Fin Guerra: Maianor se retira del Combate
Armadas perdidas por "Narwä Hilyâtari" = 15
Armadas perdidas por "Maianor" = 25
Se produce el saqueo de Thertan

Fin Guerra: Maianor se retira del Combate
Armadas perdidas por "Narwä Hilyâtari" = 15
Armadas perdidas por "Maianor" = 25
Se produce el saqueo de Thertan
“Mikeni sî liârkaber dhanenen, dâ Kelti tiraber Dasanori.
Hêri Nanô sharyasi Minne dà dhunasi niêrbô Mikeni.
Kalossiêl esthesi fâlâsât lûrei hirîenô.
Thesê Nurui Turasina bhaserasi nâvelel Dasalân,
nanteloio aritna anâen rêkasi Aina Thurin.
Natêi, hêlyanoio,
annûtasi alniênnê Rómenorô mor buruken na miraber niennê gardalâno.”
Osto Ohtalossê, 24 Ignis Luuis
La sombra de Ondoninkwê se extendía hacía el este como cada anochecer, cubriendo Osto Ohtalossê de prematuras penumbras. De pie frente a los grandes ventanales de su despacho, Elesinyê simplemente esperaba. Recordando. Las graves palabras del Oráculo resonaban en su mente una y otra vez, entremezclándose con los vívidos recuerdos de los últimos días. Comenzando con la extraña desaparición de Teneru, la cual había sido el principio de una sucesión de hechos que sin duda alguna debían estar conectados entre sí.
Apenas habían pasado dos días desde su desaparición cuando llegaron aquellas sorprendentes noticias procedentes de la frontera del Norte. El nuevo Artakâno, elegido por el Ejército, había muerto en una emboscada poco antes de su nombramiento. Aquella noticia conmocionó la ciudad tan profundamente como aquél terremoto de hacía 1000 años, cuando las antiguas murallas cedieron.
Durante aquella semana, a excepción de la desaparición de Teneru, nada más ocupó su mente aparte de aquella noticia, y todas las relacionadas con ella. Y fueron muchas. Los primeros preparativos para el funeral que llevaría al Arkên hasta las Praderas de Thyr fueron suspendidos casi de inmediato. No habría Narwâ para Serkendil. Su cuerpo no había sido encontrado, y sus cenizas no ascenderían por lo tanto a los Cielos.
Pronto el Khotsê decidió sustituirlos por un ritual comunitario frente a Oiomurë, la Sagrada Colina, y durante toda la noche dirigieron sus ruegos hacia la Dama de Karnil, para que encontrara y guiara el espíritu de Serkendil en su camino hacia Thyr.
Se trataba de un acto oficial de extrema importancia que se vio emborronado por la ausencia de gran parte del Otomasse y en mayor medida del Balî, y por todos los rumores y comentarios surgidos en torno a dichas ausencias.
En primer lugar porque no se había encontrado el cadáver del Artakâno, y gran parte del Ejército conservaba la esperanza de que Serkendil no estuviera muerto realmente. Y en segundo lugar, pero no por ello menos importante, porque Engrel presionaba desde la frontera del Norte, intentando por todos los medios a su alcance situar como Artakâno a alguien de su entorno.
Fue entonces cuando Elesinyê comenzó a atar los cabos sueltos. Fue Teneru quien le informó del nombramiento del nuevo Artakâno, aun cuando Engrel había decidido mantenerlo en secreto frente al Khotsê y la Kwara. Fue Teneru quien avisó de la disconformidad del Balî con dicho nombramiento, temeroso de que llegara a hacerle sombra, y pudiera disputarle el cargo. Y Fue Teneru quien aventuró la posibilidad de que el Balî intentara por todos los medios eliminarlo tarde o temprano. Ahora, tanto el nuevo Artakâno como Teneru habían desaparecido, y sus peores sospechas se confirmaban.
Y después llegó el Oráculo, con sus frases cargadas de miedo y enigmas. ¿Quiénes son los Once, y los Cuatro? ¿Quién es El Señor de las Aguas, y qué es lo que esconde? Podrían hacerse cientos de preguntas en torno a las palabras del Oráculo, y sólo conseguiría dar lugar a un par de cientos más.
La puerta del despacho se abrió muy despacio, pero aún así sintió el movimiento. Giró el rostro hacia la puerta, y vio cómo Angarato entraba sigilosamente y cerraba con cuidado la puerta tras de sí.
- ¿Y bien? – preguntó ella mirándolo a los ojos. Si había ansiedad en su voz, supo ocultarla muy bien. Pero no había sonrisas de bienvenida, ni saludos triviales. Ambos sabían muy bien qué terreno pisaba el otro.
