La Guerra de los Clanes

Tulkatumbo II: El Buhonero

Escribiéndose...
Escrito el 09-01-2008 21:11 #1

TULKATUMBO

El Valle Poderoso. Éste es el nombre del sitio desde que los antiguos mercaderes establecieron aquí sus tiendas y sus factorías, al amparo de los muchos peligros del mundo. En este boscoso e impenetrable valle, que se abre en la más austral de las estribaciones de Ondoninkwê, los mercaderes acopiaban los productos de toda Rómenor para intercambiarla entre ellos, y para luego partir en nuevas gestas comerciales. El Valle Protegido se beneficia de un puerto natural al Mar Interior de Kelkaranî, y desde aquí los navegantes alcanzan Nirent para llevar las mercaderías al mar oriental, o bien hacia Ahyamára -100 millas al sur-, desde donde parten las caravanas del desierto y desde cuyo embarcadero también las barcazas de Etzenselon remontan los ríos hacia el sur y hasta las costas occidentales de Rómenor. Pero los mercaderes antiguos asimismo comerciaron con los Hombres del Bosque y con los Enanos de las Montañas, e incluso desde los primeros tiempos establecieron lazos mercantiles con los Edlâr abarî, y la ruta marítima hacia Airalondë fue siempre una de las más importantes.

Con el tiempo, muchos mercaderes se convirtieron en artesanos, y herreros, y tejedores, y leñadores. Y Tulkatumbo creció. Y también los mercaderes extranjeros, desde los confines más remotos de Rómenor comenzaron a llegarse hasta aquí para comprar y para vender, y cientos de ellos se establecieron en nuestra villa. Y con los siglos el Valle se convirtió en un enorme mercado, siempre atiborrado de gentes de todas las razas y culturas: una plaza franca para toda Rómenor donde las mercaderías más exóticas del Sur y del Norte se intercambiaban, donde los rateros y los artistas ambulantes medraban, y donde algunos de los más grandes mercaderes pronto comprendieron que necesitaban proteger tanta riqueza.

En el año 1326 de la Segunda Edad del Sol en Tulkatumbo se instauró un poder militar de policía y de guardia de frontera, financiado por los mercaderes del Valle pero comandado por un Elfo Oscuro a quien en el Valle llamaban El Gran Yustë. La Guardia de Tulkatumbo resultó en un gran beneficio para todos, pero siempre los tributos a mercaderes y artesanos fueron considerablemente grandes, y los comerciantes no estaban muy seguros de comprender la necesidad de tal cantidad de fuertes y fortalezas, de murallas y de barcazas militares en sus aguas. Sin embargo el mercado de Tulkatumbo crecía y medraba, y los resquemores y las sospechas de sus gentes eran muy prontamente olvidadas debido a las grandes ganancias que recogían año tras año.

Hace ya dos siglos que Tulkatumbo es el centro de intercambio comercial más notable de Rómenor. Y su población, aunque relativamente pequeña y constreñida en los límites del Valle y por el Mar, es floreciente y muy opulenta, y sorprendentemente llamativa por una característica muy por fuera de lo común: la pacífica y cordial convivencia de Hombres, Elfos y Enanos bajo los fragantes árboles frutales y en torno a las mismas plazas y edificios de piedra blanca. Tulkatumbo parece ser, a los ojos del visitante, una de esas grandes excepciones y agradables sorpresas a las que el mundo nos expone muy de tanto en tanto.

Feliz estadía, viajeros.

Y buen provecho en sus compra-ventas: Ahállaym’natsé.

[Editado por iorethil el 10-01-2008 01:21]

Escrito el 09-01-2008 21:11 #2

La feria de los textiles

De todas las ferias comerciales de Tulkatumbo, una de las más vistosas y curiosas, y que más gentes atrae de todo el mundo es la feria de los textiles. Anualmente se reúnen los vendedores y compradores de pieles y cueros, de tejidos y forjas de todo Rómenor; y las mercaderías comprenden los más variados estilos y las más diversas calidades; y las más de las veces el viajero encontrará productos insospechados de las más lejanas tierras. Hace ya veinte años que incluso se han acercado a la feria los grandes comerciantes de fuera-de-Rómenor, los Númenóreanos, unas gentes de piel blanca y de ojos oscuros que comprenden el élfico común, aunque lo hablan de un modo muy particular, y que suelen adquirir productos del país en grandes cantidades.

