La Guerra de los Clanes

Batalla 20. Revuelta En Thertan.

Terminada
Escrito el 20-04-2008 12:34 #1

La ciudad de Thertan ha sucumbido a la corriente antiocupación que está recorriendo Rómenor.

Los rumores de levantamientos de armas se propagan como el fuego. Las ciudades buscan su libertad; abominan de las ocupaciones militares que vuestro clan les impone.

Toda la ciudad ha tomado las armas al grito de "Libertad"!

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Fin Guerra: Maianor deja de Atacar

Armadas perdidas por "Maianor" = 21

Armadas perdidas por "Narwä Hilyatâri" = 29

Victoria para los sublevados, pero conserva el control de la ciudad Narwa.

Escrito el 20-04-2008 18:51 #2

Thertan era sin duda una ciudad pequeña, pero agradable en todo caso. Aralmir apenas echaba de menos las comodidades a las que estaba acostumbrado en Ohtalossê. De todas formas, apenas si había tenido tiempo de disfrutarlas desde que regresara de la Dagor Stinthar a primeros de Aqua Nion. Y la verdad es que las diferencias entre una campaña y otra eran notables.

Los años pasados durmiendo en los camastros de las tiendas, o incluso sobre el suelo duro al aire libre, hacían que ahora valorase mucho más el calor de una cama caliente.

Hacía casi un mes que se encargaba de la administración de Thertan. Desde el mismo día en que la Khotsêr Elesinyê fue requerida en Ohtalossê por el Balî. Desde entonces las noticias procedentes de Dakondor habían sido más que confusas. La noticia del regreso del Artakâno Serkendil de entre los muertos se había extendido por todo el Otomassê, y él no era ajeno al problema que eso debía suponer en los ámbitos más elevados de poder.

Ni para el Balî, ni para Elesinyê, y quien sabía si para el nuevo Artakano, debía haber sido una grata noticia. Sobre todo para Engrel, de quien se rumoreaba cada vez más abiertamente que había sido el responsable de su captura. Claro que no había pruebas, y además el Khotsê ni siquiera había abierto una investigación sobre el asunto. Al menos de momento.

Aralmir en cierta forma se sintió más que encantado ante la idea de permanecer en Thertan al mando de las fuerzas de ocupación. Aquél era un pueblo tranquilo. El Jeque Jaavik había agradecido que se le mantuviera como dirigente del pueblo, y realmente, las injerencias de los nurulântar habían sido mínimas, y dedicadas casi exclusivamente a la economía, y en concreto, a la explotación de las salinas. Es más, habían recibido informes según los cuales pronto recibirían desde Dakondor los primeros suministros de alimentos, que serían distribuidos entre la población.

Pero entonces llegaron las primeras noticias de la revuelta acaecida en Nirent. Aralmir leyó el informe asomado a la ventana sin cristales que había en el pequeño despacho que había establecido en lo que fuera la Sala de Reuniones del Consejo de Thertan. Sus cabellos rubios se agitaron ante la cálida brisa de la mañana, al tiempo que su mirada recorría ávidamente el pergamino. Finalmente arrugó el pergamino con una sola mano, mientras contenía las lágrimas, y lo arrojó con ira sobre el suelo de baldosas.

- Thirân ha muerto – dijo entonces. Tras él se encontraban reunidos los más altos mandos de la Compañía del León. La Arkên Erellê, que había llegado desde Ohtalossê apenas hacía dos semanas, y los Túrer Alyon, Nurê y Farmir.

Hubo un silencio reverencial. Nurê y Farmir no conocían personalmente al Arkên Thirân, pero habían oído hablar de él con gran respeto. En cambio, tanto Aralmir como el resto lo conocían bien, habían luchado con él mano a mano, y el respeto era aún mayor si cabe.

- ¿Hemos perdido la ciudad? – preguntó finalmente Erellê. Se encontraba sentada junto a una mesa baja, en la que había un botellero de vino y varios vasos.

- Afortunadamente no – respondió Aralmir tajante – Pero ahora me pregunto si no habremos de correr nosotros la misma suerte.

- ¿Temes una rebelión aquí en Thertan? – preguntó Farmir incrédulo – Pero esta gente es bastante pacífica… la situación aquí no podría ser más calmada.