Angarato se sentó ante la mesa del despacho, y se echó hacia atrás en el respaldo. Parecía cansado, como si hubiera librado una gran batalla.
- Mañana se hará oficial – respondió, y dejó entrever una media sonrisa.
Ella suspiró, y como si las fuerzas que la habían mantenido en pie durante las últimas semanas se hubieran evaporado de repente, se dejó caer en el sillón, con las manos tensas en el regazo, y la mirada ausente.
- Entonces está hecho… - musitó – Lo hemos logrado.
A partir de ese momento, se abrían infinidad de posibilidades. Habían arriesgado y habían ganado. Pero sólo era una victoria menor. Ambos lo sabían.
- Debo felicitarte entonces – dijo ella, esbozando una sonrisa triste.
- Por supuesto que debes hacerlo – respondió él, con una pícara sonrisa en sus ojos azules – Tienes ante ti al nuevo Artakâno – una risa profunda escapó de su garganta y ella no pudo más que sonreír abiertamente ésta vez.
Durante las últimas semanas habían luchado contra Engrel mano a mano. No era algo nuevo para ella, pero quizás era la lucha más abierta que había mantenido con el Balî. Que ellos hubieran ganado, logrando que el Ejército apoyara unánimemente a Angarato como nuevo Artâkano, no era algo que el Balî fuera a perdonar fácilmente.
Al Varantar, 7 Aqua Nion
Primero las ciénagas, después el desierto. Sí. Sin duda Engrel sabía muy bien cómo vengarse. Aceptaba el castigo, y agradecía aún más que le diera la oportunidad de morir en la batalla. De logar el Narwa que la llevaría de nuevo junto a su padre. Suspiró levemente, con la mirada fija en el horizonte arenoso.
Liderar una Compañía en aquellas condiciones no era tarea fácil. Mil ochocientos soldados, entre elfos y hombres, curanderos, auxiliares, sacerdotes, todos ellos cansados, con las ropas pegadas al cuerpo, sobre caballos sudorosos, con el sol inclemente golpeando sobre sus cabezas…
Ya desde los Marjales de Dasarohe habían tenido que prescindir de los carros de transporte, aunque era algo que ella ya había previsto. Tanto las tiendas como las provisiones habían tenido que ser repartidas en una gran caravana de caballos, dejando los establos de toda Dakondor prácticamente vacíos. Y de eso hacía ya cinco días.
Pero dejando atrás los innumerables inconvenientes que había supuesto el atravesar Dasarohe, y el hecho de encontrarse en ese momento atravesando el enorme desierto de Al Varantar, Elesinyê pensaba sobre todo en lo que les esperaba al llegar a Thertan.
Era una ciudad pequeña, por lo que tenía entendido. Una ciudad que surgió en torno a un pequeño oasis como base para los nómadas del desierto, y que había crecido sobre todo gracias al comercio y a la explotación de las salinas que la rodeaban. Salinas que Engrel parecía codiciar por alguna razón que a ella todavía se le escapaba.
Porque aunque sin duda la sal era un elemento costoso para la economía de Dakondor, durante cientos de años el comercio con los pueblos nómadas del desierto se había mantenido en términos de paz y cordialidad. Hasta que el Balî decidió romper todo tipo de relaciones diplomáticas y comerciales, sin dar explicación alguna ante el Khotsê.
¿Y de cuántos pueblos estaban hablando? Al Varantar era un desierto inabarcable para los Nurulântar, con más de 30 ciudades en su haber. Engrel debía haber considerado que su intento expansionista podía costar más de lo que podían arriesgar realmente. Desde luego que lo había tenido en cuenta, en vista de que habían sido ella y Angarato los elegidos para llevar a cabo los intentos de conquista. ¿Acaso perdía algo? Si alguna de las batallas fracasaba, contaba con que al menos uno de los dos cayera en la batalla. Aquél era sin duda su principal objetivo. Y en caso contrario, al menos se aseguraba la posesión de las valiosas salinas del este. Por algo el Onnar de Engrel era el Zorro, y la astucia su punto fuerte.
Thertan, 7 Aqua Nion
Acampamos poco después del anochecer a cierta distancia de Thertan. Sólo las estrellas de Inanna iluminaban nuestra llegada. Ni una sola luz se dejaba ver en la distancia procedente de la ciudad. El silencio del desierto nos cubría como una mortaja.
No había duda alguna de que sabían que llegábamos. No había factor sorpresa en el desierto, y esa era su mayor ventaja. Ellos estaban preparados. Cubiertos detrás de sus murallas de adobe y piedra, del color de la arena. Las casas blancas, arracimadas, parecían brillar bajo la luz de las estrellas.
