Dame, llama invisible, espada fría,
Tu persistente cólera,
Para acabar con todo,
Oh mundo seco,
Oh mundo desangrado,
Para acabar con todo.
Las calles son de sangre. Sangre cálida, ardiente. Como las arenas del desierto al sol del mediodía. Sobre las blancas paredes de las casas la sangre dibuja formas caprichosas, que se van deformando a medida que el espeso líquido se derrama hacia el suelo, sin llegar nunca caer.
Mis pulmones son de sangre. Se espesa en ellos en cada costosa bocanada de aire. Rebosa en mis labios, y siento su sabor, ya familiar, en los labios. En poco tiempo rebosará también en mis pulmones, hinchándolos hasta que sean incapaces de albergar siquiera el aire. Entonces moriré.
En lo alto de la plaza el estandarte de Narwa ha caído. Lo he visto caer cuando todavía blandía la espada, cuando todavía cabía en mí la esperanza de vencer ésta batalla. Lo he visto caer, y con él, se ha desvanecido el sueño del Balya. La realidad me ha golpeado con mazo cruel. Casi tan cruel como la espada que se ha hundido profundamente en mi pecho.
Ni un instante ha desperdiciado en mí mi enemigo. Ni siquiera me ha visto caer de rodillas ante él, sosteniéndome apenas con la espada apoyada en el suelo. Era una herida de muerte, y él lo sabía. Por unos instantes he esperado sin embargo el golpe definitivo, aquél que habría de sellar mi destino. Quieta. Incapaz de mover un solo músculo, he esperado lo que he creído que era una eternidad. Concentrada únicamente en poder respirar una bocanada más de aire, que parecía no llegar nunca a mi pecho.
Pero el destino no ha llegado. Tuoni sin duda ha querido hacerme esperar, mientras su balanza de plata sellaba el destino de otros muchos que se han presentado ante él antes que yo.
He buscado entonces la fuerza del Narwâ que en mí habita. Me he levantado despacio, intentando ignorar el dolor profundo que atravesaba mi pecho. He caminado hacia la plaza lentamente, encorvada, como caminan los ancianos Edlar por el peso de los años. Pero yo llevaba sobre mis hombros el peso no menor de la Muerte.
He tropezado, y he caído. He levantado mis ojos al cielo, y he suplicado entre lágrimas que se cumpliera el destino. Hubiera sido tan fácil hundir mi propia espada en mi vientre, y dejar que todo se cumpliera… Pero no ha sido posible. No lo sería nunca. Ningún Nurulântar lo haría. Porque el hacerlo cambiaría mi destino más allá de la Muerte. Jamás podría reunirme con aquellos que me esperan al otro lado, en la felicidad eterna del Narwâ.
Me he levantado de nuevo, tropezando una y otra vez entre los cientos de cadáveres que se amontonaban en mi camino. Amigos y enemigos abrazados ahora en la Muerte, con su sangre mezclándose en charcos negros y rojos.
Ahora sólo deseo el estandarte. Lo he buscado entre el montón de cuerpos caídos en torno al mástil que lo enarbolaba. Pero el estandarte es rojo. Rojo como la sangre que lo cubre todo. Maldición. He buscado sus destellos de plata, pero se confunde con el brillo de las espadas caídas.
Entre los cientos de cadáveres sólo yo y el mástil permanecemos en pie en el centro de la plaza. El mástil rígido, erguido en su naturaleza. Yo en cambio sólo soy una figura encorvada que buscando su última fe.
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Arde, sombrío, arde sin llamas,
Apagado y ardiente,
Ceniza y piedra viva,
Desierto sin orillas.
Todo estaba previsto. La noche volvería a ser nuestra aliada, y ésta vez encontraríamos la libertad que nos había sido arrebatada. ¡Estuvimos tan cerca la vez anterior…! Si aquellos malditos refuerzos no hubieran llegado en el último momento, la victoria hubiera sido nuestra.
Pero no era el momento. El Jeque Jaavik bien lo sabía. Era ahora. Ahora o nunca. Si fracasábamos, ninguno de nosotros volvería a ver la luz del sol. Ya no había sigilo que pudiera ocultarnos. Habíamos desvelado nuestros planes, y ya no había secreto que ocultara nuestros rostros. Ni siquiera velos y turbantes servirían.
Aquella que llamaban la Compañía del Águila había llegado hacía apenas unos días. Nos tomó de sorpresa, desbaratando todos nuestros planes, obligándonos en el último momento a preparar planes nuevos. Pero es que todo estaba ya preparado, y habíamos puesto en marcha engranajes que ya no era posible detener.
Nuestro grupo en el desierto había iniciado un viaje que les llevaría algunas millas al oeste de la ciudad. Se esperaba para entonces un cargamento de provisiones para el ejército ocupante, lo cuál se había averiguado gracias a nuestros espías infiltrados a su servicio. Antes incluso de que la Compañía del Águila llegara habían comenzado a partir los integrantes de ese grupo, puesto que las salidas de la ciudad estaban siendo supervisadas casi tanto como las entradas.
Y sus órdenes eran claras. Debían asaltar el cargamento con las fuerzas justas para forzar una lucha que se alargara hasta la noche. Al menos lo suficiente como para que la noticia llegara a la ciudad, y desde allí se enviaran los refuerzos necesarios. Sería en ese momento cuando nuestras fuerzas en la ciudad tendrían la oportunidad de apoderarse, primero silenciosamente, de las armerías, y después ya abiertamente, del resto de la ciudad.
