La Guerra de los Clanes

La Caída De Los Razzâg

Escribiéndose...
Escrito el 24-08-2007 17:55 #1

El joven Guardián de los Muertos se encontraba inclinado frente a un altar ornamentado de mármol, en señal de respeto, con los ojos cerrados. Si algún inocente espectador contemplara la escena, como mínimo diría que se le antojaba solemne.

La Cámara del Eco era pequeña en superficie, pero no daba sensación de claustro o pobreza. Las paredes estaban talladas con manos expertas, y las estilizadas letras de la escritura culta del varante, junto con los sencillos pero bellos relieves de antiguas historias, daban aspecto de grandeza. Era mediodía, y el calor del sol caía a plomo sobre el desierto; la ardiente esfera se localizaba casi sobre las cabezas de los varantes. Aquella posición del astro aumentaba aún más la sensación de estar en un lugar milenario: pues el rayo de luz que penetraba desde el Ojo de Adrhant —un agujero circular en la parte más alta de la cúpula— iluminaba exactamente el altar. Los destellos del mármol eran casi molestos para la vista.

Pero esto no importaba a Athran, pues tenía los ojos cerrados. No era obligatorio hasta pronunciar la breve oración de llamada, pero a él le gustaba hacerlo. Le permitía concentrarse en las rígidas frases que había de escuchar en su mente y murmurar de forma prácticamente inaudible.

De pronto detuvo sus plegarias, y permaneció un momento en silencio, tanto de voz como de mente. Entonces exclamó:

Harvhast, Vaereth Vhanidariant! —que quiere decir "¡Aparece, Espíritu de la Muerte!. Al principio nada ocurrió, pero de pronto escuchó un tenue rumor como de terremoto. Después, el sonido del viento silbando y, por último, un nuevo y más atronador silencio.

¿Quién me llama? —preguntó una voz sonora, una voz dulce, aunque anciana, de una mujer; el sonido se propagó por toda la Cámara como un eco y resonó con fuerza. La voz no sonó amenazante o tétrica, sino todo lo contrario: curiosa, y a la vez esperanzada.

— Soy yo, abuela —dijo él sonriendo. Como siempre, hubo de contenerse para no abrir los ojos. En otras circunstancias, quizá no hubiera sentido ese deseo. Pero el hecho de que existiera una prohibición le motivaba a quebrantarla. No era muy partidario de las prohibiciones.

Athran escuchó una leve risa de reconocimiento y alegría. Falmir, la abuela de Athran, habló de nuevo.

¿A qué has venido en esta ocasión?

Él no respondió de inmediato. Las conversaciones de la Cámara del Eco eran complejas; exigían un gran esfuerzo mental por parte de los Guardianes, y llegaba un punto en que no podían mantener ni un segundo más la conexión. Para no cansar demasiado, el esquema de comunicación consistía en un juego de preguntas y respuestas; cuanto más cortas fueran, mejor.

— ¿Qué consejo tienes para Falmarin? —preguntó Athran tras un momento de silencio.

Que continúe como hasta ahora. Su prudencia le traerá buenos frutos. Prevenla de sus superiores. Ella sabrá a qué me refiero.

Athran asintió. Un ligero malestar comenzaba a extenderse por su cabeza.

— ¿Qué consejo tienes para mí, abuela?

Sé precavido, muchacho. Atravesarás por dificultades estos próximos días.

— ¿Qué dificultades, Falmir?

Un viento del norte te buscará en pos de ayuda. Habrá problemas, y también muertes. Tu vida estará en peligro, como la de otros.

— ¿Por qué, abuela? ¿Qué va a ocurrir? —Athran comenzaba a resentirse del cansancio. Hacía dos años que se había instruido los Rituales de los Muertos y, para su corta experiencia, era toda una proeza el tiempo que lograba mantener la conexión, y sin ayuda. La mayoría de las invocaciones se realizaban en presencia de, al menos, tres Guardianes de los Muertos.

La Cofradía de los Comerciantes, Athran. Peligra la estabilidad de Varendia y tu país, pues mucho depende de los mercaderes. No actúes hasta que te pidan ayuda. De lo contrario, quizá perezcas durante la caída.

— ¿A quién... a quién debo esperar, abuela? ¿Qué es... la caída?

Caerán muchos de los Razzâg, inocentes como culpables; todos son iguales frente a la muerte. Espera la llamada del viento del norte...

Sus preguntas no habían terminado, pero no pudo más. Abrió los ojos, y la conexión se perdió.

-----

A las puertas de la Capilla Magna esperaba su hermana Falmarin, tarareando alegremente con su inocencia habitual. Al verle salir, sonrió; pero su sonrisa pronto se borró del rostro.

— Estás muy pálido, Athran —dijo, preocupada—. ¿Qué dijo la abuela?

— Ah, bueno, te envía recuerdos —ante la belleza de los ojos de su hermana no pudo evitar sonreír, a pesar de sus preocupaciones—. Te aconseja que sigas como hasta ahora, prudente. Y que te guardes de tus superiores: ¿sabes a qué se refería?

Ella frunció el ceño y asintió, pero no dijo nada. Athran no insistió.

— Y a ti, ¿qué te dijo?

— Bah, ya sabes cómo es la abuela —disimuló él—. Que me proteja, que sea bueno... ya sabes. Me ha recordado a Heren Nár, con el discurso de "tu mayor peligro eres tú mismo" —añadió intencionadamente, sonriendo. Sabía cuánto gustaba su hermana de escuchar sus relatos del antiguo poblado de los Náredain.

No obstante, en su mente daba vueltas a las breves y confusas palabras de su abuela. Los Razzâg... los proveedores de la Cofradía de Comerciantes, los grandes y más ricos mercaderes. No tenía mucho sentido. ¿Y qué diablos significaba "viento del norte"?

Pero no iba a ignorar sus palabras. Nunca se deben ignorar las palabras de un habitante de las Estancias de las Almas. Y respecto a quedarse quieto... eso ya lo decidiría sobre la marcha.

