La Guerra de los Clanes

Laiquamiril - Ciudad Externa En Ruinas

Escribiéndose...
Escrito el 05-04-2008 20:40 #1

La mayoría de los habitantes de Rómenor piensan que el Loicatuine nace en las malditas Cotumo Aicasse, las oscuras montañas infestadas de orcos y demás seres sombríos. Y cierto es, que las frescas aguas del riachuelo que cruza Misteture en dirección a estas oscuras montañas se hunde en la tierra varias millas antes de alcanzar las estribaciones meridionales de Cotumo Aicasse; pero ambos ríos son la misma corriente.

Existió antaño un pueblo de elfos silvanos que conocían el cauce subterráneo del Loicatuine y lo utilizaban para comerciar y viajar más allá del Mistetaure sin peligro de ser emboscados por trolls y orcos. Este pueblo se asentó en el lugar en el que el Loicatuine comenzaba a excavar su lecho subterráneo y su ciudad fue conocida como Laiquamiril, la Joya Verde.

Eran un pueblo pacífico y establecieron unos fuertes lazos de amistad con sus vecinos, los antiguos Yárai que habitaban todavía en Nilme Istyalvao, y se cree que fueron estos vecinos los que crearon el negocio más inconfundible de Laiquamiril: la fabricación de arcos y flechas.

Estos elfos, al igual que los Yárai contaban con la protección de Ealaráva y conocían bien todo lo que crecía en los húmedos bosques de su alrededor. Cerca de Umbar Meno crecen unos árboles de excepcionales características, su madera era fácil de manejar y se volvía de un blanco inmaculado en contacto con el aire; además los Yárai les mostraron cómo, mediante una combinación de resinas y jugos de algunos frutos, se podía conseguir que esta clara madera se volviera tan dura como el metal.

Enseguida, la fama de las flechas de Laiquamiril cruzó todo el continente y la mayor parte de la ciudad comenzó a dedicarse exclusivamente a la fabricación de flechas. Con el tiempo, surgió entre los artesanos una pequeña competición para ver quién conseguía crear las flechas más hermosas, para lo que las adornaban con singulares plumas de las aves que habitaban el Mistetaure.

Durante centurias, las riquezas de Laiquamiril crecieron y se construyeron enormes palacios de brillantes y enjoyadas paredes en las amplias cavernas excavadas por el Loicatuine.

Pero llegó el tiempo en el que un poder oscuro regresó a Rómenor, fue entonces cuando los seres que habitaban las profundidades de Cotumo Aicasse salieron a la superficie y fueron atraídos por las riquezas de la vecina Laiquamiril.

La ciudad fue atacada por un enorme ejército que triplicaba la población de la extensa Laiquamiril; además, el ejército atacante parecía impulsado por un gran poder que lo convertía en una irracional máquina de destrucción. La ciudad fue completamente saqueada y quemada, los grandes palacios subterráneos fueron arrasados y las antiguas construcciones que mantenían controladas las aguas del Loicatuine derribadas, por lo que el río inundó la mayor parte de ellos, llevándose con él hermosas joyas y destruyendo elaborados tapices.

Pero dicho ataque no quedó impune, en el este Ealaráva supo de tal destrucción y encolerizado regresó al Mistetaure. Fue en esos años cuando surgieron los Dragones Silvanos, creados por el propio Ealaráva a partir de los Dragones del Pantano para reducir la población de orcos y trolls en Mistetaure y para vengar la destrucción de la hermosa Joya Verde.

Escrito el 04-05-2008 13:12 #2

El reposo de Laiquamiril ha sido perturbado, miles de las flechas creadas en, la antaño, bella ciudad han sido utilizadas contra los pueblos de Rómenor por fuerzas malignas y dicha acción no queda impune.

En sus investigaciones de los extraños sucesos en los que se vieron implicadas las flechas de Laiquamiril, varios pueblos de Rómenor se dirigen a las ruinas de la ciudad élfica, pero no viajan solos.