Y al mismo tiempo, en el desierto, el resto de nuestras fuerzas se uniría a los atacantes acosando a los refuerzos, rodeándolos, y derrotándolos.
El plan era sencillo, pero era precisamente debido a su sencillez que tenía grandes posibilidades de éxito. Al menos, eso pensaba yo mientras lo trazábamos.
Habíamos llenado nuestra mente y nuestro corazón con aquellas palabras. “Ahora o nunca”. Quizás debe ser nunca, creo yo. Porque no ha sido ahora, y dudo mucho que pueda ser alguna vez. Al menos para mí se que no lo será.
No puedo explicar qué es lo que salió mal. Dónde estuvo el fallo crucial del plan. ¿Subestimarlos tal vez? No quiero creerlo. Han sido ya… tres batallas contra los Nurulântar. Tres batallas perdidas, y tanta sangre derramada. Sabemos bien de lo que son capaces. Conocemos la fuerza de su voluntad de soldados. No, eso no nos ha sorprendido.
Tal vez haya sido el desierto. Vivimos en él, y vivimos de él. Y confiamos ciegamente en que sería nuestro aliado. Pero las millas de arena han cedido bajo los cascos de los caballos de los Nurulântar, y su infantería no cayó acosada y rodeada por nuestras fuerzas en el desierto como había de ser.
Pero nunca nos habíamos enfrentado a la Compañía del Águila. Ahora sé que debe su nombre a la gran calidad de sus arqueros. Sus flechas todavía oscilan clavadas en mi cuerpo. Pero entonces no lo sabíamos… y también fue un error fatal.
Cuando la infantería llegó en respuesta a nuestro ataque en el desierto, los arqueros dieron cuenta de los nuestros. Uno a uno fueron cayendo, bien por espada, lanza o flecha, hasta que ninguno de ellos quedó con vida. Y aquello fue mucho antes de que nosotros hubiéramos podido siquiera hacernos con la segunda armería.
Comenzaron su regreso casi al mismo tiempo en que nosotros desvelábamos nuestros planes y la plaza de Thertan comenzaba a volverse roja.
Aquellos que continuaban en la ciudad ofrecieron una defensa salvaje. De un lado y de otro los caídos aumentaban por momentos, pero a pesar de todo nosotros los habíamos tomado por sorpresa, y esa era nuestra única pero gran ventaja.
La espada que en su día empuñara mi padre oscilaba delante de mí. Su filo era cada vez más rojo, y en mi corazón crecía con cada estocada la esperanza. A través de la carne y de la sangre de los Nurulântar llegué hasta el mástil donde ondeaba orgulloso el estandarte invasor, y con un único y rápido movimiento corté la cuerda, y el estandarte cayó ante mis pies, cubriéndose de sangre y barro.
Aquel fue el culmen de nuestra gran hazaña. Mi corazón estaba henchido de satisfacción, de esa euforia extraña y salvaje que sólo se siente en la batalla, y que es aún mayor si cabe cuando esa batalla es por la propia libertad.
Comenzamos a dejar atrás la plaza, y entonces sonaron unos ecos lejanos de tambores, y todos nuestros sueños se rompieron en mil pedazos. La caballería de los Nurulântar entró al galope en la ciudad, arrasando a su paso cientos de vidas. Al frente venía aquél a quien llamaban Herkeblam, y su espada subía y bajaba golpeando todo lo que encontraba a su paso.
La fuerza de su empuje fue como un alud. Apenas tuvimos tiempo de replegarnos de nuevo hacia la plaza, y entonces, como si de un mal sueño se tratara, contemplé el estandarte de Narwâ de nuevo ondeando en la plaza. Contra el mástil se apoyaba la figura fantasmagórica de una mujer. Su mano derecha empuñaba todavía una espada, con la punta apoyada en el suelo. Su mano izquierda sostenía la cuerda del estandarte, que había conseguido atar a su muñeca. En torno a su pecho ensangrentado se veían las cuerdas que la sostenían contra el mástil, y sus ojos azules parecían clavarse en mí, fríos como el hielo.
Un dolor punzante me atravesó mientras la contemplaba. No comprendí hasta después que se trataba de una flecha clavada con precisión en mi espalda. Me volví, buscando al enemigo que nos acosaba, arrinconándonos en la plaza. Herkeblam desmontó y se enfrentó espada en mano a cuantos osaron oponerse a él. También él cayó, enfrentado a la cimitarra de Harek. Se enfrentaron durante unos minutos que parecieron eternos. La cimitarra de Harek cortó la espalda del elfo por encima de su coraza, y después su pecho, y después el hombro. Y finalmente asestó un golpe certero en la pierna, hundiéndose profundamente en la carne.
Pero no había victoria posible, ni satisfacción alguna ya en la caída del enemigo. Harek tembló y su cuerpo se convulsionó una y otra vez, recibiendo el impacto de las flechas enemigas. Su cuerpo acribillado permaneció en pie apenas un segundo, y después cayó de rodillas, con la espalda echada hacia atrás, hasta que no se movió.
Yo no he tenido más suerte que él. Mis ojos verdes se han vuelto hacia el mástil, mientras espero la sentencia que ha de cumplirse. Una tras otra siento las flechas que impactan en mi cuerpo, mientras mis rojos cabellos se agitan al viento. Con un último esfuerzo me he acercado hasta la figura de la mujer. Sus ojos fríos no me devuelven la mirada. Esta muerta. Tan muerta como yo.
*** Poesía por Octavio Paz "Acabar con todo"