La Guerra de los Clanes

Darmandia

Escribiéndose...
Escrito el 24-03-2008 21:08 #1

Aquellos que se aventuran en el desierto sin precaución ni conocimiento corren el riesgo de perecer en el seno de su inclemencia. El mar de dunas, no obstante, tiene su propia belleza, única mas difícil de percibir. De entre todos sus habitantes son los varantes y, sobre todo, los nómadas de Adaner, quienes aman con mayor sutileza e intensidad la vida exigente que el desierto ofrece. Los varantes se adaptan con su ingenio, su mente audaz y su astucia natural; construyen ciudades e inventan mecanismos con los cuales vivir —que no combatir— en el desierto. Los nómadas no consideran el desierto su hogar, sino que van más allá: es una parte inseparable de ellos, unida por una simbiosis de pericia y tenacidad. Tienen sangre de arena, como dirían los varantes.

Los nómadas son viajeros itinerantes, que nunca gustan de permanecer en un mismo lugar por demasiado tiempo. La mayoría de sus refugios se limitan a improvisadas cuevas o tiendas de campañas en las que pasan la noche o se protegen de una tormenta de arena.

No ocurre así con Darmandia. Dado su escaso número, los nómadas nunca se reunieron en tamaño suficiente como para constituir aldeas ni nada parecido —ni tampoco lo desearon nunca—, mas de entre la aridez de las montañas surgió, sin ninguna razón aparente, tal y como florecen las flores del desierto, un lugar donde los nómadas se reunían de tanto en tanto para celebrar sus fiestas en alabanza de Adaner o las festividades comunes con los varantes.

El enclave está situado en las montañas, como se ha dicho, al norte del caudaloso río Nursha, en una amplia cueva que los nómadas decidieron aprovechar para sus propios designios. La caverna está dividida en varias cámaras donde los nómadas se reúnen, según el caso, para conversar, cantar o para almacenar provisiones. Los seguidores de Adaner son un pueblo austero, y no poseen joyas ni ornamentos de ningún tipo, a excepción de talladuras de madera o piedra. Así, muchas de las paredes de Darmandia están decoradas con símbolos y motivos de una sencilla, aunque sorprendente, belleza. Un río subterráneo atraviesa todo el complejo con agua fresca y limpia que los nómadas aprovechan sin dudar.

En el exterior de la cueva, a la sombra de las montañas rocosas, los nómadas erigieron algunas viviendas sencillas de adobe o piedra arenisca —que se confunden casi totalmente con el paisaje que las rodea— como estancias provisionales que, finalmente, se convirtieron en permanentes. También pueden verse algunos pabellones y un par de hogueras si los nómadas se reúnen para cantar o para observar las estrellas.

Ya que los nómadas son un pueblo reducido, dada su forma de vida itinerante, en Darmandia apenas pueden encontrarse más de un centenar de personas a la vez, exceptuando las grandes fiestas de Adaner, en las que todo el pueblo se reúne en unas manifestaciones muy admiradas por los varantes por su alegría despreocupada y su sencillez.

Darmandia es, en conjunto y para resumir, la manifestación más clara de lo que es y representa el pueblo nómada. Un oasis de vitalidad en el yermo muerto que lo rodea; un lugar de descanso tanto para los propios nómadas como para los cansados viajeros que tengan la rara fortuna de encontrar por casualidad este refugio.

[Editado por Balkis el 26-03-2008 00:54]

Escrito el 24-03-2008 21:51 #2

El cielo aparecía de un intenso color dorado, apenas desdibujado por unas notas de color azul violáceo. Amanecía en Darmandia, y la suave luz del amanecer sólo bastaba para crear una dulce penumbra sobre las montañas.

Las pequeñas casas de adobe permanecían silenciosas, y nada podía delatar siquiera si estaban habitadas o no en aquellos momentos. Algunas hogueras humeaban levemente, con rastros de brasas rojizas entre las cenizas grises, pero quien quiera que las hubiera encendido se había marchado hacía tiempo.

Una doncella de cabellos rubios casi de plata deambulaba entre las casas de adobe. Parecía perdida mientras daba un paso tras otro con los brazos entrelazados, intentando llegar a un lugar que todavía desconocía. Su vestido blanco de lino aparecía desgastado, y de la falda apenas quedaban jirones de tela. Tampoco llevaba manto alguno sobre la cabeza, tal como usaban las gentes del desierto para protegerse de la inclemencia del sol. Sus labios estaban resecos, agrietados, cubiertos por costras sangrantes, lo cual indicaba que hacía varios días que caminaba por el desierto sin probar el agua.

