memoria de las cosas que necesitaba, sumida en sus pensamientos no se dio cuenta de que empezaba a pasar ya por las primeras tiendas ambulantes cuando, de repente, alguien chocó con ella, haciéndola caer al suelo de cuartos traseros. Recibió un fuerte golpe y un susto aún mayor.

-¡Serás torpe! –gritó sin saber aún quién había osado cruzarse en su camino mientras se alisaba la seda del vestido.-Ayúdame a levantarme…

-Lo siento…-el tono de voz no expresaba culpa ninguna-pero has sido tú quien ha venido a chocar conmigo.

Hisiê levantó el rostro tras oír tan infame respuesta y entonces le vio. Por unos instantes se quedó sin habla y sus mejillas antes coloreadas de roja ira intensificaron su color tras el aturdimiento inicial al ver los ojos celestes del elfo que tenía en frente. El joven elfo tendió la mano para ayudarla a levantarse pero Hisiê, orgullosa como era, reaccionó y la rechazó.

-No gracias-le espetó frunciendo el ceño con desagrado-ya puedo yo sola.

-Como desee bella damisela-contestó burlón el joven enseñando sus inmaculados dientes en una gran sonrisa.-Pero tenga cuidado no se dañe la manicura…jajaja.

Hisiê lo observó detenidamente, tenía ropas viejas y remendadas pero su forma de hablar, su comportamiento altanero…tan diferente todo de un mercader cualquiera.

[Editado por mithril_ el 25-08-2007 15:46]

Escrito el 24-08-2007 21:16 #5

Tathâral se giró y colocó una de las bolsas de madreselva que se habían caído, situación que había ocasionado que el joven saliera del puesto con el consiguiente choque con la joven. A su derecha, la elfa, de aspecto claramente nurulânta, empezó a curiosear por los productos que ofrecía Garlas para la venta.

El cielo parecía que se despejaba y eso estaba animando aún más a la gente, que no dejaba de llegar al mercado.

Mientras Garlas atendía a varias mujeres que buscaban diversas hierbas medicinales, Tath no pudo evitar mirar de reojo a la joven nuru, mientras fingía estar reordenando las cosas al tiempo que observaba todos los movimientos de ella. Era hermosa; fascinante era su cabello negro como las cavernas de los sthintar, y hechizante su mirada que poseía el reflejo del crepúsculo.

-¿Qué andais buscando? – preguntó él dejando escapar una socarrona sonrisa que ella devolvió con desdén.

-¡Me encanta! pensó él al ver la actitud de ella.

La joven elfa, propia de los nurulântar, era realmente atractiva. Desde siempre a Tath le habían fascinado las chicas de las tribus rivales, eran más intrigantes y fascinantes. En cierta manera, al elfo le atraía el aura de misterio y prohibición que ellas le ofrecían.

Escrito el 08-09-2007 22:54 #6

-Necesito algunas cosas… - dijo ella, que al parecer buscaba algunas semillas posiblemente para alguno de los ritos extraños de los nurulântar.

Hisiê explicó entonces lo que necesitaba asegurándose de que tono de su voz sonara lo más distante posible.

El elfo aldalânta rebuscó entre sus cosas sin ningún resultado, observó a su alrededor hasta dar con lo que buscaba; de encima de una pequeña mesa de madera recogió un pequeño saco de piel cerrado con un cordel dorado, lo abrió y miró en su interior emitiendo un gruñido de satisfacción al encontrar lo que buscaba. Sonriente alargó su mano en ademán de entregarle el pedido.

-Aquí tiene las semillas- en ese instante retrocedió la mano justo cuando Hisiê iba a recoger el saquito- no son baratas estas semillas- dijo en tono burlón.

Estaba estudiando a la joven, estaba seguro que pertenecía a algún señor de la nobleza nurulântar, la cual ostentaba el poder en Leolossê desde hacia poco más de treinta años. Garlas seguía atendiendo a más clientes así que el elfo se tomó la libertad de indicar que aquellas semillas eran más caras de lo que ella pensaba. Tath sentía la necesidad imperiosa de jugar con la joven nuru, mezcla de deseo y desprecio.

-No me importa el precio- contestó la elfa fríamente- dámelas.

-Vaya, vaya; tenemos ante nosotros a una elfa de noble cuna- dijo entre risas.