Hace un par de jornadas, los viajeros de Narwa Hilyatâri llegaron a la ciudad portuaria de Porthos y han iniciado su viaje al oeste, en dirección a Laiquamiril. Su ataque por parte de los Lóceroquen les han retrasado y son los que se encuentran más alejados de las ruinas.

Los viajeros de Marllajtay se encuentran acampados en la orilla occidental del Loicatuine, si supieran que el motivo de su nombre no es debido a los meandros del cauce... suerte tienen de viajar acompañados, aunque ellos lo ignoren el Anciano desea que culminen con éxito esta misión, porque si no lo hacen, Rómenor estará condenada.

Los únicos que ya se encuentran entre las ruinas de la ciudad son los de Nórë Rá Rilmalotsë, acaban de llegar y se encuentran acampados en las afueras. Pronto se decidirán a entrar en las cenagosas ruinas en busca de algún indicio sobre sus atacantes... no saben que las ruinas están llenas de galerías derrumbadas ocultas por el fango, toda la ciudad es ahora una trampa mortal.

Escrito el 05-05-2008 00:23 #3

El gran valle de Formenyalaire no parecía el sitio más seguro para montar un campamento ante los ojos de los Nurulântar, pero no había habido más opción que esa. Se encontraban acampadados en campo abierto, si bien habían decidido mantenerse relativamente cerca del curso del Loicatuine, y pensaban mantenerlo al menos hasta llegar a las ciénagas que rodeaban Cotumo Aicasse y la siniestra Ronkishi-Durblughai, a la que desde luego no tenían intención alguna de acercarse.

El viaje en barco desde Dakondor había sido bastante tranquilo. Elesinyê había permanecido casi toda la travesía recostada en su camarote, obligada por los cuidados de Arhem. La muchacha sabía hacer bien su trabajo, y a pesar de su juventud y su aspecto delicado, no había dejado escapar la ocasión de sermonearla acerca de su poca cabeza, y de cómo había puesto su vida en peligro con una herida mal curada, y de qué cosas podían haberle ocurrido por no haberle hecho caso. Después de eso, se ocupó de sus heridas, y le prohibió salir de la habitación hasta que no se hubieran cerrado del todo.

Elesinyê no protestó realmente. Se encontraba cansada. Habían ocurrido demasiadas cosas, y no esperaba que las próximas semanas fueran a ser más tranquilas. Más bien todo lo contrario. Y desde luego no quería que su estado provocara una situación que pudiera poner en peligro a los suyos. Su deber como soldado era recuperarse, y cuanto antes mejor.

Daira y Arhem fueron entonces las únicas personas con las que tuvo más contacto durante su recuperación. Hubo también unas breves visitas de Elion, quien se había unido a la expedición. Pero Arhem había dejado claro que debía olvidarse al menos durante un tiempo de intrigas y tejemanejes. La sensación de paz, de olvidarse del mundo, que sintió durante aquellos días, la sorprendió. Sólo recordaba haber sentido algo igual siendo niña, cuando todavía su padre vivía y apenas tenía contacto con su madre.

Poco a poco volvió a sentirse fuerte. De la herida en el brazo apenas quedaba una cicatriz rosada, y aquella que más problemas le había ocasionado, la que tenía en el costado, había cerrado por fin, una vez que se había controlado la infección.

Finalmente, un par de días antes de atracar en Porthos, Arhem dió por concluido su encierro y tratamiento. No había tenido ningún contacto con Angarato ni Serkendil. Sabía por Daira que Angarato se había interesado por su salud, pero que no había podido convencer a Arhem para poder visitarla. Y sabía por Elion que Serkendil se había encerrado en su camarote con Annael casi desde el momento en el que zarparon.

