La Guerra de los Clanes

Bajo El Mármol.

Escribiéndose...
Escrito el 04-03-2008 18:32 #1

Iba cubierto con un manto de color verde oscuro, que cubría sus pardos ropajes del bosque. Se apoyaba en una larga vara de nudosa madera acabada en un tosco gancho metálico. Y sus ojos lloraban al no poder soportar el resplandor del reflejo del sol en las murallas de Nimost.

Pero aún así, no apartó la vista. Tras tantos años de vida en el bosque, al fin había podido irse de la casa de sus padres y llegar hasta la Capital del Reino. Al fin tendría un objetivo dentro de la grandeza de aquella ciudad. Para Nurtaur, aquel día empezaba a vivir.

Un flujo contaste de personas entraba y salía de la ciudad por la puerta Este. Todos paraban unos segundos ante los guardias apostados; estos asentían y concedían el paso con rapidez. Aún así, debido al tráfico, había una pequeña fila de personas expectantes. Todos los presentes se apartaron de Nurtaur y murmuraron entre ellos. El muchacho se sonrojó y se caló más la capucha de cazador; hasta él mismo sabía que sus ropajes eran toscos y feos en comparación a las elegantes túnicas de vivos colores que vestían aquellas personas.

La fila avanzaba lentamente. Al final, logró llegar hasta el guardia apostado. Notó que llevaba una pesada armadura negra bajo la capa y una larga guadaña. Lo cierto es que infundía temor. Pero Nurtaur no se arredró. Caminó cabizbajo y saludó con una mano al guardia, luego traspasó las puertas con rapidez... Pero se detuvo al oír unas risas tras él.

-¡Niño! -gritó uno de los guardias-. ¿Dónde crees que vas?

La hoja de la guadaña apareció a unos centímetros del cuello del muchacho, obligándolo a retroceder.

-¿Hay algún problema, señor? -indagó Nurtaur sin levantar la vista, muerto de miedo.

-Lo hay -dijo lacónicamente el guardia-. ¿Quién eres y qué quieres?

-Mi nombre es Nurtaur, y he venido a instalarme en la ciudad.

-¿Tienes algún familiar aquí? ¿Vienes a quedarte en casa de alguien?

-No -Nurtaur empezaba a preocuparse-. Bueno, mi padre vivía aquí hace unos años y...

-¿Cómo se llamaba tu padre? -preguntó el guardia, comenzando a aburrirse.

-Ostomól, y mi madre...

-No me suena, acceso denegado -dijo el guardia, y le apartó un empujón. El muchacho salió volando y cayó a la orilla del camino. Quedó unos segundos allí tendido, confuso. El guardia dejaba el paso a un mercader, a un embajador, a un mensajero...

-¡¿Y por qué ellos sí pueden entrar?! -preguntó Nurtaur incorporándose y aferrando su vara de cazador.

-Ellos llevan el Medallón -dijo el guardia, sorprendido al parecer de que el joven siguiese allí-. Es el símbolo que el Rey otorga aquellas personas de importancia y con las cuales conviene tener relaciones. Fuera de eso, no se permite entrar y salir a nadie más salvo por trabajo y con las horas contadas.

-¡Yo tengo tanto derecho como ellos a entrar y salir! -gritó Nurtaur enarbolando la lanza-. ¡Llevo muchos años deseando venir, y ahora...!

-¿Te atreves a alzar el arma ante un Templario de Morr? -repentinamente los guardias abandonaron la puerta, que se cerró tras ellos. Las personas que esperaban en la puerta emitieron murmullos de protesta. Dándose cuenta de que tenía pocas probabilidades ante las armaduras de aquellos dos guardias, Nurtaur decidió que era hora de echar a correr.

Y corrió; pero los guardias eran rápidos a pesar de las armaduras. Además, Nurtaur corría junto a la muralla. No descartaba la posibilidad de encontrar otra entrada y colarse en la ciudad. Una vez dentro, ya se las arreglaría...

