La Guerra de los Clanes

Batalla 34. Revuelta En Vanwielie.

Terminada
Escrito el 24-05-2008 14:24 #1

La capital de Yárai es una ciudad poderosa y orgullosa. Los ocupantes no son bien recibidos y el descontento se incrementa a cada instante que pasa.

Algunas reuniones subversivas han sido organizadas para levantar el ánimo de los habitantes de la ciudad y arengarles hacia una rebelión militar que acabe con la expulsión de los extranjeros.

Desde las ciénagas que están al sur de la ciudad y desde los bosques de coníferas empieza la revuelta cuyo objetivo no es otro que aniquilar a las fuerzas ocupantes.

La revuelta ha estallado.

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Fin Guerra: Maianor deja de Atacar

Armadas perdidas por "Maianor" = 19

Armadas perdidas por "Narwä Hilyatâri" = 31

Victoria para Maianor.

Narwa conserva el dominio sobre la ciudad.

Escrito el 27-05-2008 16:36 #2

De nuevo vuelve a confiar en ella. Una vez más la implica en una misión importante que atañe a su Compañía, sin embargo, a la medio elfa le ha disgustado tener que salir tan repentinamente de allí. Siente verdadera curiosidad por aquellos visitantes que habían aparecido poco antes de tener que partir.

Las instrucciones de Angárato son muy concretas. El artakano no quiso perder un valioso tiempo en tareas burocráticas, y tan solo garabateó una nota que tiene como destinatario a Herkeblam. Las indicaciones de qué deben hacer las conserva Dâira en su memoria. Solo ella las conoce, ni siquiera sus dos acompañantes, Gâyar, un soldado de infantería que parece recién salido del Narwänólme, ni Hug, el poderoso guerrero confidente de su abuelo, tienen conocimiento de esto. Aunque seguramente, este último no necesita saberlo y ya se lo imagina.

Cabalgan raudos y desde que partieran solo han hecho un descanso. A Dâira le fue asignado otro caballo, pues el que tenía no era lo suficientemente veloz. Está amaneciendo, y han dejado atrás el Mistetaure, y gracias a Eru, sin ningún contratiempo. Dâira temió que volvieran a encontrarse con otro grupo de orcos, pero no ha sido así. Parece que después del escarmiento recibido no tienen ganas de asomarse. Tan solo en un par de ocasiones, ha tenido la sensación de que algún dragón sobrevolaba a cierta altura y distancia.

Piensa que ya no debe faltar mucho para que terminen las malditas montañas de Cotumo Aicasse. Apenas cruzan palabras entre los tres, no hay tiempo para eso, ya dispondrán de ocasión para hablar cuando embarquen en Porthos. Por desgracia no hay mucho por hacer; a veces recorrer grandes distancias por tierra puede llegar a ser un hastío para ella, quien siempre ha preferido el mar. Pero también da tiempo para pensar… y eso es lo que hace ahora la medio elfa. Pensar en la conversación en la que estuvo presente con Elesinyê, Serkendil y Angárato. ¿Y si esos Yárai les han tendido una trampa? ¿Cuánto más podrá resistir la Compañía del Águila? Por las palabras de los altos mandos, parece que al menos Herkeblam sigue vivo y dando guerra. Y esto consigue arrancarle una sonrisa a Dâira.

(***)

Se están aproximando a Vanwielie, ya se puede divisar el puerto a lo lejos. El viento no les ha resultado tan favorable como esperaban y han tenido que emplear un día más.

- ¿Pero dónde está la ciudad? – pregunta Gâyar

- Está ahí, bajo ese manto verde que se ve – y su dedo dibuja un amplio círculo

Los jóvenes miran incrédulos lo que pensaban era únicamente un enorme bosque.

Los tres preparan los caballos, que se muestran nerviosos y agitados, para el desembarco. La medio elfa echa un vistazo a la bolsa y cuenta las monedas que le quedan. Del dinero que su edelon (abuelo) le ha dado, prácticamente han gastado casi todo en el puerto. Por suerte no van a necesitar más.