Nosotros en cambio apenas contábamos con tiendas de lona y piel para protegernos de la helada nocturna de Al Varantar, como cada noche. La arena arrastrada por la brisa se introducía en cada poro de piel, oídos, boca, ojos. El agua sabía arena. El pan también.
Apenas bastaron unas horas de descanso. Nuestra Arkên pretendía tomar la ciudad cuanto antes, quizás contando que ellos esperarían nuestro ataque al amanecer. Pero no fue así.
Los primeros rituales, aquellos que cada uno de nosotros realiza íntimamente antes de cada batalla, comenzaron poco después de establecer el campamento. Yo rogué a Thyr por encontrar una hermosa muerte, aquella que me llevaría en brazos de Inanna hasta las Praderas de Thyr. Aquella que me otorgaría el descanso del Narwä, junto a mis antepasados guerreros. Recordé a mi padre, a mi hermano, a mi hermana. Todos ellos más allá de los Espacios de la Muerte. Y rogué también a Asthart y Khernûn, para que cuidaran de mis seres más amados. Mi esposa, Iralda, la más bella eldar que han contemplado mis ojos. Y mis hijos, Astemo y Selmo, a quienes algún día volvería a ver en las Praderas de Thyr, si Tuoni así lo decidía.
Después, los Baryâr, los Sacerdotes Guerreros, nos reunieron a todos junto a su tienda, y repartieron el Balya, el líquido rojo y espeso que representa la sangre derramada en la batalla. Sentí como su calor se iba diseminando a través de mi cuerpo, y cómo llegaba hasta lo más profundo de mi corazón. Sentí como mis sentidos se agudizaban. Cómo todo mi cuerpo parecía estar alerta ante la inminente batalla, y cómo todos mis miedos se desvanecían.
Miles de chispas de fuego iluminan el campamento. El sonido de los escudos entrechocando con las piedras de fuego crece por momentos, al compás de miles de voces que gritan pidiendo sangre, y muerte.
Nosotros somos los Hramahtâr, Los Salvajes.
Nacemos en la batalla. Vivimos en la batalla. Morimos en la batalla.
Thertan, 7 Aqua Nion
El sonido de los escudos impide cualquier tipo de concentración. Con manos temblorosas, Arhem ofrece con cuidado el cuenco que contiene el preciado líquido hacia la Arkên. Sabe que por la más mínima gota derramada deberá pagar un alto precio, aun cuando parece que la Arkên la ha tomado bajo su protección, y vela por ella.
Fuera de sus obligaciones, ha ayudado a Elesinyê a prepararse para la batalla. Ha recogido sus negros cabellos en una sola trenza espigada. Sus párpados, sus mejillas, sus labios, han sido pintados con extraños pigmentos rojos mezclados con sangre.
Los gruesos pantalones de lino y la túnica de algodón eran del color de la sangre, tal como mandaban los cánones del Otomasse. Y llevaba también los botines negros de cuero reglamentarios. Pero la coraza de acero bruñido era del color del cobre, llevaba grabados con el símbolo del León en el centro, y junto a él una Pantera y una Serpiente entrelazadas. En el centro, tres puntos dorados simbolizaban su rango de Arkên, junto con el brazalete de hueso que llevaba en el brazo derecho, con el grabado de la Pantera, su Onnar.
A la espalda llevaba sus Shais, con las empuñaduras forradas de una ligera tela roja que ondeaba suavemente. Del cinturón pendía la espada, aunque Arhem sabía que poco uso solía darle.
Elesinyê tomó el cuenco que Arhem le ofrecía nada más terminar su ritual íntimo, y bebió con avidez su contenido. Sus ojos dorados parecieron arder, mientras analizaba mentalmente el efecto que el Balya tenía sobre su cuerpo y sus sentidos. Una sonrisa felina asomó entonces a su rostro. Una sonrisa que Arhem nunca había visto en la eldar.
Con un gesto rápido se colocó el yelmo empenachado con una crin roja que nacía en la cimera y caía libremente sobre la espalda. Se echó sobre los hombros la capa roja y la ciñó al hombro con un broche de hueso. Tomó la lanza con la mano derecha, disponiéndose a salir. Pero antes miró a Arhem. La muchacha de cabellos rubios parecía algo nerviosa. Sin duda era normal. Era su primera batalla.
- ¿Recuerdas cuál es tu posición? – preguntó con voz suave.
- Sí Arkên. Mantenerme en la retaguardia todo el tiempo posible, y correr con todas mis fuerzas en el momento en el que me llamen.
- Eso es. Los Sanadores tenéis también una gran responsabilidad en la batalla, y también corréis riesgos. Ten cuidado.
Elesinyê salió de la tienda, y fue recibida por los gritos enfervorizados de los soldados. Arhem se encontró a sí misma observando el suave balanceo de la lona que cerraba la tienda. Había llegado el momento de la batalla.
