Fin Guerra: Maianor se retira del Combate
Armadas perdidas por "Al´Varant" = 26
Armadas perdidas por "Maianor" = 24
Victoria para Maianor. No se produce el saqueo de la ciudad.

Fin Guerra: Maianor se retira del Combate
Armadas perdidas por "Al´Varant" = 26
Armadas perdidas por "Maianor" = 24
Victoria para Maianor. No se produce el saqueo de la ciudad.
19 de Narhûm, año 711 v.A.
Han pasado diez largos años desde que ingresara en el ejército. ¿Cómo llegué aquí? ¿Cómo se convirtió este humilde campesino en un alshuren? “Sharast Al’Darmos!”, solía decir mi madre con esa enorme sonrisa que tanto me tranquilizara en el pasado.
Las preguntas incomodan mi mente e impiden mi descanso mientras escribo al amparo de mi pequeña lámpara en la tienda. Mis compañeros están conmigo, pero sé que no duermen; hoy no descansaremos.
El día ha amanecido como los otros, y un extraño en nuestra compañía no habría sentido novedades mientras marchábamos protegiéndonos del calor y el asedio del sol. Pero somos varantes. La humedad ha aumentado, pues nos acercamos a la inmensa campiña del norte. El desierto retrocede en esta región y los océanos de dunas van perdiendo terreno e intensidad frente a la sabana. Vemos solitarias acacias a lo largo de nuestro camino, y una tímida hierba de color dorado. Los animales del desierto, la serpiente, el halcón, el escorpión, los lagartos, escasean ahora; abundan, sin embargo, los lobos y chacales, que nos incomodan de noche con sus aullidos. ¡Qué extraño lugar es esta región! A veces pienso en nuestro Imperio antiguo, nuestra inmensa nación, que abarcó todos los confines de nuestro Desierto de este a oeste, de norte a sur. ¡Qué fácil debió de resultar viajar al norte, a Hildan e Ishtar; al este, a Narahäraz, incluso a Nasher!
Mas nuestro camino es penoso y complejo. Tal y como ocurrió la pasada vez, nuestra gente se siente intranquila e insegura, y es natural que así sea. Empero, somos la Dûrmana Varendiant, la Compañía de Varendia, y haremos honor a nuestro nombre.
No hablaré del mañana. Me aterra hablar del mañana, en verdad. ¡Será la próxima noche cuando escriba de la batalla! Pues, si lo hago, habré sobrevivido.
Para ser sincero, mi pluma parece no querer escribir de otra cosa que no sea la contienda. Mi mente vuela con tanta facilidad… Ah, sí, mas todos mis reflexiones son lúgubres. Tan sólo si una flecha me mordiera, una espada me ensartara… un solo corte bastaría para desconcentrarme y, entonces, estaría muerto, no volvería a ver mi ciudad… ¡Maldita imaginación! ¡Basta! No me hago ningún bien con estos pensamientos.
Mientras marchábamos, alrededor de una hora después del almuerzo (tan escaso e insalubre como de costumbre… ¿Por qué no reclutarán mejores cocineros? Somos el Ejército, al fin y al cabo, por Nidrant), he mantenido una conversación interesante con Varhûm. La recogeré aquí, tan fielmente como mi intranquilidad lo permita.
— ¿Por qué lucharás mañana, Varhûm? —pregunté mientras algunas gotas de sudor perlaban mi frente. Él sonrió, y me miró con esos ojos verdes sorprendentes. ¡Qué sabiduría emana mi amigo! ¿Por qué acabaría en el Ejército? Él tiene espíritu de filósofo, seguro. Su mirada es profunda, tranquila y reflexiva; su porte no es militar ni rígido, sino lenta, aletargada… cómo decirlo… ¿parsimoniosa? Es alto y delgado, de pensamiento rápido, risa profunda y lengua afilada. ¿Cuántas veces lo habré descrito en este diario? Y, sin embargo, nunca pierdo el placer de hacerlo, ni creo que capte jamás su entera esencia. Sinergia… ésa es su entera esencia. Y por eso nunca podré resumirla aquí, aunque, ¿ya lo he hecho? Qué pensamiento tan extraño. Se lo comentaré a él… seguro que me dará una respuesta.
— ¿Por qué lucharás mañana, Varhûm? —inicio de nuevo.
— ¿Por qué lo harás tú, Ausher? —quiso saber él. Yo no tardé en responder.
— Por mi país —dije lleno de orgullo. Él se detuvo unos instantes, y entonces me dijo:
— ¿Estás seguro de lo que dices? —cuestionó—. ¿Y si los habitantes de Hildan tuvieran a tu mujer y a tu hija en su poder, y amenazaran con matarla si levantaras el brazo contra ellos?