Para la estadía de los visitantes y viajeros, Tulkatumbo dispone de enormes posadas en el puerto, en el centro, e incluso a la sombra de las montañas, en los rincones más umbrosos de la ciudad. Para estas épocas de multitudes extraordinarias, la Guardia suele reforzarse y sus actividades se incrementan en mucho. No es raro que el extranjero sea sometido a un breve interrogatorio, o que ocasionalmente algún visitante sospechoso deba ser alojado por una o dos noches en una Fortaleza, hasta aclarar su situación y sus intenciones.

También las actividades de más diverso tipo se multiplican en época de ferias, y artistas de todo Rómenor acuden al Valle a exponer su trucos y acrobacias, cantares y actuaciones. Probablamente, la feria de textiles de este año (1600 SE, según los cómputos númenóranos) reúna hasta 10.000 gentes de las más diversas razas y nacionalidades en nuestra alegre ciudad. De hecho, la reciente tregua entre los Khâzad de Zirak-Felâkdûm y los Nurulânta acaso nos traiga nuevamente -después de muchos años de ausencia en nuestros mercados- productos y compradores de estas dos grandes regiones vecinas.

Feliz estadía, viajeros.

Y buen provecho en sus compra-ventas: Ahállaym’natsé.

[Editado por iorethil el 10-01-2008 02:35]

Escrito el 09-01-2008 21:12 #3

El Buhonero.

Zâmil sabía de todo. De todo un poco. Y mucho de nada. “Y de nada, mucho”, hubiera agregado él en su estilo socarrón y desprejuiciado. Él mismo y toda su historia era una muestra viviente de su carácter: un mestizo de mil razas, entre las que sobresalían los rasgos sureños de los marllajtay (y la verborrea tan típica de estos), en claro contraste con unos ojos profundos y sabios que sólo podían ser de algún ancestro élfico, y todo ello sobre el cuerpo más bien menudo, moreno y fibroso de los hombres del desierto varante. Coronando la mezcla ruda y casi infantil de su porte, infantil como su eterna sonrisa malevolente, la cabellera parecía haberla heredado de algún Hombre del Bosque norteño, porque brillaba rubia y sedosa. Y él solía jurar que su color era natural y que no necesitaba tinturas élficas para verse así. Y aunque juraba poseer también algún oculto rasgo que él juzgaba típico de los enanos, al menos esta ascendencia no era para nada evidente en su lampiño rostro sureño, y sólo apenas en el nombre que hace tiempo había elegido para sí mismo.

Sus oficios eran innumerables, y a nadie escapaba que también pudiera ser ratero si se presentaba la ocasión. Pero Zâmil había nacido y vivido siempre en Tulkatumbo y la Guardia lo dejaba en paz. Acaso también trabajara para ellos como espía o delator. En estas épocas de alboroto y multitudes, sin embargo, el pequeño mestizo oficiaba de aquello que más disfrutaba: era un hiperknético buhonero que ofrecía los más disímiles servicios en plazas y albergues, que pregonaba todas las noticias y los cotilleos del Valle a quien supiera pagar por ello, y que hacía las veces de guía, orientador y confidente de visitantes inexpertos y de viajeros en general acerca de todo lo que Tulkatumbo ofrecía, que siempre era mucho.

Su simpatía natural le había dado un buen día el día de hoy, grandes ganancias y muchos nuevos amigos y contactos entre los centenares de recién llegados al Valle, a quienes había recomendado hospedarse en el mismo albergue que hoy visitaría por al caer la tarde: La Posada del Cencerro de Plata. Era natural que los visitantes que aspiraban a pasar de incógnito recurriesen a él para hallar un sitio apartado y secreto, como lo habían hecho ese imponente Aldalânta que por su aspecto parecía vuelto de ultratumba, o aquel terrible guerrero élfico que se había aparecido de pronto embozado, pero que no podía ocultar el origen Occidental de su mirada.