Hug ha sido el primero en bajar. Dâira tira la bolsa a tierra, cruza la pasarela de madera sujetando bien al caballo y recoge el bulto. Observa atenta la escena; hay bullicio y ajetreo, pero no pasan desapercibidos. No se han cambiado de ropa, ni han ocultado su procedencia. Eso ha sido un error, ¿o no? ¿por qué deberíamos escondernos como si fuésemos ladrones o estuviéramos avergonzados? piensa ella. Al fin y al cabo esta ciudad pertenece al Clan de Narwä Hilyatâri. Y mientras van avanzando entre las callejuelas buscando la dirección a tomar para llegar a la ciudad, soportan altivos las miradas retadoras de los nativos que murmuran a su paso.

Hug ha preguntado a un habitante por el camino que lleva al collado, y de mala gana le han respondido. Gâyar y la medio elfa se acercan para apartarle, pues saben que el poderoso elfo no dudará ni un instante en rebanarle el cuello. Se alejan y finalmente dan con el camino este. No es como los que está acostumbrada a ver en Narwä; es una senda muy estrecha que les obligará a subir uno detrás de otro.

A medida que avanzan, la cúpula rocosa que se esconde entre las coníferas se hace más visible.

¿Qué pueblo más extraño? Se dice así misma Dâira.

Un mensajero ataviado con el uniforme nurulante sale a su encuentro y les acompaña hasta el campamento.

Nada más llegar, la medio elfa ordena que la lleven hasta Herkeblam. Aunque su cuerpo le pide a gritos descansar y darse un baño, sabe que aun no ha llegado el momento.

- ¡La peredhil en Vanwielie! – exclama Herkeblam con una sonrisa mientras sale de la tienda.

- Eso parece. Todo ha sido muy precipitado...

- Ya veo. No te preocupes, nuestros observadores han avisado que tres nuevos nurulântar se encontraban en la ciudad. Pero jamás imaginé que tu serías uno de ellos. Me alegra verte de nuevo.

- Gracias amigo. Por cierto, he visto en el puerto humanos – comenta la peredhil

- Pues te has perdido a los enanos – añade divertido Herkeblam.

- ¿Enanos? ¿Conviven las tres razas?. Deben causarse numerosos problemas entre ellos.

- Parece que no, más bien los problemas se los estamos causando nosotros – dice el elfo en tono burlón. Dâira, - añade tras una pausa - me tienes que contar dónde has estado este tiempo. Creíamos que ibais a la capital, pero en los mensajes que recibíamos de Ohtalosse nada se decía de vuestra llegada. – El gesto del elfo dice que ya no bromea.

- Es cierto. Íbamos a la capital, o al menos esa era la idea inicial, pero varios imprevistos nos hicieron cambiar el rumbo. – Dâira calla por un momento mientras recuerda el naufragio. – Prometo relatarte con todo lujo de detalles nuestro viaje, pero ahora tenemos algo urgente de qué hablar.

El elfo conduce a Dâira hasta su tienda. Solo cuando la medio elfa está segura que nadie escucha comienza a hablar. Le cuenta la última parte del viaje en Laiquamiril y la aparición de los misteriosos Yárai. Herkeblam por su parte le relata el estado de la situación actual en Vanwielie, que no les es nada favorable. Le habla de las revueltas que han venido sufriendo en Nirent y Thertan y después de compartir la información, se dan cuenta que los peligros a los que se enfrentan, son mucho mayores de lo que habían pensado.

- ¡Ah!, casi me olvido de otra cosa – dice Dâira. – tengo algo para ti. Es el propio artakano quien te lo envía y tal vez tenga relación con esto.

Herkeblam alarga la mano para coger la pequeña y arrugada nota, y le echa un vistazo rápido.

- Enhorabuena pequeña. – la medio elfa arquea una ceja sin saber muy bien qué quiere decir su amigo. – Te han ascendido a Tëra – añade él sacándola de dudas. –Pediré que te traigan el nuevo uniforme.

Dâira le quita la nota de las manos. Necesita comprobar con sus propios ojos que es cierto.