Enfadada, Hisiê le propinó un empujón golpeándolo en el hombro. Tathâral percibió el enojo y su semblante se tornó serio al instante. Temió en ese momento que se formara alguna trifulca y no era su intención de que las cosas entre los nuru y los alda empeoraran, así que decidió quitar hierro al asunto y suavizar la complicada conversación que se había desarrollado entre ambos. ¡La que se podría formar si se supiera que el hijo del balta de los alda se metía en follones en el mercado de la ciudad!

Miró a uno y otro lado y se acercó para hablar a la elfa al oído.

-No se enfade mi bella elfa, no es malo en absoluto reír de tanto en cuanto- se apartó con una sonrisa en sus labios, había vuelto a burlarse lógicamente. No podía resistirlo a pesar de todo.

Por su parte, ella nunca habría esperado quedarse sin palabras ante tal ofensa. El elfo volvió a reír con esa risa abierta mientras ella notaba que se sonrojaba, aunque ocultó su vergüenza disfrazándola de ira.

-Toma tu dinero elfo-alargó la mano tirando varias monedas al suelo- y quédate con el cambio, estoy segura de que te es realmente necesario- dijo con énfasis mirando las ropas del alda de arriba abajo.

Tathâral dejó de reír, esta vez era su rostro el que denostaba enfado.

Si tú supieras con quién estás hablando, elfa engreída, pensó.

Sus celestes ojos brillaron con un tinte rojo de ira mientras ella daba media vuelta para regresar a su hogar. En ese momento era ella quien se reía, aunque nadie lo vio pues reía por dentro.

[Escrito conjuntamente por mithril_ y aratir]

Escrito el 24-11-2007 16:55 #7

Había dejado a Garlas en su casa y, con ropas más aristocráticas, recorría en ese momento la calle en dirección a la mansión de su familia. A nadie le había dicho donde iba a estar ese día y ya se habrían extrañado de ver que no había dormido en casa.

Mientras caminaba notó una presencia detrás suyo, alguien le estaba siguiendo por las callejas polvorientas del casco antiguo de Leolosse. Cuando desvió la mirada hacia atrás, no vio a nadie, por lo que siguió caminando con tranquilidad. No había prisa, su padre le echaría la bronca igualmente. Los herreros trabajaban en sus yunques y el ruido en la calle se hacía a veces ensordecedor.

De su mente no se podía quitar la imagen del rostro de la joven nuru, sus cabellos oscuros y su semblante cálido y frío al mismo tiempo. Intentó desechar aquellos pensamientos pero cuando se daba cuenta estaba de nuevo pensando en ella. ¡Qué enigmática le había resultado! ¡Esa obstinación la hacía realmente atractiva! No podía ocultar que tenía ganas de volver a verla y provocarla de nuevo. No obstante, el acuerdo con Garlas había sido sólo para un día, si lo pillaban a él actuando como un mercader cualquiera en el puesto de su amigo, los problemas serían muy graves para Garlas. Tathâral como mucho se llevaría una regañina y algunas consecuencias que poco tendrían que ver con las consecuencias de su amigo, que podría ver peligrar su forma de sustento diario.

Llegó finalmente a la zona donde la mayoría de los sacerdotes aldas tenían sus viviendas, grandes casas rodeadas de árboles centenarios y robustos. Fue en ese momento cuando un grupo de soldados de la guardia de su padre le detuvieron.

- Vuestro padre anda buscándoos por toda la ciudad, joven Tathâral

El elfo asintió y dejó que fuera acompañado hasta el hogar de su familia mientras pensaba en la excusa que le diría a su padre de su ausencia durante un día. A veces le resultaba muy incómodo el afán de control de su padre, él que ya había pasado la ayangole y ya era considerado un maestro. Le diría que había estado con algunos maestros compañeros suyos durante la ayangole.

Una vez a solas con su padre, éste aprovechó la ocasión para decirle que había sido una irresponsabilidad por su parte, tal y como estaba el clima en la ciudad entre las dos tribus.

- No puedes permitirte ningún tipo de mala fama, eres un maestro cuyo destino es ser un assana, ¿o no quieres entrar en el consejo alda y ser alguna vez un balta como yo?

Tathâral asintió, sí quería entrar en el consejo, para ello se había preparado tantos años pero creía que su padre se tomaba todo demasiado en serio y le daba importancia a cosas que no la tenían, ¡Qué tenía de malo que pasar un rato de diversión! El elfo se disculpó y se dirigió a sus aposentos, aunque, una vez iba a entrar, se acordó de su hermana así que continuó hasta por el pasillo y llegó hasta la puerta de ella. Tocó a la puerta y, al rato, escuchó una voz que le decía que pasara.