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El campamento estaba oscuro, apenas iluminado por pequeñas hogueras en torno a las cuales se agrupaban las tiendas de campaña. Mientras la mayor parte de los soldados dormitaban en sus catres, dentro de las tiendas, los soldados de guardia se mantenían firmes en su puesto, ahogando de vez en cuando algún bostezo, deseando que su guardia fuera lo más tranquila posible, y añorando que llegara pronto el tan ansiado relevo que les permitiría descansar mientras otros velaban su sueño.

Elesinyê no hacía guardia, pero a pesar de ello se mantenía despierta. Una luz dorada se dispersaba por el interior de su tienda, donde Angarato y ella mantenían una conversación discreta en torno a una botella de vino.

- ¿Cuál crees que será su reacción cuando se entere? - preguntó Angarato, mientras ella servía las dos copas de vino.

- Te mentiría si te dijera que sospecho siquiera cuál será. Es más. Creo que después de todo tú lo conoces mucho mejor que yo. - respondió ella tendiéndole una copa con la mano izquierda, mientras sostenía la propia en la derecha. Tomó un sorbo de vino con gesto pensativo - Si cualquiera de nosotros hubiera sopesado acaso la posibilidad de que él volviera... hubieramos actuado de otra manera.

- Sin duda - respondió Angarato. Y Elesinyê estaba segura de que si él lo hubiera sabido, no se hubiera dejado convencer para ser nombrado Artakano. - Fue un grave error por parte del Balî, si bien las cosas no le han salido del todo mal. Serkendil sospecha ahora mismo más de nosotros que de él. Si juega bien sus cartas, podría obtener un buen aliado sin que Serkendil mismo fuera consciente de ello.

Ella negó con la cabeza.

- No lo creo. Serkendil no confía en nosotros, pero afortunadamente tampoco confía en él. A partir de ahora serán nuestros actos los que hagan decantarse la balanza de un lado u otro. La verdad saldrá a la luz tarde o temprano, de eso no hay duda.

- Quizás el primer acto sería que yo renunciara al cargo - sugirió Angarato.

Elesinyê lo pensó un momento, mirando al elfo a los ojos.

- No antes de que estemos seguros de que él mantiene la confianza del Otomasse. Sino podríamos ponerle a Engrel en bandeja el cargo que tanto nos costó arrebatarle.

Angarato frunció el ceño. Elesinyê conocía la aversión que él sentía hacia todo lo relacionado con la política. El mundo de aquél elfo venido de lejos era la guerra, y siempre sería así. No obstante, había cierto atisbo de una lejana lealtad hacia ella y su familia. Una lealtad que venía de cientos de años atrás, cuando Minalcar ascendió al poder entre los Nurualda, y ordenó la puesta en libertad de Angarato. Los años en prisión marcaron al Señor de la Guerra. Quizás debido a eso ahora era tan callado, precavido. Elesinyê no lo había conocido antes, y no lo sabía. Pero agradecía esa pequeña lealtad que mantenía, y que le había permitido acercarse a él como hija de Minalcar, y apelar a su confianza.

- Creo que podemos afirmar que todavía conserva la confianza del ejército - repuso el elfo - Alargar el proceso sólo servirá para que él sospeche aún más de nosotros...

- Y acortarlo servirá para alertar a Engrel de cuáles son nuestros planes - acotó ella - Puedo vivir con sus sospechas. No es nada a lo que no esté acostumbrada.

- Tal vez tú lo estés, pero ese no es mi caso - respondió él tajante.

- Sin embargo, todos, incluido Serkendil, estamos en el mismo barco. Queramos o no. Y hemos de hacer lo más prudente, estemos acostumbrados a ello o no.

Sus miradas se cruzaron, y finalmente Angarato asintió.

Escrito el 05-05-2008 17:39 #4

La tienda de campaña se hacía fría y solitaria a la vez que acogedora. Evendim se había tumbado a descansar del viaje con los enanos. Allí se habían encontrado con Eruanne y la elfa, que habían salido hacía tiempo de la ciudad de Nimost.

