Fin Guerra: Maianor se retira del Combate
Armadas perdidas por "Marllajtay" = 18
Armadas perdidas por "Maianor" = 22
Victoria para Marllajtay. Se produce el saqueo de la ciudad
[Editado por Cudesas el 06-03-2008 22:21]

Fin Guerra: Maianor se retira del Combate
Armadas perdidas por "Marllajtay" = 18
Armadas perdidas por "Maianor" = 22
Victoria para Marllajtay. Se produce el saqueo de la ciudad
[Editado por Cudesas el 06-03-2008 22:21]
La isla de Annwyn se cernía en las sombras cuando los tres kolliaotl Marllajtay atracaron en una ensenada resguardada por bajos peñones y acantilados en la costa sur de la isla. Aña, aún lejos del plenilunio, brillaba débilmente en el cielo acentuando aún más las fantasmagóricas formas. A lo lejos, en lo alto de una loma que ascendía en una suave y larga pendiente se encontraba la ciudad amurallada, en la que resplandecían débilmente algunas luces.
El ataque tendría lugar por la mañana. Los dirigentes de los tres buques pasaron buena parte de la noche reunidos en el camarote de Mar’ek Ýthuel. La númenórana Erelas, la joven Miyotl y el excelente estratega ultimaban los detalles del ataque. No se preveía que los habitantes de Annwyn ofrecieran gran resistencia de modo que las tropas del Khútic lograrían, al menos en teoría, ocupar la ciudad sin demasiadas bajas. Sin embargo, la sabiduría de Erelas hacía un llamado a la prudencia, así como Mar’ek sabía que una batalla en campo abierto como aquella podía llegar a perjudicar a los Marllajtay, habituados como estaban a las escaramuzas y emboscadas en otro tipo de terreno.
El cielo empezaba a clarear y se mostraba de un intenso azul oscuro, al tiempo que las estrellas empezaban a desaparecer. Una gélida brisa soplaba del oeste. En el campamento, los hombres se preparaban para la inminente batalla. Unos se ajustaban las armaduras mientras otros revisaban sus armas. Algunos formaban colas en la tienda del afilador para tener sus hojas a punto. Los capitanes daban instrucciones a sus batallones y los yatiri’ämpi, junto con sus aprendices los yachai’ämpi, preparaban sus improvisadas consultas para atender a los heridos.
Erelas estaba intranquila. Algo la tenía descontenta y oprimía su alma como pocas veces. ¿Acaso había empezado a sentir aquello de lo que tan sonoramente se burlaba?¿Acaso las brumas del ‘presentimiento’ se habían apoderado también de su mente escéptica?
A su lado se erguía orgulloso Mar'ek Ýthuel. Sus cabellos negros como el ébano sombreaban un bello rostro descolorido, sus ojos, más negros aún, brillaban como azabache entre las oscuras y largas pestañas. Pero a pesar de toda su grandeza como estratega y guerrero, era un hombre normal que en aquel preciso instante estaba triste.
Le fue difícil dejar de soñar con su novia, pero al fin, no siguió pensando en ella ni en el futuro que deseaba junto a ella. Muy pronto sucumbió ante las nieblas de la incertidumbre, solo para precipitar en la desavenencia racional, donde las tinieblas habitan.
El emblema de Híssuë, aun pendía de su pecho, mas había olvidado el debido respeto y obediencia que un soldado guarda al símbolo de la masa guerrera; aquel constituía para entonces un detalle irrelevante. Estaba extremadamente confundido entre sus lealtades dobles, amistades superfluas y la eterna simulación a la que estaba sumido. Ya le resultaba difícil incluso a él conciliarse con su doble juego.
Miyotl lo miraba de reojo, como debatiéndose entre la admiración y el recelo, segura de entrever algo más de lo públicamente conocido sobre las intenciones de Mar’ek. Había algo raro en su relación con el Khútic, pero ella no sabía que era. Y si Erelas tenía conocimiento de aquello lo disimulaba muy bien, ya que no había dicho nada al respecto, si bien soltaba comentarios irónicos de vez en cuando.
