La Guerra de los Clanes

Batalla 8. Intento De Saqueo De Lambar Por La C1 De Al'Varant.

Terminada
Escrito el 12-03-2008 19:26 #1

Fin Guerra: Maianor se retira del Combate

Armadas perdidas por "Al´Varant" = 13

Armadas perdidas por "Maianor" = 27

Saqueo de Lambar.

Escrito el 14-03-2008 15:21 #2

Athran contempló con solemnidad y cierta tristeza las ruinas que se extendían al norte de su campamento, asentado sobre una colina rocosa fácil de defender. Allí, frente a él, sumergida al mismo tiempo en la arena y en el halo rojizo y melancólico de la luz del atardecer, se encontraba lo que antaño fue una gran ciudad varante. Ishtar, que en su idioma quería decir: Estrella. Allí, en la antigua provincia varante de Nivarant, había prosperado uno de los núcleos más importante del antiguo Imperio. Ahora ya sólo quedaban las rocas desnudas y el polvo estéril.

Él no había nacido en aquel desierto; no obstante, después de vivir veintiún años de su vida en él, ya no conocía otro hogar. Decidió visitar las ruinas en el frescor de la noche.

— Eh, Etheliel. —llamó a su compañero. El elfo levantó la vista de su compañero constante de viaje (un odre con agua) — ¿Quieres visitar Ishtar esta noche? Los hombres se encargarán de las guardias sin nuestra ayuda.

El elfo asintió, sonriendo. Aquella experiencia, aunque instructiva, le estaba resultando dura. No sólo por el clima —que nunca había sido el preferente de ningún tipo de elfo—, sino por la ausencia de compañeros con quien hablar. No había un solo elfo en el resto de la Dûrmana —la Compañía Itinerante en la que viajaban—, y apenas un puñado en el resto de todo el ejército —agrupado en el Tema único Varendiano—, lo que afianzaba su sensación de soledad. Athran, por su parte, entendía la postura de la mayoría de los elfos. Al Varantar no era un lugar apropiado para ellos.

El día siguiente amaneció lúgubre y ventoso, lo que en el desierto podía condicionar muchas cosas; sin embargo, la pequeña tormenta se disipó con la llegada del sol y el azul profundo del cielo resplandeció sin mácula alguna. Athran y Etheliel se reunieron en la tienda del Dherasda junto con los dos Cortûharae —comandantes— con que contaba el ejército. En teoría, Athran estaba al mando de la dirección de la Dûrmana —como Maestro Cofrade y miembro del Senado—, pero en la práctica fue Etheliel quien diseñó la estrategia del asalto. El Dherasda contaba con ciertas nociones estratégicas, pero no tenía la visión — y nunca mejor dicho— con que contaba el elfo.

— Deberíamos atacar por el este —sugirió Athran, contemplando los mapas—. Es ahí donde el terreno nos favorece: es más elevado y los arqueros tendrán más holgura para disparar.

El elfo asintió.

— Yo dirigiré a los nivarantes —aseguró Etheliel—. El arco es mi especialidad y tengo mejor vista que cualquiera de los jinetes —los nivarantes eran un cuerpo de élite de caballería de proyectiles—. Tú, Athran, deberías combatir junto con la Orden.

El Náredain hizo una mueca de disgusto. La Orden de Adrhant estaba compuesta por fanáticos religiosos al servicio del ejército. Él pertenecía a una de las Cofradías religiosas, pero era todo menos fanático. Había intentado evitar que la Orden participara en la campaña, pero, como ya se había temido, no pudo evitarlo. Después de la Guerra Civil y la caída del inmenso imperio varante, los hombres de Varendia apenas se habían involucrado en ningún conflicto. Se habían limitado, como era lógico, a afianzar su posición.

Por primera vez en cuarenta años, sin embargo, el Senado había enviado al ejército a una expedición militar. La ocasión era notable, y los voluntarios deseosos de mostrar su fervor a Adrhant no se hicieron esperar. Y ahora le tocaba a él controlarlos. “En fin”, pensó, “espero que al menos me obedezcan”.

Partieron sin demora hacia Lambar. El ejército estaba compuesto en su mayoría por infantes: una proporción equitativa de combatientes ligeros y pesados y una buena cantidad de arqueros. La mayoría de la caballería era auxiliar (hirlarenae, en varante), aunque había también algunos Cataphractae y otros tantos Jinetes del Norte. Estos últimos, los nivarantes, eran la auténtica élite. Y, por lo que parecía, los habitantes de Al Varantar habían olvidado su temible efectividad... algo que los Balzac querían remediar.

