La Guerra de los Clanes

Historia Por Monedas De Nensir. "Emmerindi". Espirales Del Pasado.

Terminada
Escrito el 21-04-2008 09:24 #1

El día había amanecido lluvioso en la capital de Galador, Neitillot, y una densa neblina recorría sus calles y plazas. Por el camino de Karnitiê, que es un desvío del de Numêtiê y que conduce hasta el templo-cuartel de Dakôsto, avanzaba caminando lentamente una figura embozada en una gruesa capa de color verde oscuro con capucha. La figura parecía deleitarse empapándose en el agua, pues no parecía tener mucha prisa en llegar a Neitillot. Finalmente la figura entró en la ciudad a través de la puerta del oeste, que ya estaba abierta. Las calles de la ciudad estaban vacías y no había ni rastro del habitual bullicio de la ciudad, sólo unos pocos guardias flanqueaban la puerta, pero nadie paseaba bajo la lluvia esa mañana, sólo la misteriosa figura encapuchada que acababa de entrar en la ciudad. El encapuchado se detuvo justo después de franquear la puerta, los guardias lo miraron con curiosidad, pero sabían que era uno de los suyos, así que no le dieron más importancia. La figura se quitó la capucha lentamente, cayéndole por la espalda una gruesa trenza de un color blanco grisáceo. Su rostro era joven y afilado pero ya se le adivinaban algunas pequeñas cicatrices que le surcaban el rostro aunque era su atuendo el que delataba su condición, ya que eran las ropas que portaban los reclutas de Dakôsto, así pues aquel elfo había acabado de graduarse en la Academia de la Guerra de Galador. A la espalda llevaba un arco de fresno y un carcaj, lo cual denotaba que el arma elegida para entrenarse y dominar en Dakôsto había sido el arco, llegando, además, al grado de Ainaphilinar, Maestro Arquero, el grado máximo en el dominio del arco.

Desde lo alto, en el cielo, un joven halcón hembra “rindeoira fion” observaba al elfo con curiosidad, hasta que una voz en su mente le dijo que ya era el momento de volver con su amo. Así pues, el animal inició un vertiginoso descenso, hasta posarse con elegancia en el hombro derecho de aquel elfo que acababa de volver a su ciudad natal.

-Hwesta...- susurró con una sonrisa el elfo, acariciando la cabeza del animal, y echó a andar por las encharcadas calles de Neitillot.

Aquel elfo de cabello grisáceo sabía bien adónde dirigir sus pasos, pues había esperado ese momento durante años. Caminó a lo largo de varias avenidas, dobló esquinas, subió empinadas calles...y por fin llegó a su destino. Con mucha parsimonia y saboreando cada instante penetró en uno de los barrios más humildes de la ciudad, de calles estrechas y edificios pequeños pero bien cuidados, pues, aunque humildes, los habitantes de aquel barrio eran honrados y gentiles, y se ganaban la vida trabajando duramente. Avanzó por una de las calles más amplias del barrio, y casi al final se detuvo ante una casa. Era un edificio pequeño, aunque tenía dos plantas, cuyo estilo era el tradicional de las primeras casas de Neitillot, aunque era evidente que llevaba muchos años cerrado, pues tanto la puerta como las ventanas estaban tapiadas con tablones cruzados. El elfo suspiró, y se dispuso a arrancar los tablones, mientras, el halcón se había posado en la rama de un árbol cercano y observaba los esfuerzos del elfo.

-¿Necesitas ayuda?- dijo, de repente una voz, distorsionada por el sonido de la lluvia, cerca del elfo.

-No, gracias- respondió el elfo, si mirar siquiera a quien le había ofrecido ayuda-, puedo yo solo.

-¿Seguro?- insistió la voz, ahora ya claramente una voz femenina.

-¿Cómo...? Tú...?- dijo el elfo azorado, girándose de repente hacia la propietaria de la voz y reconociéndola enseguida.

[...]

Una elfa de cabellos dorados como el oro, pegados al rostro ahora por el agua, observaba divertida los esfuerzos del elfo por arrancar los tablones que tapiaban la puerta principal de la casa. El elfo dejó entonces los tablones y observó unos instantes a la elfa.

-Has cambiado...mucho- dijo él.

-Tú también, Aiwëndil- dijo ella, riendo- aunque espero que no tanto como para haberte olvidado de mi nombre.

-Cómo iba a olvidarlo- dijo él, con una nota de melancolía en su voz- Annariel.

Los dos elfos se miraron a los ojos, fue una mirada intensa, que incluso pareció detener el tiempo a su alrededor. Fue Annariel la que rompió ese momento con un comentario de lo más práctico.

-Bueno- dijo la elfa- creo que sería hora de quitar esos tablones y ponernos a cubierto, ¿no crees?

-Sí...buena idea...sería lo mejor- respondió el elfo, aún ensimismado.

Entonces se pusieron manos a la obra, retirando los tablones de la puerta y las ventanas del piso bajo, mientras la lluvia arreciaba y empapaba aún más sus ropas, y Hwesta les observaba desde la seguridad de la rama en la que estaba posada.