- ¡Tath! ¡Estábamos todos muy preocupados! – exclamó la elfa al verle, mientras dejaba el diario en el que estaba escribiendo a un lado.

El elfo sonrió, su hermana estaba siempre preocupada por sus hermanos y su familia y Tath la quería, siempre sabía hacerle sentir bien. Tenía una sensibilidad especial y conectaba de una manera extraordinaria con las personas al igual que hacía con la naturaleza. Se dirigió hacia ella y se sentó en la cama.

- Estaba bien, Thira, sólo estaba con los amigos.

Ella se sintió aliviada o al menos eso expresó su rostro aunque su hermano no dudaba que ella podría ver más allá de sus propias palabras. No obstante, había algo que a Althira la inquietaba, a tenor por la expresión de sus ojos.

- Oh Tath, tenemos que hablar- dijo cambiando su semblante.

- ¿Qué ocurre?

Ella estaba preocupada.

- Es Lossîndo…él…

- ¿Qué le ha pasado a nuestro hermano? – preguntó Tathâral, bastante impaciente.

- No le ha pasado nada…oh sí…Yo estaba leyendo junto a la ventana y entonces miré al exterior, hacia el jardín, donde Lossi estaba jugando, o eso creía. Estaba medio oculto por las ramas de un olmo y pensé que estaría venerando a los espíritus de los onnar o tratando de hablar con ellos. Vi entonces un ave nocturna revoloteando alrededor, ahí fue cuando Lossi detuvo sus movimientos y vi como regresaba a casa. Me resultó extraño su comportamiento, así que cuando me cercioré que él estaba en su alcoba salí de puntillas hacia el jardín sin hacer ruido en dirección al viejo olmo. Y entonces lo ví. Oh, Tath, era horrible, junto al árbol había muertos una decena de gorriones, sus cuerpecillos sin vida acumulados al pie del árbol. ¡Pareciera como si Lossîndo hubiera hecho un ritual nuru!

Tath se sorprendió. No esperaba que sucediera aquello, ¿por qué su hermano había matado aquellos gorriones? ¿No sería que algún nuru le estuviera inculcando valores que fueran totalmente en contra de los buenos valores de alabación a la vida? Eso parecía creer su hermana al ver aquella nefasta escena.

- ¿Se lo has contado a alguien, Thira?- le preguntó a su hermana.

- No, a nadie excepto a ti.- confirmó ella.

- Entonces por ahora no se lo diremos a nadie, ni siquiera a nuestros padres. Por el momento vigilaremos a nuestro hermano menor. Apenas tiene once años. Y ahora descansa.

Tathâral se levantó entonces y salió de la habitación, aunque en su mente había un montón de pensamientos que se arremolinaban incansablemente martilleándole por dentro. Se dirigió hacia su habitación, entró y cerró la puerta tras de sí.

[Editado por aratir el 21-07-2008 21:28]

Escrito el 20-07-2008 18:35 #8

Cerca de la mansión de Tuinêral y su familia, de entre las sombras de unos árboles frondosos surgió una figura poco tiempo después de que Tathâral fuera llevado por soldados alda al interior de la mansión. La figura, un elfo de estilizado cuerpo, saltó hacia un lado y discurrió lo más discretamente por un camino estrecho entre los árboles. Había seguido al hijo del balta desde que lo había descubierto en el mercado en el puesto de un elfo de clase baja. Mientras vigilaba porque no fuera descubierto y, menos por la milicia nurulânta, caminaba discretamente hacia un palacio cercano. Las puertas se abrieron y las cruzó.

- ¿Qué haces aquí? -preguntó una voz áspera y ronca.

- Traigo información, alguna información interesante.

El elfo de voz ronca dudó unos instantes mientras miraba con desprecio al recién llegado. No obstante, decidió escuchar lo que tenía que contarle y señaló hacia la derecha donde un arco sostenido por dos esbeltas columnas abrían paso a una pequeña sala. Un pequeño manzano decoraba el centro de la sala y, sobre las paredes, la planta de una hiedra acariciaba la misma. Se acomodaron en dos sillas de confortable respaldo.

- Bien, mi querido Dorkas. Habla.

- Karatir, he visto al primogénito del balta…en una situación no habitual…

El elfo, un noble aldalânta, escuchó atento a Dorkas. Sabía que el tan aplaudido hijo de Tuineral había superado la ayangôle no hacía muchos meses y se había convertido en un golda muy laureado. Posiblemente, Tuinêral le diera el tronco de su nôrê una vez terminara su legislatura como balta.