El ejército varante acampó frente a las puertas orientales de Lambar. No tenía demasiado sentido cavar trincheras para defenderse de las flechas ni nada parecido. El desierto las borraría en poco tiempo. Athran y Etheliel, junto con los dos Comandantes —como miembros de mayor grado al frente del ejército—, cabalgaron para encontrarse con los emisarios de la ciudad, portando una bandera de neutralidad. Athran, que era el más dotado para la dialéctica —por algo se había convertido en un miembro tan respetado en el Senado en tan poco tiempo—, asumió la tarea de parlamentar. No albergaba ninguna esperanza, pero debía intentarlo.

Uno por uno, los varantes se inclinaron en señal de respeto y cortesía. Después, se tomaron la mano y repitieron el gesto. Era un tipo de formalidad dedicada a los asuntos serios e incómodos: aquel lo era con creces. A pesar de tratarse de un asunto tan grave como una próxima batalla, los varantes consideraban indispensable salvaguardar las buenas maneras. Era una ley no escrita.

— ¿Qué deseáis de Lambar, gentes de Varendia? —preguntó aquel que parecía ser el líder de todos ellos.

— Venimos por orden directa del Senado de Al’Varant —dijo Athran. No había motivo alguno para desviarse de la cuestión—. Nuestro pueblo desea restablecer la gloria que antaño proporcionamos a estas tierras. Ya lo intentamos por la vía pacífica en una ocasión, y no obtuvimos respuesta.

— El Senado no es una autoridad legítima —dijo el diplomático con cierta tristeza, a sabiendas de lo inevitable del combate—. Se estableció como gobierno provisional ante la rebelión de Selragar. Sólo un heredero de la Casa de Al’Darme podría reclamar con legitimidad las tierras de Varantar. Sólo seremos leales a un miembro de la antigua Realeza.

— Tengo que cumplir mis órdenes —aseguró Athran.

— Y yo las mías, seguidor de Audrant —dijo el emisario—. Nuestro ejército es más numeroso y es suficiente como para defenderse de tus hombres. No nos rendiremos.

Athran asintió y los parlamentarios se retiraron, preparándose mentalmente para una batalla que ya sabían de antemano imposible de evitar.

Escrito el 14-03-2008 18:00 #3

—En ese caso, vuestra sangre se derramará sobre estas tierras— dijo el emisario con mucha seguridad. Se inclinó en señal de despedida.

—Pues que Nidrant nos guíe—dijo Athran—. Os deseo buena estrella—. La comitiva se retiró a su respectivo bastión. Los soldados varantes esperaban en silencio la llegada de sus líderes. Cuando los Comandantes anunciaron la próxima batalla, sólo unos pocos murmuraron. La mayoría ya sabía con certeza que así había de ser. Cada cual se retiró a su puesto; muchos partieron a la improvisada armería para equiparse. Los cuatro líderes del ejército partieron a su tienda de campaña y contemplaron el mapa de la ciudad. La puerta oeste era el lugar idóneo para atacar, pues el plano de la ciudad era plano —no había parapetos desde donde los arqueros defensores pudieran obtener una especial ventaja— y la elevación daría preferencia a su caballería frente a los posibles piqueros de Lambar. La infantería varante estaba mucho mejor equipada y entrenada, pero era lenta en su avance y sería vulnerable hasta superar las puertas de la ciudadela. Aquella era la cuestión esencial. Una vez dentro, la victoria para los varantes sería posible, puesto que los arqueros tendrían que combatir mano a mano.

La cuestión era, evidentemente, cómo superar ese obstáculo. El ejército defensor era mucho más numeroso que el varante, y los generales sabían que los lambarianos utilizarían a cuantos hombres pudieran en la muralla. Así pues, optaron por una maniobra audaz, muy arriesgada; si triunfaba, no obstante, supondría un golpe de mano esencial. Porque, en efecto, los hombres del desierto parecían haber olvidado el temor a los feroces Jinetes del Norte.

Cinco horas después, cuando el sol declinaba en el horizonte y el calor se disipaba con rapidez, las banderas varantes se alzaron sobre la arena y los nurenae se organizaron en sus respectivas posiciones. Al frente marchaba la infantería más pesada, con escudos oblongos capaces de detener a los arqueros enemigos. Inmediatamente después marchaban los infantes ligeros con armaduras de cuero, tropas auxiliares que desgastarían al enemigo una vez iniciado el combate. Todos los soldados, pesados o ligeros, portaban arcos compuestos. En el flanco sur cabalgaban los cataphractae y los hirlarenae, el grueso de la caballería; en el norte, los nivarantes liderados por Etheliel. En posición de vanguardia avanzaban los adrhantes fanáticos dirigidos por Athran, embutido en su armadura de Guardián de los Muertos. Muchos de los integrantes de la Orden de Adrhant eran Dherasda, como él.

