Fin Guerra: Maianor se retira del Combate
Armadas perdidas por "Nórë rá Rilmalotsë" = 16
Armadas perdidas por "Maianor" = 24
Victoria para Nóre rá Rilmalotsë. Se produce el saqueo de la ciudad.

Fin Guerra: Maianor se retira del Combate
Armadas perdidas por "Nórë rá Rilmalotsë" = 16
Armadas perdidas por "Maianor" = 24
Victoria para Nóre rá Rilmalotsë. Se produce el saqueo de la ciudad.
Cormag se apeó de su caballo y miró alrededor desde aquella colina. El terreno estaba despejado a pesar de estar rodeado por bosque, perfecto para sus caballeros acampados en la llanura que había frente a él. Delante de él se extendía una llanura que conducía hacía su objetivo: la ciudad de Ninkwitil. Aquella ciudad gozaba de una privilegiada posición en el bosque de Sûlestelion y sin duda ayudaría mucho a futuras conquistas. Además, los vientos traían noticias. Los demás reinos de Rómenor reforzaban sus ejércitos. Aquello, sin duda, para cualquiera con dos dedos de frente significaba que una inminente guerra se acercaba. A pesar de la oposición del rey Turmor, Cormag había conseguido convencerlo de que debían expandir sus territorios en vez de encerrarse en sí mismos. Así pues, el rey le dio a Cormag, el Gran Maestre de la Orden de los Templarios de Morr, un ejército compuesto por enanos, principalmente, y por humanos, todos ellos pertenecientes a la Orden. Además, una elfa, Eluin Roknand se había unido al ejército en calidad de consejera táctica. Sin embargo, el rey le había ordenado vigilar a Cormag, pues no se fiaba del Gran Maestre. Y aún así, la elfa pertenecía a la Rebelión, por tanto no cumpliría el mandato del rey al pie de la letra.
Ella no lo sabía, pero Cormag también pertenecía a la Rebelión. Sin embargo, las diferencias entre ambos marcaban una acusada distancia entre ambos líderes.
Cormag cavilaba, mientras miraba la ciudad de Ninkwitil, sobre que haría cuando conquistase la ciudad. Aquel día se había levantado muy seguro de sí mismo y se sentía afortunado. Probablemente, tras derrotar a los defensores y matarlos a todos llevaría a dar un paseo a su compañera elfa, tratando de acortar distancias con ella. Luego, si surgía algo, mejor para él. Hacía tiempo que estaba más pendiente del ejército que de sus necesidades corporales:
- Oye, caballero. – dijo la suave voz de la elfa a sus espaldas. - ¿No crees que deberías organizar el ejército? Deberíamos atacar pronto.
- Oh, sí. – respondió Cormag con una sonrisa. – Claro que sí, preciosa. Disculpa, pero estaba pensando que haremos con la ciudad tras derrotar a los defensores.
- Creo que quieres anexionarla a nuestro territorio, ¿verdad?
- Exacto. Debemos expandir nuestro territorio para así poder obtener más recursos y mano de obra. Bien. – Cormag carraspeó levemente. - ¡Enanos! ¡Templarios! ¡Soldados, todos!
Desde la llanura que había frente a él, el pequeño ejército se volvió hacía él. Era increíble la fuerza de voz que tenía aquel hombre, pensó Eluin:
- Queda poco para la batalla. – algunos soldados asintieron. – Y por tanto, aquí y ahora, os comunico nuestra estrategia.
La elfa bufó a modo de reproche. ¿Qué pensaba Cormag para gritar su estrategia a los cuatro vientos? A saber cómo habría llegado a tan alto cargo. Sin duda algo poco legal tendría que haber hecho:
- Los enanos marcharan al centro, con sus escudos alzados. Sois un perfecto muro. – añadió. Los enanos gritaron “¡Baruk Morr!” vitoreando a su líder. – Los caballeros, iréis a los flancos de los enanos. Así dispondréis de campo para actuar y protegeréis los flancos. – Los caballeros también gritaron y vitorearon a su líder. – Por último, los elfos. – Cormag miró a su compañera. – Vosotros os encargareis de proteger a la bella dama que hoy nos acompaña. – dijo guiñando a Eluin. – Adelante, hijos de Morr. Hoy añadiremos una victoria a nuestra cuenta.