Anestel les había encontrado pues rumores le habían llegado de una misteriosa salida de la ciudad de varios enanos y una joven humana.

El grupo se había instalado en un campamento cercano a la ciudad y esperaban ansiosos el momento de poder averiguar qué relación guardaban los elfos que allí vivían con las flechas encontradas en el derrumbe en Nimost.

Las flechas laiquamiril habían sido descubiertas y varias personas las habían reconocido. Sus pies les habían traído a esta ciudad... y no sabian a donde mas podrían llevarles.

[Editado por Galath_Undome el 05-05-2008 17:41]

Escrito el 07-05-2008 23:00 #5

Por supuesto que no era buena idea dejar el cargo de Artakano, sería un vacío peligroso que el Bali podría aprovechar para colocar a algún hombre de paja. Antes de renunciar al cargo debía asegurarse que sería Serkendil quien lo recibiría.

Pero Angárato también era consciente que se encontraba en una peligrosa encrucijada, llena de desconfianzas y ambiciones y no quería acabar aplastado.

La respuestas de Elesinyë le complacieron, eran las que esperaba de alguien inteligente y leal. Había confiado en ella hasta ahora y podía seguir confiando.

Pero ciertamente le agotaba ese juego de decir lo que no se piensa a la espera de intentar averiguar lo que piensa el otro.

Ante las últimas palabras de la elfa, asintió.

-Sí, lo quiera o no Serkendil, debemos colocarlo con seguridad en el puesto de artakano, si nos precipitamos erraremos y todos nosotros lo pagaremos- Tomó un sorbo de vino y se relajó -Conozco a Serkendil, es astuto en igual medida que mortífero, lo más sensato sería hablarle sin tapujos, de lo contrario alimentaremos, con peligro para todos, su desconfianza-

[Editado por elfo_negro el 07-05-2008 23:01]

Escrito el 08-05-2008 00:39 #6

La noche era fresca. El grupo reposaba después de una cena frugal al amparo de la fría luz de una lámpara de óleo. Ninguno se quería arriesgar a encender un fuego por temor a la furia de los árboles, que podía sentirse en el ambiente, y el riesgo a atraer a criaturas salvajes. Aunque a esto último habían debido resignarse, pues la oscuridad bajo los árboles era absoluta. Todos permanecían en silencio. No había viento y tan solo el rumor de las aguas del Loicatuine, que bordeaba la colina en que se encontraban, les recordaba que aún se encontraban en el mundo. Fue Rawa quien rompió el silencio.

- ¿Qué creéis que nos podemos encontrar una vez lleguemos a Laiquamiril?

Ninguno se movió, solo levantaron la mirada, dirigiéndola primero a la princesa Marllajtay, para luego mirarse entre ellos –. Ninguno encontraba una respuesta convincente. Toltyo empezó a divagar.

- Si son ciertas las leyendas sobre poblaciones de orcos, trolls y más criaturas malvadas, sería muy probable que una tribu orca la hubiera tomado -. Se detuvo un instante para ordenar sus pensamientos. - Una ciudad abandonada para saquear libremente y su magnífica situación a la entrada de un sinfín de galerías subterráneas; ideal para esas abominables criaturas. Pero no encaja. ¿Qué cosa los puede haber impulsado a iniciar esta cruzada con nosotros, a tantas millas de distancia? Y apuntaría a que tienen una destreza en la navegación muy superior a lo habitual, si han llegado hasta Híssuë por mar…

- El mal se agita aún en la Tierra, incluso tantos años después de que el Malvado fuera expulsado a los confines del vacío exterior -. Fue Morlyg quien intervino. La mayoría quedaron confusos ante sus palabras; solo Toltyo y Rawa conocían las creencias de Morlyg. Los demás, no relacionaron al instante sus palabras con aquellas leyendas remotas de la Tierra Media, de donde sus antepasados provenían.