Escrito el 25-08-2007 21:04 #2

[…]

En algún lugar de Al’Varnidas (el desierto del norte) al oeste del Oasis de Ahil-Sala, en el crepúsculo del día, la silueta de una caravana de nómadas atravesando el desierto con su paso armonioso, se divisa sobre las dunas. No son más de una treintena de hombres, mujeres y niños; a pie, caballo o camellos recorren los desiertos de Al’Varant.

Un jinete emerge de una de las dunas colindantes, al divisar la caravana vira en su dirección y se aproxima raudo a su encuentro. Al llegar a la cabeza de la caravana grita:

-¡Kosori ninth! - ¡Kosori ninth! – pronto esas palabras se extienden por toda la caravana y son pronunciadas con entusiasmo y excitación por los nómadas.

Al anochecer la caravana por fin alcanzó el sietch de Kosori ninth No solo los oasis proporcionan refugio a los viajeros del desierto, existen otros refugios escondidos en el desierto, lugares solo conocidos por los nómadas. Kosori ninth es uno de ellos; una pequeña isla rocosa entre el mar de dunas. En algún tiempo remoto este sietch seria una gran cadena montañosa, ahora no es más que un pequeño peñón de unos 30 metros de altura en su parte más elevada. Con el paso del tiempo, la erosión, a excavado pequeñas cuevas, que los nómadas, durante generaciones, han ido excavando y acondicionando a sus necesidades.

De forma metódica y ordenada los nómadas levantaron el campamento, en un par de horas ya estaban instalados y podían descansar del largo viaje a través del desierto. En una de las cavidades más interiores, la acondicionaban para uno de los momentos más esperados de los nómadas. Se habían extendido sobre el suelo alfombras de colores vivos, colocado cojines y pequeños pufs, donde poder sentarse cómodamente; en las paredes de la cueva colgaban tapices, donde se representaban la vida de los nómadas. Sobre las diversas entradas a la estancia, cortinas a modo de puertas. Para iluminar la estancia, se habían encendido lámparas y candiles de aceite. Por ultimo trajeron bandejas con frutas y carnes, botas de licor y braseros de incienso para aromatizar la estancia.

En breve, la tribu de los Azab se reunió en pleno, para ver a los Fàtin al Nadeem. La música, las canciones y la ilusión se apodero del público que disfrutaba de aquel singular espectáculo. Mientras comían, bebían y charlaban entre ellos, podían disfrutar de aquel singular espectáculo, y por unas horas olvidar los rigores del desierto.

Haytham afino su basilet, tensó las cuerdas y dejo sonar unos leves acordes. Pronto muchas miradas se centraron en él. Él Wali (nombre que reciben los que no son nómadas) y se había convertido por derecho propio en un Sakhr (Caballero del desierto).

Empezó su espectáculo con unos trucos de ilusionismo. Disfrutaba con la cara de admiración de los niños, cada vez que les hacia aparecer una moneda de la oreja, o hacia desaparecer algún objeto que mágicamente aparecía en el bolsillo de alguien.

Por último realizo uno nuevo truco, tomó un trozo de tela, lo arrugo dándole forma de una pequeña rosa. Después pronuncio unas palabras:

- ¡Lanzari Dekadas! – Grito - - ¡Lanzari Dekadas! – Repitió con energía – ¡ Dekadas! – una llamarada de fuego broto de su mano, la tela ardiendo convirtiéndose en una rosa del desierto azulada, que entrego a una de la Huries que había en las primeras filas.

Por último tomó su basilet y recito una de las canciones que había aprendido de los Azab.



Viñas y frutales,

Huries de generosos senos,

Y una copa rebosante ante mí.

¿Por qué he de pensar en el calor del desierto,

Y en la arena de mi botas?

¿Por qué ha de haber lágrimas en mis ojos?

Cielos abiertos sobre mí

Derraman todas sus riquezas;

Mis manos se hunden en tanta abundancia.

¿Por qué he de pensar en los peligros del desierto?

¿Por qué pesan tanto sobre mí los años?

Amorosos brazos me reclaman,

Hacia sus desnudas caricias,

Prometiéndome los éxtasis del Edén.

¿Por qué recordar las cicatrices,

Y no puedo dormir sin pesadillas?

Escrito el 26-08-2007 05:32 #3

Nunca pensó, que estar en el senado fuera tan cansado, apenas llevaba poco tiempo ahí y le rogaba a Maradrant, que no fuera siempre de aquella forma. Los gritos provenientes de las cofradias económicas iban en aumento y más concretamente en la de los comerciantes, no terminaban por ponerse de acuerdo. Cerró los ojos, esperando a que uno de los Balzac pusiera orden o que los callara y diera por terminada la sesión del día.

Azdhan, el nesrin que estaba a su lado, le tocó el hombro y le susurró por lo bajo.

-Algo no anda bien dentro de la Dernaht, habrá que vigilarlo muy de cerca. Veremos que nos dicen los Nadîm al respecto, ellos deben saber algo.

Neyla asintió en silencio, el hombre que había aprendido a leer los ojos de la elda,a falta de no verle el rostro por la macascara que lo ocultaba, supo que no estaba del todo segura sobre lo que pasada del otro lado de sus asientos.

-Algo te inquieta ¿cierto?-preguntó.

-Dime Azdhan,¿el problema entre los comerciantes es nuevo?, me parece que es demasiado intenso, como para haber comenzado hace poco.

-No, no es nuevo, empezo aproximadamente hace tres años y se ha ido degradando poco a poco. De eso no sabías nada, puesto que apenas habías entrado a la Leshra-comentó el hombre, aún en voz baja.

En ese momento, el Balzac interrumpió las dicusiones y dio por terminada la sesión. Todos se levantaron y fueron saliendo poco a poco de la estancia, las voces de todos los senadores pronto inundaron la entrada y dejaron un profundo silencio en el auditorio. Neyla caminó junto a Azdhan y éste fue explicandole poco a poco, lo que los Nesrin sospechaban acerca de los Razzâg. No tardaron en salir del edificio, para adentrarse en la Izdihar, que aquel día estaba extrañamente ruidosa. El ruido, provenia de los niños mayores de las Mivrat, que como cada año, entraban a la Matriz, para quedarse ahí durante un tiempo y decidir que camino debian tomar. Sin embargo, los Nasrin pasaron de largo y se adentraron en la Trazhin, donde los ocho Nasrim y los demás Nieshin ya los esperaban.