Yo abrí la boca, horrorizado.
— Pero, eso no quiere decir…
— ¡Responde! Quiere decir muchas cosas.
— ¡Claro que no lo haría! Por Adrhant, ¿cómo podría combatir a sabiendas de eso? ¡Preferiría ahogarme en mi propia sangre!
— Entonces, no combates por Al’Varant —sentenció Varhûm.
— ¡Sí lo hago! ¡Es mi país! —exclamé.
— No lo haces, Ausher, créeme. Encuentra tu objetivo, tu inspiración, y lucharás con redobladas fuerzas.
— ¿Por qué luchas tú, entonces? —contraataqué. Él sonrió con cierta melancolía, según percibieron mis ojos.
— Porque es el mal menor.
Ambos nos mantuvimos en silencio y, cuando retomamos el habla, fue para conversar de otros temas. Aún doy vueltas a sus palabras. ¿Cuál es mi motivo? Me carcome por dentro saber la respuesta, pues sé que Varhûm tiene razón… como de costumbre, lo cual no deja de irritarme.
Creo que dejaré de escribir por esta vez. Sé que necesito descansar, a pesar de que no duerma. Cerrar los ojos y no pensar me vendrá bien.
Dadme suerte, Dioses y diosas de Al’Varant. Sana mis heridas, Maradrant. Protégeme, Audrant. Da muerte a mis enemigos, Nidrant. Quiero vivir, y tengo tantas cosas por las que hacerlo…
Mañana será el día.
20 de Narhûm, año 711 v.A.
Estoy vivo, lo estoy… Pero a qué precio, a qué precio… ¿Cuántos días viviré…? ¿Resistiré las heridas que me acosan? Escribir, escribir… ése es mi propósito ahora. Mi intención cuando inicié esta crónica fue la de relatar todo cuanto me aconteciera, de dar fe de los combates y todo cuanto sucediera en ellos. ¡Tengo que hacerlo!
Se nos convocó antes del amanecer; sonaron las trompetas y nos apresuramos a tomar nuestros puestos. Como medida de precaución, siempre dormimos con los pertrechos de guerra puestos. Podría producirse una incursión, y no me encontraría demasiado cómodo defendiéndome de un ataque con la protección de mi endeble túnica. Así pues, armado con mi shamda, mi chaquetón de cuero de color ocre oscuro, mi escudo, mi yelmo y mi arco, junto con las flechas que se me adjudicaron, corrí en dirección al campo. El ajetreo dominaba nuestro campamento, mientras los diferentes soldados realizaban sus tareas a pasos agigantados. Las trincheras frente a la muralla ya estaban excavadas —era muy poco conveniente permitir al enemigo correr impunemente en pos nuestro si se produjera una retirada— y la infantería formaba, rápida y precisa, delante de ésta. La batalla se inició… [A partir de aquí la letra se vuelve ilegible]
21 de Narhûm, año 711 v.A.
Me desmayé; lo lamento. Al parecer, estoy más débil de lo que pensaba. Me costó un soberano esfuerzo escribir las últimas palabras… Ahora tengo más fuerzas, y seré más fiel a la verdad. Me duele terriblemente el costado donde fui herido de gravedad, y siento un frío aún más preocupante a su alrededor. Me siento angustiado, desesperado. ¿Moriré? Los médicos no dan respuesta. ¡Pero no me entienden! “¡No escribas! ¡Debes descansar!”. ¡Mi deber es escribir esto! ¡Así es como lo prometí! ¡Y lo haré, por Adrhant, malditas sean sus interrupciones!
Bien, ¿por dónde iba? En la anterior batalla luché junto a mi fiel compañero, Varhûm, que se encuentra en el mismo Batallón que yo. Nuestro Arnûr se llama Numah, y es un buen hombre. Tiene nobleza y temple, y buen corazón, que es más importante. Tras la marcha de Athran, el Narhadan, nuestro líder ha pasado a ser Etheliel, el elfo. Qué extraños son los elfos… Etheliel produce una extraña sensación en todos nosotros, a nadie deja indiferente. A unos atrae, a otros atemoriza… por mi parte, siento ambas cosas. ¡No hay apenas elfos en Al’Varant! El desierto no es un clima apropiado para los amantes del mar y los árboles, lo admito. Según los sacerdotes de Varendia, los mitos más antiguos de nuestro pueblo nos asocian con los elfos de algún modo… ¿Se referirán a la época del Imperio de Nashaltân? Cuando vuelva a la capital tengo que revisar los antiguos textos de historia. ¡Porque volveré, volveré…!
