La mañana es fresca y del mar llega olor de sal. El día despunta con tonos rosados rasgando el brumoso gris. Dâira contempla la salida del sol desde la loma del campamento. El sol surge del Mar Oriental, desde un horizonte indefinido y difuso por la calina. Los elfos no necesitan apenas dormir y el campamento bulle ya de vida. La medioelfa ya va completamente armada con coraza, grebas y brazales de duro cuero negro. Va vestida con una cómoda túnica color sangre. La espada corta le cuelga del tahalí y a la cintura se le fija el carcaj lleno de flechas mortíferas. Se apoya en su largo arco de tejo perdiendo la mirada en el incendiado amanecer. Está dejando correr el tiempo. A primera hora debe presentarse ante el que será su escuadrón, 100 soldados sobre los que mandará y sobre los que debe imponer la disciplina e inspirar el valor y la camaradería. Duda. No sabe si tendrá éxito como oficial, teme no estar a la altura y no satisfacer las expectativas de su exigente madre y de su distante abuelo. Pero el aire fresco la reconforta, sabe que está preparada, que ha nacido para esto... y lo hará bien, sí, lo hará bien.
En su pabellón Herkeblam se está acabando de ajustar su oscura armadura. Dos oficiales están a una prudente distancia, viendo como se arma su comandante, esperando las últimas órdenes. Ya ha sido todo dispuesto, la guardia del campamento se ha doblado y el pelotón que se desplegará en la ciudad estará especialmente atento. Más no puede hacer. La compañía del águila ha participado en duras campañas de conquista y ha sufrido muchas bajas, son pocos, apenas 1000 soldados; muy pocos para controlar una populosa ciudad como Vanwielie.
El sol aún está bajo, una brisa fresca y húmeda proveniente del Este agita los gigantescos abetos que pueblan y envuelven la ciudad. El olor a resina es intenso. La ciudad parece más desierta de lo habitual: sólo unos pocos ciudadanos se deslizan como sombras por las silenciosas calles.
Se oyen los pasos rítmicos, rompiendo el silencio de la mañana, del escuadrón escarlata: pasos pesados de soldados cargados de acero. Los finos y hermosos cristales de las casas de la ciudad no pueden evitar temblar.
De un tejado rueda hasta el suelo una piedrecita, el pelotón continúa patrullando mientras algunos soldados miran de reojo hacia los tejados.
Con precisión y coordinación pasmosa 100 cabezas asoman sobre los tejados, cien cabezas se asoman y cien arcos se tensan furiosos. Y comienza el ataque.
La patrulla nurulantar está siendo atacada, acribillada, desde posiciones ventajosas, se organizan pronto pero sus grandes escudos parecen insuficientes ante la lluvia de flechas que les está acosando. Inmediatamente suena un cuerno y cientos, quizá miles, de ciudadanos valientes invaden todas las calles de la ciudad. Son Hombres y mujeres, elfos y elfas, enanos y enanas; todos lucharán por la libertad.
Parece una marea sin ningún orden, pero todos saben lo que deben hacer: unos se dirigen, armados de fuertes garrotes, arcos e incluso espadas contra la patrulla (insensatos), otros han tomado el estrecho camino que los conducirá al campamento de los conquistadores.
Desde el campamento se ha dado la alarma y todos se apresuran a ocupar sus puestos.
Herkeblam se mueve entre la tropa, dando órdenes, su brillante cabellera ondula acompañando sus suaves y rápidos movimientos.
Dâira, sin apenas tiempo de conocer a sus soldados, se va a ver envuelta, de nuevo, en una batalla. Esta vez no le bastará preocuparse de si misma o hacer cumplir las órdenes a un pequeño grupo de soldados, ahora es responsable de todo un escuadrón de arqueros.