Los soldados se dispusieron a formar mientras Cormag bajaba la colina junto a Eluin. Intentaba acercarse más a ella, pero la elfa parecía inaccesible. Cuando llegaron a donde estaban los soldados, Cormag se marchó a acompañar a los caballeros, frustrado.
Aún faltaba algo, que era de rigor, para que comenzase la batalla. Un enviado de la ciudad seguramente acudiría a tratar de conseguir la rendición de los atacantes. Pero Cormag estaba concienciado de que no debía ceder a su chantaje. Ellos deberían rendirse, él no. A fin de cuentas, él trataba de conseguir una cooperación, sólo que con unos métodos poco pacíficos.
Sobre el enviado que vendría pensaba mientras se puso a la cabeza del ejército para recibirlo. Y efectivamente, allí estaba a unos veinte metros, un hombre de estatura media, grueso de cintura y ataviado con una túnica. Lo acompañaban un par de guardias de la ciudad:
- Salve, grandes ejércitos de…
- Somos los Templarios de Morr, enviado de Ninkwitil. Acompañados por la bella dama Eluin y su escolta, todo sea dicho. – Cormag se daba aires de grandeza. - ¿Qué quieres?
- Señor Templario, venía a pediros vuestra rendición. Nuestros ejércitos están bastante igualados y nos parece inútil que haya un derramamiento de sangre.
- Lo habrá, enviado de Ninkwitil. – Cormag soltó una carcajada. – A no ser que os rindáis ahora mismo y juréis lealtad al rey Turmor.
- ¡Jamás! – el enviado se había enfadado ante los aires de grandeza de Cormag. – No aceptaremos que unos invasores nos exploten.
- Muy bien, como queráis. Pero comprende, que acabas de condenar a tu pueblo, enviado. Tú has dictado su sentencia. – el enviado comenzó a retroceder. – Pueblo de Ninkwitil, aquí y ahora, ¡os condeno! ¡Os condeno a la muerte! – gritó. – Y sabed que el único responsable de vuestra condena es vuestro enviado. – cuando Cormag terminó de decir esto el enviado ya había desaparecido.
- No creo que… - Eluin se acercó a Cormag. – no creo que estos sean métodos para hacerlos “cooperar”. Has sido muy impetuoso, templario.
- Oh, vamos. Mira, preciosa – Cormag hizo un ademán. – aquí mando yo y estas son mis maneras. Si quieres, discutimos cuando hayamos terminado de batallar, pero ahora no es el momento.
Dicho esto, la elfa aceptó la respuesta de Cormag. Se retiró y Cormag dio la orden: la batalla acababa de empezar.
Los defensores de Ninkwitil estaban nerviosos. El ejército de los templarios se hallaba frente a ellos y parecía que no darían tregua en ningún momento. Además, conocían los rumores que circulaban alrededor del líder de aquel ejército: Cormag. Sabían que era un implacable líder, no aceptaba la derrota y peleaba hasta el último aliento. Pero su manera de actuar frente al emisario que enviaron terminó por acrecentar su miedo. Se había mostrado agresivo y no parecía necesitar un pretexto para atacarlos. De hecho, parecía que lo hacía más por diversión y deporte que porque su rey se lo hubiese ordenado. Todos en Ninkwitil estaban asustados… sentían que estaban condenados.
Cormag se encontraba al frente de las tropas. Estaba nervioso y deseoso de entrar en combate. Repasaba su armamento, su guadaña y su espada estaban en orden. Con un suave movimiento de las riendas, su caballo se colocó frente a la ciudad. Levantó su guadaña lentamente, preparando la señal:
- Templarios… ¡segad sus vidas! – rápidamente bajó la guadaña como si de un verdugo se tratase.