Se acercaba a la puerta norte. Estaba cerca del río y podía ver una gran cantidad de botes en el embarcadero. Al fin logró ver la puerta del norte. Si los guardias de aquella puerta estaban desprevenidos...

Pero no lo estaban. Repentinamente salieron por la puerta una media docena de Templarios de Morr. Se dispersaron por el terreno y Nurtaur se dio cuenta de que se había dejado rodear. Se oyó un galope y dos Caballeros de Morr se acercaron en sus monturas. Las guadañas parecían cortarle el paso mirase donde mirase. Acorralado, apoyó todo su peso en la vara de cazador y se preparó para recibir el ataque, cerrando los ojos.

Podía oírlos. Cuatro de ellos se acercaron desde direcciones opuestas y los silbidos de las afiladas armas rasgaron el aire. Entonces, Nurtaur apoyó todo su peso en las manos, las cuales aferraban con fuerza la parte alta de la vara... E hizo el pino sobre el delgado trozo de madera.

Por supuesto, la vara cayó partida en pedazos, pero Nurtaur ya había aprovechado el impulso para saltar lejos. Rodó por el suelo y corrió como nunca lo había hecho hacia el puerto. Tal vez podría huir en barca. O tal vez podría aprovechar su única ventaja.

Corrió por el húmedo embarcadero blanco, buscando algún bote que le sirviese, y al localizar una embarcación de madera bastante resistente, saltó sobre ella. El bote escoró hacia la proa durante unos segundos, en los que el muchacho estuvo a punto de perder el poco equilibrio que conservaba, lo que habría provocado su caída prematura. Uno de los Templarios, siguiendo su ejemplo, saltó a la parte trasera del bote.

-¿Seguro que podrás nadar con eso puesto? -preguntó Nurtaur, burlón. La barca se estaba inclinando terriblemente a la popa. El muchacho rió y saltó al río con una voltereta hacia atrás, mientras la barca acababa por darse la vuelta y hundirse. Sabiendo que no tenía mucho tiempo (probablemente los Templarios se ocuparían de rescatar a su compañero y no de perseguirle) Nurtaur comenzó a bucear y se perdió de vista bajo las aguas del Manalkarion.

Advirtió que bajo los embarcaderos blancos había una especie de grietas. Súbitamente se le ocurrió que a través de ellas tal vez podría llegar hasta la ciudad. No perdía nada por probar... Aunque si permanecía demasiado tiempo bajo el agua, no lo contaría.

Se internó en la oscuridad de aquellas grietas profundas, pataleando frenéticamente. Pronto se dio cuenta de que no era tan sencillo como había creído. Había todo un laberinto de escombros y túneles huecos, sin salida... Y cada extravío era una perdida del precioso oxigeno que había guardado en sus pulmones.

Repentinamente una hoja de guadaña rompió el techo de uno de los túneles. Las piedras se desprendieron y golpearon a Nurtaur, quien estuvo a punto de perder definitivamente la consciencia y sumergirse... Pero una mano le agarró de la capucha y le extrajo del agua (casi ahogándole en el proceso).

Nurtaur se sintió caer a un duro suelo de roca. Luego, la hoja de una guadaña se alzó ante él... La punta de la hoja rozó su cuello haciéndole sangrar.

-¿Eres un Templario...?

-Lo soy -dijo una voz fría-. Me llamo...

-No me interesa tu nombre. Si vas a matarme, adelante -cortó Nurtaur.

Sintió un dolor atroz. En lugar de clavarle la hoja, el Templario había hundido el mango de la guadaña bajo sus pulmones, cortándole la respiración.

-No me interrumpas -dijo con indiferencia-. Me llamo Cormag, y te he visto desde la muralla... Te las has ingeniado bien para escapar de mis compañeros... Pero se me ha ocurrido bajar a pensar que haré contigo.

[Editado por mafy13 el 04-03-2008 19:59]

Escrito el 06-03-2008 15:38 #2

Cormag miró de soslayo al joven que acababa de rescatar. Sí, sin duda tenía cualidades. Ya habría otro momento de aprovecharlas, ahora debía instruirlo:

- Ven. - dijo Cormag fríamente y se levantó.

