La Guerra de los Clanes

Batalla 26. Revuelta En Thertan.

Terminada
Escrito el 06-05-2008 21:56 #1

Corrientes de violencia arrasan Rómenor. Los pueblos sometidos no son pacíficos, se alzan por doquier contra quienes les han conquistado.

Thertan, joya de las posesiones conquistadas por Narwa, se ha levantado en armas. El pueblo no entiende de política; simplemente ven que personajes extranjeros se pasean entre ellos con aires de superioridad.

La riqueza de la ciudad es expoliada y toda su producción está siendo enviada nadie sabe dónde.

Pobres quienes osen resistirse a la furia de Thertan!

---------------------------------------------------------------------

Fin Guerra: Maianor deja de Atacar

Armadas perdidas por "Maianor" = 22

Armadas perdidas por "Narwä Hilyatâri" = 28

Victoria para Maianor. Narwa mantiene el control de la ciudad.

Escrito el 09-05-2008 00:01 #2

Desierto de Al Varantar, en las afueras de Thertan. Día 6 Aqua Saille ...

Entró en la pequeña cueva agradeciendo el suave frescor que procedía del interior, en comparación a la temperatura exterior, donde la arena del desierto ardía bajo los pies y el sol se mostraba inclemente sobre sus cabezas. La muchacha llevaba una larga túnica blanca, y sus cabellos y su rostro permanecían cubiertos con un turbante y un velo blancos. Sólo se veían sus profundos ojos verdes, que parpadearon dos veces al entrar, intentando acostumbrarse a la penumbra del lugar.

- ¡Maara! – exclamó una voz de hombre que se alzó por encima de un murmullo ahogado - ¡Por fin has llegado! – añadió separándose del grupo entre el que se encontraba y acercándose a recibirla.

Maara se acercó hasta él mientras con una mano se deshacía del velo y del turbante. Sus rojos cabellos cayeron como una cascada de sangre sobre su espalda, mientras esbozaba una sonrisa que pretendía ser confiada, pero resultaba profundamente triste.

- Me alegro de encontrarte vivo Harek – saludó ella mientras se estrechaban ambas manos. Después miró por encima del hombro de él – Son tan pocos… - susurró - ¿Qué haremos?

- Luchar, pequeña. Luchar. Pronto serán más los que se unan a nosotros. No somos los únicos que consideramos que la situación se ha vuelto insostenible.

Ella asintió, pero evitó mirarlo a los ojos. Sentía en su interior la culpa como una brasa candente. No había escuchado. No había querido escuchar, se decía. Todavía recordaba aquella noche en la que había abandonado la casa del Jeque Jaavik, encendida de cólera y frustración. Ahora comprendía muy bien sus palabras. Muchos habían pagado con la vida sus deseos de venganza, y muchos otros lo estaban pagando aún, prisioneros de los Nurulântar. El propio Jeque y su esposa habían sido hechos prisioneros, y aquella fue una de las primeras medidas ejemplarizantes que los invasores habían llevado a cabo. Pero no la última.

Habían impuesto el toque de queda desde el amanecer hasta el anochecer. Ningún thertano podía caminar por las calles entonces, e incluso durante el día, se veían sometidos a estrictos controles para abandonar o entrar en la ciudad.

La búsqueda de aquellos que habían sido los instigadores de la revuelta se había convertido en una auténtica obsesión para los Nurulântar. Así, muchos de los que sobrevivieron a la revuelta pero que fueron heridos durante la misma, habían sido ejecutados en la semana siguiente. Un oscuro grupo de Nurulântar vestidos con largas túnicas negras se había llevado los cuerpos, y ni siquiera habían podido ser llorados por los suyos, ni recibir los responsos que merecían.

Pero los que habían sobrevivido sin heridas no habían sido mucho más afortunados. Los Nurulântar pensaron que podrían sacarles la información que buscaban, sobre todo en lo que se refería a los dirigentes de la revuelta. Maara aún no entendía cómo era posible que no hubieran ido a buscarla, porque muchos de aquellos en los que había confiado podían haberla delatado hacía mucho tiempo.