Las negociaciones por un fin pacífico del conflicto no tuvieron suerte el día anterior, así que no había nada que decir. Ellos sabían cuál era su deber y, nosotros, el nuestro. Los alturenae marchaban en primera fila, como siempre. Son los más fieros de entre todos nosotros, la infantería, y no podía ser de otro modo: son los primeros en entablar combate. No envidio su posición, definitivamente.
Tras ellos avanzábamos nosotros, la infantería ligera, cuatro Batallones de hombres. No logré encontrar a Varhûm entre todos mis compañeros, pero no perdí la esperanza, pues sabía que acabaría encontrándolo.
Los milicianos reforzaban nuestros flancos como infantería auxiliar; los alvharenae quedaban a nuestra espalda con sus arcos, mientras la caballería, ya fuese auxiliar o Catafracta, avanzaba también protegiendo nuestras alas. Los Jinetes del Norte al mando de Etheliel cabalgaban en vanguardia, mas yo no podía verlos. El gentío, el sonido monótono de los pasos, los gemidos de los caballos, las órdenes de nuestros líderes… Y sin embargo, sin embargo, el soberano silencio… Uno nunca entenderá lo que es una batalla mientras no participe en una.
El asedio fue difícil desde un principio para ambos bandos, y nos mantuvimos en un tenaz y desesperante empate. Mientras nuestros arqueros disparaban reforzando su posición mientras avanzaban, nosotros habíamos de protegernos de las flechas de Hildan. Qué momento más angustioso. Es fácil parar con un escudo una flecha, y dos, ¡incluso tres! Pero todas ellas en tropel, sin ver con seguridad cuál se dirige hacia a ti, rodeado de hombres, escuchando los gritos de dolor de aquellos que ya habían sido heridos…
Aquí se inició mi mala suerte, pues una flecha me acertó en el hombro a pesar de mis precauciones. ¡Dolor! ¡Qué pronto tuve que acostumbrarme a él! Partí la madera y dejé la punta dentro de mi carne. No era oportuno sangrar aún. Un compañero me dio una palmada en apoyo.
Y así, penosamente, avanzamos. Los Jinetes de Etheliel no cundieron el pánico entre las filas enemigas, maldita nuestra suerte. Pero entonces lo entendí con claridad. ¡Pues claro que no! ¡Los Jinetes del Norte provenían de allí precisamente, de Nivarant! Ese fue uno de nuestros grandes errores: queríamos repetir lo que hicimos la vez anterior. Mas Etheliel no conoce nuestra cultura tanto como nosotros, y no podía saberlo. ¡Ay, calamidad!
Entonces las puertas de la ciudad se abrieron, y los defensores de Hildan contraatacaron. Aquello nos sorprendió. ¡Era una maniobra temeraria! La infantería varante es muy superior en combate cuerpo a cuerpo a cualquiera otra: es disciplinada, tenaz y está muy bien equipada. ¡Todos en Varantar lo saben!
Y aquí, cometimos nuestro segundo error. Subestimamos a sus generales. ¡Ay, Adrhant, Adrhant! Líbranos de la arrogancia por fin, te lo ruego. ¡Condenado orgullo, triste destino de los Hombres!
Atacamos con contundencia la puerta, tal y como ellos habían previsto. Pero de pronto estábamos rodeados, atacados por todos los frentes, sangrantes, desconcertados, hostigados. Fue el principio del fin. La matanza estaba por culminarse. ¿Qué ocurrió, qué ocurrió? Estoy cansado…
23 de Narhûm, año 711 v.A.
No encuentro descanso en el sueño. Sálvame, Adrhant, sálvame, te lo ruego… Ayer no pude escribir, pues los delirios eran demasiado fuertes y apenas podía, ni puedo, pensar con claridad. No sé si me veré capaz de relatar lo que queda, pues mi entorno me da vueltas como si estuviera borracho. Los recuerdos me vienen desordenados en un halo brumoso, como si los vislumbrase desde un espejo hecho de agua inquieta. Ay, las aguas del Nursha, cristalinas, inmaculadas… ¡Quiero vivir! ¡Quiero volver a ver los canales de Varendia! ¡Los jardines, los templos! Quiero volver a verte, amor, abrazarte y pasear junto a ti. ¡Maradrant, Maradrant, sé piadosa…!
Bien, la batalla, he de escribir sobre la batalla. Si muero, al menos moriré habiendo cumplido con todos mis deberes. Entonces no entendí lo que ocurría, pero creo que ya lo sé. Nos engañaron. Se rieron de nosotros, nos atrajeron a la trampa tan fácilmente como un nómada caza un conejo. ¡Qué idiotas, por Audrant! Las señales eran claras: la ausencia de defensores en la muralla, la pasividad de su defensa, la facilidad de nuestro ataque, su sorprendente osadía abriendo las puertas, permitiéndonos la entrada, la victoria… Quisimos saborear el dátil antes de escalar la palmera.