Los nurulantar son rápidos, saben lo que hacer, han nacido para la guerra. Se despliegan y defienden el campamento; un grupo de caballería pesada apoyados por arqueros montados ya está a punto de volar al galope, dispuestos a aplastar cualquier resistencia. Pero... de lejanas y poderosas coníferas ahora salen disparadas mortíferas flechas. Con los escasos recursos de la mermada compañía apenas habían podido asegurar las cercanías del campamento, pero ese denso bosque de abetos ofrece demasiados puntos desde los que atacar y no podían cubrirse todos.
Así que se han abierto tres flancos: en el primero un escuadrón de infantería se defiende de una turba de ciudadanos mal armados pero bien organizados; en el segundo, el grueso de ciudadanos ha iniciado el asalto al campamento a través del estrecho paso que hasta él asciende y, por último, un número desconocido, pero al parecer poco numeroso, está cubriendo, con arcos, el ataque al campamento.
La batalla se está alargando, la sorpresa dio la ventaja a los revoltosos y se han producido muchas bajas debido a las certeras flechas que vuelan desde el bosque y a las primeras que acertaron a la patrulla de la ciudad, pero los nuru se están haciendo fuertes: se han enviado varios pelotones a neutralizar a los arqueros del bosque, los ciudadanos aun no ha logrado penetrar en el campamento, defendido certeramente el paso; y la infantería que está en la ciudad está respondiendo con furia a la turba mal armada.
Pero así como es difícil a los ciudadanos llegar al campamento, tampoco los soldados pueden prestar ayuda al grupo de la ciudad que, aun defenderse valerosamente y practicar una verdadera carnicería están siendo aniquilados.
La caballería que defiende el paso retrocede, así lo ha ordenado el Comandante, dejando que cientos de ciudadanos se acerquen peligrosamente a las tiendas. Pero en el campamento ya está todo preparado para recibir como se merece a esa turba de desagradecidos. Tres escuadrones de arqueros tensan sus arcos; Dâira está al frente de uno de ellos, sus ojos verdes brillan al sol, con brillo despiadado; cuando los atacantes están al alcance da la orden de disparar.
Dos descargas más tarde los asaltantes vacilan. Los que deberían cubrirles desde el bosque parecen haber desaparecido y las flechas nurulantar han sido terribles, pocas han errado el blanco, causando una mortandad que no tenían prevista.
Es entonces cuando Herkeblam, al que una flecha ha atravesado el muslo derecho, lanza de nuevo a la caballería. Y ahora sí, ahora sí aplastan a los ciudadanos, que no pueden hacer más que huir y morir. Los jinetes lanceros están siendo especialmente despiadados, los caballos pisotean a los caídos mientras ellos ensartan a todo ser viviente: en el estrecho paso que conduce al campamento ya solo hay muertos y soldados vestidos de escarlata.
Unos 100 jinetes galopan hacia el centro de la ciudad, en rescate de sus camaradas. Pero ahí ya no hay nadie con vida. En el suelo yacen cientos de cuerpos: los nurulantar, los mejores soldados que diera jamás la tierra de Rómenor, han muerto matando. Dos ciudadanos por cada soldado, pero aun así han muerto todos, y los cientos de cadáveres se amontonan y confunden, todos bañados en la misma sangre.
La compañía del águila ha resistido, ha sobrevivido, y conserva el dominio de Vanwielie.
Pero el precio ha sido muy elevado, ha habido muchas bajas y una próxima vez las tornas pueden girarse.
Herkeblam, herido y dominante, está furioso, masculla para sí mismo -debe arder, sí, esta ciudad debe arder,... y arderá-
Dâira, serenándose tras la lucha, contempla desde la ladera el centro de la ciudad, se apoya sobre su arco largo. Sus soldados forman a su espalda. Está satisfecha de sí misma.
Se da la vuelta y contempla a su tropa, algunos están heridos. Habla con voz firme -¡los heridos a la enfermería! el resto reagrupaos, la batalla no acaba hasta que el Túre diga que ha acabado-.