Sin embargo, todas estas medidas habían tenido el efecto contrario al deseado. Los rebeldes se sentían más justificados que nunca, y la ciudad entera parecía apoyarles.

Maara se acercó al grupo junto con Harek, esbozando una gran sonrisa. Una gran sonrisa falsa, pensó. Una sonrisa que pretendía transmitir una confianza que no sentía, y que no servía para ocultar el peso de la culpa que asomaba en sus ojos verdes.

-----------------------------

Ciudad de Thertan. Día 8 Aqua Saille ...

- La Compañía del Águila acaba de llegar a la ciudad – la voz ronca de Alyon sobresaltó a la elfa, que no lo había sentido entrar en el salón.

El elfo evitó mirar a su alrededor. Erellê estaba segura de que, al igual que ella, no podía dejar de recordar aquél día en el que se habían reunido en esa habitación. Cuando todavía Aralmir, Farmir y Nurê se encontraban entre ellos.

La intensa mirada azul de Erellê traspasó el corazón del elfo, que se revolvió incómodo. Llevaba todavía una venda en la cabeza, y cojeaba visiblemente.

- ¿Quién está al mando de la Compañía? – preguntó ella.

- Herkeblam según parece, aunque nadie parece entender por qué ha sido él el encargado de dirigir la Compañía desde que el Artakano fue reclamado en Ohtalossê.

La elfa se encogió de hombros.

- Si el Artakano lo ha decidido, así ha de ser. – respondió.

Alyon se sentó dificultosamente junto a ella, con semblante serio. Llevaba varios días pensando en cómo transcurriría aquella conversación.

- Erellê… - empezó – Se que te encontrabas muy unida a Aralmir. Mucho más de lo que ninguno de los dos hubiera querido reconocer.

Ella sintió cómo el corazón dejaba de latir en su pecho, pero no dijo nada. Los ojos negros de él permanecían fijos en su rostro.

- Nunca albergué esperanza alguna, Erellê. Yo sabía lo que sentías, y lo que yo sentía por ti… lo que siento, ha permanecido oculto en mi corazón durante todos estos años.

- Alyon… - la voz de ella fue sólo un susurro, mientras acercaba su mano a la de él.

- No espero tu compasión, como tampoco esperé nunca tu amor – la interrumpió él mientras retiraba la mano – Jamás hubiera salido palabra alguna de mis labios, si no sintiera cómo se acerca a nosotros la Nuru. No deseo verte morir, Erellê. Quiero que te vayas.

Ella se incorporó de golpe. Su rostro reflejaba incredulidad, pero también cierta indignación.

- ¿Cómo dices? – exclamó, sin poder creer que era cierto lo que había oído.

Él hizo un gesto de negación con la cabeza, mientras se incorporaba lentamente. Se acercó a ella, tomándola por los hombros.

- Necesito que te vayas de aquí, Erellê. De la muerte que acecha tras cada esquina de esta maldita ciudad.

La soltó bruscamente, y se volvió.

- Mantener la ciudad a cualquier precio – gritó – Esas fueron las órdenes de Engrel. ¡Qué fácil para él, sentado cómodamente en su palacio de Nink! ¡Maldito! ¡Maldito sea una y mil veces!

Ella se acercó a él, y lo abrazó intentando calmarlo.

- Lo siento, Alyon. Lo siento tanto – susurró – No me marcharé, y tú lo sabes. Aquí donde él cayó, dejaré mi cuerpo. Mi espíritu ya me ha abandonado. Se fue con él aquella noche.

Alyon temblaba, y ella estrechó el abrazo.