Escrito el 27-05-2008 21:52 #3

La majestuosa y rica Vanwielie había sido sometida bajo el pesado yugo de los nurulantâr. Había sido casi un mito para el resto de Rómenor, escondida entre la montaña y el mar, velado por altísimos abetos de oscuro y limpio verde. Pero el mito, recuerdo vaporoso y difuso, había sido hallado, el mito había sucumbido ante las muy reales tropas nuru.

Los habitantes de la cuidad, cultos y de nobles modales, vestidos con largas túnicas de vistosos colores y tocados con sobrios sombreros, eran apartados, ahora, de sus propias calles, por escuadrones de feroces soldados vestidos de escarlata y cubiertos de brillantes corazas de acero que, arrogantes, atravesaban la ciudad armados con las terribles lanzas y espadas que tanto dolor les causaran.

La ciudad estaba bajo el mando del noble y fiero Herkeblam, soldado de confianza del arken Angárato, y que, recientemente, y por evidentes méritos propios, había iniciado un fulgurante carrera militar hasta alcanzar el rango de Túre y comandaba, en ausencia del arken, la compañía del águila.

Hace un tiempo que las cosas andan revueltas y Herkeblam lo sabe. Los yárai no son un pueblo nacido para ser esclavo, son nobles y de mente elevada; sus guerreros no pudieron igualarse a los nuru... ningún soldado puede igualarse a los nuru, pero su civilización es muy superior a la de Narwä Hilyatâri: supieron alcanzar un equilibrio armonioso, ajeno a la violencia.

No nacieron esclavos ni consentirán serlo. Su ciudad fue sometida, pero ellos no doblarán la cerviz y no se arrodillarán jamás.

No es que los nuru abusen de su poder ni que cometan tropelías (como mucho ocurre algún capítulo de defensa del honor en que algún que otro ciudadano acaba descabezado, pero son casos muy puntuales): los soldados mantienen una estricta disciplina y nadie actúa al margen de las órdenes de Herkeblam. Pero la simple presencia de un pueblo extranjero, de tan diferente carácter, patrullando amenazadores las calles de su brillante ciudad, es una ofensa para los yárai.

Puede que no sean tan buenos guerreros, ni tan fuertes, como los nurulantâr, pero son inteligentes y serán capaces de sacar provecho a sus recursos.

Hace días que a la sombra fresca de los negros abetos se reúnen pequeños grupos de yárai, no se separan por razas: debaten y deciden todos juntos, elfos, hombres y enanos, como un verdadero y único pueblo.

Se cuchichea en las esquinas, en los mercados y a los pies de la torre del consilium. Toda la ciudad está preparada, nadie vacilará.

El campamento de los nuru se eleva en la ladera de Varnaondo y está hábilmente ubicado y muy bien defendido: el asalto será difícil y será lo que provoque más bajas. Pero además siempre hay una patrulla haciendo sentir la presencia invasora en la ciudad, entrando en los lugares más sagrados, pisoteando el bosquecillo que crece bajo la magnífica cúpula de la ciudad,... estos deben ser los primeros en caer, sino la revuelta estará abocada al fracaso: será imposible atacar el campamento si todo un escuadrón de los sanguinarios nuru les ataca a la vez la retaguardia.

Los nuru no pierden el tiempo. Dâira ya se ha vestido sus nuevas ropas: un brillante punto dorado reluce en su nueva coraza, indicando su nuevo rango. La elfa ya ha hablado con su amigo y superior y le ha trasmitido el mensaje de Angárato. Es un simple aviso de prudencia y de extremar la vigilancia, le ha hablado de lo ocurrido en el bosque de Laiquamiril y, muy particularmente, de los dragones que sirven a los yárai y de los que hasta ese momento se desconocía su existencia.