El ejército avanzó compactado y firme. Los varantes habían armado varios arietes, dirigidos por algunos de los alturenae (infantes pesados); sendas planchas de madera los defendían de las flechas.

Los defensores esperaron unos minutos antes de iniciar sus primeras andanadas. Los varantes se protegieron cuanto pudieron, y las bajas fueron mínimas: resguardados en sus amplios escudos, los soldados salieron bien parados. El avance era, por tanto, muy lento, pero de ese modo se evitaron muertes innecesarias y muy valiosas para después, por descontado.

Los catafractos se mantuvieron al margen, prudentes. Su inmensa armadura —que cubría a los caballos y a los jinetes de pies a cabeza— era más que suficiente para detener a las endebles flechas de los arcos simples de los defensores. Pero los catafractos eran un cuerpo reducido y caro, y no se podía desperdiciar un solo soldado en una exposición innecesaria a las flechas.

Los nivarantes cabalgaron entonces, de improviso y con creciente velocidad hacia uno de los extremos de la muralla. Los jinetes pasaron a cabalgar en una larga línea, dirigidos por el elfo, y tomaron sus arcos. Dispararon una primera andanada sobre la muralla que barrió a los arqueros y entonces comenzaron a cabalgar de un modo extraño: los jinetes formaron un enorme círculo, sin detenerse en ningún momento; la parte más cercana a la muralla era la que disparaba. Aquella táctica se conocía comúnmente como Anillo varante, y surtió el efecto esperado.

Los lambarianos se aterrorizaron al verlo. Después de cincuenta años sin responder a la autoridad de Varendia, habían olvidado la efectividad del ejército de antaño. Pero las tradiciones tenían profundo arraigo, y entre ellas estaba la creencia popular de la infalibilidad de los Jinetes del Norte. Las líneas de los defensores se tambalearon.

Resonó una grave trompeta y la infantería se alzó repentinamente. Todos a una, los infantes tomaron sus arcos y dispararon una inmensa oleada de saetas. Los arqueros sufrieron enormes pérdidas y el golpe de autoridad fue total. Se ordenó el repliegue y los varantes avanzaron con euforia.

Retirarse de la muralla fue para los lambarianos un error fatal. Los varantes recorrieron a la carrera el trecho que faltaba hasta la puerta oeste, empujando el ariete con todas sus fuerzas y, para cuando se dieron cuenta de su equivocación, ya era tarde: la maquinaria de asedio ya había derribado el portón.

Desde entonces, la batalla cambió totalmente. Si el primer avance, el lento y metódico de la infantería hacia la muralla, había resultado costoso para las fuerzas varantes, la conquista posterior del interior urbano resultó sencilla. La infantería varendiana era superior, más disciplinada y mucho mejor armada, y los defensores pronto se encontraron desperdigados y desorientados, en especial tras perder a sus líderes. Los adrhantes de Athran avanzaron sin dificultad hacia la Plaza Central, masacrando a los cada vez más reducidos hombres con moral suficiente para plantarles cara. Muchos de los adrhantes eran hamsharen, los mejores espadachines de toda Al’Varant. Los Jinetes de Etheliel, por su parte, sembraron auténticos estragos, y supusieron la fuerza esencial y determinante para concluir la batalla con éxito. El elfo recibió su botín, no obstante: una fea herida en la pierna a causa de una jabalina lanzada con intenciones más letales.

La última resistencia, dirigida por el patricio dirigente de la ciudad, un feroz lambariano a caballo, fue aniquilada tras una carga demoledora de los catafractos. Los caballeros se acercaron lentamente al frente enemigo; la infantería varante se apartó y los jinetes cargaron con toda su fuerza, masacrando a los defensores. Los hirlarenae atacaron entonces, y el ejército lambariano terminó de quebrarse. Los hombres de Lambar pidieron una tregua y los Cortûharae ordenaron a sus soldados detenerse.

Fue entonces cuando Athran y Etheliel se encontraron en las calles; ambos estaban cubiertos de sangre, jadeaban y estaban heridos, aunque de levedad. Sonrieron y se saludaron con ambas manos. Apenas se conocían, pero les llenó de júbilo poder contemplarse el uno al otro, vivos y enteros.

El Dherasda se dirigió frente al líder de la ciudad y sus pocos consortes, con intención de parlamentar un fin diplomático de la masacre. Aquel día, los estandartes varantes refulgieron sobre la ciudad con orgullo y alegría. Aquel día, los hombres de Varendia obtuvieron una clamorosa y moralizante victoria.