Sin embargo, no era tan común que recurrieran a él personas bastante notables de países extranjeros, pero evidentemente este año la feria había superado todas las expectativas y ya no debía haber alojamientos disponibles por las vías normales. Así, Zâmil había tenido la oportunidad de conocer a dos distinguidos polìticos de Al’Varant, así como a una noble nurulânta que parecía algo extraviada entre la multitud.

Todos ellos, ahora, se hallaban hospedados -siguiendo su consejo- en El Cencerro de Plata, bajo la sobra de los almendros, en un rincón de Tulkatumbo bajo la montaña. Y, con el sol cayendo, Zâmil volvió sus pasos hacia el albergue (y hacia la discreta taberna bajo las higueras que se abría a un lado de la posada), para continuar con sus negocios, y para de paso comprobar qué tal se encontraban sus “huéspedes”.

[Editado por iorethil el 10-01-2008 02:36]

Escrito el 10-01-2008 18:21 #4

La cacería había durado 10 días, ese maldito enano era más rápido y resistente de lo que jamás hubiera creído. Pero por fin había acabado. Ahora Angárato descansaba, sentado en el rincón de un tugurio, comiendo discretamente una de las especialidades locales, pensando ya en el regreso al campamento.

Fue hace 10 días que el Artakano del Clan, le mandó la discreta nota que lo convocaba. Después de unas aceleradas explicaciones le expuso su petición.

-Debe morir…, el enano debe morir. Sólo puedo confiar en ti, me juego demasiado en esto… ese maldito enano traidor sabe demasiado-

Angárato escuchaba y asentía.

-No os preocupéis, señor, lo solucionaré-

-Aun no lo entiendo, cómo pudo oír lo que dijimos… malditos… quiero su sangre… pero ya hace dos días que marchó, hacia el Norte.

-Entonces debo apresurarme.

Había dejado su armadura y se había vestido con ropas vulgares (un general nurulânta con una reluciente armadura roja no es lo más adecuado para ir de caza y pasar desapercibido). Vestía de paño pardo (pantalones y chaleco), camisa negra y botas altas de cuero negro; se abrigaría con una capa, también negra, con capucha e iría embozado. Se ató su gran cuchillo de caza a la cintura, agarró un arco y un carcaj y, cuando ya salía a toda prisa de su tienda, decidió llevarse también su gran sable plateado.

Así pertrechado, con ropas ligeras y más armas de las que probablemente necesitaría, desapareció a media tarde, a pié, ante la mirada atónita de alguno de sus hombres.

-¿Donde va el arken? -Preguntó uno

-de caza, ¿no lo ves?- contestó otro

-¿De caza? ¿Y para qué lleva a Telepnar colgada?- Insitió el pimero

-... puedes preguntarselo, si te atreves- sentenció el segundo en tono jocoso.

Pero nadie le preguntó nada, nadie ponía jamás en duda nada de lo que hiciera el arken… nadie que siguiera con vida.

El rastro del enano le llevó por montes y bosques, por cañadas profundas y por cimas vertiginosas, bordeando Ondoninikwe, primero al Norte, luego al Oeste y, finalmente, al Sur. –ese bastardo va a Tulkatumbo- se dijo con una sonrisa furiosa el elfo –debe creer que tiene algo realmente digno de venderse-

El elfo, ligero como el viento, no acababa de entender cómo no había dado caza al enano en una semana. Aunque le llevara 2 días de ventaja ya debería tenerlo a la vista.

Pero el enano tenía prisa, intuía que su acto fructuoso de espionaje, más pronto o más tarde, sería descubierto, y sabía que le perseguirían. Aterrado ante la idea de que el Artakano de Narwä Hilyatâri pudiera lanzar en su persecución a quien sabe qué fuerzas terribles, corría, poseído del espanto, a un ritmo que pasaría a las leyendas de su raza, si vivía para contarlo.

[Editado por elfo_negro el 10-01-2008 22:55]

[Editado por elfo_negro el 05-02-2008 11:00]

Escrito el 10-01-2008 18:24 #5

Pero la caza había acabado y ahora Angárato descansaba, sentado en el rincón de un tugurio, comiendo discretamente una de las especialidades locales, pensando ya en el regreso al campamento.