El joven no supo que hacer, pero optó por seguir al templario. Recorrieron un pequeño camino que iba bajando hasta que se perdía de vista la grandiosa ciudad y delante de ellos sólo había la vista un arco que daba la bienvenida a algún misterioso lugar:

- Marcha tú delante. Un par de metros valdrán. - y dicho esto Cormag se puso la capucha típica de los templarios.

El joven le obedeció y se adelantó. Iba a pasar por el arco cuando un hombre que había allí, dejado caer, le habló:

- ¿A dónde crees que vas, pipiolo? - dijo con una voz socarrona.

- Adentro. No te importa. - dijo secamente el joven.

- Oh, vaya. ¿Te crees muy fuerte eh? - y el hombre sacó una navaja de entre los harapos.

- Atrévete y muere, hombre. - dijo tras el joven una voz casi de ultratumba. - Viene conmigo.

- Oh, siento el malentendido señor templario. - el hombre hizo una exagerada reverencia y se retiró, murmurando. - Tienes suerte chico.

El joven contempló al hombre extrañado y acto seguido se volvió hacía el templario:

- ¿Cormag? - le dijo al encapuchado templario.

- Sí. Soy yo. - dijo con su voz normal. - Ahora, se bienvenido a los barrios bajos. Mi hogar, mis dominios.

Escrito el 06-03-2008 16:27 #3

Era un lugar fascinante... Las paredes eran de piedra, pero tenían miles de arañazos y había partes derribadas. Cada siete metros se podían encontrar antorchas encendidas, lo suficiente para que aquellas oscuras calles no fuesen devoradas por la sombra. Y por todas partes había puertas abiertas, tabernas, tiendas... Un tenderete colocado sobre el suelo y custodiado por un hombre de apariencia monstruosa contenía toda clase de armas curvadas de piedra. Más allá, un niño de aspecto enfurruñado vendía unas ramitas de árbol que tenían un sabor acaramelado. Y lo que más impresionó al chico: tras una grieta tapada con una verja oxidada y mugrienta había cientos de estanterías conteniendo quebrados y polvorientos volúmenes: eran miles de libros manuscritos de procedencias misteriosas. Nurtaur se dirigió directamente a la biblioteca ilegal, pero Cormag le puso la mano en el hombro.

-Dejame, quiero ver aquello -dijo el muchacho.

-Lo verás si superas mis condiciones -aseguró Cormag.

-¿Qué condiciones? -preguntó Nurtaur indignado-. Dejame en paz, maldita sea.

-¿Olvidas que te he salvado la vida? Puedo quitártela cuando me de la gana. Pero ven, ahora mismo no veo por qué matarte. Hablemos en un lugar más tranquilo.

Le condujo varios pasadizos más allá. De las tabernas y grietas venía una extraña música. Era como si golpeasen cilindros huecos de metal, piedras pesadas a modo de tambores y soplasen a través de instrumentos oxidados. Eran una melodía pesimista e interminable, y aún así Nurtaur tuvo que admitir que tenía cierto encanto.

-Aquí es -dijo Cormag, y llamó tres veces a una puerta con símbolos morados grabados en la madera.

-Pero... ¡Esto es un prostíbulo! -se quejó Nurtaur.

-En la planta de abajo hay un bar bastante tranquilo. Además, conozco a la dueña. No nos interrumpirán.

-Me niego a entrar ahí -se obcecó Nurtaur-. He visto varias posadas mientras veníamos, ¿no podríamos?

-Que remilgado eres -suspiró Cormag-. De acuerdo, nos sentaremos en la posada del viejo quiebra-cráneos. Está algo más lejos, pero tal vez sea lo suficientemente respetable para el señorito -se burló.

-Vamos -dijo Nurtaur sin hacerle caso.

Cinco minutos después, estaban sentados a la mesa de un oscuro local.

-¿Y bien? -inquirió Nurtaur-. ¿Qué quieres exactamente de mi?