- A menudo, en mi tierra -, continuó Morlyg -, circulan las noticias de tribus orcas que empiezan a organizarse y atacan pueblos de hombres menores. Un mal regente se manifiesta en ocasiones en los lugares más oscuros de la Tierra Media. Desde hace ya años se ha extendido el rumor de que un poderosa fuerza malvada se ha instalado en un país que llamamos Mordor.

- Tiene mucho sentido lo que comentáis -, fue Ashgald, el guía de Ghân, quien intervino -, es más, es muy probable que lo que cuentas acerca del mal en tu tierra también esté sucediendo aquí. Son muchas las leyendas que corren en los territorios circundantes al bosque. Los ancianos dicen que está maldito y que un mal terrible habita en las horribles Cotumo Aicasse. Muy pocos osan aventurarse tan adentro en el bosque y menos aún son los que regresan. Incluso el curso del Loicatune a través del Mistetaure es impreciso en nuestros mapas y sufre notables variaciones dependiendo del cartógrafo que los trace.

- Lo que dices me estremece sobremanera… - declaró Rawa, manifestando así la inquietud general del grupo – quizás habría sido mejor venir con una escolta más numerosa.

- Quizás eso sólo habría logrado alertar y poner en guardia a los habitantes del bosque… - advirtió Ashgald. Permaneció pensativo unos instantes. Los demás lo miraban en silencio, conscientes en el fondo de que llevaba razón. – Hay otra leyenda acerca del bosque, menos difundida, eso sí… Dice que en medio de toda la maldad del Mistetaure, la Joya Verde permanece incorrupta en su propia ruina. Dicen que los espíritus de sus antiguos habitantes aún la guardan y la protegen del mal de la montaña y el bosque… Pero yo no creo que eso sea cierto.

Ashgald sentenció así su aportación. Todos se quedaron de nuevo en silencio, durante varios minutos con la mirada perdida en la pequeña llama de la lámpara. Finalmente, fue Rawa la que concluyó la velada.

- Deberíamos descansar unas horas. Hoy Silanqi y yo haremos el primer turno.

Todos se acurrucaron alrededor de la lumbre y se taparon con los mantos para intentar descansar a la vez que combatían las pesadillas.

Escrito el 08-05-2008 13:44 #7

Viaje de Porthos a Laiquamiril

No habían podido llevarlos en el barco. Ya no podían protegerlos pues su misión se aventuraba más peligrosa. Tuvieron que dejar a los aldeanos en el pueblo más cercano, una vez que estuvieron fuera del alcance de los reptiles, arañas y del fuego. Lo habían perdido todo y nada podría consolarles.

En el momento de la despedida, Dâira se había acercado a Frek para hacerle saber que ella no olvidaba el acuerdo al que habían llegado el primer día. Aunque la medio elfa no se lo había dicho, confiaba en que el Consejo no les olvidara y se mostrara generoso con ellos.

Le había sido encomendada la tarea de llevarles lo más rápido posible y sin sobresaltos hasta Porthos. La travesía hasta el puerto había sido bastante apacible. Por suerte, ya que después del hundimiento, las criaturas y las llamas, no sabía hasta que punto podría aguantar otro evento inesperado. Necesitaba unos momentos de calma, en realidad todos lo necesitaban, se podía ver reflejado en el rostro de los presentes.

En los ratos que podía dejar el timón al cargo, había aprovechado para descansar, recuperar el sueño y hacer pequeñas visitas al camarote de Elesinyê. En los últimos días de navegación la había visto bastante mejor.

Habían permanecido cerca del curso del río por esas tierras que a Dâira le resultaban novedosas. Llevaban un par de días de peregrinaje siempre con la vista puesta en el Oeste, y sin saber muy bien qué podían esperar de aquellas ruinas.

Como las noches anteriores, después de tomar algo para cenar, se formaban pequeños corrillos. En ellos, los soldados lanzaban sus teorías de lo que se iban a encontrar, algunos recordaban viejas leyendas y otros rememoraban las penurias que acababan de pasar.