[Editado por rhiorn el 16-03-2008 00:06]

Escrito el 16-03-2008 23:39 #4

— Habéis sido derrotado —concluyó Athran, espada en mano, ante el Patricio, cuyo nombre era Hufayn—. Ordenad a vuestros hombres que se detengan y no habrá más muerte.

— ¿Bajo qué condiciones? —preguntó Hufayn con el ceño fruncido. Su costado sangraba y parecía mantenerse en pie a duras penas. Era una situación idónea para negociar: su debilidad física se traduciría en poca firmeza.

— De ahora en adelante responderéis a la autoridad del Senado de Al’Varant —dijo Athran; Hufayn no dijo nada. Aquello se sobreentendía—. Vuestra organización administrativa, política y judicial se adaptará a la que mi país utiliza habitualmente. Posibles fueros o privilegios serán discutidos en la próxima reunión del Senado, en la que obtendréis representación.

El Patricio asintió.

— Y, ¿qué nos garantizas a cambio?

— Mantendremos un contingente militar en esta región para asegurar la seguridad y el orden hasta que la situación se normalice. Tu pueblo no será agredido de ningún modo y se le tratará como si fuera varante. Tendréis los mismos derechos y las mismas obligaciones. No saquearemos la ciudad ni extenderemos más violencia mientras no seamos incitados a ellos. El tesoro del Patriciado pasará a formar parte de las arcas de Al’Varant, así como todos los pertrechos de guerra de tus hombres— lo cual no era sino una forma más sutil de saquear—. Todas las armas serán confiscadas.

Athran hizo una mueca de disgusto. Le escocía la mano izquierda, de donde manaba algo de sangre. El corte no era profundo ni preocupante, pero sí muy doloroso. Eran consecuencias de intentar detener una estocada con la mano.

— En cualquier caso, hemos redactado un documento donde se explica todo esto con detalle —explicó el Dherasda. Uno de los heraldos acudió con el aludido pergamino. Hufayn lo leyó por encima y finalmente asintió con la cabeza, mientras suspiraba.

— Rindo mi ciudadela —dijo el patricio— y abdico en la autoridad del Senado. Nos habéis derrotado.

El ejército ocupó las estancias de la antigua Guardia de Lambar, que se disolvió o pasó a formar parte de los reclutas varantes. La mayoría de los hombres se dedicó a descansar o, en su defecto, a celebrar la victoria. Se atendieron a los heridos, que eran numerosos. Para ello, los Curanderos y los Herbolarios que acompañaban a la Dûrmana se emplearon a fondo en bendiciones, fármacos y operaciones. Los Sacerdotes, por su parte, con ayuda de algunos Guardianes de los Muertos, oficiaron los respectivos funerales. Se mantuvo una vigilancia constante para evitar posibles altercados.

Algunos días después, Athran y Etheliel se encontraron. El Dherasda, relajado y tranquilo, vestía una sencilla túnica varante —con los típicos bordados de temas vegetales—, el pelo castaño suelto y su mano aún vendada. Etheliel, por su parte, seguía mostrando su típico semblante serio y altivo; su belleza de inmortal sólo cuestionada por la herida de su pierna. Athran silbaba alegremente, con una copa de cristal de obsidiana en la mano, mientras conversaba con uno de sus amigos más cercanos dentro de la Dûrmana: un Arnûr (un capitán) de edad similar a la del Guardián de los Muertos y con aficiones parecidas. Su nombre era Eahor.

— Si hubiera sido por vos, Etheliel —dijo el capitán—, me temo que la victoria no habría superado el rango de mera ilusión.

El elfo sonrió, halagado.

— Ha sido tarea de todos, no sólo mía —aseguró él con cortesía.

— En efecto —confirmó Athran, sonriendo ampliamente y levantando su vaso negro—; ahora, si os parece, brindad conmigo. Brindemos porque estamos vivos y por nuestra victoria. Brindemos por Al’Varant y por su gloria. ¡Pero, por encima de todo, brindemos porque la bendita cabeza élfica de Etheliel continúe brillando como hasta ahora!

Los tres rieron, y olvidaron por unos dulces momentos la crudeza desnuda, franca y radical de la guerra. La victoria había sido contundente y favorable para los varantes. A un precio de miles de hombres… eso sí.

Escrito el 21-03-2008 09:48 #5

Resumen de la batalla.

Al'Varant ha perdido 13 armadas x35= 455 puntos.

Recuperables: 364 puntos.

Valoraciones: 7,6+9+8+7,4+8+8,3 = 8,05

Recupera: 293 puntos.

Pierde: 162 puntos.

Por la victoria en la batalla Al'Varant se lleva 450 monedas.

Por el saqueo de Lambar, 300 monedas.

Marcadores actualizados y batalla cerrada.

Historia finalizada.