Debieron de abandonar la ciudad durante la noche. ¿Cómo pudo escapársenos, maldita la suerte? ¿Cómo pudimos ser tan insensatos? Somos famosos por nuestra prudencia, nuestra minuciosidad. ¡Condenado el día en que confirmamos la norma con nuestra excepción!
En cualquier caso, nos rodearon y acosaron con una fiereza que me atemorizó. Mi Batallón era exterior, y tuve que entrar en combate enseguida. Los hombres de Hildan eran fieros y agresivos, pero poco precisos. Podía deshacerme de ellos con facilidad a pesar de mi herida; mi entrenamiento es muy superior. Pero eran tantos… La sorpresa inicial nos dejó mermados, y no pudimos sobreponernos ante su empuje. Perdimos nuestras ventajas, pues aniquilaron a los Jinetes del Norte y acosaron a los catafractos sin dejarles cargar; su caballería barrió con una carga nuestro centro, dividiéndonos y facilitando su labor. Qué matanza, Santa Adrhant… Todo mi Batallón fue aniquilado con excepción de mi mejor amigo, Varhûm, con el que me reuní al fin. ¡Un último acto de heroísmo! A cuántos debimos de matar, él y yo, espalda contra espalda… Si nuestras pérdidas fueron horribles, ¡las suyas fueron igualmente numerosas! Sin embargo, la suerte dejó de sonreírme… En un momento de descuido, tropecé y perdí la concentración… tres hombres me acometieron a la vez, y no pude hacer nada. Me hirieron en el costado, destrozaron mi ánimo y me dejaron a su merced. Pero Varhûm vino a rescatarme, y logró protegerme con su fiereza. ¡Cuánto te quiero, mi fiel amigo! ¡Ojalá la suerte te sonría, Varhûm! Pues sé que serás un afamado filósofo, un pensador en toda regla. Me desmayé… y todo lo que ocurrió después lo sé por palabras ajenas.
Se ordenó retirada poco después. Nuestros enemigos se retiraron a su ciudad y no hicieron amago de perseguirnos. Pudimos rescatar a los heridos y enterrar a los muertos. El propio Etheliel sufrió duras heridas, intentando proteger a los pocos supervivientes de sus Jinetes…
Estoy cansado… tan cansado… Ahora sé con certeza que voy a morir. Recuerdo las palabras de mi amigo, aquella profética pregunta. ¿Por qué lo harás tú, Ausher? ¿Por qué lucharás?
Qué ironía del destino que justo ahora, en este preciso y aciago instante, sepa la respuesta. Ahora que sé cuál será mi destino, me viene a la mente con tanta claridad como si fuese de pura evidencia.
Qué clamorosa paradoja, qué horrible crueldad; ahora sé que siempre he luchado por mi familia, por ti, mi esposa, por tu bienestar, tu orgullo y tu felicidad, y sobretodo tu protección; ahora que conozco mi porqué, ya no podré volver a verte. No podré acariciarte, ni besarte, ni acunarte. Eres el centro de mi vida y, sin embargo, mi vida se desvanece. Sea así, Adrhant. Al menos moriré en armonía conmigo mismo.
Es el fin. Larga vida para Al’Varant. Que las estrellas sonrían nuestro destino. Especialmente el tuyo, Varhûm. Y tú, amor, sé feliz, es todo cuanto puedo decirte. ¡Adiós, mi estrella!
Extracto de “En honor a un héroe anónimo”, publicado por Varhûm Nùhs el 23 de Narhûm del año 712 después de Al'Darme, un año después de la muerte de Ausher Nhar.
[Editado por Thirian el 16-04-2008 00:26]
Al'Varant ha perdido 26 armadas x35= 910 puntos.
Recuperables: 409 puntos.
Valoraciones: 8.5 + 7.6 + 8 + 9.1 = 8.3
Recupera: 339 puntos. Por los daños sufridos por los dirigentes recupera 105 puntos. Total recuperación: 409 puntos.
Pierde: 176 puntos más 325 puntos en armadas jugadas por encima de su capacidad.
Pierde en total: 501 puntos.
Al'Varant paga por el saqueo de la capital 300 monedas.
Por la batalla los dirigentes de la compañía obtienen 240 Nóti.
Por la historia de la batalla, los escritores de las mismas se reparten 96 Nóti.
Compañías actualizadas y listas.
Historia finalizada.
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