Sus ojos verdes, enrojecidos por el sol y la arena, se fijaron en la luz temblorosa de una antorcha que procedía de la entrada de la cueva. Eso quizás le dio nuevas fuerzas y, cansadamente, avanzó arrastrando los pies descalzos sobre la arena todavía fría. Al llegar hasta entrada, se aferró a la pared rocosa. Las luces temblorosas la invitaban hacia el interior.

No pudo llegar. A mitad de camino tropezó, y cayó sobre el suelo de roca. Sus manos y su frente se tiñeron con sangre, y después, simplemente, cayó en la inconsciencia.

[Editado por Balkis el 26-03-2008 00:55]

Escrito el 26-03-2008 23:32 #3

Amaneció lentamente, tal y como si el sol tuviese aquel día pereza para iniciar su eterno e incansable viaje. Los pocos nómadas que había entonces en Darmandia se levantaron con prontitud —como siempre hacían— para iniciar sus tareas, ya fuesen mantener el tímido pero suficiente cultivo del interior de la cueva, a la sombra y el frescor de las paredes de roca, levantar un fuego para cocinar o realizar algún viaje corto.

De entre ellos, el serio y exigente Deharu fue el primero. Era un nómada de piel morena y rostro inescrutable, curtido y sabio, aunque quizá demasiado duro y desconfiado. Todos coincidían, no obstante, en que era un hombre bondadoso, y con toda certeza uno de los más resistentes y tenaces de entre los nómadas, lo que ya era mucho decir de su parte.

En cualquier caso, fue Deharu, por despertar el primero, quien observó a la extraña mujer tendida en el suelo, con las manos cubiertas de sangre. Su primera reacción fue de un completo estupor. Un segundo después se repuso y su mente comenzó a trabajar con toda celeridad. Corrió hacia la muchacha y dio la vuelta su cuerpo. Su rostro pálido y su cabellos claros lo sorprendieron; era, a todas luces, una extranjera. Estaba caliente, y tenía pulso. La sangre era líquida aún y las heridas muy recientes. Acababa de caerse, entonces.

— ¡Dhorûst ad'aishût, Huyno! —exclamó Deharu en darmano, lo que en nuestro idioma traduciríamos como "¡Ven rápido, Huyn!". El aludido, un nómada mucho más joven, de rostro afable y simpático se acercó con presteza. Al ver a la extranjera, adoptó una expresión asombrosamente parecida a la de su compatriota, aunque tardó algo más en reaccionar —no tenía la experiencia del primero.

Tomaron a la joven en brazos con sumo cuidado y una delicadeza que parecería extraña a los ojos de un desconocido viniendo de los rudos hombres del desierto, y la transportaron al interior de la cueva, donde hacía fresco; otros nómadas trajeron mantas y arroparon a la extranjera frente al fuego.

Habituados a la vida extrema, todos los nómadas tenían conocimientos de curación, y eran expertos en el uso de todo tipo de hierbas —más aún que los Cofrades varantes—; trataron las heridas de la hermosa joven y vendaron las manos.

Unos conduntentes golpes a la puerta lo sobresaltaron en mitad de un profundo sueño. Maldiciendo en silencio a todos los dioses varantes y a la condenada mala educación de los nómadas —o su franqueza innata, según se viera—, Athran se estiró en la cama con el ceño fruncido y gruñó.

— Adelante —dijo con la voz ronca. Uno de los nómadas de Darmandia —Deharu, según lo que percibió su visión aún borrosa— entró en la habitación y lo saludó con la mano.

— Tenemos un visitante —anunció sin más preámbulos—. Será mejor que vengas a ver.

— ¿Un visitante? —exclamó Athran, malhumorado—. ¿Me has despertado por que ha venido un maldito visitante? ¡Vienen viajeros cada semana, por el amor de Audrant!

Deharu se mantuvo impasible, como de costumbre. A veces, al Dherasda se le antojaba aún más estricto e inmutable que sus compañeros Náredain.

— Este te interesará —dijo Deharu—. Es una mujer de piel blanca y cabello claro. Quizá pertenezca a tu pueblo.

Entonces Athran sí manifestó interés. ¿Un Náradan en pleno desierto? Era más que improbable... los Náredain no solían salir de Varendia y sus alrededores.

— ¿Una númenoréana? —se aventuró. Deharu se encogió de hombros. El sueño del Dherasda volvió entonces a él, perdida la curiosidad inicial, y murmulló varias protestas y maldiciones.