- Tal vez sólo es la calma que precede a la tempestad – terció Nurê – Y bien es sabido que cuando hay revueltas en una ciudad, es más que posible que sus vecinas lo intenten también.

- Pues no deberían – protestó Farmir – Hemos sido benévolos con ellos ¿por qué habrían de rebelarse?

- ¿Acaso no lo harías tú si estuvieras en su lugar? – preguntó Aralmir volviéndose y mirando a los ojos al joven Túre.

- Yo nunca podría estar en su lugar, Arkên. Hubiera muerto antes que permitir que mis ojos contemplaran la ocupación de Ohtalossê – porfió Farmir con vehemencia.

- Esta bien, esta bien – la voz de Erellê era calmada – Afortunadamente no estamos en su situación, pero la comprendemos. Quizás hemos sido demasiado confiados hasta ahora.

- ¿Crees que es demasiado tarde, Aralmir? – la voz profunda de Alyon sonó por primera vez. El Túre no se sentía muy a gusto en aquellas reuniones. Prefería con mucho permanecer con sus soldados en el campamento.

- Eso me temo. No contamos con fuerzas suficientes para hacer frente a una rebelión. La Compañía del Águila se encuentra demasiado lejos como para ayudarnos, y la Compañía del León apenas ha comenzado a recuperarse de sus heridas.

- ¡Con heridas o sin ellas tienen que venir! – exclamó Nurê - ¡Sino acuden ellos estamos perdidos!

- Enviaré mensajes solicitando refuerzos ahora mismo, tanto a Ohtalossê como a la Compañía del León y a la del Águila. Alguien tendrá que venir a ayudarnos.

El grupo permaneció en silencio, sumido en sus propios pensamientos. Erellê, Nurê y Aralmir estaban convencidos de que pronto estallaría la tormenta. Por su parte Farmir se sentía seguro, y pensaba que todo aquello quedaría muy pronto en nada. Alyon sin embargo, no esperaba ni una cosa ni la otra. Pero pensaba que siempre era mejor estar preparado.

Escrito el 20-04-2008 18:52 #3

La joven caminaba en círculos en el vestíbulo, visiblemente inquieta. Su mirada permanecía fija en el desgastado suelo de baldosas pintadas de colores ocres. Llevaba una larga túnica blanca con delicados bordados negros en los bordes, y bajo la túnica se veían asomar unos pantalones de lino de color negro, ajustados a los tobillos. Sus chinelas blancas apenas hacían ruido, a pesar de que se movía con ligereza.

- El Jeque te recibirá ahora, Maara – la voz procedía de lo alto de la escalera, de una mujer de edad avanzada, pero con unos ojos azules llenos de amabilidad.

Maara asintió, y subió las escaleras rápidamente, esbozando una sonrisa nerviosa al pasar junto a la mujer antes de comenzar a subir el segundo tramo de escaleras.

El pasillo estaba apenas iluminado por varios candiles adosados a la pared. La puerta de la habitación del fondo estaba abierta, y la luz de una hoguera se filtraba desde allí.

- Adelante, pequeña Maara. Acércate para que te vea.

La joven se acercó y cruzó el umbral lentamente, más nerviosa aún que antes si cabe. Hacia mucho tiempo que Maara no se encontraba con el Jeque Jaavik. Quizás porque desde hacía mucho tiempo que no lo había necesitado. Se sorprendió pensando en él como en un anciano, a pesar de que hacía apenas un mes había luchado como un bravo guerrero en la defensa de la ciudad. Quizás las heridas recibidas habían añadido años a su rostro, y a sus ojos verdes, cansancio.

- Mi Señor – Maara hizo la reverencia acostumbrada al encontrarse ante el líder político y espiritual de Thertan, arrodillándose ante él con la cabeza agachada y la mirada fija en la alfombrilla de esparto.

Jaavik miró a la muchacha que se encontraba ante él y sonrió. La conocía desde que era una niña que correteaba por los jardines de la ciudad, con los pies descalzos y la cara sucia. Ahora era una muchacha hermosa, de cabellos rojos como el fuego y ojos verde esmeralda. Sin duda dentro de poco encontraría esposo, aunque con diecinueve años ya hacía tiempo que debería haberse casado.

- Acércate, Maara. Todos estos tratamientos ya no son necesarios. Siéntate junto a mí, y dime por qué era tan importante para ti verme a estas horas.

