— ¿Se sabe algo de Târis y Brêt? ¿Se encuentran por aquí?
Habían localizado al ejército de los Aldalântar hacia el este de Tuyrozd. No les había costado demasiado y tuvieron la suficiente suerte para que los Uonu-Nyrr no hubieran rodeado a los elfos. El Artadâko se mantenía en medio de las tropas intentando organizarlos y explicándoles lo necesario para poder reunirse con la otra parte del ejército. Aparentemente aquellos elfos comprendía bien la situación y Tathâral tenía el suficiente don de mando como para hacer que le obedecieran sin dudar. Les explicó lo que Voron les había contado sobre los Uonu y los enardeció con la idea de que si conseguían unirse con la otra mitad del ejército todo iría bien.
— No, mi señor, lo último que supimos de ellos es que estaban con los que se separaron hacia el sur. — fue la respuesta de un joven elfo.
— Bien... — se subió a un pequeño tronco quedando a la suficiente altura para que le avistaran los que más cerca se encontraban y para que le oyeran todos. — ¡Preparaos todos! ¡Ya sabéis lo que tenéis que hacer! ¡Nensir nos protege! ¡Zâ Nensirarit!
El ejército se puso en movimiento en poco tiempo. Tampoco tenían demasiado. Los hechiceros habían dejado esa zona un poco tranquila mientras golpeaban a la fracción sureña con crudeza. Sin embargo el camino hacía el sur estaba vigilado y no había otra forma de reunirse con los demás que no fuera luchando. El bosque se expandía ante ellos como una promesa de muerte, oscuro, retorciéndose al margen de la niebla de Tuyrozd. Los guerreros elfos avanzaban sin dudar. Armas en mano, en completo silencio, escuchando a lo lejos el sonido penetrante de los tambores de los Uonu-Nyrr, y sobre ellos el graznido de los cuervos.
Tathâral iba al frente del ejército con Kalgorô alzada con fuerza. Ranjakhîn era seguido por unos cuantos de sus hombres. No se sabía de dónde había sacado una espada y una daga. Ambas desenfundadas y brillantes en sus pequeñas manos, con la mirada de asesino en sus ojos buscando entre la penumbra enemigos a los que ensartar con una sonrisa en los labios, una sonrisa demoníaca. Voron caminaba por su costado. Serio, parecía inmutable, con ambas makil, Vala y Nolwe en las manos. Sólo en su mirada se podía apreciar un poco la sed de venganza que tenía. Ni el trío ni el ejército que los seguía tardó mucho en darse un baño de sangre. Los Uonu-Nyrr aparecieron entre las sombras de la noche entonando sus cánticos.
Ni siquiera hizo falta la orden del artadâko para avanzar a la carrera hacia el enemigo. La hora de la sangre había llegado. El sonido de las flechas surcó el aire como si del propio miedo se tratara. Los guerreros cayeron a ambos lados mientras la luna hacía brillar las gotas de sangre en medio del bosque. La embestida fue brutal. Tathâral apenas tuvo tiempo de ver como se desenvolvían sus compañeros. Vio el pequeño cuerpo de Ramjakhîn reírse mientras rebanaba cabezas, atravesaba estómagos y se movía como un pequeño gato sin salida, arañando con su daga los rostros, clavando su espada allá donde ponía el ojo, gritando con furia palabras malditas a sus enemigos: un pequeño niño demonio. Los Uonu-Nyrr aprendieron en seguida a alejarse del pirata, pero él no los dejaba huir. La escena le hacía surgir pequeños escalofríos en su espalda. “Él no es así, él ya no existe”. Avanzó y con él sus hombres, la lucha se estaba volviendo en contra de los hechiceros, nada podían hacer contra un ejército reorganizado y que no tenía problemas en averiguar cual era el punto débil del enemigo. Los cadáveres de los Uonu que quedaban atrás presentaban la mayoría heridas en el mismo lugar del pecho. Los aldalântar aprendían rápidamente a fijarse en los detalles. No se habían cruzado aun con los zrour y lo agradecía. El combate estaba resultando duro, pero como cualquier combate y sus brazos expertos no encontraban enemigo alguno que se le resistiera. Mientras intentaba zafarse del abrazo de un moribundo elfo maldito pudo contemplar durante unos segundos lo que Voron había llamado su “baile”. El elfo se movía en medio del enemigo como un peso muerto. Sus brazos caían a sus costados con espadas en manos. De repente como si de una canción que sólo él pudiera oír los hilos empezaban a moverse. Los brazos se alzaban y cercenaban, el cuerpo caía doblado por la cintura. Saltaba en el aire y volvía a caer con una cabeza cercenada, la sangre poco a poco comenzó a cubrir su rostro. Su cuerpo parecía capaz de hacer cualquier maniobra y volver a caer. Sus miradas se cruzaron. Voron sonreía. Había quitado unos cuantos años de venganza a su cuenta.