Había alcanzado al enano ya dentro de la ciudad. Por un momento se asustó, creyó haberlo perdido entre el gentío. Buscó y rebuscó en callejuelas atestadas de paradas de vendedores, atestadas de compradores y expertos en tejidos, atestadas de músicos ambulantes y titiriteros ridículos.

Diez minutos de búsqueda que se le hicieron eternos, creyendo haber fracasado en la misión que le encomendara el Artakano, una misión sencilla, matar, degollar, mutilar, aplastar,… a un asqueroso enano.

Pero cuando la furia estaba a punto de desatarse, vio, tras unas piezas de seda que un vendedor fatuo estaba extendiendo para unas jovencitas que no pensaban comprar nada, al maldito y apestoso enano.

Como una serpiente se escurrió entre la gente, con sus ropas pardas y negras, encapotado y embozado, la mano en su cuchillo enfundado.

Le siguió, hasta que la imprudencia o la poca fortuna guió al enano hasta un callejón desierto.

A Angárato no puede dársele una oportunidad.

Le clavó su cuchillo, 8 pulgadas de acero, en un golpe seco y potente, sin decir nada. Silencio… y una mueca de dolor.

Mientras la sangre del enano salpicaba la mano del elfo una sonrisa espantosa le torció los labios.

La cacería había durado 10 días, pero por fin había acabado. Ahora Angárato descansaba, sentado en el rincón de un tugurio, comiendo discretamente una de las especialidades locales, pensando ya en el regreso al campamento, para ser de nuevo el arken del águila (al que por un momento había olvidado para volver a ser Draugowalme, el lobo de Rhun).

[Editado por elfo_negro el 10-01-2008 22:42]

Escrito el 11-01-2008 02:35 #6

Los presentes se levantan y van dejando-ya sea rápido o muy lentamente- la cámara de los Maestros, hay un leve sonido en el aire, un sonido que asemeja a murmullos. Murmullos que desparecen conforme la estancia queda vacía. Sin embargo, hay un sonido más, uno que asemeja a dos respiraciones, que se elevan impetreas el aire. Y las figuras que pertenecen a éstas dos respiraciones, son a primera vista muy diferentes, la primera está sentada en la parte más baja del salón circular, desde dónde puede ver a cada uno de los senadores, mujer de envergadura imponente y ojos duros, que espera pacientemente a que estén las dos solas. La segunda figura se encuentra a unos cuantos pisos sobre el suelo, ve fijamente a su próxima interlocutora, aunque a decir verdad, la mirada está perdida, las manos están perfectamente unidas en su regazo, mujer delgada y de alto porte, con una mascara en el rostro que oculta más que cicatrices del pasado.

Duliah Samiya se levanta, seguida por su acompañante y alcanza a decir.

-Veo que ya se encuentra mejor, mi querida Nesri-La elfa alcanza a asentir, ocultandose rápidamente las muñecas, como si temiese que las heridas se mostrarán ante la mujer, en contra de su voluntad-Vamos, hay algo que debo encargarte y de lo cuál no te puedes evadir.

Neyla, baja los escalones y se pone a la altura de la Balzac, aunque su estatura rebasa mayormente a la de la mujer varante, sigue pareciendo a lado de Duliah, un ser insignificante. Las dos salen de la sala y se encuentras en los pasillos a muchos de los senadores, que no hace tanto salieron de la estancia, todos hacen un leve movimiento con la cabeza, a señal de respeto y saludo, para después continuar con sus obligaciones, sin embargo la Balzac pone especial atención a un joven alto y de cabello rubio, éste saluda a ella y a Neyla y asiente en silencio, a la elfa le da la impresión que aquel guardián de los muertos, no está muy lejos del camino que habrá de tomar dentro de poco, aunque apenas le conozca.

Ella y la mujer, se dirigen al despacho de la segunda, al llegar, Daliah se sienta y le invita a hacer lo mismo. Sin rodeos y con pocas palabras, la Balzac, le indica que debe ir Tulkatumbo, a resolver asuntos que solo ella como Nesri del Senado varante puede hacer. Y Neyla baja la mirada, ¿viajar a un valle rodeado de gente y de elfos?.