— Está bien, iré.

—No me habías comentado que estuviese herida —dijo Athran después, con su mirada aún fija en la doncella. A pesar de los labios cortados, definitivamente era muy hermosa. Era precisamente su estado —sus heridas, su desmayo— lo que daba sensación de vulnerabilidad y, en consecuencia, aumentaba su atractivo.

Se inclinó hacia ella y la observó con más detenimiento. No parecía númenoréana. De hecho, su aspecto y su cabello lo había dejado tan desconcertado como a los nómadas. Le acarició la mejilla, donde tenía un leve rasguño. Su piel estaba fría, a pesar de la cercanía a la hoguera.

Entonces la joven despertó. Sus párpados se abrieron lentamente, revelando unos ojos verdes de una intensidad sorprendente. Tras el sobresalto inicial, Athran se repuso y sonrió cordialmente.

— Buenos días, mi señora.

Escrito el 27-03-2008 04:57 #4

El sol aún no aparecía en el horizonte, sin embargo, una luz grisacea ya cubria por completo la ciudad de Varendia. En las afueras un pequeño grupo ya se alistaba para salir, dos figuras amarraban bien las provisiones de agua y comida para el camino en uno de los camellos, mientras tanto las otras dos aseguraban bien los pertrechos en cada una de sus monturas. La más alta de todos ellos se ajustaba los guantes de las manos, luego se pasó el velo azul marino por la cabeza, cubriendose el rostro, dejando solo un pequeño espacio para los ojos. cuando terminó miro a su alrededor, no eran los únicos que salían de viaje, otros dos grupos también se preparaban para adentrarse en el desierto. La elfa hizo una seña con la mano y sus acompañantes se subieron a los camellos, justo cuando iba a hacer lo mismo, un hombre llegó corriendo. Era Thargum, un compañero sacerdote del senado, después de saludarse, Neyla le preguntó:

-¿Cómo está tu madre?

-En silencio-contestó el hombre- Aunque más alegre, mi hermano Tharion la ha visitado ultimamente- Neyla asintió en silencio y Thargum miró a sus acompañantes- He oido que los Balzac le dieron permiso para viajar a Darmandia, no hace mucho que regreso de Tulkatumbo ¿y se va tan pronto otra vez?

-El clan de los Zahar se encuentra ahí- respondió la Nesrin, acariciando la piel del camello-Pronto habrá una unión marital con el hijo de otro clan y me han invitado, conosco a la novia desde que era una niña, como a tu....-La elfa calló, pero Thargum agregó rapidamente:

-Como a mi hermana- un velo incomodo se poso entre ellos.

Y las palabras fluyeron como un rio de tristeza.

[...]

Ya caía gracilmente la tarde, cuando las montañas rocosas tomaron su verdadera forma, pequeñas fogatas ya bailoteaban en las afueras de las casas rojizas y los cantos se alzaban por sobre la inmensidad de las rocas silenciosas e inmensurables a sus ojos. El grupo bajo de los camellos y siguió a pie, Neyla iba detrás de sus sirvientes, era una costumbre que llevaba siglos sin romper, no le gustaba aparecer entre tanta gente.

Conforme se fueron acercando, la elfa supo que algo había pasado, pues los nómadas andaban intranquilos, cuando los divisaron un hombre corrió a recibirles, al ver a la elfa le contó rapidamente lo sucedido aquella mañana, al terminar desapareció entres las rocas, al rato regresó con Hazda de los Zahar que sonrió alegre y con un muchacho que no esperaba encontrarse en aquellos parajes.

-Athran, extraño es el destino- le dijo quitandose el velo y dejando entrever su mascara de mithrill-que hace que nos encontremos en tan lejanos parajes, tan diferentes a los asientos de la Camara de los Maestros.

- Y sin embargo, por el senado estoy aquí- dijo Athran sonriendo, aunque en su rostro se veía algo de preocupación.

-¿Pasa algo?-preguntó la elfa

En ese momento, la elda sintió una mirada sobre ella, una sensación melancolica inundó sus ojos al encontrarse con Thara, que la observaba desde lejos, la muchacha puso un dedo sobre sus labios, indicandole silencio. Ella sólo asintió con la mirada, ¡¿qué podía hacer?!, ella seguía tan enojada como antes y...

-Neyla- la llamó Athran, sacandola de sus pensamientos, La elfa movió la cabeza y los siguió.