El combate apenas duró media hora. La poca resistencia que había en el bosque había sucumbido. Los muertos debían quedarse atrás por el momento mientras sus compañeros oraban por ellos... a la carrera. Los heridos sacaban la fuerza de voluntad de lo más hondo de su espíritu. No había tiempo para las lágrimas. Era ahora o nunca.
Los gritos se alzaban cerca. La velocidad de sus pasos aumentó. Como surgida de la propia niebla apareció la batalla ante sus ojos. Aquello si que era una verdadera carnicería. Los cuerpos poblaban el suelo mientras los aldalântar se defendían como podían retrocediendo cada vez más hacia el bosque. Nadie reparó en ellos durante unos segundos. Los mismos segundos que tuvo Tathâral para girarse hacia su gente levantar su espada cubierta de sangre enemiga y gritar una sola palabra que fue la sorpresa tanto del enemigo como de su ejército acorralado. Hasta el propio Voron recordó los tiempos en que seguía a un líder y se enorgullecía de ello. Tathâral sería un buen balta.
Los ejércitos se encontraron y avanzaron unidos contra el enemigo. El miedo los paralizó unos instantes. Allí estaban los oscuros señores Budu-zrour, provenientes de Nurr-orr con sus seres semimuertos y venenosos avanzando con ellos. El ejército se detuvo y se limitó a lanzar flechas mientras retrocedía espantado. Era el propio hielo del miedo lo que se colaba por sus venas, la enfermedad, el dolor de aquellos humanos malditos, torturados y muertos en vida lo que les anegaba los pensamientos. Una voz se levantó, recordando los tiempos en que era un ainaturê y guiaba a sus propios hombres.
— ¡Recordad lo que más os duela! ¡Lo que más temáis! ¡Sólo el dolor puede luchar contra este miedo! ¡Avanzad!
Tathâral sonrió. Podía confiar en el elfo. Un enemigo menos en los que pensar. Se adelantó cercenando y haciendo retroceder a su enemigo, superando el miedo cada vez que un zrour pasaba cerca eliminándolo siempre que lo tenía a su alcance. Quizás lo suyo no fuera el espectáculo que ofrecía Voron con sus espadas, pero no había enemigo al que no derrotara. Estaba hecho para la guerra. De repente unas sombras conocidas pasaron a su lado. Bendijo Nensir y a Yenna en silencio. Brêt y Tarîs sonreían al lado de su artadâko. Y todos juntos hacían retroceder a su enemigo. La batalla había dado un vuelco y todos se lanzaban en dirección hacia Tuyrozd. Era la hora de reconquistar la ciudad. Los aldalântar rugían en los bosques con una fuerza renacida. En vanguardia se veían dos sombras asesinas. Voron y Ramjakhîn destruían lo que encontraban en su camino. La venganza de uno y el ansia de asesinar del otro hacían de su camino un reguero de sangre. Desaparecieron de la vista del artadakô, quien se preocupaba un poco más de su gente, y se internaron en el bosque, como lobos persiguiendo a su presa. El ejército avanzó en pos de ellos por el bosque. La arboleda se hizo menos espesa y el humo negro empezó a verse en lo alto. Ante ellos se encontraba Tuyrozd, la ciudad maldita. La visión que encontró en su camino casi le hizo desvanecerse. Vorondhísiê se enfrentaba en solitario a tres Uonu-Nyrr que lo acosaban. En algunos aspectos su forma de luchas se asemejaba. El elfo sin embargo no había comenzado a bailar. Los tres se abalanzaron sobre él, gritando. Pocas palabras llegaron a los oídos de Tathâral. “Atta-Uotta, Nurr, Zdam...” . Todo ello mientras el elfo de ojos grises comenzaba a danzar. Los extraños Uonu a los que se enfrentaba Voron no tardaron en morir.
— El Señor de la guerra no morirá ni volverá a su celda. — fue la respuesta de Voron a los cadáveres. Sus alumnos habían decidido intentar devolverlo a su celda y el aldalânta no estaba muy conforme con la idea.
