- Tengo frío… - la voz era apenas un susurro. Farmir parpadeó dos veces en la oscuridad, antes de darse cuenta de que realmente la había oído.
Nurê permanecía acurrucada contra la pared, con las piernas estiradas y las manos oprimiendo con fuerza su estómago. Su espada ensangrentada permanecía a su lado, pero Nurê sabía que nunca podría volver a empuñarla.
Farmir permanecía junto a ella. No se había separado de ella desde hacia horas. La luz de las estrellas se colaba a través de la ventana de la casa vacía donde se habían escondido. Una ráfaga de viento helado se coló a través de la ventana, y agitó los cabellos húmedos de Nurê sobre su frente perlada de sudor. Entrecerró los ojos, y cuando los abrió, Farmir vio la derrota en sus ojos grises.
- Resiste, Nurê – susurró el elfo, y había angustía en su voz – Iré a buscar ayuda…
- ¡No! – exclamó ella cerrando los ojos de nuevo – No te vayas… No quiero irme sola, Farmir… Tengo frío…
Las lágrimas inundaron los ojos del elfo.
- Está bien, me quedaré – asintió - ¿Por qué lo hiciste, Nurê? ¿Por qué?
Cuando la revuelta estalló, ellos aún no estaban preparados. Aralmir había enviado los mensajeros hacía un par de días, pero las respuestas tardaban en llegar. Erellê había advertido que no esperaran ayuda desde Ohtalossê. Cualquier envío de refuerzos no llegaría a tiempo. Y las noticias que finalmente llegaron desde Vanwilie acerca de la Compañía del Águila, eran agridulces, por no decir totalmente amargas. Habían ganado la batalla, y el enemigo parecía dispuesto a la capitulación. Lo cual significaba que no podían dejar la ciudad todavía, y los abandonaba a su suerte.
Finalmente Aralmir decidió agrupar las fuerzas en tres puntos estratégicos de la ciudad, y atrincherarse allí si llegado el momento era necesario. Sin duda lo fue. Hacia la medianoche se escucharon los primeros gritos y golpes de metal en las calles. Un ejército sobre todo formado por mujeres y hombres muy jóvenes avanzó por las calles, buscando con avidez a su enemigo, y el primer lugar donde buscaron fue el Consejo de Thertan, ahora ocupado por los elfos.
Aralmir se encontraba allí, junto con otros ciento cincuenta soldados prestos a la batalla. Cientos de antorchas y flechas ardientes fueron lanzadas al aire, colándose a través de las ventanas del edificio. Al poco los reflejos dorados del fuego alumbraron los rostros de los rebeldes, que celebraban fanáticamente cómo el edificio ardía, llevándose consigo al enemigo.
Pero no fue así. Las puertas dobles del Consejo se abrieron entonces, y ciento cincuenta y un soldados desesperados se lanzaron contra la enfervorizada muchedumbre con la muerte reflejada en la mirada. Muchos poemas se escribirían después sobre la muerte del noble Aralmir y sus ciento cincuenta valientes. Muchas vidas se llevarían consigo aquella noche, cuando alcanzaron la más hermosa de las muertes. El Honor y la Gloria quedó grabado a sangre y fuego y dolor en cada herida. Y en cada nueva muerte que infligían, se acercaban un poco más a los Verdes Prados de Thyr.
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Farmir tocó con suavidad la frente de Nurê, enjuagando el sudor de ella con la mano. Ella le había salvado la vida, y él no sabía por qué. “Tú habrías hecho lo mismo por mí”, le había respondido ella cuando consiguieron ponerse a resguardo de la turba. “No lo sé”, dijo él.
Pero sí lo sabía. Sin duda lo hubiera hecho una y otra vez. Tal como ella se había interpuesto en el camino de aquella pica que se dirigía hacia él con una sentencia de muerte segura. Ella le había gritado advirtiéndole, mientras él ordenaba la retirada de la armería que pronto quedaría a merced del enemigo. Ella le había empujado, y él se había girado hacia ella para observar como la pica se hundía en su vientre, atravesándola hasta que la punta ensangrentada asomó a través de la espalda.
