Fin Guerra: Al´Varant deja de Atacar
Armadas perdidas por "Al´Varant" = 15
Armadas perdidas por "Maianor" = 11
Victoria para Maianor
No se produce saqueo

Fin Guerra: Al´Varant deja de Atacar
Armadas perdidas por "Al´Varant" = 15
Armadas perdidas por "Maianor" = 11
Victoria para Maianor
No se produce saqueo
Varhûm contemplaba la larga hilera de hombres marchando en perfecta simetría y organización; el estruendo producido por los centenares de pies en su marcha —muchos de ellos revestidos con botas notablemente pesadas—, junto con el heterogéneo ruido derivado del tintineo de las armaduras, las armas, los yelmos; todo ello era poco menos que ensordecedor. El sol brillaba sobre su cabeza, alto e imponente, indestructible, fiero como siempre es en la inclemencia del desierto. Se rascó los cabellos oscuros, entre los que podían verse ya algunos mechones grisáceos —al parecer su pelo se había adelantado a su propia persona en el transcurrir del tiempo—; su cabeza estaba caliente, aunque aún no resultaba incómodo. No había llegado aún el mediodía, y el calor entonces era soportable e incluso agradable… para un varante.
Allí marchaban, como se ha dicho, varios centenares de hombres en perfecta procesión. La vanguardia del nuevo ejército estaba compuesta por una veintena de cataphractae, altivos y orgullosos en sus caballos acorazados, junto con un adrhante —Guardián de los Muertos, como la mayoría— con su penacho azul característico refulgiendo al sol. Su mirada era fiera; sus ojos brillaban con una torva expresión. Varhûm se estremeció. Era, sin lugar a dudas, un fanático. Dentro de las Cofradías religiosas estaban algunas de las mentes más prodigiosas de que disponía Al’Varant, pero también algunos de sus miembros más integristas e intransigentes. Algunos de ellos formaban parte de la Cofradía de los Guardianes de los Muertos y, como los grandes guerreros del Senado, producían auténticos estragos si entraban en combate. Cuando Athran formó parte del ejército, su autoridad había logrado mantenerlos unidos y disciplinados, impidiendo que cometieran demasiados desmanes. Pero desde la marcha del Náredain, la autoridad de los adrhantes no se cuestionaba. Lo cual nunca había sido del agrado de Varhûm, un ateo convencido.
En cualquier caso, detrás de este adrhante marchaban los hirlarenae, la caballería ligera, junto con unos pocos Jinetes del Norte y algunos catafractos más. Contempló entonces con sorpresa —y cierto orgullo— cinco jinetes que caminaban en silencio, solemnes pero no orgullosos. Vestían armaduras ligeras, de cuero, que estaban hermosamente ornamentadas con símbolos de flores. En el pecho podía verse el antiguo emblema de la Casa de Al’Darme, la Corona de lirios sobre el Árbol de la Vida. Pertenecían, por tanto, a la vieja Guardia Real, que protegía a los Balzac en estos tiempos debido a la ausencia —deseada por la mayor parte del pueblo, por otra parte— de un rey.
La Guardia Real participaba en pocas ocasiones en los combates que no involucraran directamente a los Balzac o la seguridad de la propia Varendia, y ver allí a algunos de ellos, aunque sólo fueran cinco, era todo un símbolo. Varhûm así lo entendió, y sonrió complacido al verlos, como todos sus compañeros.
Junto con los refuerzos, el ejército acampado a las puertas de la ciudadela alcanzó un tamaño notable, parecido al que tuvo antes de la desastrosa derrota de unas semanas atrás. Los curtidos hombres de la Dûrmana Varendiant recibieron con sentimientos contradictorios la unión del notable contingente. Por un lado, sonrieron al ver crecer sus esperanzas de ver conquistada la ciudad. Pero por otro, Varhûm y algunos de sus compañeros sabían que nuevos refuerzos significarían una nueva batalla.
Esa batalla se produjo dos días después… y los lúgubres augurios del curtido librepensador del desierto se hicieron realidad.
Etheliel contemplaba con el ceño fruncido a los generales varantes discutir la forma idónea de asediar la ciudad. Se acarició el brazo izquierdo, vendado e inútil, con una sensación de malestar. Deseaba ayudar a aquellas gentes, pero su brazo le impediría usar su arco en combate y la llegada de los refuerzos había desplazado su anterior autoridad. Eran ellos, los Grandes de Al’Varant, los que ahora discutían acaloradamente movimientos, estrategias y detalles técnicos. El elfo pronto se desentendió de la conversación; había un acuerdo tácito entre ellos: él no los molestaría y ellos a él, tampoco. Su mirada se dirigió a la ventana de la tienda de campaña y pudo observar cómo a lo lejos, al sur, los parajes rocosos de la región de Hildan se convertían en un gran mar de dunas. Para él, era un paisaje desolador, triste y desprovisto de vida… El amor que los varantes tenían a su hogar era algo que él no podía compartir. Su propia naturaleza se lo impedía.
