El joven Guardián de los Muertos se encontraba inclinado frente a un altar ornamentado de mármol, en señal de respeto, con los ojos cerrados. Si algún inocente espectador contemplara la escena, como mínimo diría que se le antojaba solemne.
La Cámara del Eco era pequeña en superficie, pero no daba sensación de claustro o pobreza. Las paredes estaban talladas con manos expertas, y las estilizadas letras de la escritura culta del varante, junto con los sencillos pero bellos relieves de antiguas historias, daban aspecto de grandeza. Era mediodía, y el calor del sol caía a plomo sobre el desierto; la ardiente esfera se localizaba casi sobre las cabezas de los varantes. Aquella posición del astro aumentaba aún más la sensación de estar en un lugar milenario: pues el rayo de luz que penetraba desde el Ojo de Adrhant —un agujero circular en la parte más alta de la cúpula— iluminaba exactamente el altar. Los destellos del mármol eran casi molestos para la vista.
Pero esto no importaba a Athran, pues tenía los ojos cerrados. No era obligatorio hasta pronunciar la breve oración de llamada, pero a él le gustaba hacerlo. Le permitía concentrarse en las rígidas frases que había de escuchar en su mente y murmurar de forma prácticamente inaudible.
De pronto detuvo sus plegarias, y permaneció un momento en silencio, tanto de voz como de mente. Entonces exclamó:
— Harvhast, Vaereth Vhanidariant! —que quiere decir "¡Aparece, Espíritu de la Muerte!. Al principio nada ocurrió, pero de pronto escuchó un tenue rumor como de terremoto. Después, el sonido del viento silbando y, por último, un nuevo y más atronador silencio.
— ¿Quién me llama? —preguntó una voz sonora, una voz dulce, aunque anciana, de una mujer; el sonido se propagó por toda la Cámara como un eco y resonó con fuerza. La voz no sonó amenazante o tétrica, sino todo lo contrario: curiosa, y a la vez esperanzada.
— Soy yo, abuela —dijo él sonriendo. Como siempre, hubo de contenerse para no abrir los ojos. En otras circunstancias, quizá no hubiera sentido ese deseo. Pero el hecho de que existiera una prohibición le motivaba a quebrantarla. No era muy partidario de las prohibiciones.
Athran escuchó una leve risa de reconocimiento y alegría. Falmir, la abuela de Athran, habló de nuevo.
— ¿A qué has venido en esta ocasión?
Él no respondió de inmediato. Las conversaciones de la Cámara del Eco eran complejas; exigían un gran esfuerzo mental por parte de los Guardianes, y llegaba un punto en que no podían mantener ni un segundo más la conexión. Para no cansar demasiado, el esquema de comunicación consistía en un juego de preguntas y respuestas; cuanto más cortas fueran, mejor.
— ¿Qué consejo tienes para Falmarin? —preguntó Athran tras un momento de silencio.
— Que continúe como hasta ahora. Su prudencia le traerá buenos frutos. Prevenla de sus superiores. Ella sabrá a qué me refiero.
Athran asintió. Un ligero malestar comenzaba a extenderse por su cabeza.
— ¿Qué consejo tienes para mí, abuela?
— Sé precavido, muchacho. Atravesarás por dificultades estos próximos días.
— ¿Qué dificultades, Falmir?
— Un viento del norte te buscará en pos de ayuda. Habrá problemas, y también muertes. Tu vida estará en peligro, como la de otros.
— ¿Por qué, abuela? ¿Qué va a ocurrir? —Athran comenzaba a resentirse del cansancio. Hacía dos años que se había instruido los Rituales de los Muertos y, para su corta experiencia, era toda una proeza el tiempo que lograba mantener la conexión, y sin ayuda. La mayoría de las invocaciones se realizaban en presencia de, al menos, tres Guardianes de los Muertos.
— La Cofradía de los Comerciantes, Athran. Peligra la estabilidad de Varendia y tu país, pues mucho depende de los mercaderes. No actúes hasta que te pidan ayuda. De lo contrario, quizá perezcas durante la caída.
— ¿A quién... a quién debo esperar, abuela? ¿Qué es... la caída?
— Caerán muchos de los Razzâg, inocentes como culpables; todos son iguales frente a la muerte. Espera la llamada del viento del norte...
Sus preguntas no habían terminado, pero no pudo más. Abrió los ojos, y la conexión se perdió.
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A las puertas de la Capilla Magna esperaba su hermana Falmarin, tarareando alegremente con su inocencia habitual. Al verle salir, sonrió; pero su sonrisa pronto se borró del rostro.
— Estás muy pálido, Athran —dijo, preocupada—. ¿Qué dijo la abuela?
— Ah, bueno, te envía recuerdos —ante la belleza de los ojos de su hermana no pudo evitar sonreír, a pesar de sus preocupaciones—. Te aconseja que sigas como hasta ahora, prudente. Y que te guardes de tus superiores: ¿sabes a qué se refería?
Ella frunció el ceño y asintió, pero no dijo nada. Athran no insistió.
— Y a ti, ¿qué te dijo?
— Bah, ya sabes cómo es la abuela —disimuló él—. Que me proteja, que sea bueno... ya sabes. Me ha recordado a Heren Nár, con el discurso de "tu mayor peligro eres tú mismo" —añadió intencionadamente, sonriendo. Sabía cuánto gustaba su hermana de escuchar sus relatos del antiguo poblado de los Náredain.
No obstante, en su mente daba vueltas a las breves y confusas palabras de su abuela. Los Razzâg... los proveedores de la Cofradía de Comerciantes, los grandes y más ricos mercaderes. No tenía mucho sentido. ¿Y qué diablos significaba "viento del norte"?
Pero no iba a ignorar sus palabras. Nunca se deben ignorar las palabras de un habitante de las Estancias de las Almas. Y respecto a quedarse quieto... eso ya lo decidiría sobre la marcha.
