El ave cruzó entonces una vez más los cielos, en medio del silencio aterrado de propios y extraños. Y, ante el horror de todos, se posó junto al cadáver del Zôr de Annwyn, y comenzó a devorar su carne con fruición.
Cerré los ojos para no ver, para ignorar, para olvidar; pero mis ojos habían visto, y ahora conocían y recordarían por siempre el momento en que el Khôndor arrancó los ojos del Zôr muerto y, tras juguetear un poco con ellos, sacudiéndolos y golpeándolos, los engulló. Parecía divertirse con el terror que nos provocaba, a todos, propios y extraños, Chák'ay y Marllajtay, y con el estremecimiento que recorría nuestras espaldas al ver la despiadada escena. Pero… ¿no sería esa una señal de triunfo que no supimos comprender, el augurio de una victoria venidera?. Los rebeldes huyeron, desaparecieron a través de las callejuelas de la ciudad de Annwyn, dejándonos solos con el Khôndor, su festín y su mirada indiferente y ajena.
¡Tantas fueron las pérdidas en las filas Marllajtay! ¡ay! ¡tantos los hermanos que cayeron bajo el brazo enfurecido de los rebeldes!. Buscamos entre los muertos a quienes nos pertenecían, los llevamos a las afueras de la ciudad y cumplimos los ritos funerarios como lo dictan nuestras costumbres, incinerando sus cuerpos, dividiendo sus cenizas, y entregando una parte a Allpamanta, una más a los cielos, dominios de Zôr Khôndor, y una última a las aguas del mar, consiguiendo con ello dar reposo a los espíritus y llevando el honor de sus muertes a las Ýnni que fueran su seno.
Annwyn también rindió culto a sus muertos, a pesar del resentimiento que a muchos de nosotros, los hombres contra quienes levantaron sus armas, los hermanos de aquellos contra los cuales cometieron los más terribles ultrajes, nos carcomía el alma. Pero Erelas, Llén, La que vive mil años, nos llamó a la cordura y a la sensatez, y levantando los brazos al cielo, exclamó.
Marllajtay, nos dijo, que el odio y el dolor no nublen vuestros sentidos, que la pena que cargan nuestros corazones por la violenta pérdida de tantos hermanos no sea excusa para olvidar el honor de nuestro pueblo; los vejámenes cometidos por los rebeldes contra los hombres de Híssuë no serán repetidos. Los espíritus sus muertos, como los nuestros, merecen el descanso que el sueño eterno ofrece a todos por igual. Jamás seremos iguales a ellos y por nuestra virtud obtendremos el favor de Zôr Khôndor
Los restos esparcidos del Zôr de Annwyn fueron levantados de las lozas de la Plaza y dispuestos para sus honras fúnebres, llevadas a cabo días después, y a las que asistieron todos los habitantes de la ciudad, mientras los Marllajtay observábamos en la distancia y descubríamos nuestras cabezas en señal de respeto, porque aquel hombre fue sabio y supo ganar el corazón de los yaotli de Híssuë con sus últimas palabras, aquellas pronunciadas justo antes de su muerte.
La ciudad pareció recobrar su ritmo con el paso de los días, pero la cautela no abandonó a los Marllajtay ni a sus dirigentes y permanecimos atentos a cualquier movimiento sospechoso que amenazara la tranquilidad de Annwyn; sin embargo, nada supimos de los rebeldes, sus huellas habían sido borradas y su rastro se perdía en giros interminables que nos devolvían una y otra vez al mismo sitio, la Plaza Principal de la ciudad.
Miyotl, la joven Zôr'aotli de la compañía, era quien más desconfiaba del aparente sometimiento de Annwyn y de su Corte; Los señores de la ciudad se habían acercado al Palacio durante los días que siguieron a la revuelta y reafirmado la Alianza entre ambas ciudades bajo una única condición: protección para todos ellos y para sus familias. Los Zîr'aotli Marllajtay aceptaron el convenio y el requerimiento de los señores Chák'ay, y nos pidieron vigilarlos día y noche, sin jamás perderlos de vista, con la excusa perfecta de cuidar de su integridad ante un posible ataque de los insurrectos.
Los Chasq'asqa Marllajtay partieron raudos hacia Híssuë llevando consigo misivas de los Zîr'aotli en las que pedían al Apákt’chüta el envío de refuerzos, de un nuevo destacamento de yaotli argumentando que la calma relativa que se respiraba en Annwyn no era más que la tensa espera de una nueva arremetida rebelde. Nosotros, al igual que los capitanes de la compañía, también aguardábamos tensos el momento en que la ciudad se transformara, una vez más, en una marea incontenible de Chák'ay enfurecidos.
Dos veces enseñó Aña su rostro antes que las fuerzas Marllajtay dejaran el estuario y dirigieran sus pasos hacia la Isla de Annä, y sólo una para que los Chasq'asqa fueran enviados de regreso con las recomendaciones que Zôr Taruka y el Zîr'an daban a los capitanes respecto al delicado manejo que requería la situación de los señores Chák'ay. Pero algo ocurrió en el camino que recorre las costas de la isla y llega a las puertas de la ciudadela; un grupo de rebeldes interceptó a los Chasq’asqa y los obligó a entregar las misivas dirigidas al Zîr'aotli, para luego asesinarlos de la forma más despiadada que jamás se haya visto. Sólo uno de los mensajeros pudo escapar con vida, internándose en el bosque y ocultándose entre rocas, árboles y barro para no ser advertido por los insurrectos, y lanzándose en una desesperada carrera en medio de la noche en que Aña ocultó su faz, con el único propósito de informar a los Zîr'aotli de los oscuros planes que en el corazón de la isla se gestaban.
Yo le vi caer desfallecido a los pies de Llén, llevando entre sus manos ensangrentadas la carta que le había sido confiada por el Concejo del Khútic.
El Chasq'ä fiel murió poco después de su arribo, extinguidas sus fuerzas y atormentado por la aterradora agonía que sufrieran sus compañeros y de la que él, con sus ojos oscuros, había sido testigo. Pero con su misiva llegó también la noticia de un Chák'ay noble en Lóna Halátir, un hombre de Annwyn que, según los rebeldes, buscaría ayuda entre los odiados Hünna’nay.