La medio elfa buscó con la mirada a su compañero de Narwänólme. No había tenido ocasión de hablar con Myodul y había pasado bastante tiempo desde la última vez que se encontraran. Cuando quería se volvía sigiloso y a la medio elfa le costaba seguirle la pista, por lo que desistió y esperó a que amaneciera.

Escrito el 14-05-2008 05:12 #8

Para Rawa y Silanqi aquella noche fue interminable; los minutos y las horas se hacían eternos bajo el oscuro cobijo de los árboles, y el inusual silencio en el que se sumía el bosque al caer el sol les erizaba la piel. De vez en cuando el canto de un ave nocturna rompía el mutismo que los rodeaba, pero el eco desaparecía tan pronto como había aparecido y volvían a enfrentarse a la afonía del monte, una afonía en la que las aguas del mismo Loicatuine parecían sumirse. Pero aquello que causaba mayor inquietud a las dos princesas era la sensación permanente de que algo o alguien los observaba.

El turno terminó y Silanqui, arrebujada en su manta, cayó profundamente dormida; Rawa, por su parte, no pudo conciliar el sueño, recordando una y otra vez las palabras de Ashgald, el guía de Ghân, sobre el mal terrible de las Cotumo Aicasse, y reprochándose por permitir que una simple leyenda le causara tal sugestión.

Un tenue rayo de sol bañó las copas de los árboles y señaló el inicio de la nueva jornada hacia Laiquiamiril. Los largos y extenuantes días de marcha hacían mella en el ánimo de los viajeros que caminaban silenciosos, aislados en sus propios pensamientos, y esperando que aquella travesía terminara lo más pronto posible.

-¿Cuando crees que llegaremos a las ruinas? –preguntó Toltyo, rompiendo el silencio

-Si no se presentan inconvenientes, llegaremos mañana al mediodía –respondió Ashgald, mirando el cielo a través del ramaje.

Todos callaron de nuevo, pero pasó poco tiempo antes que Silanqi interviniera.

-Asiri –llamó la joven a la esposa del Khútic -, la fortaleza y la confianza de estos hombres está por extinguirse ¿hay algo que puedas hacer?

-¿Yo? –preguntó Rawa, sorprendida -¿Y qué podría hacer yo para cambiar esa situación?

-Canta –exclamó Silanqi con entusiasmo.

Rawa, Morlyg y Toltyo observaron curiosos a la joven Nust’ë, quien permanecía sonriente a la espera de una respuesta por parte de la esposa del Khútic.

-Si, es una buena idea, – intervino Toltyo tras una breve pausa - además, yo nunca te he escuchado cantar.

La princesa suspiró, por esta vez tenían razón, el silencio no ayudaba en nada a conservar en alto el espíritu de los marllajtay, y cantar un poco no le haría daño. Así, Rawa entonó una de las más hermosas canciones tradicionales del pueblo de Híssuë: la Chayá del Gwën-akhô y Kuyu, la historia de un humilde gwën-akhô enamorado de la hermosa y orgullosa flor lila que crece en las laderas de las Andië.

Escrito el 14-05-2008 13:17 #9

Durante todo el día extraños sonidos y rápidos moviemientos se produjeron en Mistetaure, cada vez más cerca de los grupos de viajeros.

Llegó la noche y comenzaron a oirse tambores, de pronto estos tambores se detuvieron y entonces lo que podía escucharse eran gritos roncos y gruñidos.

Los viajeros se acercaron a ver qué ocurría a su alrededor.

Los tres grupos se encontraron en un claro, ante una escena que no habían visto antes.

Los Dragones Silvanos fueron llevados a la selva para mantener a los orcos en las montañas, éstos en venganza hacían rápidas incursiones a la selva para matar a los especímenes más jóvenes y débiles. Los viajeros estaban ante una de esas cacerías, un grupo de unos cincuenta pequeños dragones estaba siendo atacado y masacrado por un numeroso grupo de orcos. Esta situación era nueva para los viajeros que la contemplaban.