Una flecha certera acabó con su verdugo. Nurê cayó al suelo todavía con el arma incrustada en el cuerpo, y Farmir se levantó rápidamente. Ella lo miró con sus ojos grises todavía llenos de vida y esperanza.
- ¡Salgamos de aquí! – gritó.
Farmir arrancó la pica de su prisión y ella se estremeció de dolor. Después la tomó en brazos y salió de la armería como alma perseguida por el mismísimo Señor Oscuro, avanzando entre las sombras de la ciudad hasta que encontró aquella casa vacía. Aquella donde Nurê moría ahora.
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- No podemos permitir que suceda lo mismo que en Nirent, Erjandako.
Hissiê sostenía una acalorada discusión con el elfo de cabellos oscuros desde hacía prácticamente media hora. Por un lado, él sostenía que no sabían con certeza si la ciudad estaba siendo tomada en ese momento, y que un aviso de posible revuelta no era razón suficiente como para cabalgar toda la noche y llegar a Thertan con un ejército agotado.
Por otro lado, Hissiê insistía en que no descansarían de nuevo hasta llegar a Thertan, y que desde que llegaran los mensajeros de la ciudad había pasado el tiempo suficiente como para que incluso cuando llegaran fuera demasiado tarde.
Finalmente Erjandako cedió a regañadientes ante la terquedad de ella, para decepción del resto de soldados que se encontraba cerca y que esperaban poder acampar para pasar la noche.
Apenas un par de horas después las luces doradas de Thertan aparecieron ante sus ojos. Grandes luces doradas que anunciaban que lo que tanto temían era cierto. Llegaban tarde.
Cruzaron la explanada de arena que se extendía ante ellos a galope tendido y entraron en la ciudad como una furia asesina. Hissiê, a pesar de su brazo roto, esgrimía a Anka en la mano izquierda.
Encontrar la montaña de cadáveres que habían formado con los cuerpos de Aralmir y sus hombres fue casi la peor de sus heridas. Una ira incendiaria prendió en la Compañía del León, una ira que consumió su propia razón, su piedad, su juicio. Hissië fue una de las que más sintió la ira rugir por dentro. Como el León que fuera su padre, se lanzó contra el enemigo, a pesar de sus heridas, a pesar de todo.
Cayó herida poco después, con la frente abierta, y una herida profunda en el cuello, quedó tendida sobre las baldosas con la mirada perdida entre las estrellas de Innana.
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El cadáver de Farmir fue encontrado a las puertas de una casa abandonada. Su cuerpo apareció roto, seguramente apaleado por la turba. En el interior de la casa, en una habitación bajo un halo de luz dorada, descansaba el cuerpo de Nurê, totalmente extendido, con los ojos cerrados y las manos cruzadas sobre el pecho, como si durmiera.
- ¿Qué ha podido ocurrir aquí? – preguntó Erjandako en voz alta, pero no esperaba obtener respuesta.
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- Tengo frío Farmir… - el elfo parpadeó mientras intentaba contener las lágrimas. Si ella se iba, nada más tenía sentido.
- No te vayas – rogó Farmir – Espérame.
- No puedo esperarte, Farmir – susurró ella.
- Te alcanzaré, Nurê. Te lo prometo. No irás muy lejos sin mí.
- Te quiero Farmir – susurró ella cerrando los ojos.
La luz de las estrellas hizo brillar sus cabellos negros, y después, una sombra cruzó delante de la ventana, ocultándola de las estrellas para siempre.
Farmir deslizó un suave beso sobre los labios de ella, y después la dejó tendida en el suelo. La hermosa doncella dormida, de cabellos negros y ojos de sombra. Con una sonrisa salió de la casa. Sus ojos eran desesperados y ciegos, ajenos a todo. El primer golpe lo recibió en la cabeza, y quedó prácticamente inconsciente. De los que siguieron sintió el dolor, hasta que éste se convirtió en una sensación profunda pero en cierta forma ajena.
“Espérame, Nurê – susurró – Pasearemos juntos a través de los Verdes Campos de Thyr.”