-¿Por qué yo Señora?-pregunta con voz baja- ¿Qué podría hacer una elfa como yo, en un lugar como ése?

-Más de los que crees-contesta de forma tajante Duliah-Sin embargo, no lo debes tomar como castigo-su voz se suaviza y ahora parece que le habla a una hija incomprendida- Te necesito en Tulkatumbo, además te hará bien cambiar de aire, sobre todo por la pena que te llevó a cometer error tan grande.

Neyla se tapa de nuevo las muñecas con las mangas de la ropa y baja la mirada avergonzada, siente como varias gotas ruedan por sus mejillas, pero una mano le alza la vista.

-No soy nadie para juzgarte y de mis labios no saldrá nunca palabra, pero Neyla, trata de no volverlo a hacer, le causarías muchas tristezas a los que te quieren.

-Iré-dijo después de un momento, la Balzac sonrió, aunque no alcanzó a escuchar el susurro de la elfa-Aunque no quiera y que Maradrant me guarde en su seno.

[...]

El viento golpeaba suavemente a los tripulantes, Neyla observó el enojo del enano que trataba de no alejarse mucho del centro, a Shamal que tocaba su basilet, entre maravillado y sorprendido por el nuevo ecosistema que se mostraba ante sus ojos. Luego su mirada se posó en el otro senador, Athran, él captó su mirada y alcanzó a sonreír de forma tímida, ella sólo asintió en silencio y dirigió sus ojos a las estrellas, hacía siglos que no las veía, hacía siglos que no se sentía bien, respiró profundo y se dedicó a esperar, después de todo, no le quedaba otra opción.

[Editado por tari el 11-01-2008 02:40]

Escrito el 11-01-2008 03:25 #7

Su oscura cabellera golpeaba suevemente sobre su rostro con la brisa de la tarde, sus negros ropajes se enredaban levemente entre sus piernas. Hisiê miraba el lejano horizonte no sin dejar de preguntarse qué habría tras él, qué maravillas y qué peligros se escondían tras la difusa linea.

Aquella misma mañana temprano había partido de Airalondë en dirección al valle de Tulkatumbo con el motivo de la famosa feria de textiles que allí tenía lugar cada año, y como cada año alguien debía personarse allí para traer consigo nuevas pieles y telas para abastecer a la ciudad y al ejército; una tarea que a Hisiê no le agradaba pero que como miembro del Khotse debía llevar a cabo pues alguien debía supervisar la transacción.

Se dejó mecer por el suave balanceo del barco mientras su pensamiento viajaba a otro lugar y otro tiempo-"Wannâkhín"-susurró para sí...-"mi pequeño"- dijo mientras una fría lágrima surcaba su pálida mejilla.

-Mi Señora- dijo una voz cantarina a su espalda sacándola de golpe de sus pensamientos- el capitán le espera para la cena.

-Dile que voy enseguida, Laztan-contestó fría y desapasionadamente, como era costumbre en ella desde hacía años atrás...muchos años atrás.

Volvió a dirigir su mirada metálica hacia el horizonte mientras con un dedo limpiaba su mejilla. -"Mi pequeño..."-

Escrito el 12-01-2008 00:14 #8

Athran tarareaba una antigua nana de sus tiempos de adolescencia, concentrado en su tarea para aquel día: terminar de redactar un discurso para uno de sus compañeros de Cofradía (y de ideología). Vestido con una sencilla túnica de color gris con bordados en amarillo y verde y sencillos símbolos de diversas flores, a la usanza de la gente común en Al'Varant, el Dherasda terminaba de pincelar los últimos retoques. Había abandonado la armadura reglamentaria de los Guardianes de los Muertos, no porque él quisiera (a él le encantaba, a pesar de su menor comodidad), sino porque, por un lado, ya no la necesitaba como antes y, por otro, porque sentía una enorme vergüenza cuando se presentaba así engalanado en medio de la élite selectiva que gobernaba Al'Varant, puesto que todos, incluidos sus compañeros cofrades, vestían holgadas y caras túnicas, y nunca armaduras.