- Son tiempos de cambio, el equilibrio entre los elfos se va diluyendo poco a poco por lo que, sólo los que atesoren gran poder, sobrevivirán. Aplaudo por ello que me hayas traído esta información. Por el momento, sólo lo sabremos tú y yo. No obstante, no dejes de vigilar los pasos de Tathâral.

En ese momento una presencia los acompañó en la sala. Los dos elfos levantaron la vista y se encontraron con una joven elfa de cabellos rubios.

-Dorkas, qué agradable sorpresa tu presencia. – aseguró la elfa mientras se dirigía hacia Karatir y besaba su mejilla.

- Branda…- susurró el invitado mientras realizaba una cortés reverencia al tiempo que no dejaba de mirar con absoluta fascinación a la joven elfa. La hermana de Karatir poseía una luminosidad imperecedera, su cabello rubio intenso y sus ojos azules como el agua del mar. Poseía la silalda, pues la luz de su mirada era de igual intensidad que la que producía la luz de Malkû cuando atravesaba las ramas de los árboles sagrados. Dorkas siempre se había sentido hechizado por ella.

- ¿Hablabais de algo importante? – preguntó la melodiosa voz de ella.

- No querida. Dorkas sólo quería hacernos una visita.- aseguró Karatir.- Además ya se iba. Nosotros no debemos llegar tarde a la lindornê.

Branda sonrió y disimuló pues, antes de hacer acto de presencia en la sala, no había podido evitar escuchar la conversación tras las columnas de la entrada de la sala. Pero no dijo nada y fingió creer que Dorkas había venido sólo de visita. Sólo sonrió.

Escrito el 20-07-2008 19:38 #9

- ¡Maldita sea Tenneru! ¡Te digo que no puede ser! - Elesinyê golpeó con fuerza la mesa. Su amiga se encontraba sentada frente a ella con una sonrisa en el rostro.

- No me imaginaba que te lo tomarías tan a la tremenda... - Tenneru arqueó una ceja, con gesto divertido.

- ¡Que no...! ¡Maldición! ¡Mi padre no puede haber hecho eso! Por Thyr, Tenneru, ¿tú sabes lo que eso significa? - continuó protestando Elesinyê.

- Ambos habéis obtenido las más altas calificaciones en el Narwanolmê ¿qué esperabas? Tu padre sólo busca encauzarlo en el mejor camino hacia el Narwa...

- Si, si, si... lo que tu digas - la interrumpió Elesinyê - Pero eso también me condena a seguir soportando su presencia en la Compañía del León.

- Pero tú formarás parte de los Rokkerni, Ele. Y la Compañía es lo suficientemente grande como para que no tengáis que coincidir demasiado. Serkendil en cambio formará parte de los Artamahtar en un principio.

- Eso no me consuela. Confiaba en perderlo de vista después del Narwanolme.

- Algún día tendrás que contarme de donde viene esa competitividad y esa aversión... Al principio hasta parecía que te caía bien.

- Eso fue al principio, tú misma lo has dicho. Antes de que se empeñara en menospreciarme y hacerme la vida imposible...

- Tú tampoco te has quedado atrás en eso - rió Tenneru.

Elesinyê sonrió. Se levantó y se acercó hasta un enorme espejo enmarcado de plata. Acomodó unos pliegues del vestido verde de gasa, y después se volvió hacia su amiga.

- Cierto, pero no fuí yo quien empezó. ¿Nos vamos?

Tenneru asintió, y se incorporó.

- ¿No esperamos a tu hermana? - preguntó mientras abandonaban la habitación de Elesinyê.

- No se donde se mete últimamente, y estando Narqueliê en casa, dudo mucho que vuelva antes de la noche.

Bajaron las escaleras rápidamente, y pasaron apresuradamente ante el salón. Elesinyê sobre todo, que no quería toparse con su madre. Cuando abrió la puerta, se sobresaltó al ver a un elfo de cabellos negros y brillantes ojos negros.

- ¡Menuda sorpresa! - exclamó el elfo, mientras la miraba de arriba a abajo sin disimulo.

- Engrel... - Elesinyê frunció el ceño, pero alzó la barbilla mirándolo desafiante con sus ojos dorados.

- Me habían dicho que las preciosas hijas de Minalcar ya había terminado sus estudios del Narwanolmê. Pero cuando hablaron de su belleza, sin duda se quedaron cortos. Dignas herederas de la belleza incomparable de vuestra madre...

