- ¿Les pasa algo, caballeros?
La sombra del teniente cubrió la mesa ante la que los lambarianos jugaban al ou-ahtar, un juego de tabas común en el desierto occidental. Los cuatro hombres, de rostro agrietado y descolorido, intentaron componer la expresión de inocencia más convincente de la que eran capaces. Sin duda, no la utilizaban mucho.
- Oh, mi teniente, tranquilo. Estaba celebrando el haber ganado esta mano, y sin querer tiré el taburete donde os íbais a sentar.
- ¿Sucede algo aquí?- la patrona, una mujer de aspecto basto, con un ojo ciego, salió con paso rápido de la taberna.
- Claro que no, Mekula, nada más que un pequeño malentendido con este oficial varante...
El teniente y sus compañeros, mientras tanto, habían permanecido de pie, y los dos más jóvenes tanteaban con nerviosismo los pomos de sus espadas. Todos los presentes sabían que lo sucedido no era un accidente. Desde que se había publicado el bando unilateral de los adhrantes, por el cual se harían cargo de todos los cultos en Lambar, la inicial calma tras la ocupación había sido peligrosamente minada. Varendia y Lambar compartían la misma religión y ritos, y ningún varante en su sano juicio hubiera podido poner un pero al culto de los sacerdotes lambarianos; pero los miembros más integristas de la Orden de Adrhant consideraban que ningún sacerdote podía ejercer sin estar bajo la obediencia del Rolzac varante. El resto de la tropa ocupante no había aprobado esta medida, que tampoco había sido consultada al Senado, pero para aparentar unidad habían decidido no contradecir el bando.
El resultado de todo había sido el aumento del malestar y el descontento de la población lambariana. Lo veían como una injerencia inaceptable, y si desde siempre existían ciudadanos de Lambar que consideraban que ningún gobierno varante tenía derecho a imponerse sobre ellos, ya que sin rey todas las ciudades del desierto eran iguales, a las pocas semanas de esta nueva medida se les unían aquellos que se sentían tratados como ciudadanos de segunda clase: sus sacerdotes no eran suficientemente buenos para los invasores. Quien no aceptaba la dirección de los ritos por parte de los adhrantes era considerado rebelde; y, a pesar de las presiones internas por parte de otros miembros del ejército, el comportamiento de alguno de los oficiantes era ofensivo para los perdedores, puesto que se hacía ver que la ocupación era un castigo divino contra los lambarianos por su impiedad.
El ambiente en las calles se había ido caldeando, y dado que los adhrantes se cuidaban mucho de atrincherarse en sus templos y residencias- las de los antiguos sacerdotes-, la ira mal disimulada de los lambarianos recaía sobre los miembros de las Dûrmanae, que estaban alojados en casas particulares y cuarteles por toda la ciudad. Había quién decía que se estaba planeando una conspiración, pero aunque la vigilancia era muy fuerte no se había atrapado a nadie. No había jornada en la que el puesto de mando no recibiera quejas de insultos y ofensas mas o menos disimulados por parte de los habitantes de la ciudad, pero la consigna era evitar el enfrentamiento y la venganza desproporcionada. Lo que había sufrido el teniente era sólo uno de estos pequeños altercados que iban subiendo de tono de día en día.
- A los hombres no se os puede dejar sueltos...- dijo en tono de regañina la tabernera. Luego se acercó a la mesa de los varantes:- En compensación por tener unos clientes tan torpes, la casa invita a la consumición, señores.
Aparentemente, todo volvió a la normalidad: los parroquianos continuaron con su partida, los oficiales varantes tomaron las bebidas, además del aperitivo que cordialmente les sirvió la anfitriona, y luego se marcharon.
- ¿Estáis locos?- la mujer dió un golpe en la mesa que hizo saltar todas las tabas.
- No pienso respirar más el mismo aire que esos sureños arrogantes, Mekula.
La mujer agachó la cabeza, y su ojo ciego brilló mientras agarraba del cogote al hombre.
- ¿Y creéis que con una broma de esas los asustaréis?- bajó la voz hasta que se convirtió en un susurro casi imperceptible.- Si vosotros cuatro tenéis tantas ganas de echar a los varantes, al caer el sol la trastienda de la taberna estará abierta. Os aviso de que el plan está trazado, y si venís no hay vuelta atrás.
[Editado por Ancalime el 19-04-2008 21:45]