Escrito el 27-05-2008 21:55 #4

La mañana es fresca y del mar llega olor de sal. El día despunta con tonos rosados rasgando el brumoso gris. Dâira contempla la salida del sol desde la loma del campamento. El sol surge del Mar Oriental, desde un horizonte indefinido y difuso por la calina. Los elfos no necesitan apenas dormir y el campamento bulle ya de vida. La medioelfa ya va completamente armada con coraza, grebas y brazales de duro cuero negro. Va vestida con una cómoda túnica color sangre. La espada corta le cuelga del tahalí y a la cintura se le fija el carcaj lleno de flechas mortíferas. Se apoya en su largo arco de tejo perdiendo la mirada en el incendiado amanecer. Está dejando correr el tiempo. A primera hora debe presentarse ante el que será su escuadrón, 100 soldados sobre los que mandará y sobre los que debe imponer la disciplina e inspirar el valor y la camaradería. Duda. No sabe si tendrá éxito como oficial, teme no estar a la altura y no satisfacer las expectativas de su exigente madre y de su distante abuelo. Pero el aire fresco la reconforta, sabe que está preparada, que ha nacido para esto... y lo hará bien, sí, lo hará bien.

En su pabellón Herkeblam se está acabando de ajustar su oscura armadura. Dos oficiales están a una prudente distancia, viendo como se arma su comandante, esperando las últimas órdenes. Ya ha sido todo dispuesto, la guardia del campamento se ha doblado y el pelotón que se desplegará en la ciudad estará especialmente atento. Más no puede hacer. La compañía del águila ha participado en duras campañas de conquista y ha sufrido muchas bajas, son pocos, apenas 1000 soldados; muy pocos para controlar una populosa ciudad como Vanwielie.

El sol aún está bajo, una brisa fresca y húmeda proveniente del Este agita los gigantescos abetos que pueblan y envuelven la ciudad. El olor a resina es intenso. La ciudad parece más desierta de lo habitual: sólo unos pocos ciudadanos se deslizan como sombras por las silenciosas calles.

Se oyen los pasos rítmicos, rompiendo el silencio de la mañana, del escuadrón escarlata: pasos pesados de soldados cargados de acero. Los finos y hermosos cristales de las casas de la ciudad no pueden evitar temblar.

De un tejado rueda hasta el suelo una piedrecita, el pelotón continúa patrullando mientras algunos soldados miran de reojo hacia los tejados.

Con precisión y coordinación pasmosa 100 cabezas asoman sobre los tejados, cien cabezas se asoman y cien arcos se tensan furiosos. Y comienza el ataque.

La patrulla nurulantar está siendo atacada, acribillada, desde posiciones ventajosas, se organizan pronto pero sus grandes escudos parecen insuficientes ante la lluvia de flechas que les está acosando. Inmediatamente suena un cuerno y cientos, quizá miles, de ciudadanos valientes invaden todas las calles de la ciudad. Son Hombres y mujeres, elfos y elfas, enanos y enanas; todos lucharán por la libertad.

Parece una marea sin ningún orden, pero todos saben lo que deben hacer: unos se dirigen, armados de fuertes garrotes, arcos e incluso espadas contra la patrulla (insensatos), otros han tomado el estrecho camino que los conducirá al campamento de los conquistadores.

Desde el campamento se ha dado la alarma y todos se apresuran a ocupar sus puestos.

Herkeblam se mueve entre la tropa, dando órdenes, su brillante cabellera ondula acompañando sus suaves y rápidos movimientos.

Dâira, sin apenas tiempo de conocer a sus soldados, se va a ver envuelta, de nuevo, en una batalla. Esta vez no le bastará preocuparse de si misma o hacer cumplir las órdenes a un pequeño grupo de soldados, ahora es responsable de todo un escuadrón de arqueros.

Los nurulantar son rápidos, saben lo que hacer, han nacido para la guerra. Se despliegan y defienden el campamento; un grupo de caballería pesada apoyados por arqueros montados ya está a punto de volar al galope, dispuestos a aplastar cualquier resistencia. Pero... de lejanas y poderosas coníferas ahora salen disparadas mortíferas flechas. Con los escasos recursos de la mermada compañía apenas habían podido asegurar las cercanías del campamento, pero ese denso bosque de abetos ofrece demasiados puntos desde los que atacar y no podían cubrirse todos.