No se habló sobre las discusiones de los comerciantes, pues ya eran harto conocidas; pero se llegó a un acuerdo comun, Los Nadîm, debian entregar un informe detallado, sobre lo que pasaba en la Dernaht.

-Pero eso ¿de qué servira?-preguntó un Nieshin-Aun si el informe llega a los Balzac, no podemos evitar que se maten entre ellos por el poder.

-Tal vez no-respondió uno de los Nasrim más viejos-Sin embargo, eso alertará al senado y ellos sabran cuándo y cómo actuar. No está en nuestro conocimiento juzgar, sólo saber joven Ladar.

Con esto, se dio por terminada la discusión, fue así como los Maestros de la cofradia de los eruditos, comenzaron a moverse entre los Razzâg, sin que estos lo supieran. Sin embargo, no sabían en la Izdihar, que aquel saber, no les serviría para nada, en los hechos que estaban por venir.

Escrito el 27-08-2007 21:33 #4

Al día siguiente de las inquietantes palabras de su abuela fallecida, Athran se levantó temprano y se vistió como de costumbre, con la armadura de los Guardianes de los Muertos. Aunque la armadura es robusta y cuenta con multitud de elementos, es cómoda y se adapta perfectamente al cuerpo, porque se realiza tomando las medidas exactas de cada Guardián.

Tras desayunar algunas frutas y agua, paseó un rato por los jardines de la dashta, a las puertas de las Residencias de los Guardianes, frente a la muralla de la ciudad y, finalmente, partió hacia el interior de Varendia.

Los varantes eran gente respetuosa y religiosa, pero práctica; de modo que aunque vieran en Athran la armadura de los Guardianes de los Muertos, la mayoría se limitaba a una leve inclinación de cabeza como señal de respeto o ni siquiera eso. De todos modos, Athran lo prefería. No le gustaba estar entre mucha gente.

Así pues, en cuanto pudo tomó una de las calles paralelas a la Vía de Al'Darme —comúnmente conocida como Gran Vía, la calle más espaciosa y poblada de la ciudad, a excepción de las avenidas de los comerciantes—, y callejeó sin perder el rumbo por las zonas periféricas al distrito de los Guerreros.

Su destino, el edificio del Senado, Al Esgareth, se perfiló finalmente en el horizonte sobre la mayoría de las viviendas, oficinas o talleres de la capital. Aunque el Senado no era una de las construcciones más altas —otra cosa muy diferente era su superficie—, se dejaba ver entre la multitud de piedra y arena.

Por aquellas horas, el sol aún no atacaba con todo su poder y, bajo los toldos de lo alto de las casas, hacía un agradable fresco. Toda la calle olía a especias y comida: era la hora del almuerzo. Tras hacérsele la boca agua, Athran se decidió por refrescarse en una de las pequeñas fuentes de aquella zona. Ya había abandonado el Distrito de los Guerreros, y caminaba ahora por la zona norte del Distrito de los Eruditos, cercano ya al Senado. Aquel distrito, en contra de la la mayoría de Varendia, era tranquilo y ajardinado, un lugar perfecto para el estudio y la meditación. Siempre le habían gustado aquellas zonas de la capital.

Finalmente, se encaró al edificio del Senado. Éste contaba de dos zonas: una cámara de recepción baja, a modo de pasillos, que rodeaba todo el recinto circular; en la zona de la entrada, tomaba forma de rectángulo. El tronco principal del Senado era la Cámara de los Maestros, donde diez Maestros Cofrades de cada dehni se reunían a menudo —como mínimo una vez a la semana— para discutir los temas que requirieran atención. El edificio entero era sobrio en su cara externa, adornado con columnas y algunas estatuas de animales; la grandeza de su manufactura se encontraba en su interior. El suelo estaba edificado con grandes losas de mármol negro, las paredes con caliza y arenisca. La belleza radicaba en su combinación de sobriedad y elegancia; la falta de adornos materiales, unido a una estudiada decoración a base de grabados, dibujos y mosaicos, culminaba un proceso de construcción basado en la experiencia de generaciones de arquitectos sufriendo y dominando la dureza del desierto.

A aquel lugar se dirigió él entre la gente, tarareando en su mente, distraído. Había quedado con su hermana por la noche para dar un paseo bajo la luna y el frío de la noche, pero por la mañana tenía una tarea de mucha mayor importancia; al menos, eso creía. Él no era aún Maestro Cofrade ni era senador, pero conocía a uno de su misma cofradía con quien siempre había compartido amistad, ideales y confianza.

— Busco a Deran ish Talroth —dijo a un hombre que se ocupaba de la recepción. Éste último le indicó uno de los salones anexos a la Cámara de los Maestros.

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— ¡Buenos días, joven Athran! —saludó el viejo y alegre Maestro. Los cincuenta años a sus espaldas sólo se notaban en su pelo cano y las arrugas de su rostro, pues su mirada era cordial y juvenil y su carácter, siempre amable. La vitalidad y energía nunca le habían abandonado, por añadidura.

— Buenos días, Deran —dijo Athran. La confianza que ya se tenían había sobrepasado el uso del usted—. Me alegro de verte.

— ¿Cómo te va todo? Ayer fuiste a la Cámara del Eco, por lo que me han comentado —comentó Deran con orgullo. Pero Athran frunció el ceño.

— Por eso he venido —dijo Athran—. Maestro Deran, ¿qué sabes de la Cofradía de Comerciantes estos días? ¿Ocurre algo malo con ellas?

Deran frunció el ceño a su vez y gruñó.

—En buen momento lo preguntas. Ayer hubo reunión en el Senado, y por poco no llegan a las armas. Hipócritas desalmados...