- No es por Engrel en todo caso. No luchamos por él, ni moriremos por él. Al menos nosotros no. Hay tantas otras cosas por las que luchar… Deberías sentirte feliz por mí, Alyon. Emprenderé el último viaje, y me encontraré con aquellos que me esperan al otro lado.

- Que así sea entonces – sentenció Alyon, separándose de ella. Se volvió para mirarla una vez más, y después se encaminó hacia la puerta, caminando con dificultad, los hombros caídos y la mirada fija en el suelo.

Escrito el 09-05-2008 00:05 #3

Thertan, 10 Aqua Saille

Querida amiga,

Mucho he tardado en escribirte, lo sé. Las heridas del cuerpo han tardado en curar pese a la excelente atención de los Envinyar. Las heridas del alma en cambio han pesado más en mi mano a la hora de tomar la pluma y escribirte. Aún ahora, en éste momento tranquilo, siento como si mi mano se arrastrara sobre el papel, mientras mi mente y mi corazón intentan encontrar las palabras.

La suave brisa de la mañana penetra por la ventana. Todavía puedo sentir en el aire el olor de la muerte. Si levantara la mirada de éstas líneas, más allá de la ventana podría ver los restos de la gran hoguera que ha permanecido encendida durante siete días y siete noches. Mientras sus llamas ascendían hacía el cielo se ha llevado con ellas el alma de muchos de los nuestros. Han sido tantos, Elesinye. Farmir y Nurê. Hírimê y Herinwê. El sombrío Orrion, y el alegre Luincil. Y nuestro amado Aralmir, que será recordado entre los más grandes de los grandes. Héroe de Thertan junto con aquellos que alcanzaron el Narwâ con él aquella noche

Tenías que haberlo visto, amiga. Hermosos en la muerte. Sus cuerpos tendidos parecían brillar bajo la luz de las estrellas de Innana, cubiertos de flores blancas y amarillas. Después sus cuerpos fueron acariciados por las llamas, mecidos por nuestros cantos, hasta que sus cenizas se elevaron en el aire. Ahora viven por siempre en los Verdes Prados de Thyr, y en nuestro recuerdo. Pero eran mis amigos, y la tristeza que siento por no tenerlos aquí conmigo supera con mucho la alegría que siento por su nueva vida. Ojalá aquella flecha no hubiera fallado conmigo, Elesinyê. Ojalá hubiera penetrado profundamente en mi corazón. Mi único afán ahora es seguirlos, y por eso me he decidido finalmente a escribirte. Pues no sé si habrá oportunidad de hacerlo en el futuro.

Las cosas han cambiado mucho en Thertan. Ocupamos la ciudad quizás demasiado fácilmente. Tú estabas aquí entonces. Quizás fue tu fuerza la que lo hizo posible. Ahora que no estás, todo parece más complicado.

Nos confiamos demasiado en el pasado. Ahora sin embargo nos hemos convertido en una fuerza terrible de ocupación. Les damos alas, amiga. Les damos motivos con cada uno de nuestros actos. El Jeque Jaavik, a quien tú en su día trataste con gran respeto, se encuentra prisionero. Pero no es el único, pues muchos más han sido tomados como prisioneros, en busca de aquellos que lideraron la revuelta.

Los más afortunados murieron al poco tiempo. Muchos estaban heridos tras la batalla, y apenas pudieron pasar de la primera noche. Los Terhati se llevaron los cuerpos para sus rituales, y eso es algo que el pueblo de Thertan no perdonará.

Se acerca una nueva revolución, y esta vez será peor que la anterior. Serán más los caídos por ambas partes, pues aunque ahora estamos preparados, la furia de las masas puede superar cualquier barrera.

Y mi destino es caer en ésta plaza. Allí donde Aralmir cayó hace apenas unas semanas. Días. No habrá ocasión de volver a vernos, Tuoni lo ha decidido y yo estoy conforme. Pero Thyr sabe que te llevo en mi corazón.

A la sombra de las Praderas de Thyr, Haryalnâ Elesinyê.