Maara se incorporó ágilmente, y se sentó junto al Jeque, frente a la chimenea que iluminaba al tiempo que mantenía caliente la habitación pese a las heladas nocturnas del desierto.

- Mi Señor Jaavik – la muchacha había repasado mentalmente durante varias horas antes las palabras que diría cuando se encontrara junto al Jeque, pero ahora no las encontraba – Mi Señor… nuestro pueblo está preparado para enfrentarse de nuevo al enemigo. Desde el primer momento de nuestra derrota, ya se empezaron a tejer los hilos de la libertad. Pero el pueblo está intranquilo si vos no estáis a su lado. Necesitan saber que vos estáis apoyándolos, necesitan veros…

El semblante de Jaavik se tornó serio de repente.

- ¿Sabe el pueblo el precio que tendrá que pagar por su libertad? ¿Acaso lo sabéis vosotros? – preguntó el anciano.

- El que sea necesario – respondió Maara efusivamente.

- Pagaremos un alto precio me temo, y será en vano – respondió el Jeque negando con la cabeza – No Maara, el pueblo cuenta con mi apoyo pero no avalaré ésta inmolación que queréis llevar a cabo.

- ¡Pero Mi Señor! – exclamó Maara confundida – Vos no podéis apoyar a estos malditos asesinos. ¡No podéis!

Jaavik alzó una ceja y miró a Maara con desaprobación, y ella calló de pronto, bajando la mirada.

- ¿Acaso crees que los apoyaría a ellos antes que a mi propia sangre? – dijo el anciano, y su voz transmitió toda la autoridad del cargo que ostentaba desde hacía más de cuarenta años – No hay sumisión en mis ojos, ni cobardía, sino cordura. Los has visto luchar. Tú misma has sido testigo. Tu padre cayó muerto ante tus ojos. Sabes muy bien cuál es el precio a pagar. Y no será sólo tu sangre, Maara. Hasta ahora estos elfos han sido benevolentes. No ha habido conflictos, ni injerencias. Incluso nos han permitido conservar nuestras propias armas, como gesto de buena voluntad. Pero os arriesgáis a perderlo todo demasiado pronto, cuando aún no estáis preparados, cuando ellos aún son fuertes. Después todo será más difícil. Y será el pueblo quien lo pague.

- Vos lo habéis dicho, Mi Señor – replicó ella – Yo misma vi caer a mi padre ante mis ojos, y eso es algo que nunca habré de olvidar ni perdonar mientras viva. Si el precio que he de pagar es mi sangre, que así sea.

- Entonces no disfraces con palabras de libertad tus verdaderas intenciones, Maara. Es venganza y no otra cosa lo que te mueve. Una razón aún mayor para no apoyar ésta locura. No me opondré, si es lo que temes. Aunque seguramente me arrepienta de ello lo que me queda de vida. Que la muerte que encuentres sea de tu agrado, Maara. Puedes retirarte.

La muchacha abrió la boca para contestar, pero él apartó la mirada y se levantó con dificultad, poniendo fin a la conversación. Maara asintió, y salió de la habitación rápidamente, haciendo una inclinación con la cabeza.

Jaavik observó como la muchacha descendía las escaleras, y después volvió a sentarse lentamente. Al poco entró Jaana, su esposa. En una bandeja de plata llevaba una tetera de plata y dos finos vasos de cristal labrado. Sirvió té para ambos, tendió una taza a su marido, y después se sentó junto a él con la otra taza en la mano.

- Nos esperan tiempos difíciles, Haivi – dijo él mientras tomaba un sorbo del té. Los ojos azules de ella brillaban con la luz del fuego.

- No serán para nosotros durante mucho tiempo – respondió ella.

- Sólo podemos sufrir por los que quedarán aquí, me temo.

- Tampoco nuestras lágrimas serán para ellos demasiado consuelo – sentenció ella.

- ¿Has bloqueado las puertas? – preguntó él.

- Sí, Hai. Ahora sólo nos queda esperar.

[Editado por Indil el 21-04-2008 00:08]

Escrito el 20-04-2008 18:53 #4

- Tengo frío… - la voz era apenas un susurro. Farmir parpadeó dos veces en la oscuridad, antes de darse cuenta de que realmente la había oído.