Llamaron a la puerta repentina y apresuradamente. Athran permitió el paso; entró en su secretaría uno de los zavhal, los mensajeros directamente a cargo de los Balzac.

— ¿Algún problema, Alvars? —preguntó Athran tras una inclinación de cabeza en señal de cortesía.

— Mi Señor A'zor — El Rolzac que gobernaba en aquellos años, el Balzac proveniente de las Cofradías religiosas— os reclama, señor Athran. Me ha insistido en que es urgente y que desearía con gran vigor que pospusierais cualquier tarea que tuvierais entre manos.

Athran suspiró. Su relación con el Rolzac electo, A'zor era, cuanto menos, intensa; se respetaban como compañeros, pero más de una vez sus debates ideológicos en medio de una reunión del Senado habían eclipsado al propio motivo de dicho encuentro.

Dejó sus instrumentos sobre la mesa y enrolló el papel del discurso, y pidio a Alvars que lo enviara a Kalorn, de los Vhalasda.

— Hay una misión que el Senado y los Balzac queremos que realices, Athran —inició sin más preámbulos, como lo caracterizaba, A'zor— . Tú, y tu compañera senadora Neyla.

El Dherasda parpadeó, sorprendido, aunque su perplejidad fue pronto sustituida por entusiasmo. Hacía tiempo que echaba de menos un viaje.

— ¿Qué debo hacer, Rolzac? —quiso saber él, sin rodeos, como su interlocutor. A'zor asintió levemente.

— Es un viaje algo largo, pero creo que merecerá la pena. Has de partir rumbo a Tulkatumbo y llevar a cabo la misión de la que los Balzac os hablaremos conjuntamente a Neyla y a ti. Os daremos un mapa e indicaremos el trayecto. Y algo de dinero, por supuesto.

Athran frunció el entrecejo. Tulkatumbo. Eso quedaba lejos, aunque no lo más lejos que hubiera viajado. Pero había algo...

— Ael'Rolzac, señor, si Duliah y vos nos explicaréis a ambos el contenido explícito de la misión, ¿por qué me habéis hecho llamar?

Los severos ojos de A'zor brillaron con diversión. El muchacho era perceptivo.

— Hay... algo de lo que debes ocuparte por tu cuenta, al margen del Senado y de tu compañera de viaje —explicó, visiblemente incómodo. Estaba claro que el Rolzac no estaba acostumbrado a tales asuntosextraoficiales—. Duliah no está aquí, así que te lo explicaré yo personalmente.

La premura de la partida le obligó a despedirse apresuradamente de sus más allegados: Falmarin, su hermana, sus amigos de la Cofradía y sus compañeros senadores. Cuando anunció su partida, sus partidarios en la Cámara se mostraron tristes. Se avecinaba un nuevo debate político — Athran empezaba a disfrutar las confrontaciones de ideas entre los Maestros Cofrades del Senado, en las que muchas veces se descubría protagonista (lo cual ya no le gustaba tanto, puesto que le incomodaban tantos ojos fijos en su persona)— y querían que estuviera con ellos para reforzar su autoridad. Se las apañarán, pensó con confianza.

La ocasión parecía ser importante, pues se realizaron invocaciones a los muertos en pos de su consejo y sus augurios; esto era corriente en Al'Varant, pero no con tales personalidades: la reina Andaira Magna e incluso Elhena, la mujer de Al'Darme. Athran, que participó en las Llamadas —dirigidas por el mismísimo A'zor— contemplaba todo con la boca abierta.

El navío era suficientemente grande como para que no notara el movimiento a causa de las olas, pero aún así se sentía algo mareado. Se acercó a su compañera Neyla, hacia quien sentía una gran simpatía —así como un respeto casi reverencial, dada la edad de la elfa y todo cuanto aquella había vivido—, y ambos contemplaron el lejano horizonte y una tenue línea de tierra ya visible.

Bueno, pensó Athran, ya llegamos.

Escrito el 12-01-2008 16:54 #9

El sol se reflejaba en las frías aguas del Kelkaranî mientras el barco se acercaba poco a poco al muelle donde deberían atracar. Cientos, miles de personas transitaban las enlosadas calles del puerto, comerciantes, marinos...