Erellê

[Editado por Indil el 09-05-2008 00:06]

Escrito el 09-05-2008 00:10 #4

Dame, llama invisible, espada fría,

Tu persistente cólera,

Para acabar con todo,

Oh mundo seco,

Oh mundo desangrado,

Para acabar con todo.

Las calles son de sangre. Sangre cálida, ardiente. Como las arenas del desierto al sol del mediodía. Sobre las blancas paredes de las casas la sangre dibuja formas caprichosas, que se van deformando a medida que el espeso líquido se derrama hacia el suelo, sin llegar nunca caer.

Mis pulmones son de sangre. Se espesa en ellos en cada costosa bocanada de aire. Rebosa en mis labios, y siento su sabor, ya familiar, en los labios. En poco tiempo rebosará también en mis pulmones, hinchándolos hasta que sean incapaces de albergar siquiera el aire. Entonces moriré.

En lo alto de la plaza el estandarte de Narwa ha caído. Lo he visto caer cuando todavía blandía la espada, cuando todavía cabía en mí la esperanza de vencer ésta batalla. Lo he visto caer, y con él, se ha desvanecido el sueño del Balya. La realidad me ha golpeado con mazo cruel. Casi tan cruel como la espada que se ha hundido profundamente en mi pecho.

Ni un instante ha desperdiciado en mí mi enemigo. Ni siquiera me ha visto caer de rodillas ante él, sosteniéndome apenas con la espada apoyada en el suelo. Era una herida de muerte, y él lo sabía. Por unos instantes he esperado sin embargo el golpe definitivo, aquél que habría de sellar mi destino. Quieta. Incapaz de mover un solo músculo, he esperado lo que he creído que era una eternidad. Concentrada únicamente en poder respirar una bocanada más de aire, que parecía no llegar nunca a mi pecho.

Pero el destino no ha llegado. Tuoni sin duda ha querido hacerme esperar, mientras su balanza de plata sellaba el destino de otros muchos que se han presentado ante él antes que yo.

He buscado entonces la fuerza del Narwâ que en mí habita. Me he levantado despacio, intentando ignorar el dolor profundo que atravesaba mi pecho. He caminado hacia la plaza lentamente, encorvada, como caminan los ancianos Edlar por el peso de los años. Pero yo llevaba sobre mis hombros el peso no menor de la Muerte.

He tropezado, y he caído. He levantado mis ojos al cielo, y he suplicado entre lágrimas que se cumpliera el destino. Hubiera sido tan fácil hundir mi propia espada en mi vientre, y dejar que todo se cumpliera… Pero no ha sido posible. No lo sería nunca. Ningún Nurulântar lo haría. Porque el hacerlo cambiaría mi destino más allá de la Muerte. Jamás podría reunirme con aquellos que me esperan al otro lado, en la felicidad eterna del Narwâ.

Me he levantado de nuevo, tropezando una y otra vez entre los cientos de cadáveres que se amontonaban en mi camino. Amigos y enemigos abrazados ahora en la Muerte, con su sangre mezclándose en charcos negros y rojos.

Ahora sólo deseo el estandarte. Lo he buscado entre el montón de cuerpos caídos en torno al mástil que lo enarbolaba. Pero el estandarte es rojo. Rojo como la sangre que lo cubre todo. Maldición. He buscado sus destellos de plata, pero se confunde con el brillo de las espadas caídas.

Entre los cientos de cadáveres sólo yo y el mástil permanecemos en pie en el centro de la plaza. El mástil rígido, erguido en su naturaleza. Yo en cambio sólo soy una figura encorvada que buscando su última fe.

-----------------------------------

Arde, sombrío, arde sin llamas,

Apagado y ardiente,

Ceniza y piedra viva,

Desierto sin orillas.

Todo estaba previsto. La noche volvería a ser nuestra aliada, y ésta vez encontraríamos la libertad que nos había sido arrebatada. ¡Estuvimos tan cerca la vez anterior…! Si aquellos malditos refuerzos no hubieran llegado en el último momento, la victoria hubiera sido nuestra.

