Entre los Borhalaidas que llegaron a Rómenor luego de la batalla en el Mar contra los kraken de Balcnîn, muchos arribaron en pequeños grupos, desperdigados por las tormentas y el tumulto, o arrojados por la furia irracional de las bestias. En Híssuë se conoció, en siglos posteriores, a los descendientes de estos pequeños grupos repartidos entre las islas del Sur de Rómenor como los Chák'ay. Esto es, "los perdidos" o "los desperdigados".
Los Chák'ay vivieron como pescadores y recolectores en las Islas del Sur, siempre en bandas pequeñas o en familias de organización tipo Ayllu, durante siglos incontables y hasta verse incorporados -más tarde o más temprano- a la esfera de influencia Marllajtay. Esto se dio generalmente sin inconvenientes, dado que ambos pueblos siempre fueron primos cercanos y comparten -asimismo-, en gran medida misma la lengua y las mismas constumbres ancestrales. Sin embargo, hubo -aproximadamente desde el 500 SE- una notoria excepción a todo esto: Annwyn.
La Ciudadela de Annwyn fue erigida en circunstancias desconocidas en el rincón más austral y aislado del Archipiélago de las Andië, en el extremo Sudoeste romenóriano. Se trata de una fortificación sencilla pero relativamente poderosa, colgada de un risco que domina el Mar y el Estrecho del Sur, desde la muy rocosa Isla de Annä. Sin embargo, hacia el norte, sus puertas se abren sobre un territorio llano que desciende por unas millas, para luego retomar altura y perderse en los profusos bosques de las altas cumbres que dominan la mitad boreal de la Isla.
Se supone que la ventajosa posición estratégica de la Ciudadela, y los amplios puertos sobre el estrecho sur fueron el motivo de que la población Chák'ay de las Islas del Sur se reuniera en mayores cantidades allí que en otros sitios, convirtiéndose el pueblo de Annwyn en el centro de comercio para las poblaciones isleñas y litoraleñas de las comunidades borhalaidas no-marllajtay del Sudoeste de Rómenor.
La leyenda, sin embargo, cuenta que el fundador de Annwyn, su primer Zôr, fue en verdad un hijo de Nahald, legítimo heredero del liderazgo del pueblo Borhala, y cuya descendencia gobernó Annwyn por siglos. Sin embargo, la fortaleza no puede datar de antes del 500 SE, y además la sucesión dinástica tuvio un período convulsionado entre los siglos X y XII SE, en que la Ciudad de Annwyn fue gobernada por un Consejo de Navegantes, según sostienen algunas crónicas de Híssuë.
Aunque hace cinco siglos el poder de la flota de Annwyn era grande, y su comercio se extendía por todo el Sur, llegando a penetrar las Andië (hasta Tumbu en el Nendataurë, y más allá), desde entonces su crecimiento se ha estancado y su caída relativa se ha acentuado con cada siglo, llegando al tiempo presente casi como un cascarón vacío, cuyos lujos arquitectónicos en piedras nobles y poderosas demuestran apenas una gloria ya pasada hace tiempo.
En su momento de mayor auge, Annwyn llegó a poseer seguramente más de cincuenta mil almas, y su radio de influencia abarcaba cientos de millas de distancia. Hoy, sin embargo, su población no supera los diez mil habitantes, y los Marllajtay han incorporado en el área de influencia de Híssuë prácticamente toda la población y producción de los Mares del Sur.
Según detalla la memoria de Annwyn, la decadencia comenzó luego de un nefasto naufragio de la parte más importante de su flota en el Océano, combinado con una terible época de lluvias e inundaciones, y del avance inexorable del mar sobre las costas. Según dicen los ancianos, todo esto sucedió después de que los siempre inquietos navegantes de Annwyn profaran ciertos santuarios de las Tierras del Sur, que desde entonces se han convertido en tabú para los lugareños.