Para los varantes, "desalmado" es un insulto grave, pues indica "falta de alma". Teniendo en cuenta su concepción profunda del alma, es comprensible que decirle a alguien que no la tenga suponga un terrible agravio. En el lenguaje cotidiano no era tan grave, no obstante.

— Cuéntame, Maestro —pidió Athran.

— ¿Seguro que no prefieres ir a comer? —sugirió sin muchas esperanzas. Ante la sonrisa divertida de Athran, se dio por vencido—. Bien, la teoría es sencilla —comenzó—. Últimamente ha habido malestar entre los pequeños comerciantes. Las protestas se han extendido a algunos de los Maestros Cofrades; según ellos, existe una auténtica red de corrupción y una interminable cadena de favores entre algunos de los Razzâg más influyentes cuya finalidad última sería hacerse con el control de toda la Cofradía. Ya te puedes imaginar la que se ha montado en las calles y en el Senado. Los Razzâg controlan ingentes cantidades de capital y buena parte de Varendia depende de ellos. Algunas familias se han quejado incluso de que han sufrido intentos de asesinato. La confrontación más fuerte la tuvieron ayer los de la casa de Al Saqr y los de la de Al Hamza. Personalmente me caen mejor los de la primera. Los Hamza, Khaldoon y compañía, siempre me han parecido peligrosamente ambiciosos.

— ¿Tanto como para asesinar? —preguntó Athran.

— No lo sé. No me atrevería a asegurarlo; aunque la mayoría de los Hamza son unos parásitos egoístas, un asesinato son palabras mayores. Si se descubriera, aparte del castigo penal... imagina el prestigio de toda la familia, quedaría por los suelos.

Athran quedó en silencio durante unos minutos, meditando.

— Bueno, gracias Deran. Temo tener que irme con prisa. Pero tranquilo —añadió con una sonrisa maliciosa —, no he olvidado que me debes una comida.

Deran rió con fuerza y se despidió con un gesto.

— Ah, Athran —dijo cuando el joven ya abría la puerta—. No metas las narices donde no te conviene. No es prudente que te metas en asuntos de tal importancia, podrías jugártela con tus superiores... y quizá la apuesta sea tu cuello.

Pero Athran ya abandonaba la habitación; el joven se limitó a un leve gesto con la mano a modo de despedida.

Porque, como había dicho, tenía prisa.

[Editado por Thirian el 27-08-2007 22:18]

Escrito el 28-08-2007 20:03 #5

Tras varias horas de música, bailes y risas por fin la bishr (termino nómada empleado para denominar una fiesta) llego a su fin. Los nómadas por fin pudieron regresar a sus habitaciones a descansar, con una sonrisa dibujada en su rostro.

[…] la noche transcurría tranquila [..]

Shamal se despertó inquieto, tuve la premonición de que algo había pasado; bebio un poco de agua para calmarse e intento dormir un poco más. Cansado de dar vueltas en la cama decidió salir a dar una vuelta, tomo el abba y se la puso por encima; pues aunque el calor aprieta por el día, al caer la noche las temperaturas caen drásticamente. Tras andar sin rumbo, se percato que estaba perdido por Kosori ninth .

Fue ascendiendo lentamente por uno de los túneles hasta llegar a una pequeña obertura que daba a la parte más alta de la montaña. El mirador de Diya al Din que daba al oeste; por el día se podía divisar en la lejanía el Gran templo y para aquellos con una vista privilegiada el mar.

Ahora la oscuridad lo anegaba todo, solo las estrellas y la luna iluminaban el firmamento. Shamal alzo la vista y observo las distintas constelaciones; la constelación de Nidrant brillaba con una inusual intensidad, para los varantes era síntoma que el caos y la destrucción estaban próximos, - un mal presagio – se dijo para si.

[…] Observando las estrellas, bajo la calma reinante del desierto, Shamal encontró un poco de paz y allí permaneció cautivado por el esplendor de la noche hasta que […]

- Haytham, al fin te encuentro – Exclamo una voz fémina. Shamal se jiro y se encontró cara a cara con Kara, la hija de Bakr, el líder de los Azab. Kara estaba envuelta en un Abba azulada, y sus ojos grises brillaban con intensidad bajo la luz de la luna; Shamal la miro – me recuerda tanto a mi hermana Samira - pensó.

- Mi padre te anda buscando - Continuó.

- Ocurre algo – preguntó Shamal intrigado.

-No estoy segura, pues solo me ha pedido que te buscara – Respondió levantando los hombros.

[…]

Shamal y Kara se dirigieron a ver Bakr

[…]

Escrito el 29-08-2007 07:18 #6

La luz se filtraba por la ventana, como pequeños retazos de flores, el sonido de las discusiones externas, apenas y se filtraba por ella, aquel era un lugar tranquilo y acogedor, al menos, cuando se estaba solo. Neyla miró el vaso de agua, puesto sobre la pequeña mesa de madera del centro, la luz también se filtraba por ahí, formando un pequeño arco iris, un fenómeno muy hermoso, para ser tan pequeño; se acomodó en los cojines y desvió su mirada de regreso a la ventana; ya llevaba un rato ahí, esperando. De vez en cuando pasaba uno de los maestros y la saludaba, después se alejaba, era raro ver a un nesrin en el senado, cuando no había sesión, eso sin duda se debía a que el distrito estaba a un costado y que los eruditos no necesitaba estar presentes para saber que pasaba. Cuando un nesrin se presentaba de aquella forma en la cámara, era porque quería hablar con los Balzac o bien, porque tenía reunión con algún grupo de senadores.

Neyla se levantó e hizo ademán de acercarse a la ventana, cuando por el arco de la puerta, entró el senador que la había citado. Era Thargum, perteneciente a Al Dehni Rolnaeth(la cofradia de sacerdotes), la elfa lo conocía desde algún tiempo, era descendiente de unos de los hombres que la apoyó fervientemente cuando Selragar la repudió, y ella veía en aquel muchacho de tan solo 26 años, la misma fuerza espiritual de su antepasado, en aquella familia era conocida sólo como una leyenda, pero Thargum le reconoció y desde que entró en el senado, siempre estuvieron en contacto. El joven hizo una reverencia y la invitó a sentarse.