Durante la segunda noche después de la llegada de los refuerzos, Varhûm apenas pudo dormir. Se revolvía inquieto en su camastro de tela rellena con pajas y algodón, y sentía una angustia creciente. A su alrededor, sus amigos dormían. Para ellos, cuyas vidas eran sencillas, era más fácil. Estaban agotados y al poco de tumbarse caían rendidos. Pero para él, cuya mente estaba siempre llena de ideas, sueños, proyectos, reflexiones y más reflexiones, era difícil relajarse. Cuando un pensamiento fuerte penetraba en su mente, era difícil que se lo quitara de encima. La muerte de Ausher lo había sumido en una lánguida y resignada tristeza —guardaba el diario de su antiguo amigo como si se tratase del mayor de los tesoros inimaginables—, y la intuición de que algo no marchaba bien lo dejaba intranquilo. Siempre había sido un hombre intuitivo. Su capacidad de presentir cosas antes de que ocurrieran era conocida por todos, y él sabía de ella también. Había temido por la vida de Ausher, y ahora estaba muerto. Había temido por la expedición… y ésta había fracasado.
Cansado y exasperado, se levantó con su espada envainada en la mano y salió de la tienda haciendo el menor ruido posible. Dormían completamente armados como medida de precaución, y aquella vez resultó providencial aquella medida.
Poco después de salir, percibió un movimiento en la oscuridad y un extraño ruido. La sospecha y sensación horrible en la garganta se hicieron con su ánimo, y no tardó en desenvainar su cimitarra. Escuchó algunos pasos.
— ¿Are shara dhir? —preguntó en varante, levantando la voz. Un silbido lo asustó y, repentinamente, sintió un roce en su cuello. Se sobresaltó. Una flecha había pasado rozándolo.
— ¡Nos atacan! ¡Nos atacan! ¡Los hombres de Hildan nos atacan! —exclamó, protegiéndose de sus enemigos. Rápidamente, el campo se sumió en un repentino y feroz estruendo. Los hildanianos habían salido de su ciudadela en silencio sin que nadie se percatara. Probablemente contaran con pasos secretos, pensaría Varhûm después.
Los varantes salieron en tropel de sus tiendas y pronto todo el campamento estuvo sumido en un terrible fragor de combate. El desconcierto inicial fue fatal para los hombres de Al’Varant, que perdieron la mayoría de sus bajas en aquella emboscada.
Etheliel y muchos otros se unieron con fiereza a la lucha. A pesar de sus heridas, el elfo combatía con soberana destreza. Varhûm se reunió pronto con su Batallón, a sabiendas de su vulnerabilidad. El ejército debía organizarse, o de otro modo perdería demasiados hombres.
Los capitantes comenzaron a gritar órdenes, y la infantería varante se fue agrupando, lenta y penosamente, como era su conformación original. Los soldados más pesados pasaron al frente de combate, mientras los infantes ligeros reforzaban los flancos y combatían entre líneas. La suprema caballería varante, sin embargo, estaba mermada tras el anterior combate y no pudo luchar como lo habría hecho en otras circunstancias. Muchos de los jinetes se vieron incapaces de llegar a sus caballos, y no tuvieron más remedio que combatir a pie.
Aquel combate fue cruento e igualado. Los hombres de Hildan se sentían obligados a hacer retroceder a los varantes. Su ejército era sorprendentemente numeroso, y parecía recuperado tras la anterior contienda. Pero sus soldados, poco entrenados, cedieron lentamente terreno.
Cinco hombres a caballo cargaron entonces, repentinamente, contra el grueso de los contendientes. Varhûm sonrió, esperanzado. Uno de ellos portaba la bandera de Al’Varant, y los hombres se sintieron enardecidos. Los hombres de Hildan retrocedieron, superados por los varantes, y sus líneas se disolvieron con el tiempo. Ya bien entrado el amanecer, sonaron los cuernos de retirada y el ejército de Hildan corrió hacia la ciudad. Pero, entonces, la Dûrmana Varendiant cometió el error que le costaría la victoria.
— ¡No! —exclamó Varhûm, angustiado. ¡No debían hacerlo!