Escrito el 15-05-2008 02:33 #10

Ajta’Chun, el gwën-akhô, quiso subir a la cima de las Andië,

y una mañana fría inició su caminata.

El viento frío y las empinadas laderas lastimaron sus patas

pero Ajta’Chun continuó,

quería ver de cerca la faz plateada de Aña

y descubrir el lugar del que emergía Maïth cada mañana.

Las pendientes se hicieron más escarpadas

y Ajta’Chun no pudo continuar.

Triste y adolorido se sentó a llorar.

Kuyu, que lo miraba desde la distancia, se compadeció de él

y lo llamó a su lado:

-Ajta’Chun, gwën-akhô viajero, ¿por qué lloras?

-Porque no podré ver a Aña ni conocer la morada de Maïth.

-quédate conmigo y así será –dijo Kuyu.

La noche llegó y Aña mostró su rostro de plata sobre las Andië;

Kuyu rogó a la luna para que se acercara

y Ajta’Chun pudiera verla de cerca,

y así lo hizo.

Al amanecer apareció Maïth sobre las colinas y sonrió a las Andië;

Kuyu rogó al sol para que se acercara

y Ajta’Chun pudiera preguntarle donde era su morada,

y así lo hizo.

Y así lo hicieron cada mañana durante una semana,

pero el gwën-akhô perdió el interés en Maïth y Aña

y dedicaba sus horas a contemplar a Kuyu.

Kuyu también se sintió feliz con Ajta’Chun

y cada amanecer abría sus hermosos pétalos

y le obsequiaba su delicioso perfume.

Pero Ajta’Chun tuvo que partir de regreso a su hogar.

-Ven conmigo, Kuyu –decía el gwën-akhô

-Tengo miedo –respondía Kuyu

-Ven conmigo –insistía Ajta’Chun

-No puedo hacerlo – repetía Kuyu

El gwën-akhô, triste, debió regresar solo,

pero al amanecer, en el camino que llevaba a casa,

Ajta’Chun vio una salpicadura lila en medio del prado verde.

Su corazón saltó de alegría,

era Kuyu, que había pedido a Aña un único deseo:

estar siempre al lado del gwën-akho viajero.

Desde entonces las Kuya cubren las laderas de las Andië,

Desde la cima hasta su base,

y los gwën-akhôs pastan tranquilos

y duermen cerca de ellas,

mientras recuerdan la historia de Ajta’Chun y Kuyu.

La marcha continuó a través del bosque que pareció favorecerlos, pues las distancias fueron más cortas de lo previsto y esa misma tarde pudieron distinguir en la lejanía el sitio sobre el que se asentara Laiquamiril.

Sin embargo, la sensación de que alguien los observaba desde la espesura del bosque se hizo más intensa; aguzados sus oídos y sus ojos, los viajeros avanzaron con cautela, cuidando cada paso, escudriñando cada rincón oscuro y dispuestos a enfrentar cualquier enemigo.

Al anochecer, los pasos de los cansados caminantes se detuvieron; decididos una vez más a no encender fuego alguno, los viajeros preparaban el terreno para levantar su improvisado campamento, cuando el sonido claro de unos tambores los sobresaltó.

-¿Qué es eso? ¿De donde proviene? –preguntó Silanqi, asustada.

-Parecen tambores –respondió Rawa

-Son los tambores de los orcos –señaló Morlyg con gravedad y apoyó la mano en la empuñadura de su cimitarra.

De repente el sonido se detuvo y por un momento el bosque quedó sumido en un silencio absoluto, pero chillidos desgarradores interrumpieron la calma y erizaron la piel de los intranquilos marllajtay.

[Editado por Seshat el 15-05-2008 04:19]