-Ha de disculpar mi tardanza, me han detenido unos asuntos en el camino-le dijo, ella asintió en silencio y le indicó que continuará- Me han dicho que ayer llegaron los últimos niños de la Mivrat, ¿Se encargará de alguno de ellos?.

-Me haré cargo de dos grupos, uno perteneciente a la mivrat de la cofradia de los comerciantes y el otro a la de distrito de artesanos, ¿Por qué tu pregunta Thargum?.

-Me alegra escuchar eso-contestó- Vera, mi hermana Thara, ha llegado a la edad para elegir su camino y viene de la Dehni de nuestro padre, ¿ la ha visto?.

-Aún no, esa es mi tarea de hoy, llevaré a los niños por los jardines para conocerlos, ¿quiere que le de un mensaje?.

Él negó con la cabeza, Neyla lo observó detenidamente, en su mirada solo había preocupación por una hermana, que realmente no conocía, pero de la que quería estar atento, un suspiró salió de sus labios.

-Estaré atenta a su hermana, no se preocupe, velaré por ella el tiempo que esté bajo mi manto- Neyla se levantó, seguida del sacerdote-veré que siga el camino que le indica su espíritu.

-¿Podría pedirle algo más?-la elfa movió la mano, en señal positiva-Vea que no saque de quicio a nadie, mi madre me ha dicho que es un poco impulsiva.

Tal vez, otra persona hubiera reído a rienda suelta o sonreído por lo menos, pero Neyla no, sólo le miró y cerro los ojos, dándole entender que lo haría. El hombre dio las gracias y ella terminó por despedirse de él. Camino hacia la entrada y salió rápidamente del edificio, al llegar al distrito de su cofradia, se recargo un momento, en la pared de una de las calles, inhaló profundo, dejando que el aire le entrará hasta los pies; ¿qué hacia?, levanto la mirada al cielo y esperó a que su corazón se calmara, no debió haber asistido, no debía involucrarse con la gente, no otra vez; se paso la mano por la frente de la mascara e intento controlarse. Cuando se sintió mejor, comenzó a caminar de nuevo, hasta llegar al edificio de la Izdihar, las puertas se abrieron y ello entró directamente a los pasillos del Claustro, al final de éste había diez niños de entre once y doce años, se encontraban con un aprendiz de algún neshtri, el muchacho les hacia preguntas respecto a sus familias, cuando vio venir a Neyla, se incorporó y puso a los niños en orden, había cuatro niñas y cinco niños, todos revueltos entre sí. El aprendiz hizo una reverencia y los niños le siguieron, aunque una de ellas al saludar alzó la mirada y observó a la recién llegada, supo que ella era la hermana de Thargum al instante, el aprendiz se despidió y camino por el pasillo lateral, alejándose por una de las entradas a las neshtris.

-Bienvenidos al Izdihar, mis niños, soy la Nesrin Neyla y estarán bajo mi cargo, el tiempo que duren las pruebas, vengan os llevaré al jardín.

La elfa dio media vuelta sobre sus talones y avanzó hacia el jardín, se adentró en él, escuchando todo lo que los niños murmuraban sobre ella, no había nada lastimero en sus comentarios, sólo curiosidad, una que no le hacia daño, por lo menos hasta que preguntarán sobre el porqué de aquella mascara tan hermosa que ocultaba su rostro a los demás. Una de las niñas se postró a su lado observandola muy atentamente, era Thara.

-Yo la conozco-dijo y los demás niños se callaron-Es la elfa que mató al dragon, al mismo que la maldijo a vivir con lo que oculta, debajo de esa mascara.

-Y tú eres Thara, la hermana de Thargum el sacerdote.

La niña abrió los ojos, ¿cómo sabía su nombre?.

[Editado por tari el 29-08-2007 07:28]

Escrito el 30-08-2007 07:11 #7

Thara iba a hacerle la pregunta sobre cómo la había identificado, porque en sus pensamientos infantiles bien había podido deducir que alguien le había hablado de ella a la Nesrin, pero no lo hizo, no tanto por prudencia, cualidad de la cual carecía, sino por inquietarle más la mención de su hermano. Un hermano que era más una leyenda que la propia personalidad de Neyla. Pues las veces que él llegó a visitar la casa, fueron tan escasas que eran tratadas con total hermetismo.

Thara y el resto de sus hermanos sólo lo veían a distancia, sus padres los enviaban a jugar para que no interrumpieran la plática que no se extendía más de dos horas. Los primeros años aceptaron la orden con la mayor felicidad, pues podían corretear, brincar y gritar sin una voz imperiosa que les restringiera; mas con el tiempo, el juicio y la curiosidad superaron el ímpetu del juego, varias veces intentaron escuchar pegados a la puerta o por las rendijas de ésta, pero Thargo abría justo en el momento y, los corría castigándolos por entrometerse en asuntos de mayores. Así que terminaron por rendirse y aceptar que "existía" un hermano "importante" al que jamás tendrían acceso; lo admiraban, pero a la vez le temían. No conocerlo, les hizo pensar que era lo mejor, el único concepto que tenían de "hermano mayor" hasta ahora, era el de despótico y autoritario, debido al carácter de Therond.

Así que Thara vio su oportunidad para conocer algo de ese ser tan extraño que parecía llevar su sangre.

- Entonces ¿Conoces a Thargum? -le preguntó a su Nesrin como si fuese su mejor amiga. La elfa no le dió importancia a su tuteo, movió la cabeza levemente en una afirmación. Los ojos de Thara brillaron con mayor intensidad y su expresión fue de inusual asombro y alegría, le tomó la mano a Neyla y avanzando sin soltarla, le hizo una petición.

- Cuéntame Nesrin!! cuéntame dónde lo conoces ¿cómo es? ¿es muy malo?

La elfa se sintió contrariada por la confianza con la que Thara se conducía hacia ella, no porque le molestara, sino por la falta de costumbre al tacto cálido con los demás; con suavidad, Neyla se desprendió de ella, en un afán de conservar la calma.