La carga comenzó. Cormag iba en cabeza, cada vez más rápido. Confiaba en la potencia de choque de sus caballeros. Sí, confiaba en esa fuerza de choque. La ciudad carecía de murallas y a los defensores no les había dado tiempo a levantar una empalizada. Resultaba triste para Cormag contar con esa ventaja, pero bueno, no sería él quién la desaprovechase.
Los defensores veían al ejército de negro acercarse rápidamente. Los enanos disponían una fila con sus escudos formando una perfecta muralla. Tenían una sorpresa para sus enemigos: picas. Tras los enanos se encontraban los hombres con unas picas de dos metros de asta, perfectas para vencer a la caballería. Aún así, no utilizarían esta “ventaja” de primeras. Si el enemigo las viera atacarían a pie. Sí, confiaban en esa posibilidad.
Pero la guerra, como todo, es distinta a como se ve sobre el papel. La primera carga de los caballeros resultó demoledora y les siguió el ataque de la masa de enanos. La batalla, de primeras, resultaba muy favorable para los templarios:
- ¡Jajaja! - Cormag reía, disfrutando de la batalla como un niño pequeño disfruta de sus juguetes. – Os lo dije, ¡os condené! ¡Pereceréis bajo mi guadaña!
Cormag se desenvolvía bien entre los enanos enemigos, atacando desde su caballo con mortales pasadas de su afilada guadaña. Cerca de él, los demás templarios obraban como él, sesgando las vidas de su rivales.
En esa situación tan comprometida, los defensores de Ninkwitil decidieron usar las picas. No les costó mucho desmontar a los templarios y obligarlos a luchar a pie. Aquello redujo drásticamente la ventaja de la que disponían los templarios. El propio Cormag empezaba a flaquear. Eso sí, sus ánimos seguían intactos y sabía que ese día vencería. Lo único que le preocupaba era su acompañante, la elfa Eluin:
- ¡Templarios! ¡Proteged a la elfa! ¡Yo me ocupo de estos! - a pesar de que la elfa no necesitara ninguna ayuda, él pretendía ser cortés con ella.
Los templarios obedecieron la orden a la primera oída. Nunca cuestionaban órdenes de un superior y menos aún si eran de Cormag. Los templarios que lo acompañaban corrieron a donde se hallaba la elfa dejando solo a su líder:
- ¡Eh, tú! – Cormag intentaba interrogar a uno de sus enemigos, sin dejar de luchar.
- ¡Maldito desgraciado!
- Así me gusta, soldado. – el soldado que le había respondido vaciló. - ¡¿Dónde está el emisario que enviasteis?!
El soldado no contestó, la guadaña de Cormag lo partió por la mitad. Mientras, seguía riendo. Estaba cerca de la entrada de la ciudad y veía perfectamente al emisario. “Voy a por ti” decía su mirada. Y el emisario lo comprendía. Hoy moriría, pensó el emisario.
Cormag siguió su juego, danzando con su guadaña. Hoy su pareja de baile era la muerte. La muerte ajena. Rápidamente se posicionó frente al emisario, que valientemente había aceptado su destino. Cormag antes de decir nada apoyó el filo de su guadaña en el cuello del emisario:
- Jaque mate. – dijo Cormag.
El pecho del emisario subía y bajaba cada vez más rápido, sin duda conmocionado. Notaba en su cuello el filo de la guadaña del líder templario:
- ¿Me… me vas a matar? – consiguió decir. Le temblaba la papada y los sudores le caían por la frente.
- Jaque mate. – repitió Cormag lentamente.
- Me vas a matar… - dijo, como afirmación, el emisario.
- ¿Matarte? ¿Por qué?
- Porque di-dijiste que lo harías. – al emisario se le saltaban las lágrimas de terror de los ojos.
- Podría decirse que he decidido darte una oportunidad. – dijo Cormag, fríamente. El pelo castaño caía sobre su cara ocultando sus ojos. - ¿Capituláis? ¿Aceptáis colaborar con nosotros?
- ¿Colaborar? ¡Pensáis explotarnos como a esclavos! – gritó indignado el emisario.