Pero no era el momento. El Jeque Jaavik bien lo sabía. Era ahora. Ahora o nunca. Si fracasábamos, ninguno de nosotros volvería a ver la luz del sol. Ya no había sigilo que pudiera ocultarnos. Habíamos desvelado nuestros planes, y ya no había secreto que ocultara nuestros rostros. Ni siquiera velos y turbantes servirían.

Aquella que llamaban la Compañía del Águila había llegado hacía apenas unos días. Nos tomó de sorpresa, desbaratando todos nuestros planes, obligándonos en el último momento a preparar planes nuevos. Pero es que todo estaba ya preparado, y habíamos puesto en marcha engranajes que ya no era posible detener.

Nuestro grupo en el desierto había iniciado un viaje que les llevaría algunas millas al oeste de la ciudad. Se esperaba para entonces un cargamento de provisiones para el ejército ocupante, lo cuál se había averiguado gracias a nuestros espías infiltrados a su servicio. Antes incluso de que la Compañía del Águila llegara habían comenzado a partir los integrantes de ese grupo, puesto que las salidas de la ciudad estaban siendo supervisadas casi tanto como las entradas.

Y sus órdenes eran claras. Debían asaltar el cargamento con las fuerzas justas para forzar una lucha que se alargara hasta la noche. Al menos lo suficiente como para que la noticia llegara a la ciudad, y desde allí se enviaran los refuerzos necesarios. Sería en ese momento cuando nuestras fuerzas en la ciudad tendrían la oportunidad de apoderarse, primero silenciosamente, de las armerías, y después ya abiertamente, del resto de la ciudad.

Y al mismo tiempo, en el desierto, el resto de nuestras fuerzas se uniría a los atacantes acosando a los refuerzos, rodeándolos, y derrotándolos.

El plan era sencillo, pero era precisamente debido a su sencillez que tenía grandes posibilidades de éxito. Al menos, eso pensaba yo mientras lo trazábamos.

Habíamos llenado nuestra mente y nuestro corazón con aquellas palabras. “Ahora o nunca”. Quizás debe ser nunca, creo yo. Porque no ha sido ahora, y dudo mucho que pueda ser alguna vez. Al menos para mí se que no lo será.

No puedo explicar qué es lo que salió mal. Dónde estuvo el fallo crucial del plan. ¿Subestimarlos tal vez? No quiero creerlo. Han sido ya… tres batallas contra los Nurulântar. Tres batallas perdidas, y tanta sangre derramada. Sabemos bien de lo que son capaces. Conocemos la fuerza de su voluntad de soldados. No, eso no nos ha sorprendido.

Tal vez haya sido el desierto. Vivimos en él, y vivimos de él. Y confiamos ciegamente en que sería nuestro aliado. Pero las millas de arena han cedido bajo los cascos de los caballos de los Nurulântar, y su infantería no cayó acosada y rodeada por nuestras fuerzas en el desierto como había de ser.

Pero nunca nos habíamos enfrentado a la Compañía del Águila. Ahora sé que debe su nombre a la gran calidad de sus arqueros. Sus flechas todavía oscilan clavadas en mi cuerpo. Pero entonces no lo sabíamos… y también fue un error fatal.

Cuando la infantería llegó en respuesta a nuestro ataque en el desierto, los arqueros dieron cuenta de los nuestros. Uno a uno fueron cayendo, bien por espada, lanza o flecha, hasta que ninguno de ellos quedó con vida. Y aquello fue mucho antes de que nosotros hubiéramos podido siquiera hacernos con la segunda armería.

Comenzaron su regreso casi al mismo tiempo en que nosotros desvelábamos nuestros planes y la plaza de Thertan comenzaba a volverse roja.