- Ya habrá tiempo para hablar de tus dudas, Thara -y dirigiéndose a todos- Avancen a mi lado, vamos a recorrer los jardines a los que podrán tener acceso en su tiempo libre.

Los condujo por un corredor abierto, a la derecha se imponía la barrera de árboles que anunciaban el inicio de uno de los jardines. Thara amaba la naturaleza, y la belleza de aquellos árboles no se comparaban con ningún otro, y emitiendo un ahogado grito de sorpresa, corrió veloz hacia ellos hasta perderse de la vista de Neyla y el resto de los alumnos.

Después de un rato, Neyla encontró a Thara, la observó a la distancia, parecía hablar sola, por un momento, se sintió identificada. Sacudió sus pensamientos y se aproximó a ella, era hora de marcharse. Thara volteó a verla, tenía un buen oído, una sonrisa iluminó su fresco rostro.

- Nesri... ¿Ahora es tiempo?

- Me temo que no, es necesario partir antes de la puesta del sol.

- Los árboles murmuran... ¿Los oye? Creo que están contentos, me han dado la bienvenida!!

- Es hora, vamos con los demás. -le extendió la mano, después de todo no le era desagradable sentir su calor una vez más. Thara corrió hacia ella sonriendo, le tomó la mano y la jaló con esfuerzo para hacerla correr también. Neyla sonrió nerviosa, de pronto dirigió su mirada a los árboles que quedaban detrás mientras continuaba avanzando hacia el frente conducida por Thara. Tal vez, no sólo era una fantasía de la niña, tendría que vigilarla más para descubrir los dones que ella pudiera tener.

Escrito el 30-08-2007 15:56 #8

Athran aceleró la marcha según avanzaba por las serpenteantes calles de la Cofradía de Eruditos. Más de una vez se vio envuelto entre una algarabía de jóvenes estudiantes correteando y jugando; pero no le molestó en absoluto. A pesar de que era aún jóven, le gustaban los niños, y tarde o temprano pensaba tener, como mínimo, una hija.

Dejando al margen aquellos pensamientos, se concentró en lo que se proponía hacer. Las grandes mansiones de los Razzâg se localizaban en zonas periféricas de la dernah, alejadas del tumulto y la "plebe". Así pues, le tocaba una gran caminata.

Atraído por el frescor de los jardines del distrito, se dejó llevar a las grandes escuelas; aunque el camino más directo no pasara por ellas, cinco minutos de diferencia no marcarían mucho.

Así pues, su vista deambuló por aquellas zonas plagadas de árboles, helechos exóticos y frutales. El sistema de riego del que se aprovechaba Varendia había sido estudiado durante cientos de años por generaciones de ingenieros, primero de Nashaltân, después de la propia Al'Varant.

Absorbido por aquella maravilla del intelecto humano, pisando el mullido suelo de césped, no se dio cuenta de que iba a chocar hasta no fue demasiado tarde.

Ensimismado, de pronto notó un fuerte golpe en sus piernas y su vientre; alarmado, su mano fue directa a la empuñadura de Azrêil, pero en lugar de un enemigo de pérfidas intenciones se encontró con una hermosa niña pelirroja tendida en el suelo, visiblemente asustada por la intrusión. Al darse cuenta de su tonto error, el rubor corrió a sus mejillas y se apresuró a ayudar a la niña.

— Lo siento mucho, pequeña —se disculpó, poniéndola de pie con la facilidad con la que habría cogido un muñeco.

En otras circunstancias, Thara se habría revelado contra su agresor, pero entonces se fijó en la armadura ornamentada de Athran, aquella que sólo portaban los Guardianes de los Muertos, y sus ojos se abrieron como platos. La única ocasión que había visto un Dherasda era el pasado año, en las Fiestas de Año Nuevo; durante las ferias se celebraban en la Arena los combates entre hamsharen, que en su mayoría eran Guardianes de los Muertos; quedó tan asombrada por la destreza de los combatientes, que se juró a sí misma que alguna vez ella también aprendería aquel estilo de combate.

Ver a uno de aquellos míticos guerreros era, para su pequeña mente infantil, aunque madura para la edad que tenía, un sueño hecho realidad.

Uno de los Nesrin se acercó para ver lo que había ocurrido.

— Culpa mía, profesor —dijo Athran con respeto—. Voy con prisa, pero la visión de un jardín bello siempre me conmueve, y perdí la noción de las cosas —se giró hacia la niña con mirada bondadosa—. ¿Te hice daño?

Thara negó con la cabeza. Lo cierto es que sí que le dolía la cara, pero no lo iba a decir en alto, por supuesto.

— Siento mucho el incidente —dijo, inclinándose para que los ojos de la niña se cruzaran con los suyos. Acarició levemente su mejilla a modo de disculpa y se irguió de nuevo. Despidiéndose, partió con renovada velocidad.

No sabía por qué, pero aquella joven de pelo granate y ojos del color de la miel le causó una instintiva simpatía.

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Llegó a su destino media hora después, caminando a muy buen paso. El duro entrenamiento de la Cofradía le había proporcionado una resistencia sorprendente, de modo que había pocos ejercicios —ejercicios normales, claro está— que pudieran cansarle.

El gran mercado de Varendia era un lugar bullicioso; las dos cosas que habían impresionado a Athran la primera vez que entró fueron la enorme vitalidad de todo el complejo —al dernah rezumaba vida— y los olores. Las especias, las frutas, las bebidas que los comerciantes tomaban para refrescarse... todo aquello, en su conjunto, constituía un espectáculo digno de ver y digno de vivir.

Athran tomó una de las calles accesorias, con poco tránsito de gente. Le resultaría mucho más fácil cruzar el mercado si no tenía que bucear entre varantes.