[Editado por tari el 17-04-2008 05:20]

Escrito el 27-03-2008 11:49 #5

El pasos se amplificaban sobre aquel suelo de mármol. Niniël aparentemente nerviosa esperaba. La habían aceptado en la Casa de los Sacerdotes, uno de sus maestros de la Casa de Curanderos había intermediado por ella. No era normal dejar a una elfa que ejerciera como mensajera de los dioses varantes en la tierra.

Estaba esperando que la dieran su primera misión. Ya sabia que seria algo de poca importancia era nueva y no se fiaban de ella aunque fuera una buena curandera.

La gran puerta de madera que daba a donde se reunían los sacerdotes se abrió. Saliendo un joven con una túnica talar blanca. Entre sus manos traía un pequeño pergamino enrollado.

-Aquí tiene Niniël.- dijo entendiendo el rollo a la elfa.

-Gracias.- fue la única respuesta de ella y recogiendo el rollo se dirigió a la salida.

[…]

-¿De patrulla con la Guardia? Si que te lo van a poner difícil querida. No suele ocurrir nada.- comentaba el maestro de herbologica de Niniël mientras leía el pergamino.

-Es un principio, quizás pueda ayudar a alguien en la patrulla nunca se sabe.- respondió la elfa con su habitual timidez

-Bien bien.- recogió el pergamino y se lo volvió a entregar a la elfa.- Se te cita en la caballeriza de la ciudad. Al menos te darán un caballo.

-Gracias sire.- respondió ella y se encamino a la salida.

-Niniël .- hizo una pausa y la miro serio.- Ten cuidado

La elfa sonrió a su maestro y amigo y salio a la calle encaminándose hacia las caballerizas. La encantaba la ciudad. Siempre había visto el lado positivo de las grandes urbes. Las caballerizas de la Guardia se situaban en el lado mas oriental de la ciudad, sabia perfectamente donde tenia que ir. Siempre había adorado a los caballos y para asombro de los guardias a ellos también les gustaba aquella elfa.

-¿Qué os traen a las caballerizas de la Guardia?.- pregunto uno de los Guardias al ver a la elfa.

-Hola Enmun..- respondió ella sonrojándose.- Voy con la patrulla, esta vez no vengo solo a ver a los caballos.

El guardia que se parecía llamarse Enmun y su compañeros se sorprendieron. Niniël les entrego la nota y la dejaron pasar. Niniël con paso lento se encamino al edificio central, donde se encontraba el sargento de caballería. Levanto la mano para llamar a la puerta cuando de repente esta se abrió dejando ver a alguien conocido para la elfa.

-¡Shamal!

Escrito el 27-03-2008 21:20 #6

La doncella parpadeó varias veces, intentando acostumbrarse a la luz. Miró al hombre que se inclinaba sobre ella, inquieta. Sus ojos grises la miraban con cierta ternura, pero también con sorpresa.

- Buenos días, mi señora - dijo él con una sonrisa.

Por un momento ella iba a responder. Abrió la boca, pero después calló, y buscó alrededor con la mirada, mientras intentaba apartar las mantas que la cubrían para incorporarse rápidamente.

- ¡Ya vienen! - dijo entonces, con voz alarmada - ¡Ya vienen! ¡Huid!

Una sombra pareció cubrir la mirada del hombre, quien sujetó sus manos con gentileza pero a la vez con fuerza, intentando calmarla. Quizás pensando que aquello que la atemorizaba era producto de su imaginación.

Ella se detuvo entonces, y lo miró con sus ojos verdes brillantes, al borde de las lágrimas. Parecía haber recobrado la serenidad, pero finalmente dijo con voz suave:

- Tenemos que huir...

Escrito el 27-03-2008 22:29 #7

Los ojos de Shamal se iluminaron al ver a la elfa - ¡Que sorpresa! – Exclamó. – Este viaje será mucho más entretenido de lo que me esperaba. Añadió el hombre.

Niniël se ruborizo - ¿Qué haces tú por aquí? Pregunto

Una caravana se ha perdido cerca de Darmandia, hay rumores sobre los Ralbaz, se comentan que se han reagrupado y empiezan a asaltar caravanas.

Niniël se entristeció, aborrecía muchas cosas, pero sobre todo la muerte de inocentes - ¿Y cual es tu papel en todo esto, mi cometido pero el de un Fatîm.

Shamal se encogió de brazos y sonrió – Eso mismo me pregunto yo – los dos rieron – Mi hermana que intenta meterme en vereda, represento a los intereses de los Razzâg y haré de enlace con los nómadas de Darmandia.