La joven marllajtay estaba malhumorada y se alejó a caminar sola por los alrededores, a ver si la luz anterior al amanecer evaporaba sus pesares.
Aquel día había despuntaría un alba hermosa, y al clarear, el frío cedió ante el cierzo cálido que manaba milagroso desde las latitudes ignotas.
Miyotl no sentía amor por los territorios isleños de Annwyn. Los parajes eran bellos, pero un hado nefasto pesaba sobre aquella tierra que a sus ojos no era más que un yermo a la espera de su sentencia.
Los vientos eran amables, mas hedían a muerte; mientras los árboles dignos, lloraban los botones, las futuras flores, y frutos que no conocerían la mañana primaveral de un reino que amenazaba con extinguirse.
Antecedido por un suspiro fugaz, en un ademán la muchacha se subió las mangas, y debajo, la piel en principio delicada estaba tapizada en magulladuras. No cabían dudas con respecto a la diferencia entre un yelmo y una corona de flores, un cendal y una cota de malla; sus costumbres se han visto reformadas y no podría precisar si para ‘bien’ exactamente. Solo sabía que así lo había querido y por ende no me podía quejarse.
Ahora debían alistarse para el combate.
Ni las armaduras relucían, ni las tropas estaban completamente listas. No faltaba el que afilaba la espada a última hora, no estaba tan convencido de la empresa, o simplemente recordaba el lejano día en que fue feliz.
Mar’ek, descendiente de una de las antiguas familias de los marllajtay, la antigua It'zinacahan hacía honor a sus antecesores. La experiencia le había dicho que hilar una estratagema demasiado compleja podía jugarle una mala pasada.
A la señal de Mar’ek, el ejército Marllajtay se puso en movimiento en dirección a la ciudad, remontando la ladera de la ancha loma.
- ¡Marllajtay! ¡Estamos a las puertas de la consolidación de nuestro pueblo en el control de las costas al oeste de las Andië! ¡Luchad! ¡Por el honor de Marlyäch! ¡Yh! ¡Ña Marllajtay!
- ¡Yh! ¡Ña Marllajtay! – retronó el grito de guerra de las tropas de Híssuë ante las puertas de Annwyn.
Una vez hubo terminado el primer ataque de los defensores, los arqueros Marllajtay respondieron con una nube de flechas contra las terrazas de los muros y las torres de la ciudad, al tiempo que los soldados equipados con armas cortas se abalanzaban contra las puertas de la ciudad, respaldados por los lanceros dispuestos a descargar en cuanto se abrieran los portales.
Y aunque estaban ganando, de continuar por mucho tiempo, desanimarían a sus tropas y embotarían su espada. Sitiando una ciudad, agotarían sus fuerzas. Por eso Mar’ek confiaba en algo más simple.
Un general inteligente como él luchaba por desproveer al enemigo de sus alimentos.
Se enfrentaban a un escenario no demasiado hostil. El terreno de la isla era bastante plano, por lo cual en rigor sí se podía hablar de un “campo de batalla”. Los muros de la ciudad, sin ser demasiado altos eran lo bastante sólidos como para retener el ataque, pero los de Annwyn no se habían puesto en plan de aguantar un sitio estoicamente. Por el contrario, salieron a defender la ciudad.
La más joven de los capitanes de Híssuë estaba lista para estrenar su ballesta. En los ojos de la muchacha brillaba el reflejo de una ira insigne, de aquellas que solo se sienten una vez y cuyo odio marca el alma hasta el fin de los días. Miyotl era más apasionada que sus compañeros y tal vez por su relativa juventud aun libre de la terrible decepción, era que lograba ver algo de nobleza en la empresa guerrera. No así Erelas, ni mucho menos Mar’ek.