Hisiê miró a su alrededor impaciente por desembarcar, aquella tarea para la que había viajado no le era de su agrado pero sobre todo, estar en aquel barco, con aquel vaivén...deseaba ante todo volver a pisar tierra firme.

Bajó al muelle andando despacio por la pasarela, no quería caer al agua la cual en esta zona no presentaba su mejor aspecto. Una larga cola se formaba justo delante de ella, la Guardia de Tulkatumbo inspeccionaba y registraba a los visitantes con excrúpulo, por algo tenía gran fama de su eficacia;eran estrictos y rara vez algún miembro era descubierto aceptando algún soborno.

Al rato por fin consiguió hacerse paso entre el gentío, exasperada y mareada. Ahora solo necesitaba encontrar un lugar donde pasar la jornada y poder descansar tranquila, al día siguiente tendrían lugar los negocios.

Se acercó a varias de las mejores posadas pero estaban todas al completo, la feria de este año había traído a gentes de todos los rincones de Rómenor y de aún más allá.

Cuando ya pensaba que tendría que pasar la noche a la interperie, o lo que era aún peor, en el barco...uno de los hekkena que la acompañaba la sacó del apuro.

-Mi Señora, el año pasado ya estuve aquí por las mismas cuestiones que os traen hoy a este lugar, si me permitíis, recuerdo un personaje, Zimbil, Zimil...no, Zâmil, un ser extraño y algo caradura, pero que estoy seguro él sabrá indicarnos de algún lugar donde poder alojaros...

Hisiê soltó una fuerte bocanada de aliento, finalmente podría terminar este dichoso día ante un acojedor fuego.

-Llévame ante él, Ehlîon, mis pies ya no aguantan más.

Una hora más tarde sus pies descansaban delante de un fuego mientras con las manos sostenía un tazón de caldo bien caliente.

"No temo ser alguno en la batalla, pero este frío...como odio este maldito frío..."-pensaba entre desagrado y vergüenza cuando, una sombra le tapó la luz, alzó la cabeza y vio a un ser encapuchado que se le aproximaba despacio.

"¿Qué demonios querrá?"-insinuó con su mirada al extraño sin disimulo.

[Editado por mithril_ el 12-01-2008 16:56]

Escrito el 13-01-2008 05:47 #10

La figura de Shamal despareció rapido entre los otros viajeros que a esa misma hora, llegaban a Tulkatumbo. La elfa se acercó un momento al enano, que al parecer seguía molesto por el comentario del recién desaparecido, le pusó una mano en el hombro y con la otra despositó un pequeño sello de metal, en él venía la insgnia del senado.

-Por si llega a tener algún problema, mi querido señor enano.

Elaren pareció dar las gracias, aunque no sonaba mucho a eso. Athran se acercó por fin, llevaba consigo las pocas pertenencias de viaje, la nesri terminó por tomar las suyas y taparse con la tunica, lo que menos necesitaban era llamar la atención, aunque por su apecto(y bien lo sabía ella) no sería tan facil.

Caminaron entonces por la pasarela, en ese momento de la mañana no había tanta gente, así que llegaron rapido a donde la guardia. Uno de los soldados hizo las preguntas de regla, al principio su trato llego a la descortesía, pero cuando miró sus insignias(discretamente colocadas en el pecho de cada uno), balbuceó unas cuantas disculpas y antes de que pasarán, les alcanzó a decir.

-La feria atraé a mucha gente y lo más seguro es que no encuentrén hospedaje, mandaré recado al Señor Zâmil, él los ayudará.

Los dos asintieron en silencio y se adentraron en la feria, aunque el bullicio ya comenzaba a reinar a su alrededor. avanzaban callados, pero Neyla que sabía bien que el joven senador era timido, comenzó a hablarle.

-Escuche que antes de partir hubo invocaciones, ¿no es así?

-Sí, ¿cómo es que...?-contestó el joven, medio sorprendido, medio entusiasmado.

-Todas las voces llegan tarde o temprano al Izdihar, joven Náredain-el joven sonrió y Neyla también lo hizo, aunque él no le pudiera ver.