Niniël le dio unos golpecitos en el hombro – Tú hermana es muy sabia, deberías hacerle caso …

Enmun les interrumpió – Todo esta dispuesto, tenemos los caballos preparados y hemos cargado los pertrechos en dos khulas.

-Perfecto, no nos demoremos más – Dijo Shamal.

[…]

Tras finalizar los preparativos, la comitiva formada por Enmun, Shamal, Niniël y un contingente de doce soldados dejaron atrás la ciudad de Al’Varant. Era ya el ocaso cuando los muros de la ciudad quedaban a sus espaldas, a paso lento se encaminaron por el mar de dunas bajo la atenta mirada de un luna plateada que brillaba con fuerza; acompañados por las dulces melodías de un Fatïm inspirado.

Al alba del siguiente día la caravana por fin deslumbro el pequeño asentamiento de Darmandia, habían llegado a su destino, bajo una aparente tranquilidad … la calma que precede a la tempestad.

[…]

Escrito el 28-03-2008 22:51 #8

La joven le miró a los ojos durante unos instantes, en los cuales, según Athran supuso, su mente inició también su proceso de comprensión. Se había dado un buen golpe en la cabeza; ahora se veía rodeada de una multitud desconocida atenta únicamente a ella.

— ¡Ya vienen! —exclamó la joven de pronto— ¡Ya vienen! ¡Huid!

Todos se sobresaltaron y se miraron entre ellos. Athran se sobrepuso e intentó calmar a la joven, deteniendo su intento de incoporarse. La doncella lo miró de nuevo, y Athran sonrió levemente, intentando calmarla con la expresión. Pareció tener cierto éxito. Sus ojos estaban húmedos, no obstante, y parecía hacer un notable esfuerzo por contener el llanto.

— Tenemos que huir...

Athran se detuvo un instante, sopesando las posibilidades. Podía, por un lado, pedir a los nómadas que se encargaran de ella, la calmaran y la administraran un somnífero. Parecía presa de una profunda impresión, y eso no les ayudaría para esclarecer lo ocurrido (y él podría dormir unas benditas horas más). Pero la experiencia le decía que no subestimara las palabras de la joven, a pesar de su estado. Subestimar le había costado anteriormente muchos y variados disgustos.

— ¿De qué tenemos que huir, pequeña? —preguntó él con dulzura. Supuso que un tono más cariñoso la tranquilizaría. Sin embargo, ella no logró sobreponerse de su terror y negó con la cabeza, encogiéndose después entre las mantas. Athran la observó unos instantes, pensativo, y después se incorporó.

— ¿Aeth'dênha lishra, Deharuo? —preguntó Athran en varante al nómada Deharu. ¿Podemos hablar, Deharu? Éste asintió con la cabeza.

— Orusastat —pidió Deharu a dos de sus compañeros. Vigiladla.

— ¿Qué debemos hacer con ella? —preguntó Athran una vez dejaron a la joven a cargo de dos hombres. Se habían reunido con ellos la mayoría de los nómadas, pero esperaron pacientemente a que uno de los dos hablara. Como nómada de mayor experiencia, se admitía sin cuestionar que era Deharu el que tenía mayor autoridad.

— Ha dicho que se acerca algo, pero no sabemos el qué —afirmó el nómada—. No puedo arriesgarme a partir con todo mi pueblo en busca de su fantasma, y dejar este lugar indefenso, pero puedo enviar a algunos de los míos en busca de... algo extraño.

Athran asintió; era una buena idea. Los nómadas eran los mejores exploradores con que se podía contar en el desierto. Si había algo raro, ellos lo encontrarían. Si era una amenaza numerosa, se percatarían rápido de ello y volverían con rapidez. Si era un grupo reducido, podrían presentir cualquier ataque silencioso mucho antes de que éste se produjera, y retirarse con precaución.

— Tú, por tu parte, encárgate de nuestra invitada —continuó Deharu—. Estás más habituado a la cortesía y quizá sienta más afinidad por un hombre más parecido a ella.

El Dherasda suspiró. Temía que el nómada dijera eso... ahora ya no tenía escapatoria. Se despidió mentalmente de sus anheladas horas de descanso.

— Si tenéis un momento —pidió Athran—, preparad un té de hafayra para ella. No demasiado fuerte... no queremos que se duerma.

La joven contemplaba el fuego aparentemente ensimismada, aunque Athran percibió tensión en sus músculos. Se sentó junto a ella y le ofreció el té. Ella aceptó con pasividad.