Erelas sentía desagrado por lo que iba a venir. Casi piedad por sí misma.
Y cerca del final empezó a saborear el arrepentimiento; irrefrenable y acerbo.
No habría gloria en lo que estaba a punto de hacer. Pero no siguió pensando. Actuó.
Alzó los brazos y las mangas de su vestido azul se deslizaron a la altura de los codos, dejando al descubierto la porción entre estos y las muñecas.
La anciana nigromante cerró los ojos, como recordando alguna plegaria ancestral, mas no pasó sino un buen tiempo antes que la voz brotara de sus labios. Y cuando salió esta era profunda, gutural, como venida de las mismas entrañas de la tierra. Irreconocible.
Nadie de los que la rodeaban era capaz de entender lo que decía, pero todos hubiesen podido afirmar sin siquiera dudarlo, que aquel idioma era repugnante, pegajoso y el solo oír sus vocablos evocaba una náusea poderosa, un deseo de alejarse de allá.
Algo en el estruendo de aquella voz helaba la sangre. El soldado joven, que no tuviese demasiado por que luchar desesperaba. Era necesario un recuerdo potente, uno de esos que te aferra a la vida para desoír aquella maldición. Un guerrero casado, con hijos, jamás caía en la trampa. Tenía una razón para seguir con vida más poderosa que cualquier maldición. Una sonrisa infantil era más potente a la hora de decidir el futuro. Pero el jovenzuelo, arrancado demasiado pronto de los brazos maternos, desconocedor de ventura mayor que las horas de ocio con sus amigos, se acongojaba en sobremanera. Las lágrimas cálidas subían dolorosamente a los ojos y confluían a lavar su rostro sucio. Lo invadían toda clase de temores y dudas, pesares y medros. Y aquello nunca acababa bien. Nadie de la primera línea, la ofensiva o la defensa podía darse el lujo de tamaño desvarío, que generalmente era pagado con la muerte a manos contrarias.
Ora llegaría el enemigo a arrancarle el último hálito vital, ora un compañero auxiliaría su agonía.
Cuando el desconsuelo más terrible hizo mella en el adversario, Erelas relajó los miembros y una tranquilidad subrepticia se posó en su alma atribulada.
Los cientos de años de existencia al parecer recién cobraban su debida cuota de amargura. Pues, si bien esta no era la primera vez que sus intenciones habían sido doblegadas por la adversidad del panorama, sí era la primera en que deseaba dejar de existir.
Tal vez esa luz avasalladora que proyectaba, el clamor de su voz metálica y el tronar de su paso firme habían sido amuletos demasiado ostentosos. Dudaba que las fuerzas ganadas a desmedro de la libertad de otros, pudiesen asegurarle una vida mucho más larga. El mal no era inmortal. Y ella, era una especie de Mal, reivindicado y cuanto se quiera añadir al respecto, pero Mal después de todo.
Porque cuando la mano de Annatar toca a alguien, es posible que le otorgue dotes sobrenaturales, control sobre ciertas substancias, o dominio sobre el resto de criaturas, mas envenena el alma y la condena a una muerte muy lenta y dolorosa. Gradual.
Y centenares de años atrás, en quien sabe que fragua inmemorial el Maia maldito había apoyado efectivamente su mano en el hombro de la númenóreana.
Aún se estremecía con el recuerdo. Jamás hubiese pensado que un solo miembro pudiese pesar tanto. Entonces había estallado en júbilo. ¡El Señor Oscuro se había fijado en ella, y de su propia mano le daba de beber los secretos ignotos de la noche! Sin embargo recién ahora podía sopesar las consecuencias. Porque a pesar de todo no estaba completamente marchita. Tenía una hija hermosa esperando en casa y un hijo igual de aguerrido que ella capitaneando otras divisiones de los Marllajtay.
