I alassë nauva alta
ten alda ar alba.
I norë nauva leryayána,
erdë te fëalya.
Dimbar te alasaila,
mana verya ciryarwa
Taurelilómëa-tumbalemorna tumbaletaurëa lómeanor.
Del primer brote de luz en el firmamento, nació en el suelo la primera semilla. Raíces, tallo y hoja esculpida, que tras miles de centenas, dio a la joven Arda verde melena tupida. El brote dio a la planta, la planta dio al árbol, y el árbol dio frutos para un futuro. Y para preservar este futuro sobre la firme tierra de Arda comenzaron a caminar los Pastores de Árboles, preservadores de las semillas de Yavanna a pesar del correr del tiempo y el cambio del mundo.
Cuando la cuentas de los años comenzó sobre la tierra de Romenor tan solo los Pastores de Arda caminaban sobre dos patas a lo largo de la verde extensión que era aquella isla de playas de oro y plata. A merced y cuidado de esos gigantes tan solo se encontraban las bestias y plantas de Yavanna, y lejos de la Tierra Media crecieron en belleza y armonía, lejos de la conciencia de su existencia.
Sin embargo, Romenor no se quedó al margen de la sombra que sobre el mundo se cernió desde un comienzo. Y a través del mar llegaron a Romenor en los primeros días horribles bestias llegadas de la Tierra Media, con la forma de gigantescas sierpes negras. Eran su piel duras escamas y su vientre fuente de ardientes venenos y hambre sin igual. Sus dientes capaces de partir árboles y sus fauces capaces de engullir grandes animales, pronto convirtieron la armonía de la isla en un profundo caos.
Movidos por estos disturbios, los ents acudieron en ayuda del bosque, y durante largo tiempo lucharon cuerpo a cuerpo con aquellas criaturas surgidas de los mares. Los dientes de las bestias destrozaban sus miembros y su veneno y sangre corroía y envenenaba su ser, de la misma forma que lo hacía con la misma tierra. Muchos murieron en aquellas escaramuzas sin fin, y otros muchos cayeron enfermos y finalmente murieron a causa de la nociva sustancia de aquellos seres, mas las bajas de los ents no eran las únicas, y a lo ancho de Romenor quedo una basta extensión arrasada por aquella lucha. Eran las tierras que hoy se conocen como Al Varantar, pues aunque muchos fueron los empeños de sanar sus heridas, la débil sabana que ocupo el lugar de los bosques finalmente desembocaría en el desierto, y con éste, muchos de los altos bosques mermarían convirtiéndose en simples praderas.
Las sierpes sin embargo habían sido barridas de aquel lugar, y si alguna sobrevivió a la lucha, nunca más de estas criaturas se supo. Los ents, por su lado, mermados en número, y con el veneno que bañando sus tierras tras la lucha no albergaban un buen futuro. Uniéndose entre ellos entonces, permitieron la continuidad de su deber y trabajo, pues con la unión de muchos fue creado el Taralda, o Árbol de los Ents, de cuyas ramas emergen los frutos de los ents futuros. Los frutos de una nueva esperanza.
Mala fue la suerte que marcó el sino, y aunque larga fue la paz desde entonces, el mal no dejo de volar en torno de sus cuidadores hasta que finalmente cayó nuevamente sobre ellos, como las hojas de un nuevo otoño.
Taralda creció sobre rocas de gossan tornando así su figura férrea y su aspecto dorado como el oro, convirtiendo sus frutos en joyas, y creciendo con luz propia entre el bosque de profundas sombras. Siendo así una belleza en el inmenso bosque, y una riqueza ante los ojos avaros que pronto llegaron a sus salvajes tierras.
Los años habían pasado y habían traído a la tierra nuevos pobladores, sintiéndose muchos de ellos dueños de la propia tierra de la cual parecían haber brotado. De entre estos pobladores, fue el pueblo enano el primero en llegar al bosque conocido hoy como Mistetaure, haciendo de sus montañas su morada, en las cuales pronto cavarían galerías que cruzarían la roca de norte a sur.
Con ello, no tardaron mucho en descubrir desde sus cavernas el brillo dorado del Taralda, siempre sobresaliente entre el mar verde, como no tardaron en albergar la avaricia de aquella belleza tan cercana de forma tan imprudente. Como si de una nueva veta se tratara decenas de enanos abandonaron sus hogares y se aventuraron en el espeso bosque en búsqueda del Taralda. A su llegada sus ojos crecieron en el deseo de aquella maravilla que tan extrañamente surgía directamente del suelo, y pronto comenzaron sus trabajos a pico y hacha sobre aquel lugar, lejos de conocer las consecuencias que sus actos pronto iban a conllevar.
A raíz de aquel hecho, varios ents surgieron de las entrañas del bosque y con gran insistencia intentaron hacer abandonar a aquellas criaturas sus quehaceres en sus tan amados padres y hermanos. Pero la ceguera de los algunos enanos, así como de algunos ents más salvajes y enajenados, llevaron la posible convivencia a la ruina, y una nueva era de guerra removió la aletargada vida de los ents.
A los caídos en aquel día, enanos en su gran mayoría, muchos otros les sucederían. Las moradas cavadas con ahínco en la tierra, pronto verían desmoronarse sus puertas y gran número de sus cavernas. Aplastados, asfixiados y caídos en batalla, muchos de los enanos perecieron en su empeño del Dorado. No todos sin embargo hallaron la muerte, y unos pocos llegaron a nuevas tierras, donde moraron y murieron. Su huella en cambio se mantuvo grabada en los corazones de los ents, como si aquel momento fuera siempre presente, y a la morada de los naugrim la llamaron Lalla-Lormaite-lómeanor, símbolo del gran recelo hacia toda extraña criatura que desde entonces atravesara sus tierras. Símbolo del oscuro sentimiento que corroería desde entonces el corazón de la misma Romenor.
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La beatitud será alta,
para árbol y rama.
La tierra será cuna en calma,
semilla del alma.
Triste del necio,
que ose quebrarla.
Hay una sombra negra en los profundos valles del bosque.