Nurê permanecía acurrucada contra la pared, con las piernas estiradas y las manos oprimiendo con fuerza su estómago. Su espada ensangrentada permanecía a su lado, pero Nurê sabía que nunca podría volver a empuñarla.

Farmir permanecía junto a ella. No se había separado de ella desde hacia horas. La luz de las estrellas se colaba a través de la ventana de la casa vacía donde se habían escondido. Una ráfaga de viento helado se coló a través de la ventana, y agitó los cabellos húmedos de Nurê sobre su frente perlada de sudor. Entrecerró los ojos, y cuando los abrió, Farmir vio la derrota en sus ojos grises.

- Resiste, Nurê – susurró el elfo, y había angustía en su voz – Iré a buscar ayuda…

- ¡No! – exclamó ella cerrando los ojos de nuevo – No te vayas… No quiero irme sola, Farmir… Tengo frío…

Las lágrimas inundaron los ojos del elfo.

- Está bien, me quedaré – asintió - ¿Por qué lo hiciste, Nurê? ¿Por qué?

Cuando la revuelta estalló, ellos aún no estaban preparados. Aralmir había enviado los mensajeros hacía un par de días, pero las respuestas tardaban en llegar. Erellê había advertido que no esperaran ayuda desde Ohtalossê. Cualquier envío de refuerzos no llegaría a tiempo. Y las noticias que finalmente llegaron desde Vanwilie acerca de la Compañía del Águila, eran agridulces, por no decir totalmente amargas. Habían ganado la batalla, y el enemigo parecía dispuesto a la capitulación. Lo cual significaba que no podían dejar la ciudad todavía, y los abandonaba a su suerte.

Finalmente Aralmir decidió agrupar las fuerzas en tres puntos estratégicos de la ciudad, y atrincherarse allí si llegado el momento era necesario. Sin duda lo fue. Hacia la medianoche se escucharon los primeros gritos y golpes de metal en las calles. Un ejército sobre todo formado por mujeres y hombres muy jóvenes avanzó por las calles, buscando con avidez a su enemigo, y el primer lugar donde buscaron fue el Consejo de Thertan, ahora ocupado por los elfos.

Aralmir se encontraba allí, junto con otros ciento cincuenta soldados prestos a la batalla. Cientos de antorchas y flechas ardientes fueron lanzadas al aire, colándose a través de las ventanas del edificio. Al poco los reflejos dorados del fuego alumbraron los rostros de los rebeldes, que celebraban fanáticamente cómo el edificio ardía, llevándose consigo al enemigo.

Pero no fue así. Las puertas dobles del Consejo se abrieron entonces, y ciento cincuenta y un soldados desesperados se lanzaron contra la enfervorizada muchedumbre con la muerte reflejada en la mirada. Muchos poemas se escribirían después sobre la muerte del noble Aralmir y sus ciento cincuenta valientes. Muchas vidas se llevarían consigo aquella noche, cuando alcanzaron la más hermosa de las muertes. El Honor y la Gloria quedó grabado a sangre y fuego y dolor en cada herida. Y en cada nueva muerte que infligían, se acercaban un poco más a los Verdes Prados de Thyr.

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Farmir tocó con suavidad la frente de Nurê, enjuagando el sudor de ella con la mano. Ella le había salvado la vida, y él no sabía por qué. “Tú habrías hecho lo mismo por mí”, le había respondido ella cuando consiguieron ponerse a resguardo de la turba. “No lo sé”, dijo él.

Pero sí lo sabía. Sin duda lo hubiera hecho una y otra vez. Tal como ella se había interpuesto en el camino de aquella pica que se dirigía hacia él con una sentencia de muerte segura. Ella le había gritado advirtiéndole, mientras él ordenaba la retirada de la armería que pronto quedaría a merced del enemigo. Ella le había empujado, y él se había girado hacia ella para observar como la pica se hundía en su vientre, atravesándola hasta que la punta ensangrentada asomó a través de la espalda.

Una flecha certera acabó con su verdugo. Nurê cayó al suelo todavía con el arma incrustada en el cuerpo, y Farmir se levantó rápidamente. Ella lo miró con sus ojos grises todavía llenos de vida y esperanza.

- ¡Salgamos de aquí! – gritó.

Farmir arrancó la pica de su prisión y ella se estremeció de dolor. Después la tomó en brazos y salió de la armería como alma perseguida por el mismísimo Señor Oscuro, avanzando entre las sombras de la ciudad hasta que encontró aquella casa vacía. Aquella donde Nurê moría ahora.