— No sé por qué seguís todos aquí... —murmuró ella de un modo casi inaudible.

— Primero hemos de saber qué se acerca.

Pero ella se estremeció y negó firmemente con la cabeza. Por primera vez se percató de que tenía una taza de té en la mano.

— Te tranquilizará, confía en mí —aseguró Athran. Ella lo miró y asintió.

— Por cierto —dijo el Dherasda—, no me has dicho tu nombre.

Escrito el 28-03-2008 23:44 #9

Ella volvió a fijar la mirada en las llamas que bailban delante de ellos, mientras tomaba un pequeño sorbo del té. Después miró al hombre, y le sonrió tímidamente. Su primera sonrisa después de mucho tiempo...

- Nírë - dijo suavemente - Mi nombre es Nírë.

- Yo soy Athram - respondió él con una amplia sonrisa.

- Athram... - repitió ella mirándole a los ojos, como acostumbrándose al sonido en su propia voz.

Él pareció dudar. Sin duda tenía muchas preguntas que hacerle, pero no quería presionarla, sobre todo ahora que parecía más tranquila.

Nírë deslizó la mirada discretamente, analizando la cueva.

- ¿Qué lugar es éste? - preguntó finalmente en voz baja.

- ¿No sabes dónde estas? - preguntó Athram, escrutando su reacción. Ella negó con la cabeza, confusa - Estás en el refugio de Darmandia, un pequeño enclave de los nómadas del desierto.

- No recuerdo cómo llegue aquí... - dijo ella. Cerró los ojos, intentando concentrarse en sus recuerdos, al tiempo que se llevaba una mano a la frente - Hay ... vacios en mi mente... - pero después miró a Athram y puso la mano sobre la de él - Pero me lo dice el corazón, y cada poro de mi piel lo grita, Athram. Hay algo fuera. Algo que os busca...

Escrito el 30-03-2008 15:49 #10

Al llegar a los lindes de Darmandia, la caravana procedente de Varendia vio como varios jinetes partían raudos, separándose después para cubrir más terreno.

Enmun levantó el brazo, para indicar a la caravana que se detuviera - ¿Qué extraño? – dijo para si.

Shamal se aproximo al jefe de la patrulla - Exploradores nómadas – Le dijo – Algo debe haber pasado –

- Los Bandidos del desierto – Dijo Enmun pensativo – Aunque seria muy audaz, incluso si su número fuera elevado. Poco botín podrían reclamar aquí. –Concluyó.

-Deberíamos apresúranos y enterarnos de lo que se sucede – Dijo Niniël – Aquí parados solo podemos sacar conjeturas – Añadió.

Shamal le dedico una sonrisa – Tienes toda la razón –

Enmum elevo el brazo – En marchaaa!!! – Exclamó con fuerza, mientras lo bajaba señalando en la dirección del asentamiento, después espoleo su caballo para acelerar el pasó.

[…]

La caravana entró en el pequeño asentamiento, los ojos curiosos de sus habitantes se posaron en ellos. Los Varantes y los nómadas era un pueblo vivo, que realizaban la mayoría de sus actividades en la calle incluso en las horas de mayor de calor, buscaban el refugio de toldos y estrechos callejones donde abundaba la sombra y el aire era fresco. Aunque para aquellas horas de la mañana la actividad era un tanto inusual, aquello acrecentó las sospechas del grupo de que algo extraño sucedía.

[…]

Los soldados permanecieron fuera, descargando las provisiones, mientras que Enmun, Niniël y Shamal entraron en la tienda a presentarse al jefe de la tribu Deharu.

-Vaya – Exclamó Shamal – Si es el pequeño Athran – El joven le miro sorprendido, aunque no pudo disimular sus preocupaciones, se levanto para saludarle.

-Tú siempre tan formal – Shamal se abalanzó y le dio un abrazo - Después de arrastrarte por las cloacas de Varendia y salvarte de aquel cocodrilo creo que nos podemos saltar ciertas formalidades - Comentó jovial mientras se fijaba en la joven que permanecía frente al fuego.

Athran recupero la compostura, pero en su rostro se seguía reflejando la preocupación. – Tenemos ciertos problemas – Dijo serió – Shamal lo observo con atención, algo grave sucedía, hizo un leve movimiento señalando a la joven.

-¿Supongo que no serán amorosos? –Tras este último comentario les puso al corriente de la situación. Tras las explicaciones Niniël se ofrecio a ayudar a la joven, sus habiliades como curandera serían puestas a prueba.

[Editado por percebal el 30-03-2008 15:50]