Las casas de los Razzâg quedaban más apartadas. Los grandes comerciantes —los Príncipes Comerciantes, como se los llamaba a veces— construían imponentes mansiones que se transmitían de generación en generación. Con los siglos, el comercio se había vuelto estático y cerrado, pues era difícil enriquecerse en aquel mundo desigual. Los razzâg habían acabado por constituir, irremediablemente, una aristocracia financiera de proteccionista rigidez. Al meditar sobre ello, Athran no se sorprendió de que las cosas hubieran llegado a un punto crítico.

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El mayordomo de la mansión de la casa Hamza recibió con sorpresa y cierta inquietud la visita del Guardián de los Muertos. Athran fue llevado a un salón de recepción, donde se le sirvió un té con menta. El lujo de aquella vivienda provocó en el joven un automático rechazo hacia el propietario.

Khaldoon apareció poco después. Ambos se saludaron y se estudiaron con la mirada. El Razzâg mostraba una sonrisa cordial, de afable despreocupación, pero sus ojos negros desmentían cualquier atisbo de bienvenida. La mirada de Khaldoon era profunda, escrutadora; parecía como si su ceño estuviera permanentemente fruncido. En conjunto, no le gustó la mirada del Razzâg. Pudo ver en ella, o creyó ver, una desmesurada ambición.

— Perdone la intrusión, señor —dijo Athran, con una leve inclinación de cabeza.

— No se disculpe, por supuesto. Una visita tan distinguida siempre es bienvenida —ambos se sentaron entre las mullidas almohadas—. No obstante, seré yo quien se excuse. Mis tareas me exigen una permanente vigilia, y no podré conversar con usted durante demasiado tiempo.

— Naturalmente. En cualquier caso, sólo le retendré por unos momentos.

— ¿Qué le trae por aquí, pues?

— Lamento decir que un asunto de extrema gravedad —respondió Athran. El mayordomo se sentía cada vez más incómodo. Los dos interlocutores parecían estar librando una auténtica batalla con los ojos.

Khaldoon, por su parte, asintió.

— La vida es grave, me temo.

— Así es —concedió Athran—. Han llegado a mis oídos ciertos rumores acerca del malestar en la Cofradía de Comerciantes. Quería saber de primera mano lo que usted opina al respecto.

— Pero, ¡no me diga que se deja llevar por los rumores! —exclamó Khaldoon con una sonrisa de amabilidad.

— Por supuesto que no, mi señor. Tenga por seguro que no le molestaría de este modo por rumores sin fundamento —dijo Athran.

— Mi querido Athran —continuó Khaldoon con un brillo extraño en los ojos—. Sé por experiencia del gran prestigio de vuestra Cofradía —Athran inclinó cortésmente la cabeza—; no entiendo, por tanto, cómo es que venís sin autorización de los Señores de la Muerte. ¿Han cambiado los procedimientos? No se me comunicó, entonces.

Athran sonrió para sus adentros. Condenada serpiente, pensó. Presintió una terrible amenaza en aquellas palabras; Khaldoon era un hombre de poder, y tenía influencia en todos los sectores de la ciudad.

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Al salir de la mansión, los ojos de Athran brillaban con determinación. Demonio escurridizo, susurró mientras salía. De la breve conversación había sacado algo muy en claro: si aquel poderoso señor no había querido decir nada, era por algo. Pues un hombre con poder e intereses nunca dice nada o deja de decir nada arbitrariamente.

Si el día no había desvelado ninguna información reseñable, quizá la noche sería más apropiada para él.

Por su parte, Khaldoon se mantuvo en silencio unos minutos, ensimismado en sus reflexiones.

— Haz que lo vigilen, Nasht.

[Editado por Thirian el 30-08-2007 17:14]

Escrito el 30-08-2007 23:28 #9

Bakr los esperaba en sus aposentos, de pie preparando un te con menta, se le notaba algo nervioso y alicaído.

-Gracias por traer a Shamal, ahora déjanos, tenemos que tratar un asunto personal. – Le dijo su padre, en tono solemne haciéndole un ademen de que les dejara solo.

Shamal – se dijo extrañado para si mismo - ¿Por que utilizara ese nombre ahora? – se pregunto Shamal.

Kara se cruzo de brazos, frunció el ceño, y adopto una actitud desafiante

-Puedes hablar con franqueza, padre – Le respondió desafiante –

- Esto es entre Shamal y yo, por favor déjanos solo. – endureció el tono de su voz.

- Kara tranquilízate y déjanos solos; tú padre tendrá sus razones. Le respondió Shamal.

-Pero Haytham …. – protesto Kara –

-Haz caso a tú padre por una vez - Le respondió Shamal, mientras la miraba tiernamente.

-Esta bien – Asintió Kara a regañadientes. Mientras salía de la estancia

-¿Qué es lo que ocurre? – preguntó Shamal intrigado.

-Me temo que tengo malas noticias, Shamal - Bakr hizo un pausa – Estas enterado que desde hace un tiempo las cosas no van bien en la Dehni Dernaht.

-Si, me han llegado alguna noticias - Shamal hizo una pausa, recuerdos de tiempos pasados invadieron sus pensamientos, después continuo – siempre ha habido mucha rivalidad entre ellos, no es nada nuevo.

-No, no lo es, - Asintió Bakr -pero esta vez te afecta a ti directamente –

- ¿A mí? – Shamal se inquieto.

-Si, querido Shamal, tu familia a caído, fueron asesinado hace unos días, lo siento mucho. Bakr bajo la mirada unos instantes.

Shamal permaneció en silencio, intento procesar aquella información lo mejor que pudo. Las lágrimas empezaron a brotar de sus ojos, cerró los puños con fuerza y rabia, y fruto de ese dolor dijo:

-Eso es imposible, el senado nunca permitiría algo así, es descabellado,¡¡ NO PUEDE SER!!!. Grito Shamal, que había perdido los nervios.

Bakr se acercó y le abrazo – Lo siento Shamal – le dio unas palmadas en la espalda para reconfortarlo – Su caravana fue atacada y no quedo nadie con vida, además han sido acusados de alta traición, tú eres el último.