Al borde de perder los sentidos y caer en las sombras de la inconciencia, pudo distinguir una serie de contracciones rítmicas de sus músculos. Ya tenía convulsiones. Hace tiempo que su cuerpo no estaba para aquellas lides.
Y ganaron.
Se hicieron del control de los Portales, para ingresar posteriormente con toda tranquilidad a la ciudadela. No hubo destrucción, no se mató más de la cuenta una vez concretada la invasión, sí se hicieron cuantiosos prisioneros, pero en el fondo la dirigencia marllajtay sabía que con los incentivos necesarios podía torcer las lealtades a su favor.
No había sido tan cruento el combate a grandes rasgos, pero en lo particular había resultado especialmente doloroso. Los capitanes habían arriesgado su pellejo más de lo estrictamente necesario empecinados en glorias mundanas.
Mar’ek ya no podía pensar en cosa más que su propia fatiga. La espada resbaló de sus manos, y se postró de rodillas. Estaba inimaginablemente cansado.
Le dolía el pecho al respirar, los pies al caminar y sobretodo le dolía el alma.
Miyotl tan solo lloraba más fuerte y desconsoladamente. Por sus propias heridas, por las de su compañero, que yacía a su lado y por la vetusta líder que agotada los miraba de cerca.
Erelas tenía marcado en el rostro el espanto puro, pero se armó de fuerzas y se levantó para supervisar a las sanadoras que auxiliaban a Miyotl, a pesar que a esta hora de poca ayuda le serían las sabias curanderas.
Mientras las mujeres acudían a vendas y emplastos, hierbas y otros artilugios medicinales, la joven marllajtay le relataba a Erelas de como Mar’ek la había socorrido cerca de los Muros interponiéndose él entre el dardo asesino que iba con destino a ella, de cómo heroicamente y aguantando entre dientes el dolor se había enfrentado con una multiplicidad de enemigos y solo cuando se hubo librado de cada uno de los había caído él también.
Erelas la oía con atención, y la historia pasaba por su cabeza como por un cedazo, separando lo que había pasado con lo que Miyotl deseaba que hubiese sucedido. Porque intuía que la hazaña, sin desmedro de su valía, no había sido tan noble. Y porque en el fondo, si tan ducho hubiese resultado Mar’ek a la hora de repeler al enemigo, difícilmente se explicaba la tremenda herida que ostentaba la jovenzuela ahí presente. Tenía varias costillas rotas y estaba afiebrada. Pronto empezará a alucinar, pensó Erelas.
Apesadumbrada pero firme como siempre, se retiro para poner orden a las fuerzas que ocuparían Annwyn. Tenía mucho que organizar. Mucho en que pensar. Repartió órdenes a diestra y siniestra, cual mandoble guerrero ya que a esas alturas su única arma eficaz radicaba en su poder de mando, y en pequeña porción al respetuoso miedo que sentían por ella los comunes.
El tiempo recrudeció y los vientos orientales trajeron nubes oscuras y cargadas de llanto. Los relámpagos no tardaron en surcar los cielos, para cuando las tropas de las defensoras ya habían abandonado la batalla.
Annwyn se había defendido con valentía ejemplar, pero ahora yacía a merced de los vecinos invasores. Por ahora los ánimos de los locales estaban en vilo tras los gruesos muros de la ciudad que sufría las inclemencias de una tormenta levantada por la misma maldición que cargaba Erelas.
Resumen de la batalla.
Marllajtay ha perdido 18 armadas x35= 630 puntos.
Recuperables: 504 puntos.
Valoraciones: 7,5+8,2+8+7,6+7,4= 7,74
Recupera: 390 puntos. Los dirigentes de la compañía han sufrido daños por el 100%. La compañía recupera el máximo, 504 puntos.
Pierde: 126 puntos.
Marllajtay recibe 450 monedas en concepto de victoria en la batalla.
Marllajtay recibe 300 monedas por el saqueo de la ciudad.
Marcadores actualizados.
Historia finalizada.
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