Mas nadie escuchó aquella solitaria negación. Pues los adrhantes, que no respondían ante nadie más que a la Triple Madre, cargaron enfervorizados hacia el ejército hildaniano en retirada. Y los varantes, inspirados y eufóricos, corrieron con ellos. ¡Machacaremos a sus hombres en desbandada y la ciudad será nuestra!, pensaron. Y su razonamiento no dejaba de tener cierta lógica. Pero se equivocaron.
Los varantes cargaron con furia contra los hombres de Hildan; se armaron con rapidez las maquinas de asedio y se aprestaron a conquistar la ciudadela. La Guardia Real dudó pues, como Varhûm y la mayoría de los que mantuvieron la calma en aquel momento, sabían que era una maniobra arriesgada. Si el desánimo cundía entre los hildanianos, la ciudad caería. Pero si recuperaban su espíritu indomable como ya habían demostrado en varias ocasiones que sabían hacer, tendrían que retirarse. Pero comprendieron, así mismo, que no podían dejar abandonados a aquellos valientes que, al fin y al cabo, luchaban con fiereza y cantaban con orgullo las canciones de arenga de su país. El pensador suspiró, y se abalanzó junto con otros, aunque más prudentemente, hacia los muros de la ciudad. A su lado corría Etheliel, el elfo, con un corte sangrante en la frente y la mirada seria, tranquila, pero triste.
Sucedió entonces, que lo más temido se hizo realidad, pues el pueblo de Hildan, recuperó su fuerza y arremetieron contra ellos, sin ninguna posibilidad de tregua.
Los segundos se hicieron minutos, minutos que se convirtieron en horas para Varhûm, que sólo atinó a ayudar a los que iban cayendo. Él lo sabía, los errores humanos son imperdonables en una guerra y más en una batalla en la que está en juego la gloria de unos cuantos.
Cuando los adrhantes cayeron en la cuenta de su fatal error, ya era un poco más que tarde. La trompeta sonó y la Dûrmana Varendiant emprendió la retirada, no sin perder hombres en el regreso.
Éste se hizo tormentoso, pues los hildadianos siguieron atacando las huestes varantes. Y en su ataque había rencor, un rencor inconmensurable para Varhûm, un odio que sólo expresaba la furia contenida de un pueblo que quería seguir siendo libre, así como los varantes lo eran, libres de seguir a un rey, libres de cualquier amenaza, en fin libres de vivir y de ser.
El hombre comprendió entonces a su enemigo y se compadeció. Se detuvo y miró hacia atrás, aún había muchos de los suyos rezagados, armado de valor y del recuerdo de la muerte de Ausher, corrió a contra flujo y ayudó a los heridos a levantarse y a huir. Etheliel el elfo le siguió, tomó a un soldado en brazos y regresó como pudo, Varhûm le sonrió agradecido y él asintió en silencio. No muy lejos de él, la Guardia Real, mostraba el honor de su nombre, ya no protegían a reyes, ahora, su deber era protegerlos a ellos, a su propio pueblo.
Tal vez, aquel gesto conmovió a los hildadianos, pues estos dejaron de atacar, retrocediendo hacia las murallas a resguardarse detrás de éstas.
Pero aquello Varhûm ya no lo vio, pues el soldado que llevaba en brazos estaba muy débil; cuando le vio el rostro, el ánimo se le esfumó totalmente: era demasiado joven, un joven que debería de estar disfrutando las calles de Varendia, cortejando a una muchacha de noble porte, no allí, precisamente allí, peleando por el poder de otros.
Las lágrimas le bañaron el rostro; él que había evitado el llanto a la muerte de Ausher, él que se mostró fuerte frente a la mujer de su amigo, cuando le dijo lo sucedido, él, él, él…
La tristeza era algo que aún le costaba entender y sin embargo, la sentía, como la frialdad de las noches en el desierto.
[Editado por tari el 30-04-2008 05:30]
Resumen de la batalla:
Al Varant ha perdido 15 armadas x 35= 525 puntos.
Recuperables: 236 puntos.
Valoraciones: 8.1 + 8.6 +8.2 +8+ 9 = 8.38
Recupera: 199 puntos.
Ha solicitado daños de personaje por un 10%, por lo que recupera 35 puntos.
Total recuperación: 234 puntos.
Por el retraso en la publicación de la historia acumula una sanción de 2 Armadas, es decir, 70 puntos.
Pierde: 361 puntos.
Compañías actualizadas y listas.
Por el abandono de la batalla se le descuentan 100 monedas.
Por la batalla, los dirigentes obtienen 110 Nóti.
Por las historias, se entregan 96 Nóti.
Saludos!
Historia finalizada.
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