Estaba viendo una pequeña colina en la que había dos mujeres, una de ellas estaba arrodillada y llorando, regando el montículo con sus piadosas lágrimas, la otra estaba también sentada, presentaba un aspecto magnífico, pensando, hasta que elevó la cara y empezó a cantar dulcemente, poniendo en cada nota su ser, con armónicas variaciones de volumen hablaba de sus pensamientos sobre lo que crece de la tierra, era una canción sublime. El tema se fue desarrollando y a la par, en la colina, empezaron a crecer dos brotes, desarrollándose al ritmo de la música de la mujer, sin que ningún otro sonido se oyera. Poco a poco los árboles fueron creciendo y madurando y cuando la canción alcanzó su cumbre ambos florecieron. Era una imagen esplendorosa, tan magnífica que no había comparación alguna, los Árboles que Taw había visto era una pálida sombra de la gloria de los Árboles de Valinor, Telperion y Laurelin. Telperion era un árbol muy alto, con hojas de un color verde oscuro y plata, sus flores eran plateadas y de ellas caían un rocío argenteo, emitía un brillante color plateado; Laurelin era también alto, sus hojas eran de un color verde claro con un borde dorado, sus flores parecían trompetas y llamas de fuego y de ellas se desprendía un rocío áureo, despedía una cálica luz dorada.
Pasado el tiempo la misma mujer que había creado los dos árboles dio forma a otros dos árboles semejantes a los Árboles que había creado pero, en el fondo, diferentes. Sin embargo un negro presentimiento cruzó por su mente y pidió ayuda a dos hombres, los tres juntos viajaron al fin de la tierra, a un continente extraño. Uno de ellos encontró una montaña muy hermosa y abrió en su interior una profunda cueva con una gran caverna interna en donde la mujer colocó los dos Árboles. Luego la mujer le pidió al otro hombre que había ido que guardara la cueva de forma que nadie supiera de su existencia, creando el hombre una imponente catarata que protegió la entrada de la cueva de cualquier mirada. Los tres se fueron y la cueva quedó allí, en secreto… pero no fue así, hubo un ser que también adivinó su existencia, era un ser malvado y oscuro. Furtivamente entró en la cueva, tomó un esqueje de los dos Árboles y, después de corromperlos totalmente los planto; al poco crecieron y se convirtieron en una parodia de los creados por la mujer, eran retorcidos, monstruosos y oscuros y los instaló encima de la cueva en la que habían sido plantados los originales. Sin embargo la mujer se enteró y ordenó al hombre que había hecho la cueva que hundiera los árboles en la oscuridad; el hombre lo hizo y los árboles cayeron en la oscuridad, encerrados en la oscuridad de la montaña y lejos de los Árboles, pero por desgracia cerca de ellos se formó una cueva. Y de la misma forma que los Árboles esperan se encontrados, los otros árboles también lo esperan.