- Si mi padre estuviera aquí sin duda se te atragantarían todas esas hermosas palabras, Engrel. ¿Qué haces aquí? - le interrumpió ella con voz cansada.

Él le lanzó una mirada airada, y su gesto cambió por completo.

- Ya veo que en cuanto al carácter, predomina el de vuestro padre. - respondió, con lo que él consideraba un insulto - He venido a ver a Narqueliê, por supuesto. Me está esperando.

Elesinyê alzó una ceja, sorprendida, pero no dijo nada. Simplemente se apartó y dejó pasar al elfo.

- Te diría que estás en tu casa, pero mentiría - señaló finalmente - Eso sí, por tu bien espero que tu visita sea breve. Mi padre no tardará en volver.

Engrel no miró atrás, ni contestó. Entró en el salón directamente, y ellas salieron sin mirar atrás.

- No deberías ser tan impulsiva, Ele - la sermoneó Tenneru - Engrel acumula poder a cada momento. Quizás algún día te arrepientas de tus palabras.

- Puede acumular todo el poder que quiera - respondió ella encogiéndose de hombros - Mi padre estará ahí para frenarlo. No se como el Khotsê le toma en serio, en verdad.

- Engrel es muy elocuente, y es un constante freno para todas las iniciativas de tu padre. Si te pasaras más a menudo por la asamblea, lo sabrías.

- Lo mío no es la política, Neru. Tú lo sabes.

Su amiga rió.

- Lo se, lo se. Un pequeño ratón de biblioteca convertido en un guerrero. No sé todavía cuál de las dos partes me resulta más chocante. Pero a veces la vida nos lleva por caminos muy distintos a lo que realmente queremos. Sabes que tu padre intentará alejaros del campo de batalla a toda costa.

Elesinyê la miró extrañada. Tenneru sabía algo que ella todavía ignoraba, eso seguro.

Escrito el 21-07-2008 21:11 #10

Una vez Tathâral había abandonado la habitación de su hermana y había ido hasta la suya y cerrado la puerta tras de sí, el elfo se había dirigido hacia una pequeña mesa situada en la esquina opuesta a la cama.

Encima de la mesa había un torques, un collar rígido y redondo abierto en la parte anterior, que se entregaba a los elfos aldalântar cuando éstos pasaban con éxito la Ayangôlê, el proceso de aprendizaje del conocimiento aldalânta. No sólo el nombre diferenciaba la misma etapa del elfo entre nurulântar y aldalântar, sino que aquél proceso se había alejado con el paso del tiempo. La Ayangôlê alda y el Narwanolmê nuru fueron, en su inicio, la misma educación, una educación élfica basada en el precepto del Equilibrio de la Naturaleza pero las diferencias entre una y otra tribu habían salpicado todos los aspectos de cada una de las dos sociedades. Todo aquello que una vez fuera común para ambas tribus élficas ahora tenía nombres y aspectos que se diferenciaban; diferencias que iban desde la estructura social y el gobierno de cada clan hasta las costumbres cotidianas. Tanto unos como otros habían puesto empeño en asegurar el contraste entre las dos tribus.

Tathâral se colocó con orgullo en el cuello el torques que había recibido hacía poco tiempo. La plata del objeto refulgió con intensidad en el esbelto cuello del elfo mientras éste se contemplaba en un espejo.

Después, se giró hacia la mesa. Justo al lado de ella, oculto concienzudamente, había un pequeño cofre. Abrió la cerradura y sacó del interior del mismo una espada, la cual extrajo de su vaina y la alzó. La espada era de acero con hoja afilada con un segundo falso filo y runas okkân a lo largo de la hoja. Mientras, la empuñadura era negra de ébano con símbolos laberínticos y trazos Okkân. La espada había sido forjada por Mairthô, un noble alda que había sido uno de sus educadores durante la Ayangôlê. La tenía oculta y nadie de su familia sabía que poseía una espada y menos aún su padre. No dudaba de que éste se enfadaría si supiera que él había sido alumno de las enseñanzas de Mairthô, el cual había creado una escuela secreta de guerreros-sacerdotes alda. El elfo era de la opinión de que un sacerdote debía ser también un guerrero pero nadie en el aratûre (consejo aldalânta) había aceptado que se creara una nueva disciplina guerrera dentro de la Ayangôlê. Al contrario que los nurulântar, para la mayoría de la nobleza alda, el manejar un arma era propio de clases bajas.

Guardó la espada en el cofre, que ocultó con esmero. Y luego se preparó con sus mejores galas, pues sus padres le esperaban para ir a la lindornê aldalânta.