[...]

La sala era grande, más grande de lo que Aiwëndil recordaba, aunque quizás era porque estaba casi vacía, salvo algunas sillas carcomidas y varias alfombras y mantas desperdigadas por la estancia. Un olor rancio invadía toda la estancia, producto de tantos años sin un resquicio por el que se introdujera aire nuevo. Los dos elfos traspusieron el umbral de la puerta y la cerraron a sus espaldas, la tenue luz del cielo cubierto se colaba por las ventanas, dando un aspecto casi fantasmagórico a la estancia.

-Te ha estado esperando todos estos años...y yo también- dijo Annariel, con un deje de melancolía en su voz.

Entonces la elfa, sin dejar que Aiwëndil respondiera, empezó a romper varias sillas viejas y carcomidas, amontonó los trozos y los depositó en la chimenea, extendió la mano derecha y susurró una palabra, “silkârth"; entonces un pequeño fuego prendió en la madera, creciendo por momentos hasta convertirse en un fuego que calentaba e iluminaba toda la habitación. Aiwëndil no se había movido del umbral de la puerta, estaba absorto contemplando a Annariel.

-¿Te vas a quedar ahí toda la noche plantado?- le dijo, burlona, la elfa, quitándose la capa chorreante y depositándola encima de una silla cercana.

Aiwëndil reaccionó de repente, y avanzó hasta donde estaba la elfa, él también se despojó de la capa, y volvió a mirar aquel rostro, enmarcado por pequeños mechones de pelo rubio pegados a él, pero sobre todo miró aquellos ojos azules que un día le hechizaron y que creyó que nunca volvería a ver.

-¿Cómo sabías que había vuelto?- preguntó el elfo, curioso- No envié ningún mensaje...

-Pues la verdad es que fue un milagro- respondió la elfa-, estaba cerrando las ventanas de casa cuando vi a tu halcón sobrevolando la ciudad. No se ven muchos "rindeoira fion" en estos tiempos, así que supuse que habías vuelto a Neitillot. Y por lo visto no me equivoqué.

-Ya no me acordaba de lo hermosa que eras- susurró Aiwëndil, acariciando tiernamente el rostro de la elfa.

-Pues parece que no es de lo único de lo que no te has acordado...te escribí varias cartas a Dakôsto los primeros meses en que estuviste allí, pero nunca obtuve respuesta- espetó la elfa duramente, apartando la mano de Aiwëndil y mirándole con rencor.

-Tienes que perdonarme por ello, de verdad...pero es que nunca encontraba un momento para...oh, soy un estúpido...te prometo...- balbuceó el elfo.

-Sssshhh...- respondió la elfa sonriendo y poniendo un dedo en los labios de Aiwëndil-, no digas nada.

Entonces sus labios se juntaron dulcemente, para después entregarse con pasión, las ropas empapadas fueron cayendo poco a poco, y el fuego de la chimenea pareció cobrar intensidad por momentos...

[...]

Aiwëndil abrió los ojos lentamente, soñoliento, y lo primero que atisbó su mirada fue el rostro sonriente de Annariel, con sus rizos dorados enmarcándole las mejillas, que le miraba divertida.

-Vaya, por fin te dignas a despertarte- dijo la elfa-, ya pensé que no querías levantarte.

-Es que tenía un sueño muy hermoso- dijo Aiwëndil sonriendo e incorporándose en el improvisado lecho de alfombras y mantas-, ¿o quizás no fue un sueño?

El elfo besó entonces el hombro desnudo de Annariel cariñosamente, y ésta se lo devolvió, pero en los labios.

-¿Qué hora es?- preguntó Aiwëndil- Está oscuro fuera, ¿es ya por la tarde? Si que pasa rápido el tiempo.

-No es mediodía aún- respondió Annariel, estremeciéndose y acurrucándose en el regazo de Aiwëndil-, ha dejado de llover pero el cielo aún está oscuro...y hace mucho frío.

El elfo miró hacia la chimenea y vio los rescoldos, aún humeantes, del fuego que se había apagado durante la noche.

-Vistámonos entonces- dijo él-, quiero explorar la casa, quizás haya algún recuerdo de mis padres.

-De acuerdo- dijo la elfa.

Los dos elfos se vistieron y empezaron a indagar en el edificio. En la planta baja no encontraron más que lo que habían atisbado la noche antes: mesas y sillas rotas o carcomidas y algunas mantas y alfombras viejas. No obstante, era en el piso de arriba donde Aiwëndil tenía puestas sus esperanzas, pues esa estancia albergaba las habitaciones de sus padres y la suya propia. Subieron apresuradamente las escaleras, y decidieron dividirse, Annariel miraría en la habitación de los padres del elfo y él en la suya. Mientras la elfa desaparecía a través del umbral de la habitación de los padres de Aiwëndil, éste se introdujo en la suya, se dirigió a la ventana y la abrió, y los primeros rayos de luz en muchos años penetraron en la casi vacía estancia. Entonces el elfo empezó a recordar, eran fragmentos sueltos los que venían a su mente, algunos borrosos, pero otros permanecían claros y vívidos en su memoria; de repente una exclamación le sacó de su ensimismamiento.