Pero ese no era el problema principal. Voron giró también su rostro hacia donde había mirado el artadâko. Los cuervos oscurecían aun más el cielo en plena noche, los tambores resonaban en la ciudad, las sombras se movían. Una ingente cantidad de elfos oscuros y sus vasallos poblaban la ciudad. Habían venido allí de todas las ciudades sometidas, de todas las ciudades aliadas de los alrededores. El horror de los bosques se había formado en aquella ciudad y ahora se reflejaba en los ojos de un ejército que había creído la victoria en sus manos. Esa era la verdadera rebelión de Tuyrozd. Una ingente fuerza que se estaba preparando para destruirlos. El ejército de los Uonu-Nyrr pareció mirarlos desde la fortaleza oscura, los observó y los graznidos de los cuervos se alzaron. Voron no necesito entender el grito de guerra para saber cual era la orden a dar. Tathâral tampoco. Sus voces se alzaron al unísono.
— ¡Retirada! ¡Corred!
Los asustados elfos dieron la vuelta mientras el enemigo salía despedido de la ciudad. Las flechas surcaron el aire, muchos cayeron en el camino, pero no podían detenerse por ellos. La muerte corría ahora en pos de ellos.
— ¡Maldito Kwakam! — maldijo Voron quien se había quedado rezagado por encontrarse en la avanzadilla — ¡De nada sirve rezarle a un dios en forma de cuervo!
Nadie lo oyó. Ni siquiera Ramjakhîn. No se encontraba a su lado. Eso extrañó a Voron. Delante de él podía oír la voz de Tathâral.
— ¡Al río! ¡Todos al río! ¡Cruzadlo!
Pero no había rastro de Ram por ninguna parte. El pequeño elfo había desaparecido mientras él tenía el combate con sus pupilos. Las flechas volvieron a danzar a su alrededor y oyó el rugido de las alas de cuervos en la oscuridad por encima del bosque. Muchos cadáveres estaban quedando tras él. De nuevo la guerra se cobraba su precio. No servía de nada luchar si se sabía que se iba a perder. Sólo les quedaba esa opción, y él no deseaba volver a las celdas de los hechiceros.
Se empezaba a perder en sus pensamientos cuando un chillido le hizo frenar el paso. Ramjakhîn apareció a su izquierda seguido de una tremenda oleada de zrour enloquecidos intentando no tropezarse con nada. Pero los pasos del joven pirata eran pequeños, y ahí residió la suerte de sus perseguidores. Le atraparon mientras el elfo se retorcía y clavaba su daga y su espada allí donde podía pero eran demasiados.
— ¡Prepárate pequeño! ¡Vamos a bailar!
Voron se lanzó en medio de los muertos vivientes y comenzó a mover su cuerpo a una velocidad mayor de la que había mostrado antes. A mayor velocidad, mayor era la probabilidad de salir herido, aunque se hería más al enemigo. No tardó demasiado en sentir los arañazos y cortes de los zrour envenenando su piel. Alguno portaba un arma y sintió como sangraba su costado, era bastante profunda. Ram también estaba herido, en su espalda había aparecido un corte que parecía inflamarse rápidamente ante el efecto venenoso de los zrour. Cuando uno y otro dejaron de matar enemigos parecían a punto de desvanecerse. Sus cuerpos estaban llenos de magulladuras y de cortes pequeños mientras que las grandes heridas tenían mala pinta. Sonrieron. Sus carcajadas sonaron en lo profundo del bosque e iniciaron la larga carrera que les quedaba hasta el río sufriendo y sangrando... pero riéndose a carcajadas. Dos demonios en la oscuridad.
— ¡Si vuelves a llamarme pequeño me haré un traje con tu piel, elfo!
— Voron. Me llamo Voron, y sigue corriendo o ellos se harán un traje con nosotros.
Las carcajadas volvieron a sonar en la oscuridad.
Más adelante lo único que se oía en la noche eran los pasos apresurados de los elfos y un susurro sangrado, una invocación. Mientras los elfos cruzaban el río a nado Tathâral se había parado en los límites del bosque con la espada envainada. Sus palabras parecieron mover el viento y la brisa rozó los árboles que les rodeaban. La niebla pareció moverse a su alrededor. Apareció de la nada y cubrió el camino que los separaba de los demás. Los Uonu no podrían atravesarla sin perderse jamás. Ese era uno de los poderes de un artadâko.
[Editado por avaesse el 09-05-2008 23:48]