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Una estela roja marca el paso a seguir. Es la estela de su yelmo empenachado de rojo, al frente de la caballería pesada. La arena parece fluir a merced del viento, como un río que desciende de las montañas. Las murallas doradas parecen crecer ante ella, a cada paso.
Las flechas llegan hasta ellos como una tormenta de arena. Los caballos relinchan y se encabritan por el dolor. Los escuadrones de arqueros responden con sus flechas, y por encima de los muros de la ciudad caen a la arena los cuerpos de sus soldados, completamente vestidos de blanco. Las puertas de la ciudad, de sólida madera labrada, comienzan a ceder ante los embates de los arietes.
Sintió el dolor agudo y punzante un momento. Después, simplemente lo olvidó. La lanza pesaba en su brazo derecho quizás un poco más de lo normal, eso sí. La puerta cedió, y la caballería la atravesó como un alud, lanza en mano. Hundió la lanza una y otra vez, con los ojos inyectados en sangre, sin mirar apenas dónde inflingía la herida mortal.
Las calles de la ciudad olían a incienso y aceites florales. Las calles adoquinadas pronto se llenaron de cadáveres, y las blancas paredes de las casas fueron mancilladas con sangre.
Desmontó del caballo al tiempo que soltaba la lanza. Con ambas manos desenfundó los Shais, mientras miraba a los ojos de su enemigo. Intuyó que se trataba de un hombre de cierta edad, debido a las arrugas que se formaban en la comisura de sus ojos verdes. Nada más podía ver de él, pues iba cubierto de pies a cabeza con telas blancas. Un turbante blanco cubría su cabeza, y después su rostro. En su mano derecha portaba una cimitarra de plata.
Elesinyê sabía que se encontraba en cierta desventaja, sobre todo si era ella quien iniciaba el ataque. Finalmente fue el hombre quien se acercó, y ella detuvo el golpe cruzando los Shais ante ella. Fue entonces cuando finalmente se dio cuenta de la sangre que brotaba de su brazo izquierdo. Sin duda había sido una flecha la que había atravesado carne y músculo, dejando una herida limpia pero abierta.
El hombre aprovechó su distracción, y con un movimiento veloz asestó un golpe certero a la altura de la cintura que la hizo tambalearse hacia la derecha. No tuvo mucho tiempo para pensar en su reacción. Simplemente, aprovechó el impulso y cayó al suelo, al tiempo que lanzaba su brazo izquierdo hacia atrás para encontrar la pierna del hombre. Un grito de dolor acompañó la caída del hombre, mientras su sangre tenía sus ropas blancas. Elesinyê se giró sobre sí misma en el suelo, y lo remató con el otro Shai clavándolo con furia sobre la nuca del hombre, silenciando su dolor.
Se arrastró como pudo por el suelo, hasta apoyar la espalda contra una pared blanca, y se quitó el yelmo. El sudor caía por su frente, arrastrando la pintura roja de su rostro.
- ¡Sanador! ¡Sanador! – los gritos de ayuda parecían lejanos, hasta que vio el rostro de Arhem junto a ella. Parecía menos nerviosa que antes. Sin duda, ahora sabía qué se esperaba de ella y qué es lo que tenía que hacer. El vestido negro que llevaba estaba manchado de sangre, y los bajos no eran más que jirones. Un vendaje improvisado cubría su pierna izquierda.
- Brazo y cadera con heridas abiertas y sangrantes – dijo Arhem - Empezamos bien la guerra, ¿eh? – preguntó con ironía.
Elesinyê rió abiertamente, y sus carcajadas sorprendieron a aquellos pocos que todavía luchaban en las calles.
- Y que lo digas, Arhem. Y que lo digas – respondió – Y veo que tú has descubierto que tu puesto también tiene sus riesgos.
La muchacha frunció el entrecejo protestando algo sobre no sabía qué espíritu imprudente e inconsciente.
Poco importaba ya nada. Habían ganado. Y por encima de todo, había sobrevivido. Y no creía que Engrel apreciara en realidad ninguna de las dos noticias.
Resumen de la batalla.
Narwa ha perdido 15 armadas x35= 525 puntos.
Recuperables: 420 puntos.
Valoraciones: 8,6+9,1+7+8,6+7,4= 8,14
Recupera: 342 puntos. Los dirigentes de la compañía han sufrido daños por el 30%, por este concepto recupera 105 puntos. Total recuperación: 420 puntos.
Pierde: 105 puntos.
Por la victoria en la batalla reciben 450 monedas.
Por el saqueo de la ciudad reciben 300 monedas.
Marcadores actualizados.
Historia finalizada.
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