Aquellos que continuaban en la ciudad ofrecieron una defensa salvaje. De un lado y de otro los caídos aumentaban por momentos, pero a pesar de todo nosotros los habíamos tomado por sorpresa, y esa era nuestra única pero gran ventaja.

La espada que en su día empuñara mi padre oscilaba delante de mí. Su filo era cada vez más rojo, y en mi corazón crecía con cada estocada la esperanza. A través de la carne y de la sangre de los Nurulântar llegué hasta el mástil donde ondeaba orgulloso el estandarte invasor, y con un único y rápido movimiento corté la cuerda, y el estandarte cayó ante mis pies, cubriéndose de sangre y barro.

Aquel fue el culmen de nuestra gran hazaña. Mi corazón estaba henchido de satisfacción, de esa euforia extraña y salvaje que sólo se siente en la batalla, y que es aún mayor si cabe cuando esa batalla es por la propia libertad.

Comenzamos a dejar atrás la plaza, y entonces sonaron unos ecos lejanos de tambores, y todos nuestros sueños se rompieron en mil pedazos. La caballería de los Nurulântar entró al galope en la ciudad, arrasando a su paso cientos de vidas. Al frente venía aquél a quien llamaban Herkeblam, y su espada subía y bajaba golpeando todo lo que encontraba a su paso.

La fuerza de su empuje fue como un alud. Apenas tuvimos tiempo de replegarnos de nuevo hacia la plaza, y entonces, como si de un mal sueño se tratara, contemplé el estandarte de Narwâ de nuevo ondeando en la plaza. Contra el mástil se apoyaba la figura fantasmagórica de una mujer. Su mano derecha empuñaba todavía una espada, con la punta apoyada en el suelo. Su mano izquierda sostenía la cuerda del estandarte, que había conseguido atar a su muñeca. En torno a su pecho ensangrentado se veían las cuerdas que la sostenían contra el mástil, y sus ojos azules parecían clavarse en mí, fríos como el hielo.

Un dolor punzante me atravesó mientras la contemplaba. No comprendí hasta después que se trataba de una flecha clavada con precisión en mi espalda. Me volví, buscando al enemigo que nos acosaba, arrinconándonos en la plaza. Herkeblam desmontó y se enfrentó espada en mano a cuantos osaron oponerse a él. También él cayó, enfrentado a la cimitarra de Harek. Se enfrentaron durante unos minutos que parecieron eternos. La cimitarra de Harek cortó la espalda del elfo por encima de su coraza, y después su pecho, y después el hombro. Y finalmente asestó un golpe certero en la pierna, hundiéndose profundamente en la carne.

Pero no había victoria posible, ni satisfacción alguna ya en la caída del enemigo. Harek tembló y su cuerpo se convulsionó una y otra vez, recibiendo el impacto de las flechas enemigas. Su cuerpo acribillado permaneció en pie apenas un segundo, y después cayó de rodillas, con la espalda echada hacia atrás, hasta que no se movió.

Yo no he tenido más suerte que él. Mis ojos verdes se han vuelto hacia el mástil, mientras espero la sentencia que ha de cumplirse. Una tras otra siento las flechas que impactan en mi cuerpo, mientras mis rojos cabellos se agitan al viento. Con un último esfuerzo me he acercado hasta la figura de la mujer. Sus ojos fríos no me devuelven la mirada. Esta muerta. Tan muerta como yo.

*** Poesía por Octavio Paz "Acabar con todo"

Escrito el 12-05-2008 20:33 #5

Resumen de la batalla:

Narwa ha perdido 28 armadas x35= 980 puntos.

Recuperables: 441 puntos.

Valoraciones: 8,8+9+8,6+9,2= 8,9

Recupera: 392 puntos. Los dirigentes de la compañía han sufrido daños por el 30%, por este concepto recupera 105 puntos. Total recuperación: 441 puntos.

Pierde: 539 puntos.

Compañías actualizadas y listas.

Historia finalizada.