Aquellos que se aventuran en el desierto sin precaución ni conocimiento corren el riesgo de perecer en el seno de su inclemencia. El mar de dunas, no obstante, tiene su propia belleza, única mas difícil de percibir. De entre todos sus habitantes son los varantes y, sobre todo, los nómadas de Adaner, quienes aman con mayor sutileza e intensidad la vida exigente que el desierto ofrece. Los varantes se adaptan con su ingenio, su mente audaz y su astucia natural; construyen ciudades e inventan mecanismos con los cuales vivir —que no combatir— en el desierto. Los nómadas no consideran el desierto su hogar, sino que van más allá: es una parte inseparable de ellos, unida por una simbiosis de pericia y tenacidad. Tienen sangre de arena, como dirían los varantes.
Los nómadas son viajeros itinerantes, que nunca gustan de permanecer en un mismo lugar por demasiado tiempo. La mayoría de sus refugios se limitan a improvisadas cuevas o tiendas de campañas en las que pasan la noche o se protegen de una tormenta de arena.
No ocurre así con Darmandia. Dado su escaso número, los nómadas nunca se reunieron en tamaño suficiente como para constituir aldeas ni nada parecido —ni tampoco lo desearon nunca—, mas de entre la aridez de las montañas surgió, sin ninguna razón aparente, tal y como florecen las flores del desierto, un lugar donde los nómadas se reunían de tanto en tanto para celebrar sus fiestas en alabanza de Adaner o las festividades comunes con los varantes.
El enclave está situado en las montañas, como se ha dicho, al norte del caudaloso río Nursha, en una amplia cueva que los nómadas decidieron aprovechar para sus propios designios. La caverna está dividida en varias cámaras donde los nómadas se reúnen, según el caso, para conversar, cantar o para almacenar provisiones. Los seguidores de Adaner son un pueblo austero, y no poseen joyas ni ornamentos de ningún tipo, a excepción de talladuras de madera o piedra. Así, muchas de las paredes de Darmandia están decoradas con símbolos y motivos de una sencilla, aunque sorprendente, belleza. Un río subterráneo atraviesa todo el complejo con agua fresca y limpia que los nómadas aprovechan sin dudar.
En el exterior de la cueva, a la sombra de las montañas rocosas, los nómadas erigieron algunas viviendas sencillas de adobe o piedra arenisca —que se confunden casi totalmente con el paisaje que las rodea— como estancias provisionales que, finalmente, se convirtieron en permanentes. También pueden verse algunos pabellones y un par de hogueras si los nómadas se reúnen para cantar o para observar las estrellas.
Ya que los nómadas son un pueblo reducido, dada su forma de vida itinerante, en Darmandia apenas pueden encontrarse más de un centenar de personas a la vez, exceptuando las grandes fiestas de Adaner, en las que todo el pueblo se reúne en unas manifestaciones muy admiradas por los varantes por su alegría despreocupada y su sencillez.
Darmandia es, en conjunto y para resumir, la manifestación más clara de lo que es y representa el pueblo nómada. Un oasis de vitalidad en el yermo muerto que lo rodea; un lugar de descanso tanto para los propios nómadas como para los cansados viajeros que tengan la rara fortuna de encontrar por casualidad este refugio.
[Editado por Balkis el 26-03-2008 00:54]