Los recuerdos le embargaron, las imágenes de su padre Hayyan, siempre revisando los documentos, visitando el almacén, explicándole las expediciones de las que había vuelto. Anisa su madre, que con su dulce voz le cantaba explica historias. Samira, su hermana, que le enseño a tocar el basilet, y Tufayl, su hermano pequeño, que siempre le reprochaba su actitud, pero le encantaba que le enseñara trucos de magia.

Escrito el 31-08-2007 07:02 #10

La noche ya caía sobre Varendia; poco a poco la vida ajetreada de las calles fue acallándose y lo mismo pasaba en la cofradía, el ruido de los niños, fue sustituido por el canto de los grillos y la aves nocturnas, que inundaron los pasillos y los jardines del lugar, la luz del sol, fue sustituida por pequeñas lámparas de aceite, ubicadas en puntos específicos de los edificios,( los jardines y el observatorio eran los únicos que se quedaban a oscuras). Sin embargo y aún en la noche, había gente paseándose por los pasillos de la matriz, era hasta muy entrada la misma, cuando muchos de los maestros cofrades abandonaban la cofradía para dirigirse a sus hogares, ubicados en diferentes distritos de la ciudad. Pero en aquella época del año, era diferente, nadie salía de ahí(a excepción de los aprendices), puesto que debía quedarse junto a los niños, que tampoco abandonaban el distrito, hasta que se tomará una decisión respecto a su formación.

Neyla, apagó la lámpara de la habitación y miró por última vez las camas del aposento. Todos los niños dormían ya, una pequeña sonrisa se dibujo en su rostro, no olvidaba porque se acercó a la Leshra, la inocencia de un infante, era lo único que podía animarla un poco, aquel intereses que mostraban los niños por ella, no cargaba con ningún prejuicio, sólo con el deseo de saber, de conocerla. Avanzó entre las camas y se detuvo en la Thara, tenía los ojos cerrados, pero no estaba dormida.

-¿No puedes dormir?-le preguntó en un susurro, la niña abrió los ojos de manera traviesa y asintió en silencio. La elfa se acercó sentándose en un costado de la cama, con la mano izquierda (la que no tenía cicatrices y que nostálgicamente, permanecía como en antaño)le acarició el rostro y le acomodó el cabello, no tenía porque tenerlo miedo, ella no le haría daño, no ella- Me parece que hoy, haz visto algo increíble.

-¿La mujeres también pueden ser guardianes de los muertos?- inmediatamente después agregó- Hoy, me crucé con uno en los jardines de las afueras, ¿todos son así de altos y gallardos?.

-Una pregunta a la vez-le contestó- Las mujeres sí pueden pertenecer a los Dherasda, pero para eso, tienes que ser más prudente-le acarició la nariz- No sé, si todos sean así Thara, pero los que he visto, sí lo son.

La niña sonrió y recordó al guardián que la tiró al suelo, con ese pensamiento cerró los ojos y se quedo dormida. Neyla se levantó entonces y salió del aposento.

Bajo las escaleras y salió del pequeño edificio de los dormitorios, por los pasillo aún caminaban, uno que otro maestro, pero todos lo hacían sin compañía alguna, cuando se cruzaban, sólo se limitaban asentir, para después continuar, con sus propias cavilaciones. La Elda, hizo lo mismo y se internó en los jardines, sentándose en una banca, lo suficientemente lejos de todos, lejos del mundo.

[…]

Unos pasos, interrumpieron sus pensamientos, cuando abrió los ojos se encontró frente Munhar, el Nasrim más viejo de la cofradía, el anciano que ya pasaba de los sesenta años, hizo un ademán con la cabeza, Neyla se levantó y se acercó a él.

-Uno de tus sirvientes, ha venido buscándote, dice que es muy urgente.

-¿Qué paso?

-No ha querido decirnos, solo que tienes que irte con él, lo antes posible.

-Ya veo, volveré antes del amanecer-dijo saliendo con Munhar del jardín, ahí ya les esperaba Inash, uno de sus sirvientes. El muchacho hizo una reverencia.

-Señora, debe venir conmigo, ha llegado un hombre del clan de los Zahar del desierto y con él ha traído a una muchacha…

Neyla le detuvo con la mano, se despidió del Nasrim y le indicó al muchacho que ya podían irse.

[…]

Al llegar se dirigió a la habitación, donde resguardaron al nómada y a la extraña, al entrar se encontró, con Hazda, un hombre que no rebasa los cuarenta, todavía traía el rostro cubierto por un velo, en la cama, ya reposaba una muchacha con las ropas mancilladas, en el pecho brillaba un collar, con la forma de un halcón. El hombre le saludó rápidamente y comenzó a hablar.

-Perdóname si he venido tan de repente, pero no sabíamos a quien acudir- la elfa le indicó que continuará y se sentó no muy lejos de la cama- La encontramos hace dos días, estaba enterrada en la arena y apenas si latía su corazón, cuando la recogimos, vimos que tenía ese símbolo en el pecho, la muchacha pertenece a una familia de comerciantes, con los que mi clan negocia de vez en cuando. Apenas despertó, solo alcanzó a pronunciar un nombre: Shamal dijo ella, luego quedo inconciente y ya no dijo más. La traje, porque después de encontrarla, unos extraños se presentaron, preguntando por ella, cuando vieron que no les diríamos nada, quisieron atacarnos…Por eso la he traído, con usted estará segura.

-¿Te ha seguido alguien?

-No lo sé, me aleje de mi familia ayer por la mañana y en el camino, no note ninguna presencia.

-Has hecho bien en traerla, ahora descansa y recupera la fuerza, para que regreses al desierto.

Hazda, salió entonces de la habitación, dejándola sola con la muchacha. Poco después entró Ingaran, el jefe de la familia que vivía con ella.

-Ve a Al Esgareth y busca a un hombre de nombre Deran, es un guardián de los muertos, dile que la Nasrin Neyla necesita hablar con él- el hombre asintió en silencio- que traiga a dos de los hombres de su templo; si se niega le dirás esto: los halcones murieron en el desierto y uno, está a punto de perder un ala. Manda a tu hijo al Izdihar, que traiga a Azdhan.

Ingaran asintió y se fue lo más rápido que pudo.