- ¿Cómo… esclavos? ¡Qué bobería! ¡Mentira! Jamás haría Cormag eso a un hombre libre. – Cormag escupió al suelo, sin levantar la vista. – Seré un desalmado en el campo de batalla pero a pesar de la disciplina que impongo, - hizo una pausa y tomo aire, estaba indignado. – siempre respeto la libertad del individuo. Yo soy el máximo exponente de lo que practico, podría decirse.
- No termino de creerte, templario. – dijo el emisario. - ¿Crees que puedo confiar en ti?
- Sí. Si quieres, incluso, yo daré la primera orden de detener este derramamiento de sangre. ¿Acepas el trato?
- No, - dijo el emisario y temió que su cabeza rodase. – antes dime. ¿Qué planes tienes para la ciudad de Ninkwitil?
- Anexionarla. – al decir esto, el emisario tembló. – Pero nada de explotarla. Traeríamos nuestra propia mano de obra, evidentemente. Sería una colaboración mutua, amigo mío. Aún así, si te opones… - y Cormag hizo un desagradable ruido con la boca.
El emisario tembló asustado. La verdad, sabía que no podía salvar a los suyos. Si aceptaba, se salvarían todos. ¿Pero se podía fiar de aquel templario? Parecía decir la verdad, después de todo:
- Bien, templario. Acepto tu proposición. – dijo el emisario. Cormag retiró la guadaña de su cuello y el emisario le habló a uno de los guardias que había a su alrededor. - Coged el segundo cuerno, ha llegado la hora de rendirse.
El guardia cogió y sopló un cuerno de mediano tamaño, blanco y que parecía desgastado. Enseguida los defensores de Ninkwitil dejaron de luchar y los templarios, que estaban ordenados a no atacar a un enemigo que deponía las armas, también. La batalla había concluido.
Al rato, Cormag charlaba animadamente con el emisario cuando Eluin los interrumpió. La elfa no había sufrido ningún rasguño y estaba sana y salva. Ella no necesitaba a nadie que la ayudase. Iba con las armas en alto, desconfíada:
- ¿Tan rápido? – dijo. - ¿Seguro que hemos vencido?
- Seguro, preciosa. – dijo Cormag, sonriente.
- Hm… supongo que si tú lo dices, será verdad.
- Claro que sí, guapa. – dijo Cormag. Acto seguido se volvió hacía el emisario. – Bien, creo que iremos a darnos un paseo por la ciudad. Mis hombres tienen orden de obedecerle, así que no dude en emplearlos para las tareas que sean necesarias. Luego vendré a ayudarles personalmente, pero ahora me… - la elfa ya entraba en la ciudad. – voy. ¡Eh, preciosa! – gritó. La elfa le ignoró y Cormag no pudo evitar reírse. - ¿Sabe? Le debe usted la vida a esa preciosidad. – Cormag salió corriendo tras Eluin.- ¡Eh, preciosa! ¡Espérame!
Cormag y Eluin se adentraban en la ciudad, perdiéndose de vista. Y aquello no dejaba de ser otro paso más hacia el éxito de Cormag. Ahora pasaría un tiempo en la ciudad, quizá le pondría a una calle el nombre de su amigo Nurtaur y a una plaza el de Eluin. Sí… pero ya habría tiempo para eso. ¡Ahora la elfa se le volvía a escapar!
- Qué hueso más duro de roer… - Cormag suspiró. – ¡Preciosa! ¡Espérame!
Resumen de la batalla.
Nórë ha perdido 16 armadas x35= 560 puntos.
Recuperables: 448 puntos.
Valoraciones: 8 + 8.2 + 7.4 + 8.2 + 8 + 7.48 = 7.88
Recupera: 353 puntos.
Pierde: 207 puntos.
Por el saqueo de la ciudad este clan percibe 300 monedas.
Por la victoria en la batalla este clan percibe 450 monedas.
Compañías actualizadas y listas.
[Editado por gaurwaith el 12-03-2008 18:54]
Historia finalizada.
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