-¡Aiwëndil! ¡Ven, creo que he encontrado algo!- gritó entusiasmada Annariel.

El elfo corrió a la habitación de sus padres y se encontró con la elfa arrodillada ante un gran arcón de madera, exquisitamente labrado con símbolos y runas nensiri, y con remaches de hierro negro.

-Creo que debes ser tú el que lo abra- dijo Annariel.

Aiwëndil se agachó y, lentamente y conteniendo su nerviosismo, soltó el pestillo del arcón y lo abrió. Dentro había varios bultos envueltos en una tela blanca, decorada con espirales.

-Son las armas de mi padre- dijo el elfo, conteniendo la respiración para ahogar un grito de júbilo-, su onnar era el "fionalda" también, de ahí las espirales.

Aiwëndil desenvolvió cuidadosamente el primero de los bultos, dentro contenía una túnica corta de lino verde, unos pantalones de cuero marrones, así como unas botas de montar y dos muñequeras también de cuero, pero la pieza más importante era un peto de cuero endurecido con una gran espiral grabada en el pecho y en la espalda.

-Éste es el atuendo que llevaba mi padre cuando salía en misiones de exploración- informó Aiwëndil a Annariel, que lo observaba también muy emocionada.

El elfo desenvolvió entonces el segundo bulto, más grande y pesado que el anterior, en cuyo interior encontró una larga túnica de lino blanco con aberturas a ambos lados de las piernas, y una armadura de cuero endurecido, que constaba de un pectoral, la hombrera izquierda, unas botas altas hasta la mitad de los muslos, unos grandes guanteletes y un cinturón cuyo centro era un gran rombo; toda ella decorada con unas filigranas doradas y símbolos entrelazados, pero lo que más destacaba era una gran espiral dorada en el centro del rombo del cinturón.

-La armadura de batalla de mi padre...- dijo Aiwëndil, sin poder contener las lágrimas ya.

Aiwëndil se recompuso, se secó las lágrimas con el dorso de la mano y siguió desenvolviendo bultos, ahora tocaba uno alargado y bastante voluminoso. El elfo lo desenvolvió y vio las dos armas más bellas que jamás había contemplado. Una era una cimitarra de mithril, un raro metal que no se encontraba con facilidad en Rómenor, la hoja estaba decorada con líneas entrelazadas y símbolos de protección en un lado y su nombre al otro, "Rakkaikka", la empuñadura simulaba un halcón con las alas extendidas y estaba envuelta en tiras de cuero en la parte de la palma de la mano. El elfo envainó de nuevo la cimitarra en su vaina de cuero endurecido y contempló la segunda arma. Era un bello arco largo de tejo, decorado con grabados de espirales.

-Se llama "Nurulusse", susurro mortal- le dijo Aiwëndil a Annariel-. Mi padre hablaba mucho de este arco, pero nunca lo usó, decía que aún no había llegado su momento...murió sin haberlo tensado ni una sola vez.

Entonces, el elfo se dispuso a levantarse, pero algo más llamó su atención desde el fondo del arcón; era un pequeño saquito de cuero que contenía algo. Aiwëndil lo cogió, desanudó la cuerda que lo cerraba y depositó su contenido en la palma de su mano. Era un colgante plateado en forma de una sencilla pero hermosa espiral, con una correa de cuero negro para sujetarlo al cuello.

-El colgante que le regaló mi madre a mi padre cuando se unieron en matrimonio...mi padre nunca se lo quitaba, era lo que más quería en este mundo, a parte de a mi madre, claro- dijo Aiwëndil, visiblemente emocionado.

[....]

Los dos elfos estaban de pie en el umbral de la puerta principal de la casa de Aiwëndil, contemplando el cielo azul y limpio, ya sin nubes, y el sol acariciando sus rostros, aunque ellos no se miraban, sabían muy bien lo que iba a ocurrir ahora sin necesidad de hablar. Hwesta los contemplaba desde lo alto del árbol del que no se había movido desde la noche anterior.

-Ahora esta casa nunca volverá a estar cerrada- dijo Aiwëndil, rompiendo por fin el silencio.

-¿Te volveré a ver?- preguntó Annariel, al cabo de unos instantes de nuevo silencio.

-Cuando tú quieras- respondió el elfo, girándose hacia la elfa y sonriendo sincero-, pues yo siempre estaré aquí y aquí.- Aiwëndil tocó cariñosamente el pecho y la sien de Annariel- y tú siempre estarás en mis pensamientos...para siempre.

Y el sol arrancó un poderoso destello del cuello de Aiwëndil, pues llevaba colgada un pequeña espiral de plata.

[...]

Escrito el 04-05-2008 11:47 #2

Los Valar otorgan 255 monedas por ésta historia.

Historia finalizada.