Así que se han abierto tres flancos: en el primero un escuadrón de infantería se defiende de una turba de ciudadanos mal armados pero bien organizados; en el segundo, el grueso de ciudadanos ha iniciado el asalto al campamento a través del estrecho paso que hasta él asciende y, por último, un número desconocido, pero al parecer poco numeroso, está cubriendo, con arcos, el ataque al campamento.

La batalla se está alargando, la sorpresa dio la ventaja a los revoltosos y se han producido muchas bajas debido a las certeras flechas que vuelan desde el bosque y a las primeras que acertaron a la patrulla de la ciudad, pero los nuru se están haciendo fuertes: se han enviado varios pelotones a neutralizar a los arqueros del bosque, los ciudadanos aun no ha logrado penetrar en el campamento, defendido certeramente el paso; y la infantería que está en la ciudad está respondiendo con furia a la turba mal armada.

Pero así como es difícil a los ciudadanos llegar al campamento, tampoco los soldados pueden prestar ayuda al grupo de la ciudad que, aun defenderse valerosamente y practicar una verdadera carnicería están siendo aniquilados.

La caballería que defiende el paso retrocede, así lo ha ordenado el Comandante, dejando que cientos de ciudadanos se acerquen peligrosamente a las tiendas. Pero en el campamento ya está todo preparado para recibir como se merece a esa turba de desagradecidos. Tres escuadrones de arqueros tensan sus arcos; Dâira está al frente de uno de ellos, sus ojos verdes brillan al sol, con brillo despiadado; cuando los atacantes están al alcance da la orden de disparar.

Dos descargas más tarde los asaltantes vacilan. Los que deberían cubrirles desde el bosque parecen haber desaparecido y las flechas nurulantar han sido terribles, pocas han errado el blanco, causando una mortandad que no tenían prevista.

Es entonces cuando Herkeblam, al que una flecha ha atravesado el muslo derecho, lanza de nuevo a la caballería. Y ahora sí, ahora sí aplastan a los ciudadanos, que no pueden hacer más que huir y morir. Los jinetes lanceros están siendo especialmente despiadados, los caballos pisotean a los caídos mientras ellos ensartan a todo ser viviente: en el estrecho paso que conduce al campamento ya solo hay muertos y soldados vestidos de escarlata.

Unos 100 jinetes galopan hacia el centro de la ciudad, en rescate de sus camaradas. Pero ahí ya no hay nadie con vida. En el suelo yacen cientos de cuerpos: los nurulantar, los mejores soldados que diera jamás la tierra de Rómenor, han muerto matando. Dos ciudadanos por cada soldado, pero aun así han muerto todos, y los cientos de cadáveres se amontonan y confunden, todos bañados en la misma sangre.

La compañía del águila ha resistido, ha sobrevivido, y conserva el dominio de Vanwielie.

Pero el precio ha sido muy elevado, ha habido muchas bajas y una próxima vez las tornas pueden girarse.

Herkeblam, herido y dominante, está furioso, masculla para sí mismo -debe arder, sí, esta ciudad debe arder,... y arderá-

Dâira, serenándose tras la lucha, contempla desde la ladera el centro de la ciudad, se apoya sobre su arco largo. Sus soldados forman a su espalda. Está satisfecha de sí misma.

Se da la vuelta y contempla a su tropa, algunos están heridos. Habla con voz firme -¡los heridos a la enfermería! el resto reagrupaos, la batalla no acaba hasta que el Túre diga que ha acabado-.

Escrito el 31-05-2008 09:03 #5

Resumen de la batalla.

Narwa ha perdido 31 armadas x35= 1085 puntos.

Recuperables: 488 puntos.

Valoraciones: 8+7,7+9,2+8,5= 8,35

Recupera: 407 puntos. Por los daños sufridos por los dirigentes de la compañía se recuperan 105 puntos. Total recuperación: 488 puntos.

Pierde: 597 puntos.

Por la participación en la batalla se entregan 600 monedas.

Compañías actualizadas y listas.

Historia finalizada.