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- No podemos permitir que suceda lo mismo que en Nirent, Erjandako.

Hissiê sostenía una acalorada discusión con el elfo de cabellos oscuros desde hacía prácticamente media hora. Por un lado, él sostenía que no sabían con certeza si la ciudad estaba siendo tomada en ese momento, y que un aviso de posible revuelta no era razón suficiente como para cabalgar toda la noche y llegar a Thertan con un ejército agotado.

Por otro lado, Hissiê insistía en que no descansarían de nuevo hasta llegar a Thertan, y que desde que llegaran los mensajeros de la ciudad había pasado el tiempo suficiente como para que incluso cuando llegaran fuera demasiado tarde.

Finalmente Erjandako cedió a regañadientes ante la terquedad de ella, para decepción del resto de soldados que se encontraba cerca y que esperaban poder acampar para pasar la noche.

Apenas un par de horas después las luces doradas de Thertan aparecieron ante sus ojos. Grandes luces doradas que anunciaban que lo que tanto temían era cierto. Llegaban tarde.

Cruzaron la explanada de arena que se extendía ante ellos a galope tendido y entraron en la ciudad como una furia asesina. Hissiê, a pesar de su brazo roto, esgrimía a Anka en la mano izquierda.

Encontrar la montaña de cadáveres que habían formado con los cuerpos de Aralmir y sus hombres fue casi la peor de sus heridas. Una ira incendiaria prendió en la Compañía del León, una ira que consumió su propia razón, su piedad, su juicio. Hissië fue una de las que más sintió la ira rugir por dentro. Como el León que fuera su padre, se lanzó contra el enemigo, a pesar de sus heridas, a pesar de todo.

Cayó herida poco después, con la frente abierta, y una herida profunda en el cuello, quedó tendida sobre las baldosas con la mirada perdida entre las estrellas de Innana.

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El cadáver de Farmir fue encontrado a las puertas de una casa abandonada. Su cuerpo apareció roto, seguramente apaleado por la turba. En el interior de la casa, en una habitación bajo un halo de luz dorada, descansaba el cuerpo de Nurê, totalmente extendido, con los ojos cerrados y las manos cruzadas sobre el pecho, como si durmiera.

- ¿Qué ha podido ocurrir aquí? – preguntó Erjandako en voz alta, pero no esperaba obtener respuesta.

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- Tengo frío Farmir… - el elfo parpadeó mientras intentaba contener las lágrimas. Si ella se iba, nada más tenía sentido.

- No te vayas – rogó Farmir – Espérame.

- No puedo esperarte, Farmir – susurró ella.

- Te alcanzaré, Nurê. Te lo prometo. No irás muy lejos sin mí.

- Te quiero Farmir – susurró ella cerrando los ojos.

La luz de las estrellas hizo brillar sus cabellos negros, y después, una sombra cruzó delante de la ventana, ocultándola de las estrellas para siempre.

Farmir deslizó un suave beso sobre los labios de ella, y después la dejó tendida en el suelo. La hermosa doncella dormida, de cabellos negros y ojos de sombra. Con una sonrisa salió de la casa. Sus ojos eran desesperados y ciegos, ajenos a todo. El primer golpe lo recibió en la cabeza, y quedó prácticamente inconsciente. De los que siguieron sintió el dolor, hasta que éste se convirtió en una sensación profunda pero en cierta forma ajena.

“Espérame, Nurê – susurró – Pasearemos juntos a través de los Verdes Campos de Thyr.”

Escrito el 24-04-2008 20:55 #5

Resumen de la batalla:

Narwa ha perdido 29 armadas x 35= 1015 puntos.

Recuperables: 457 puntos.

Valoraciones: 8 + 8.6 +8.6 +8.5 +7 = 8.14

Recupera: 372 puntos.

Ha solicitado daños de personaje por un 30%, por lo que recupera 105

Total recuperación: 457 puntos.

Pierde: 203 puntos más 355 puntos en función de las armadas perdidas por encima de las disponibles.

Pierde en total: 558 puntos

Compañías actualizadas y listas.

Por la batalla, los dirigentes obtienen 210 Nóti.

Por las historias, se entregan 96 Nóti.

Saludos!

Historia finalizada.