Introducción.
Rainë siempre había tenido aquella extraña marca. Era una especie de feo cardenal morado que subía como una liana desde su talón, se enrollaba en su tobillo izquierdo y pasaba por la parte posterior de su pierna. Luego trepaba por su espalda y su nuca, cruzaba su cráneo (dejando una línea donde no le crecía el negroazulado pelo, y finalmente salía por su frente, recorriendo la línea del ojo izquierdo y desapareciendo tras él. Aquel ojo era de un vivo color lila, aunque solía enrojecerse si no lo llevaba tapado con un parche. Era muy útil porque con él podía ver en la oscuridad.
Pero aquellos que lo veían por primera vez, simplemente notaban el el hombre llevaba una venda que le tapaba un ojo. El otro era de color azul claro, y su mirada resultaba fría. Rainë era una persona que dominaba las palabras, capaz de avivar los corazones con un discurso o una canción... Pero totalmente incapaz de confiar en alguien.
Y si le hubiesen preguntado por sus padres, Rainë probablemente no se habría inmutado... Aunque interiormente ardería de ira. Había sido separado de sus padres, cuando era muy pequeño, por orden del Rey. De hecho, se había encargado que el niño fuese asesinado; pero los soldados encargados de ejecutar la macabra orden no habían sido capaces. Sencillamente lo habían dejado abandonado en las catacumbas, donde pensaron que jamás lo encontraría nadie...
Pero aquellos dos soldados en particular no estaban al tanto de que nadie respetaba la prohibición que impedía adentrarse en la ciudad interior. De este modo, en menos de dos horas el niño había sido acogido por la dueña de una taberna ilegal.
Ahora bien, volviendo al presente... El Rey Turmor podía tener muchos defectos, pero no era cruel ni sanguinario. El caso de Rainë y las ordenes de ejecución dadas no tenían precedentes. Los propios miembros de la Rebelión no daban crédito al escuchar la historia de Rainë (avalada por las actas con su fecha de nacimiento, cuyas copias podían encontrarse en la biblioteca ilegal). Todos escuchaban fascinados las complejas explicaciones que daba el joven sobre su atribulada vida. Se decía incluso que había sido interrogado por la misteriosa líder de la Rebelión, Tarilliel...
En cualquier caso, podría aclararse que, si Turmor había dado una orden de ejecución para Rainë, él pensaba acabar con el Rey con sus propias manos. Lo había dejado muy claro en la última reunión secreta de la Rebelión.
La escena se desarrollaba en una sala llena de encapuchados. Algunos no sabían quienes eran los demás, pero la mayoría estaba al tanto de las identidades de sus compañeros. Y desde luego, todos conocían la identidad de Rainë. Se quitaba el parche durante la reunión, para escrutar más allá de las capuchas ajenas, y su ojo soltaba destellos de color púrpura.
-¡Bien! ¡Bien! -decía uno de los encapuchados. Él tampoco podía mantener en secreto su identidad, en este caso por la larga barba gris y rala que caía fuera de la capucha, y también por el descomunal tamaño de su barriga: era el encargado del mantenimiento de las puertas de la ciudad; aunque pudiese parecer un cargo trivial, lo cierto es que tenía a medio centenar de personas a su cargo... Y todas le utilizaban de confesor y consejero. Probablemente nadie en la ciudad estaba mejor informado que él-. ¿Sabéis lo que ese imbécil ha hecho esta vez? ¡Ha tratado de denegar el acceso a la ciudad a las mujeres embarazadas! Con el pretexto de que, al no poderse tener la seguridad de quién es el padre, estarían introduciendo al hijo de un potencial traidor en la ciudad.
-Ridículo -rió otro hombre, alguien alto y delgado que hablaba con voz ronca. Solía ser bastante moderado en las reuniones-. ¿Qué será lo siguiente? ¿Desterrar a las niñas pequeñas por temor a que sus hijos se hagan rebeldes? -se oyó un sonido de risas ahogadas, pero la voz del hombre se intensificó-. Esta claro que no pretende aplicar esa medida. Es simplemente para probar nuestra reacción y atraparnos con las manos en la masa. Dejaremos pasar el tiempo y la ley será abolida en un par de semanas.
-¿Otra vez? -preguntó Rainë, y su ojo centelleó de tal forma que se vieron lineas moradas en las paredes por un momento.
-Se someterá a votación, como siempre -dijo una voz de mujer con desdén-. ¿Tienes algo que decir antes?
-¡Lo tengo! -exclamó Rainë-. Decís estar a favor de derrocar a Turmor, pero siempre que hace algo os movéis lo mínimo para contrarrestar su acción. Y últimamente ni os molestáis en eso, simplemente lo dejáis pasar porque teméis que sea una trampa. ¿Cuando atacaremos? ¿No estamos entrenando gente? ¿No estamos reuniendo armas? ¡Usemoslas! Tomemos el Palacio, y mañana seremos nosotros los que busquemos a los últimos siervos del Rey para acabar con ellos.
-Incluso aunque aprobásemos tus métodos, jovencito -dijo otra voz, la de un anciano-. Aún no tenemos poder militar para salir con éxito de...
-¡Callad! -gritó Rainë-. ¡Ya sé que tenéis miles de excusas para justificar vuestros temores! Sin embargo, no pienso permanecer impasible mientras el Rey hace lo que le da la gana... ¡Le mataré con mis propias manos! Podéis seguir discutiendo vuestras intrigas cuanto queráis. Dentro de dos o tres días me habré deshecho de Turmor. No me importa lo que hagáis con el Reino entonces. Pero no me busquéis... O recibiréis el mismo castigo que recibirá él.
Abandonó la estancia airado. Los restantes rebeldes se miraron con perplejidad: estaban acostumbrados a aquellos desaires por parte de Rainë, pero esta vez había ido muy lejos en sus afirmaciones.
¿O tal vez no? Al alba, frente a las solitarias puertas del Palacio, una figura vestida de negro se deslizó tras una pared lateral. El primer rayo de sol reveló el rostro de un joven... Cuyo ojo izquierdo estaba tapado por un parche.
